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Full text of "Arengas de Bartolomé Mitre; coleción de discursos parlamentarios, políticos, económicos y literarios, oraciones fúnebres, alocuciones conmemorativas, proclamas y alegatos "in voce" pronunciados desde 1848 hasta 1888"

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ARENGAS 



BARTOLOMÉ MITRE 



COLECCIÓN DE DISCURSOS PARI.AMENTARIOS, 

POLÍTICOS. ECONÓMICOS Y LITERARIOS, OEACIONES FÍINEBRE8, 

ALOCUCIONES CONMEMORATIVAS, 

PROCLAMAS y ALEGATOS "DÍ-VOCE- PRONUNCIADOS 

DESDE 1848 HASTA 1888 



1 IDICltR CaiSIDKlBLIirail «IllITlíl 



BUENOS AIRES 

!rni>rpnia y I,¡liii<i-¡ft i]o Mavi>. I'^'iu lili 
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-j -) ¿, : 



ADVERTENCIA DEL EDITOR 



La primera edición de las "Arengas" del general don 
Bartolomé Mitre, se publicó en 1875 en un volumen de 624 
pajinas. En ella sólo se publicaron los discursos pronuncia- 
dos por el orador hasta el año de 1874, en número de sesen- 
ta y cuatro, bajo la dirección del inteligente y malogrado jo- 
ven el doctor Adolfo Lamarque, quien puso á su frente el 
siguierite prólogo: 

-AL PÚBLICO 

"Aparecen hoy, reunidos por vez primera, los discursos 
que el general Mitre ha pronunciado en el espacio de veinti- 
cinco años, durante su larga carrera política, militar y lite- 
raña. 

"Hace mucho tiempo que concebimos la idea que ahora 
nos es dado realizar ; y nos sonríe la esperanza de que nues- 
tros conciudadanos comprenderán fácilmente la importancia 
de la obra que vamos á publicar. En efecto, una razón im- 
parcial no podrá desconocer, que formar en un sólo cuerpo 
todas las obras oratorias de un personaje de la talla del gene- 
ral Mitre, es ofrecer algo mas que el resumen cronolójico de la 
historia de su elocuencia : es trazar el cuadro completo de su 
vida militante. Es seguir el curso de una existencia que 
refleja genuinamente el modo de ser especial de la literatura 
americana, en sus bruscas transiciones : de la tribuna popu- 



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li ADVERTENCIA DEL EDITOI! 

lar al ostiacismo, de la linea de batalla al banquete del triun- 
fo, del apogeo del poder al seno del hogar. La colección 
de estas Arengas, bosqueja la actitud de una personalidad 
activa que ha tenido una parte notoria en la formación 
de nuestras instituciones: todas ellas, ó tienen un valor li- 
terario, ó tienen un significado histórico, y esplican una 
situación política. 

"Un célebre escritoi- francés, hablando de las coleccio- 
nes de discursos lia dicho: "Son como un ánfora ó vaso 
antiguo de perfumes destapado, cuya ambrosia se evapo- 
raría, y no seria ya digna de ser presentada en la mesa 
de los dioses." (*) 

"También la pitoriisa es hermosa sobre su trípode y en 
su templo ; pero fuera de él no es otra cosa que una mu- 
jer desnuda y decrépita, y yo no veo en ella mas que su 
vejez, fealdad y harapos." 

"Sí, la impresión mata á los oradores, y si yo me ha- 
llara en lugar de Berryer, perseguiría por todos medios 
y aún ante la policía correccional, á cualquiera editor que 
me hubiere hecho la injuria de publicar mis discursos ; y 
eso aún cuando para defenderse presentara al Juez el 
"bueno para imprimir" firmado por mí, pues evidente- 
mente no habría podido sacarme la ñrma sino á traición 
y por sorpresa." (*) 

"Tal es la opinión del ilustre Cormenin sobre los dis- 
cursos impresos en colecciones! Á primera vista, parece 
que un fallo lanzado por juez tan competente debería di- 
suadir á todo el que se propusiera ir contra él ; pero exa- 
minando con detención sus palabras, se ve que ellas son 
un rasgo de ingenio y que su aplicación sería errada en- 
tre nosotros. 

"En efecto, si es sensible que de Taima y de MUe, 
Mars no quede mas que una cosa — el nombre — es mucho 



(1) Ed vida (ie Berryer. ^sp KicÍBroii vuriaii 


edicioiies de auM 


d¡«cuv- 


(!) Timón. Lihyn d. lo> <ln,il;,-t>. Tia<lncti 

-o, váj. i-¿i>. 


úii d.- Üermíideí 


.le L-ní- 



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AÜVERl'EXCrA DKL EDITOK í 

más sensible que los tísicos no hayan inventado un apa- 
rato acústico, que mediante cierto lesorte, hiciera vibrar 
el aire en ondulaciones sonoras imitando la voz y el 
acento de esos grandes artistas. ¿No seria mejor poseer 
ese instrumento? (*) 

"Aplicando esto á los oradores, tenemos por resultado, 
que si bien se pierde para siempre el encanto de su voz 
y la belleza de su gesto, no debemos perder su palabra 
ardiente y persuasiva, ya que el instrumento imprenta nos 
permite dejar al porvenir algo más que el nombre del 
orador. Así los venideros tendrán no sólo el nombre sino 
también la armonía de su frase y el secreto de su elo- 
cuencia. 

"Nos hallamos entre dos escollos; ó seguimos la teoría 
de Cormenin, según la cual se debe arrojar al olvido la 
palabra del orador, conservando únicamente el recuerdo de 
su jenio simbolizado en su nombre ; ó conservamos la pa- 
labra y el nombre, ya que no es posible conservar la voz. 
En el primer caso se pierden dos cosas y en el segundo 
una sola: son pues dos males, y según el sabio prover- 
bio inglés, de dos males el menor. 

"Por otra parte, si se siguiera á la letra el consejo de 
Timón destrozaríamos impíamente pajinas bellísimas de 
historia. Nada nos hubiera quedado de los profundos cons- 
tituyentes de 1813, nada de los esclarecidos patriotas de 
1816; perderíamos e! trabajo y el esfuerzo de toda una 
generación viril que llevó á los parlamentos el fruto de 
su sabiduría. Entretanto, yo veo que todos los días se 
acude al estudio de sus discursos, como á la manifesta- 
ción espontánea de las ideas de la época y de las pasio- 
nes de los hombres. ¿Qué sería la letra de nuestras car- 
tas fundamentales y de nuestras leyes, si no tuviéramos 
al lado el espejo que ha reproducido fielmente las vaci- 
laciones y las sagacidades de la discusión ? Seria un enig- 

triitíu i'l fonógiufo. f.Voí" dd 



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8 ADVERTENCIA DEL EDITOR 

ma muchas veces indescifrable, y la duda se levantaría á 
cada paso imposibilitando la aplicación conveniente de la 
ley. 

" ¡ Filípicas de Demóstenes ! ¡ Catílinarías de Cicerón ! 
¡Arengas de Vergniaud, de Dantón, de Mirabeau! Ocu- 
páis en las bibliotecas un lugar que no os corresponde : 
bajad y pulverízaos! En vano dicen que sois modelos; 
que la humanidad os ha ido prestando su admiración de 
siglo en siglo, en vano; los nombres nos bastan, lo dice 
Cormenjn. Desapareced, que nos contentamos con repe- 
tir: ¡Demóstenes! ¡Cicerón! ¡Mirabeau!. . . . 

"No creemos, pues, que se deban entregar las obras ora- 
torias al olvido y at pasado. De esta creencia han dado 
fe algunos compatriotas antes que nosotros ; el doctor Ma- 
nuel Moreno publicó en Londres en 1835 las Arengas de 
su hermano don Mariano; fray Pantaleón García, que 
ilustró el pulpito cordobés, publicó, una parte de sus ser- 
mones en Madrid, en seis volúmenes, en 1810; el doctor 
don Migue! Calixto del Corro, dio á luz una colección de 
sus sermones en Filadelfla, en tres volúmenes en 1849; 
y don Santiago Estrada ha publicado no ha mucho en 
Buenos Aires las obras oratorias del célebre dominico fray 
Ventura Martínez. De modo que nosotros no venimos á 
introducir una doctrina nueva, sino á seguir la práctica es- 
tablecida con aplauso general." 



El doctor Lamarque escribió con tal motivo unos apun- 
tes biográficos del general Bartolomé Mitre, que insertó en el 
mismo libro, los que reproducimos mas adelante, dejándo- 
la en el punto en que él la terminó, que comprende el pe- 
ríodo mas activo en la vida del orador. También hemos 
conservado las notas que el mismo doctor Lamarque puso 
á algunos de los discursos. Como complemento de lo es- 
crito sobre las "Arengas" y su autor por el doctor Lamar- 
que, insertamos á continuación de los apuntes biográficos, 



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^i 



ADXrGBTGNCU DEL EDITOK 9 

el juicio que un periódico inglés publicó hace catorce años 
sobre los discursos parlamentarios del general Mitre. 

Como la primera edición de las "Arengas" tuvo por 
objeto una obra de beneficencia, ella se agotó casi inme- 
diatamente de ver la luz pública, asi es que, desde enton- 
ces ha desaparecido del comercio de libros. 

La demanda constante de esta obra, nos ha movido á 
hacer una segunda edición de ella, con permiso de su au- 
tor, agregando todos los discursos pronunciados por el ge- 
neral Mitre desde 1874 hasta 1888, que alcanzan á treinta 
y dos más, sumando la presente colección un total de ciento 
seis discursos sobre materias de interés durable, algunos 
de ios cuales hacen autoridad en los puntos de que tratan, 
y que en general pueden considerarse como pajinas orales 
de la historia contemporánea. 

Caklos Casavalle. 



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\mm moeKÁricos 

DEL UBNEBAi. 

D. BARTOLOMÉ MITRE 



(1821-1875) 

Don Bartolomé Mitre nació en Buenos Aires el 26 de ju- 
nio de 1821 y aprendió las primeras letras en la escuela 
lundada por su padre don Ambrosio Mitre en el Carmen 
de Patagones. Allí mismo oyó por la primera vez el sil- 
vido de las balas enemigas, cuando el ataque de los bra- 
sileros en 1827, y á cuya completa derrota contribuyó 
eñcazmente don Ambrosio. 

Siguió sus estudios en Buenos Aires y á los quince 
años dio á luz una colección de poesías, cuyos ecos se 
han perdido. Trasladado su padre á Montevideo, el joven 
Mitre empezó su carrera militar en la artillería y se dedi- 
có al estudio de las matemáticas. 

En 1838 se batía en el sitio de Montevideo y un año 
después en la batalla de Cagancka. E) 42 hizo la cam- 
paña de Entre-Ríos contra Rosas hasta que, derrotado el 
ejército libertador en el Arroyo Grande tuvo que regresar 
á la Banda Oriental. Desde esta época (1843) hasta 1846, 
permaneció en el heroico sitio de la Nueva Troya, cuyo 
primer cañonazo disparó él, siendo después comandante 
general de artilleria de la linea estramuros. 

Durante el sitio. Mitre repartió su tiempo entre la espa- 



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12 APUNTES BH>GRÁPH;Ofi 

da y la pluma. Fué colaborador del Nacional, del ¡tücia- 
dor y del Corsario, periódicos que atacaban el despotismo 
de Rosas, y redactor en La Nmva Era. Su nombre figu- 
ró también entre los de los miembros fundadores del Ihs- 
Htuío kistórico-^ográfico y formó parte de la "Asamblea de 
notables", creada para suplir ia falta de la legislatura. Es- 
cribió un drama en vei-so y en cuatro actos {que aún con- 
serva manuscrito) sobre la heroína americana Poiicarpa 
Salavarrieta, y respecto del cual opinó favorablemente Ri- 
vera Indarte. (*) Dirijió a! Ministro de la Guerra, general 
Pacheco y Obes una obra titulada Instrucción práctica de 
artiiUria. "Fruto de mí corta esperiencia militar y de mis 
estudios, es la ofrenda humilde que presento á esta patria 
en la gloriosa lucha que sostiene". {*) Este trabajo fué he- 
cho para servir á la Academia de ofíciales del Escuadrón 
de Artillería Lijera, de la cual era Mitre presidente. Cul- 
tivó con éxito la poesía, y en la noche del 25 de Mayo 
de 1844 leyó en la sesión del Instituto un Canto á Ma^;- 
fechado en la Isla de la Libertad. Su padrino el general 
Rondeau lególe al morir su espada y su auto-biografía, 
con todos ios documentos y la correspondencia que conser- 
vaba. Mitre cedió la copia de la auto-biografía, á don An- 
drés Lamas, para que formara parte de la Coücción de Me- 
morias y documentos publicada por éste. 

El pronunciamiento del general Rivera que estalló en 
Montevideo contra los argentinos lanzó á Mitre en la sen- 
da de las peregrinaciones. Con otros muchos compatrio- 
tas pasó á Corrientes á formar parte del ejército del ge- 
neral Paz ; pero cuando llegó, el ejército ya se hallaba di- 
suello. 

Tuvo que volver á Montevideo, entrando á condición 
de salir inmediatamente del país. Decidido entonces á acep- 



ta) Carta del ^nenl Mitre tS doctor don Ángel 7. Carranta. HObre 

f 1 estadio histórico de éste, titnUdo Et mplicio de la Pofa. Antea se ha- 
bía representado otro druma snyo titulada «Laa Cuati-o Bpoc«si>. y una 
tradnoción en verso del "Biiy-Blasu de Víctor Hugo. 
(I) Téuie 1» nota al [rente d^ la Instrucción, 



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TlEI. íiENBRAL D. BARTOLOMÉ MITRE 13 

tar las ofertas del general Ballivian, pasó á BoUvia y tomó 
la dirección de un CoUjio Militar, redactando á la vez la 
Época, en que trató la cuestión de límites que entonces 
dividía á Bolivia del Perú. 

Acompañó á Ballivian en la campaiSa del Sur para so- 
focar la revolución de Chuquisaca, como jefe del Estado 
Mayor y comandante de Artillería, Hallóse en el combate 
de IMava y decidió la batalla de Wüicke con los fuegos 
de su artillería. En el parte oficial decía Ballivian de Mi- 
tre : "ha trepado con los cañones á eminencias que hasta 
ahora las águilas tan sólo han visitado". Por su conduc- 
ta en esa campaña fué declarado benemérito m grado he- 
roico y emitiente de la República de Bolivia y condecorado 
con un escudo de oro. 

Disuadió al general Guilarte de llevar á cabo una revo- 
lución que preparaba. Nombrado comandante militar del 
departamento de La Paz, en ese puesto fué el único que 
resistió á una nueva revolución, recibiendo á los suble- 
vados á metraJlazos en la puerta de su cuartel. 

Triunfante la revolución, rechazó las ofertas que se le 
hicieron para tomar un puesto en sus filas y para hacer 
una contra-revolución. Obligado á salir del país en el tér- 
mino de dos horas, fué escoltado hasta el puente de! Inca, 
en el Desaguadero, frontera del Perú. Las autoridades 
pob'ticas peruanas, confabuladas con los revolucionarios de 
Solivia, también le persiguieron, y tuvo que abandonar á 
Puno, pasando en invierno la cordillera desierta hasta lle- 
gar á Tagna. Desterrado también de este punto se alejó 
del Perú sin aceptar la invitación de tomar parte en una 
revolución que se preparaba en favor de! general Iguain 
y de lá Independeucia del Sud del país. 

Sobre su residencia en Chile, vamos á trascribir lo que 
dice el señor Palemón Huergo en un artículo publicado en 
la Husiración Argentina: (*) 



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14 APUNTES BIOllBÁFIfOS 

"Trasladado después de tantas aventuras y persecucio- 
nes á Chile, llevado siempre de su espíritu liberal y em- 
prendedor, se hizo cargo de la redacción del Comercio de 
Valparaíso, escribiendo posteriormente el Progreso de San- 
tiago, siendo en estos diversos diarios el principal publicis- 
ta del partido de oposición, á que pertenecía toda la ju- 
ventud de Chile, la cual en muchos de sus pasos impor- 
tantes se dejó dirijir por él en el Congreso, donde su nom- 
bre era diariamente cuestión de debate, y en la prensa que 
dirijió esclusivamente como general en jefe de esta oposi- 
ción, rehusándose constantemente á acompañarlos en las 
vías de hecho, aunque después que estos tenían lugar era 
el primero que salia á la palestra en defensa de los perse- 
guidos, atacando vigorosamente al gobierno por sus avan- 
ces, lo que le valió que le embargasen una imprenta de 
su propiedad, suprimiesen el diario que daba, le sumiesen 
en un calabozo, le pasasen después á un pontón, y final- 
mente que le desterrasen al Perú. 

"Durante el tiempo que estuvo en Chile, animado cons- 
tantemente de esa perseverancia, que domina siempre en 
él én todas las circunstancias de su vida, en sostén de 
las mejoras sociales y adelanto moral de los pueblos, pu- 
blicó varios folletos políticos y literarios, discutió con esa 
lógica y novedad de dicción con que arrastra y ^e apo- 
dera de la imaginación del auditorio, las cuestiones econó- 
micas que han alimentado por cinco años ta discusión de 
la prensa y del Congreso. Su espíritu elevado no le per- 
mitió permanecer indiferente ante las aberraciones exis- 
tentes en la legislación de aquella República, y atacó vi- 
gorosa y tenazmente la institución monstruosa de los ma- 
yorazgos que aún se hallaba vigente, combatió las grose- 
ras preocupaciones que dominaban en la sociedad, atacó 
la intolerancia religiosa, abogó por la libertad política y de 
comercio, y como es natural de suponerse, como resultado 
lógico cuando se combaten principios hondamente arraiga- 
dos por el dominio de largos arios, se grangeó la enemistad, 
á la par del respeto del partido pehuon de ("hile, que era 



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líEL OBNERAL O. BARTOLOMÉ MITRK IT» 

el dominante, á la vez que el amor del partido liberal, que 
á su vuelta del destierro le recibió en triunfo en Valpa- 
raíso y Santiago, dando en su honor un banquete político 
para lo cual fué necesario hacer una pueblada que derrí- 
base las puertas del local público donde debía dársele, por 
negarse los partidarios del gobierno á entregar tas lla- 
ves. 

"Después de su vuelta del Perú acompañó al partido de 
oposición en su lucha electoral de Presidente de la Repú- 
, blica, combatiendo los abusos del gobierno y denuncián- 
dolos día á día por la prensa, derramando en el orden de 
los principios, la semilla de la revolución que estalló des- 
pués, la cual los diarios ministeriales atribuyeron á la in- 
fluencia de sus escritos, que llamaban sediciosos, pero que 
todo espíritu imparcial, libre de las preocupaciones y pa- 
siones, que agitan los intereses de localidad, elevándose á 
una región mas serena llamará democráticos, liberales y 
progresistas. Puede asegurarse que si con ellos hizo un 
gran bien á Chile, se educó también inmensamente en aque- 
lla escuela práctica del gobierno parlamentario. 

"Desterrado de Chile, volvió á Montevideo y en mayo de 
1851 se adhirió al pronunciamiento liberal del general Ur- 
quíza, y como jefe de la artílleria argentina, asistió á la ba- 
talla de Caseros, después Je la cual recibió el grado de 
coronel en el campo de batalla. 

"Dejando entonces la espada volvió á cojer la pluma y 
fundó Los Debates, para combatir al vencedor de Caseros. 
Este Diario fué verdaderamente popular, y como una ma- 
nifestación de su popularidad se llevó á Mitre á la Legis- 
latura. Pronto encontró la ocasión de lucir sus dotes ora- 
torias en la arena parlamentaría, á consecuencia de la cé- 
lebre cuestión Aoiereí) d£ San Nicolás. Después de haber 
protestado contra ese acuerdo, como periodista, pidió al 
gobierno esplicaciones, como diputado, y que fuera some- 
tido al examen de la legislatura. Accediendo por ñn el 
gobierno, fué rechazado el acuerdo por los representantes, 
y los fogosos . discursos de Mitre entusiasmaron al público. 



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16 APUNTES BIOORÁFIROS 

siendo victoreado y acompañado en triunfo hasta su mo- 
rada. O 

"Urquiza no toleró esta condenación enérgica de su po- 
lítica, Ei 24 de junio el Presidente de la Legislatura con- 
vocó á los diputados con el objeto de anunciarles la in- 
timación que habia recibido del general para disolverla. 
Mitre protestó seriamente contra aquella violencia, y des- 
pués de algunos momentos la Sala levantó la sesión. No 
satisfecho Urquiza con estos excesos, ordenó al jefe de 
policía don Miguel Azcuénaga, prendiera á Mitre y otros 
diputados. *A1 mismo tiempo fueron cerradas todas las im- 
prentas, con escepción de una para las publicaciones ofi- 
ciales. O 

"El once de setiembre de 1852 e.stattó la revolución 
contra Urquiza. Reunida nuevamente la Sala, el señor di- 
putado Esteves Sagui presentó un proyecto para que la 
Representación de la Provincia diese un num^sto sobre 
las causas de la Revolución. Aprobado el proyecto por 
unanimidad, el coronel Mitre presentó el manifiesto que fiíé 
también aprobado por unanimidad. Cuatro días después 
del memorable once de setiembre, Mitre nombrado Jefe de 
la Guardia Nacional de Buenos Aires, llamaba á las ar- 
mas á todos los ciudadanos, pues se le había encomen- 
dado el presidir al enrolamiento de las milicias cívicas. (^) 

"Por decreto de 31 de octubre fué nombrado por el 
^bemador don Valentín Alsina, Ministro de Estado en el 
Departamento de gobierno y Relaciones Esteriores, y una 
de sus primeras medidas fué decretar que "todos los que, 
después , de la revolución del 11, habían sido alejados del 
país, podían volver libremente á él, sin reato de ningún 
género". Ocupó también temporalmente el Ministerio de 
Guerra y Marina durante la ausencia del general José 
Maria Flores. 

"Pero la reacción no se hizo esperar y fueron necesa- 

(') El "Ameñciino" ile Héctor P. Varel». N" 211. 
(>) BuHtamaDt». Revolud6n de 1652. páj. 121. 
C^) BdsUwíinte. Kevolucii'm rte 18.V2. p*j. 181. 



3,Goot^[c 



DEL ORNEBAL D. BARTOLOMÉ MITRE 17 

ríos nuevos esfuerzos para mantener el orden de cosas es- 
tablecido. El 6 de diciembre se declaró al pueblo en Asam- 
blea general, debiendo todo ciudadano, después de tocada 
la generala, acudir á mantener el orden público. Una re- 
volución, encabezada por el coronel Lagos, había estalla- 
do en la ciudad de Mercedes, y el gobernador Alsina re- 
signó el mando, treinta y seis días después de subir á 
él, sin permitir que el coronel Mitre marchase con una co- 
lumna, como se lo proponía, para ir á sofocar la revolu- 
ción en su misma cuna. 

El 7 de diciembre de 1852 la causa triurffante iba á 
sucumbir. Encerrada en el estrecho recinto de la plaza 
de la Victoria iba á dar un nuevo y decisivo combate 
en presencia de cuatro á cinco mil sitiadores que intima- 
ban rendición á un pueblo que veía pasear por sus calles 
las sangrientas insignias de la antigua mazhorca. El su- 
cesor de Alsina, Pinto, abría negociaciones con el ene- 
migo al parecer tiiunfante, y bandas de caballería con la 
divisa colorada cruzaban las calles de la ciudad de Bue- 
nos Aires. Pinto al recibir el mando propuso á Mitre 
continuar en el Ministerio. Éste le contesto que iba á 
cumplir un deber mas sagrado, cual era ponerse á la 
cabeza de la Guardia Nacional de Buenos Aires, según 
se lo había prometido al aceptar el Ministerio. Proclamó 
á la Guardia Nacional que halló á su paso, y con ella 
fueron rechazadas las bandas de caballería que ocupaban 
el Retiro, y se reconquistaron los cuarteles y los batallo- 
nes que estaban perdidos sin ese auxilio. Mitre con gran- 
de actividad, formó cantones, trincheras y guerrillas. Así 
quedó organizada la defensa "á la que el general Paz dio 
carácter y Hornos nervio," según sus propias palabras. (') 

En febrero del año siguiente (1853) se nombró una 
comisión de Fortificaciones de la capital, para inspeccio- 
narlas, reformarlas y disponer nuevas obras y el coronel 
Mitre fué designado para presidiría. Dos meses después, 



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18 APUNTES BIOGRÁFICOS 

el 2 de junio, en una salida que hizo al mando de tro- 
pas, recibió un balazo en ia frente, cuya cicatriz conserva 
todavía, y á consecuencia de la susceptibilidad del nuevo 
tejido empezó á usar chambergo, siendo esta la razón por 
que no lleva otra clase de sombrero. Al caer mortalmen- 
te herido del caballo, pronunció una frase que se ha he- 
cho histórica: Qmero morir 4e pü. (*) 

Restablecido de la herida, el coronel Mitre, que era el 
Jefe del Estado Mayor del ejército, ftié nombrado Inspec- 
tor General de Armas y representante del Pueblo, tomando 
de nuevo á la prensa en la redacción del "Nacional" y 
en la colaboración de la "Dustración Argentina". 

Á mediados de 1854 renunció el cargo de Inspector 
General de Armas, á consecuencia de la acusación enta- 
blada por el Fiscal del Estado contra un articulo suyo 
titulado Marcas desconocidas, cuya acusación fué retirada 
ocho días después de presentada. Su nombre aparece en- 
tre los que fírmaron la Constitución del Estado de Buenos 
Aires, discutida, y promulgada. En ese mismo aflo, dejó 
también el coronel Mitre algunos recuerdos literarios. Pu- 
blicó la biografía de Rivera Indarte, al frente de las poe- 
sías de este autor, siendo la cuarta edición de este tra- 
bajo que le había sido encomendado en épocas anteriores 
por el gobierno Oriental; (*) dio á luz una colección de 
poesías bajo el título de Rimas, precedidas de una esten- 
sa carta-prólogo dirijida á don Domingo F. Sarmiento; y 
fué uno de los miembros fundadores del Instituto históríco- 



Á consecuencia de la invasión del Rosario por Lagos, 
Costa, etc., el coronel Mitre salió á campaña fnov. de 
1854) con el empleo de Jefe del Estado Mayor del ejér- 
cito. En enero del siguiente año fué nombrado Ministro 
de Guerra y Marina por el gobernador Obligado ; durante 
su ministerio, avanzó la línea de frontera del Sud y del 



(') "La Tíibunau de junio 18 de 1871, 

(«) Vida do Rivera Indarte, páj. LXXXV. 



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DEL GENERAL D. BARTOLOMÉ MITRE 19 

Norte, reglamentó la policía marítima del Plata y sus afluen- 
tes en el dominio de las aguas de Buenos Aires, reorga- 
nizó la contabilidad de los cuerpos militares, creó nuevos 
cuerpos de infantería y caballería, dio estabilidad al cuer- 
po médico militar, y al ejército de Buenos Aires su orga- 
nización regular y metódica, introduciendo en él los ade- 
lantos de la táctica moderna. 

En marzo de 1855, á consecuencia de la invasión de 
los índioSj salió á recorrer la frontera. El 14 de enero 
del año siguiente con motivo de la invasión de Flores por 
la frontera del Norte salió á campaña, y diez días des- 
pués derrotaba al invasor, pasando á la provincia de San- 
ta Fé. Una nueva invasión de Costa á Zarate, le obligó 
á salir nuevamente á campaña que terminó en dos días. 
Por esa época el pueblo de Buenos Aires, grato á sus 
servicios, obsequió con un álbum al coronel Mitre. 

En setiembre y diciembre de 1856 hizo dos salidas más 
á campaña, regresando de la última en enero del 57 y 
continuando en su puesto hasta mayo del mismo año en 
que se nombró gobernador al doctor don Valentin Al- 
sina. 

Entonces volvió á la prensa, y redactó nuevamente 
Los Debates hasta que fué nombrado por el gobernador Al- 
sina (V.) Ministro de gobierno y Relaciones Estertores. Ocu- 
pando ese puesto, nombró una comisión para que realiza- 
ra una Exposición de pintura y escultura de trabajos he- 
chos en el país, bajo la presidencia de don Prílidiano 
Pueyrredón ; y prestó atención preferente á las tierras pú- 
blicas. 

El coronel Mitre dio á luz después su Historia de Bel- 
grano, trabajo importante, que ha sido elogiado hasta por 
sus mismos enemigos políticos. Dos volúmenes iban pu- 
blicados cuando la Historia "fué interrumpida porque el 
autor recibió, con las charreteras de general, la orden de 
acudir, abandonando la pluma del historiador, á contener 
con la espada del soldado, el desquicio de la Repúbli- 



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20 APUNTES BiooRÁrrros 

ca". ...(*) Como complemento de su "Historia de Belgra- 
no" publicó poco después sus "Estudios sobre la Revo- 
lución Argentina", en que desenvolvió filosóficamente su 
teoría histórica. 

La batalla de Cepeda que era "la continuación de la 
" gran batalla entre el caudillaje y el pueblo", fué dada 
por el general Mitre el 23 de octubre de 1859. La retí- 
rada que ejecutó en tal ocasión es memorable. "Con seis 
" mil hombres presentamos batalla á quince mil. Con tres 
" mil soldados de infantería que quedaron ñrmes en su 
" puesto, dominamos el campo de batalla, salvando el honor 
" y las legiones de Buenos Aires con tres cartuchos en 
" cada cartuchera, y cinco tiros por cañón" ....(*) Em- 
barcado con los restos de su ejército en San Nicolás de 
los Arroyos en la escuadra de Buenos Aires, sostuvo al 
frente de ella un combate naval con ta de la Confedera- 
ción, muy superior en número, obligando á ésta á retirarse. 
Nombrado comandante en jefe de la capital, la fortíficó y 
organizó su defensa, haciéndola inexpugnable, lo que per- 
mitió ajustar una paz honrosa. 

Después de Cepeda, el general Mitre volvió á la pren- 
sa y consiguió vulgarizar la idea de "la necesidad y la 
conveniencia de la reforma de la ConsUtución para salvar 
el derecho de Buenos Aires y dar á la organización na- 
cional una base sólida y popular." Elejido miembro de la 
Convención redactó el Informe sobre el plan de reformas 
de la Constitución Nacional, que es el estudio mas com- 
pleto que sobre ella se haya hecho. Tuvo pronto que 
abandonar eí puesto de convencional, para ocupar el de 
Gobernador de Buenos Aires, á que le llamaron espontá- 
neamente sus conciudadanos en mayo de 1860. 

La cuestión de San Juan, el rechazo de los diputados 
elejidos por Buenos Aires, la supresión de los cien mil 



O D. F. Sarmiento— roro/nrin 4 la Historia de Belgríino. 

(^} Carhis potéiaicaH sobre 1h triple uliaoza y In K^^rra del Pnri^iiay. 



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DEL UENEBAL D. BABTOLOSIÉ MITRE 21 

fuertes mensuales que ia provincia enviaba al tesoro na- 
cional, hicieron renacer la guerra. Et general Urquiza fué 
nombrado comandante en jefe del ejército nacional y el 
general Mitre del ejército de Buenos Aires. 

La batalla de Pavón se dió el 17 de setiembre de 1861 
en el arroyo de ese nombre. "Pavón es la gran victoria 
del gran partido de la libertad argentina." A consecuen- 
cia de ella el general Mitre fué elevado á Brigadier Gene- 
ral. 

Encargado por todas las provincias en abril del año 
siguiente del gobierno provisorio de la República, y de la 
convocación del Congreso general en Buenos Aires, fijé 
nombrado Presidente el 12 de octubre de 1862. "Si qui- 
siera conjeturarse, decía un contemporáneo, qué haría el 
general Mitre después de destruido el sistema de caudi- 
llos, nosotros recomendaríamos al curioso leer en la his- 
toria de Belgrano, los trozos en que ha dejado su pensa- 
miento propio, al describir los hechos que se ligan á la 
vida de su héroe; y de seguro que el lector quedaría 
convencido de que no hará lo que Rosas, lo que Quiroga 
ó lo que Ramírez hacían" .... (*) 

Desde ese momento el general Mitre se entregó á la 
obra de la reorganización nacional. Dos arios y medio 
habían trascurrido, cuando la guerra del Paraguay vino á 
detener nuestros progresos. Firmado el tratado de Alian- 
za el 1" de mayo de 1865, el Presidente Mitre, nombra- 
do general en jeíe de los Ejércitos Aliados, dejó el go- 
bierno de la República en manos del více-Presidente doctor 
Paz y partió para la Concordia el 17 de junio. 

La naturaleza de este trabajo no nos permite estendernos 
sobre la gran camparla del Paraguay. Mencionaremos úni- 
camente la toma de la plaza de Uruguayana, dirigida por él 
en presencia del Emperador del Brasil, donde se rindieron 
4,000 hombres; el pasaje del Paraná, (abril de 1866J la 
batalla del 24 de mayo (1866), el asalto de Curupayti 

(') Domiujiü Y. üaimienXo-^Vomlnrio ú In Jliistyviii iXe Ui'Ijíraiio. 



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22 APUNTES BIOURAFICOS 

(22 de setiembre de 1866) y la toma de Humaitá que fué 
la consecuencia de estas operaciones de guerra. El pa- 
saje del Paraná, realizado por el ejército altado al frente 
del enemigo, ha sido calificado como "una de las opera- 
ciones mas brillantes y de mayor importancia de la cam- 
paña del Paraguay", según el testimonio de los oficiales 
extranjeros que lo presenciaron con admiración. La ba- 
talla del 24 de mayo fué el hecho de armas mas notable 
de la guerra. Los ejércitos beligerantes presentaron en 
batalla cincuenta mil hombres, siendo mandados en jefe 
los aliados por el general Mitre. La victoria fué completa, 
y mas de la mitad del ejército enemigo quedó fuera de 
combate, dejando el enemigo en el campo cinco mil cadá- 
veres y no -se terminó con ella la guerra por falta de 
caballería para perseguir al enemigo. En cuanto al heroico 
asalto de Curupayti, su mal éxito se debió al concurso ne- 
gativo de la escuadra brasilera. El célebre pasaje de Hu- 
maiiá es obra también del general Mitre, según puede ver- 
se en la historia de la guerra del Paraguay del coronel 
Thompson. (*) 

Mucho se ha hablado y escrito sobre la guerra del Pa- 
raguay y el Tratado de la triple Alianza; pero nada mas 
interesante que la polémica sostenida entre el general Mi- 
tre y el doctor don Juan Carlos Gómez. Corre impresa 
en un folleto bajo el título de Cartas polémicas, publicado 
por la imprenta déla "Nación" en 1871. 

La muerte del doctor don Marcos Paz, vice-Presídente 
de la República, obligó al general Mitre á abandonar su 
puesto de general en jefe el 14 de enero de 1868 para 
venir á ocupar la Presidencia. Nueve meses después, el 
12 de octubre, espiró su período constitucional, y trasmi- 
tió el mando á don Domingo F, Sarmiento. Al general 
Mitre tocó pues el honor de ser el primero (y hasta aho- 
ra el único) que en la República Argentina ha efectuado 
la trasmisión íntegra, pacífica y legal del mando supremo, 



(1) Thompson — Guerra del Paraguaj'. Nota de la páj. 140. 



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DEL GENERAL D. BABTOLOHÉ MITRE 23 

'entregando una nación unida, rejida por una sola ley". ... (*) 
Nombrado Senador al Congreso Nacional por la Provin- 
cia de Buenos Aires, ha obtenido como tal grandes triun- 
fos parlamentarios. Su discurso en la Cuestión San Juan 
es notable, y si bien la mayoría le fué adversa, "algún 
día dirá la historia como se formó esa mayoría". {*) Los 
cinco discursos en la cuestión Puerto de Buenos Aires pro- 
nunciados en setiembre de 1869 importaron una victoria 
completa sobre el ministerio representado por el doctor 
Velez Sarsfield. Ilustró muchas otras cuestiones como las 
de Etütcación primaria y secundaria, inmigraeión espontá- 
nea, etc., etc. 

En la Convención constituyente de Buenos Aires pro- 
nunció también notables discursos, sobre la historia y el 
derecho positivo, sobre limites provinciales, etc., etc. El 
general Mitre no ha sido únicamente orador parlamentario ; 
pueden verse sus discursos fúnebres sobre el general Paz, 
el almirante Brown y el Presidente Rivadavia. Su procla- 
ma de Pavón es un modelo también de elocuencia mi- 
litar. 

Durante la epidemia de la fiebre amarilla el año 71, el 
general Mitre cayó enfermo con toda su familia, á con- 
secuencia de sus visitas á los lazaretos. Tuvo la fortuna 
de salvar con toda ella y la gloría de prestar su contin- 
gente en la Comisión de Sanidad, por lo cual obtuvo la 
medalla de oro que acordó la Municipalidad de Buenos 
Aires. 

Su misión al Brasil y al Paraguay, para arreglar las 
cuestiones pendientes de límites, puso en relieve sus ca- 
lidades diplomáticas siendo objeto de ovaciones populares 
á su regreso. 

Candidato á la Presidencia en la última lucha electo* 
ral, tres provincias le acordaron sus votos, Buenos Aires, 



(I) Dbctino al Congreso al presentar por última vez bu Mentare como 
Prasideiite de la República, 

(i) P&labraadel doctor Ka whoq. pron une iadns como Senador Nacional, 
en ú discusión de la ley de amnism, 1S75. 



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24 APUNTES BIOURÁFICOS 

San ítían y Santiago, siéndole arrebatado los demás que 
debió obtener por la candidatura oficial del doctor Avella- 
neda. 

Lanzado el pueblo á la revolución, en nombre de la 
libertad del sufrajio, desconocida por tos poderes públicos, 
se puso al frente de ella, con la condición de no ser de- 
signado para el mando supremo después del triunfo. Hé 
aquí las palabras de su Maniñesto en tal ocasión: "Si 
" como tengo fe, el pueblo argentino revindica sus dere- 
" chos usurpados, espero que mis conciudadanos me re- 
" conocerán el derecho de declarar que mi vida pública 
" ha terminado para siempre, cumpliendo así la única 
" condición que puse al autorizar la revolución con m¡ 
" nombre y aceptar su responsabilidad ante propios y 
" extraños"'. {') 

Terminada la revolución en la provincia de Buenos 
Aires, sin haberse dado batalla campal alguna, el general 
Mitre firmó el pacto de Jiadn. Violado el pacto por el go- 
bierno, fué sometido el genera Mitre á un Consejo de 
Guerra, contra el testo espreso de las leyes y la senten- 
cia dada por el Juez Federal en la célebre cuestión de 
competencia. Cinco miembros del Consejo votaron por la 
muerte, obteniendo mayoría de votos la pena dei destierro. 
El 25 de mayo de 1875 el general Mitre fué puesto en 
libertad en atención "á sus servicios en la guerra extran- 
jera y á la parte principal que tuvo en los acontecimien- 
tos que prepararon y consolidaron la unión nacional", de- 
cía uno de los considerandos del decreto. 

En el curso del año de 1875 el general Mitre ha dado 
¿ la luz tres obras de gran importancia. La historia de 
San Martin, cuyo primer volumen publicó la "Nación" en 
su folletín, y cuyo prólogo está fechado en la cárcel de 
Lujan ; los Episodios de la Revolución de la Independencia, 
publicados por el mismo diario; y las Are/igas, colección 
de la mayor parte de sus discursos políticos, literarios y 



(1) ManifleHtu ilel (tenettil Mitre, 1874. 



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DEL UEMISBAL, D. BARTOLOMÉ MITRE 25 

económicos, proclamas, oraciones fúnebres y alocuciones 
parlamentarías. 

El general Mitre ha dedicado á la historia americana, 
y particularmente á la argentina todos sus ratos de ocio. 
Su biblioteca americana, es una las primeras del Rio de 
iá Plata. Ha sido colaborador de la Revista de Buenos 
Aires y de la Revista del Rio de hi Plata. Tiene muchos 
trabajos inéditos sobre historia nacional. 

Adolko Lamarque. 



GENEKAL M1TRE"S P.^RLIAMENTAHY SPEECHES 

(TlHilllüiilo rii-l S.ml¡.n;, ÍV„„,¡ 

^UvM, iri.le IR7fi, 

La perfección posible en el debate parlamentario es la más 
alta espresión de la oratoria. La elocuencia del pulpito y la 
del foro le son inferiores. El orador sagrado habla con una 
autoridad que no puede ser contestada, porque la tribuna le 
pertenece esclusivamente, y sus asertos no corren el riesgo de 
ser observados ó impugnados. El abogado al dirijirse al tri- 
bunal que ha de juzgar la causa, puede llegar á ofuscar aquél 
con mistificaciones y sofismas, sin gran temor de que el con- 
sejo que lo escucha se sobreponga á su influencia. El orador 
de parlamento lucha con mayores dificultades, pues no tiene 
solamente un oponente, sino muchos contra quienes preca- 
verse ; y cada argumento, hasta casi cada palabra, debe me- 
dirlos cuidadosamente para no dar armas á adversarios que 
vienen ya con un criterio hecho y que en vano sería esperar 
lo modificaran. Por otra parte, necesita infundir seguridad y 
ánimo á sus propios aliados con un ardor de espresión que 
evidencie la sinceridad de sus convicciones ; pudiendo también 
aspirar, por su argumentación hábil, á ganar á su causa esa 



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26 JUICIO SOBRE ESTA OBRA 

fracción diminuta, pero independiente, que figura siempre en 
toda asamblea. Aun cuando un gran orador se encuentre en 
minoría, un triunfo oratorio suyo contribuye en mucho á neu- 
tralizar el efecto moral de una votación contraria. 

Los requisitos principales que deben distinguir á un orador 
son : conocimiento profundo del asunto en discusión no sólo 
en su aspecto general, sino en sus más insignificantes detalles; 
cuidado constante para evitar los lados débiles de la cuestión, " 
y un arte fácil ¡lara hacer brillar los puntos culminantes de la 
misma. Si á estas relevantes calidades agregamos la de 
prontitud para descubrir la parte inconsistente y débil de la 
argumentación contraria, y un sobrio y oportuno empleo del 
sarcasmo y de la ironía, tendremos los elementos de un buen 
orador. Gracia en el estilo, precisión en el uso del lenguaje, 
oportunidad en los templos, y la introducción, de cuando en 
cuando, de una cita al caso, completan una arenga parla- 
mentaría é invisten al orador de una alta posición en el de- 
bate. 

Los mejores discursos de esta colección son sin duda algu- 
na los que versan sobre materias constitucionales. Nótase 
en ellos ese poder de análisis y ese hábito de invocar los prín- 
cipios fundamentales de toda cuestión, que forman, por decirlo 
asi, la índole característica de la inteligencia del orador. 

El general Mitre es completamente "radical" en el sentido 
genuino de este término, distinguiéndose por una invariable 
tendencia á examinar con un criterio que pudiéramos llamar 
matemático, las cuestiones que se someten á su investiga- 
ción. 

Reconocido el hecho de la solidez de sus premisas, y en la 
seguridad de que sus deducciones son siempre el resultado de 
un profundo estudio, se le puede comparar con un hábil ana- 
tomista que corta atrevidamente merced á su seguridad, y que 
cuando descubre una verdad, no es porque tropieze con ella 
por casualidad, sino porque á jU revelación debía llevarlo ne- 
cesariamente el procedimiento adoptado. 

La serie de discursos sobre la Constitución de Buenos Ai- 
res son todos ellos escelentes manifestaciones de las calidades 



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JUICIO SOBRE ESTA OBRA 27 

antedichas, con especialidad el penúltimo que consideramos 
intachable, en cuanto á razonamiento, desde el principio has- 
ta el fin. Obsérvase así mismo en esos trabajos una gran ha- 
bilidad para sostenerlas posiciones débiles, como por ejemplo, 
cuando aboga en favor de una sola Cámara Legislativa, con- 
tra lageneraíidad de los antecedentes é ideas universalmente 
admitidas al respecto, y apoyándose únicamente en algunas 
teorías de Franklin, y al dudoso ejemplo de las Asambleas 
revolucionarias francesas. En este caso, como en otros aná- 
logos, aunque atacado con vigor, y creemos que con éxito, se 
le ve sacar triunfante á su argumentación, merced á la debili- 
dad relativa de sus contrarios. 

Pero !a obra maestra del general Mitre, en lo que refiere á 
sustrabajos parlamentarios, y, agregaremos también, el gran 
discurso sobre que ha de reposar con toda seguridad su futura 
fama como orador, - es el que pronunciara con motivo de la 
cuestión San Juan, -arenga verdaderamente notable bajo 
cualquier aspecto que se la considere, — y que por el hecho de 
ocupar, al ser impresa, cincuenta y dos páginas en octavo, de 
donde se deduce que han sido necesarias lo menos cuatro ho- 
ras para pronunciarla, — merece ser comparada á algunos de 
los gigantescos esfuerzos oratorios de lord Brougham. Los 
discursos sobre el puerto de Buenos Aires, no son inferiores á 
éste en erudición y elocuencia. 

No es, sin embargo, por su estensión que la recomendamos, 
pues somos délos que creen que ningún discurso, por brillante 
que sea, debe durar más de una hora y media, por interéi del 
orador á la vez que por el del auditorio. En el trabajo, en 
cuestión, encontramos combinados los dos grandes rasgos 
característicos de la oratoria del general Mitre : irresistible ló- 
gica para apreciar los principios fundamentales de la demo- 
cracia americana (con lo que pone en evidencia lo estenso y 
sólido de sus conocimientos), y facilidad para desarrollar con 
claridad la narración histórica. El estilo de este discurso es 
más fácil y airoso que el de los precedentes, y su conjunto re- 
vela la libertad de' acción y confianza en sí mismo del que ha 
conseguido posesionarse por completo de una cuestión intrin- 



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28 Jl'ICIO SOBRE ESTA OBRA 

cada y dilícil. Es muj' posible que el último discurso de la 
colección — el que trata de limites territoriales — haya requeri- 
do más laborioso estudio, pero no es fácil juzgar de su efecto 
pur el trabajo, tal cual se nos presenta á la vista en el libro. 

La serie de arengas sobre inmigración espontánea, ponen 
de manifiesto las mismas calidades, hijas del profundo conoci- 
miento del asunto en todas sus ramificaciones, y de la exacta 
aplicación de los principios que indudablemente consideró 
sanos por aquél tiempo el general Mitre ; — pero como esta 
cuestión ha visto estenderse sus horizontes en los últimos años, 
es posible que las recientes experiencias hayan modificado 
algún tanto las ideas del autor al respecto. 

Hemos leído con gran interés y atención el primer discurso 
parlamentario del libro que nos ocupa, pronunciado cuando el 
general Mitre era aún un joven, comparativamente hablando, 
y en época en que no había conseguido aún formar completa- 
mente su estilo. Es curioso examinar su oratoria naciente, y 
compararla después con la perfectamer.te desarrollada del dis- 
curso en la cuestión San Juan. El asunto de que trata el es- 
presado trabajo es el "Acuerdo" de San Nicolás, y constituye, 
en nuestra opinión, tan acabado ejemplo de una oración cice- 
roniana, como es posible encontrarlo en las obras de cualquier 
orador parlamentario, sin esceptuar á Lord Grey, que, como 
es sabido, fué imitador servil del gran romano. Consiste en 
una corta peroración y una réplica al terminar el debate, — 
constituyendo esta última, fuera de toda duda, un esfuerzo 
impremeditado, pero por lo mismo es más valioso en nuestro 
concepto, por cuanto muestra las dotes que adornaban al no- 
vel orador. Hay en ese trabajo algo más que una promesa, 
y simultáneamente con su aparición, ha debido el joven ora- 
dor y estadista tomar su puesto en primera línea. 

Al formar una opinión genera! respecto á las calidades del 
general Mitre como tribuno parlamentario, creemos que nin- 
gún inglés que haya leído sus discursos, diferirá con nosotros 
en cuanto á la justicia de asignarie el primer rango en la ora- 
toria argumentativa, — reconociendo, por lo demás, como lo 
reconocemos por nuestra parte, que muchos lo sobrepasan 
en las calidades secundarias de brillantez, injenio, invectiva y 



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■inCrO JIOBRE ESTA OBRA líil 

sarcasmo. Y es esto tanto más notable cuanto que al exa- 
minar sus discursos de otro género, nos encontramos con 
que revela gran poder de imaginación, vigorosa invectiva y 
oportunidad en el uso del sarcasmo, reprimiendo esas facul- 
tades solamente en el debate. En el discurso sobre secues- 
tración de los bienes de Rosas hace poco uso de la invectiva, 
y aunque teniendo de su lado todo el concurso del aplauso 
popular, lo que lo colocaba en aptitud de fustigar sin piedad á 
sus adversarios que no podian escapar á sus garras ; obsér- 
vase que no bien asoma á su bolsillo el cabo del látigo, 
cuando vuelve á guardarlo precipitadamente. Puede esto ser 
consecuencia de una delicada repulsión á herir, ó de un or- 
gulloso desdén por el uso de otras armas que, como los 
llamados á la razón y la esperiencia y demás por el estilo, 
considera únicamente legítimas en el debate, — pero la ver- 
dad es que el hecho existe, y que en e! caso espresado dejó 
el orador escapar muchas oportunidades de triunfar sobre 
sus contrarios. 

Con respecto al estilo — si no es demasiada presunción de 
parte de extranjeros el emitir una opinión al respecto — e! ge- 
neral Mitre se distingue por la precisión en el uso de los tér- 
minos, y por la fácil y armoniosa versión de sus períodos, 
hábilmente matizados con breves interrogaciones y una que 
otra esclamación. Autor en estremo agradable cuando se 
le lee, debe haber sido no menos agradable orador para su 
auditorio. 

El defecto principa! que notamos, y que parece haber ga- 
nado terreno en el carácter del orador, consiste en cierta ten- 
dencia á hacer en estremo largas las sentencias, merced 
á la intercalación de demasiadas frases auxiliares. Es esta 
una falta á que se inclinan todos los escritores de rica imagi- 
nación, pero no por eso es ella menor, puesto que tiende á 
oscurecer las ideas principales con una inútil redundancia de 
circunloquios. Además, los pocos ejemplos de que se vale, 
son á menudo, y aún en los casos de mayor necesidad de 
los mismos, de clase muy inferior á la importancia del caso. 
Otro defecto igualmente serio que observamos en algunos de 
tos discursos de la colección consiste á nuestro juicio, en el 



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30 JUICIO SOBBE ESTA OBRA 

USO demasiado frecuente de alusiones bíblicas. "Comparar 
liis cosas espirituales con las espirituales" es un precepto di- 
vino,— pero comparar las acciones y sufrimientos humanos 
con los divinos, es algo que lastima los nervios ingleses, y 
nos arranca una condenación como pruebas de "mal gusto." 
Acaso el medio mas espresivo'de demostrar el aprecio que 
nos merece el general Mitre como orador y estadista, seria el 
de decir que en nuestra opinión habría sido un tribuno influ- 
yente en la Cámara inglesa de los Comunes, si el destino lo 
hubiera colocado allí, en la seguridad de que sus calidades 
hubieran sido mucho mejor apreciadas por el pueblo inglés 
que por el argentino. Tenemos actualmente necesidad de 
un hombre semejante en Inglaterra, pues uno á uno van de- 
sapareciendo de la escena nuestros principales hombres, y 
pronto tal vez nos quedemos sin ninguno capaz de represen- 
tar sabia y prudentemente las ideas democráticas. En la 
hora presente sería tan gran bien para Inglaterra el tener á 
un Mitre que se pusiera á la cabeza del gran partido liberal, 
como para los argentinos el conseguir á un Gladstone ú otro 
de su escuela, para poner orden en las finanzas. 

Emprendimos nuestra tarea con la intención de estractar 
algunos trozos de estos discursos, por vía de ejemplos, y aún 
llegamos hasta á preparar en debida forma ese trabajo, pero 
considerándolo bien, nos ha ocurrido que sería proceder con 
injusticia hacia su autor, el publicar pequefíos fragmentos de 
arengas que, para ser juzgadas con acierto, necesitan ser 
leídas por entero. 

Es con el mayor placer que nos hemos impuesto del hecho 
de hallarse casi totalmente agotada la primera edición de las 
Arengas, lo que nos da motivo para observar una vez más á 
su editor el doctor Lamarque, lo conveniente y deseable que 
sería que cada discurso fuese acompafiadq de una breve es- 
pUcación. Si como creemos poderlo predecir, esta obra es 
pronto vertida á otros idiomas, sucederá que si en la nueva 
edición castellana no se agregan las notas esplicativas que 
aconsejamos, éstas tendrán que ser suplidas por los editores 
extranjeros. 



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I 

CUESTIONES DE IMPRENTA 



AliEfliTO IN VBGB ANTB BL JDKilDO DE VitLPAftIISO, EN 1849 



CUESTIONES;— !■ Cuáles san laa persansB que tienen derecha pan 
ocuBitr por la prensa. 

2* La publicación de los hechos mij-adia 6 de los .escritos presen- 
tados ante los tribunales, no constituyan injuria por la prensa, aún 
cuando loe hechos imputados sean atrooea'y los escritos puedan ofen- 
der á alguno. 

"■ Los escritos presentados ante los tribunales no dan acción por 



T> No ha^ injuria privada cuando la imputación < 
hace á un individuo que reviste en cierto modo un carácter públic< 

E>r cnanto su buena conducta interesa i¡ la sociedad en general. -- 
DnctuBÍoneB. 



Sostengo qae los seóores Nevel y Peña no han podido enta- 
blar la acusación que pende ante este tribunal. Ella es nula 
desde el momento en que se presentó, y voy á demostrarlo con 
la ley en la mano. 

En el titulo 3", artículo 24 de la ley de imprenta se dispone 
espresamente lo siguiente; 'Las ityuñas contra partíctdares, ó 
que no se refieran al desempeño de Jas funciones de un empleado pu- 
blico sólo serán acúsenles por él írt/urúufo, su apoderado ú otras per- 
soms Á QUIENES LAS LETES DAN DERECHO DE ACUSAR. ' 

Be esto se colige que hay personas á quienes las leyes dan 
derecho de acusar y otras que ao tienen tal derecho. 



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:í2 ARRNOAK 

íí'uáles son las persouas que no tienen derecho para acu- 
sar? luteiToguemos las leyes y ellas nos responderán. 

Las leyes de Partida, cuya autoridad no puede ponerse en 
dtida, establecen ciertas excepciones de alta sabiduría, cuyo 
oh-ido haría incurrir á un tribunal de imprenta en lastimosas 
aberraciones. Según esas leyes el hijo no puede acusar al pa- 
dre, ni el marido á su mujer, qiel hermano á su hermano, por- 
que entre tales personas no cabe injuria posible. ¿Admitiría 
el jurado una acusación de un hijo contra su padre, aunque 
estele hubiese llamado asesino? N ó, porque según las leyes 
el hijo no tiene derecho dfi acusar ¡i su jiadre, y la ley de im- 
prenta dis]>one que sólo puede acusar el que tenga derecho pa- 
ra ello. 

i Los señores Nevel y Peña tienen por las leyes derecho de 
acusar ? 

No lo tienen, y voy á probarlo, citando la disposición termi- 
nante que resuelve de todo punto la cuestión. 

Lij ley i", título 1", partida 7", prohibe acusar á aquél que se 
halla acusado por delito ¡guul ó ttmyur. 

He aquí el texto de la ley : 

■ Oimi nqufl i/iir es m-witiih min ¡ntftli' iii-iimr li <iliii /n'tlii t¡nf sm 
Vihmila ¡nirjiíiiin ¡n ueus/iriim '/>»• i-s/rr/in iM. 

<■ S^urnih iilffiíiio aninii<iii dfhnitr ^el jiiMgiuhr, tlf iiiid d iiifr/o que 
linliirir fniíti, mm ¡iw<ie firn^/ir al ¡ilro jmr rnziiH rl/' f/i'rrii •¡ui- fifsf 
MEMOR Ó EGl'AL ilf iiqwl i/iir tinmirrn fnsfii qw fttrsr iimliiiilii fil 
¡Áeilt) tlf itH twu.iainÍPnfo. ■■ 

Esta ley es clara y terminante, y ai yo prnebo que Peña y 
Nevel se hallan acusados por delito i^iuii ó »itii/oi\ pruebo tam- 
bién que la acusación es nula, porque por las leyes no han te- 
nido derecho para entablarla. 

Es de pública notonedad que los señores Peña y Xevel se 
hallan acusados ante los tribunales civiles por falsificación de 
libros de una sociedad do comercio. Poro si la pi'iblica noto- 
riedad no bastara, lo probaría con documentos fehacientes, ta- 
les como los despachos del tribunal del (Consulado publicados 
en los diarios de esta ciudad. 

Es evidente, pues, que los señoi-es Nevel y Peña se hallan 
acusados por delito mayor á aquél por el cual acusan, y que la 
acción que con este motivo ha promovida la parte que patro- 
cino, no ha terminado aún, de lo que resulta que la acusación 
es nula y que no debe ser considerada por este tribunal, por- 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 33 

que así lo dispone la ley de imprenta y asi lo disponen las le- 
yes generales, qae todos debemos respetar. 

Aqn! debiera terminar mi defensa, porque habiendo demos- 
trado que la acnsadón es nula, no tengo para que ocuparme 
de ella. 

Sin embargo, como en este juicio se ventilan cuestiones del 
más alto interés, que importh poner en su verdadera lúe, y co- 
mo no hay por parte de mi patrocinado motivo alguno para 
negarse á entrar á discutir el fondo de la acusación, voy á con- 
traerme desde luego á ella, apoyando mi defensa eñ hechos, en 
doctrinas, en leyes irrecusables. Este es un tributo que mi pa- 
trocinado rinde al augusto tribunal de U opinión, al cual no 
sólo desea convencer de su derecho, sino también de su justi- 
cia, para iluminar á la vez su mente y sn conciencia. 

No entraré por ahora á probar si ha habido ó no injnría en 
los BScñtos acusados. 

La cuestión militante se reduce á saber si en los escritos 
acusados hay abuso de libertad de escribir, porque puede ha- 
ber injuria y puede no haber abus» de libertad de escribir, 
distinción capital que debe tenerse muy presente. 

Tomemos la ley de imprenta por punto de partida. 

El articulo 11 de la ley de imprenta dispone lo que vá á oirse : 

«Art. 11. No se reputará injurioso, ni por consecuencia pu- 
nible, el impreso en que se hicieren exposiciones verídicas de 
la conducta oficial de cualquier cuerpo constituido ó funciona- 
río público eu cualquier ramo de la administración, aunque 
tales exposiciones sean por su naturaleza ofensivas al indivi- 
duo ó cuerpo á quien se dirigen. 

"Lo mismo se aplicará al impreso en que se juzgare la con- 
ducta oficial de la administración en general y de cualquiera 
de sus ramos ó empleados particulares, ó en que se hicieren 
observaciones sobre la tendencia y los motivos de esta conduc- 
ta, aunque el autor se equivoque en la tendencia ó motivos 
que atribuye. '■ 

Apoyándome en este articulo tomo el hilo de mi discurso. 

El acusado titula su escrito: administración de jí!^ticia. 

El sólo titulo indica ya de lo que va á ocuparse: de un ne- 
gocio contencioso pendiente ante loa tribunales de justicia. Es- 
te negocio es un pleito entre los señores Nevel y Peña por una 
parte, y el señor Carreras por la otra. Esto último usando de 
BU derecho hace una exposición de su pleito, y se queja por 



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medio de la preusa de done^nHción de justicia. ¿Le será rehu- 
sado al señor Carreras este derecho perfecto por temor de que 
divulgados los antecedentes del aserto por la prensa, la parte 
contraria vea en este acto una ofensa? Es ciertamente una 
desgracia que él haya encontrado en su camino 4 los señores 
Novel y Peña, ¡pero qué hacer? la naturaleza del caso le obli- 
ga á nombrarles, y los nombró, pero sólo incidentalmente, sin 
dirigirlas ninguna iujuria directa, sin considerarlos de otro 
modo que como partes contrarias en su pleito, no como indivi- 
duos á quienes íntencionalmente queria difamar. 

AI hacer su exposición, al quejarse de denegación de justi- 
cia, al ocuparse de los señores Nevel y Peña, Carreras no ha 
sacado ni un momento el pie de los antecedentes de la causa 
que se ventilaba ante los tribunales, como puede comprobarse 
fijando la atención en el escrito acusado que se ha leído. 

De lo que se deduce que el escrito acusado se halla bajo la 
salvaguardia del artículo 11 de la ley de imprenta, que lo colo- 
ca en la categoría de los escritos contraidos á hacer exposicio- 
nes de la conducta oñcial de un cuerpo constituido. 
Pero aquí se presenta otra cuestión. 

iTenía el señor Carreras derecho para sacar á luz pública 
un hecho que se bailaba pendiente ante los tribunales? 

Á esto contesta el articulo 27 del reglamento de justicia del 
24 que se halla vigente, por el cual establece la publicidad dr 
los juicios, precepto que ha sido consagrado en la práctica por 
el tribunal del Consulado en el hecho de publicar sus provi- 
dencias por medio de los diarios. 

Un célebre jurisconsulto en materia de legislación de la 
prensa, M. Chassan, ha asentado con este motivo el principio 
sigaieute : 

sPor atroz que sea un hecho sometido á los tribunales, es 
permitido darle publicidad, aunque la publicidad pueda ser 
desventajosa para algunos particulares, importa mucho que los 
actos judiciales sean conocidos. Las ventajas son bien obvias 
y equilibran los inconvenientes. ■> 

Si la acusación de un delito trae responsabilidad, es sola- 
mente para ante los tribunales que conocen de la causa. El 
acto de publicarlo por la prensa no produce injuria, desde que 
la publicidad es permitida por nuestras leyes. La injuria exis- 
te en toda su gravedad, desde que se acusa á una persona de 
algún delito, y no se aumenta su intensidad por el hecho de 



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DE BARTOLOMÉ HITBE 3o 

dai-le la publicidad de la prensa. El tiibunal al cual esté so- 
metida la resolución de la cansa, es el único que debe resol- 
verla. Sería actso completamente contra derecJio que otro 
tribunal entendiese dol mismo asunto á pretexto de la lej- de 
imprenta. 

Pero no sólo se han acusado los pasajes del escrito del se- 
ñor Carreras que indirectamente se refieren á los señores Pe- 
ña y Nevel. También ba sido acusado el escrito de apelación 
que se presentó ante el tribunal del Consulado, por el simple 
liecho de hallarse en caracteres de imprenta, no habiéndose 
heoho antes observación alguna cuando fué presentado al tri- 
bunal competente. No tengo para que entrar aquí en la ave- 
riguación de si el escrito es ó nó injurioso á los señores Peña 
y Novel, porque el hecho material de la impresión no os lo 
que constituye la injuria, y porque no habiéndolo rechazado el 
tribunal á quien se presentó, claro está que no era injurioso. 
De otro modo se habría tenido presente el Senado Consulto 
de 20 de octubre de 1819 que prohibe admitir escritos insul- 
tantes y provocativos en los Juzgados, bajo las más severas 
penas, y previene á los escribanos que no admitan tales peti- 
ciones bajo multa do doce pesos. 

Aunque este es uno de aquellos puntos que no están su- 
jetos á controversia, me será permitido citar aqní lo que 
dice á este respecto el célebre publicista cuya autoridad invo- 
qué no ha mucho. 'La ley, dice Chassau, adopta por princi- 
pio, como regla general, la libre defensa ante los tribunales, y 
por consiguiente ella establece también de una manera gene- 
ral que los discursos pronunciados ó los escritos presentados 
ante los tribunales, no pueden dar acción alguna sobre difama- 
ción ó injuria. Así, no se se puede, sin inferir grave y pernicio- 
sa ofensa al principio de la libertad de la defensa, el condenar 
y castigar como difamatorios la articulación y la demanda en 
prueba de los hechos mismos del proceso, si estos hechos por 
ultrajantes que puedan ser en si mismos no son más que el 
desarrollo de los medios sobre que esté fundada la acción. Asi 
también cuando la neccsülail de la legitima defensa lo exige, es 
permitido en un alegato ó en una defensa iuijiresn, el avanzar 
hechos contra el honor y la reputación de las partes y aún de 
los testigos sin poder ser acusados por estáis alegaciones ó im- 
presos. ■■ 

Estos mismos principios forman la jurisprudencia que rige 



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3(! ARENñAS 

ea nuestra legislación y muy especitdmento con respecto á 
nuestra ley de imprenta, por cuanto ella no es sino una copia 
de la ley francesa del año 19, que es la misma que comenta 
Mr. Chassan en las palabras que dejamos trascritas. 

¡Se quiere un ejemplo prácticof 

Citaremos el más ruidoso. 

No hace mucho que los síndicos de un concurso publicaron 
por la prensa una demanda contra una casa de comercio, pre- 
sentada al tribunal del C'onsulado de Valparaíso. En ella se 
leían palabras más injuriosas aún. 

¡Acaso acusó la publicidad de la demanda la casa de comer- 
cioí Se guai-dó muy bien de ello, porque sabía muy bien que 
la injuria no consistía en el hecho material de dar á la prensa 
un escrito presentado ante un tribunal. Á no ser así, lo hubie- 
ra acusado, porque el escrito contenía acusaciones directas 
que comprometían el crédito de la casa. 

Después de haber tocado rápidamente estas cuestiones, que 
el tribunal debe tomar en cuenta para apreciar la inculpabilidad 
del escrito que defieudo, me contraeré á probar que no ha ha- 
bido en él injuria que pueda ser calificada de abuso de la li- 
bertad de imprenta. 

Sostengo que el escrito acusado no es abusivo de la libertad - 
de la prensa : 

1" Porque no contiene ninguna injuria directa. 

2" Porque no se descubre en él conato de injuriar. 

3° Porque no hay en él ninguna injuria gratuita ó inmo- 
tivada. 

4" Porque no hay una sola imputación personal que pueda 
precisarse. 

5" Porque la publicación del escrito se ha hecho á virtud de 
un derecho, en defensa propia y no con el ánimo dañado de 
injuriar á otras personas. 

Para ver que no hay ninguna injuria directa, basta leer el 
escrito acusado. En él se habla de libros falsificados solamen- 
te, pero á nadie absolutamente se atribuyo esta falsificación, y 
tan sólo se limita á decir que lo están los presentados por los 
señores Jíevel y Peña, sin entrar en la cuestión de ser ellos 6 
nó los falsificadores, lo que deja al arbitrio de los tribunales 
de justicia ante los cuales ha interpuesto acción civil 6 crimi- 
nal. Del juicio resultará lo que haya de positivo á este res- 
pecto; pero mientras tanto el señor Carreras no ha designado 



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DE BAKTOLOME MITHE ¿I 

i los señores Peña y Nevel como tales falsificadores, por me- 
dio de la prensa. Basta leer el escrito de acusación para cer- 
morarse que es asi. 

Que no hay conato de injuriar se deduce de que no hay nin- 
guna injuria inmotivada, y que las ofensas indirectas (que no 
son abusivas de la libertad de escribir) que dirige el señor 
(jarreras, son todas sin ánimo deliberado de dañar, y sólo en 
defensa de un interés positivo, de nn derecho legítimo que lo 
autorizaba para hablar ese lenguajcj que puede ser desagra- 
dable para oídos delicados, pero que á los ojos de la ley no es 
criminal, porque en él no se coutiene injuria alguna que pueda 
ser penada. 

íQn4 es iiijuriat 

Si se estudia con detención el espíritu de nuestra ley de im- 
prenta, se verá que no hay injuria sino cuando la imputación 
ee hecha sin necesidad y sin derecho, y si sólo con el ánimo 
torcido de dañar. 

Y no puede ser de otro modo, porque nuestra ley de im- 
prenta no ha podido violar los principios generales á que está 
subordinada toda nuestra legislación. 

Injuria, según la ley de Partida, " es una ofensa qiie es fecha ó 
dkhaáotro á tuerto (injustamente) ó á despreciamiento tk él.» 
DeSnioión qne no es sino la repetición de lo que ha dicho Jus- 
tíniano al asentar que injuria es aquello que carece de derecho 
(non jurej. 

En prueba de lo dicho bastará hacer un breve análisis de los 
párrafos acusados para demostrar su inculpabilidad. 

Después de ese análisis no sé qué duda quepa de la inculpa- 
bilidad de los períodos acusados. 

P«ro quiero suponer que ha habido injuria bajo el punto de 
vista do la ley, (que ya hemos probado que no la hay ni puede 
haber). En tal caso pongo á mi cliente bajo la salvaguardia de 
la ley que establece la compensación de las injurias, ley que 
este mismo tribunal ha reconocido y que ha aplicado no ha mu- 
cho tiempo en un juicio de imprenta que contra un articulo del 
Mercurio promovió «n funcionario boliviano. Al escrito en que 
el señor Carreras hablaba de los señores Peña y Nevel consi- 
derándolos como parte en el pleito y sin personalizarse con 
ellos, estos señores contestaron con injurias personales, que 
son tanto más indisculpables y gratuitas cuanto que eran age- 
nas á la cuestión é inútiles para la defensa, es decir, que eran 



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.'18 AKi:X(iAS 

verdederas mjurias, porque eran hooliaa sin doreclio. He aqiií 
algunas de ellas. 
(IjCifosp un fivzo de ki primera mnteslactón de Neeel ¡/ Peña). 
La ley 81 del Estilo, dispone sobre la compensación de la« 
injurias lo siguiente: 

" B¡ los denuestos fueron de ambas las Partes, mi^uer mas 
sean los unos que los otros, vayan los unos por los otros, salvo 
si fueron dichos muchos mayores denuestos de la una Parte, 
o menoi-es denuestos de la otra Parte; entonce no se igualará 
los menores con los mayores. » 

Gt jurado pesará en la balanza de su conciencia cuál de las 
(los part-ns ha dado mayor gravedad á su injuria. . 

Después de haber basado mi defensa en el texto de las leyes 
y en las doctrinas de los publicistas, tócame considerar la cues- 
tión bajo un punto de vista general, en sus relaciones con el 
interés social, que en materias de prensa, la ley ha querido po- 
ner bajo el amparo de la conciencia pública. 

Las imputaciones hechas á los funcionarios públicos, no se 
reputan por la ley de imprenta como injurias ó calumnias pu- 
nibles por el sólo hecho de dirigirlas por la prensa, y por lo 
tanto la prueba es admisible en tal caso. 
¿Un comerciante es un funcionario públicoí 
En el sentido estricto de la palabra, nó. Pero un comerciau- 
t'C como un médico que hace mal uso de su ciencia, como un 
boticario que no llena sus deberes para con el público, como 
un banquero que abusa del crédito, como un abogado que tra- 
fica con la confianza que en él se deposita, son responsables 
ante la sociedad, como todo lo que busca el públioo pública- 
mente, del bueno ó mal uso que hace de su posición en sus re- 
laciones con la sociedad. 

Un comerciante puede abusar del crédito de que usa por 
medios que afecten el interés general. 

Un comerciante puede expender artículos adulterados que 
dañen la salud pública. 

Un comerciante en el caso que nos ocupa, es en el hecho un 
funcionario público, por cuanto los libros de contabilidad de 
su negocio, están sometidos á la vigilancia pública, y 61 está 
constituido por la ley en guardián de sus libros, que garanten 
á la sociedad contra abusos posibles. Un falsificador de libros 
de comercio, traiciona por lo tanto esa confianza pública, y 
siendo responsable por ello ante la sociedad, la imputación de 



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UE UAKTOLOHÉ MITKE 30 

este hecho que á todos interesa, deja por lo ménoa lugftr á la 
prueba ante el jurado de imprenta. Y si por inedi<) de la im- 
prenta no ae hace otra cosa qne divulgar la acción corres- 
pondiente entablada ante los tribunales competentes, reprodu- 
ciendo el texto de lo.s escritos admitidos por los jueces, enton- 
ces el jurado es incompetente para pronunciar el fallo que 
corresponde á otra jurisdicción. 

El escritorio de un comerciante no es el santuario del hogar 
doméstico, que según la expresión consagrada debe estar 
umurallado. Á nadie interesan los defectos privados de un in- 
dividuo, ni el hombre es responsable legalmente de sus actos 
domésticos ante la sociedad. No sucede lo mismo respecto de 
un comerciante que busca al público y ^dve del público, y que 
desempeña en cierto modo una función pública, llevando li- 
bros d© contabilidad, que en cada una de sus pajinas llevan 
impreso el sello de la autoridad, y cuya falsificación constituye 
por lo tanto un delito público. El delito es análogo al de un 
escribano, guardián de la fe pública, que alterase ó falsificase 
los re^pstroE de su esoribania, rubricados por la mano de la 
autoridad general. 

De este delito se trata ante los tribunales, su averiguación 
pendo ante ellos, y la publicidad de este hecho por medio de 
la prensa, ni puede constituir un nuevo delito, ni ser siquiera 
considerado como injuria ó como un abuso de la libertad de 
escribir ó publicar. 

Después de lo expuesto, y como representante de la parte 
acusada, sólo me resta formular las conclusiones que de mi 
defensa resaltan. 

1" He probado qne á virtud del artícnlo 24 de la ley de 
imprenta y de la ley 4*, título 1", partida 7', los acusadores no 
tienen derecho para entablnr acusación contra la parte que 
protejo, y que por consecuencia su acusación es nula. 

2f> He probado que en el hecho de haber publicado el escrito 
acusado, no ha cometido abuso de la libertad de escribir y pu- 
blicar, por cuanto en él sólo se ha hecho una exposición de la 
conducta de una corporación constituida oficialmente, tocando 
con fundado motivo y sólo por accidente las personas que re- 
presentan la parte contraria, lo cual según el artículo 11 de la 
ley de imprenta no constituye un delito. 

3<* Que según el artículo 27 del Reglamento de Administra- 
ción de Justicia del año 24, que es el vigente, la publicidad de 



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40 .\itKS"(j.\s 

los juicios es un derecho, y que usando ile ese ílorecho, us quo 
mi oliente lia hecho la exposición citada. 

4" Que ^or los principios de jurisprudencia que nos rigen 
no puede reputarse injurioso un escrito presentado ante los 
tribunales por el hecho de darle pubhcidad por medio de la 
prensa. 

ó" Que el escrito no es injurioso por cuanto no ha habido 
ánimo deliberado de difamar, pues habiendo sido hecho en 
defensa propia, para revindic-ar un derecho real y positivo, 
faltando asi la condición esencial de toda injuria, que es ser 
hecha contra derecho, ó á tuerto, como dice la ley de Partida 
que he citado. 

6" Que no hay injuria privada cuando la acusación ó la im- 
putación se hace á un individuo que reviste en cierto modo un 
carácter público, por cuanto su buena ó mala conducta intere- 
sa al público, dando esto lugar á la admisión de la prueba 
cuando menos, siendo incompetente el jurado sobre el parti- 
cular si se trata de hechos cuya averiguación 'y fallo está pen- 
diente ante otro tribunal. 

De estos seis puntos, el primero es capital: los otros son 
accesorios, y sólo me he contraído á ellos rindiendo un home- 
ni^e al tribunal de la opinión, cuyo voto espero hará inclinar 
la balanza de la justicia, confiando en la rectitud del jurado de 
VaJparaiso que nunca ha pronunciado una sentencia injusta. 

Pido la absolución del escrito acusado. 



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SESIONES DE JUNIO 



BI8CVR80S üONTIlt Bl ICVERDO UB SIN NICOLÁS 



I 



Señiir Mifrf. — Me atrevo á sei-el i)rim6t-o que alce la voz en 
esta discusión, no porque crea tener mucho que denir para 
ilustrar el juicio de m\tí honorables colegas, sino porque nada 
necesito oír para formar mi conciencia, y dar mi voto cuando 
]leg:ue el caso de hacerlo. Mi conciencia está irremisiblemente 
formada. Mi voto será por ia no admisión del tratado que va 
á discutirse. 

Formé esta conciencia desde \a vez primera que lo leí, y no 
lo he vuelto á leer segunda vez, tai es la tirmeza con que he 
reposado en mis convicciones. 

Así, pues, aún cuando la elocuencia bajase en lenguas de 
fuego sobre las cabezas de los oradores que llenan esto iicin- 
to, ningún ¡)oder tendría sobre mi conciencia ni para atirmarme 
en mi juicio, ni para conmoverlo, ni para modiñcarlo. 

Señores: por mis labios no habla ni el orgullo, ni la intole- 
rancia, ni un espíritu sintomático de oposición, sino la voz im- 
periosa de mi conciencia que mt- manda marchar hacia adelan- 
te en el camino de la libertad conquistada, tomando por guia 
una de esas estrellas que nunca se apagan en el Cielo: la jus- 
ticia. 

Voy á exponer los fundamentos de mi juicio, y el modo 
cómo mi conciencia se ha formado, para explicar mb palabras 
que tal \'e/. parecerún airoguntcri, y que uo dudo que todos 



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42 AKEK<.^>: 

cucoutrarán blandas y hiiniildes cuando haya ¿«íjenvuelto la 
idea que me trabaja. 

Prescindo de los detulleti del Acuordo de San Nicolás, y sin 
detenerme ni en la cuestión de forma, ni en la cuestión de la 
legalidad, tomo eso documento on su conjunto, y busco la idea 
primordial que ha presidido á él. ¿Cuál ha sido esa id«aí La 
organización nacional. ^ Pero la organización nacional sobre 
québaseí Sobre la base de uiiü dictadura irresponsable, que 
constituyelo que propiamente puede llamarse un poder des- 
pótico; y al decir esto me encuentro naturalmente en el terre- 
no de la verdadera discusión, y colocado frente á frente de la 
gran figura y del gran principio que se 1 ^vantan en ese tratado 
como dos colosos. 

La gran figura es la del general Urquiza investido de una 
autoridad que no tiene precedentes en nuestra historia. 

El gran principio es el de la autoridad en la ley, comprome- 
tida con facultades omnímodas, que exceden á las que tene- 
mos nosotros que somos legisladores, y á las que tiene et mis- 
mo pueblo, fuente de todo poder y de toda razón. 

He dicho que el Acuerdo creaba una dictadura irresponsa- 
ble; y que esa dictadura constituía lo que se se llama un po- 
der despótico. 

Voy á probarlo permitiéndome recordar á V. H, los pñnci 
pioa generales de buen gobierno, las reglas de nuestro derecho 
escrito, y las base» fundamentales del derecho natural. 

Poder dictatorial, señores, es todo aquél que se funda en la 
suprema ley de la necesidad, y hace de su voluntad una ley. 
La dictadura como se ha dicho ya, puede justificarse por el 
interés de todos, legitimarse por la necesidad y glorificarse 
por el peligro; pero cuando carece de estas condiciones es una 
usurpación injustificable de parte del que la inviste, y una ab- 
dicación cobarde de paite del que la otorga. 

Poder iiTesponsable es aquél que no tiene contrapeso, ni 
obligación de dar cuenta á nadie de shs acciones, ni autoridad 
superior á él que pueda fiscalizarlas. 

Poder despótico es todo poder especial establecido fuera de 
las condiciones del derecho natural ó escrito, y que por con- 
secuencia no tiene ley ni regla alguna á que ajustarse. 

Basta que un poder se halle en cualesquiera de estas eondi- 
cioues para ser calificado de despótico, aunque no haga uso de 
la." facultades de que está investido. Si abusa de esas faculta- 



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l)E HABT(ítiOMÉ MITRE 4^ 

des será lo que se llama \m poder tiránico, como lo fué el de 
t'romwell y el de Rosas. 

Pido perdón á la Sala si insisto sobre estos principios vul- 
galísimos j traqueados, á riesgo de insultar el buen sentido 
de los HH. Representantes : pero el debate en que entramos 
es tan solomne, y la cuestión quo nos ocupa es tan importan- 
te, que nada de lo que pueda arrojar alguna luz debe dejar de 
decirse, nada de lo que sea conducente ¿ popularizarla, á vul- 
garizarla, debe callarse en este debate. 

Vuelvo á tomar el hilo de mi discurso y continúo. 

Haciendo ahora aplicaciones de estas verdades vnlgarísimas 
al caso que nos ocupa, i/o preguntaré á la Sala, yo preguntaré 
al Ministerio que ha venido aquí á sostener el tratado que yo 
atac« en sus bases jq"*' "^"^ fundamento que la voluntad del 
Dictador tiene la autoridad creada por el Acuerdo de San 
Nicolás? 

Yo preguntaré jquó responsabilidad tiene esa autoridad, pa- 
ra ante quién la tiene, y quién puedo hacerla efectiva! To 
preguntaré i qué regla, qué ley tiene esa autoridad para guiar- 
se y paragobemarálos pueblos? Si se me demostrase que hay 
algúu fundamento, alguna ley ó regla para esa autoridad, nada 
tendría que decir; pero á menos de cerrar los ojos á la luz de 
la evidencia, es necesario reconocer conmigo que ningún otro 
fundamento que la voluntad del Dictador tiene esa autoridad, 
puerto quo se le inviste de la !>oberan¡a nacional en toda su 
plenitud para que él use de ella sin determiparle ninguna nor- 
ma, sin ponerle un limite, sin trazarle un circulo. Es necesa- 
rio reconocer pues, que ninguna responsabilidad tiene, y que 
8Í la tuviera, no hay poder alguno que pueda hacerla efectiva. 
Se ha dicho, no sé donde, ni con que motivo, que la tiene auto 
el país ; pei-o señores, á esto sólo se puede contestar como 
Hamiet: l'alnbnin! Pidnhrus! Piit/ihriix .' i/ tmtVt más ipir ¡iiiliibras! 
Por último, es necesario reconocer que ninguna regla, ningu- 
na ley tiene esa autoridad para guiarse y gobernar á los pue- 
blos, puesto que todo se ha fiado al buen uso que de ella haga 
el general Urquiza; os decir, que se ha dejado al arbitrio de 
una voluntad, que es lo miau>o quo sancionar la arbitrariedad. 
iQué nombre merece una autoridad semejautef Yo la llamo 
dictatoria!, irresponsable, despótica y arbitraria. 

Hablo de la autoridad ain referencia á la persona del gene- 
ral Urquiza, en quien su pretende encarnar la ley quo le crea 



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44 ARENGAS 

Dictador para hacerlo cambiar la corona cívica qae rodea sus 
sienes por una corona de cartón dorado, que él debe pisotear 
bajo au planta, como el símbolo de un principio despótico que 
se quiei'e hacer prosperar á su sombra. 

He llamado á esa autoridad dictatorial, iri'espoDsable, des- 
pótica y arbitraria. Me había olvidado de llamarla absurda, y 
para demostrarlo no necesito devanarme mucho los sesos. Me 
basta hacer una pregunta. jSi el general ITrquiza no existiese 
hoy en la Eepública, se habría creado una autoridad con facul- 
tades omnímoda»* De cierto que uó, pues en el mismo tratado 
se declara implícitamente, que se le nombra á él, por ser el 
único que puede desempeñarla; de lo que sacamos en limpio 
que la autoridad se Iib creado para la pe'rsona, no para el país. 

(Jreo que no se necesita decir más para demostrar que una 
autoridad semejante es absurda; pues la autoridad se consti- 
tuye para todos y cada uno, y no para el que la ejerce. Lo 
contrario seria lo mismo que hacer la casaca para los botones 
y no los botones para la casaca. 

Paso á consideraciones de otfo orden. 

Las autoridades se fundan sobre dos principios, ó diré más 
bien, sobre dos especies de derechos, ó sobre el derecho natu- 
ral, ó sobre el derecho escrito. 

La autoridad creada por el Acuerdo de San Nicolás, no se 
funda sobre el derecho natural, desde que es una autoridad 
despótica, sin reglas, sin ley, sin limites y sin contrapeso. Es 
una autoridad mayor que la del pueblo, y más fuerte que la 
libertad. Por esto es contra naturaleza. 

No se funda tampoco sobre el derecho escrito, porque el 
tratado de 4 de enero de 18^1, invocada por el Acuerdo de San 
Nicolás oomo ley fundamental de la República, y que lo es en 
efecto, ha sido violado en su letra y en su espíritu, por el he- 
cho de crear una autoridad que él uo reconoce ni autoriza, y 
que inviste mayores facultades que las que por ese pacto de- 
ben depositarse en la Comisión representativa de los Gobiei 

8e me dirá que el general Urquiza no abusará de esa inmen. 
sa autoridad depositada en sus manos. Así lo creo yo también. 
Pero yo me reñero á la cosa y no á la persona; examino el 
principio y prescindo del hombre, tíi abusase de ella seria un 
tirano, y no puede ni debe serlo el que ha triunfado en nom- 
bre y en el interés do la libertad. Pero, no es esta, señores, 
la cuestión. Aunque no use, aunque no abuse, siempre será 



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PE BARTOLOMÉ MITRK 45 

un déspota, porque déspota como lo he dicho y demostnulo 
antes, es todo aquél que no tiene ley que le dé norma, entidad 
que le sirva de contrapeso, ó poder ante el cual sea real y po- 
sitÍTamente responsable de sus acciones. 

Esa autoridad puede disponer de las rentas nacionales sin 
presupuesto y sin dar cuenta á nadie. 

Puede reglamentar la navegación de los rios como si fuera 
nn cuerpo legislativo y soberano. 

Puede ejercer por sí y ante si la soberanía interior y exte- 
nor, sin necesidad de previa ó posterior sanción, 

Paede disponer del presente y comprometer el porvenir. 

Puede declarar guerras por sí sólo. 

Puede sofocar revoluciones y aún hacerlas desde lo alto del 
poder. 

Puede disponer de todas las fuerzas militares de la Confe- 
deración, como si se hallase al frente del enemigo, y mandar- 

En la esfera de lo posible no sé que otra cosa le sea dado 
poder hacer á una autoridad humana, á la cual se le pone en 
una mano la plata y en la otra las bayonetas, y á cuyos pies se 
ponen el territorio, los hombres y las leyes entregándole el 
presente y el futuro. 

Y ahora preguntamos ¡quiénes son los que tal autoridad 
han instituido, para dispensarse de observar las leyes natura- 
les y las leyes del derecho escritot ;Son los legisladores de 
las provincias t }Son los Diputados de un Congreso Nacional? 
¿Son los plenipotenciarios del pueblo soberano? ¡Son los de- 
legados de algunas de estas entidades soberanas, fuentes de 
todo poder f 

Nada de eso, señores; son simplemente los gobernadores de 
las provincias, de los que hay muchos todavía que gobiernan 
con facultades estraordin arias : son los gobernadores de las 
provincias y no de todas, que en su mayor parte ni aún facul- 
tades para tratar han tenido. 

Si los que han instituido esa autoridad hubiesen sido ema- 
naciones legítimas del pueblo, aún estando plenamente autori- 
zados para tratai" en su nombre, yo les negaría del mismo mo- 
do el derecho de crear una autoridad semejante. Me fundaría 
para eilo en que el pueblo no puede dar aquello que no es su- 
yo y que posee en virtud de un derecho natural, es decir, de 
la libertad y de la justicia. Es abolir la libertad, crear un po- 



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46 A1{EN(ÍAR 

(1er superior j'i ella, y es suprimir, violar la justicia, crear ua 
poder despótico que no tenga obligación de respefarla, es de- 
cir: un poder qnc. tenga tal fuerza que pueda atar de piós y 
manos á la libertad y quebrantar entro sus manos vigorosas la 
vara robusta de la justicia. 

Basta que la posibilidad exista, para ei objeto que me ho 
propuesto demostrar, que os, que el pueblo no puede hacer esa 
delegación sin abdicar su dignidad, como no puede renunciar 
á su vida, como no puede renunciar á su honor, como no pue- 
de renunciar á hacer uso de svis facultades fisicas y morales, 
y para concretar mis ideas en una palabra y en nn ejemplo que 
es una lección, como no pudo renunciar á su fama, á su ha- 
cienda, y á sn libertad para ponerlas á los pies do Rosas. Ta- 
les renuncias son nulas de hecho y derecho, por que son con- 
tra la naturaleza de las cosas y contra el modo de ser de la es- 
pecie humana y de la sociedad, tal cual está organizada. Si 
el pueblo mismo, es decir el mandante, no puede criar nna au- 
toridad semejante ; podremos <Tearla nosotros, sus simples 
mandatarios f 

Interrogue cada cual su mandatu y contestóme sí so ci-ee au- 
torizado para ello. Yo interrogo mi mandato y veo que he 
sido enviado por el pueblo á este lugar para hacer la ley y para 
hacerla cumplir; para representar sn.s derechos y para velar 
sobre ellos; para marchar por el recto sendero de I;i ley, de la 
libertad y do la justicia; para fundar autoridades según el 
evangelio de los pueblos libres, y no para crear déspotas según 
el Koran de los fanáticos sectarios de los poderes que llaman 
fuertes, y que yo llamo injustos, que yo llamo anti-sociales y 
corruptores, ¡áeñoresr lo juro por la organización definitiva 
de nuestra patria, que es lo que más anhelo, y por la noble y 
desgraciada República Argentina que todos amamos, yo no es- 
toy autorizado para dar mi voto un favor de un poder que esbV 
en abierta contradicción con mi mandato popuLar. Digo más, 
porque es una consecuencia lógica de lo que acabo de decir; 
ninguno de los Representantes que ocupan un asiento en esta 
.soberana asamblea, tiene poderes para ello, puesto que ni el 
mismo pueblo de quien emanan los tiene para el efecto. 

Hé aquí porque dije al empezar que no necesitaba oir nada 
para formar mi conciencia y votar resueltamente contra el 
acuerdo cuando llegase el caso. No le daré mi voto porque 
no puedo ni debo hacerlo, y á nadie le os dado hacer aquello 



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nE bahtotjOMk mitue 4í 

que es contra 8ii deber y ae halla fuera de su posibilidad. Pero 
ai así como no estoy facultado por el pueblo para votar esa au- 
toridad irresponsable, contra la uual protesto á nombre de la 
dignidad humana, estuviese plenamente autorizado para vo- 
tarla, yo procedería del mismo modo, y ni ahora ni nunca con- 
sentiría que una autoridad igual A la que establece el Acuerdo 
de San Nicolás domiuajie á mi patria, ni ])or un día, ni por una 
hora, ni por un instante. El mal do lo veo en la duración de 
la autoridad sino en la relajación del principio. Con esto he 
contestado de antemano á la objeción que se me puede hacer, 
de que la autoridad creada en San Nicolás sólo ha de durar 
cincuenta días. Para el caso es lo mismo que si durase un 
siglo. 

Voy á terminar, señores. En pueblos como los nuestros, 
que han pasado por la guerra oi^Hl más sangrienta que recuer- 
da la historia, que han vivido por más de veinte años someti- 
dos á la fuerza bruta, y á la bárbara ley del cuchillo y que, 
en presencia del crimen erijido en ley han dudado muchos 
de la virtud, es necesario fortalecer los principios salvadores 
de la libertad del hombre, que constituyen lo que se llama la 
dignidad humana. Eisos principios son los que forman la mo- 
ral pública, completamente relajada entre nosotros por el ejem- 
plo de los degolladores, y hasta por el ejemplo de la mansa re- 
signación de las victimas. La moral pública está caida; es 
necesario levantarla. Débil y flaco como es, yo le ofrezco mi 
brazo para que se apoye en él y lance contra sus asesinos la 
sablime protesta del que se negó á humedecer sus labios en la 
esponja empapada en hiél que le presentaban con mano sa- 
crilega. 

Los que aconsejan al pueblo que apague su sed on esa es- 
ponja envenenada, son corruptores de la moral pública; sí, se- 
i'ioreK. yo lea llamo corruptores; son envenenadores, sí, seño- 
res, yo los llamo envenenadores. Aconsejar la admisión de 
una autoridad que no debe tener más ley que su voluntad, ni 
máslímitequesH voluntad, ni máscontrapuso que esa voluntad 
misma, y querer hacer aceptable esa autoridad diciendo que va 
á durar pocos días, es imitar al torpe seductor que empieza por 
sofocar el pudor de la virgen para deshonrarla en las aras man- 
chadas de lalujuria. La moral pública es el pudorde los pue- 
blos ; su libertad 68 su honor. Vergüenza y vilipendio al que 
la viole! He dicho. 



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.S*)-. Miniíftm <k Oobifífno. (dontestft flOKtenlendo el Acuerdo). 

Sr. I'ien. (Contesta sosteniendo fil acuerdo y anal i «Ándelo). 

Sr. Miti-p. — Empiezo por dar grncias a! cielo, á pesar de las 
eontrari edades de lampona, por haber llegado i'i una época feliz 
en que los combates san^^rientoe de los campos de batalla se 
han convertido en la lucha pacifica- de la opinión, en que á la 
espada y á la lanza se han sostihiido las armas reparadoras de 
la palabra y de la razón. Si, señores, demos gracias al oieio 
porque ya las disidencias de opiniones no so dirimen por me- 
dio de la lanza, y en que el modo distinto de ver y discutir una 
cuestión no es un motivo de rtjncor y de muerte. De distinto 
modo de pensar que el seíior Ministro que habló antes y del 
Diputado que acaba de hacer uso de la palabra, me honro en 
darles el nombre de amigos, y en reconocer en ellos, patriotis- 
mo y rectitud. Bl FTonorable Diputado que me ha precedido 
en la palabra (el señor Pico) no necesitaba sincerarse de las 
calumnias de que ha sido el blanco. Son imputaciones estú- 
pidas que no pneden alterar el concepto de probidad y patrio- 
tismo de que goza. Compañero do causa y de infortunio, le 
he conocido en el destierro, y jamás ha dado motivo alguno 
para que se dude de ól, ni como hombre público ni como hom- 
bre privado. Yo por mi parte jamás he dudado de él en esta 
ocasión, ni ha llegado á mis oídos que nadie haya puesto en 
duda la rectitud de su proceder. Puede equivocarse, puede 
sostener una opinión errónea, pero esto no es motivo para du- 
dar de él. El mejor testimonio que puedo darle de esto, es que 
los que no pensamos como él piensa, nos honraríamos en tener- 
lo de nuestra parte en esta discusión, tanto á él, como á mi 
amigo el señor ministro á quien me he referido antes; repito, 
que nos considerariamos honrados con su cooperación. 

Paso á ocuparme de los puntos que han aparecido en el cur- 
so del debate. 

Dos discursos pesan sobre la palabra con que inicié esta dis- 
cusión, dos discursos de distinto estilo y que se completan el 
uno por el otro. 

El uno todo poesia, el otro todo razón ; el uno qne es el es- 



dbyGoOgll. 



DE baStolomé mitee 49' 

pfñtu de an&lieis, el otro que es la inspiración aplicada A la 
polítioB. 

Por esta vez, estas dos entidades al aparecer tan opuestas, 
se han dado la roano, para coincidir en un punto de que me 
ocuparé inmediatamente. 

Antes de pasar más adelant*, advertiré que no soy del mis- 
mo modo de ver del señor ministro de gobieiiio, que ha dicho 
que en esta discusión se debe poner el corazón en la cabeza. 
Creo que en esta cuestión, como m toda cuestión que afectf 
intereses vitales, se debe pensar y se debe sentir. No invirta- 
mos, pues, el orden de la naturaleza, y quede cada cosa en su 
lagar: el corazón dentro del pecho, y la cabeza coronando el 
conjunto. 

Paso á los puntos en discusión. 

E3 punto por el cual se han tocado les discursos á que voy 
& contestar, es aquél por el cual los dos oradores que me han 
precedido en la palabra han aseverado que todas nuestras des- 
gracias provienen de la anarquía, de los excesos de la libertad, 
délos excesos populares. Y ¡por qué no se dice la verdad 
iPor qué no se dice que todas nuestras desgracias provienen 
de los excesos de los malos gobiernos, de los excesos de la ti- 
rania, de los excesos de los caudillos sanguinarios que han opri- 
mido y ensangrentado la República í ; Por qué no so dice esto, 
y se habrá dicho la vordadí La verdad es que todos nuestros 
males provienen de esas causas, y no de los excesos de la li- 
bertad como se ha dicho, j Dónde so estrelló el Congreso Na- 
cional de 1826 í En el aduar del bárbaro. ¿Dónde fracasó el 
pensamiento de la oi^anización nacional en esa épocaf En la 
tienda militar del general Quiroga. ^Quión ha desgarrado la 
Constitución Nacional que nos hemos dado? lias lanzas afila- 
das de los caudillos. Y sin embargo, se dice que todas nues- 
tras desgracias provienen de la anarquía, de los excesos de !a 
liljertad. — Yo tomo esto por un sarcasmo, por una ironía amar- 
ga que se arroja al rostro de la desgraciada República Argen- 
tina. Los excesos de la libertad, se dice, como si estuviéramos 
tan hartos de libertad ! ^^ Cuándo hemos sido verdaderamente 
libres, cuándo nos hemos sentado tranquilamente en el festín 
de los pneblos libres de la tierra? Nunca, nunca, porque cons- 
tantemente hemos vivido de las migajas de ese espéndido fes- 
tín. Pocas veces hemos llevado á nuestros labios sedientos la 
copa embriagadora do la libertad, y á pesar de esto se nos di- 



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50 ABEKOAS 

oe, que son sus excesos la causa de nuestros infortunios! 
¡Ojalá hubiesen habido excesos de este género! En esta par- 
te soy de los que piensan que es preferible irse un poco más allá 
en materia do libertad, que quedarse más acii, ó irse un poco 
más allá en materia de autoridad ó despotismo. Los males que 
puede ocasionar la libertad se remedian por ella misma. Es 
como la lanza de Aquíles que eoj-a las heridas que abre. No 
sucede así á la autoridad, cuyos estragos cuesta mucho repa- 
rar, y cuyos abusos labran la desgracia de los pueblos. Ojalá, 
repito, hubiese habido más libertad que la que'ha habido! Si 
algo bueno tenemos, si algunos principios conservadores de la 
sociedad faau resistido á las horribles borrascas en que nos he- 
mos agitado, lo debemos á ese poco de libertad que hemos go- 
zado. No la maldigamos, no la calumniemos! Por el contrario, 
bendigámosla con todo el fervor de nuestra alma, con todo el 
entusiasmo de nuestros corazones. 

Paso á otra cosa. 

Ha dicho el diputado que me. ha precedido en la palabra, 
que se ha supuesto al general Urquiza la intención de marchar 
á la tiranía, ó no me ha entendido, ó no me he explicado 
bien, aunque creo haberlo hecho muy claramente. Lo que sí 
ho dicho es, que la autoridad de que se inviste al general Ur- 
quiza es una dictadura irresponsable, que constituye lo que se 
llama un poder despótico. 

Dictadura y tiranía no son sinónimos, como no lo son des- 
potismo y tiranía. Se puede ser dictador, se puede ser déspota 
y no ser tirano. 

Cincinato y Washington fueron dictadores y no fueron 
tiranos, 

La mala intención atribuida al general Urquiza queda, pues, 
de cuenta del diputado que habló antes. 

Nosotros convenimos, y esta es mi creencia, que el general 
Urquiza no abusará de su poder, que su persona es una garan- 
tía; pero esto no quita que yo me considere suficientemente 
autorizado para dar mi voto á la autoridad de qne se le pre- 
tende investir, y de que yo piense, que esa autoridad es ina- 
ceptable, porque es contra el derecho escrito y contra el de- 
recho natural, y porque ni el pueblo mismo puede orearla. 

Se ha dicho también con este motivo, que parecía que nos 
hubiésemos olvidado que éramos representantes de la provin- 
cia de Bueuos Aires, y que pretendíamos dar leyes á toda la 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 51 

República, hablando á uombre de ella. No sé ciiaiulo se liaya 
manifestado esta pretensión: al menos por mi parto, pi-otesto 

que no he abrig.ido tal pensamiento Pero, señores ¡que 

sea así! Acepto la interpretación. Por ventura jno soy íirgen- 
tinoí jNo soy miembro de esta gran familia argentina, dis- 
persa desdo el Plata hasta los Andes y Hnmahuaca! ;Xo 
pertenezco á esa comunión, (¡ue tiende á organizarse on nn 
cuerpo de naciún, y cuya sangre !ia corrido unida á la sombra 
de una misma bandera en todos los campos de batalla do la 
independencia? C'nando se trata do intei-ese» nacionales ¡no 
mees permitido bablar en nombro do la nación? Xo veo en 
esto nada de irregular. 

Por lo demás, los dos oradores que lian coutostado á mi pri- 
mer discurso, no han destruido ninguno de los argumentos con 
que yo he atacado el acuerdo do San Nicolás. Por el contra- 
rio, todos ellos están en pie, y nunca m:is firmes sobre sus piús 
que ahora. To be atacado t'l acuerdo por sus base^. por ha- 
llarse fuera del círculo y de las condiciones ile! derecho, por 
orear una autoridad despótica, que nuestro mandato no nos 
permite autorizar; porque establece un mal principio coi-ruptor 
de la moral pública y atentatorio á la dignidad humana, en 
cuyo nombre lo he rechazado, y lo i-cehazarú votando contra 
él cuando llegue la ocasión. 

Todo loque se ha aducido para sosLeuorlo no ha hecho sino 
afirmarme más y más en mis convicciones. El mismo juicio 
que formé la primera vez que lo leí, he ratificado hoy. Se me 
ha inculpa(Ío por el diputado que me ha precedido en la pala- 
bra, y que ha analizado el tratado que nos ocupa, que habién- 
dolo leído una sola vez no es e.-ctrafio que no lo haya compren- 
dido tal vez. Parj dar unamuestra de deferencia á mi honora- 
ble amigo, con quien estoy en disidencia, he leído segunda vez 
el tratado. Mientras él hablaba yo leía. Voy á exponer el re- 
sultado de mi segunda lectura. 

El diputado preopinante ha mostrado e! anverso de la me- 
dalla del acuerdo de Sao Nicolás. 

Voy á presentar su reverso, haciendo do él un breve análi- 
sis, que terminare en pocos minutos. 

Por el articulo 1" so dice que .lel tratado de 4 de enero de 
1831 será religiosamente observado. >' Este tratado está violado 
en su espíritu y en su letra, por los mismos qtie lo invocan. 

Por el artíonlo 2° se deduce que las provincias están en ple- 



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na iíberí.id para constituirse. Yo pruebo lo contrario diciendo 
que hay muchas que están mandadas por gobernadores con 
facultades extraordinarias. 

Por el «rtículo !t" se supriraon los derechos de tránsito de 
las aduanas interiores. He sido el primero que por la prensa 
he clamado en Buenos Aires contra esas aduanas y esos de- 
Nada tengo que decir respoclo de este punto. 
Pop el artículo 4° se efitableco que en todo el mes de agosta 
se reunirá el Congreso. Se ha dicho con este motivo, que las 
grandes cosas se deben hacer pronto, y no retardar su ejeou- 
ción. Soy de la misma opinión. Pero el mejor modo de hacer 
pronto las grandes cosas es hacerlas bien, adaptando el cami- 
no natural, el recto sendero de la ley y de la conveniencia ge- 
neral. El camino estaba abierto ¿por qué no se ha entra- 
do por él í i por qué se ha preferido tomar una senda tortuo- 
sa ó extraviada! SÍ se hubiese seguido el camino que indico, 
el tratado no encontrarin las resistencias que hoy encuentra 
aquí, y que tal vez encontrará en otras partes, y si no las en- 
cuentra no será porque la conciencia de los pueblos no se su- 
bleve contra las cláusulas que establece una autoridad incom- 
patible con la libertad. Á lo que es racional nadie se opone. 

Por el artículo .')" se determina el número de diputados de 
cada provincia que deben concurrir al Congreso, No estoy 
distante de aceptarlo, y por él no haría al Acuerdo la menor 
oposición. Para apoyar este articulo se ha citado el ejemplo de 
Norte- América, en que se dice que cada Estado envió dos di- 
putados al Congreso. Hay en esto una inexactitud. Eran trece 
colonias y fueron cincuenta diputados al Congreso. La cuenta 
sale mal. 

Por el artículo 6" se establece que los diputados no lleven 
limitación alguna en sus poderes. No tengo gran objeción que 
hacerles; pero observaré que está en contradicción con otro 
articulo que autoriza á las provincias para retirar sus diputa- 
dos, lo que rompe la unidad de pensamiento que debe presidir 
á un pacto de esta naturaleza. 

Por el artículo 7" se definen las condiciones morales é inte- 
lectuales que deben tener los diputados que vayan al Congre- 
so, es decir, se legisla sobre aquello que nadie sino Dios pue- 
de penetrar, que es, los sentimientos y las ideas. No importa 
otra cosa decir que los Diputados estarán animados de senti- 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 33 

mientes nacionales sin preocupaciones locales, sin exigencias 
encontradas, y de más probidad, de más patriotismo y de más 
iateligencia, á lo que se agrega que los gobernadores gurUan 
autorieados para umr tlr su íiifluenvia kgHiitm. á fin do que sólo 
los individuos que llenen esas condiciones intelectuales y mo- 
rales sean elegidos. Lo único que cabía decir en este caso era 
que, habría la más completa y absoluta libertad para la 
elección de diputados al (.'Ongreso. ;Por qué no se ha dicho 
estot Porque se conoco que á la confección de tse articulo ha 
presidido un pensamiento estrecho, jiorquo no so ha atrevido 
á conceder al pueblo lo que se lo debo en justicia, y porqne al 
reconocer una parte de su derecho han guardado la mayor par- 
te de él con la mano cerrada. 

Por el articulo 8" so autoriza á las provincias para retirar 
8U8 diputados cnando lo crean oportuno. Ya he hecho mis 
objeciones á est« artículo, y ninguno de los que me han con- 
testado las ha refutado victoriosamente. Haré algunas otras 
observaciones que no son de importancia. Los diputados al 
Congreso deben ser diputados de la Nación y uo de la provin- 
cia, porque representan á todas y cada una de las provincias. 
Desde el momento en que ol Congreso esté reunido, debemos 
considerarlo como á la expresión más pura y genuina de la 
razón. No debe tener otro juez que él mismo respecto de sus 
diputados. Esto no se logrará si los diputados quedan depen- 
dientes de las provincias, ó de los gobernadores, ó sea que 
puedan retirarlos cuando lo crean oportuno, porque de esto 
resultará el absurdo, que un diputado que ten^ la conñau>a 
del Congreso puede ser retirado por instigación del ICjeculi\o, 
como lo ha dicho un señor ministro, y porque no marehe de 
acuerdo con las irkm tJr m pnifiinria, como ha dicho otro soiiiir 
ministro. Esto es algo más qtic absurdo. 

Por el artículo 9" y 10, el Encargado de las Relaciones [u-o- 
veerá á los gastos nacionales. Nada más natural desde ()ue las 
rentas nacionales le están confiadas. Aprovecho esta oportu- 
nidad para esplanar un punto que no hice sino indicar en mi 
primer discurso. >Se sabe que la autoridad creada por el acuer- 
do de San Nicolás, debe marchar sin |)resupucsto, y sin nttce- 
sidad de dar cuenta á nadie de su inversión. Yo no temo n¡ 
sospecho que pueda hacerse mal iiso de esos fond<is, ni nmlic 
puede creerlo. Pero me fijo en una sola cosa. Mi yo como di- 
putado de la provincia de Buenos Aires no puedo autorizar al 



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54 ARENGAS 

Gobierno Provincial á que gasto un sólo real, un sólo medio 

sin quo sea votado por la Sala, ípodré dar mi voto á una auto- 
ridad que va ft disponer á su arbitrio de las rentas nacionales T 
No lo puedo, y por oso he dicho antes que no aceptaba sepie- 
janto facultad. 

Por el artículo 11 se fija la ciudad de Santa-Fó como punto 
en donde debe instalarse el Congreso, pero como este puede 
elejir después de instala<lo el lugar dt; su residencia, no me de- 
tendré á considerar esto articulo. 

Por el artículo 12 so resuelve que el Congreso no se disol- 
Torá basta tanto que haya dictado todas las leyes orgánicas 
de la Constitución. Me adhiero de todo corazón á esta dispo- 
sición. Una Constitución sin leyes orgánicas, es como un co- 
cbe aíonjedas: puede arrastrarse poro no rodar. La Consti- 
tución de un pueblo, como se ha dicho, no es sino el índice del 
derecho público de un pueblo. Las leyes orgánicas son pues 
las que reglamentan, comentan y dan vida á los diversos titu- 
. los de ese índice. 

El artículo 13 no es del caso, porque nada en realidad es- 
tatuye de una manera positiva, sino que se mantenga la paz 
pública. 

Por el artículo 14 se dá al Encargado de las Relaciones Exte- 
riores la facultad do intervenir en caso de hostilidad abierta de 
una á otra provincia, ó eu caso de sublevación armada dentro 
de alguna de ellas. Protesto que yo no quiero la guerra ni las 
sublevaciones á mano armada, y las caliñco de un crimen, hoy 
que tenemos la libertad de hi prensji, la libertad electoral, la 
libertad do peticionar y la libertad de la tribuna, para hacer 
valer nuestros derechos sin apelar á las armas. Pero por lo 
mismo que quiero la paz, iiu quisiera que se confiasen á la 
voluntad de un sólo hombre facultades que puedan alarmar á 
los puel>los. Lo que esto artículo importa es una liga de go- 
biernos que so comprometen á sostenerse mutuamente, y las 
ligas do gobiernos no son los mejores medios para mantener 
el orden. 

Los otros artículos se refieren á la autoridad de que me he 
ocupado en mi primer discui-so, y que he rechazado en nombre 
do la dignidad humana, de la libertad, de la justicia y de la 
moral pública. Bast-ante lio dicho ya para demostrar que es 
una autoridad despótica, y aunque, lo repito, la persona del 
genera! Urquiza sería uua garantía de que esa autoridad no 



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DE BARTOLOUÉ »tTRE ^ 

se conTertiria en sus manof; en una autoridad Uránica, no por 
eso dejaría <lo ser despótica, y como tal es inaceptable. 

Prescindo de analizar los demás artículos, sobre los cuales 
poco hay que decir, y bastante se ha dicho ya. No quiero abu- 
sar de la atonción de mis honorables colegas. 

He cumplido lo que prometí, ofreciendo por medio de un 
breve análisis, el reverso de la medalla, cuyo anverso nos ha- 
bía presentado el diputado que me precedió fii la palabra. 



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PROCLAMA 

LLAIUNDO Á LAS ARMAS A LA GUABDIA NACIONAL 
DE BUENOS AIRES (') 



líetiembre 15 i\e ISSfi. 

CiuduAinos ! Al oolocarme al frente de la Guardia Nacional 
de Buenos Aires, el Superior Gobierno me ha encomendado el 
presidir al enrolamiento de las milicias cívicas. 

Con tal autorización y en nombre de la Patria, os llamo á las 
armas. 

Los cobardes que no respondan á este llamamiento, merece- 
rían ser marcados oon un hien'o ardiente en medio del rostro 
para conservar eternamente el sello innoble del esclavo. 

CludaMitos de Buenos Aires ! Todo lo habéis perdido: todo 
tenéis que revinilicarlo. 

Habéis gemido bajo el sable del conquistador. 

Habéis sido despojados de vuestros soldados, de vuestros 
tesoros, parques y depósitos, declarados botin del vencedor. 

Habéis visto á vuestros conciudadanos arrancados de sus 
hogares para ser trasladados como negros de África lejos de 
aquí, donde lloran en la miseria. 

Habéis visto vuestras instituciones á merced del capricho de 
un mandón que no reconocía más ley que la fuerza, ni más re- 
gla que su voluntad. 

Habéis visto que se ha pretendido presentar nuestra pro- 
vincia ante el ('ongi'oso, como una cautiva ante la toldería del 

(I) Efltu produniii no fuv prnnimi-iuiliKlt; vivu voz; iwiu la insertiuiiOH 
en ost» iMilectifiíi [loniue U8 uuh voiiladi-iu lueugu. — f.V, drl tí.) 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 37 

íf 
pampa: atada Ae pies y manoB y con una mordaza en la boca. 

Y sin embargo, aún faltan ciudadanos de Buenos Aires en 
las filas de la Guardia Nacional ! 

Ciudadanoe de todas las clases .' Á las armas ! En nombre de la 
ley, por orden del Gobierno y en el interés y la gloría de la Pa- 
tria, os llamo á tomar un fusil en defensa de lo más sagrado 
que tiene el hombre — la libertad y el honor. Los que desoi- 
gan este llamamiento, responderán ante la justicia de DÍoe con 
su conciencia, y ante la reprobación de todo nn pueblo heroico 
y deoidido con su ignominia y su vergüenza. 



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LA CONSTITUCIÓN DE BUENOS AIRES 



ASIMBIBÍ a&mKhl GONSTITÜVBNTB 

SESIÓN DE 2 DG MABZO DE 1854 



—La (iivislón en <loB Cáinarae — La !6f^- 
CR y [a trarticion nietorica sobre el jiarticiilnv — Sobre omnipotencia 
de los poderes — Pi'einmdei'Mncia del Poder LcgÍBlativo— Sobre Muni- 
cipal idades — OreanizBcióti del Poder Judicial — A)itecedent«B biatóri- 
vos recientes aobra los excesos del Poder Ejecutivo en presencia del 
Poder Legislativo — Sobre la Cámara única — La ciudadanía, la nación. 
V la provincia — Los precedentes constitucionales — Constitución del 
í'oder Ejecutivo — Lo trausilorio y lo ]ii'ruianiíntfi — Otra ver. lae dos 
enmaras. 



Kl señor Mitre — Diré en general sobre el Proyecto de Cons- 
titución lo que pienso, considerándolo en sus grandes divisio- 
nes, y lo diré ahora, porque una vez convertido el Proyecto en 
ley constitucional, no añadirá una sola palabra sobre ella. An- 
tes que esa ley S(í sancione, deben manifestarse todas las disi- 
dencias á la tuz del día, para que de su choque surja la ver- 
dad, para que ella seaaoeptadii por todos con plena convicción, 
y adquiera de este modo el carácter de inmutable, y en cierto 
modo eterno, que debe distinguirlaiporque, seiíorcs, una Cons- 
titución no es un juego de niños, no es cosa que se puede an- 
dar variando todos los días, sin dar tiempo á las instituciones 
á que echen raices profundas en la sociedad. Por el contra- 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 59 

río, debe dejarse que el tiempo las consagre, las radique y que 
les dé toda la solidez y respetabilidad que desde el primer óia 
no pueden tener; y que sólo el tiempo y la educación constita- 
cional pueden darles. Así, pues, cualquiera que sea la Cons- 
titución qae se adopte por la mayoría, después de votada y 
jurada por el pueblo, yo la sostendré, y la sostendré hasta con- 
tra las reformas que en ella pretendan hacerse, porque en este 
punto soy esencialmente conservador ; y la sostendré, señores, 
sin embargo de no haber sido el inventor de la idea de consti- 
tuir á la Provincia, porque no pensando que la situación sea la 
más oportuna para sancionar una Oonsfcitución, pensaré enton- 
ces con más raz¿n que debemos esperar hallamos en condicio- 
nes normales para perfeccionarla. Las libertades que se con- 
quistan y se guardan, valen más que las garantías escritas. 

La Constitución por excelencia, la Constitución que ha dado 
orígen á todas las Constituciones modernas, la Constitución de 
una délas naciones más libres del mundo, donde los derechos 
políticos y civiles del ciudadano están mejor garantidos en la 
práctica, — ^la Constitución del pueblo inglés — no ha sido escrita 
jamás. 

Ahora, contrayéndome en especial al proyecto que se halla 
en discusión, haré sobre él algunas observaciones, tomán- 
dolo en grandes masas, y considerándolos en sus grandes di- 



Hay ciertos puntos sobre los cuales no es posible dejar de 
estar conforme en esta materia, porque se refieren á principios 
inconcusos, ó declaraciones generales, á disposiciones univer- 
sales, que se consagran en todos los códigos fundamentales, y 
qae se repiten siempre en las Constituciones de todos los paí- 
ses; pero hay otros con los cuales estoy en completa disiden- 
cia. Esto no os de estrañarse desde que, de los siete miem- 
bros que componían la Comisión especial, encargada de for- 
mular el proyecto, dos se han separado en minoría, y de los 
cinco restantes cada uno se ha reservado sostener 6 desechar 
en el curso de la discusión aquellas el áusulíis con las cuales no 
se han conformado en el seno de la Comisión, es decir, que en 
la misma mayoría no hay pei-fectu unidad de opiniones. 

No diré que el Proyecto sea deficiente. Reconozco que una 
de las calidades más recomendables de uno Constitución es 
que sea muy sencilla y muy concisa, de manera que no enca- 
dene el porvenir, y deje á las generaciones venideras la liber- 



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tad suficiente para girar eu el círculo de la ley, sin necesidad 
de violentarla; y pai-a que las instituciones tengan de este 
modo esa admirable flexibilidad, que es lo que constituye su 
fuerza, su poder y su duración, como sucede con la Cons- 
titución de Inglaterra. Por este medio la Constitución se 
prest-a k las necesidades y exigencias de todos los tiempos 
en el sentido del bien, y sin coartar jamás la libertad para 
lo venidero; adquiriendo ese carácter monumental y raagostuo- 
Ko que baga de ella la verdadera ley fundamental, la ley eter- 
na, inmutable, de la cual fluyen todos los principios constituti- 
vos de la sociedad. Por esta parte no estaré en disconformi- 
dad con algunos puntos comprendidos en el proyecto que se 
discute, sino por las razones que paso á exponer. 

Empezando por la división de las materias, observo que la 
Comisión ha procurado mantener la simetría de todas sus par- 
tes, y sin embargo de este conato, la simetría ha sido violada, 
diremos así, por una porción de disposiciones heterogéneas que 
figuran en el Proyecto, y que se hallan colocadas fuera de su 
lugar; hablo de tas disposiciones transitorias que en él se leen. 
Estas disposiciones transitorias, algunas de las cuales deben 
llamarse extraordinarias, son de dos clases. Las unas son las 
que se encuentran en todas las Constituciones nuevas que pro- 
vienen del cambio de un sistema á otro sistema, ó de un orden 
de cosas á otro, que los jurisconsultos reconocen con la deno- 
minación de derecho transitorio, y á que se provee siempre por 
disposiciones transitorias también, t^l como por ejemplo, el 
modo de promulgar y jurar la (.'onstitución. ta condición en 
que quedan los que estaban en posesión de derechos que se 
suspenden, y otros puntos de la misnta naturaleza, instables 
como la causa que los motiva. Las otras disposiciones transi- 
torias tienen otro origen, y son una peculiaridad de nuesti-a si- 
tuación. Ellas nacen del estado anormal en que la provincia 
se encuentra respecto de la Nación, de esa Nación que en 1816 
declaró su independencia bajo la denominación de Pi-ovincias 
Unidas del Río de la Plata ; que más tarde se envolvió en la 
anarquía al descompon ei-se el mundo colonial á que reempla- 
zaba ; que posteriormente se reunió en t^ongreso bajo el nom- 
bre de República Argentina, y que después se ha constituido 
de hecho bajo el nombre de Confederación Argentina, sin que 
hasta ahora haya encontrado la forma de gobierno que le con- 
viene : gran problema, cuya solución es el secreto del porve- 



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DE BARTOLOMÉ MITRE i}l 

tiir. Todas estas disposiciones trausitorias debieran fonnar 
ana sección aparte al pie del Proyecto de Constitución, porque 
en el cuerpo de él no debe consignarse sino aquello que tiene 
el carácter de permanente, que es para todos los días 7 para 
todos los tiempos. Las disposiciones trausitorias deben for- 
mar una sección aparte, en que estén reunidas !as que ae re- 
fieren ú la transición de una legislnción á otra legislación res- 
pecto de las cosas y do las personas, y lan que se relacionan 
con la situación actual. Entro estas últimas debía figurar la 
que se halla consignada en el articulo 1" del Proyecto, que ha- 
bla de la soberanía inferior y exterior, la facultad que se reserva 
al Poder Legislativo Provincial de proveer á todos los casos 
extraordinarios del interinato, hasta tanto que la Nación se reú- 
na, lo relativo al derecho de patronato durante el interregno, y 
otros muchos que no necesito indicar, y que diseminadas en el 
Proyecto entre otras disposiciones con las cuales no tienen co- 
nexión alguna, rompe la unidad de la obi-a, y violan la simetría 
que se ha buscado. 

Hay otro punto de la mayor importancia, con el cual no es- 
toy conforme. No diré de éí que es una innovación, sino que 
es una violación de los principios del derecho público federati- 
vo, del eual no se encontrará precedente alguno en la historia. 
La única Nación federal que conocemos en el mundo, adviér- 
tase que digo Nación, el único modelo que puede citarse en 
eate caso, la única República federal que puede hacer autori- 
dad en esta materia, puesto que todas las demás que asi se lla- 
man son confederaciones, son pueblos federados, no repúblicas 
federativas; la única, repito, son los Estados Unidos de Amé- 
rica, que á la vea de formar una verdadera Nación, en que las 
ptuHíes conservan cierto grado de independencia en medio déla 
armonía del gran todo, el todo se subordina á ciertas reglas 
fundamentales, que son del resorte exclusivo del poder nacio- 
nal. Hablo de la ciudadanía, señores; ó somos Nación, ó so- 
mos Provincia, es decir, parte de un gran todo. Los seíLores 
de la Comisión dicen terminantemente que somos jxu-fe de ttna 
Nar.ión. Y entonces, ¡con qué derecho legislamos sóbrela 
cindadania? ¡Estamos acaso en los tiempos de la edad media 
en que había una ciudadanía de ciudad y otra ciudadanía na- 
eionalf iPuede haber dos especies de ciudadanía en una 
nüsma Nación ! Esto seria retrogradar en el camino de la ci- 
vilización, esto es poner trabas á la unión que tanto se procla- 



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ma, es por el contrario introducir un principio de antagonismo 
f de discordia. Me parece que si formamos parte de nna Ka- 
ciÓD, son ciudadanos de Buenos Aires, lo mismo que de las de- 
más provineias hermanas, todos los ciudadanos de la Nación ; 
y quienes han de serlo, es punto que corresponde á la sobera- 
nía nacional, y de ninguna manera á una sola provincia, que ni 
en parte ni en el todo, puede abrogarse una atribución que no 
es suya. Esta parte del Proyecto me llamó la at-ención desde la 
vez primera que lo leí, y teniendo dudas á e.ste respecto, pro- 
curé cerciorarme compulsando el derecho público de los esta- 
dos federales, y vi que, en los que verdaderamente merecen 
este nombre, los Estados en particular sólo legislan sobre el 
derecho electoral, es decir, sobro quien ha de votar y sobre 
quien nó, pero nunca sobre la ciudadanía, lo cual seria un de- 
sorden y daria origen á los más graves conflictos. Por ejem 
pío, en los Estados Unidos ningún Estado particular, que es 
como si dijéramos, provincia entre nosotros, ningún Estado en 
particular puede legislar sobre ese punto, que es de la ex- 
clusiva incumbencia del Congreso Nacional, nunca de las Le- 
gislaturas Provinciales. Sin embargo, en Norte América no 
existe perfecta uniformidad en cuanto al derecho electoral. 
En ciertos Estados se dispone que sólo puedan votar los blan- 
cos, y en otros, como sucede en el Estado de Miohingan se 
permite votar en los comicios públicos no sólo á los blancos, 
sino también á los indios ; pero todo esto sin entrometerse á 
legislar sobre la ciudadanía, que envuelve la idea de soberanía 
nacional. 

Hay otro punto con el cual tampoco estoy conforme, y con- 
tra el que me preparo k hacer la oposición, y es contra la divi- 
sión del Poder Legislativo en dos Cámaras. No sé cual ha sido 
el pensamiento primordial de la Comisión. Creo que la Comi- 
sión al iniciarla obra de la Constitución, ha debido adoptar un 
punto de partida, una base fija, y hacer una de dos cosas: ó 
reunir en un sólo cuerpo, dando orden y correlación á todas 
las instituciones constitucionales que nos rigen, y que forman 
nuestro derecho publico ; ó inuovarias todas, consultando ante 
todo lo mejor posible en teoría, sin cuidarse para nada de los 
hechos, y de los precedentes. El término medio no conducía 
á nada, y sin embargo este es el camino que ha adoptado. Ella 
dice en su informe que ha procurado no innovar, y la vemos en 
efecto reti-oceder con timidez ante innovaciones de poca im- 



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DE BARTOLOMÉ MITKE 63 

portantña, mientras que por otra parte introduce una inuoTa- 
oión de las mks atrevidas y trascendentales, cual ee la división 
del Poder Legislativo en dos Cámaras, rompiendo abiertamen- 
te con la tradición parlamentaria entre nosotros. Por mi par- 
te, no sólo no veo el precedente, sino que tampoco veo la ne- 
cesidad, á no ser que se diga que la sociedad, lo mismo que el 
camello necesite tener dos estómagos: uno para guardar el ali- 
mento, y otro para dijenrio, que esto es en suma lo que impor- 
tan las dos Cíimaras. Esta innovación está en abierta oposi- 
ción con los precedentes que nos suministra la historia de 
nuestro país, la cual no debe perderse do vista en el momento 
en que se trata de constituirlo. La tradición histórica, la tra- 
dición parlamentaria, es la asamblea única, asi por lo que res- 
pecta á los Congresos Nacionales, cuanto por lo que respecta 
alas Legislaturas Provinciales; y esta tradición tiene en su 
apoyo, á mis de la práctica constante de cuarenta y cinco anos, 
la autoridad de Benjamin Franklin, que proclamó ta t«oria de 
la Cámara única en la ciudad de Filadelfia, y la hizo prevale- 
cer en la Constitución particular de aquél Estado, Al procla- 
mar Franklin la unidad del Poder Legislativo, no puede decir- 
se que este genio eminentemente práctico haya sido arrastra- 
do por esa teoría, reprobada por la Comisión en su informe, de 
que la omnipotencia debe estar reconcentrada en alguna par- 
te i no, señores, Franklin fué conducido á est« resultíido por la 
lógica irresistible de la soberanía popular, que debe reflejarse 
con exactitud y verdad en las instituciones á las cuales da 
vida. 

Por lo demás, en contraposición á la autoridad de Franklin, 
y en favor de la división del Poder Legislativo eu dos Cáma- 
ras, sólo se hacen valer razones de detalle, razones de segundo 
orden. Tal como, por ejemplo, la madurez de las deliberacio- 
nes, el equilibrio, y otra porción de razones del mismo género, 
qne no son bastantes poderosas para quo se viole el principio 
de la unidad del Poder Legislativo soberano. Sobro este pun- 
to, sobre la teoría de la omnipotencia que la (!Iomisión ha tra- 
tado incidentalmente en su informe, diré que es cierto qne al- 
gunos publicistas, y entre ellos Blackstone, Delolme y otros, 
han sostenido que la omnipotencia debe residir eu alguna par- 
te, sin embargo de que la soberanía, fuente de todo poder, no 
tiene el derecho de hacer el mal, y por consecuencia no tiene 
tal omnipotencia, porque no hay poder algimo sobre la tierra 



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64 ARENGAS 

que no deba estar limitado por la justioia. Pero hay una dÍ8> 
tínetón importante que hacer ¿ este respecto en lo relativo al 
Poder Legislativo. Si la soberanía no tiene el derecho de vio- 
lar la justicia, no por eso es menos cierto que la soberanía su- 
perior, la soberanía por esencia, diremos así, se encama en al- 
guno de los altos poderes más que en otros, y que en este cobo 
se halla el Poder Legislativo que ejerce la más alta atribución 
de ia soberanía, cual es la de hacer y deshacer la» leyes, y por 
eso se denominan supremos en su esfera los Cuerpos Legisla- 
tivos, puesto que á la ley que dictan esos cuerpos se subordi- 
nan tanto el Poder Ejecutivo como el Poder Judicial; y el pri- 
mero ejecuta las leyes dictadas por el legislador, del mismo 
modo que el segundo juzga con arreglo á las leyes dictadas por 
él mismo; y aún cuando el ejecutivo tiene por algunas consti- 
tuciones una parte en su confección, esta es secundaría y li- 
mitada, y está subordinada al poder legislativo, que puede de- 
cirse es el gran motor déla máquina política. Si la Comisión 
quiso ser ló^ca con el principio por ella sentado, y llevarlo 
hasta sus últimas consecuencias, ha debido hacer derivar di- 
rectamente del mandato de la soberanía popular los tres altos 
poderes del Estado, y decir — elija el pueblo el Poder Ejecuti- 
vo, elija el pueblo los jueces, y aún así, siempre quedarían su- 
bordinados esos poderes á la ley, á la ley que es atribución del 
supremo poder legislativo. Pero nada de esto ha hecho, luego 
la Comisión no ha sido lógica ni aún consigo misma. 

Añadiré que la Asamblea única ha sido la tabla de salvación 
del sistema parlamentario en nuestro país. De su seno ha 
suijido el orden constitucional que hoy poseemos, que aunque 
incompleto y fragmentarío, es si fin un orden constitucional ; 
ella nos ha acompañado en nuestros grandes conflictos, y en 
estos últimos tiempos ha presidido á la labor y á la segundad 
común con incansable tesón, en medio de circunstancias difí- 
ciles, sin que se hayan hecho sentir en la práctica los inconve- 
nientes de que se hace mérito para aboliría, sin haber experi- 
mentado por otra parte cuales son las ventajas que la innova- 
ción vft k producir; pues cuando se habla de inconvenientes y 
de ventajas, es preciso apoyarse en la práctica más que eu la 
teoría. La política es una ciencia esperimental. (>) 

<') Esta fué una tesis de circunntsQoltM. Bostenida t«úricamente por si 
orador, caf»n ideiis constitucionales se han mndiñcwlo fundunentalmente 
en lo relativo í la división del poder legislativo. — (Xota dtl Avtor). 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 05 

Hay otro ponto en el Proyecto que examino iV grandes ras- 
gos, digno de llamar la atención. Aquí se dice (al final de la 
Constitución} "habrá municipalidades, " y es todo cuanto se 
dice. Yo creo, como lo he expresado ya, que una Constitución 
debe ser concisa, pero no tanto que en ella sólo deban consig- 
narse las intenciones, y no los principios generales sobro los 
cuales se ha de fundar el orden político y administrativo, muy 
especialmente en lo que respecta á las municipalidades, que 
deben ser contadas entre los poderes públicos. Que se esta- 
blezcan al menos tres ó cuatro principios constitutivos, tres ó 
cuatro puntos generales, como so hace siempro en las Consti- 
tuciones, pues de otro modo las Constituciones seriau inútiles, 
y ni el nombre de índice de los derechos y garantías merece- 
rían. 

La Comisión ha dejado también en blanco la parte relativa 
al Poder Judicial al menos en lo más sustancial, y en éste 
punto sí que os deficiente. En todas las Constituciones este 
es siempro uno de los poderes que se organiza con más exten- 
sión, entrando en mayor número de detalles, porque teniendo 
por principal objeto garantif la libertad civil del ciudadano, 
conviene que así sea, y que sea la parte de la ley fundamental 
menos expuesta á los v ai x- enes de todos los días. Diré más: 
hay aquí hasta falta de redacción, — no por lo que respecta» 
las palabras ni y á los conceptos — sino por lo que respecta á la 
correlación de las disposiciones, pues se hace en esta sección 
mención de tribunales, quo no se sabe cuales son, al menos la 
(.'onstitución no lo explica. Esta parte, pues, la encuentro de- 
ficiente, como he dicho ya, sin embargo de que creo que es 
una do aquellas á que ha debido prestarse más cuidadosa aten- 
ción organizando el Poder Judicial en todas sus partes y en 
todas sus relaciones. 

En el curso do la discusión tendré que hacer muchas otras 
observaciones, independientemente de las que se hagan en la 
discusión particular, al examinar cada artículo parcialmente: 
y al terminar este rápido examen, deploro que, teniendo que 
manifestar los puntos con que estoy en disidencia, y las razo- 
nes que para ello tengo, no haya tenido ocasión de tributar á 
la Comisión autora del proyecto, los elogios á que es morecc- 
(loi'a por sus trabajos. — (He dicho). 

>.7wf7í>j- Al.ihifi. — (Replica). 



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fifi AREN'íiAR 

Sriim- Miln: — Enipezaiv por iloiide el soñor diputado ha 
terminado: por los ejemplos históricos que ha hecho valor con 
motivo do la división del Cuerpo Legislativo, El señor dipu- 
tado ati-ibuye todas las desgracias de todos los pueblos que 
han tenido una Asamblea iónica al hecho do haber obedecido 
en situaciones dadas á la lógica do la soberauia popular, cuya 
coiisocuencia rigorosa es Ja unidad de! Poder Lej^siativo. Es- 
to se puedo decir, pero no se podrá probar, y yo veo (jue en 
este punto se toma aquí el efecto por la causa, y que se con- 
funden los accidentes con los principios qiio han determinado 
los grandes acontecimientos. Así por ejemplo, se ha citado la 
Francia, y so han atribuido todos los desastres de su primera 
revohición á la Asamblea única, sin recordar cuantas grandes 
cosas llevaron á cabo esas Asambleas, y sin advertir que con 
una ó con dos Cámaras el torrente de los sucesos habria se- 
guido la marcha que siguió, porque las causas eran lejanas y 
el iinpulso venía do muy atrás. No confundamos, pues, el 
efecto con la causa. Y ya que se cita á la Francia para de- 
mostrar los inconvenientes de una sola Cámara, yo diré que 
no ha habido para la Francia vea época más desastrosa, más 
desgraciada, más miserable, más anárquica, que aquella en quo 
el Poder Legislativo estuvo dividido en dos Cámaras; la Cá- 
mara de los Quinientos y la do los Ancianos, que dieron origen 
á los grandes golpes de Estado, y de cuyo seno sur^ó el des- 
potismo. 

Pero dejando aun lado los ejemplos históricos para mejor 
oportunidad, me contraeré á lo que se ha dicho respecto de la 
madurez de las deliberaciones, argumento que se ha hecho 
valer en favor de la división del Poder Le^slativo. Dije 
que la consideraba como muy secundaria, de orden muy infe- 
rior, y ahora mismo estoy en esta creencia, después de lo que 
acabo de oir al señor diputado que me ha precedido en la pa- 
labra. Si se divide el Poder Legislativo para equilibrar los 
poderes, como se dice, para templar la acción del Ejecutivo; 
para moderar en cierto modo el movimiento de la máquina po- 
lítica, no comprendo cómo dos cuerpos legislativos puedan 
tener mas fuerza que uno sólo, para ol efecto de contener los 
avances del Poder Ejecutivo, y mantener el equilibrio que se 
busca; ni tampoco comprendo de que modo hubiese resistido 
más eficazmente á la absorción déla tiranía, uu poder dividido 
en dos fraccionen, que un poder legislativo compacto, pues Ui 



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DK RaBTOLOMB MITBE fií 

división de la fuerza, así en la política, como en la guerra, co- 
mo en la mecánica, dá por resultado la debilidad. 

Para autoñzar la innovación con algún precedente, el señor 
diputado que acaba de hablar ba citado los antecedentes es- 
critos. Be los abandono. Esos antecedentes e.scritos son Cons- 
tituciones que no han t<;nido sólo iin día do vida: abortos, (jin* 
apenas nacidos, han desaparecido. Yo me voy á los liechos. En 
nuestra historia política, yo no encuentro mis hecho que el 
Poder Legislativo concentrado en un sólo cuerpo, y ü este he- 
cho me atengo, porque on materia de instituciones fundamen- 
tales ó leyes orgánicas, soy esencialmente conservador, y así 
como sostengo que una vez jurada la Constitución se manten- 
ga en todas sus partes, sostengo también que se mantengan 
todos nuestros antecedentes constitucionales, y que no se vio- 
le inútilmente la tradición. Yo no veo la utilidad, porque si 
dos Cuerpos Legislativos presentan más garantías que «no, 
tres presentarán más garantías que dos, ¿por qué no será me- 
jor cuatro, cinco ó seis! Exagero la idea porque éste es el me- 
jor medio de poner de relieve el absurdo, mientras quo exage- 
rase cnanto se quiere el principio de la unidad del (hierpo 
Legislativo, y nunca dejará de responder á la verdad, á la ló- 
gica y á las garantías positivas que se buscan. Por lo que 
respecta á estas últimas, ellas pueden encontrarse en un sola 
Cámara, sea en el veto temporal ó condicional reconocido al 
Poder Ejecutivo, sea concediéndole la facultad de pedir la re- 
visación de las leyes, sea en otra cualquiera de las muchas 
combinaciones conocidas, que tienen por objeto dar alguna 
participación al Poder Ejecutivo en la formación de las leyes, 
consultando á la vez la madurez de las deliberaciones. 

El otro punto que se ha llamado y calificado de detalle, no lo 
es para mí. Por el cnntrario, lo considero muy esencial. Ha- 
blo de las disposiciones transitorias, esparcidas en el texto de 
la Constitución. Esas disposiciones transitorias, así colocadas, 
pueden ser muy trascendentales, por el ^ro que naturalmento 
han de dar á la discusión. Una Constitución se hace para el 
presente y para el porvenir, y muy principalmente para pro- 
veer á las necesidades de todos los días y de todos los tiempos. 
En el texto de la Constitución no debe incluirse sino aquellos 
í^ue tengan un carácter inmutable y pei-maneiite, porque no 
se deben dictar leyes constitucionales hoy, para ser revocadas 
mañana: no, si'ñores. porque ya he dicho qnc esto no es un 



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08 ARENGA íí 

juego de niños, do quitar y poner todos los días. Siondo lii 
Constitución de derecho estricto, es faltar ¿ la lógica mezclan- 
do lo transitorio con lo estable, lo provisorio con lo eterno. 
Todo aquello que tiene el carácter de permanente debe, pues, 
figurar en el texto de la Constitución; y todo lo que es transi- 
torio debe desaparecer si es inútil, o colocarse en un capitulo 
aparte, al fin, como lo he indicado antes. 

Abora voy ii contraerme á lo que se ha dicho sobre el dere- 
cho de ciudadanía. El señor diputado no ha hecho sino con- 
firmar mi aserción, es decir, que una provincia no tiene dere- 
cho para legislar sobre este punto. Estaraos perfectamente de 
acuerdo. Pero se ha dado una razón para haberlo hecho, cual 
es la situación anómala de la provipcia de Buenos Aires. Po- 
ro, señores, yo entiendo que la idea de la Comisión y la idea 
de la Legislatura no ha eido legislar sobre una situación anó- 
mala, porque no estamos discutiendo aquí la Constitución de 
un momento dado, sino organizando la provincia y sus pode- 
res públicos de una manera regular, para garantir la libertad 
política y civil, para atender al bienestar, para consolidar la fe- 
licidad, y para dar á este pueblo, digámoslo asi, el nuevo tes- 
tamento de la revolución, el decálogo de sus derechos conquis- 
tados. Y si esto es as!, jcómo hemos de legislar para un mo- 
mento dado, para una circunstancia pi-ecaria, que debe desa- 
parecer, y que tal vez desaparecerá mafianaí Yo no lo com- 
prendo. Lo repito: la Constitución no es para registrar en 
ella disposiciones transitorias, sino para consagrar los dere- 
chos inmutables, que bien podemos llamar eternos, aunque á 
una Constitución, como obra humana, no pueda aplicarse con 
propiedad esta palabra. Hay en esto, además de los inconve- 
nientes que ya he indicado, el gravísimo peligro que acaba de 
señalar el señor diputado que ha dejado la palabra, el antago- 
nismo, la lucha con la potestad nacional, que sea que exista ó 
preexista la Nación, siempre es un peligro que ha de presen- 
tarse, si no boy, mañana; puesto que se conviene que sólo al 
poder nacional compete dictar leyes sobre ciudadanía. Diré 
más: el peligro existo ya, la disidencia está ya pronunciada, 
desde oi momento en que aumentamos esa disidencia más 
á las muchas que ya nos dividen del resto de la Na- 
ción, láeñores; hablando francamente, yo no comprendo ese 
patriotismo que viene á aumentar las dificultades de la situa- 
ción, en vez de disminuirla; quo viene á echar una astilla más 



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DE BARTOLOMÉ MITKE 69 

cii el iucfiuiUo. que puede devoramos á todos/ Yo quisiera 
que todos los buenos hijos de la familia argentina liicieraii 
todo lo posible para calmarlas pasiones, para alejar las causas 
de desunión, y para impedir que esta desgraciada familia se 
divida lo menos que sea posible. 

El señor Acosia. — (Contesta). 

El señor Mitre. — He expuesto ya las razones que tenía para 
mirar como un punto de mucha trascendencia el que, en el 
cuerpo de la Constitución se fijasen las disposiciones transi- 
torias. Diré ahora algo respecto de las dos Cámaras, contes- 
tando de paso á algunas observaciones, á pesar de que las ra- 
Konea que Le dado anteriormente no han sido conmovidas en 
lo más mínimo. Dice el señor diputado miembro de la Comi- 
sión que habló últimamente, que cuando están por un lado la 
tradición y por otro las garantías, debe estarse más bien por 
las garantías que por la tradición. Yo estoy por la tradición 
precisamente, porque ella en este caso está de parte de las ga- 
rantías, porque á la vez, este principio guiador está en perfec- 
ta armonía con la verdad. Á este respecto pienso de muy dis- 
tinto modo cou los señoi-es do la Comisión. Ellos dicen en sus 
informes que "hasta lo malo establecido tiene su importancia", 
lo que quiere decir que hay algo malo que es bueno conservar, 
por la sola razón de que existe. Yo pienso que debe conservar- 
se lo bueno, que debe mejorarse lo que es susceptible de mejora, 
y si abogo porque se respete la tradición, es porque, como lo 
he dicho, de parte de la tradición se hallan las garantías que 
se buscan, en lo relativo á la Cámara única. Al acudir á la di- 
visión del Poder Legislativo en dos Cámaras, para precaver 
los abusos de este poder, se incurre á mi modo do ver en un 
grave error, y se desconoce totalmente la historia de nuestro 
país. Señores : á este respecto la tradición me dice, y esta es 
tradición histórica, que lo.s peligros deben temerse del lado del 
Poder Ejecutivo. Todos los abusos, todas las maldades, todos 
los crímenes, todas las tiranías, todo cuanto á contribuido á 
safocar la libertad en estos desgraciados países, todo ha pro- 
renido de los excesos del Poder Ejecutivo. Y sin embargo, 
precisamente en la primera Constitución que vamos á damos, 
vamos á precavemos contra los peligros imaginarios del Poder 
Legislativo dividiéndolo para que sea más débil, como si líw. 
biera Bido tan fuerte. Esto sí (jue es violar y desconocer la 



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70 AltKSUAS 

tradición, buseando ks garantías en la dobilidad do los pode- 
res que nuüca han atentado contra ellas, y que era más natu- 
ral que se buscasen en nn sólo cuerpo, con bastante fuerza 
propia para contrabalanceará la autoridad ejecutiva, de cuyos 
excesos se deben precaver los pueblos. Porque, señores, lo re- 
pito, en nuestro país no son los avances ni la tiranía del Po- 
der Legislativo lo que debemos temer. No hay en nuestro 
país ningún ejemplo do tiranía colectiva. Lo que debemos te- 
mer sobre todo son los avances del Poder Ejecutivo, del poder 
persona], que tiene la fuerza en sus manos y que puede abusar 
de ella, favorecido eficazmente por la falta del espíritu públi- 
co. No soy pop esto de opinión que deba limitarse la acción 
del Poder Ejecutivo, que necesita indispensablemente de cier- 
ta libertad de movimientos para mantener el orden y obrar el 
bien en el círculo de la ley. Vale más que la ley le conceda 
todas las facultades de que ha de usar, para que se sepa que 
todas sus acciones estáu autorizadas por la ley, y que no son 
el resultado del capricho ó de la arbitrariedad. Rechazo pov 
lo tanto lo que se acaba de decir, que de la parte de la tradi- 
ción no se hallan también las garantías que se buscan 

Ahora voy á contestar al señor diputado, para completar lo 
que iba á decir antes, y que no dije, respecto de las disposi- 
ciones transitorias, como lo habia anunciado. Además del in- 
conveniente de que en el cuerpo de la Constitución se hagan 
figurar las disposiciones transitorias, mezclando lo pasagero y 
deleznable, con lo firme y pennanente, hay el peligro que el 
mismo señor diputado acaba de indicar. Esas disposiciones 
que se llaman transitorias, envuelven precisamente las cues- 
tiones que han traído la guerra, que mantienen en perpetua 
alarma á estos países, y qne por consecuencia son las más pe- 
ligrosas; y ellas importan por lo tanto otras tantas piedras 
sembradas á lo largo del camino que tenemos que recorrer, y 
que so colocan en él como óticos tantos obstáculos. Esto vá á 
distraernos de la discusión, y á embarazarla inmensamente, 
confundiendo los intereses eternos con las pasiones del mo- 
mento. Yo qnisiera que la disensión de los principios genera- 
les, de las reglas fundamentales, de las disposiciones de carác- 
ter estable y permanente, se discutiesen con calma, con pru- 
dencia y con preseindencia de esos tópicos peligrosos, y que 
para esto no pusiéramos en cada capítulo una piedra que pro- 
duzca la disidencia hoy, y que sea para más adelante un 



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DE ÜAKTOLÜMÉ JIITIIE 71 

obstáculo á k organización nacional. Quisiera que la discu- 
sión fuese do esto modo más compacta, que tuviese más uni- 
dad, y que dejando para después lo que tenga un carácter de 
circunstancias, con lo cual podría formarse un capítulo por se- 
parado, y £0 consiguase en el cuerpo de la Constitución tan 
sólo lo principal, lo que ahora y siempre formará el fondo de 
la obra que tenemos entre manos. 

Por lo que respecta á las dos f'ámaras, dice en contestación 
ii lo que acaba do decirse, que be citado nn hecho y no una 
palabra; y que si he hecho mención de Franklin, no ha sido 
para ridiculizar la idea de las dos Cámaras, sino para autoii- 
zar una opinión con el nombre del primer demócrata, del ge- 
nio más benéfico déla humanidad. Guiado por la lógica in- 
flexible de la soberanía, este grande hombre estuvo siempre 
por la imidad legislativa, y en el Estado de que fué gobernan- 
te consignó este principio en la ley y en la práctica; y tan 
cierto es esto, que en la revolución francesa, los grandes ora- 
doi-es que abogaron por la Asamblea única, se apoyaron siem- 
pre en la autoridad de Frankiin. Las palabras que se le atri- 
buyen sobre el Senado y la Cámara do Representantes, y que 
se acaban do citar, son apócrifas: no se encuentran en ninguna 
historia ni biografia; y la prueba de que son falsas es que, ha- 
biendo sostenido en el Congreso la conveniencia de la unidad 
parlamentaria, dijo al tiempo de jurarse la Constitución, pre- 
cisamente refiriéndose á las dos Cámaras, que no consideraba 
la Constitución perfecta, poro que haciendo un sacrificio á la 
unión, la adoptaba y la sostendría como la mejor ima voz san- 
cionada, y fué él quien á pesar de haber estado en disidencia 
pidió que se dijera que había sido votada por unanimidad. Por 
lo que toca á la división del Poder Legislativo en los Estados 
Unidos, esto se eompi-ende perfectamente. La Cámara do Se- 
nadores representa el principio federativo, son las soberajúas 
parciales i'c presentadas colectivamente, y así es que para cada 
Estado hay dos Senadores, cualquiera que sea su población y 
su importancia. Mientras tanto la Cámara de Representantes 
representa directa y exclusivamente ú la Nación, sin distin- 
ción de Estados, y son elegidos con arreglo al censo de la 
población. Nada tiene de estraño que los Estados, copiando 
el gran modelo que tenían ante sus ojos, hayan calcado las 
Constitijciones particulares sobre la Constitución federal para 
hacer más annonioso el conjunto. 



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LA CONSTITUCIÓN DE BUENOS AIRES 
II 

ilNlMBLEA aHUUL OONSTITUYEIHTE 

SESIÓN DEL 3 DE MARZO DE 1854 



SL'MaKio — Diacualón oii geiieml— El preámbulo en los constituoionen— 
Urigtin (le la» íncnltiuleK couetituyeDtes de lu Asaiablea—Le^timiiLiJ 
del nittudiito — Dmiaa sobre el p«rticular — Levos fundanientaleB, iir- 
i>únieAs Y ordiuoriaa — Condiciones c|uo debe lleDur ol nuuidxto pu]>u- 
Iftr— Incidente liarla ni tnlurio — Constltueión y régimen conatituciuiia! 



El señor Mitre. — Me parece que la discusión en genera! so 
extravía. La discusión en general tiene por objeto poner de 
relieve la idea capital, los grandes principios de la constitu- 
eión, contrayéndose más al espíritu que á la forma, y por con* 
secuencia, sin descender á detalles, ni á determinados artícu- 
los, que son del dominio de la discusión en particular. So han 
tratado en esta discusión general varios puntos, tales como la 
organización del Poder Judicial, la división del Cuerpo Legis- 
lativo, la cuestión de la ciudadanía en su conjunto, dominándo- 
los de un alto punto de vista; pei-o con este motivo se va des- 
cendiendo de tal modo á los detalles, que poco tendremos 
qiio decir cuando se llegue á la discusión en particular 
menos que no incurramos en un pleonasmo. Yo me p 
pongo trasladar la discuRÍóii A su verdadero terreno, domÍ' 
naiido el conjunto de la constitución, y para el efecfo 



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DE BARTOLOMÉ MITKK 7:) 

á remoutrtrme hasta los principios abstractos, hasta las decid- 
í-aciones generales que siempre so colocan al frente de las 
consfitucioues. Con esto motivo interpelaré á la Comisión ee- 
peoial sobre las razones que ba tenido en vista para suprimir 
en el prayeeto de constitución el preámbulo que siempre pre- 
cede á las leyes fundamentales de la naturaleza de la que dis- 
cutimos. 

No es que yo dé » esto más importancia de la que tieue en 
sí. ni que considere el preámbulo una i-osa esencial, sin em- 
bargo de (jue, como se ha dicho muy bien, él sea moa especie 
de resumen de toda constitución, en el cual, de una manera 
general se consignan los principios qne sirven de norma á la 
constitución, á la vez que las declaraciones de derechos de 
que fluyen las disposiciones parciales en ella contenidas, y las 
leyes orgánicas que más adelante se dicten. Bajo este punto 
de vista, los más eminentes publicistas lo han sostenido como 
una cosa necesaria. Sin entrar por ahora en esta cuestión, me 
limito á la interpel.ición que hice Antes. Mientras tanto, del 
silencio de la Comisión á este respecto puede sacarse una conae- 
Guencta, que es conveniente esclarecer. Al suprimir el preám- 
bulo parece que la Comisión hubiese trepidado, que no hubie- 
se tenido plena conciencia del derecho con que obraba, que no 
hubiese sentido sólido el terreno sobre que se legislaba, y que 
no so hubiese atrevido á decir; — En presencia de Dios, Nos 
los Representantes de la Provincia, en \-irtud do nuestro man- 
dato y por la voluntad expresa del pueblo, damos la presente 
constitución. Esta supresión indica evidentemente una vaci- 
lación, y creo que no han faltado razones para ello, pues cuan- 
do se trata del bien general y so tiene el peso de una respon- 
sabilidad, es natural que el ánimo trepide. Y si á esto se agre- 
gan las circunstancias especiales en que esta ííala se encuen- 
tra, se verá que nada de estraño tiene que algunas dudas 
hayan asaltado á la Comisión. Yo las formularé, para promo- 
ver sobre ellas una discusión que derrame alguna luz en el 
particular. 

Señores: ¡somos una Asamblea verdaderamente constitu- 
yente? He aquí mi ]>rimera duda. Creo que somos la primera 
Asamblea que en el mundo haya prolongado su mandato cons- 
tituyente por el espacio do treinta y tres años, sin el consenti- 
miento espreso del pueblo. Nosotros decimos que estamos 
plenamente auforiaados para dictar la constitución, pero basta 



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í4 AKEXUAri 

qu6 la duda eo promueva, y que hajíi motivos que déu lugar 
á ella, para que se dé á este punto la más preferente atención. 
La misión constituyente de esta Sala, en virtud do la cual dis- 
cutimos hoy la constitiieióu, data del año 1821. ¿Quién hizo 
constituyente ala primera Sala de Representantes? Nadie. 
Ella misma se declaré constituyente ; liecho tal vez único en la 
historia, y que importa una violación de los principios univer- 
sales del derecho público. Aunque yo no haga gran distinción 
entro leyes fundamentales, leyes orgánicas y leyes ordinarias, 
puesto qtio todas son leyes de igual importancia, sin embargo, 
es necesario juzgar las cosas del punto de vista de las reglas 
establecidas, y del punto do vista dol derecho público os una 
violación el que una Asamblea ordinaria, por si y ante sí se 
atribuya una misión constituyente. 

Puesto que la Comisióu ha deducido todas las reglas cons- 
titucionales que propone, tomando por punto de partida el de- 
recho público, en él me apoyo yo para formular mis dudas, 
pregunto: iSómos ó nó una Asamblea constituyente? Esta es 
mí primera duda, sobi'o la cual deseo ser ilustrado, porque 
quiero llenar mi deber con la plena conciencia de que realmen- 
te estoy investido del mandato contítuyente. 

I Puede la Sala por sí misma atribuirse el mandato constitu- 
yente? Esta es mi segunda duda, y no he trepidado en califi- 
car este acto de violación, considerándolo del punto de vista 
del derecho público, umversalmente reconocido. 

Ahora entra mi tercera duda, la cual pesa mucho en mi áni> 
nimo. jHa podido por el espacio de treinta y tres años, al tra- 
vés de las guerras civiles, de la tiranía, de poderes caídos y de 
situaciones diametralmente opuestas, ha podido, repito, tras- 
mitirse de generación en generación ese mandato, en un pueblo 
democrático como el nuestro? Es un principio reconocido que 
el mandato constituyente debe ser expreso, que debe tener un 
período determinado y que no puede prorogarse sino por los 
mismos medios, es decir, acudiendo á la fuente de la soberanía 
popular. En este interregno han desaparecido varias genera- 
ciones, los que dieron el primer mandato ya no existen, otros 
intereses, otros hombres, otras ideas han ocupado su lugar. 

Creo, pues, que nuestro mandato actual no deriva del man- 
dato primitivo, que caducó con el primer periodo legislativo 
do la primera Sala constituyente, y que en consecuencia sólo 
podemos invocar el mandato de la generación actual, que nos 



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DK BABTULOUE MITICE 'J 

lia dado su voto para i-epresentautcs, poro jen osta órbita está 
comprendida la atribución constituyante de <iue nos declara- 
mo» invcstidoíjj Esta os mi última duda. 

Son dudas «stas, que como te dicho, pcsau muclio en mi 
ánimo, y sobre ellas desearía ser ilustrado. 

Sciitíf Alslmi. — ( (.'ontesta ). 

Scñ'»- Mitre. — He quedado en las misma-s dudas quo antes, 
al menos por lo que respecta á lo principal, es decir, sobre si 
el mandato constituyente de la 8ala de Buenos Aires ha podi- 
do perpetuarse, trasmitiéndose do generación en generación, 
y sobre cuál sea el verdadero origen del mandato en virtud del 
cual estamos ocupándonos de la í'onKtitución. So ha dicho 
con este motivo que ataco 1» Sala. No he atacado á nadie : he 
expresado mis dudas, porque sobre ellas deseo ser ilustrado, 
para formar mi conciencia. Los que atacan la Sala de Buenos 
Aires son los qne, al proponer una reforma radical, proteudea 
dividir la Sala de Representantes, pretenden disolverla, supri- 
mirla, trueidarla ; esos son verdaderamente los que la atacan. 

¿ieñoi- Gniiiboa. — El Eoglamento pi-ohibe interpretar mala in- 
t«uctón. 

Señor Mitre. — No supongo mala intención. 

Señor GambiMi. — El reglamento prohibe que so pueda alegar 
mala intención. He oído decir al señor diputado que los que 
sostienen la división de las dos Cámaras son precisamente los 
que se disponen á trucidar la Sala de Representantes. 

StÍMf Mitre. — Se dijo anteriormente que yo atacaba la Sala 
de Representantes. A esto contesto que los que verdadera- 
mente la atacan en su existencia son los que están por su su- 
presión, para reemplazarla j)Op las dos Cámaras, fes esto supo- 
ner mala intención í 

Señiir Fresidente. — No hay suposición de mala intoucíón. 
Puede continuar el señor diputado. 

Señor Mitre. — Continúo. Repito que los que atacan á la Sa- 
la, son los mismos que dicen que yo la ataco. Como lo ho di- 
cho ya, al exponer mis dudas lo hice simplemente por ilustrar- 
me, y propender á que se derramase alguna luz sobre la cues- 
tión propuesta. Aunque el señor diputado que me ha contes- 
tado no ba sido esplíeito en los puntos que ha abrasado; sin 



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76 ABEStíAS 

embargo, algo so ha adelantado en c\ianto al conocimiento de 
los hechos y respecto do los precedentes históricos, j algo de 
su fé me ha comuuicado también, porque la confianza del 
compañero alienta siempre. Al ver la supresión del preámbu- 
lo, creí que la Comisión habría trepidado en presencia de las 
dudas que he promovido: el señor diputado dice que no ha 
trepidado ni un momento, j aunque me felicito de la confian- 
za que manifiesta, no estoy conformo con los hechos y con 
las doctrinas en que se apoya, 

Se lia dicho anoche por el señor diputado, que no tenemos 
constitución, propiamente hablando. Yo digo que propiamente 
hablando tenemos una constitución, ó por lo menos un régi- 
men constitucional, parte del cual es e! resultado de leyes es- 
critas, parte del cual se funda en el derecho consuetudinario. 
Desde el año de 1821 en que de la descomposición del sistema 
colonial, — que so disolvió recien en el año veinte en medio de 
las convulsiones de la guerra civil,— desde entonces nos rei- 
mos como proríncia por ei sistema republicano representati- 
vo, desde entonces hemos tenido un orden constitucional. 

Hemos tenido y tenemos el Poder Legislativo, el Poder 
Ejecutivo y el Poder judicial, es decir, los tres principios ele- 
mentales de todo orden constitucional, de todo sistema i-epre- 
sentativo. Estos tres poderes han funcionado y funcionan 
cada cual en su órbita ¡con arreglo á qué leyesT con arreglo á 
las leyes constitucionales que nos hemos dado, y que, aunque 
dispersas, son las que hasta hoy forman nuestra constitución. 
Tenemos leyes de elecciones, de contribuciones, de organiza- 
ción de algunos poderes, y casi todas las demás que forman lo 
que se llama una constitución. Lo que falta á esas leyes es 
unidad, es ser subordinadas á principios fijos y constantes, 
poniendo orden á todas estas disposiciones dispersas, que son 
fragmentos de nuestra constitución. 

Partiendo de este principio es que formulé mis dudas, para 
que 86 me dijese, si en este pueblo asi constituido, no importa 
ai mal ó bien, si eu este pueblo que ejercía la soberanía legal- 
mente, si en este pueblo que la delegaba según las prescrip- 
ciones de la ley, ha podido trasmitirse de Legislatura en Le- 
^slatura un mandato constituyente, el cual puede apoyarse, es 
verdad, en el asentimiento tácito del pueblo, pero que de segu- 
1-0, no puede invocar el mandato expreso. No es, pues, una 
simple dulia histórica, como acaba de deeirso. Ella es de un 



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DE BARTOLOMÉ MITRK 77 

orden superior, y eatá ligada en cierto modo, como se vé, coa 
todo nuestro orden conetitucional, y por esto conviene que se 
discuta con detención. La Comisión al referirse á ese orden 
constitucional preexistente, ha dicho que ha sido muy timora- 
ta en sus innovaciones, y sin embargo, vemos que á la parque 
así lo ha hecho en disposiciones secundarias, propone refor- 
mas radicales y de trascendencia, pues pretende echar por 
tierra las instituciones que nos han- regido hasta el presente. 
Esto importa una verdadera revolución : revohición en el círcu- 
lo de la ley, pero revolución al fin, puesto que se invierte el 
actual orden de cosas, y propone una organización distinta de 
los poderes públicos ; lo que prueba que hay un orden consti- 
tucional, puesto que no se innova ni se puede reformar, sino 
aquello que existe. 

Señot- Alsina. — Contesta que no hay usurpación en atribuir- 
so un cuerpo legislativo un mandato constituyente ni en pro- 
longarlo y ejercerlo fundándose en el implícito asentimiento 
público. 

Señor 3íilrc. — En mi discurso anterior no he usado una sola 
vez de la palabra escandalosa, y si usé de la palabra riolacián fué 
hipotéticamente, considerando la cuestión bajo un punto de 
TiBtji convencional. Dijo que aiin cuando en tesis general yo 
no profesaba el principio de que al Ciierpo Legislativo le estu- 
viese prohibido ocuparse de ciertas leyes y de otras no, puesto 
que todas son leyes de la misma importancia, que sin embargo 
era un principio universalmente reconocido por et derecho pú- 
blico, y que así juzgado, el acto de la primera Sala que se de- 
claró á si misma constituyente era una violación, como en 
realidad lo fué. El señor diputado vá muy lejos cuando saca 
la consecuencia do que ni usurpación fué la do la Sala de 1821, 
al atribuirse facultades ordinarias y extraordinarias, es decir, 
legislativas y constituyentes ; ni usurpación es todo lo que se 
hn hecho después por las legislaturas posteriores, sea dictando 
leyes orgánicas ó de cualquiera otra naturaleza. Todas esas 
leyes, excepto la ley fundamental, han podido ser dictadas por 
una legislatura ordinaria, sin necesidad de un mandato consti- 
tuyente. La atribución constituyente que por el espacio de 
treinta años se ha trasmitido de Legislatura á Legislatura, 
hoy por la primera vez so va á ejercer, al dictar una Constitu- 
ción, y si so promulífa ei=a Constitución ella no podrá á su voz 



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ser reformada sino por unjv Legislatura constituyente, en el 
modo y forma que las leyes lo dispongan, y sólo dentro de dos 
años, como se determina en el proyecto. Se dispone del pasa- 
do y se encadena el porvenir, 

S^mr Ahina. — La ley relativa al nombramiento de goberna- 
dor, y muchas otras leyes qne por no prolongar )a discusión 
DO cito; la ley solire la propiedad, sobre la seguridad imlivi- 
daal, iqué fueron sino leyes constitucionales! 

Hfñor Mitre. — Fueron leyes constitutivas, y ellas forman la 
constitución preexistente, dispersas y fragmentarias es cierto, 
pero cuyo conjunto com]>one nuestro derecho público. 



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LA CONSTITUCIÓN DE BUENOS AIRES 



III 

JSillIBLEl GENERAL GO\STITÜYE)|TK 

PF„SIÓN' DEL 4 DE JIARZO DE 1854 

SrwAHio — Diaciisiilii en pftrticulw— SobemiiÍB iiiterioi' y oxtpri.ir— Ln 
Xaeióu y !a Pruvin.-i»— Piwxii.tcnc.m .le U Ni«>.'.n— El «ctn de In iii- 
ileppmk'ucifl pomo )MHi(«j>olítipn y socíhI — El lierefiho feílemi — El rlp- 
recliit público provincial de eirounstaiiriaii — Unidml de I» Hobemnín 
nnnional — Obstaciiloíi que la violación iIb esto principio pondrA ú Ih 
unión nacional — Kíplica— Lo» ánReles comleiiados del Dant*— (;onfii- 
siún da iileas Bolire I» ssencia de la «otieninia— Distinción entre confe- 
ciemción y unción— Nacionalidad y Mobpninla 

firüor Xitrr. — Señorest: seré el primero cu romper mi lanzii 
en la discu sión en pnrtienlar no para opoiiermB al artículo que 
esti'i en discusión en su totalidad, pero si á «na parte muy im- 
portante lie él; aquella en ^ue se hace referencia á la sobera- 
nía interior y exterior. Para el efecto propongo la siguiente 
redneción en reemplazo do la del articulo de la Comisióu: — 
" La Provincia de Buenos Aires es un Estado federal de la 
Nación Ai^entina, con el libre uso de su soberanía, salvo las 
delegaciones que en adelante hiciere el (íobierno General. ■■ 
Como se vé, es el mismo artículo, salvo ol Ubre ¡i fxdusivo mo 
tic SM snberanin interior i/ ejcterinr, puesto que, si Buenos Aires es 
nn Estado federnl de hi nación argentina, ni tieno, ni debe, ni 
puede tener el libre uso de su soberanía exteríoi-, pues lo que 
aquí se llama soberanía exterior, es tlol e.tclusivo resorte del 



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80 AHENÍIAS 

gobierno general, y á falta de él, no existo provincia alguna 
que por sí y ante si pueda hacer «so do esa soberanía compro- 
metiendo derechos comunes, que de ningún modo y bajo nin- 
giin título puede compi-ometer. 

Si, pues, la provincia de Buouos Aires en lo que respecta á 
sn soberanía oxtei-ior, no puede comprometer ningún derecho 
nacional, es decir, que sea del dominio común, ni ningún dere- 
cho provinoial, que pueda afectar en algún modo ft la Nación 
de que hace parte — aunque Buenos Aires se halle por efecto 
de las circunstancias en posesión temporal de él — es claro que 
no tiene el /íVc ejei-clcio deesa soberanía, y que por conse- 
cuencia, el artículo de la Comisión sienta un principio falso 
que no ha de tener su aplicación en la práctica, ó más bieií, 
sienta un hecho falso. 

Hay, señoi-es, im pacto, un derecho, una ley anterior y su- 
perior á toda Oouatitución, á esta Constitución, asi como á 
cualquiera otra que nos demos más adelante. Hay, señores, 
una nación preexistente, y esa naciones nuestra patria, la 
patria de los ai^entinos. El pact-o social de esa nación, el de- 
recho, la ley preexistente que debe servirnos de norma, se ha- 
lla aquí en este mismo recinto. Allí está: es el acta inmortal 
de nuestra independencia, firmada en Tucumán el 9 de julio 
de 1816 por las Provincias Unidas en Congreso. Este pacto, 
anterior y superior á toda ley, como he dicho ya, debo ser el 
punto do partida de los legisladores; y mientras una revolu- 
ción no se consume, mientras él no sea desgarrado por la ma- 
no de la anarquía ó de la violencia, ó mientras el pueblo de 
Buenos Ain^s i-eunidp en la plaza pública no diga á sus licto- 
resV 7'omud ia cspnHJa y íwrjrtíí, el artículo al cual hago oposi- 
ción es ilegal, es inadmisible. Pero mientras esto no suceda, 
mientras él subsista, estamos sujetos á todos los deberes que 
ese gran pacto nos impone, como miembros de la asociación 
argentina. 

Señores : ese pacto escrito y sollado con nuestra sangre y 
nuestras lágrimas, y que hemos sostenido á costa de esfuerzos 
inmensos, existe y existirá á pesar de nuestros dolorosos in- 
fortunios, á pesar de la guerra civil, á pesar de la tiranía y da 
las pasiones del momento, porque la nación argentina existe 
en el coraí.ón de todos los a^entinos, y con ella el acta de su 
independencia que lo simboliza. Est« es el pacto que todos 
i-econocemos, y que ha reconocido también la Comisión que ha 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 81 

presentado el proyecto de Oonstitucióiij pero ende cstrañar 
que hallándose penetrada do esto espíritu, como se vé en otros 
artículos, no haya sido lógica con su mismo principio al tratar- 
se de este primer articulo, que es de una importancia tan ca- 
pital. ¿Cuál ha sido el principio de que ha partido la Comí- 
siónt Ella ha dicho, ó ha debido decirse, como so deduce do 
su proyecto, lo siguiente: — ' Vamos A organizar á la Provincia 
eu »ns relaciones con la Nación^, pero no ha dicho, ni ha po- 
dido decir, porijue esto sería una violación do la lógica y del 
derecho preexistente r — «vamos á organizar la Provincia en 
sus relaciones con las naciones extranjeras. ■> Por eso ha dicho 
en el proyecto do Constitución que ¡u prorinci» fie Buenos Aires 
es fifi EstuiUi fcdertil ik ¡n tidción argentina, y os mucho más do 
estrañar que haya atribuido á la provincia así definida, y en una 
Constitución que lleva el carácter de inmutable, las atribucio-- 
nes del poder nacional, cuando según las declaraciones de los 
mismos miembros de la Comisión, la Provincia no puede ni 
debe hacer uso de ellas durante el interinato. 

Á este respecto el derecho público provincial, que llamare- 
mos de circunstancias, es decir, calculado para proveer ai inte- 
rinato, es muy e.splicito. Por la ley de 28 de setiembre, en que 
Buenos Aires reaítumió su soberanía interior y exterior, se es- 
tatuyó, que al retirar de manos del general Urquiza la delega- 
ción de las relaciones exteriores, y al reasumir así su sobera- 
nía, lo hacia para mantener en su poder ese depósito sagrado, 
teniendo en vista las circunstancias especiales en que nos ha- 
llábamos, pues mientras no tengamos una ley comÚD, no pode- 
mos reconocer República Argentina, allí donde falte una sola 
de sus provincias, y mucho menos donde falte nuestra [irovin- 
cia. Pero á esa ley de circunstancia.s, no tiene ni puedo 
dársele un carácter permanente, ni :ios dá el derecho de con- 
signar en la Constitución provincial un principio que está en 
pugna con la realidad de las cosas, y hasta con la misma Cons- 
titución de que nos estamos ocupando. Ella importa decir que 
mantenemos en nuestro poder io que se ha convenido en lla- 
mar soberanía exterior, para el sólo efecto de impedir que se 
use ó se abuse de ella sin nuestra concurrencia, pero ella no 
importa atribuimos el libre ejercicio de esa soberanía. No lo 
tenemos, nó, jpor dónde lo hemos do tener! Mientras que la 
provincia no se separe de la asociación argentina, mientras no 
seamos una nación soberana ó independiente, mientras no de«- 



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S2 ARENOAS 

jarremos el acta inmortal de nuestra independencia, mientras 
(jue el pueblo <le Buenos Aires no ordene á sus lictores, como 
lo he dicho antes, que tome la esponja y borre, ¿por dónde ha 
de tener el derecho de ajustar tratados públicoaí que no es 
otra cosa lo que quiere decir el libro ejercicio de la soberanía 
exterior, que como se vé, no es libre. Eu cuanto & la interior 
la tiene eu el circulo de las atribuciones provinciales, pero por 
lo que respecta á la exterior, lo repito, no la tiene ni puede 
tenerla en toda su plenitud, sino por el intermedio de un go- 
bierno general, cuando formemos una nación constituida. &a, 
pues, sancionar un artículo ilógico, falso y contradictorio, san- 
cionar una cosa semejante. 

Para demostrar la contradicción en quo incurrimos, recor- 
daré que, no hace mucho que la provincia de Boenos Aires ha 
. protestado contra ios tratados firmados por el general Urquiza 
con tres potencias o.xtranjeras, no sólo por haber dispuesto de 
parte de sn territorio, sino porque el general Urquiza no tenía 
representación para firmar tratados públicos, comprometiendo 
derechos nacionales, lo que os lo mismo quo decir que no tie- 
ne la plenitud de la soberanía exterior, como en realidad no la 
tiene, ¡y por qué razón Buenos Aires tendría por sí sola esa 
plenitud que niega á las demás provincias!, ¿con qué derecho 
se i-eclauíaria para sí este privilegio exclusivo? 

Por otra parte, como se ha dicho con mucha propiedad, la 
soberanía es una, cualquiera que sea el modo como se ejerza, 
y lo que se llama soberanía exterior, no es otra cosa que la 
delegación que hace una nación entera eu manos del gobierno 
general para representarla ante el mundo, y gestionar sus ne- 
gocios exteriores. Así como la soberanía de legislar se delega 
en el poder legislativo, como la soberanía de juzgar se delega 
en el poder judicial, y la soberanía do ejecutar se delega en 
manos del ejecutivo, la soberanía exterior en una nación fede- 
ral se delega en el gobierno fíeneral, entendiéndose por gobier- 
no general, el Congreso y el Ejecutivo Nacional. Es ridiculo 
que una provincia en su carácter de tal, y mientras se diga 
parte de un todo quo se llama nación, pretenda tener el libre 
ejercicio de la soberanía exterior, en desprecio de pactos ante- 
riores y superiores, en contradicción con sus propias leyes y 
declaraciones, con descouoci mentó de sus propias convenien- 
cias, y con menoscabo de la unión á quo todos aspiramos para 
constituir una nación rica, fuerte y feliz, que no este expuesta 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 83 

á las eventaiilidades de las revoluciones, y que no se halle á 
merced de las potencias fuertes que pretendan humillarmos, ó 
abusar de nuestro aislamiento, que es el origen de nuestra de- 
bilidad, ó para violar nuestro derecho romo lia sucedido ya. 

La palabra sóbernnin lo dice todo. Es aplicable pava aliora y 
para todos los tiempos. 

No obsta al ejercicio de la soberanía exterior, en aquellos 
casos en que sea necesario usar de ella para proveer á la segu- 
ridad común por medio de ligas ó alianzas transitorias; y al 
bienestar comiíii en materias económicas, siempre que no ,se 
comprometan derechos generales, ni se encadene el porvenir. 

Por liltimo^y esta es la objeción más poderosa que voy á 
hacer valer — á declarar que la provincia de Buenos Aires tie- 
ne el libre y exclusivo uso de su soberanía exterior, mientras 
la provincia no la delegue expresamente en un gobierno gene- 
ral, y estatuir en la misma Constitución que ella no podrá ser 
reformada antes de dos aáos, es claro que antes de esos dos 
años no podrá hacer la provincia de Buenos Aires la delega- 
ción de que habla el artículo 1" de la Comisión, y que por con- 
secuencia durante todo e.sc tiempo le está prohibido pensar en 
todo arreglo de organización argentina. Yo pregunto: si ma- 
ñana un» circunstancia feliz nos pusiese en el caso do enten- 
dernos con nuestras hermanas, si por un acaso desapareciese 
el genera] Urquiza de la escena pública, si se dijese «ya no 
hay obstáculos, vamos á ánimos, vamos & formar una nación, 
para iniciar una era de libertad y do progreso, y para dejar do 
ser el ludibrio del mundo entero » j estaríamos en actitud de 
unimosí Nó, porque ó tendríamos que respetar la Constitu- 
ción manteniendo el aislamiento, ó tendríamos que violar la 
Constitución para poder iniciar la unión nacional; y como de- 
bemos suponer que la Constitueióu se dá para que sea respe- 
tada en todas sus partes, nuestra contestación sería: Aguar- 
den Vds. á que pasen los dos años ! 

Kl señor Ándtorfimt ( N.J — Xadio lo podría decir. 

FA señor MUrr,. — Pues entonces dígase desdo ahora claramen- 
te lo que se quiere decir, en vez de perdernos en confusiones 
y oscuridades, que son otras tantas amenazas para el porvenir. 
Por eso sostengo que debe decirse: — - La Provincia de Buenos 
Aires es un Estado federal de la Nación Argentina, con el 
ejercicio de su soberanía, salvo las delegaciones que en ade- 



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84 ARENGAS 

lante hicioro al Golñemo General", y nada más; que por lo 
que respecta al interinato, la Comisión ha provisto ya en un 
artículo por separado que indicaré muy luego. Y á proposita 
del interinato, diré que las disposiciones transitorias que con 
él se relacionan, no es para mí \ina cuestión de mera forma es- 
to de mezclar lo transitorio con lo inmutable y permanente, 
uniendo el mármol con el barro; y en prueba de la precipita- 
ción con que la Comisión ha procedido en este punto me bas- 
tará recordar lo quo he dicho ya, que por haber colocado eu el 
texto de la Constitución una disposición transitoria, le ha dado 
cierto carácter inamovible, subordinándola como todas las de- 
más á la revisión dentro de dos años. 

En fin, y para concluir de una vez, en materia de disposicio- 
nes transitorias, es imposible detallarlas y reglamentarlas to- 
das, porque no se pueden proveer una por una, y por lo tanto 
es mejor abrazarlas genéricamente, como se ha hecho por otro 
Rrticiilo. La Comisión ha comprendido perfectamente esto, y 
es muy singular que habiéndolo comprendido, y habiendo pro- 
visto on globo á todas las exigencias de la situación, haya 
querido proveerlo todo como Dios. 

Pido al señor Presidente quo haga leer oí artículo 59, por el 
cual se atribuye al (Juerpo Legislativo durante el interinato, 
todas aquellas facultades que competan al gobieimo general. 
(Se leyó). Sancionado este artículo, yo pregunto (para qué 
sirven las otras disposiciones transitorias! Ellas son entera- 
mente inútiles cuando no peligrosas. Por el articulo que atia- 
ba de leerse se ha provisto de uua manera genérica á cuantos 
casos pueden ocurrir dnranto el interinato. Y esto sin atri- 
buirnos derechos que no tenemos, sin quitamos nada de lo 
que tenemos, y sin reatar el porvenir, puesto que entre tanto, 
la soberanía exterior se mantendrá eu depósito, por lo que á 
nosotros respecta, porque este es un hecho; y cuando en al- 
gún caso fuese necesario hacer uso de ella, no libremente, sino 
en ciertos y determinados límites, entonces con arreglo á lo 
quo dispone el artículo 59 del mismo proyecto de Constitución, 
se acudirá á la Legislatura, que es la que debe proveer á todos 
los casos extraordinarios durante el interinato. 

!á¡ se sanciona el artículo que se halla en discusión, tal co- 
'mo está redactado, sin haber adelantado nada respecto do lo 
que dispone el articulo 59, nos habremos encadenado por dos 
años, puesto que sólo en el término de dos años, se podrá ro- 



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DE BARTOLOMÉ MITBE 83 

formar lo que en la Constituoión es ley expresa y termiDante. 
El aemr Tyeíhr. — ( Contesta. } 

El señor Mili-e. — Respeto altamente las intenciones que han 
guiado ala Comisionen su trabajo: considero que ellas han 
sido elevadas, patrióticas y nacionales, por que ha tenido 
inspiraciones felices, sin embargo de algunas disposiciones con 
1r3 cuales no estoy de acuerdo. Pero no nae ocupo de esto por 
ahora. Voy A replicar al señor diputado que me ba hecho el 
honor de contestarme. Él se me presenta como uno de aque- 
llos ángeles de que habla el Dante, que abrumados por el 
enorme peso de un casco de plomo, bambolean al tiempo de 
caminar. El señor diputado que me ha precedido en la palabra 
se ha encasquetado el articulo 1" del proyecto de Constitución, 
y no es entraño que también se agovie y bambolee bajo su 
peso. Para justificar y sostener ese articulo que lo abruma ha 
recurrido á ejemplos históricos, citando los tratados públicos 
que la provincia ha celebrado en épocas análogas á la presen- 
te. Esto nada prueba. De que en otro tiempo se hayan violado 
las leyes fundamentales, no se sigue de que ahora deban vio- 
larse, y que si antes se hizo asi hoy deba hacerse también, por 
la sola razón de que antes se hizo. Si alguna otra provincia 
ha ajustado en circunstancias dadas otro género de tratados, 
no es de esto de lo que se trata, ni las condiciones en que nos 
encontramos son las mismas. Esos tratados han sido hechos 
por pueblos trucidados por las guerras civiles, por la tira- 
nía, por el infortunio y que dominados por la supmma ley de 
la necesidad y de la conservación, se veían obligados á apelar 
á las armas para hacerse justicia, y para revindicar sus dere- 
chos, como lo hizo Corrientes con el Estado Oriental en otro 
tiempo, como lo hicieron posteriormente el Entre-Ríos y ('or- 
rientes con el Brasil, á fin de derrocar la bárbara dictadura do 
liosas, y como lo podría hacer la misma provincia de Buenos 
Aires si se hallase en ese caso extremo, porque esos conve- 
nios á que hago referencia no han sido propiamente hablando 
tratados públicos, sino ligas guerreras de pueblos cansados do 
la tiranía para hbertarse de un yugo, y esto es lo que so con- 
funde, viendo en los actos pasageros del beligerante que obra 
en presencia de circunstancias anormales, el ejercicio pleno y 
regular de la soboranís exterior. 
El se&or diputado á quien contesto se ha refutado á sí mis- 



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86 ABBNOAS 

mo, cuando ha dicho quo et Ubre ejerolcio do la soberanía in- 
terior ó exterior no importa la facultad conferida k la provin- 
cia de estatuir sobre intereses generales 6 nacionales. De mo- 
do quo será siempre una soberanía restringida, una soberanía 
que seri'i todo menos libre, una soberanía que no será sobera- 
nía. Y si esto es así, si esto se confiesa, no sé cómo se dice en 
esa ConstituoiÓD, que tenemos «el Ubre y exclusivo uso de la 
soberanía exterior >'. Lo repito: la soberanía nacional es una, 
cualquiera que sea el modo como se ejerza, cualquiera que sea 
la división do los poderes, cualesquiera que sean las atribu- 
ciones que se encomienden á cada uno do ellos, cualquiera la 
mano en que so coloque. De que un pueblo delegue en sus 
magistrados la facultad de administrar justicia, y eu sus Cá- 
maras la facultad de legislar, no se sigue que esas delegacio- 
nes sean la expresión de dos soberanías distintas, sino quo 
son dos modos de ejercer una misma y única soberanía: — la 
soberanía popular, que no se ha descubierto otra hasta el pre- 
sento. Esta distinción de soberanía interior y exterior, es una 
invención de la provincia do Buenos Aires. No mo citará el 
señor diputado ni ninp^uno do los miembros de la Comisión, tra- 
tadista ni Constitución alguna en que se haga la distinción, 
trazando una línea divisoria entre la soberanía dentro de casa 
y la soberanía fuera do casa. 

Esta confusión de ideas proviene principalmente do que se 
equivoca lo que es una confederación con lo que propiamente 
se Uama una nación, de lo que resulta que se cita con frocuon- 
cia el ejemplo de Norte-América sin darse cada cual una 
cuenta clara de su organización política. Confederación es 
aquella en que varias naciones ó provincias independientes se 
ligan ó confederan teniendo en vista objetos determinados, 
sea para emprender una guerra, sea para conservar ciertas 
ventajas, sea para constituir un orden de cosas provisorio, co- 
mo sucedió en la primera confederación norte-araerioana, co- 
mo hicieron algunos Estados de Europa á principios de este 
siglo, y como sucede en la Confederación Germánica, á la cual 
sería impropio darle el título de nación, porque en reaUdad no 
lo es, pues no hay ima soberanía colectiva, sino varias sobera- 
nías agregadas, cada una de las cuales usa Ubromente de ella 
en el circulo que le es propio, delegando temporalmente una 
parte de ella para determinados £nes. Nación es aquella en 
que no hay más que una sola soberanía, porque no hay más 



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DE BABTOLOMÉ .MITRE 87 

que un sólo pueblo, sea que ese pueblo esté regido por el sis- 
tema de unidad ó por ol sistema federal, dividiendo su ejerci- 
cio en las autoridades locales y getierales instituidas al efecto. 
Nación son los Estados Unidos, por eso so llama Unión y ná 
Confiflcraciún, que es lo que fueron al principio, antes de darse 
su Constitución actual. Nosotros, aunque no estamos consti- 
tuidos, formamos una nación, y tan es así que, en el mismo 
proyecto de Constitución nos reconocemos parte de ella, de 
manera que esta distinción de soberanía interior y exterior, 
que tal vez vendría bien en la Confederación Germánica, nada 
quiere decir en nuesti-o caso, porque el principio preexistente, 
es decir, la nacionalidad, debe dominarlo todo. 

Por eso insisto en qne se ponga lisa y llanamente la palabra 
siilicninid, que espresa de una manera genérica todo cuanto se 
((uiero espresar, sin necesidad do inventar palabras sin senti- 
do, y sin necesidad de arrojar esa piedra más do división en el 
campo de nuestras disenciones. Y sí además de responder á 
la idea que se tiene en vista, proveo también al interinato, y á 
todas las demás emergencias que no se pueden prevcer, creo 
que mi redacción es á la vez que la más conforme á los princi- 
pios, la máa conveniente, y la más propia. Ella está en el ea- 
pirítu de la Comisión y está en el espíritu del pueblo. 

Elsemr Tejedor. — (Replica). 

El señor Mitre. — Voy á contestar á uu mismo tiempo á los 
cuatro señores diputados que han rebatido las ideas vertidas 
por mi 

Señores: la redacción que propongo es una redacción para 
todos los tiempos : puede servir para ahora y para siempre, 
sea que permanezcamos aislados, sea que nos reunamos en 
nación, y entre lo que sólo sirve para un día, y lo que puede 
servir para un día y para todos los días, creo que debe estar- 
se por lo último, yi nuestro objeto no es atribuimos, — como 
no puede serlo, — si no es atribuirnos derechos nacionales, si 
nuestro único objeto, — como se dice implícitamente, — es man- 
tener únicamente en depósito eso que se llama soberanía ex- 
terior, á todo esto y á más se provee con decir lisamente so- 
beranía, sin necesidad de dar tantos rodeos y sin necesidad de 
emplear tantas palabras, que sólo sirven para extraviar el jui- 
cio. Esta es la razón porque he insistido en que se ponga 
úuicameuto: 'amd libre uso de su soOcrtifíic, síilvohis ílclii/udu- 



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88 AREXOAS 

ties, ctc.«, y después de lo quo he dicho anteriormente, me afir- 
mo más en esta opínióu, meditando sobre lo que acabo de oír. 
i Qué inconveniente se lia señalado en la i-edacción que pro- 
pongo! Ninguno, Yo he señalado muchos en la redacción que 
combato. Y conci'etándorae k la objeción que más poderosa- 
mente parece obrar en el ánimo de los señores diputados que 
me han hecho el honor de contestarme, yo pregunto, si por no 
aceptar la redacoión que propongo, la provincia de Buenos Ai- 
res tendrá más derechos, más facultados, más soberanías 

El seíior Aneliorcna ffí. X.) — Yo pregunto si la palabra sobe- 
ranía no importa también la soberanía exteriora 

El señor Mitre. — Sí, señor, ella importa todo lo que es rela- 
tivo á la soberanía. 

El señor Anchoivnn' fD.XJ — Es decir que la redacción es 
solapada; y aquí se debe explicar con franqueza. 

El señor Mitre. — Con demasiada franqueza se ha explicado 
el señor diputado, cuando después de decir que no seiia él el 
que tomaría la esponja para borrar el acta de la independen- 
cia, que ha reconocido como nuestro pacto social y político, ha 
sostenido sin embargo que debemos reasumir para usar de 
ellos todos los derechos quo son privativos de la nación, como 
si no preexistiera una nación, ó como si fuésemos una nación 
independiente. 

El señar Aitehorcna (D. N.J — Eso lo dice el señor diputado, 
yo no lo he dicho. 

El semtr Mitre. — Esto os lo que ha dicho el señor diputado, 
y esto, señores, es tomar la esponja para borrar el actA de 
nuestra independencia nacional, acta quo nadie ha negado 
sea nuestro i»acto social y ¡)olítico, preexistente á toda otra 
ley. yi, pues, estamos ligados por uu pacto preexistente, si no 
pretendemos borrar el acta do la independencia, — como so pro- 
testa, — es preciso ó quo la respetemos, ó que obrando con 
franqueza nos declaremos una nación libre y soberana, y en- 
tonces se verá si la redacción que propongo es solapada ó nó. 
Pero colocados en el terreno eu quo nos hemos colocado no 
tenemos necesidad de violar ese pacto, al mismo tiempo que 
lo reconocemos subsistente, es decir, no necesitamos proceder 
como nación independiente, cuando nos reconocemos como 
parte integrante de una nación, por que esto es cometer una 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 89 

injusticia, y lo repito, no tenemos necesidad do cometeria, ni 
de excitar contra nosotros los celos, no por que crea que deba- 
mos ser humildes, como se ha dicho, sino porque antes que 
todo debemos ser justos y debemos sometomos á la razón. 
Por eso yo propongo un artículo, que como lo he expresado, 
servirá para ahora y para t-odos los tiempos, sin trabar en na- 
da la franqunza de nuestros movimientos durante el interina- 
to, sin que él obsto A que se provea del modo iinc se halle i)or 
conveniente á la se(juridad y al adelanto coinún. En prucbn 
de esto citaré algunos ejemplos. 

Hace cerca de dos años que vivimos en este estado anómalo 
y violento. Durante estos dos años no hemos tenido más ley 
que la que reasumió en manos do la provincia de Buenos Ai- 
res la soberanía exterior que nos correspondía para el sólo 
efecto de mantenerla en depósito. ¿Para qué hemos necesita- 
do de una declaración como la que se propone durante todo 
oso tiempo? ¡ Hemos necesitado decir que estamos eu poso- 
Bión de la soberanía exterior inherente á la nación, para reco- 
nocer por nuestra parte como provincia argentina, la indepen- 
dencia del Paraguay, siguiendo en esto las aguas del Directo- 
ñof jHemos necesitado de ella para declarar libre la navega- 
ción de los ríos, por lo que á nosotros tocaba, dando mayores 
franquicias que las quo ha dado el general Urquizaí ¿Hemos 
necesilj^do de ella para damos una ley de aduana, una ley de 
depósito, una ley sobro derechos de puertos, y otras muchas 
leyes que son de la atribución de la soberanía nacional en uu 
orden regular do cosas! Bien se comprendía que obrábamos 
así por la posición excepcional en que nos encontrábamos, y 
cuando la necesidad so manifestaba la Legislatura declaraba 
si era indispensable ó nó proveer á osas emergencias do la si- 
tuación, i Qué inconveniente hay en quo tal sistema so con- 
tinúe, sistema que es el mismo que se reconoce on el artículo 
59, que he citado antes? Yo no lo veo. 

Ahora, si se quiero que sin declaramos independientes, 
obremos como una nación independiente, sin afrontar los pe- 
ligros de tal declaración, ¿por qué no se dice claro! Entonces 
sabríamos todos á qué atenernos, y la discusión tomaría otro 
carácter muy distinto. Poro mientras tal no suceda, mientras 
no se diga quo somos una nación soberana ó independiente, 
declarar quo Buenos Aires es un Estado con el libre y eMusivü 



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«so do aa soberauía interior y exterior, os declarar lo qne no 
es, es doclarap lo mismo que se niega por todos, es sentar en 
la (Jonstitución ana mentira, y yo no voto por una mentira. 

AV señor Anchorena { B. N.) — No es mentira; porque menti- 
ra es obrar contra conciencia. 



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LA CONSTITUCIÓN DE BUENOS AIRES 



IV 

mULU GBRISRU CONSTITOVENTE 

SEíJlÓN DEL 6 Y 7 DE MARZO DE líí54' 



k'MARlo— La dútcusiún en particular— DiHÍilencia ile opluiontHi — Sobre 
Ik redauuión de las leyes — Contraiticciún de la» enmiendas — ConfliitÍ6ii 
de ideaa — Caricter iniuntable de la \fy — Otra vez la Hoberanta inte- 
rior ; exterior — Filiocióa histórica de la federación argentina— Iut«- 
gridád nacional. 



Kl señor Miite. — Señores ; después de prolongados y contra- 
dictoños debates, ha llegado la díscusíóa á ud momento críti- 
tico, en que es necesario recogei'se un poco para considerar 
todo lo que se ha dicho basta aqui, para determinar con clari- 
dad y precisión cuáles han sido las opiniones disidentes y cuá- 
les son las que han quedado on pió, y continúan aún batiéndo- 
se en el terreno que pisamos. Para el efecto me permitiré ar- 
rojar una mirada retrospectiva sobre las discusiones que han 
tenido lugar en este recinto, con motivo del artículo l''del pro- 
yecto de Constitución. 

Cinco son, señores, las opiniones que han aparecido en el 
curso del debate, después que la Comisión presentó su proyec- 
to, y de ellas das pertenecen á la misma Comisión, que parece 
haber andado fluctuando. De estas cinco opiniones, parece 
que dos hau sido completamente eliminadas de 1» discusión, 
(le manera que puede decirse que sólo han quedado eu pie tres 



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redaccioues, qiio representan otras tantas opíníonos distintas. 
La primera, es la de la Comisión, menos las palabras esliulo fe- 
deral, y que dice que Buenos Aires es un estado de la Nación 
Argentina con el libre y exclusivo uso de su soberanía. 

Kl señor Tejedm: — Dice eso, menos c/ libre. 

El señor Mitre. — Entonces son más las palabras en que ha 
retrocedido la Comisión, En vez do tres que yo suponía son 
cuatro, y entre ellas se cuenta la palabra federal. 

El señor Tejedor. — En tres no más. 

El señor Mitre. — Cuestión de palabras : fi! hecho es que ha 
retrocedido, sea on tres, sea en cuati-o palabras. Á esa opi- 
nión trunca y mutilada, despojada de las palabras que le ser- 
vían de nervio y de adorno, se han adherido dos fracciones de 
la Sala, que estaban en disidencia con ella, gracias á la rotura 
de esas tres ó cuati-o puntas aceradas, en quo tantos se han 
lastimado. Pero lo singular que hay en esto, es que cada uno 
entiende la nueva redacción á sn manera, y ¡\ pesar de preson- 
farae formando una sola falange, los aliados sostienen princi- 
pios diametral monto opuestos, y quo se excbíyen de todo pun- 
to. Se me figura estar viendo postrados de rodillas á esos cre- 
yentes que adoran una imagen de dos faces, en que unos ado- 
ran una faz y otros otra, y sin embargo creen rendir culto á la 
misma divinidad: cada uno ve en ella lo que quiere, y sin em- 
bargo no todos ven lo mismo. Tal es el caso presente. Unos 
dicen que uo se ponga la palabra /effrrHÍ, porque no somos es- 
tado federal ; ' otros dicen que se ponga porque por varias ra- 
zónos somos federales : como se ve están en abierta contradic- 
ción, pero esto no impide quo se presenten unidos como ha- 
llándose en perfecto acuerdo. Tal es siempre el resultado de 
las situaciones vacilantes y mal definidas, qne no se tiene el 
valor suficiente ó la voluntad de caracteriiar de una manera 
decisiva, dando á las creencias un sólido pnnto de apoyo ; cada 
uno entiendo lo quo le parece, y en definitiva nadie entiendo 
nada. 

Hay otra redacción que dice : La provincia de Buenos Aires 
es un Estado libre, soberano é independiente, pero pertene- 
ciendo á la Nación Argentina. 

El señor Anc¡wretia (D. N.J — N(í dice eso. 

El scmir Tejedor. — El señor diputado está confundiendo el 



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DE BARTOIXIMÉ MITRE 93 

artículo para combativlo, pues do otro modo uo podría ha- 
cerlo. 

Ei señor Milrr. — Si las re Jai;eiones son confusas, yo no ten- 
go la culpa. Repito testnalmoute las redacciones propuestas, 
y da las opiniones que no han sido formuladas tomo el espíri- 
tu, y por lo quo respecta á la inteligencia que cada' uno les dá, 
nada invento: ellas constan del diario de debates, y todos los 
señores diputados presentes pueden dar fe de la veracidad 
ooii que compendio las opiniones vertidas en este recinto. De 
todo esto resulta que la redacción que se presenta con mayo- 
res fuerzas, es precisamente la qwe reúne en tomo suyo ma- 
yor cantidad de opiniones contradictorias, y OS precisamente 
la que nadie puede explicar, puesto que cada uno la entiendo 
A su manera, lo que indica la tendencia de concentrar los vo- 
tos en favor de una redacción que sin decir lo que debe decir, 
no diga nada en el fondo. Por lo quo á mí respecta, he de 
votar con lo que creo conveniente y verdadero quo se declaro, 
y aunque no se alzase más voz que la mia, aunque no hubiese 
más voto que el mÍo para protestar, he de combatir la redac- 
ción propuesta, y he de sostener que se reemplace por «na re- 
dacción más clara, más lógica, y que sea el reflejo de la verdad 
que confesamos en el corazón pero que no queremos dejar sa- 
lir á los labios, por el temor de peligros ó compromisos imagi- 
narios. 

Vuelvo á la i-edacción que se discute. 

Según unos, las palabras que so refieren al libre y exclusivo 
uso de la soberanía interior y esterior, importan las prerogati- 
vas inherentes á la soberanía de un Estado independiente, es 
decir, hacer tratados públicos, legislar sobro la ciudadanía, 
contraer compromisos nacionales para el porvenir, etc.; según 
otros puede pero no debe hacer uso de esas prerogativns, por- 
que somos provincia; según otro.S, debe declararse, pero no 
porque se pueda ni deba hacer uso de ellas, y sin embargo to- 
das estas opiniones disidentes quo yo combato se han agrupa- 
do en torno de la nueva redacción: siempre los mismos cre- 
yentes que en una misma imagen, cada cual reconoce un Dios 
distinto, lo que no impide que se llamen sectarios do una 
misma religión. Tal es la consecuencia do las redacciones am- 
biguas en las leyes, que sólo tienen en vista las circunstancias 
del día, y que al día siguiente no tienen significado, ni valor 



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04 ASEMGAft 

En consecuencia de todo lo expuesto, yo sostengo que debe 
decirse: — "La provincia de Buenos Aires es un Estado fede- 
ral de la Nación Argentina, con el uso de su soberanía, salvo 
las delegaciones que en adelante hiciere en un Congreso (¡re- 
neral ". 
Aqui está comprendido todo. 

En la palabra pivvincin las tradiciones que nos ligan al pa- 
sado. 

En la palabra federal el sistema que proclamamos y recono- 
cemos. 

En la palabra nación argentina el reconocimiento esplíeito de 
lo que nadie niega y que conviene hacer constar. 

En la palabra soberanía est-á como lo he dicho antes, com- 
prendido t4>do, incluso todo lo que se pide por algunos señores 
diputados, asi en lo que respecta al momento presente, cuanto 
por lo que toca al porpcnir; y las delegaciones en Congreso 
General de que so habla, aclaran y corroboran este sentido. 

Creo que es esta la redacción más lógica que puede pre- 
sentarse, y no sólo la más lógica, sino también la más pru- 
dente. 

Señoree; la redacción de un articulo constitucional es tanto 
más perfecta cuanto más satisface á todos los casos previstos 
y no previstos. La Ingiaten'a, como lo observa Blackstone, 
se ha salvado más de una vez por los términos generales, y á 
veces oscuros, en qae sus leyes están coneobidas. La redac- 
ción del artículo que propongo satisface k todos los casos po- 
sibles, y satisface basta las mismas exigencias do los que le 
hacen oposición, sin duda, porque en él se establece un prin- 
cipio general, que parece hay empeño en eliminar. Esto pa- 
recerá un punto de poca importancia, visto que sólo se trata 
de más ó menos palabras, pero esas palabras importan el reco- 
nocimiento 6 eí desconocimiento del gran principio de la sobe- 
ranía; pero por poca que sea la importancia que se le dé, es 
neoesario tener muy presente que en una Constitución que 
lleva el carácter de inamovible, de ima ley para todos los tiem- 
pos, no debe descuidarse ninguna circunstancia, por pequeña 
que ella sea. Nadie puede preveer los funestos resultados de 
un descuido, de la omisión de una palabra, cosas que al prin- 
cipio se reputarán pequeneces y que más tarde puede traer 
aparejada una revolución. Estas pequeneces, suelen ser como 
esas nubéculas casi imperceptibles que se forman en el hori- 



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DE BARTOrX)MÉ MITRE 9;'! 

zonte, y (^ue luego toman cuerpo y ee convierten en una gran 
tempestad. 

El articulo que yo proponi;o no presenta ningún peligro, ni 
para ahora ni para en adelante, y es, como be tenido el honor de 
demostrarlo, el más lógico do cuántos se han presentado. Así, 
piles, do las redacciones propuestas, me parece que debe acep- 
tarse la que llene estas condiiiionea, y desecharse aquella que 
tal vez Heve en su sonó el germen funesto de una revolución ó 
una guerra. Por lo tanto he de votar contra la redacción que con- 
sidero contradictoria, falsa y peligrosa, y he de sostenerla que 
eu mi conciencia juzgo más lógica, más sencilla y más con- 
veniente. 

El señor Tejedor.— ( Replica.) 

Elarñur Alsina. — (Contesta.) 

El muir Mifre. — Oon profunda melancolía, vuelvo á tomar 
la palabra. Veo que á pesar de las prote.stas que se hacen en 
favor de la nacionalidad Argentina, veo que á pesar de invocar- 
se á la razón para que guie nuestros pa.sos, y á pesar de que 
se repudian de palabra las inspiraciones de la pasión y se pro- 
cura hablar con la alta serenidad del espíritu, los principios de 
disolución ganan terreno. Debo confesarlo dolorosamente. 
Me afirmo más en esta desconsoladora idea cuando veo que el 
señor Ministro de Gobierno ha dicho que la i>osicÍóii excepcio- 
nal en que nos hallamos colocados respecto del resto de la na- 
ción, es un mal que sólo eltiemiio puede curar, y que mientras 
tanto, lo más acertado es declaramos se m i-i n dependientes, ó 
cosa parecida. ■ Esto importa abdicar por nuestra parte, esto 
importa arrojarnos ciegamente en brazos de la fatalidad; y 
mientras el tiempo prepara lentamente el resultado que se es- 
pera, esto importa hacer todo lo posible para que tal resultado 
no t«nga lugar. Desaliento y contradicción! Pero qué estraño 
es esto, cuando veo á los señores diputados quo han tomado 
la palabra en esta disensión, alejarse cada vez más de su man- 
dato popular, desertar su puesto y pasarse á otra bandera ! Los 
señores diputados que han tomado la palabra hasta ahora, 
hau hablado mucho de soberanía interior y exterior (cosa que 
yo no entiendo y que nadie ha podido explicarme) pero yo pre- 
gunto ¿cuál de los que han hablado sobre soberanía ha iniciado 
el gran dogma de la soberanía popular, la única soberanía que 
reconoce el derecho público de las democracias! Ninguno, ab- 



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solutamcn te ninguno. ¿Quién es aíjué! rjuc se ha tomado el 
trubajo de acudir ú la soberanía popular, ú esa fuonto de toda 
razón, do toda justicia, de todo poder, para hacer fluir de 
eWn los principios que so discuten? Ninguno. 

La soberanía, como lo lie dicho ya, y como todos lo saben, 
os una. y en virtud de ella ocupamos este puesto; en virtud de 
etlii es que estamos discutiendo la Constitución, y en virtud 
de ella es que debemos inocularla en la ley fundamental con- 
sagi'ando el dogma de nuestra fé política pava descender más 
tardo á sus aplicaciones lógicas. Empezemos, pues, por con- 
sagrar el gran dogma de la soberanía popular, en vez de perder 
tiempo en discutir si He ha de poner soberanía interior ó exte- 
rior, i)alabras que no indican otra cosa que la subdivisión de 
una idea general, que so encierra on la sola palabra soberanía. 
Lo que se quiei-e hacer es una ley de circunstancias, es una de- 
finición falsa para que sirva el día de hoy mientras que yo 
propongo y sostengo que se dicto una ley que sirva para totlos 
los tiempos, y que lleve en su seno un gran principio que le 
dé vida y estabilidad, cual es el principio de la soberanía 
popular. 

Los señores Anrhorcna y Tejeihr. — So presentan en disi- 
dencia. 

JiV sfñor Mitre. — Ahora en vez de una disidencia con el ar- 
tículo de la Comisión, tengo que hacer presente dos disiden- 
cias. La primera ya la he manifestado, es la relativa á las 
palabras soberanía interior y exterior, que yo califico de iló- 
gicas, de inútiles y perjudiciales. En el artículo que ahora 
presenta la Comisión, haciendo una enmienda á su mismo 
artículo, ha retirado la palabra fidmil (¡ne había amalga- 
mado, no sé cómo, con la palabra independiente: fué esto 
el resultado de un convenio ; uno dio la palabra independiente, 
el otro la palabra federa!, de lo que resultó un embrollo. 
Anoche las defendieron coligadas, y hoy se presentan dividi- 
das. Me felicito de esta división. Esto i)rueba que la mo- 
ral pública es un hecho y que la religión de la conciencia es 
una verdad, puesto que se comprende que no deben sacri- 
ficarse principios y creencias á un triunfo do tribuna; no 
hay triunfo do tribuna, por grande que sen, al que so deba 
sacrificar el interés general, el interés púbhco, la moral y 
los principios qne deban guiar al hombre de estado. 



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DE BARTOLOMÉ MITBE 97 

Contrayéndome ahora á la cuestíóu, yo estoy porque se 
conserve en el artículo de la <j'oinisión, como lo he sostenido, 
la palabra federal que se había sacrificado en la tranaaceióii, 
porque mis opiniones son federalistas; federalistas como Was- 
hington, como Moreno, como Frankiin, federal de principios, 
no federal como Besas, como Urquiza, ni como Artigas, ni 
como Quirogit, no federal de cuchillo y degüello y de saqueo 
como los héroes de la raa7,horca. Digo que soy federalista 
porqne considero que el sistema federal ese! más perfecto, y el 
más adecuado á las necesidades y á las tradiciones de nuestra 
patna, y por esta razón me opongo, para ser consecuente oon 
mis principios ¿ que se incluyan en el articulo las palabras so- 
beranía interior y exterior, porque estado federal y soberanía ex- 
terior son cosas que se excluyen. De la insistencia sobre esta 
palabra nace una gran confusión de ideas; todos se colocan en 
un punto de vista falso; todos se han colocado fuera del ver- 
dadero terreno y como es natural los razonamientos fallan por 
la base. Nosotros no estamos aquí para hacer una ley de cir- 
cunstancias, ni para impedir las asechau:ias del enemigo por 
medio de una Constitución, como se cree, sino para organizar 
del mejor modo nuestro país. 

Cuando se habla de la soberanía se habla de la soberanía 
popular, porque la palabra soberanía excluye cualquiera otra 
que se ponga al lado. Por supuesto, señorea, que la soberanía 
se ejerce de distintas formas; y así como se puede decir sobe- 
ranía ejecutiva, soberanía judicial, se puede decir soberanía 
interior y exterioi'; pero esto no importa que al redactar una 
Constitución se diga soberanía judicial, ejecutiva y exterior, 
subdividiendo una grande idea. Deduzco de aquí que por la 
Constitución sólo se debe reconocer y proclamar el gran prin- 
cipio de la soberanía popular, para ser lógicos con nosotros 
mismos, con nuestros propósitos y con nuestro modo de ser. 
Así, por ejemplo, señores, la Comisión en el articulo ].> dice: 
"la soberanía reside originariamente en el pueblo, y su ejer- 
cicio se delega en los tres poderes, legislativo, ejecutivo y 
judiciaLn jDequé soberanía se hablaf de la misma sobera- 
nía que habla el articulo primero, de la soberanía popular, 
fuente de todo poder y de toda razón. Asi la palabra interior 
¡f exterior que se agrega, lejos de dar fuerza, lejos de comple- 
mentar, lejos de ensanchar la esfera de acción de la Provin- 
cia do Buenos Aires durante el interinato, no hace más que 



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levantar una bamlera Je guerra, y limitar la aplieaeión do 
iin gran principio. Pido, pues, á los socores diputados quB 
consideren la cuestión bajo el punto de vista de loa princi- 
pios generales, y verán ensancharse el liorizonte de bus 
ideas. 

Ahora, contestando á otras objeciones respecto do la palabra 
federal, cuya verdad bo niega por algunos como si no tuviese 
precedentes ni significado, recordaré que anoche dijo un di- 
putado que ol sistema federal que era un derecho, se ha con- 
vertido en un hecho, con el andar del tiempo. 

Señores: de la desaparición del sistema colonial que su- 
cumbió entre las convulsiones del año veinte, surgió el sis- 
tema democrático que inició el señor Rivadavia, y de ahí 
parte el sistema federal que tuvo por apóstol á Moreno y 
por organizador á Rivadavia. La provincia de Buenos Aires 
fué la primera que se erigió en provincia, es decir, en esta- 
do federal, la primera que nombró sus tres poderes provin- 
ciales, el Lejislativo, el Ejecutivo, y el Judicial; y desde 
entonces hasta aquí no ha dejado de marchar en virtud de 
la ley federativa; así en lo que respecta á su vida externa 
como en lo relativo á su rída interna y puramente local, 
reconociendo siempre la integridad nacional. En virtud de 
esa ley misma es que hemos rechazado el Acuerdo de San 
Nicolás: en virtud de eso es que no hemos reconocido el 
Directorio y el Congreso formado sin nuestra concurrencia, 
así como los tratados de julio, y hemos dicho que eran actos 
contra el pacto social, que era contra el sistema federativo 
que reconocemos en el hecho y que reconocemos en el dere- 
cho público pi-ovincial, y esta razón es de la que yo me valgo 
para probar que somos en el hecho y el derecho un Estado 
federativo. 

Sí se me opone que hay peligro en reconocerse sin limi- 
tación parte de un todo del cual estamos momentáneamente 
aislados, y que, con nuestras mismas declaraciones pueden 
amarramos los brazos, yo diré que ese peligro es imaginario, 
pero si no lo fuese, el artículo de la Comisión con las referen- 
cias al Congreso, al Gobiemo General, y limitación de la sobe- 
ranía, daría lugar áinterpretacíonesmás siniestras yá peligros 
mayores, si es que del modo como se entienden nuestras pala- 



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DE BARTOLOMÉ MITRE ftít 

bras, y no del modo como nosotros las entendemos depende 
nuestro destino. 

Por lo tanto estoy por la redacción que he propuesto, por- 
que es más lógica, más clara, y ai se quiere, la menos peli- 
grosa. 



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CUESTIONES DE IMPRENTA 



ALEGtTO "INVOCE- ANTE EL m\n DE BVBNOS AIRES 



CUESTIONES; — 1« Hechos que (Ion origen i Xa» cuestiones. 

2* ^Si los funcionaríoB públiuos pueden scuBaT Ion eHcritos en que 
Hean atoondos por la preona en t&l carácter t La doctrina. 

3> ; CuiíloH Hon los dos principios en que se divide la legislación j 
la jurispruilencia en relación ala preñan f Su hietorio. 

4* i&i la prueba no admisible en las injunas y calumnias privailas. 
lo es Ruando se ataque & un fnncionario público en su carácter ¡)ri- 

3* ;;8i los actos abusivos de los enipleadu9 públicos que no corres- 
ponden al ejercicio legal de sus f uoRiones, deben considerarse como 
ataques al empleado Sí laperaonaf 

6> iCuál es la jurisprudencia de la le^ de imprenta de Buenos Ai- 
reayla mente de su art, S^f — Conclusiones. 



Mayo 10 de ISM. 

Señor Presidente, Señores Jurados: 

Por Ir pñmera vez do mi viiIa mo veo en presencia de un 
tribunal, como parte de un juicio. Ni civi!, ni eriminalmonto, 
ni como hombre público, ni como hombre privado, ni como 
crítor, jamás he sido demandado ni demandante, porque en 
una vida, con sagi-ada toda ella á la religión del deber y del he 
ñor, jamáa ho dado motivo para ello, ni jamás nadie s 
atrevido á poner en duda, la lealtad á mis principios y la pu^ 
reza de mis actos. Hoy por la primera vez he BÍdo calumnia- 
do, hoy por la primera vez so ha puesto en duda la sinceridad 
de mis opiniones y se ha pretendido derramar una sombra 
bre mi conducta como funcionario público. Aunque me con- 



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DE BABTOtiOUÉ MITRE lOl 

sidero muy superior á esos dtaques, la circunstaocia, de que mí 
BÍIenoio pudiera autorizar esas calumniosas imput^oaes, que 
á ser oiertas constitnirian un verdadero delito, me ha movido 
& pedir roparacióu ante el tribunal competente. Esto, y no el 
rencor contra determinada persona, ni la antijiatía por el no- 
ble uso de la palabra, ni la intolerancia del que no puede so- 
portar ser atacado por la prensa, esto principalmente es lo que 
me ha movido á acusar el escrito que acaba de leerse. Si se 
probase, no digo todo lo que se me imputa en ese escrito, sino 
tan sólo que yo había invitado á un subalterno mío á votar 
por la lista de mis simpatías 6 que habia dado una lista á uno 
de mis subordinados (que no se probará porque no ha sucedi- 
da), en fin, si se presentase un sólo testimonio que me acusa- 
se, yo inclinaría mí cabeza, y me daria por vencido. 

Otro motivo, en cierto modo político, he tenido también 
p&ra entablar esta acusación. 

El diario acusado ha estado repitiendo por el espacio de mu- 
chos días que en las pasadas elecciones se han cometido vio- 
lencias y escándalos, y que se ha violado la ley ; pero sin citar 
más hechos que las vagas imputaciones dirigidas contra mi, 
como representante de la mayoría que ha triunfado en las elec- 
ciones. 

He querido proporcionar al redactor de ese diario la ocasión 
de venir á denunciar esos hechos ante el tribunal de la opi- 
nión, de venir ¿ probarlos si tiene cómo, y de evidenciar lo 
que tan categóricamente ha asentado de que r en las pasadas 
elecciones se ha lrÍut\fado con la fuer£a y por la fuerza. Si no lo 
hace será porque no puede hacerlo, pero si se intentare, me 
honraré altamente en poder desvanecer, como representante 
de esa gran mayoría en este juicio, las inculpaciones que se 
pretendan hacer valer aquí, y que de todos modos probaré que 
no son sino calumnias sin fundamento, como lo acreditan los 
mismos documentos que se quieren hacer valer contra su legi- 
timidad, y que más adelante presentaré al tribunal. 

Por ahora me contraeré á las imputaciones calumniosas que 
se me han dirigido en mi triple carácter de funcionario públi- 
co, de ciudadano y de escritor. 

Señores : las imputaciones que me han sido hechas son de 
nn carácter serio, y como lo he dicho, ellas, á ser ciertas, cons- 
tituirían verdaderos delitos, por los cuales merecería ser casti- 
gado severamente. 



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En primer lugai- se rae imputa, baber abusado de mi posícióa 
oficial para haoer tñunfar la lista de mis simpatías en las elec- 
ciones. 

En segundo lugar se me imputa haber coartado la libertad 
del sufragio en los oomioíos públicos, enviando contra ellos 
tropa formada. 

En tercer lugar se me imputa baber prevaricado como es- 
critor público, sosteniendo en la prensa principios que estaban 
en oontradicción con mis actos de ciudadano. 

Todas estas imputaciones son falsas, son calumniosas, y de- 
safío á cualquiera que pruebe que son ciertas, como yo voy á 
demostrar que son falsas y calumniosas. 

Mi participación en las pasadas eleecione» ba sido la de 
cualquier otro ciudadano, sin que en ellas haya puesto en fa- 
vor do mis candidatos, como se dice en el artículo acusado, los 
tnedios makrkUes quo me daba mi calidad do Oefe de las armas. 
Fui de los últimos que tomé parte en los preliminares elec- 
torales. Cuando invitado por un número considerable de ciu- 
dadanos me puse al frente de los sostenedores de la lista que 
ha obtenido el asentimiento popular, ya los clubs electorales 
estaban organizados, y ya habían dado su firma en ellos los 
militares que han figurado en primera fila en la lucha que tuvo 
lugar el día 30, tales como el coronel Benavente, el coronel Al- 
bariño y otros. 

No soy yo, pues, el que ha llevado los militares á los Clubs ; 
soy yo el que he ido adonde ellos estaban, y si mi influencia 
hubiese podido decidir á algunos á tomar parte en nnestro fa- 
vor, nada mÑs natural que esta simpatía quo despierta la amis- 
tad ó la confraternidad de las armas. Pero no, señores, ino 
he abstimido cuidadosamente basta do poner en juego esa in- 
ñuoncia indirecta respecto de personas que me estaban subor- 
dinadas, para no dar lugar á siniestras interpretaciones, y he 
llevado á tal extremo mi rigidez y mi delicadeza á este respec- 
to, que me negué á dar una carta que me pidió don Miguel 
Ñero para que lo pusiera en contacto con el coronel López, dí- 
ciándole que una carta mía á un jefe del ejército, sería consi- 
derada en cierto modo como una orden. Á don Héctor Várela 
que me pidió hablase al comandante Mitre (mi hermano), le 
contesté otro tanto y él se encargó de verlo. Pueden desmen- 
tirme si DO digo la verdad. Á los demás jefes que no mandan 
fuerzas no los he invitado ni de palabra, ni por escrito, aunque 



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¡3E BARTOLOMÉ MlTfiC 103 

es cierto que algunos se luo han ofrecido como amigos, y han 
sido nuestros aliados en la luchn electoral. Respecto de los 
jefes y oficiales de la Plana Mayor, no sólo no he invitado, sino 
qnc ni siquiera les he entregado una lista, y la misma reserva 
he guardado con los jefes y oficiales que se hallan empleados 
en la oficina de la Inspección General de armas que está á mi 
cargo. Muchos de ellos han tenido que pedir listas con que 
votar el día de las elecciones. He hecho más. 

Lejos do haber convertido mi oBcina en un taller de candi- 
daturas, como se dice, he impedido que se dijese en ella la más 
mínima palabra sobre este asunto, y al encargado de la im- 
prenta do L(i Tribuna, que me remitió un día unas listas á la 
oficina, se las devolví diciendo que si las necesitaba yo pasaría 
á buscarlas, porque aquél no era el lugar para recibirlas. 

Estas son las influencias y inodios materiales de qne he 
abusado para hacer triunfar la candidatura de mis simpatías. 
Ahora diré algo sobre mi conducta en el día mismo que tu- 
vieron lugar las elecciones. 

Ko he asistido á más parroquia que á la de la Concepción, 
que es la parroquia en que vivo. Asistí á ella como uno de 
tantos ciudadanos : la piímera vez para votar por los escruta- 
dores que debían componer la mesa, y la segunda para votar 
por los candidatos para Senadores y Diputados, y en seguida 
me retii-é, sin qne se me haya visto en la mesa electora! de nin- 
guna otra parroquia ; y precisamente en la parroquia en que 
yo he votado no se ha visto un sólo soldado, y es donde ha rei- 
nado más orden, á pesar de haber tenido la casi unanimidad 
de los sufragantes. luvoco el testimonio de los dos únicos 
sostenedores que ha tenido la lista contraria en aquolla par- 
roquia i el señor ex-Juez de Paz don Mauricio Cruz y don 
Francisco Giménez ; ellos podrán decir si lo que digo respecto 
de mí es ó no cierto, y si el orden ha sido turbado allí, y si 
han ido á votar ni siquiera jefes ú oficiales que no tuviesen su 
domicilio en la paiToquia. 

Y sin embargo, en el articulo acusado se dice que he dado 
cargas militares sobre las mesas electorales. 

Se dice qae he violado los principios por mí proclamados, 
con mi conducta en el acto solemne de la elección, coartando 
la libertad de mis conciudadanos. 

Se dice que he ultrapasado mis atribuciones como empleado 
público dando listas á mis subalternos. 



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104 ARENGAS 

Se dice que en nombre de la fuorzA y por la fuerza he obra- 
do en las elecciones. 

Se dice que he puesto todos los medios materiales á favor 
do 1» lista que sostenía. 

Se dioo que he mandado compañías enteras de Teteranos, 
formados con su jefe á la cabeza, contra las mesas electo- 
rales. 

Todo esto es un tejido de embustes. 

j Cuál ha sido esa coacción, esa ^-iolencia que se ha ejercido 
por la fuerza y con la fuerzat 

iCuáles son esos abusos que he hecho de mi autoridad! 
Pruébense. 

j Cuales son esas compañías enteras de veteranos que han 
marchado contra las mesas electorales t ; Dónde ha sucedido 
tal cosa! Dígase. 

La fuerza que hemos tenido ha sido la gran mayoría del pue- 
blo que ha votado por nuestra lista, y la popularidad la única 
arma con que hemos combatido. 

Sino, dígase j en qué parroquias han aparecido esas' compa- 
ñías formadas que nadie ha visto 1 

Sólo en el Colegio por estar inmediato el batallón 2" de lí- 
nea, en el Socoiro por tener al lado su cuartal el batallón 1° 
y en la Merced por ser la parroquia que correspondía á la bri- 
gada de artillería, se han presentado á sufragar las clases ve- 
teranas del ejército, que por la ley de elecciones tienen voto 
activo. Si ellas han sido influenciadas ó nó, de eso no soy 
responsable: nada más natural que un gefe pueda en cierto 
modo dirijir el vot<i de sus subalternos, pero no por eso dejan 
de ser soberanos una voz fuera de la puerta del cuartel, y de 
lo que hicieren como ciudadanos usando del derecho que 
los dá la ley, nadie puede hacer un reproche al gefe superior. 
Pruébese que las clases veteranas que- han sufragado han vo- 
tado en varias parroquias, ó en una parroquia que no era la 
suya, pero no lo harán, porque fuera de esas partes no se ha 
visto un sólo uniforme. T la pueba de que en esas parroquias 
no se ha cometido abuso alguno, es que en ellas como en todas 
las demás, la list-a contraria tenía sostenedores, y que en nin- 
guna de ellas se ha formulado protesta contra los procedimien- 
tos de la mesa, lo que no hubiera dejado de suceder á haber 
aparecido esas pretendidas compañías de veteranos, que se 
dice han atacado las mesas electorales. La única protesta ái 



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DE BARTOLOMÉ MITBE 105 

que hayan dado lugar las oleccionoa ha sido la de la pairoquia 
de San Miguel, que se ha publicado en la misma Crónica, la 
cual está suscñpta por los aliados de ese diario durante la lu- ' 
cha, y que me permitiré depositar en poder dol tribunal ad 
^ectum cidcadi. Ed esa protesta nada se dice de fuerza vete- 
rana, ni en aquella parroquia, ni en otra alguna de Ib ciudad. 
Se habla, st, de haberse entrometido en la formación de la 
mesa individuos que no eran de la parroquia; do haber ha- 
bido escándalos y tumultos como loa que hay en loa pueblos 
más civilizados, incluso en Inglaterra y on Estados Unidos; 
de haberse proferido insultos, lo que no es extraño cuando 
las pasiones están acaloradas, y por último de haber estre- 
chado la mesa impidiendo votar, lo que no prueba mucho 
en favor de la popularidad de la lista vencida; pero nada 
absolutamente, nada se dice de ia presencia de militares, 
ni de las compañías de veteranos formados con su gefe á 
la cabeza, que el redactor de la Crónica dice han sido en- 
viados por mí, para coartar el libre sufragio. Así, pues, los 
mismos documentos en que la Crónica se ha apoyado para ata- 
car !a lejitimidad de las elecciones, y para atacarme á mi en 
mi calidad de gefe de las armas, desmienten esas imputacio- 
nes falsas y calumniosas, que asi las llamaré siempre, porque 
tengo derecho para hacerlo, y me considero aut-orizado para 
repetir que todo el articulo acusado es un tejido de embustes 
mal fraguados. 

Ahora, diré algo sobre la inteligencia de la ley, que según 
algunos no dá á los empleados públicos el derecho de acusar 
los escritos que los ataquen en su carácter puramente público, 
y que por consecuencia me despojaria del derecho de acusar el 
escrito que se ha leído, sí no hubiese sido herido también como 
ciudadano y como escritor. 

Esta es una doctrina singular, nunca vista ni oída, y 
que importaría nada menos que declarar que los emplea- 
dos públicos deben estar á merced de la calumnia, sin que 
les sea permitido probar la falsedad de los hechos que se 
les imputan. 

Pero por fortuna esta doctrina es errónea. En materia 
de lejislación sobro el uso y abuso de la libertad de escribir 
ya no hay nada que inventar, á no ser que se inventen absur- 
dos; y una invención absurda seria una ley basada sobre la doc- 
trina singular de que he hecho mención. 



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106 ARBXUAS 

Señores : desde los tiempos más remotos, la lejislacíÓB j la 
jurisprudencia relativas á las injurias escritas 6 habladas, 
reposa sobre dos principios fundamentales que son los úni- 
cos que reconoce el mundo como verdaderos. Estos princi- 
pios son la admisión de pruebas y la no admisión de prue- 
bas; compárese la le^pslacíón antigua y moderna, y la le- 
gislación de todos los pueblos de la tierra, y se verá que 
todos los sistemas reposan sobre uno de estos dos prin- 
cipios, sea que se hallen combinados, sea qne estón lús- 
lados. 

La ley romana, que los decenvíros copiaron do la ley griega 
fLib. 18 I), de Inj. y fum. Lih.j disponía que el detractor no 
seria castigado si probaba la verdad de lo que había dicho, 
aplicando en el caso contrario una pena mayor al que inju- 
riaba por escrito qne al que injuriaba de palabra, y dando 
la denominación de ¡ibellus fantosus á los que contenían in- 
jurias escritas, nombre qiie por mucho tiempo se ha aplicado 
á las producciones de la prensa en las naciones modernas, 
aún después de las reformas que se han operado en el orden 
social y político. En la antigüedad no era conocido sino 
uno sólo de los principios que hoy se dividen el imperio 
de la legislación en una materia de injurias. Todo et sistema 
reposaba sobre la prueba, sin que se hiciera distinción de in- 
jurias públicas, ni de injurias privadas, lo que era na- 
tural, puesto que todavía no se había organizado la familia, 
que los ciudadanos vivían en la plaza pública, que la calle 
no era sino una continuación del hogar doméstico, y qne la 
línea que dividía al hombre público del hombre privado era 
casi imperceptible. 

Pero luego vino el cristianismo, y con él la familia, y con 
la familia el hombre privado, y por consecuencia un nuevo 
orden social, y de este nuevo orden surgió el gran principio 
que proclamó lord Mansfield en Inglaterra, que es hasta hoy 
la regla en aquella gran nación, oque la injuria hecha por 
escrito era tanto más punible, cuanto más verdad había en 
ello," que es lo mismo que ya Loke había dicho aunque con- 
fusamente, y lo que Blackstoue apoya y explica diciendo «que 
no es la falsedad sino la provocación lo qne es punible, y cri- 
minal en los libelos.- La prueba sólo es admitida en los 
tribunales ingleses cuando se interpone la acción civil ante 
los tribunales comunes, eu cuyo caso probando la verdad de 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 107 

loa hechos ¡mputa.do6 queda el injuriante relevado do toda 
indemnizaeión, como sucedía por la ley griega y romana, pero 
sino, se le condena al pago de daños y peguicioa en favor 
del injuriado. 

Mus tarde vino Royer Collard y formuló esta célebre máxi- 
ma, que es el resumen del principio proclamado por Lord 
MansGel: - La vida privada debe estar amurallada. ' En con- 
secuencia, en injurias privadas, sea do palabra ó por escrito, 
la prueba fué totalmente aboUda en Francia, llevando hasta 
sus últimas cousecuencias el principio de la no admisión de 
prueba en juicios de esta naturaleza. Pero consagrando la 
inviolabilidad de la vida privada, la Francia reconoció que 
la prensa era una entidad, y su libro ejercicio una necesi- 
dad del sistema representativo; que la libertad de la palabra 
escrita era una verdadera gai-autia de las libertades públicas 
y del buen manejo de los administradores, y que por lo 
tonto era conveniente y saludable que la vida pública no es- 
tuviese amurallada, y que todo funcionario público pudiese 
ser atacado en su carácter de tal, relevando de toda pena 
al escritor, con tal que probase la verdad de los hechos im- 
putados, exactamente como en Roma y Atenas se hacía res- 
pecto de todos los ciudadanos en general. Asi, pues, lo que 
distingue el juicio de imprenta en que ñgura un empleado 
público como acusador, de aquél en que sólo figura una 
persona en sn carácter privado, es que en el primero se ad- 
mito prueba sobro la verdad de los hechos, y en e! segun- 
do no. 

Esta es la regla casi universal, que como se vé reposa 
sobro los dos únicos principios que reconoce la lejislación 
de la materia: en vano se buscarán otros, no se encon- 
trarán. 

Esta es t-ambién la regla que ha presidido á la confección de 
nuestra ley, y la inteligencia verdadera de las palabras del ar- 
ticulo 2", en que se dice que " no están comprendidos en los escri- 
tos de que habla el artículo 1°, los escritos que denuncian los 
actos ú omisiones de los funcionarios públicos, " es que respecto 
de estos últimos se admitirá la prueba, quo es lo que en el 
primero se niega á las injurias hechas á un hombre en su 
carácter privado. 

Toda otra inteligencia de la ley e-s absurda, y sería una in- 
vención disparatada, lo que no es creíble en lojisladores que no 



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108 ABENGAS 

liKii hecho smo copiar, especialmente á la lejislacíón francesa, 
cuya jurisprudencia es frecuentemento aplicable á la nuestra 
en materias de delitos de la prensa, por la identidad que 
existe en los principios fundamentales en que reposan ambos 
sistemas. 

Esta intolijencia es, pues, la única racional, no sólo por- 
que es la más equitativa y Ift única que tiene precedentes 
en el mundo, sino también porque es la que dá mks gar 
rantias al pueblo, pues ninguna ventaja se reportaria de 
impedir á un empleado de probar que había sido calum- 
niado como funcionario público, y sí, la reporta en que 
sus actos puedan ser evidenciados ante el tribunal de la 
opinión. 

Es tanto más natural y tanto más lógica esta interpretación 
(conforme en un todo con los precedentes conocidos) que 
en ese mismo artículo 2° sólo se habla de la denuncia de actos 
H omisiones del funcionario público, y como para que resulte 
que tal acto ú omisión ha tenido lugar, se sigue naturalmente 
que es indispensable probar que él ha sucedido, que ella 
baya sido cometida, pues de lo contrario seria una calumnia, 
y la ley no ha podido tener por objeto garantir la impuni- 
dad de una imputación que no se puede probar porque es 
una calumnia. Esto seria criminal y absurdo. Es indispensa- 
ble, pues, que cuando un funcionario público en su carácter 
de tal acuse uu escrito en que haya sido ofendido, el au- 
tor del escrito acusado pruebe la verdad del acto ó de la 
omisión, pnes de lo contrario no hay tal denuncia sino una 
calumnia que debe ser comprendida entro ios escritos ó in- 
morales ú ofensivos del decoro, ó como invectiva del honor ó 
reputación de un individuo, pues en materia de imputaciones 
graves no se puede separar el honor del hombre privado déla 
reputación del hombre público. 

Pero hay más. La ley habla de los actos ú omisiones 
de los funcionarios públicos en el desempeño de sus funcio- 
nes. Claro está que la ley no se refiere, ni puede referirse al 
desempeño legal de las funciones del funcionario público, 
es decir aquellas que son exclusivamente suyas y privati- 
vas do la posición oficial que ocupa. Si se denuncian hechos 
que aunque do caráter público no corresponden á los debe- 
res que le están encomendados, ya esto no corresponde al 
ejercicio legal do sus funciones, es simplemente uu abuso de 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 109 

autoridad, y no es de esto de lo que habla la ley de imprenta. 

. De manera que, aún cuando se estuviese al tenor literal de 
la ley, y se le diese la inteligencia absurda que algunos 
de dan, siempre sería necesario probar que tal acto ú omÍ- 

■ sión había tenido lugar, y que las imputaciones hechas 
so referían á las funciones privativas del funcionario públi- 
co atacado, sin lo cual no se estaría al tenor literal de 
la ley. 

Ahora haciendo aplicaciones de estas consideraciones re- 
sulta, que para que no se hiciese lugar k la acusaciún que 
he entablado, ó para declarar que no estaba comprendido 
entre los escritos de que habla el artículo 1", el escrito que 
se leyó antes, es necesario que se pruebe que he cometido 
tales actos, tales omisiones en el desempeño legal de mis 
funciones. Sin esto la ley como algunos la entienden, no 
tiene aplicación á este caso, aún probándose que abusando 
de mi posición he hecho servir la autoridad de que estoy 
investido á otros ñnes que no sean los de servicio público ; 
pues esto ya no entra en el desempeño legal de mis funcio- 
nes oSciaies. Sólo merecería el nombre de abuso de auto- 
ridad, es decir un verdadero delito, como lo dije antes. 

Yo, señores, como Inspector General de Armas, he sido 
poesto para mantener la disciplina del ejército, para cuidar 
de la administración militar, velar por el cumplimiento de 
las órdenes superiores relativas al servicio público y obedecer 
todas aquellas que tengan igual tendencia, y á esto se reduce 
el desempeño legal de mis funciones como empleado público. 
Pero dar cargas contra las mesas electorales, coartar la li- 
bertad del voto, ejercer coacción directa ó indirecta sobre 
mis subordinados para imponerles mi candidatura, mandar 
á votar compañías enteras de veteranos con su gefe á la 
cabeza, conspirar, en una palabra, contra la ley, contra la 
libertad de mis conciudadanos, y contra la disciplina de 
qne debo ser y soy el más fiel observador ; esto no puede 
hallarse comprendido en el ejercicio legal de la-s funcio- 
nes de ningún empleado público, y mucho monos en el 
desempeño del puesto que ocupo como soldado y admi- 
nistrador. 

Esto sería, como lo he dicho, un abuso do autoridad, y si de 
esto soy acusado por la prensa, no es on ol desempeño de fun- 



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no AllElíríAS 

ciouCN legales, sino por actos estraños á mis deberes, ó por lo 
menos que no mo son permitidos. 

Entonces el ai-tículo tiimpoco puedo aplicarse á este caso ni 
á otros semejantes, y aunque mi oalidadad de funcionario pú- 
blico se halle comprometida, y como tal principalmente haya 
interpuesto la demanda por la dignidad que debo al puesto 
que ocupo, los actos que se me imputan y que yo he acusa- 
do y pido quG se me prueben, no corresponden al desempeño 
de mis funciones legales. Por consecuencia, he estado y estoy 
en mi perfecto derecho al acusar el escrito en cuestión, aún en 
mi calidad do hombre público. 

En fin, señores, he conseguido lo que me proponía ha- 
ciendo hablar á loa hechos el lenguaje de la verdad, y pro- 
porcionado á los que han denunciado violaciones que dicen 
haberse cometido en las elecciones, la ocasión do probarlas 
á Ift vez que probarme lo que á mi se me ha imputado como 
Gefe de las Armas. Yo había acusado al autor del articulo 
que tan gratuitamente me ha ofendido en mi reputación y 
en mi honor de funcionario público, pero veo que se pre- 
senta otra persona como responsable de este artículo, y quo 
por lo tanto debiera suponer autor de él. Yo había creído 
que él se presentaría ante el jurado á probar las imputaciones 
calumniosas que me ha dirijido por la prensa, nado sin duda 
en la impunidad que creía le daba la ley tal cual él la en- 
tendía, pero veo que después de poner en cabeza mía hechos 
que nunca han sucedido, pone cu cabeza de un editor res- 
jKJUsable el artículo acusado, que no tiene como sostener. 
Yo había creído que el verdadero autor de ese artículo se pre- 
sentaría ante el jurado para sostener sus palabras, tanto más 
cuanto que eu el número de la 'Cróuica» que tengo el honor 
de poner en manos de los señores Jurados, él lia dicho terminan- 
temente que i'si se declarase haber lugar á formación do cau- 
sa, ¡m liedlos liiibhrkm. " Creo que esos hechos han de quedar 
mudos, y qne el que tuvo una pluma para escribir fríamente 
en el silencio de su gabinete un artículo lleno de calumnias, se 
habrá tragado la lengua con que debía sostenerlo ante el tri- 
bunal competente. Esto me autoriza á decir que parece quo 
ha habido error de imprenta en poner en el encabezamiento 
del diario -La Crónica ■ lo que se me permitirá leer: "Redac- 
tor en Gefe don Jitnn Ihimón Miimx. Editor responsable: <hn 
Juiíii Aiti/fl Jtinh-ii/wi. " Aquí se presenta el soñor Tíodrígiioz 



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DE BARTOLOMÉ MITRE lU 

respondiendo como autor, y el titulado Redactor responsable 
se queda en la imprenta, donde según se vé, parece que lo que 
maneja es el plumero y no la pluma. 

En fin, dejando á un lado todo esto ; apoyado en los hechos 
que he citado, el derecho que me da la ley en los distintos 
casos en que me he puesto, apoyándome en los mismos do- 
cumentos que se han publicado para probar la verdad de las 
imputaciones que se rae han hecho, pido que se condene como 
abusivo de la libertad de imprenta al autor del artículo 
acusado; y como la ley dispone que la multa se aplique á 
beneficio del injuriado, pido, al mismo tiempo, que, para que 
de ia calumnia cobarde, del uso vedado del arma noble de la 
palabra quede algo que sirva de consuelo á la humanidad, 
la multa se aplique á favor de algiin establecimiento de be- 
neficencia. (') 



(') El jurado decl&ró et articulo abusivo <]h la Hbertail de impn 
como calumnioso, condenando A bu autor & 500 penon iln multa, y t 
poder garantir ningún escrito por el efl[Hicio <]p Fuati'o inpRCH. 



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INSTITUTO HISTÓRICO GEOGRÁFICO 



niSClTBSO PRONUNCIADO EN LA BIBLIOTECA PÚBLICA CON EL 
OBJETO DE PROMOVER Á LA ASOCIACIÓN 



Setii-mbre 3 de 1S54. 

Señores : 

Esta reunión tiene por obj«to realizar por ia asociación «le 
mucbos, un pensamiento concebido por unos pocos amigos Jel 
progreso intelectual del país: estamos reunidos aquí pava 
echar los fundamentos de una asociación científica y literaria, 
cuya falta se hace sentir en un pueblo tan ilustrado como el 
de Buenos Aires, donde en medio de tantos adelantos, falta 
todavía un teatro para la inteligencia, una tribuna para la libre 
emisión del pensamiento científico ó literario y un centro para 
los hombres de ciencias, de artes ó de letras. 

Poseemos los elementos necesarios para llevar á cabo este 
propósito, y sólo necesitamos para ello ponernos desde luego 
al trabajo asociándonos para el efecto. 

Pienso que dos ideas primordiales deben presidir á este tra- 
bajo colectivo : generalizar el principio de la asociación, dán- 
dole aplicaciones nuevas, y poniendo eso principio al servicio 
del progreso científico y literario. Aplicando el principio de 
asociación al estudio de las ciencias, al cultivo de las letras, al 
fomento de las artes y ¿ la centralización do las fuerí.ns inte- 
lectuales con que el país cuenta, pueden obtenerse desde luego 
los más bellos resultados. 

No es de estrañar que esto no se haya realizado antes: los 



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DE BARTOLOMÉ MÍTRE 113 

acerbos infortunios que nos han trabajado, han aislado no so- 
lamente á los pueblos, sino también á los individuos, descen- 
tralizando las fuerzas sociales, dispei-sando las voluntíideR y 
desatando violentamente los vínculos misteriosos que unen los 
espíritus por meditaciones comunes y goces elevados. La 
tempestad nos ha disuelto, y los días hermosos á que felizmen- 
te hemos alcanzado, nos convidan á elevarnos á las rejíones 
puras y serenas del espíritu. Tenemos una religión en el alma, 
pero nos falta un templo en que congregamos. El culto de la 
inteligencia sólo so alimenta entre nosotros de la meditación 
solitaria y de los esfuerzos individuales, por eso no se propa- 
ga ni adquiere prosélitos. El fuego sagrado de la ciencia no 
tiene entre nosotros un altar público, y sólo ardo en e! fondo 
del gabinete del hombre estudioso: por eso no se acaloran los 
corazones con el noble entusiasmo de las ciencias y las letras. 
Si esas fuerzas intelectuales que poseemos, concurriesen á un 
fin, sí esas aspiraciones errantes se concretasen, si esos traba- 
jos fragmentarios se complementasen los unos por los otros, si 
esas meditaciones solitarias se magniScasen por la discusión y 
el contacto, nos sorprenderíamos nosoti-os mismo.s del tesoro de 
ciencia, de ideas y de trabajos desconocidos que poseemos, y 
tal vez se sorprenderían los mismos autores al verse en una 
atmósfera luminosa coronados de flores que no pudieron per- 
cibir en la oscuridad en que yacían. 

Pasando ahora á los objetos de la asociación, creo que á 
nada más hermoso ni más útil puede ella contraerse que al es- 
tudio de lahistoria, de la geografía y de la estadística en todas 
sus relaciones y aplicaciones, circunscribiéndonos á los países 
del Río de la Plata, donde pueden explotarse con novedad y 
ventaja los ricos materiales, que todavía ni aún han sido clasi- 
ñcados. 

Tal vez en el vasto programa de nuestros trabajos, no nos 
sea posible examinar esos materiales íl la luz de un sano cri- 
terio, y tengamos que contentamos con poner algún orden en 
el caos de documentos que constituye nuestra herencia his- 
torial. 

De todos modos, una asociación contraída á tan nobles ta- 
reas, no sólo hará grandes servicios al país, no sólo le dará cré- 
dito y brillo en el exterior, sino que también contribuirá pode- 
rosamente á establecer el contacto entre todos los hombres ca- 
paces y de buena voluntad que quieran ponerse al servicio de 



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114 ARENGAS 

SU patria, trabajando en su interés y en su gloria y formando 
esa sonta hennandad de las ciencias y las letras, que identifica 
á todos en un mismo pensamiento, gasta las preocupaciones, 
corrige las divisiones sociales, promueve la saludable agitación 
de las ideas, dignifica á los seres racionales, y Balva á los pue- 
blos de perturbaciones peligrosas en otro sentido. 

El Instituto presentará á todos los hombres de inteligencia 
x¡n campo neutral en que descansar de las agitaciones de la 
vida pública, será un auxilio para los que procuran satisfacer 
su actividad por caminos menos peligrosos, y utilizará á todos 
los hombres capaces, de cuya concurrencia se privaría el país 
si les faltase un núcleo á que adherirse. En este sentido es 
que he redactado las Sases orgánicas de una asociación cientí- 
fica y literaria, en qne he procurado hacer entrar estos propó- 
sitos, y de las cuales va á darse lectura. 



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AL GENERAL PAZ 



23 «lo Octubre de 1854. 

Señores: 

Hé aquí otro antiguo veterano de Mayo que deja un nnevo 
claro en las filas raleadas por el infortunio y la metralla; he 
aquí otro atleta de la revolución americana, que cae exhausto 
de fatiga al pie de su bandera; he aquí al más ilustre soldado 
de la patria de los argentinos vencido por la muerte, que sólo 
la muerte pudo vencerlo y desarmarlo. La espada que ha cal- 
do de su brazo, ha resplandecido en su diestra por el espacio 
do cuarenta y cinco años, y et espíritu inmortal que lo anima- 
ba ha volado al seno de la divinidad, dejando impregnada nues- 
tra atmósfera con el perfume eterno de sus virtudes y de sus 
glorias. 

Ya nunca más el nombre glorioso del general Paz se oirá re- 
petir con entusiasmo entre las masas populares ; ya nunca más 
resonará, su voz en los campos de batalla, ni será saludado 
vencedor laureado por las falanjes que condujo á la victoria, 
ni se le verá dictar la ley entre los proceres de la patria y mar- 
char con paso seguro hacia los altos destinos que le espera- 
ban; pero el lamento de un pueblo entero, pero las bendicio- 
nes de la posteridad resonarán eternamente en tomo de ese 
melancólico sepulcro, y este apoteosis sublime de la muerte 
vale mucho más que las vanas pompas de la vida. 

Ese ilustre muerto qne descansa por siempre tendido en su 
sepulcro, jamás aspiró á esas pompas: profesaba la religión 
austera del deber: no buscaba la efímera gloria de la popula- 
ridad, ni pedía la gratitud, ni temía 1» reprobación, porque á 



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116 ARENGAS 

SU conciencia ríjida bastaba llenar cumplidamente su deber, y 
lo ha llenado cumplidamente, como uo lo llenó nadie en esta 
tierra, como no lo ha llenado ninguno de los que en este mo- 
mento rodean su sepulcro. En presencia de esta tumba, que 
encierra en breve espacio medio siglo de trabajos y de infor- 
tunios, la capacidad militar más vasta de la América del Sud, 
la gloñii más excelsa, de nuestra patria, las ideas máe elevadas 
del patriotismo, la probidad más severa, y lo que vale más 
que todo esto, la virtud más acrisolada del ciudadano; en pre- 
sencia de ese sepulcro, señores, somos bien pequeños los que 
lo rodeamos. El general Paz nos lega la más rica herencia de 
su nombre y de su gloria, y en cambio nada le hemos dado, 
nada nos ha pedido, ni poder, ni riqueza, ni gratitud, ni nada 
délo que puede halagarla vanidad humana: bastaba á esa 
alma tan bien templada la satisfacción de cumplir con su de- 
ber. Él no pidió á su patria sino un lugar entre los comba- 
tientes de ta buena causa ; él no pidió al poder sino los medios 
de servir á su patria; él no pidió á las armas sino la fuerza 
para hacer triunfar los principios de su credo político; él no 
pidió al corazón de los demás sino la ñrmeza para perseverar 
en la religión austera del deber. Modesto y desinteresado, lle- 
no de esa sublime abnegación que caracteriza á los hombres 
predestinados para llevar á cabo grandes cosas, es el tipo, el 
símbolo más alto del sacrificio sin ostentación, que derrama á 
manos llenas su existeucia á lo largo del camino de su vida, 
sin esperar más recompensa que la aprobación silenciosa de su 
conciencia. Por eso ha muerto pobre, por eso ha sido desgra- 
ciado, por eso no ha probado en su vida la embriaguez del man- 
do supremo; esta circunstancia es la bella aureola que rodea 
su frente inanimada, porque para coronar tan noble vida, para 
completar tan sublimes sacrificios, para hacer comprender que 
BU nombre nada debía á las formas exteriores que rodean al 
poderoso, era lógico, era necesario que se presentara asi ápre- 
sencia de su Dios, del Dios que le envió á esta tierra infortu- 
nada para llenar una misión de que ha sido el apóstol arma- 
do. Sí, era lógico, era necesario que muriese así despojado de 
ese falso brillo, dejando rica á la tierra con su gloría, y mu- 
riendo pobre, sin deber nada á nadie, debiéndole á él todos 
su existencia y su libertad, porque servicios tan eminentes 
como los del general Paz, porque virtudes tan excelsas como 
las de ese ilustre muerto que duerme el sueño de la etemí- 



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DE BARl'ÜLOMlí; UITRE ll7 

dad, no tiene el mundo precio con que pagarlos. No cul- 
pamos por esto á, 1» ingratitud de los pueblos : la Providencia 
lo ha querido así, sin duda para damos en ese ejemplo de 
una existencia tan gloriosa como infortunada, tan pura como 
borrascosa, una lección viva que muestro de lo que es ca- 
paz el patriotismo, y aliente en la escabrosa senda del de- 
ber á los que marchan tras sus huellas luminosas. Bello 
destino que envidiarán las almas fuertes que no ven la felici- 
dad en la satisfacción de sus apetitos : vivir, cumpliendo con 
su deber; morir, con mansa resignación, envuelto en el 
manto do una gloria que fué la obra exclusiva de sus altas 
inspiraciones. 

Al tin, reposa en el sepulcro ese infatigable trabajador de 
nuestra felicidad, que hace cerca de medio siglo no ha tenido 
una sola hora de descanso : vivió en medio de las borrascas que 
nos han ajitado, y jamás desertó el puesto de la labor común. 
Alma sensible, formada pava gozar y comprender las dul- 
zuras de una existencia tranquila, ha pasado los últimos 
cuarenta y cinco años de su larga y fatigosa carrera 6 bajo 
la tienda del campamento militar, 6 en el calabozo del cauti- 
vo, ó en las tristes mansiones del destierro: esas han sido sus 
posadas sobre la tierra, la postrera es la tumba. Kra preciso 
que aw fuese par» que el sacrificio magnánimo brillase en todo 
su esplendor. 

Permitidme arrojar una mirada retrospectiva sobro la bri- 
llante y melancólica carrera de ese muerto laureado por la vio- 
toria y unjido por el infortunio. 

Hace cuarenta y cuatro años que esos fríos despojos que 
yacen en el sepulcro, sustentaban á un joven lleno de vida, 
do entusiasmo y de esperanzas- La centella de la revolución 
de Mayo había incendiado su alma en el fuego santo del pa- 
triotismo, y, poseído de ese noble aliento que templa los ca- 
racteres varoniles, ese joven había ceñido la espada y marchaba 
á incorporarse á las lejiones de la patria eH el Alto Perú. 
Salido de Córdoba, la tierra querida de su nacimiento, ese 
joven era conductor de las armas con que debían armarse las 
lejiones inermes del Alto Perú, porque en aquella lucha de 
jigantes los hombres se lanzaban á la pelea sin más armas 
que BUS brazos, y con ellos triunfaban. A treinta leguas de 
Córdoba, el joven oficial, que no era otro que el mismo don 
José María Paz, que entonces apenas tenia diez y seis años, 



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118 ARENOAS 

se encontró con el mayor Tollo que traía á Buenos Aires la 
noticia de la batalla de Suipaclia, del primer triunfo que co- 
ronó las armaB de la naoión argentina. El joven Paz dijo 
al mayor Tollo que él marchaba á incorporarse al ejéreito 
del Alto Perú, para participar de sus peligros, y ayudar 
&, sus hermanos en la magnánima empresa que habían aco- 
metido. El mayor Tollo, parándose sobre sus estribos, con 
toda la aiTOgancia de un vencedor le contestó : 

— " Ya es taxde : las armas déla patria han triunfado com- 
pletamente en Suipacha»; y siguió su camino, dejando á 
Paz desalentado y sumido en la más profunda melancolia. 
Le he oído repetir varias veces este suceso, y me ha asegurado . 
que casi lloró de tristeza en aquél momento. En su inespe- 
riencia de la vida, en la sublime aspiración de una alma 
devorada por el amor de obrar el bien, creyó que ya no había 
lugar en las filas para un nuevo combatiente y que las puer- 
tas de la gloria se le cerraban para siempre. No le fué 
dado en aquél momento presajiar, al través del tiempo, el 
porvenir de su patria, que, en su primitiva inocencia de la 
^•ida pública, creía que había conquistado la libertad y la paz 
en un sólo combate; y sin embargo, ese joven qae así deses- 
peraba de los altos destinos que le esperaban al pisar el 
umbral del templo de la gloria, es el mismo que hace cer- 
ca de medio siglo no ha cesado de combatir por los prin- 
cipios de Majo, es el mismo que en tan largo espacio de 
tiempo ha sustentado con vigor en sn mano la bandera de la 
civilización en estos países, y cuya espada ha estado dando 
golpes repetidos sobre las cadenas de nuestra esclavitud por 
el espacio de cuarenta y cinco años, desde el 25 de Mayo de 
1810 hasta el 22 de octubre de 1854, época infausta de su 
muerte. 

En el curso de tan larga y fatigosa carrera, el general Paz 
ha representado dignameute la fortaleza y el sacrificio, de 
que ha sido siempre la mis bella y más alta espresión. Poseía 
esas calidades sobresalientes del guerrero y esa fe incontras- 
table que siempre anima al justo, que inoculan en los pue- 
blos el aliento para salvarse obedeciendo á la mano poderosa 
que los conduce. En esos momentos solemnes de que está 
llena nuestra historia, cuando el poder de la buena causa se 
ocultaba entre el polvo de la derrota, cuando los lauros de 
la libertad se marchitaban, cuando los corazones pusilánimes 



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DE Bá&TOLOHé UITRE 119 

renegaban de la esperanza y [os cobardee desertaban de tas filas, 
próximas k ser debeladas por la tiranía y la barbarie, allí se nos 
presenta la noble fignra del general Paz con la severa intre- 
pidez qne cuenta con los recursos de su genio para levantar 
del polvo la bandera caída, para reanimar 1& antorcha mori- 
bunda qne se apagaba, para templar de nuevo los corazones 
al calor de sti, incontrastable corazón, para eonqnistar nuevos 
lauros y salvat la causa que parecía perdida. 

Tal ha sido \^ misión que ha llenado entre nosotros ese guer- 
rero que yace inanimado en el sepulcro, 

Becorred las pajinas inmortales de su vida política y militar, 
y le veréis constantemente rehaciendo falanjes derrotadas para 
conducirlas nuevamente á la victoria. 

En 1828, él repara en el interior con sus triunfos los desas- 
tres de su partido en Buenos Aires, combatiendo contra los 
caudillos que atormentaban á los pueblos, y habría tal vez 
coronado su obra si esa fatalidad que siempre le ha per- 
seguido en medio de sus más jigantescas empresas, no hn- 
biese paralizado el desarrollo de sus atrevidas conoepoiones 
políticas y militares. 

En 1839, él, oscuro fugitivo de Buenos Aires, qne huía, 
uo de la muerte, sino de los favores con que el tirano de su 
patria pretendía mancharlo, llega al campamento del general 
Lavalle en los momentos en que el ejército libertador aca- 
baba do ser batido en el Sauce Grande, el mismo que más 
tarde fué derrotado en el Quebracho, y cuyas últimas reli- 
quias se han arrastrado batfdlando hasta los Andes, marcando 
su itinerario con un ancho reguero de sangre generosa, 
hasta conducir á la tierra estraña el cadáver de su heroico 
general. Mientras esto sucedía, el general Paz organizaba 
Tin nuevo Ejército Libertador en la Provincia de Corrientes, 
que parecía exhausta de recursos; reanimaba el espíritu pú- 
blico decaído, y preparaba modesta y silenciosamente la rehabi- 
litación de la libertad argentina. Cuando todos habían caído, 
cuando el tirano Rosas aparecía por todas partes triunfante, y 
cuando parecía que ya nada había qne hacer sino tender el 
cuello &. la cuchilla del verdugo, entonces, en ese momeuto 
aterrador y solemne el general Paz desplegó la enseña de 
los libres del otro lado del Paraná, y el triunfo espléndido 
de Caaguazú, resultado de sus profundos cálculos militares, 
restableció nuevamente el equilibiro de la lucha contra la 



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120 AHEKUAS 

tírania, haciendo concebir la esperanza de un desenlace próxi- 
mo y favorable. 

Cuando ya parecia que tocaba el témÚDO de sus arduos tra- 
bajos, otra de esas fatalidades que siempre le persiguieron, le 
separó de la escena pública y todo se perdió en el fúnebre 
campo de batalla del Arroyo Grande. Montevideo fué enton- 
ces la última esperanza, el último refugio, el último baluarte 
de la libertad y de la civilización del Rio de la Plata, y en 
esos momentos desesperados en que casi todos se preparaban 
1^ tender las manos á las cadenas, allí también se presentó se- 
reno el general Paz para clavar con denuedo en lo alto de la 
brecha la bandera de la nueva Troya, que por el espacio de diez 
años ha desafiado el perder de Rosas desde los muros de Mon- 
tevideo, de cuyo centro pai-tió más tarde el movimiento que 
dio en tierra con él. 

Más tarde le vemos otra vez en los momentos del conflicto 
reorganizar las indomables lejiones de Corrientes, reunir 
bajo sus banderas doce mil soldados, y ser de nuevo parali- 
zado en la caiTera ascendente de sus triunfos por otra de 
oBa» fatalidades que sólo i él le estaban reservadas. Desa- 
pareció él de la escena y todo ae perdió. En medio de este 
naufragio, la libertad argentina, vencida en todas partes, alza- 
ba el último fanal de la esperanza sobre las murallas de Mon- 
tevideo, salvadas bajo el escudo de la pericia militar del 
vencedor de Caaguazú. 

Pero aún faltaba la última prueba á esta vida de abnega- 
ción y fortaleza, que nunca desertó las causas perdidas, 
que simbolizaban los altos y generosos principios de su fe 
política. Restituido al seno de la patria, permaneció tranqui- 
lo sobre sus armas hasta que sonó la hora del verdadero 
peligro. í^itiado Buenos Aires, rotas nuestras falanges en 
Ünn Uregorio, perdida toda su esperanza de un avenimiento 
honroso, la situación era casi desesperada : entonces el ge- 
neral Paz aparece por última vez en la escena pública 
para salvar é. Buenos Aires, para acompañarlo hasta el día 
del triunfo, y retirarse después modestamente á la oscuri- 
dad de la vida privada, pobre como ha viWdo, pobre como 
ha muerto. 

Pero, al menos, ha muerto en el seno amoroso de la patria, 
ha muerto á la sombra de su vieja bandera, en medio de los 
suyos, rodeado del amor, de la veneración y de las bendiciones 



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DE BARTOLOMÉ SUTEE 121 

á& todo un pueblo qne le lia acompañado en su lenta y dolorosa 
agonía, j que le acompañan hasta este momento en que 
va ú descender para siempre 4 la mansión misteriosa del 
sepalcFO. 

¡Leve le sea la tierra de la patria que tanto amó! AI 
darle nuestro último adiós á las puertas de la eternidad, 
rieguen nuestras lágrimas esa gloriosa tumba, para que, 
como se dijo al borde de un sepulcro húmedo todavía, nos 
las retome en esas misteriosas bendiciones de los muertos que 
alientan la virtad cuando flaquea, la energía cuando desfallece 
y la perseverancia cuando desespera. 

Adiós por siempre! Gloria en el mundo y paz en el se- 
pulcro á las cenizas del brigadier general argentino don José 
Mana Paz 1 1 



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ACUÑACIÓN DE MONEDA 



DISCURSOS 

PKOMtHCIADOS ES LA CÁM&KA DE REPBESEKTANTES DE BUEK08 AIRES 
EL 13 DE SETIEHBBE DE 1854 EOBTENIENDO EL SlOriEHTE 



Proyecto de Ley: 

Artículo 1". Se autoriza al P. E. para que la casa de mo- 
neda proceda á comprar pasta de oro y plata, y sellar moneda 
de los mismos metales de la claso y bajo las condicioues quo se 
establecen en la presente ley. 

Art. 2°. La moneda de oro será onzas de peso y ley igual á 
las españolas, es decir 15 adarmes, ó 540 gramos y 21 quilates, 
ó sean 875 milésimos. 

Art. 3". El cuño de la moneda de oro tendrá en el anver- 
so las armas del Estado rodeadas de la inscripción Estado 
de Buenos Aires, y en la parte inferior la ley y el peso; 
en el reverso las palabras «ua onza, orlada con dos pal- 
mas do oliva, y en el contorno la leyenda — "Grande por 
su comercio. > En la parte inferior del reverso el año de la 
acuñación. 

Art. i°. La moneda de plata será pesos de igual ley y peso 
que los españoles, es decir 15 adarmes 6 540 gramos, y 10 ■'/» 
dineros, ó sean 895 '/e milésimos. 

Art. 5", El cufio de la moneda de plata será el mismo que 
el de la moneda de oro, variando sólo las palabras una onza, 
por el de un peso. 

Art. 6**. La Casa de Moneda avaluará la pasta de oro á ra- 



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DE BABTOLOJIÉ MITRE 123 

z6a'de 19 '/a pesos sencillos por cada 16 adarmes de 24 quilates, 
pagará au importe en onzas de oro selladas á razón de 17 pesos 
senoUlos por onza. 

Art. 7". Las pastas de plata las avaluará á 10 '/u pesos sen- 
cillos por cada marco de 12 dineros, y pagará su importe á 
pesos fuertes á razón de 17 pesos sencillos por cada 15 pesos 
inertes. 

Art. 8". Se autoriza al P. E. para proveer á la casa de Mo- 
neda de troqueles y demás útiles indispensables que le falten, 
como también completar el personal que requiere el establecí- 
miento teniendo en vístala mayor economía. 

Art. 9". La Casa de moneda llevará una cuenta por sepa- 
rado de todos los gastos y costos del negocio de acuña- 
ción y también de su producido, pasando el saldo que 
resultare de utilidad líquida á aumentar el capital de la mis- 



El semr Mitre. — Señor: me toca informar en este pro- 
yecto como miembro de la O. de H, que lo ha aprobado, y 
como signatario de él. Al tiempo de ser presentado esto 
proyecto, tuve . el honor de exponer á la Cámara las consi- 
deraciones principales que lo hacían ventajoso y aceptable 
para el país, exponiendo en su apoyo algunos hechos, y lo 
consideré entonces principalmente bajo el punto de vista 
comercial. Voy á considerarlo ahora bajo una nueva faz, ex- 
poniendo el origen de hechos económicos que tienen lugar 
en Buenos Aires ; hechos económicos, á que el proyecto no tie- 
ne más objeto que ponerles, por decirlo así, el sello legal que 
les falta. 

Es una creencia muy general entre nosotros, que suce- 
den en Buenos Aires, cosas nunca vistas ni oídas, que sur- 
gen novedades inesplicables, y que se producen fenómenos 
de crédito que nunca han tenido lugar en otras partes del 
mundo ; que tenemos un sistema monetario cual nunca so ha 
visto en país alguno, y que á consecuencia de estos hechos 
se producen otros nuevos cuya originalidad nos apropiamos. 
Sin embargo, si se medita un poco, sí se estudia la materia con 
atención, se verá que en realidad lo que sucede en Buenos 
Aires, ha sucedido en otros países, que no hay originalidad al- 
guna en estos fenómnros; y que si estos asumen formas nue- 
vas, no son sino formas morbosas, enfermedades que nacen 



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124 ARENGAS 

del aboso que hemos heclio del crédito. Áaí por ejemplo, he* 
mos creído que nuestra moneda'de papel, quellamamoB moneda 
comente, es una medida exacta de los valores, como la vara 
mide en el espacio los objetos que con ella se relacionan. No 
obstante, si se medita un poco sobre este punto, se verá 
que el papel moneda ni aún signo representativo de los valo- 
res es, sino signo representativo del metálico que circula en 
nuestro mercado. 

A primera vista parecerá una novedad que yo diga ahora 
que el medio circulante en Buenos Aires no es el papel, 
no es la plata, sino el oro; y que cuando decimos que una 
onza rale trescientos cuarenta pesos, como vale hoy, no ha- 
cemos sino dividir la onza en trescientas cuarenta partes, 
representada cada porción por un papel con el cual adquiri- 
mos las cosas que necesitamos, y cuyo valor es el de esa 
fracción de onza que se llama peso de papel moneda; y real- 
mente 08 así, porque lo contrario seria absurdo suponer que 
este fenómeno lo produjese un signo representativo sin valor 
intrinseco. 

Así es, señor, que todos los contratos, todas las ventas, to- 
das las importaciones y exportaciones, se refieren al valoí 
equivalente que tiene en sí la moneda metálica por su va- 
lor intrínseco, y es bien sabido que todas las transacciones 
que tienen lugar en Buenos Aires respecto del exterior se 
calculan & metal, y que las casas introductoras todas, llevan 
por separado su contabilidad del metálico, y que los precios 
corrientes de los frutos del país se calculan á metálico. Así 
pues lo que aparece á primera vista como una novedad, la 
acuñación de metálico en Buenos Aires, cesa de ser una no- 
vedad, desde que se estudia este hecho económico á que el pro- 
yecto va á imprimir un sello legal. 

Es sabido por otra parte, y esto lo digo para fortalecer más 
la idea que he indicado anteriormente, que un país paga los 
productos que consume con los productos que produce, y que 
cuando consume más que produce, el excedente tiene que 
abanarlo en metálico, que es la mercancía admitida en todo 
el mundo; y no puede comprenderse cómo Buenos Aires hu- 
biera adquirido el raro privilegio de obtener por una moneda 
sin valor intrínseco los efectos que consume del extrangero. 
Asi es que cuando cu Buenos Aires como en cualquiera otra 
parte del mundo se consume más de lo que se prodoce, es 



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DB BARTOLOUé MITRE 125 

hacer nso del metálico para adquirir eo el exterior 
los artículos de importación; asi es que el cambio ee relacio- 
na siempre al nietálico, y esto prueba que el medio eirculaute 
en Buenos Aires es en realidad el oro, ese monitor silencioso 
como lo ha llamado Boberto Peel, á que se relacionan todos 
les valores y el cambio de uno y otro mercado. 

Después de estas consideraciones generales que he pro- 
puesto, me permitiré indicar á la Cámara algunas especiales 
sobre cada uno de los artículos de la ley tomada en gene- 
ral, reservándome hacer explicaciones detalladas sobre ellos 
si en el curso de la dL<;cnsión en particular se hicieren ob- 
jeciones. 

Los autores del proyecto han tenido en vista que la conve- 
niencia de un país conpiste en poseer un sistema moneta^ 
rio tal, que tonga una circulación general, y que sea recibido 
por su valor sellado en todo el mundo y que esto que abusiva- 
mente se llama la par del cambio, las ventajas ó desventajas del 
cambio sufra lo menos posible; he dicho las ventajas ó des- 
ventajas, porqua esta frase es nsada por muchos economis- 
tas. Para el efecto lo mejor que se ocurre á este respecto 
es ver joual era el sistema monetario que en el mundo ha 
tenido más crédito, y que más lo ha conservado. Según la his- 
toria monetaria, es el sistema dnodecimal español, asi en su 
ley como en su peso, condición y forma. En efecto, la moneda 
española pormucho tiempo fué la moneda universal hasta que 
la España adoptó el sistema decimal en cuanto á la liga de los 
metales preciosos. 

Por esta razón es que la Comisión se ha fijado en este siste- 
ma que es al mismo tiempo no sólo el de la España anterior- 
mente, sino el que con corta diferencia han heredado laa re- 
públicas americanas. 

Las ventajas que se reportarán en Buenos Aires de la acn- 
ñación de moneda metálica, serán no sólo lanzar á la circula- 
ción una gran parte de las pastas preciosas en forma de moneda, 
sino atraerlas á nuestro mercado, proporcionándoles un pre- 
cio que además de dejar una utilidad á la casa de moneda, 
es el mejor que pueden obtener en ningún tiempo en Bue- 
nos Aires. 

Según los datos adquiridos antes de confeccionar este 
proyecto, pasan de mil marcos de plata y de diez mil on- 
zas do oro las que vienen del interior; y que la plata y oro 



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126 ARENGAS 

que pasan por la Cordillera para buscar el mercado de Chile, 
es de veinticinco mil marcos de plata y quince mil onzas <lo 
oro, que afluirán á Buenos Aires desde que este les presente 
un mercado ventajoso y seguro. 

Tales son las consideraciones y los motivos especiales 
que se han tenido en vista al confeccionar el proyecto y 
las ventajas inmediatas que ha de reportar el país de su 
adopción. 

El señor Ministro de Hacienda. — Ni acepta ni rechaza 
el proyecto por los inconvenientes y ventajas que le en- 
cuentra. 

El señor Mitre (D. B.J — Hago indicación para que si la Cá- 
mara lo tiene á bien, se declare la discusión libre por la grave- 
dad de la materia. 

(Apoyada la indicación asi se acordó.) 

El seiior Mitre. — Comprendo perfectamente la reserva del 
señor Ministro. Toda vez que un gobierno ha sido llamado 
fi operar reformas en el sistema monetario, se ha considerada 
esta medida do tan grave trascendencia que siempre ha pro- 
cedido con la mayor mesura.- y tal vez et señor Ministro ha 
mirado esta cuestión por su parte más delicada. Pero si 
fuéramos á establecer una novedad en el mundo, á crear un 
sistema monetario especial, se comprende bien que sería una 
materia que, no digo un gobierno, ó una Cámara lejislativa 
qne no tiene el suficiente número de hombres competentes, 
podría resolver: seria preciso que en ella hubiese una Comi- 
sión de hombres sabios, conocedores de las propiedades y 
de la liga de los metales, y que pusiese en juego la ciencia 
del cálculo, de la metalúrgica, de la química y demás cono- 
oimientos qni) se relacionan con la amonedación, para saber 
lo que conviene más á este respecto. Pero en todas partes 
han adelantado tanto estas materias, que podemos reputar- 
nos hoy los herederos de la ciencia universal, y que cuando 
vamos á establecer la acuñación de moneda, no hacemos sino 
reproducir lo que han hecho otros países, mucho más desde 
que adoptamos el sistema más antiguo y conocido del mundo, 
comprobado por la experiencia. 

Por lo demás, si pudiesen presentarse algunos inconvenien- 
tes en la acuñación de moneda, serían los mismos que hoy 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 127 

pueden existir de que haya moneda de oro en el país sin más 
diferencia en esto que el cuño legal que hoy se proyecta. 
Pero la acuñación de moneda tendrá la ventaja además de 
que la caea de Moneda sea una especie de llamativo de las 
pastas preciosas, y aunque no viniesen más que las que se 
importan hoy, y no se sellase sino la mitad, siempre tendría 
bastantes pastas para alimentar la acuñación, reportando en 
esto una utilidad manifiesta. Respecto de que esas pastas 
so pagarían á precio más alto que en la casa de Moneda, 
es inexacto, porque en la plaza no se paga precio más alto 
pop las pastas quo el que designa esta ley, el de diez y 
medio pesos sencillos por marco, ó sea por ocho onzas de me- 
tal 6 no. 

Por otra parte, cuando se prooura el adelanto de un pais, 
cuando se concibe que una idea puede sor ventajosa, lo más 
natural es servirse de los instrumentos é instituciones existen- 
tes. De esta base práctica ban partido los autores del pro- 
yecto. Hace más de veinte años que la casa de Moneda de 
Buenos Aires posee una rica maquinaria; y puedo asegurar, 
que habiendo visitado casi todas las casas de Moneda ameri- 
canas, no hay en ninguna de ellas, incluso la do Méjico, y á 
excepción de la del Brasil, una maquinaria más completa: 
pueden sellarse en ella hasta diez y seis mil monedas diarias, 
sin más que aumentar en muy poco el personal que existe 
hoy, y sin más que darle un fundidor, un ensayador, y otros 
empleados facultativos y administrativos; todo lo que, incluso 
los útiles de afinación, no puede exceder de nueve mil pesos 
mensuales, mientras que acuñando mil onzas de oro y plata, 
tendría un producto de diez y seis mil pesos mensuales, ó sea 
siete mil pesos de utilidad. 

Por lo que respecta á la introducción de las pastas, á los 
temores de pérdida ó de ganancia, y á los inconvenientes 
prácticos de la medida, creo que á este respecto no cabe dis- 
cusión. Relativamente á la complicación qno sufría la Casa 
de Moneda por esta ley, es quizá la más sería objeción quo 
so puede hacer al proyecto, pero yo no la creo tal. Nuestro 
Banco es como otro cualquiera, de crédito, de depósito, de 
descuento y de circulación, con la sola diferencia que habien- 
do representado los billetes de banco en su orígen una canti- 
dad metálica de este establecimiento, con el andar del tiempo ha 
desaparecido la garantía metálica que representaban los bi- 



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Uetes, y ha quedado el papel moneda; así es que al prociirar 
ligar & la institnción del bauco la fabricación de la moneda 
de oro y plata, no se hace otra cosa que atili?.ar una insti- 
tución ya planteada y una maquinaria que existe allí, consul- 
tando ala vez que la practicabilidad de la medida, la mayor 
economía. Autorizar, pues, k la Gasa de Moneda á rescatar 
lae pastas de oro y plata, no será en cierto modo sino acer- 
camos, no diré al bello ideal, pero sí á lo que constituye 
un Banco regularmente organizado ; no será sino acercamos 
en cuanto fuese posible á la organización del Banco de In- 
glaterra, que con una circulación de quince millones tiene una 
base metálica de cinco millones de oro y plata. Así también 
no se ocultará que después de los beclioH económicos á que se 
ha asignado diverso carácter sepultándolo bajo un montón 
de palabras falsas, el proyecto tendrá la ventaja de restituir d 
las palabras su verdadero valor, á los hechos económicos que 
pasan en nuestro mercado, su primitiva sencillez ; porque es- 
tudiándolos con detención se vé que son los mismos que han 
pasado en los demás países del mundo, y que iguales causas 
producen iguales resultados, iguales leyes reglan el desenvol- 
vimiento delañqueza,y que á iguales principios se subordinan 
todos los intereses. 

Estas son las observaciones que tenía que hacer sobre lo que 
ha dicho el señor Ministro de Hacienda. 

El señor Teíez SarsfieM. — Combate el proyecto y pide sea 
desechado. 

El seíwr Mitre (D. B.) — To también, señores, miro en el 
actual Banco de Buenos Aires, el arca santa de nuestros des- 
tinos financieros; también creo con el señor diputado que me 
ha precedido en la palabra, que sobre osas ruinas se puede 
reconstruir todo un sistema de hacienda, que rescate el pa- 
sado en nombre del porvenir, y sea el agente poderoso do 
redención de nuestro papel moneda trayéndonos á las condi- 
ciones normales de los pueblos civilizados. Los autores del 
proyecto, lejos de ser hostiles á ese grande pensamiento, áese 
resultado útil y necesario, tienden á cooperar á él por ol 
medio que proponen, sino dando tantos y tantos millones, 
como el señor diputado que ha hablado dá, por lo menos 
contribuyendo al mismo objeto en una esfera más limitada. 
Los dos medios concurren al mismo fin, y lejos de haber 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 120 

antagonismo entre olloB, bay una perfecta armonía como lo 
demostraré. ;Cuál es el gran resultado & qne se aspira, cuál 
el desiderátum del que por amor al Banco de Buenos Aires 
se opone al proyecto presentado í Él lo dice ; traer el país 
A las condiciones normales, es decir, ponerlo á la par de los 
demás países civilizados amortizando el papel moneda circu- 
lante, y relacionando todos los valores á la moneda metálica, 
como se hace cu el resto del mundo. ¿Porqué medio se 
propone obtener este resultadof Aumentando las ganancias 
del Banco. Ya hemos dicho anteriormente, qno en el Eondo 
nos hallamos en las condiciones normales, puos los hechos 
económicos que á primera vista aparecen entro nosotros bajo 
formas nuevas y caprichosas, no son otra cosa qno degene- 
raeioncB de principios universalmonte reconocidos y mal 
aplicados ó leyes económicas disfrazadas con otro ropaje y 
bautizadas coa otros nombres: lo repetímo."?, el valor á que 
se relacionan todas las cosas en nuestro mercado, os el va- 
lor del oro en las grandes transacciones más que en las pe- 
queñas, en el comercio exterior más que en el interior, pero 
al fin todo se subordina á ese monitor silencioso, como se 
ha llamado aJ oro. Volver, pues, á la circulación metálica, 
relacionar á ella los valores en el fondo, en U forma material 
y hasta en las palabras adulteradas por el abuso, tal es lo 
que se entiende por volver al orden normal á que procura- 
mos acercarnos. A este i'csnltado tienden igualmente los 
propósitos del señor diputado á quien contesto, y los objetos 
que han tenido en vista los autores del proyecto que se dis- 
cute: dar á las cosas su verdadero nombro, relacionar los 
hechos comerciales, dar un» base á la circulación metálica, 
anmentar las ganancias del Banco (si es que ganancias ha 
de haber), y preparar de este modo el camino por el cual 
todos igualmente queremos marchar, j Donde está, pues, 
la incompatibilidad de los dos propósitos, de las dos ideas que 
80 pretende poner en oposicióní Y á propósito de ganan- 
cias, diré que no es la mezquina ganancia de la amoneda- 
ción la que se ha tenido en vista al presentar el proyecto que 
ae discute: en la imposibilidad de negar la conveniencia pu- 
blica del proyecto, se ha recurrido al medio de limitar, de 
empequeñecer las aspiraciones de los autores del proyecto, 
diciendo que á lo que aspiran es á hacer negocio en la acu- 
ñación. Puede haber ú puede no haber una ganancia en la 



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l:íl) ARENGAS 

acuñación, pero do seguro no habrá pérdida: la ganancia 
inmediata de la acuñación os lo menos, lo importante es la 
ganancia que va á liacer el país, la que indirectamente ro- 
flnirá en beneñcio del Banco á cuyo fomento tiende el señor 
.diputado. 

Voy á demostrar esto, pero para despejar el camino obs- 
truido coQ tantos y tan variados argumentos, necesito cou- 
traerme muy especialmente á la larga serie de hecbos en- 
ciclopédicos que se han aducido, para remoutarmo con más 
libertad hasta las altas consideraciones que ha abrazado el 
señor diputado en el rápido vuelo de su palabra. 
, El primer argumento que el señor diputado opuso al pro- 
yecto en cuestión, fué un razonamiento negativo; desmentir 
la verdad de un hecho comprobado por la estadística ofícíal 
y contradecir en consecuencia el informe do ta Junta Direc- 
tiva del Banco que se ha leído. Se ha dicho con este motivo 
que es falso que se lleve á Chile plata do origen argentino, 
y que los veinte y cinco mil marcos do plata que pasan en 
tránsito anualmente de Salta á Copiapó, son todos de Bolívia, 
y que son bolivianos los que los esportan. Se' ha negado 
también que las provincias del Norte produzcan oro. En efec- 
to, señores, toda la plata que pasa en tránsito pOr Copiapó 
atravesando la provincia de Salta, es exclusimamente de ori- 
gen boliviano, porque las provincias del Norte no tienen 
minas de ese metal ; pero producen oro. Voy á explicar al 
señor diputado cómo el hecho tiene lugar, y puede creérseme, 
pues he estudiado el hecho en los mismos países donde él 
tiene lugar. No son los productores bolivianos los que hacen 
pasar en tránsito por Salta los veinte y cinco mil marcos de 
plata do que se ha hablado ; los bolivianos se limitan á hacer 
el contrabando de la plata pina en la frontera, y el comer- 
ciaute salteño se encarga do conducirla por su cuenta hasta 
el mercado chileno. Para adquirir ese producto es indispensa- 
ble que el comerciante de Salta dé algún otro producto en 
cambio, á no ser que los bolivianos lo den dovalde, ó á no 
ser que posean ese secreto mágico de que se ha hablado, 
de adquirir oro sin desembolsar nada : los productos se ad- 
quieren con productos, ó con moneda metálica que es lo 
mismo. Kn la frontera de Salta ta plata boliviana se cambia 
por el oro argentino, oro que sale de los lavaderos de la Quiaca 
en Salta, de la Rinconada en Jujuí y de otras partes inme- 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 131 

diatas, poi-quo las solas provincias del Norte, 6. pesar de 
lo que se ha dicho, producen suficiente oro para rescatar 
veinte y cinco mil marcos de plata boliviana en pinas, y les 
queda todavía como un excedente do quince mil onzas de 
oro que llevan al mercado ctileno, sin contar para nada 
con el oro de las demás provincias, cuya cantidad os consi- 
derable, pues por las fronteras do Cataraarca y do la Rioja 
pasan á Coquimbo muchos miles de castellanos de oro al cabo 
del año. 

Diré más ; en Bolívia no se sella en la Casa do Moneda de 
Potosí una onza de oro que uo sea de origen argentino, 
porque haco cuenta vender al Bauco de rescate el que se 
obtiene en cambio de la plata coutrabandeada, y no hace 
cuenta llevarle los productos de las minas y lavaderos de oro 
bolivianos, porque la distancia determina las conveniencias. 
La plata boliviana se cambia por el oro argentino, porque 
los minerales do aquél metal están cerca de la frontera, 
y la operación es fácil, pero el oro boliviano escapa comple- 
tamente al Banco de rescate de Bolívia, y t«do él se extrae 
por contrabando en una dirección opuesta á la ya señalada. 
Dos grandes ccnti-oa de producción de oro tiene Bolívia; 
las minas y los lavaderos de Tipuani, al pie del gran Nevado 
de Sorata, treinta leguas al norte de la ciudad de la Paz so- 
bre la frontera peruana, y Chuquiagnillo á doce leguas de la 
misma ciudad, distantes de Potosí cerca de ciento cincuen- 
ta leguas. El oro busca la vía más corta y el mercado más 
ventajoso que es el del Perú, y allí vá por contrabando á 
despecho de las leyes que disponen lo contrarío, y de este 
modo es como el oro argentino se convierte en onzas bo- 
livianas. 

Rectificado este primer hecho tan absolutamente negado, 
contestaré al argumento que de él se ha pretendido sacar, 
cual es que las pastan preciosas que pasan en tránsito por 
Copiapó, siguen esta ruta, porque es la única que les con- 
viene, buscando su merctido natural, de lo cual se deduce 
que es contra la naturaleza de las cosas, que esas pastas 
en ningún caso afluyan al mercado de Buenos Aires. Yo 
contesto y destruyo esa aseveración con el hecho incuestiona- 
ble que ha tenido lugar: esas pastas que según el señor di- 
putado no pueden ni deben ir á otra parte que á Chile, ve- 
nían antes á Buenos Aires, porque les convenía venir, porque 



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132 ARENGAS 

este era su mercado natural y no el que hoy tienen por efecto 
de la perturbación que las desgracias públicas han ejercido 
en las relaciones comerciales. En otro tiempo, cuando loyes 
económicas liberales y bien entendidas reglaban las transac- 
ciones de estos países, los productos aurferos do las Pro- 
vincias del Norte venían á buscar nuestro mercado, en él 
se reducían 4 moneda con ventaja del introductor y con esa 
moneda compraba las mercaderías de retorno con que iba 
4 especular en su provincia. Esas pastas preciosas so aleja- 
ron de nuestro mercado á consecuencia de las trabas que 
las Provincias del interior opusieron al libro cambio con el 
establecimiento de las aduanas interiores y cou la probibi- 
ci6n absoluta de la dictadura de extraer los mótales pre- 
cioso.s de esta plaza. Entonces Salta buscó un mercado 
monos desfavorable, donde pudiese expender con nuls ven- 
taja sus productos y adquirir en cambio mercaderías de 
retorno, y lo fué á buscar en el Pacifico. Pero ¡se sa- 
be lo que es esta vía que se llama la vía natural do esos 
productos t 

En primer lugar el comerciante salteño tiene que dirigir 
sus minerales preciosos por la vía terrestre de Copiapó pa- 
gando el derecho de trá nsito, más el flete terrestre, más el 
- flete marítimo hasta Valparaíso, más el seguro, más la comi- 
sión do venta, y vender en definitiva el marco de plata fina 
por 8 ps. 4 rls. ó 9 pesos por lo general. En seguida para 
conducir hasta Salta las mercaderías de retorno tiene que 
pagar el flete marítimo de ellas hasta el puerto de Cobija, 
dar una nueva forma á los fardos, pagar el derecho do trán- 
sito, y en arreas de muías atravesar todo el desierto do Ata- 
cama pasando por encima do la Cordillera y soportando lar- 
gas travesías sin agua. Esta es la quo se llama la vja 
natural del comercio de las Provincias del Norte, cuyos pro- 
ductos se asegura no vendrán jamás á nuestro mercado. Sí 
vendrán, y la prueba de ello es que han venido, y este he- 
cho es conclayente. Sí se han alejado, la culpa es de los 
hombres, de las malas leyes y no do la naturaleza de las 
cosas. Tan cierto es esto que á pesar de todo, muchos ar- 
tículos qne no bacía cuenta introducir por el desierto de 
Atacama se bao comprado siempre en Buenos Aires para 
esas Provincias, y caídas las barreras aduaneras del interior 
y dictadas en Buenos Aires leyes económicas adelantadas, 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 133 

vaelve á establecerse es.i antigua cotrieníe comercial in- 
terrumpida, y una parte de las pastas preciosas de las pro- 
vincias argentinas empiezan ú afluir á nuestro mercado. 
Todas ellas vendrán indudablemente si les aseguramos un 
buen mercado, y si les ofreceijio-s las ventajas que el pro- 
yecto de ley en discusión promete hacer efectivas. Por 
lo que respecta á lo que se ha dicho do que no vendrán 
porque tienen que pagar un derecho de 4 "¡a en el Rosa- 
rio, yo digo que sí vendrán, porque ese mismo 4 */o pagan 
por derecho de tránsito en Copiapó, más 1 "/o por derecho 
local, y más todos los otros gastos que he apuntado ya. 

Ventaja positiva es que esas pastas preciosas afinyan á 
nuestro mercado, y no puede desconocerse que el estableci- 
miento de una Casa de Moneda en Buenos Aires es el me- 
dio más eScaz de atraerlas, como sucede en todas partes 
donde hay Casa de Moneda en un mercado libre, no como 
so ha dicho, porque los autores del proyecto crean que la 
riqueza de un pajs consista tan sólo en sus metales precisaos, 
sino porque en efecto la riqueza de un país se aumenta 
por el aumento del intercambio de productos, el cual tiene 
lugar atrayendo al mercado productos que so han retirado de 
él, para que ellos á su vez fecunden y activen el comercio 
de tránsito, aumentando nuestro gii-o en muchos millones. 
La Casa do Moneda prestará en este sentido servicios impor- 
tantes; no sólo como Banco de Rescate libre que asegure 
un mercado ventajoso, sino como intermediario de los cambios, 
porque el primer mercado que va á encontrar la moneda 
que se acuñe es el nuestro propio. Así, el comerciante de 
Salta por ejemplo, para venir á emplear un capital en Bue- 
nos Aires, traerá esas pastas preciosas que hoy van al Pa- 
cífico, porque aquí obtendrá un buen precio y un mejor re- 
tomo, y no traerá cueros ni otros productos, porque ni á Chile 
ni á Bolivia se exportan esos productos de Salta, porque 
no hay conveniencia en ello, por causas que todos conocen, 
no porque tengan otro mercado como se ha asegurado equi- 
vocadamente. Poder realizar aquí inuaediatamente sus pas- 
tas, poderlas reducir á moneda metálica sin perder nada, y 
poder adquirir con esamoneda todo loque necesite para el 
retomo, tales son las ventajas que de la acuñación de mo- 
neda ha de reportar el introductor de pastas, que activará 
con ellas nuestro comercio enriqueciendo al mismo tiempo 



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134 AREKOAS 

al país, sin empobrecopse él, por el contrario ganando. Y 
aqu! o»igo de nuevo á la serie de ¡deas que había dejado pen- 
diente para rectificar ciertos hechos desconocidos ó mal apre- 
ciados ; vuelvo á insistir en que la ganancia que se tiene en vista 
no es la de la acuñación, sino.la que el país en general vá 
í\ reportar, y la benéfica influencia que ella ha de ejercer 
indirectamente en los progresos del Banco de Buenos Aires, 
que se dice va á ser perjudicado. En efecto: si conseguimos 
atraer á nuestro morcado esos veinte y cinco mil marcos do pla- 
ta y esos millares de onzas de oro de que se habló antes, 
í'quién duda que el comercio de tránsito adquirirá un gran de- 
sarrollo y que la fortuna pública se aumentará no porque haya 
más metales preciosos en la circulación, sino porque se au- 
mentará la masa del intercambio de productos! ¿Quién 
duda que ese acrecen tamiento de! bienestar del pueblo reflui- 
rá indirectamente en provecho del Banco de Buenos Ai- 
res! Acrecentado el movimiento comercial, aumentada la 
riqueza pública, el Banco tendrá más depósitos, más des- 
cuentos y por consecuencia más ganancias, aunque no gane 
inmediatamente en la acuñación, porque esto es lo menos, 
y lo mismo sería para el caso que lo hiciese dovalde. Véa- 
se, pues, cuan equivocadament-e se ha asegurado que la única 
tendencia del proyecto era que la Casa de Moneda ganase en 
la acuñación. 

T á propósito de U acuñación gratuita de que se ha habla- 
do en el curso de este debate (que después demostraré que 
es una ilusión), diré que el sistemado rescate que se propone 
no difiere sino en la forma del sistema de amonedación gra- 
tuita que se observa en Inglaterra, en Estados Unidos, y yo 
añadiré que también en Rusia. Este sistema consiste en 
volver amonedada la misma cantidad de metal fino entregado 
á la Casa de Moneda, sin cobrar nada por la acuñación, ó 
' lo que es lo mismo, el valor equivalente que puede obtener 
por el marco de oro ó de plata. Según el sistema que por 
el proyecto de ley so establece, lo que se ordena es qne 
se pague por cada marco de plata ú ouza de oro el más alto 
precio que por dichos pesos de metal fino puede obtener el 
introductor en el morcailo, reduciéndolos á valores moneta- 
rios. En esto no hay ninguna ganancia Uicita, ni usuraria 
desde que se dé por el oro y la plata el mismo valor que al 
precio de venta esos metales representan en el mercado, i En 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 133 

qtié defrauda al íntroductorf En nada absolutamente, des- 
de que se le entrega, sino el mismo metal 6uo que él dá, 
el mismo metal fino contenido en la moneda que por los 
lingotes de oro y de plata puede obtener en plaza. La di- 
ferencia queda para cubrir los gastos de amonedación. 

Me contraeré ahora al sistema do amonedación gratuita 
practicado en Inglaterra, que tanto se ha hecho valer. To- 
dos convienen hoy en que el tal sistema es una ilusión, y 
que en definitiva no ca el público el que reporta la ventaja, 
como lo demostraré con la autoridad de Roberto Peel y de 
Chevalier. Cuando el Estado dice en Inglaterra que amo- 
neda gratuitamente no dice la verdad, porque es el pueblo 
contribuyente el que paga los gastos de la amonedación, que 
en ninguna parte son mayores que en Inglaterra, pues re- 
presentan tres veces más que los gastos de fabricación que 
en Francia. Esos gastos en que se recarga la amonedación 
inglesa los paga el pueblo, pesan sobre el pueblo contñbu- 
j'onte, y et mismo que lleva los lingotes á la Casa de Moneda 
paga su cuota sin saberlo, y la pagan los que no reportan 
inmediatamente los bene6cios de la amonedación gratuita, lo 
que es una distribución injusta de cargas. Pero esto mismo 
no tiene lugar, porque lo repito, es una pura ilusión. En 
realidad quien se aprovecha de la ventaja de la amonedación 
gratuita es el Banco de Inglaterra, de diversos modos, y por 
varios motivos. En primer lugar la Casa de Moneda de Lon- 
dres no tiene obligación de entregar el metal amonedado 
dentro de un plazo fijo: puedo tardar «n mes, puedo tardar 
dos, y el propietario de los lingotes pierdo entre tanto el 
interés. Para evitar esto lleva sus pastas al Banco de Lon- 
dres que tiene la obligación de comprarlas, pei-o con 1 '/* 
penique en su favor en cada on^a de ero, y al sentar este 
hecho me apoyo en la irrecusable autoridad do Hoberto Peel 
que lo enunció en su célebre discurso sobro la renovación 
de la carta del Banco en 1844. No es esto todo : el Banco no 
compra sino por el contraste del ensayador real, que en el 
ensayo no aprecia las fracciones, pero que el Banco sabe 
encontrar y que quedan en su favor, como lo dice Chevalier en 
sus profundos estudios sobro la Moneda. (!omo se vé ol sis- 
tema déla amonedación gratuita es una ilusión. Pero dado 
caso que no lo sea, más ventajoso es realizar aquí las pa.stas 
al precio que 6ja el proyecto do ley, que pagar fletes y se- 



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136 AREXOAS 

guros y powler seis meses del interés del capital equivalente 
l>arA ir á buscar -X dos mil leguas una amonedación gratuita, 
que costarA un 10 "lo por la parto más corta. Cierto es que 
hay ey nuestro mercado quien compro esas pastas, y yo diré 
que las conipríin para ganar como cualquiera otro producto 
destinado á la exportación, pero no porque la amonedación 
sea gratuita en otra parte, sino por causas que indicaré más 
adelante. Por ahora basta para el objeto que me propongo 
dejar sentado, que al reemplazar la Casa de Moneda al 
comprador actual no defrauda en lo más mínimo al intro- 
ductor de pastas, y quo por el contrario le oErece muchas 
ventajas, que sucesivamente iré señalando, sin dejar por 
esto de cubrir los gastos do la amonedación, y tal vez ga- 
nando. 

Tengo que dispersar mi atención para ir pasando en revista 
los hechos y argumentos que sucesivamente he aducido, pro- 
curando darles uu encadenamiento lógico; y es por esto 
que aún me es forzoso contraerme prolijamente al examen 
de algunas aseveraciones desprovistas do los f undament-os que 
se han hecho valer. 
; Cómo se cubrirán los gastos de la amonedacióuT 
i Cómo podrá ganarse en la operación? 
El señor diputado dice que sólo por arte de magia puede su- 
ceder esto, asegurando además quo la acuñación legal no au- 
menta el valor del metal. 

En esto no hay magia alguna, ni ganancia ilícita como 
se quiero suponer; lo que hay es un sei-vicio ascñpto á la 
moneda, un trabajo incorporado' á ella. No puedo compren- 
der cónio se niegue tan redondamente que la amonedación 
no aumenta hasta cierto punto el valor del metal. Pqra sos- 
tener semejante cosa es necesario demostrar que Juan Bau- 
tista Say, Horacio Hay, Mae'Culloch, Chovalier, Peel, y todos 
los grandes economistas antiguos y modernos estaban locos 
cuando dijeron lo contrario, porque todo lo contrario han 
dicho. Esto que es tan cierto, que todos lo comprenden y 
lo palpan, es también muy fácil do demostrar. El metal re- 
ducido á moneda tiene más valor que el lingote de oro ó plata, 
porque desde luego presta un servicio que el último no pue- 
de prestar, que es el servir de agente á los cambios, rela- 
cionando á 61 todos los valores permutables y facilitando 
por este medio las transacciones, que con lingotes tienen 



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DE BAETOLOMÉ MITRE 137 

que sugetarse á dos distintas operaciones: Ift realizacióu de 
ellos á moneda metálica y la adquisición con esta moneda do 
los productos quo se "desean adquinr. Tiene mayor valor 
porque garantido au peso y su ley por el cuño que se le agre- 
ga, es recibido por s\i valor sellado en cambio de toda otra 
cosa, sin necesidad de proceder h niievos ensayos como ten- 
dría que hacerse cada vez quo se cambiasen lingotes por 
otros productos. Tiene mayor valor porque la liga lejos de 
hacerlo desmerecer le dá más dureza, y por consecuencia 
más duración. Tiene por fin mayor valor porque además del 
servicio que presta como agente de los cambios, y como 
equivalente de los demás víiloros, la acuñación incorpora á la 
moneda una cierta cantidad de trabajo que debe pagarse. Es 
sabido que los servicios que se prestan tienen un valor, 
pues en realidad el comercio no es otra cosa que un cambio 
de servicios, como se ha dicho por un economista moderno, 
y es además muy sabido que todo trabajo incorporado á una 
materia cualquiera tiene igualmente su valor. Niegue el 
señor diputado que el metal amonedado presta un mayor ser- 
vicio que el metal en lingote, niegue que por la acuñación se 
incorpora al metal una cantidad determinada de trabajo que 
puede expresarse en dinero. Esto no puede negarse, y si mo 
confiesa que el metal amonedado presta un mayor servicio 
qae el oro y la plata en lingotes, y que á esa materia amo- 
nedada se incorpora una cantidad dada de trabajo que tiene 
un equivalente en plata, me confiesa de plano lo que ha ne- 
gado ; que el metal amonedado tiene más valor que el metal 
on lingotes. 

De ese servicio quo presta la moneda como agente do 
los cambios, de ese trabajo que á ella se incorpora, es de 
donde salen los gastos de la amonedación, y aúu la ganan- 
cia, aún cuando puede decirse más propiamente que esta 
última proviene de la diferencia entre ol precio de compra 
y el prodqeido de metal monetario' de una ley y peso de- 
terminado. 

Pero se dice: — «el comercio no ha de dejar ganar eso á 
la Gasa de Moneda, porque la ganancia es excesiva, y en un 
mercado libre es imposible que gane en la acuñación una 
Casa do Moneda." Yo sostengo que sí, y con este motivo 
volveré á mi punto de partida cuando hablando de los com- 
pradores do pastas quo hay en est« mercado, prometí expli- 



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138 ARENCAS 

ciar las causas porque so comprau y se exportan en él. To- 
dos los comerciantes saben que hay seis meses del año en 
que se importa el metálico á nuestro mercado y otros seis 
del año en que se exporta, y que sólo durante tres ó cuatro 
meses del año se compran pastas preciosas para i'emitír al 
exterior. Estos meses son aquellos en que no se efectúan 
exportaciones de productos del país, y en que por consecuen- 
cia S6 toma el oro y la plata como mercancías de retorno, 
ya sea sellada ya en lingotes. Entonces se paga por ellas el 
más alto precio que pueden obtener, (jue es el de 10 ps. 4 
rls. por marco que fija el proyecto de ley que se discuto. 
En el resto del año los coraerciantea no harán eorapeteucia á 
la Casa de Moneda, por la razóu rany sencilla de que b¿1o 
se echa mano de ellas cuando el cambio respecto de las pla- 
zas extrangeras sea favorable á Buenos Aires, ó lo que es lo 
mismo, cuando se reciba más metal fino de una moneda qud 
el que se entrega de otra do un mercado á otro mercado, 
como por ejemplo, más chelines en Inglaterra por una onza 
de oro en Buenos Aires que lo que so reputa el cambio á lii 
par entre las monedas considerado el valor intrínseco de 
ambas. Repito que uso de estas locuciones viciosas, do 
cambio favorable y desfavorable que expresan ideas falsas, 
para emplear el lenguaje de los comerciantes, y porque el 
mismo Roberto Pee! no se desdeñó de hacer uso de ellas en 
la tribuna parlamentaria. Diré, pues, que siendo la Casa de 
Moneda un comprador fijo y constante, que comprará pastas 
todo el año, los comerciantes no pueden hacerle competencia, 
y por consecuencia la dejarán ganar. Pei-o ni aún en las 
épocas en que las pastas tienen mayor demanda en el mer- 
cado nadie podrá competir con la Casa de Moneda. El 
señor diputado ha dicho que las pastas de oro y plata valen 
mucho hoy, que se pagan á 10 pesos 4 reales y quo pronto 
valdrán 10 pesos 6 reales. No sé en qué se funda para 
decir esto, cuando en ningún mercado americano_ se pagan 
al alto precio señalado por el proyecto do ley; pero si ese 
es su deseo, puedo anunciarlo que ya está conseguidor 10 
pesos 6 reales es lo que la ('asa de Moneda pagará por 
cada marco de plata fina, como voy á demostrarlo, exa- 
minando el valor relativo del oro y de la plata en nuestro 
mercado. 
Ea imposible establecer una relación absoluta y rigurosa 



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DE BARTOLOMÉ UITBE 139 

entre el valor del oro y de la plata, porque cada uuo de ellos 
sigue las oscilacionos de la mayor ó menor demanda, 
de la más ó menos abundancia, y periódicamente vienen 
causas extemas á producir la pertnrbaoíón. Todas las na- 
ciones que han pretendido fijar la relación dol oro y do la 
plata adoptando sistemas monetarios en que tanto de oro 
debe valer precisamente tanto de plata, han sido desmentidos 
por los hechos, y desde el sistema decimal francés que ha 
pretendido hacer representar á la moneda de oro francos de 
plata de una ley dada, hasta el sistema americano que dá 
á las águilas y medias águilas el valor equivalente de veinte 
y de diez dollars de una ley fija, todos pecan por la base, y 
tienen que ser reformados, adoptando la independencia de 
los dos metales como sucede en el sistema monetario espa- 
ñol, en que el valor de la onza igual en peso al peso f nerte 
es independiente del valor del peso, como el peso lo es de 
la onza. Sin embargo, hay siempre una velación más ó me- 
nos aproximada. Antes del descubrimiento de las minas de 
California, la relación del valor entre el oro y la plata se 
mantenía entre ir» y 16. La España y los Estados Unidos 
eran los dos países que entóneos daban cerca de 16 partes de 
plata por una de oro, ó sean 15 y 998 milésimos. La Fran- 
cia daba 15 ^k. La Inglaterra entonces, como ahora, daba 
14 ^/í por uno de oro, pues allí ol oro es la única moneda 
legal. La inmensa producción de las minas del Ural en Ru- 
sia, las de la California posteriormente y últimamente las de 
la Australia han producido entre el valor del oro y de la 
plata la misma perturbación que el descubrimiento de las 
minas de América produjo en siglos anteriores. Hoy se dá 
menos plata por más oro, y la relación del oro y la plata en 
nuestro mercado es como 1 á 14 ^¡2. Por el proyecto de ley 
presentado se ordena sin embargo que se entreguen 15 pesos 
fuertes por cada onza de oro. Cuente el señor diputado y verá 
si le salen los 10 pesos 6 reales que parecen son sus últimas 
aspiraciones, su gran desiderátum. 

Véase, pues, como y por qué el comercio dejará ganar á la 
Casa de Moneda, por la sencilla razón de que en un caso no le 
hará competencia y en otro no podrá hacérsela. 

Sin embargo de todo esto, se sostiene que en los merca- 
dos libres es imposible la exi-stoncia de una Casa de Moneda; 
que es indispensable para que pueda ganar, que monopolice 



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140 ABENQAS 

todas las pastas preciosas del merendó. Es un caso desmen- 
tido por los hechos. En la América Española sólo Méjico, 
Bolívia y Centro América han continuado el sistema Colo- 
nial manteniendo la prohibición de extraer las pastas precio- 
sas: en todos los demás es libro; y sin embargo esas casas 
de moneda se sostienen y ganan en competencia del mercado. 
Si en Chile y en el Perú se gravan los metales á su salida 
con un derecho de exportación, es porque como países pro- 
ductores de plata pueden hacer pagar al estrangero su pro- 
ducto cou ese recargo, y lo mismo le os al oxtrangero recibirla 
con ese gravamen fiscal que con la diferencia equivalente que 
forma la ganancia de la Casa do Moneda. En Chile, cuando 
el Gobierno necesita pastas, las compra en el mercado donde 
puede obtenerlas hasta por 8 pesos '-i reales el marco, precio 
á, que en muchas ocasiones lo han comprado los exportado- 
res que lo toman como uno de los poquísimos retornos que 
tiene aquél país, alcontrario del nuestro quo produce y vende 
más de lo que consume y compra, circuiistaucia que hace más 
favorable nuestro mercado para el establecimiento de una Casa 
de Moneda. 

Pero el se ñor| diputado á quién contesto no puede concebir 
cómo una Casa de Moneda gane sin recurrir al fraude, así 
es que al hablar de las antiguas Casas de Monedas do la Amé- 
lica Española, ha dicho que una de sus ganancias oran cuatro 
granos que robaban eu la ley, dando un peso de 10 dineros 
20 granos por un poso de ley de 11 dineros. Es muy fácil 
enunciar una generalidad que comprende algunos siglos, sin 
asignar al hecho una época fija y determinada. Yo digo al 
señor diputado de la manera más formal y termiuant«, que 
las monedas españolas de oro y plata empezaron á sufrir una 
lijera alteración de ley por los años de 1772, pero que hasta 
1786 tenían las onzas de oro 917 milésimos, que equivalen á 
22 quilates (yo también só la terminología técnica y estoy al 
cabo de la historia monetaria). Los 4 gi-auos de alteración eu 
la loy no tengo conocimiento quo se Hayan defraudado en 
otra parte que en Méjico, en la época á que me he referido, 
aunque no dudo que haya sido así. En Méjico, segxin nos 
informan Dupont y Humbold, al tiempo de entregar sus di- 
plomas, á un ensayador se le juramentaba entregándole al 
mismo tiempo pesos que so decían ser de 11 dineros y que 
ou realidad sólo eran do 10 dineros 20 granos. Pero el mal 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 14Í 

no esiaba en que el peso tuviese más ó menos ley de once 
dineros, sino que el Gobierno español de aquella época, rudo 
como todo gobierno absoluto, creyó que con esto podría en- 
gañar al mundo dándolo por 11 dineros los pesos que no 
tenían tal ley. Nada importa que una moneda tenga más ó 
menos ley, es decir más ó menos liga, porque esto no haee 
desmerecer á la moneda desde que no salga del límite uni- 
vei*salmente estipulado,' y la prueba de esto os qno esa es la 
proporción que por mucho tiempo ha tenido la moneda espa- 
ñola, hasta que adoptó liltimamente üt de 900 milésimos co- 
mo en Francia. Lo malo, lo irregular de la operación estuvo 
en practicar subrepticiamente la operación para engañar con 
ella al mundo, en vez de declarar sobre el cuño de la moneda 
cual era sn ley verdadera, como se ordena por el proyecto en 
discusión. 

Xo es indispensable que una Casa de Moneda robe para 
que gane, sin que por esto haya arte de magia, pues en Fran- 
cia cobrando un ^,'4 */o sobre la amonedación de la plata y 
3 por mil en el oro, las empresas particulares ganan, y han 
tocado este límite, no porque la libre concun-encía del mer- 
cado los haya obligado á rebajar los precios do amonedación, 
como se ha dicho falsamente, sino porque los adelantos de la 
industria y muy especialmente los progresos en la afinación 
de los metales y en la separación del oro de la plata, han per- 
mitido hacer esta rebaja considerable. Entre nosotros co- 
brando más la Casa do Moneda, ganará mucho menos, si es 
que gana, pues por ahora tendrá que afinar los metales al 
fuego por medio de la copelación en vez de hacerlo por el 
sistema de tiay-Lussac, y como es sabido la copelación no 
acusa con exactitud la ley del metal, como se vio en Fran- 
cia que á causa de esto se dieron á los francos antes de 
1825 cuatro milésimos más de la ley que les correspondía. 

Tampoco se sacaría provecho de las cenizas del oro 

en fin, señores, jpara qué entrar en más detalles técnicos? 
Basta con lo dicho para demostrar que esas ganancias que se 
dicen tan considerables, tienen que responder á otras pér- 
dida.s. 

Pero ya que se ha hablado de la moneda de cuenta, en 
que por el proyecto en discusión se estiman los precios del 
oro y de la plata, diré que esa es la moneda de compra y 
venta en el mercado, y que en ella so lleva toda la coutabi- 



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142 ARENGAS 

lidüd comercial, es decir, á razón do diez y siete pesos sen- 
cillos por onza. Si se busca el origen de esta división, no 
faltan precedentes con que justificarlo, pues como es sabido 
se cotan diez y siete pesos fuertes en la libra castellana, 
que se compone del peso de dos marcos. Ya vé el señor 
diputado que no es tan disparatada, como le ha parecido, 
la moneda de cuenta en pesos sencillos, y que tiene un pre- 
cedente en la historia monetaria y en las relaciones del 
sistema de pesos que se aplica á los metales preciosos. 

Creo haber pasado en revista los hechos y las razones capí' 
tales que se han opuesto al proyecto que sostengo: no 
he olvidado algo. Como lo dije antes, he tenido que disper- 
sar mi atención para traer á un método la refutación gradual 
de todo cuanto se ha dicho. Si aparent^-mente he saltado de 
nn punto á otro, tal vez inconexo con el anterior, esto proviene 
del orden que se ha segaído para refutarme. El señor di- 
putado í quién he contestado, ha aglomerado toda nna enci- 
clopedia de hechos y razonamientos, y su misma multiplicidad, 
su misma incoherencia, la imposibilidad de traerlos á un 
sistema, de subordinarlos á un principio, prueba que por 
probar mucho no prueban nada todos ellos reunidos, aunque 
pai-cialmente sean muchos de ellos incnestionables : son he- 
chos y razones divergentes que so abren ^acia afuera como 
las varillas de un abanico. En vano será buscar la lógica 
de la oposición que se ha hecho al proyecto : no se encontrará 
en ninguna parte. No hay un principio generador, diremos 
asi, una base fundamental, «n punto capital al rededor del 
cual hacer girar los hechos y ios razonamientos aducidos : todo 
es incoherente. La prueba de esto es que so ha hablado 
de todo, so ha descendido y se ha insistido mucho en deta- 
lles, limitando los horizontes de la cuestión, se ha hablado 
ya de ganancias, ya de pérdidas, pero no se ha dicho por qué 
es malo el proyecto, por qué no conviene al país, por qué 
debe rechazarse. La razón más poderosa es la que tiene re- 
lación con la complicación que el establecimiento de una casa 
de amonedación traería á la institución del Banco considerado 
en su triple función de Banco de Descuentos, de Depósitos y 
de Circulación, que son los que hoy desempeña, pero ya he 
dicho antes, que esto, lejos de ser un inconveniente es una 
ventaja: — 1", porque se aprovecha lo existente; 2", porque se 
acerca la institución al establo normal á que debe llegar. To- 



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DE BARTOLOMÉ StlTRE 14H 

dos concurrimos igualmente á oso fin, y si ol ojo perspicaz 
del señor diputado ó su entrañable afecto de padre adoptivo 
por una institución huérfana y desheredada, lo hace ver in- 
convenientes y peligros en la ejecución de la ley que se 
discute, será porque quiere ver un elemouto do desorden, 
irn embrollo, como él dice, allí donde se va á introducir un 
principio fecundo para concurrir al mismo fin que él se pro- 
pone y tiene en vista, y al cual hemos de llegar auxiliados 
como hasta aquí por su ñca intelig^cin y sus conocimientos 
económicos. 

El señor Vclet Sarsjield. — Expuso: que habiendo manifes- 
tado el señor Ministro no tener los conocimientos necesa- 
rios en este negocio, hacía indicación para que se pos- 
tergase la discusión, encargando a! señor Ministro viniese 
munido de todos los conocimientos precisos sobre la utilidad 
ó inconveniencia de un Banco de Rescate, para informar á 
la Cámara. 



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LEYES AGRARIAS 

EL ENFITÉUSrS— EL ABBENDAMIENTO— LA PROPIEDAD DE LA 
TIERRA— LOS BOLETOS DE SANGRE— LA ENAJENACTÓN 



DISCURSOS 
PllOKVNCIADOS ES LA CÁUARA DE DIPUTADOS 

Setimht-e ñe J.-íJÍ y de 1S57 



Seüeralji^ do 1854. 

Autos quo el debate se acalore y las pasiones se encien- 
dan con los chispazos que acabamos de ver brillar, debe el 
(Jobioruo hiicer oir su palabra en esta cuestión, dirigiéndose 
{í la razón tvanqnüa de los lepsladores ; y debo anticipai-se 
á hacerlo, porque no puedo aceptar, ni autorizar con su si- 
lencio las- cahficaciones condenatorias que ha bocho del pro- 
yecto de ley en discusión, el diputado que lo combate, y que 
acaba de dejar la palabra. Estando el Gobierno do acuerdo 
en su mayor parte con esto proyecto de ley, el cual ha sido 
calificado de ley revolucionada, loy do despojo, contraría á 
la Constitución, á la moral y á los otemos principios quo 
escudan la propiedad, él aceptaría para si estos calificati- 
vos, tan inmerecidos como desprovistos de todo fundamento, 
si no los rechazase como lo hace, si no los refutjíPO como voy 
á hacerlo. 

Sí el proyecto quo nos ocupa fuese como se dÍco una ley 
do despojo, de venganzas y de rencores, una ley contra la 



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DE BARTOLOMÉ HITBE 145 

Coastitución, es seguro que el Gobierno la habría rechazado, 
porque como persona moral, por la altura á que tiene que 
colocarse, por los intereses y consideraciones de ordeu eleva- 
do que tiene que pesar imparcíalmente, no puede estar ani- 
mado de esas pasiones innobles, ni mucho menos puede pre- 
sentarse dando su apoyo á la violación de los principios y á 
la desobediencia de las leyes, que deben ser su norma en 
el ejercicio de su autoridad. El hecho sólo de haber sido 
aceptado en los acuerdos del Gobierno el pensamiento general 
que ha presidido á su confección, prueba desde luego mucho 
en favor de su bondad. Es cierto que el Gobierno difiere 
OOQ la Comisión de Hacienda en alguno de sus artículos, 
según lo manifestaré más adelante en la discusión particu- 
lar ; como también es cierto que la Comisión ha introducido 
varias modificaciones indicadas por el ministerio, según ella 
lo ha declarado en su informe osorito. El ministerio ha 
concurrido ¿ la elaboración del proyecto en las Comisiones, 
y el Gobierno se ha decidido á prestarle su apoyo en las Cá- 
maras, porque lejos de creerlo una ley revolucionaria, como 
so dice, la considera una ley pacificadora, equitativa y sobre 
todo indispensable; por cuanto ella viene á dar á cada uno 
lo que es suyo, á aquietar á los poseedores de tierras alar- 
mados por amenazas vagas, á fijar la propiedad pública y 
privada, sobre bases inconmovibles y principalmente porque 
viene & resolver las cuestiones pendientes que han surgido 
■ de las leyes de tierras dictadas en el último periodo, cuestio- 
nee que deben ser resueltas, y que lo son por esta ley en 
cnanto se refiere k premios y donaciones. Esas leyes que 
sembraron la duda, conmoviendo los fundamentos de la 
posesión de la tierra, para darle otra distribución, esas sí, 
fueron leyes verdaderamente revolucionaiios, fueron Iom leyes 
agrarias de la democracia que sur^ó después de la caída de 
la dictadura. 

La tiranía nos había legado el desorden, el despilfarro y 
la usurpación en materia de tierras públicas, lo que agra- 
vando los males de los grandes propietarios por el enfitéusis, 
hacía indispensable las reformas que han dado origen á las 
dudas y cuestiones que hoy tratamos do resolver. El pro- 
yecto las resuelve de una manera equitativa, salvando al mis- 
mo tiempo los principios, y es tanto por esto, cuanto por las 
mismas palabras de Echeverría, que ha citado el señor di- 



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14ft ARENGAS 

putado, que yo la considero una ley justa y pacificadora. To 
tiimbién digo con el aefior diputado: "Echeverría tenía ra- 
zón !■> teníarazóncmmdo pedia la igualdad de derechoay la con- 
fraternidad para todos loa argentinos que habitasen la patria 
redimida de la esclavitud; pero yo entiendo que esa igualdad 
no puede establecerse premiando al crimen y olvidando la 
virtud; ni dando el premio vil de los degüellos, de las explo- 
taciones vergonzosas en presencia de las víctimas de esas 
infamias. Este es el privilejio en favor de la iniquidad: esta 
lio es la igualdad, ni es la confraternidad evangélica. ¡ Cuán- 
tas sombras ilustres han sido evocadas, y cuántas acciones 
generosas han sido recordadas en esta noche por el señor 
diputado á quién contesto ! Todas ellas son dignas de ser 
premiadas en el cielo y en la tierra, y sin embargo, ellas no 
han tenido más recompensa que la corona del martirio, ó la 
satisfacción de obrar el bien, sin que nadie haya venido á pe- 
dir para ellas el precio vil con que se tasan los servicios de 
la tiranía, sin que nadie en nombre do la codicia torpe haya 
venido á defender los intereses sórdidos de loa que se sacri- 
ficaban por las libertades propias y ajenas. Mientras tanto 
se ai^uye con esos mismos servicios dignos de gratitud y 
recompensa, para pedir en nombre de la avaricia, que sa 
lejitimen y sacrifiquen los premios dados ó prometidos á los 
que no imitaron tan noble ejemplo. Se ha llegado al extremo 
de argüir con el corto sueldo que disfrutaban los empleadas 
de Rosas, para sacar en consecuencia que los premios de' 
tierras acordados á los adictos á su persona eran justa- 
mente merecidos, lejítimamente ganados con su trabajo ! Yo 
pregunto: ¿qué sueldo, qué recompensa tenían los que se 
sacriñcaban por la libertad 1 No sólo no ganaban ni siquiera 
un corto sueldo, sino que abandonaban lo que era suyo, y 
muchos de ellos, después de vivir en la opulencia, iban, va- 
liéndome de la expresión del secretario del general Lavalle, 
á comer el pedazo de asado revuelto en las cenizas del cam- 
pamento. 

Yo también quiero la igualdad de derechos, y digo, pues, 
que si no tienen premio las grandes virtudes y los sacrifi- 
cios, lo menos que puedo pedirse es que no sea premiada la 
adhesión al crimen, que no se reconozcan los boletos y dona- 
ciones que simbolizan el crimen. Nada, ni nadie me hará 
trfúcionar mi conciencia, ni transijir con lo que creo indig- 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 147 

no. En vano se pretende colocar los premios de san^e bajo 
la salvaguardia de las víctimas inmoladas: nadie dirá que 
los premios obtenidos por las matanzas de los Pueblos Ar- 
gentinos, no son nn crimen; nadie dirá que el que adhirió á 
esas matanzas solicitando el precio ofrecido, uo se Iiizo mo- 
ralmente cómplice de ellos; nadie dirá, después del señor di- 
putado, que la mano que se alai^ó para recibir ese precio 
vergonzoso de la sangre de sus hermanos, no se manchó 
con esa misma sangre, ni que tales actes puedan sostenerse 
ante la moral, como se ha pretendido. No diré que tedos los 
que recibieron el premio de la sangre fueron criminales, ni 
que todos simpatizaron con las matanzas cuyo precio recibie- 
ron. Sin duda, muchos obedecieron al miedo, otros fueron 
impulsados por la necesidad, y una gran parte de ellos 
tal vez se avergonzó de recibirlo ; pero si esto esplica ó 
disculpa la complicidad moral, yo digo que más grande 
que todo, ea el sacrificio generoso de los que combatían 
sin miedo por darles libertad. Y sin embargo, nada pido 
para ellos, sino la igualdad de derechos. Ya que no se 
premia la virtud, que yo coloco más arriba de todo, al menos 
que no se corone al vicio en su presencia. Esto es lo que 
pido. 

Siguiendo el vuelo de la palabra del señor diputado á quien 
me dirijo, como se sigue el vuelo de la brillante mariposa, 
me he detenido con él en algunos puntos de apoyo en que 
ha parecido querer detenerse, rozándolos apenas con sus 
alas. He querido comprender á donde iba, cuál era su punto 
de partida, cuál la parte sólida do la argumentación de su 
discurso. Dado su punto de paiHiida, el problema que debió 
haberse propuesto era i de qué modo deben resolveree las 
grandes cuestiones que han nacido de la revolución ai^enti- 
naf— Yo digo con Guizot, que es uno de sus apóstoles, que 
los principios que cierran las revoluciones son los mismos 
principios que conservan las sociedades. Entonces el proble- 
ma que vamos á resolver en la cuestión de tierras en este : 
icuál es el medio mejor de salvar todos los intereses sociales 
comprometidos por los autos inmorales de la tiranía en mate- 
ria de premios y donaciones de tieiTas, hiriendo al menor nú- 
mero de intereses públicost 

La solución que presenta la Comisión de Hacienda es sin 
duda generosa, y con alguna."? adiciones que. propondré opor- 



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14H ARENGAS 

tunamente lo será mucho más; de modo que resolviendo 
todas las cuestiones peudieiites sobro tierras, pacifique los 
intereses, haga cosur la? alarmas, como lo dije ya, y sal- 
vo todos los principios sociales que no pueden ni deben 
ser inmolados á la codicia do unos cuantos, y digo principios 
sociales, porque la ley tioue para mí mus alcance social que 
político. 

Ahora voy á la parto sólida del discurso del señor dipu- 
tado, para ver cual es el contingente de hechos ó de ideas 
que ha traído á la discusión para resolver con nosotros el 
arduo problema que nos ocupa. Él ha enunciado algunos 
principios pero los ha lanzado en el curso del debate, huér- 
fanos, por decirlo así, sin sacar do ellos ninguna consecuencia 
positiva, sin buscar la verdad práctica que nosotros busca- 
mos, no animados de pasiones rencorosas y vengativas, como 
él lo supone, sino inflamados pop el amor do la justicia y con 
el corazón en la mano. Él se ha limitado á proclamar al 
pueblo, á rechazarlo todo, y á negarlo todo. Las negaciones 
que no traen nuevas verdades al debate; las dudas que no 
resuelven cosas positivas ; los principios invocados ala ligera 
que no traen fórmulas prácticas que puedan discutirse, no dan 
otro resultado sino esterilizarlo todo, enceguecer at pueblo con 
resplandores intermitentes, para dejarlo después en las tinie- 
blas sin luz alguna que lo guíe. 

Me contraeré sin embargo á examinar los dos 6 tres princi- 
pios de alguna solidez con que el señor diputado ha reforzado 
su argumentación. 

El primer argumento que ha lanzado á ta discusión en tér- 
minos vagos y generales, ha sido el de la propiedad, dando 
por hecho sin probarlo, que esta ley es un ataque á la pro- 
piedad garantida por la Constitución. Pero, señor 4)residen te, 
¡de qué propiedad se habla? Era preciso demostrar pri- 
mero que en la tierra que premió los servicios á la tiranía 
era una propiedad legitima la que se atacaba. La ley, la 
moral, la ciencia económica, no reconoce otra propiedad que 
la adquirida por ol trabajo, por la inteligencia del hombre. 
¡Cómo, pues, puede invocarse como titulo de propiedad el bo- 
leto con que se ubicó la tierra adquirida ya por el crimen 
cometido, ya por la sanción dada al crimen, por remachar los 
clavos de un pueblo entero crucificado, ó por la complicidad 
moral en ese sangriento sacrificio? jCómopuede invocarse esta 



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DB BARTOLOMÉ MITHE 149 

como título de dominio! Esto seria colocar á los verdugos más 
un^ba de las víotimas. 

El señor diputado en el. vuelo rápido de su palabra apenas 
ha entrevisto que además del titulo oneroso, hay otro que 
vale tanto como ol que hace las donaciones válidas, por 
cuanto representa trabajo personal, que equivale á plata ; y 
él ha oreído que el proyecto de la Comisión desconocía este 
título. Hablo de la tierra conquistada al desierto, de la 
tierra poblada por el colono, hecho que por sí sólo consti- 
tuye un título válido de propiedad, y que este proyecto no 
viene á destruir. La tierra conquistada por el trabajo del 
hombre, poblada por él en medio del pehgro, es una propie- 
dad que debe ser respetada por todo el mundo. Esa es la 
ley que presidió á la población de toda la América y á la 
fundación de Buenos Aires en la época de la conquista. Es 
la loy por la cual durante la época colonial los reyes por me- 
dio de mercedes repartieron á los pobladores las tierras que 
ocuparon en el vasto territorio qne se estiende háoia la Pam- 
pa. Es el mismo principio que se consigna en las leyes de 
Indias y en el art. 74 do la ordenanza de Intendentes para el 
Río de la Plata; el mismo que en los años 17, 18 y 19, el 
Soberano Congreso y el Supremo Directorio reconocieron, 
acordando la propiedad & los pobladores de la Frontera, y 
declarando que ellos eran los que daban tierras al Estado con- 
qmstándola con su trabajo. Es el mismo sistema que la ley 
del año 30 vino ü sancionar, y que el decreto del año 35 re- 
pitió, y en virtud do lo cual se están extendiendo y se exten- 
derán escrituras de propiedad. ;Cuál es, pues, el título legi- 
timo que esta ley viene á destruir! Absolutamente ninguno: 
lejos de eso, en el artículo 2° dice terminantemente que so 
exceptúan las tierras de que habla la ley del año 30. Quiíiá 
el señor diputado por consultar otros libros no ha hojeado 
un poco el Rejistro Oficial, cuando no recuerda que por la ley 
del año 30 fueron donadas las tierras á los pobladores de la 
Frontera, y ese título será respetado á perpetuidad para él y 
para sus hijos. Así, pues, es incierto que se pretenda des- 
truir ningún título legítimo de propiedad. Ahora, si hay 
algunos intereses que no sean ni de propiedad ni de po- 
sesión legitima, que esta ley venga á destruir, que esos 
intereses ilegítimos sean heridos; que sucumban, que se 
inmolen, si no se pueden salvar de otro modo los grandes 



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150 ARENGAS 

intereses sociales, que valen más que todo, y que no pueden 
ponerse en balanza oon el egoísmo de unos cuantos que lo 
resistan. 

Al enunciar el principio de propiedad bajo dos faces en 
cierto modo abstractas, puesto que no les ha dado aplicación, 
ha tocado incidentalmente un punto en que se ha acercada 
un poco á la solución práctica de la cuestión; pero sin en- 
tender las leyes anteriores sobre tierras públicas, y enten- 
diendo mat la que se discute. Me refiero al caso en que los 
enStéutas son terceros poseedores. £l ha supuesto que la 
nueva ley viene á despojarlos délo que llama un derecho, 
y se ha equivocado, lo que prueba que no la ha estudia- 
do bien. 

£1 señor Frías. — Me parece que es el señor Ministro el 
que no me ha comprendido bien : do he dicho que la ley 
actual hiera álos enfitéutas. Hablando de los boletos de san- 
gre he dicho que atacó la propiedad cuando no se respetaron 

las enagenaciones que habían hecho los enfitéutas. 

El señor Ministro de Gobierno. — Está olvidado el señor 
diputado ; su memoria ha sido frágil en este punto. £¡1 no re- 
cuerda que sólo se exceptuaron de la ley aquellos terrenos 
cuya ubicación se había pedido con boletos de sangre ; pero 
no álos que se hubiesen ubicado ya, lo que es muy distinto; 
y respecto de los enfitéutas que fueron obligados á ubicarse 
por la ley del año 38, llevó la ley su generosidad, siempre te- 
niendo en vista herir los menos intereses posibles, hasta de^ 
clarar como válidas las escrituras no firmadas por el Goberna- 
dor de la Provincia con tal que constasen en el Registro de 



Este proyecto va más adelante puesto que reconoce al 
tercer poseedor con boletos de sangre, sin reconocer sin em- 
bargo el premio en el primitivo donatario. Esto no tiene 
otro objeto que condenar el premio que la tiranía dio á sus 
servidores en pago de la sangre do sus hermanos, y á cuen- 
ta de los infortunios y de las torturas del pueblo esclavi- 
zado. Las tierras originariamente ubicadas oon esos bole- 
tos his respeta sin embargo este proyecto en los terceros 
poseedores, que adquirieron de buena fe, hayan sido ó nó 
enfitéutas ; pero no es tercer poseedor el enfitéuta en quién 
concurriendo la calidad de agraciado con los premios de 



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DE BARTOLOMÉ MITItE 151 

sangre, se ubicó en el terreno que poseía en eufitéusia 
y sólo es válida la enagenación que de él pueda haber 
hecho, quedando responsable por el precio de la cosa 
vendida. 

Me parece que ahora verá más claro el señor diputado en 
esta ley. 



Setiembre 10 de 1857. 

El señor Milfc. — Señor Presidente : para los quo se oponen 
á este proyecto ha llegado la ocasión de demostrar en la discu- 
sión en particular, que la Comisión ha introducido en él tantos 
errores, cuantos artículos tiene, según lo han aseverado ; pero 
también ha llegado para la Comisión el caso de demostrar que 
en todas las innovaciones que ha introducido, ha procedido con 
plena conciencia de lo que hacía, arreglándose á principios de 
equidad y justicia, consultando siempre los antecedentes le- 
gislativos sobro la materia y los intereses bien entendidos 
del país. ■ 

La C. de H. ha tomado una base, un punto do partida, 
base y punto de partida, que los mismos señores que so opo- 
nen al proyecto aceptan y no pueden menos de aceptar. Lo 
primero que la Comisión se ha preguntado es j cuál es el 
sistema que conviene que rija respecto de la tierra púbhca, 
cuál es el que Hje por las leyes quo se han sancionado t y ha 
encontrado que la tendencia del país es la enagenación de 
las tierras, como medio de poblarse, de extenderse, de en- 
riquecerse y radicar la población, porque una larga expe- 
riencia, (y no se necesita acumular pruebas para esto), ha 
demostrado que no es por el enfitéusis que se engrandece 
un país porque él mantiene la despoblación y está calcu- 
lado para aumentar más el número de las bestias que el de los 
hombres. 

Consultando los antecedentes legislativos del país, la C. 
no ha encontrado precedente del sistema enfitéutico en las 
leyes anteriores á la revolución ; no lo ha encontrado tampoco 
hasta el año 20, porque por distintos modos, ( que conocen 
muy bien los abogados que han estudiado las leyes), y quo 



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152 ABEN0A8 

es escusado mencionar en eate momento, se daban en pro- 
piedad las tierras públicas. Cuando se instaló el año 21 el 
Gobierno Provincial, ó más bien desde el año 17, puede de- 
cirse que empozó íi modificarse la legislación patria respect» 
do tierras públicas ; aunque sólo fué desdo ei año 21, que es 
desdo cuando pnede decirse empezó á regir un verdadera 
sistema sobre tierras públicas. El Gobierno Provincial de 
don Martín Rodríguez empozó por reconocer el sistema de 
enagenación de tierras que había decretado el Congreso en 1817. 
La C. de H. observó que siempre que predominaba el sis- 
tema de la venta de tierras, se observaba simultáneamente 
el del arriendo; 7 que se prohibía la de tierras á medida que 
Be establecía el sistema de en6téusis. Así es, que por la ley 
de crédito público del año 21, bajo la baso del sistema de 
la venta de tierras, estableció que el producto de todas las 
tierras se aplicase á los fondos amortizables, Pero como 
observó el miembro informante de la Comisión, en la noche 
antorior, la facultad que tenía el Gobierno de adjudicar las 
tierras á los particulares, había introducido inmensos abusos, 
y entonces la administración del año 21, conoció que el único 
medio do contenerlos era prohibir absolutamente la eni^e- 
nación de tierras. De modo que la prohibición de la enage- 
nación de tierras, fué el precedente de la ley de enfitéusis. 
En 1826 por un decreto gubernativo, no por una ley, como 
se dijo equivocadamente, se estableció el sistema de enfitéusis, 
en un decreto firmado por el señor Rivadavia. Sucesiva- 
mente se fué extendiendo el enfitéusis á todos los terrenq^ públi- 
cos; se extendió en seguida 4 los bienes do las corporaciones, 
en arriendo; á los terrenos de pan llevar; 4 las suertes de cha- 
cras, de los égidos de tos pueblos de campaña, y sólo ser 
várenlos solares de los pueblos de campana que oontinuaroa 
dándose por donaciones. 

Como se vé, toda nuestra legislación del enfitéusis está 
acompañada siempre de la prohibición de enageuar las tierras 
públicas. 

Así pues, la C. de H. para ser lógica, desde que aceptaba 
el principio de que lo conveniente érala enagenación de tierras, 
ha debido abolir y condenar el enfitéusis, y adoptar eí siste- 
ma del arriendo que es el que está en armonía con el de 
enagenación. 

Uno de los señores diputados, que más atacó la otra noche 



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DB BARTOLOUÉ UITRB 153 

el proyecto, ha establecido perfectameate las diferencias 
que hay entre el sistema de arriendo y el de enfitéuBÍs, pero no 
ha probado por qué es mejor el del enfítéusis que el del 
aiTÍendo; y al mismo tiempo ha reconocido que lo que máa 
conviene al país, es la enagenación gradual y sucesiva de 
la tierra. 

Adoptando pues esta base, en la que todos estamos con- 
formes, la C. de H. ha creído que lo que más conviene es 
el sistema de arriendo, porque hay otra diferencia capital, 
que no indicó el señor diputado que hizo oposición la otra 
noche, entre el enfítéusis y el arriendo, y es que el oánon 
que se paga por enfitéusis es & titulo de dueño del domi- 
nio útil de la tierra, y lo que se paga por arriendo es reco- 
nociendo siempi-e que la tierra tiene otro dueño. Así pues, 
esta cUnsula de reconocer siempre que tiene otro dueño es 
lo que facilita la enagenación; y es esta otra razón que la 
Comisión de Hacienda ha tenido para sustituir el arriendo al 
enfitéusis. 

El señor Tejedor. — Señor: aún sin la provocación de esta 
noche venia dispuesto á mostrar que en todos los artículos 
que la Comisión de Hacienda ha introducido en esta ley, 
ha cometido errores de gravedad. (Combatiendo el artícu- 
lo 1° del proyecto, lo califíca de comunista, estableciendo 
históricamente la superioridad del enfitéusis sobre la pro- 
piedad. ) 

El señor Ministro de Haeicnáa. — Pido la palabra. 

El sefíor Mitre. — Iba á contestar. 

El señor Ministro de Hacienda, — Está bien. 

El señor Mitre. — El señor diputado que acaba de hablar 
arraneando una pluma á la ala del señor Ministro de Ha- 
cienda y otra á la de la Comisión, ha hecho dos artículos: 
nada ha aumentado de nuevo, en esto no hago sino volverle 
la pelota 

El señor Tejedor. — No vengo á inventar sino á atacar. 

El señor Mitre. — Está bien: contesto al ataque. 

Tres puntos capitales del discurso del señor diputado que 
acaba de hablar se han contraído á los fundamentos que 



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154 ABENGAS 

yo di para sostener el articnlo 1<*. Uno es el comunismo 
de la C. de H.; otro es el gran tópico de log grandes propie- 
tarios, y por último el paralelo que ha hecho entre el enfiténsis 
y la pi-opiedad. Yo diré, señor Presidente, que no puede ocul- 
tarse á la Cámara que la C. de H. está aquí abogando por 
el principio de la propiedad, que quiere que todo el mundo sea 
propietario y que la legislación ponga las menos trabas po- 
sibles á la enagenación de las tierras para que todo el mun- 
do pueda adquirirlas y hacerlas prosperar. Esto es lo que se 
llama ser conservador por excelencia y estar por el sistema de 
la propiedad. 

Los que sostienen el enEtéusis son precisamente los que 
entran en las ideas del comunismo sin sospechar^ tal vez no 
habrán leído las obras de los comunistas, pero están perfec- 
tamente de acuerdo con ellos. Una de las grandes cuestio- 
nes que ha suscitado el comunismo, es la de la propiedad 
délas tierras, y los comunistas handicboMa propiedades 
un robo, el mal grande de las sociedades modernas está en 
entregar la propiedad pública al dominio privado; la propie- 
dad de la tierra no debieran darla los gobiernos, dicen ellos, 
sino conservarla parala comodidad y uso común délos ciu- 
dadanos. Pues bien, esto es lo que representa el enfitéusis, 
y esto es lo que sostienen los que atacan el proyecto de 
la Comisión. Aiora yo pregunto, jquiénos son los comunis- 
tas! No pueden serlo de cierto los que quieren convertir á 
todos en propietarios de la tierra : esto no necesita demostrarse 
para que se palpe. 

El señor 2'ejedor. — Por el arriendo no se hace un hombre pi-o 
pietmo. 

El señor Mitre. — Por el arriendo vamos á la enagena- 
ción, y la enagenación dá la propiedad, esto es lo quo yo 
digo. 

Abora por lo que respecta á los grandes propietarios, el se- 
ñor diputado ha citado un hecho que me sirve de punto de 
apoyo para rebatir el paralelo que ha hecho entre el enfitéusis y 
el arriendo. En este país, ha dicho, no hay sino los Anohore- 
nas que tienen en enñtéusis 140 legaas en un sólo punto; 
yo digo quo son 154, porque eran 13 áreas de terrenos, cada 
una de 12 leguas, áreas do terrenos que los señores del dominio 
útil, los enfitéutas, nunca usaron por sí sino que subarrendaron, 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 155 

y que hasta el año 51, estuvieron percibiendo 12 mil pesos por 
legua cuadrada. Digo esto simplemente para aclarar este he- 
cho del señor diputado. 

Yo le probaré ahora que allí hasta donde hemos ido con 
la bandera del enütéusis, hemos retrocedido vencidos por la 
barbarie, y que la linea de frontera sólo se ha mantenido fir- 
me hasta allí á donde se llevó la propiedad. Desafío al se- 
ñor diputado ¿ que me diga si más allá do la zona que abraza 
la propiedad, ha dado la civilización y la riqueza un sólo 
paso. Cuando don Martín Rodríguez pobló el Tandil no fué 
rigiendo la ley del enfitéusis, sino rigiendo la ley de propie- 
dad, la ley que había dado el Congreso del año 17 cuando 
fué consultado por el P. E. diciéndole que el medio pomoroso 
de darla tierra no convenía, y que debía darse otro aliciente 
á los pobladores, y entonces el Congreso autorizó al directono 
para dar en propiedad las tierras. Bajo esta ley se pobló el 
Tandil y de allí no se ha movido la línea do fronteras. En- 
tretanto, desde allí que fné la base de operaciones, el enfitéu- 
sis la desenvolvió exageradamente hasta Bahía Blanca, y tuvo 
que retroceder vencido á guarecerse detrás de las lineas de 
la propiedad ; porque el enfítéasia como sistema de coloniza- 
oión es ei sistema más vicioso que hay y con pocas palabras 
queda demostrado. El sistema de propiedad obliga al hom- 
bro á circunscribirse á aquella ostensión de tierra que puede 
cuidar; pero el enfitéusis convida á exagerar las dimensio- 
nes del terreno, y forma una población dispersa, cosa que 
no es una novedad, porque ya lo espuso el señor Azara en 
el siglo pasado. Mientras tanto la propiedad forma las únicas 
poblaciones concentradas, las únicas que pueden apoyarse, y 
oponer resistencia á los embates de los indios en el desierto y 
anima á conquistarlo con la seguridad de no abandonarlo, lo que 
no sucedo en el enfitéusis. 

Estos dos puntos que quería contestar, los he probado suñ- 
cientemente para que se puedan palpar. 



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PENSIONES MILITARES 



DISCURSOS 

PROMÜHCIADOe COMO M 



Agosto do 1S96. 

El señor Ministro de la Giíerra.— El Gobierno, de algún 
tiempo í estA parte, ha suprimido gran tiúmoro de pensioues, 
pero ninguna declarada con aiTeglo á las leyes vigentes, y sí, 
sólo aquellas que kabian sido otorgadas por crímenes como 
premio ü criminales ; por ejemplo, al que cortó la cabeza á 
Zelarrayán. Esto es en cuanto á la cuestión preliminar. 
Entrando un poco al fondo de la cuestión, ha dicho muy 
bien el señor diputado que habló antes, que estos casos es- 
tán previstos en la Ordenanza, porque se requiere para optar 
i todos loa premios, servicios efectivos en el ejército, etc., y 
todos los que reúnan estas condiciones serán incluidos en la 
ley de pensiones. Puede haber individuos sobre los que la 
opinión pública haga graves inculpaciones; puede haber 
alguno que se haya manchado con crímenes durante las 
guerras civiles ; pero á este respecto no se ha determinado 
cual es el tribunal que los ha de juzgar. El Gobierno 
bien desearía qae lo fuesen. Á este respecto interrogaré á 
mi vez al señor diputado : el gefe que durante las guerras 
que nos han dividido hubiese degollado enemigos capitulados 



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DE BABTOIX)UÉ MITBE 157 

{deberá tener ó nó pensión con arreglo á esta ley t jEs ó nó 
criminal T 

El señor Elieátde. — Es criminal, y diré precisamente que ese 
gefe que ha degollado á un prisionero 

El se^r Ministro de ia Guerra. — jTouál es el tribunal que 
lo juzga T 

El señor EUzalde. — El artículo declara y dice : á menos jmc 
no justifique su inocencia. Cuando se presente pidiendo pen- 
sión uno de estos individuos, el gobierno puede tener 
conocimiento de ello ; le exigirá entonces qne justiBque su 
inocencia. 

El señor Ministro de la Guerra. — Muy bien. Pues yo digo 
que si para apreciar y castigar tales crímenes no ba de ha- 
ber otro tnbunül qne el que se indica, tales crímenes que- 
darán impunes. Es imposible la apreciación desde que sal- 
gamos de las vías legales, porque el procedimiento no podrá 
menos que ser arbitrario, ó lo que es lo mismo, porque tal 
ley no daría al Gobierno la fuerza qne sería necesaria para 
llevarla á ejecución, y por el contrario, debilitaria su acción. 
Sin necesidad de facultades extraordinarias como las que 
quieren dársele, ba hecho ya mucho en el sentido que se de- 
sea, y tiene los medios de hacer aún mucho más, siendo por lo 
tanto inútil ampliar las facultades que por el proyecto en dis- 
ensión se le conceden. 

Contrayéndome á la interpelación directa que ha formulado 
el señor diputado, le diré : que no es cierto que el Gobierno 
haya suspendido pensiones por el sólo hecho de haber sido 
concedidas durante la época de la dictadura, ni las que te- 
nían su origen en servicios públicos, prestados durante 
esa misma época. Lo que el Gobierno ha hecho, ha sido sus- 
pender todas las pensiones otorgadas, contra el texto ex- 
preso de la ley vigente, durante la época de la dictadura, ó 
las que tenían su origen en crímenes cometidos durante 
ese período, y recompensados como servicios públicos. Ha- 
ce como tres años que el Gobierno se ocupa de esta re- 
forma, y puedo asegurar á la Asamblea que, al presente, 
no se paga ninguna pensión de origen impuro, pues todas 
las que se hallaban en este caso han sido eliminadas de 
la lista de pensionistas, y entre otras muchas, la de la 



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158 ARENQA8 

TÍudef del que cortó la cabeza á Zelarrayáu. Á este res- 
pecto puede estar tranquila la Asamblea, como lo puede 
estar de que si en adelante se presentasen casos análogos, 
el Gobierno se congideroría suficientemente autorizado para 
excluir del goce de la ley de pensiones á los militares man- 
chados con crímenes, á lo que por otra parte proveen las 
leyes militares que nos rigen, como se ha dicho muy bien 
por otro señor diputado, lo que hace imposible que se puedan 
conceder premios á los criminales como se teme, porque 
el crimen conocido implica la pérdida de la calidad que dá 
derecho á la pensión. Esto por lo que respecta á lo fu- 
turo, que por lo que respecta á lo pasado, manifestaré cuáles 
son las ideas del Gobierno respecto de la ley que se dis- 
cute, y con este motivo contestaré de paso aJ señor dipu- 
tado que habló antes. 

El Gobierno piensa que esta ley debe ser considerada 
con elevación, penetrándose de un espíritu noble y gene- 
roso, para que produzca los bienes que de ella se esperan, 
sin agravar los males, como lo deseamos, y que es nuestro 
deber aliviar. Esta es la herencia que nos han legado los 
largos infortunios porque hemos pasado. El Gobierno piensa 
que esta es una ley de reparación, de consuelo, de justicia 
equitativa; una ley para la viuda, para el huérfana, para 
el inválido, para todos los desgraciados, en nna palabra; 
ley de premios sí se quiere para los servicios prestados al 
país, y que el país ha reconocido como públicos, cualquiera 
que sea la bandera bajo la cual hayan combatido los agra- 
ciados. No cree el Gobierno que con este motivo deban 
decretarse penas á la posteridad de los muertos, ni le- 
vantar con mano despiadada el trapo sangriento que cubre 
tantos cadáveres que yacen en los campos do batalla de 
las guen-as civiles que nos han desgarrado. No es osta 
la oportunidad, ni hay en ello ningún objeto serio y útil. 
Yo participo de los nobles sentimientos que han impul- 
sado al señor diputado á proponer su adición, y desearía 
que la justicia humana tuviera su cumplimiento sobre la 
tierra, en presencia de la generación que ha sido testigo 
de tantos crímenes ; pero pienso que esa justicia debe cum- 
plirse con arreglo á la ioy, y por el camino que ella señala, 
no por otro, porque esto sería estravlamos para proceder 
«1 acaso. Si hay oriminalee, que se juzguen y se conde- 



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DE BARTOLOMÉ MITRK 159 

nen con arreglo á las lej'es ; no pido ni deseo otra coea ; 
pero dígase antes que orimenes son los que deben juzgarse, 
á que tribunales han de ser sometidos esos criminales de 
que se habla. Si se habla de crímenes ordinarios, nada 
hay que establecer para el efecto de la privación de las pen- 
siones, y ya he dicho que las que teuian este origeu han sido 
suprimidas. Ahora, si se habla de los crímenes cometidos 
durante las guerras civiles por militares pertenecientes á 
los ejércitos de la dictadura, crímenes que el señor dipu- 
tado ha calificado de políticos, yo diré que en la guerra á 
muerte que se han hecho los partidos entre nosotros, ellos 
son considerados como hostilidades que han tenido lugar 
durante la lucha feroz y encarnizada porque ha pasado 
nuestro país y que no pneden ni deben ser castigados hoy 
que nos hallamos en paz. Si entre esos criinenes hay al- 
gunos que deban ser considerados como ordinarios, por 
cuanto han rebajado al soldado at nivel del asesino, nada 
mas natural que la justicia siga SU curso y alcance a 
minal, y que si se halla fuera de SQ acción, que el 
tema público lo persiga. Para todo esto no veo que sea ne- 
cesario, ni conveniente, traer nuestras pasiones de partido, 
por noble que sea el móvil que los agita, á una ley que, 
como he dicho ya, debe ser ley de reparación y de 
suelo, que cure las heridas en vez de abrirlas. 

Con este motivo diré algo sobre el espíritu que debe 
presidir á la confección de esta ley, si ella ha de ser de 
reparación, como el Gobierno lo desea, y esto hace que 
me felicite de que ella haya venido á la Asamblea Gene- 
ral para poder introducir en ella una reforma importante 
que servirá al objeto que se tiene en vista mejor que la 
adición que se ha propuesto. Me refiero al artículo de este 
proyecto por el cual se computan en uno cada dos años 
de servicios prestados por los antiguos servidores de la 
patria en los ejércitos argentinos que han combatido por 
la libertad. Esto si que es una inmoralidad, esto sí 
que es desconocer los generosos sacrificios de los que de- 
sinteresadamente se han consagrado á la defensa de una 
noble causa y han sucumbido por ella, legando á sus fa- 
milias la miseria. A los que han servido en los ejércitos 
de la dictadura se les reconoce año por año todo el tiempo 
do servicio para el efecto de las pensiones, y á los que 



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«ü- 



han servido en los ejércitos libertadores sólo se les tiene 
en cuenta dos años por uno, como si los servicios valieran 
menos, sin embargo de que se reconoce el méiito de esos 
servicios. En este error, ó más bien en esta injusticia, 
ba incurrido igualmente el Senado y la Cámara de Repre- 
sentantes, por lo que, repito, me felicito de que haya lle- 
gado la ocasión de poder repararla. No sólo por lo que 
respecta al tiempo de servioio queda el militar de Rosas 
de mejor condición que ei soldado desinteresado de la li- 
bertad, sino que le lleva de ventaja la posesión tranqiúla 
de la pensión desde el día en que le fué declarada, mien- 
tras que sólo de esta ley para en adelante empezará la repa- 
ración para el último. Para premiar asi valdría más no pre- 
miar, como para castigar crímenes de la manera que se 
pretende, vale'más no decir nada, y esperar tiempos mejores 
para la justicia distributiva. Yo no pido que so prive de sus 
pensiones á ios militares que las gozan con arreglo á la ley, 
cualquiera qne sea la bandera bajo la cual hayan combatido, 
pero quiero que se establezca una perfecta igualdad entre 
todos, buscando la fusión, nó en las doctrinas opuestas, sino 
en los intereses comunes, en las desgracias comunes, en las 
reparaciones que á todos se deben por igual después d© 
tantos días de infortunios. Tal comprende el Gobierno que 
debe ser el espíritu elevado que presida á la sanción de esta 
ley, y la reforma que ha4)ropuesto la corregirá de la única in- 
moralidad que en ella veo. 



Agosto de 1856. 

El señor Ministro de la Giurra. — Suplico á la Asamblea ten- 
ga muy presente lo que antes dije respecto de la altura á que 
debemos colocamos al considerar la ley que nos ocupa, peue- 
trándonos de su verdadero espírítu. Lo repito : para el Go- 
bierno esta no es una ley de castigo, sino una ley de premio, 
de reparación, de justicia equitativa ; es una ley, no contra 
los criminales, sino para la posteridad de los muertos, que 
yace desvalida ; una ley para los huérfanos, las viudas y los 
inválidos de nuestras pasadas guerras. Cuando hombres como 



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.* 



DE BARTOLOMÉ MITBE 161 

el señor senador que habló antes, ( mi compañero de armas 
en T&rios campos de batalla en que se combatía por la liber- 
tad, ) cuando él, cuando yó ( que sino con tantos títulos 
eomo 6\, me considero con algunos para hablar á nombre de 
los hombres y de las cosas de la causa de la libertad, ) cuan- 
do ambos con la mano puesta sobre la conciencia y abdicando 
las pasiones generosas de partido que nos animan nos presen- 
tamos desarmados paj-a abogar por los intereses de la dea- 
gracia, sacñfícándoles sentimientos de otro orden, creo que 
nuestra voz debe ser oida, y creo también que representamos 
mejor esos sagrados intereses, que pido no se olviden ni jior 
un momento. 

No se trata aquí de premiar la virtud, considerada esta 
bajo el punto de vista moral, ni de castigar el crimen, ni 
de definir lo que es crimen ; de lo que se trata es de am- 
parar las familia<í de los muertos por la libertad, de reparar 
los males de las guerras civiles, de premiar los servicios he- 
chos al pfds, de consagrar loa derechos que tengan sus ser- 
vidores para ser atendidos con pensiones ellos y sus familias. 
La moral de esta ley no consiste en anatematizar con pala- 
bras el crimen, para capitular cobardemente con él en los 
hechos, ni en señalar penas, ñi en establecer preferencias, sino 
como lo dije antes, en establecer la igualdad entre todos los 
desgraciados por lo que respecta á lo pasado, y entre los bue- 
nos servidores del país, por lo que respecta al por\'enir. To- 
do lo que sea sacar la ley de esos limites es desvirtuarla, es 
desnaturalizarla, es olvidarnos del sagrado deber que nos 
está encomendado, sirviendo mal los altos intereses que 
representamos. Por todo esto rechazo los dos artículos quo 
se han propuesto, en su forma y en su fondo, y voy á eon- 
. traerme á ellos. 

El primer artículo que se ha presentado es una ley bárbara 
y tiránica, digna del sistema que se pretende condenar, es nada 
menos que la ley de los sospechosos de la revolución francesa. 
Con ella se arma al Poder Ejecutivo de una terrible y peli- 
grosa arma, y tanto más terrible y peligrosa cnanto más vaga 
es su redacción. Por ese artículo se establece que todos 
los que se hallen manchados por crímenes (sin decir qué se 
entiende por Crímenes) sean excluidos del goce de los de- 
rechos que la ley de pensiones acuerda á los demás, bas- 
tondo para esto quo la opinión los acuse, siendo el Poder 



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1G2 ARENGAS 

Ejecutivo el intérprete Je esa opiaióii, y al mismo tiompo el 
juez que castigue sin forma de juicio, ya sea excluyendo, 
ya sea estigmatizando. Si no se. ha de imponer míís castigo 
que este, si no se tiene el poder ó la voluntad decidida de cas- 
tigarlo, vale tanto ó menos que dejarlo impune. Ya he 
manifestado que al caso de las exclusiones provee la ley 
misma por las condiciones que exige, y que por nuestras 
leyes militares no es posible que puedan optar á tales pre- 
mios los militares manchados con delitos, si por delito se 
ha de entender el que declaren tal los tribunales competen- 
tes* cou arreglo alas leyes. Si son criminales, que la ley 
los juzgue y que ella los castigue; para eso hay leyes y 
hay jueces, pero no vengamos á librar la apreciación del 
crimen á la arbitrariedad, porque esto es sancionar el crimen 
mismo como principio de gobierno. Este artículo es inad- 
misible. 

El otro artículo que se ha presentado en reemplazo parece 
más y es menos, porque en definitiva no importa nada, sino 
como lo dije antes, estigmatizar con una mano al crimen y 
premiarlo con la otra, sin salvar por consecuencia ni el prin- 
cipio que se pretende salvar. Por ese artículo se deSne lo 
que constituye el crimen, y se excluye á los criminales del 
goce de la ley, sin embargo de que la ley deja abiertas las 
puertas, no para la rehabilitación moral, sino para evadir la 
misma prescripción, cuya conveniencia y moralidad se sostiene. 
Quedan excluidos, se dice, los ma-shorqueros, los asesinos, 
los tránsfugas, etc., á menos que al presente no pasen, ó en 
adelante no pasaren revista en el ejército. ¡Qué significa 
esto? Lo he dicho ya: capitular cobarde y vergonzosamente 
con el crimen, estendiéndole la mano que no se atreve á le- 
vantarse para el castigo. Si hay criminales, que se juzguen, 
qne se condenen, que se castiguen, naila más conveniente, 
nada más moral ; pero este resultado no se obtiene con tér- 
minos medios y si no hay fuerza ni voluntad para hacerlo, 
ni esa voluntad, ni esa fuerza se inocula por leyes ilusorias 
que afectando castigar llevan en sí mismas la inmoralidad quo 
autoriza el crimen. No hay términos medios cuando se tra- 
ta de leyes que se refieren a crímenes y criminales ; se es- 
tigmatiza y se castiga como se debe, ó sino se piiede casti- 
gar más bien no se transije con él, más bien no se pone en 
tortura la conciencia para producir palabras que dejen sub- 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 163 

sífitentes los hechos. Ln condenación moral se basca por 
otros medios y por otros caminos; por la opinión, por la con- 
ciencia pública, por el sentimiento elevado de la virtud, por 
el horror al crimen. Esa es la condenación que debemos 
buscar para los hombres manchados á quienes no ha alcan- 
zado ó no alcanza la vara de la justicia, ese es el resultado 
á que debemos aspirar nosotros los hombres de principios 
y de libertad. Y si la disposición que se pretendo agregar 
á la ley de pensiones, tuviese más alcance del que real- 
mente tiene y aún así como se presenta, admitido el sig- 
nificado político que se le dá, yo diría que ella no encon- 
traría una conciencia pública bastante robusta on que 
apoyarse, parque ocharía sobre sus hombros un peso superior 
á sus fuerzas. 

Esa conciencia no se forma en un día, y el medio más eti- 
caz para fortalecerla es no capitular nunca con lo malo, cuando 
otra cosa no se puede hacer: las leyes que pretenden anti- 
ciparse á ella haciendo concesiones vergonzosas, al paso que 
afectan salvar pnncipios, no hacen sino desmoralizar, y esto 
es lo que debe evitarse. La verdad es que esa conciencia pú- 
blica no es bastante fuerte todavía, que no tiene vigor para 
estigmatizar sus concesiones, que no se atreve k sacar las 
consecuencias lógicas de los pnncipios proclamados, y que la 
sociedad, lo mismo que el Gobierno, no tiene poder para ir 
más allá, de donde la ley misma no se atreve á pasar. La 
prueba de esto es que el mismo señor senador, autor de la 
adición, al paso que proclama una regla general, la destruye 
y la hace desaparecer inmediatamente por medio de excep- 
ciones, capitulando con lo que él mismo llamó antes crimen 
con toda la energía de sus convicciones. Contradicción que 
tiene por origen el que, él mismo reconoce que no hay esa 
conciencia preparada para recibir la ley, y que siendo impo- 
sible en la práctica se contenta con una prescripción ilusoria, 
que revela la impotencia del que la dicta. Nosotros los 
hombres de libertad y de principios procuramos establecer la 
base que falta á leyes de esta naturaleza, para hacer inútiles 
estas condenaciones morales que no pueden sor complet-as sino 
por el anatema de la conciencia pública. Por otra parte, des- 
conozco el derecho que tengamos como partido, no diré á dic- 
tar leyes políticas, sino A dictar leyes re\-olucionaria3 á título 
de vencedores. 



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164 ARENGAS 

Debe decirse, porque esta es la verdad, que los que hemos 
combatido por tantos unos la tiranía de Rosas, los que he- 
mos tenido la gloria de sostener los principios que forman 
nuestra política, no somos los que hemos coronado el triunfo, 
no somos los que hemos derribado á Rosas con el impulso 
de nuestras armas, derrotadas en varios campos; que ese 
triunfo puramente material ha sido debido al concurso de 
fuerzas y circunstancias, sino del todo estraños, por lo me- 
nos que no nos pertenecían exclusivamente. Nuestros princi- 
pios han sido mñs fuertes que nuestras armas : ellos son los 
que en definitiva han triunfado. Nuestros piincipios, nues- 
tras ideas, son las que dominau, las que rijen el Estado, las 
únicas que tienen porvenir, y debemos contentarnos con la glo- 
ria de este triunfo moral, porque el triunfo material no nos ha- 
bría dado más. 

Los que dicen que la raíz genealógica de nuestras institu- 
ciones tiene su origen en la revolución que derribó á Ro- 
sas, olvidan esto, olvidan que esa revolución no fué termi- 
nada por los esfuerzos exclusivos, de los que por espacio de 
tantos años combatieron con indómita constancia la bárbara 
tiranía de Rosas. La tiranía de Rosas ha sido destruida, su 
sistema está condonado, y nuestros principios son los que 
triunfan portadas partes; este es el honor de los hombres 
de libertjid, pero lo repito, el triunfo material no es su obra 
exclusiva. Ocupémonos ahora de los desgraciados, de los huér- 
fanos, de las viudas y de los inválidos de la guerra, esto es 
más moral que ocuparse de castigos cuando se trata de repara- 
ciones, más moral que capitulai- cobardemente con el crimen 
que se pretende castigar y no se castiga desde e! momento en 
que con una mano se rechaza y con la otra se le atrae, con una 
mano se le señala la puerta por donde se arroja al que se lla- 
ma crim¡nal,y con otra se le abre la puerta por donde entrará 
puro y sin mancha, sin salvar siquiera ni la moralidad de los 
principios. 

Para terminar de una vez: pido en nombre del Gobierno, 
que presida á la sanción de esta ley la elevación de ideas 
que corresponde al espíritu generoso que debe penetrarla, y 
que no se olvide de lo que he dicho ya, que es una ley para 
los desvalidos, cuyos intereses no debemos, ni podemos com- 
prometer por cuestiones en que se ajitan más que esos sagra- 
dos intereses, nuestras pafíiones do partido falseadas atpre- 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 165 

tender elevarlas á la categoría de ley; y como hombre de 
partido, ai me es permitido después de hablar como miembro 
de gobierno pido .... lo que he pedido antes, es decir, la igual- 
dad ante la ley. 

Nottí. — Votado el artículo en discusión, resultó negativa de 
treinta y uu voto contra siete. 



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EL ALMIRANTE BROWN 



4 de Marzo de 1857. 

SeÑ'ORES: 

Al inolinarme en nombre del Gobierno del Estado de Bue- 
nos Aires ante los restos mortales del Almirante don Qmller- 
mo Brown, séame permitido evocar un recuerdo dulce y 
melancólico á lü vez. Pronto hará un año, que en una tarde 
apacible del pasado otoño, visitaba al almirante Brown, en 
su risueña morada de Barracas. Es aquél un albergue pinto- 
resoo y tranquilo, donde el audaz maiino reposaba de sus fa- 
tigas en los mares procelosos de la vida. Paseábamos su jardín ■ 
y hablábame él de sus campañas marítimas, de sus árboles 
y de sus flores, de sus compañeros de armas, de los sentimien- 
tos elevados de patriotismo que le animaban, y de las memo- 
rias de su vida, que se ocupaba en escñbtr. Su lenguaje era 
enérgico y sencillo, como lo es siempre el de los hombres que 
han pasado su vida en medio de la acción, y yo le encontra- 
ba la elocuencia de los altos hechos que su presencia hacía 
recordar. Admirando la belleza del paisage que se desenvol- 
vía ante nuestros ojos, me inclinaba con respeto ante aquél 
monumento vivo de nuestras glorias navales, y encontraba 
sublime de niagestad aquella noble figura que se levantaba 
plácida y serena después de tantas borrascas, como la hablan 
agitado. Aquél reposo modesto del que pasó su vida entre 
el estruendo de los cañones, el rumor de las olas y del bra- 
mido délos huracanes; aquél amor candoroso y puro por las 
bellezas de la naturaleza; aquellos trabajos intelectuales, que 
reemplazaban para él los ásperos trabajos de la guerra ; aque- 



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DE BARTOLOMÉ MITRE • 167 

Ha serenidad de alma, sia ostentación, sla amargura y sin 
pretensiones, me revelaba que tenía delante de mi algo más 
quo un héroe; me revelaba que el Almirante era uq corazón 
generoso, una alma formada para amar y comprender lo bello 
y lo bueno, y digna do atraer sobre su cabeza laureada las 
bendiciones del cielo á la par que la admiración y las ben- 
diciones de la humanidad. Pocos días después el almirante 
Brown mo enviaba sus memorias, con una carta en que 
me decía con el poeta : — - Quiero acabar ese trabajo antes 
de emprender el gran viaje hacia los sombríos mares de la 
muerte. " 

Ya emprendió, señores, ese viaje ; á estas horas reposará tran- 
quilo en el puerto de la eternidad. Su alma ha volado al seno 
de la divinidad, mientras que su cadáver yace tendido en esta 
estéril playa de la vida, como ropage abandonado del espíritu 
inmortal que lo animaba. 

Veneremos, señores, esos despojos, porque en ese cráneo he- 
lado por la muerto está incrustada la corona naval de la Repú- 
blica Argentina, y porque en el breve espacio que ellos ocupan 
se encierran todas nue.stras glorías marítimas. 

Brówn en la vida, de pie sobre la popa de subagel, valia para 
nosotros una flota. 

Bi-own en el sepulcro, simboliza oon su nombre todo nues- 
tra historia naval. 

Él con su sólo genio, con su audacia, con su inteligen- 
cia guerrera, con su infatigable perseverancia, nos ha le- 
gado la más brillante historia naval de la América del 
Sur, 

Nada nos llamaba á ser una potencia marítima, ni nadie 
pudo preveer en los primeros días de la revolución, que el 
pabellón que tremolaba victorioso en la cima de los Andes, 
pudiera algún día tremolar triunfante sobre las olas agitadas 
del océano. 

No teníamos astilleros, ni maderas, ni marineros, ni nues- 
tro carácter nos arrastraba á las aventuras de la mar, ni 
nadie se imaginaba que sin osos elementos pudiéramos 
competir algún día sobre loa aguas, con potencias maríti- 
mas que enarbolaban en bosques de mástiles centenares de ga- 
llardetes. 
Ese prodijio lo realizó el almirante Brown en los momentos 



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de mayor conflicto, en las dos grandes guerras nacionales qno 
b& sostenido la República Ai^entina. 

El primer armamento naval que ensayó la Junta Eevolucio- 
naria, se había sepultado en las aguas del Paraná bajo el fuego 
de las naves españolas. 

Nuestras costas indefensas, y hasta la misma ciudad de 
Buenos Aires estaba á merced de las ataques de la marina de 
Montevideo. 

Fué entonces que el joven Brown armó en el puerto de Bue- 
nos Aires tres buques de guerra, igual número que el que 
armó Colón para descubrir un nuevo mundo. La empresa sino 
tan grande, no era menos ardua, ni requeiia menor fuerza de 
voluntad. 

Los españoles contemplaron cou la sonrisa del desprecio 
aquél pobre armamento. Pocos meses después la escuadra 
independiente rendia á Martín tiarcía, dividiendo la escuadra 
española; bloqueaba en el Uruguay au escuadrilla sutil, y apri- 
sionaba toda la Armada del Rey de España frente á los ma- 
ros de la ciudad de Montevideo, que á consecuencia de este 
triunfo abria sus ferradas puertas á la revolución triunfante. 
Fué entonces que el almirante Brown, herido por una bala de 
cañón, daba sus órdenes en medio del combate, tendido sobre 
el puente del Hércules, en cuyo mástil notaba la insignia del 
Comodoro. 

Muy luego vemos á Brown emprender su atrevido crucero 
del Pacífico, obligar á los buques de guerra españoles & 
esconderse en sus puertos al amparo de sus baterías de 
tierra; atacar el Callao y Guayaquil, y cooperar eficazmen- 
te á la expedición gigantesca de San Martín sobre Chile. 
Fué en esta ocasión que habiendo sido tomado su baque 
al abordaje, bajó á la Santa Bárbara con una mecha en 
ima mano y una espada en la otra, amenazando hacerlo 
volar si no suspendían los vencedores la bárbara carnice- 
ria que habíau comenzado. Un hombre sólo llenó de pa- 
vor á los vencedores en medio de sa triunfo, salvando las 
vidas de sus infortunados compañeros de armas, que gra- 
cias á BU presencia de ánimo fueron salvados más tarde del 
cautiverio. 

La tradición popular se ha encargado de perpetuar las haza- 
ñas de Brown durante nuestra guerra con el Brasil, pero la 
historia no ha hecho aún la merecida justicia á sus oombina- 



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DE BARTOLOHE MITBE 16j| 

cáones militares y á la volantad áa ñerro que desplegó al frente 
de las nares de la República en esa lucha desigual, en que su 
actividad suplió al número y su valor á la fuerza respeetira de 
elementos materiales. 

Al encenderse la guerra entre la República Argentina y el 
Imperio del Brasil, hacía flamear éste sobre las aguas los ga- 
llardetes de ochenta buques de guerra, entre los cuales se con- 
taban un navio y nueve fragatas, de los cuales media docena 
solamente montaban más cañones que toda nuestra escuadrilla 
reunida. Dueño el Brasil de la ribera oriental del Plata, do- 
minaba las aguas, interceptando nuestras comunicaciones con 
el ejército republicano; la capital quedaba á merced de su ma- 
rina; el bloqueo de nuestras costas era inminente; la ruina de 
nuestro comercio segura y el bombardeo de Buenos Aires una 
amenaza perpetua. 

Para contrarestar tan formidable poder marítimo y para con- 
jurar tantos peligros, se armaron media docena de buques mer- 
cantes de cruz y 12 cañoneras, enarbolaudo Bro'wn en la capi- 
tana la conocida insignia del antiguo Almirante de la Repúbli- 
ca Ai^entina. 

El nombre de Brown valia por otra escuadra, y después 
del triunfo pudimos repetir con el inspirado vate de nuestros 
triunfos : 



El pabellón celeste y blanco de la República flameó triunfan- 
te en tierra y triunfante en los mares. 

I Quién no conoce las hazañas de Brown y de nuestros intré- 
pidos marinos en la lucha heroica y grandiosa, que forma por 
si BÓla una brillante epopeya nacional! 

En los treinta combates navales que bajo las órdenes de 
Brown tuvo la escuadra Argentina contra la del Brasil, no sólo 
se salvó nuestro decoro y nuestro comercio, sino que también 
cooperó e&oazmente nuestra escuadra al triunfo espléndido 
que coronó las armas republicanas, y A la paz honrosa que se 
firmó después. 

No puedo rememorar en este momento todas las fabulosas 
hazañas del almirante Brown. Todos recuerdan que el es- 
tampido de su cañón en las aguas del Plata, era anuncio de vic- 
toria, y que á la vista de los mástiles de la capitana, la cíu- 



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170 AEEXGAS 

dad de Buenos Aires dormía tranquila bajo la guarda de sa 
almirante, mientras que él velaba sobre el puente de su bajel. 
En vano el imperio del Brasil lanzaba poderosas flotas sobre 
nuestro pnorto : sus esfuerzos se estrellaban contra una roca. 
Una vez cuatro buques de cruz y siete cañoneras, rechazan 
del puerto 32 buques de cruz del Imperio, y salvan nuestras 
comunicaciones y transportes cou la Banda Oriental, mon- 
tando el mismo Bron'n una pequeña cañonera con un sólo 
cañón. Otra vez batey rinde en el Juncal una escuadra de 
17 velas brasileras, haciendo arriar bandera á su almirante, 
á quién toma prisionero. En medio de la noche forza otra 
vez el bloqueo y cañonea la línea enemiga con sólo tres bu- 
ques, haciéndoles picar amarras y echando á pique alguno de 
sus buques. Al día siguiente ataca toda la escuadra bra.si- 
lera fuera del puerto, con una fuerza dos veces menor, y 
rodeado y cañoneado el Almirante por 22 buques enemigos^ 
sostiene el más severo y desigual combate que haya tenido 
lugar en el Rio de la Plata: aterra al enemigo, salva á re- 
molque délas cañoneras sn Capitana desmantelada, y el pue- 
blo le recibe en sus brazos como á un triunfador romano, 
arrastrando espontáneamente su coche y haciendo batir me- 
dallas en su honor. Otra vez fuerza o! puerto de la Colonia 
y paraliza las operaciones navales del enemigo. Por últiino, 
después de una serie no interrumpida de triunfos y de haza- 
ñas heroicas, el Almirante, en el Monte-Santiago, con tres 
buques encallados mantiene por el espacio de dos días un 
reñido combate contra 18 buques brasileros, calculados para 
la navegación del Plata, y salva sus bajeles y nuestra glo- 
ria, aunque herido de un metrallazo: y apenas convaleciente 
de su herida, vuelve á escarmentar al enemigo frente á la 
Ensenada. 

Así termina, la vida épica del almirante Brown, en las 
grandes guerras nacionales sostenidas tan dignamente por 
los Argentinos. El resto de su existencia es la consagra- 
ción á la religión sublime del deber, la fidelidad á la vieja 
bandera de su patria adoptiva, el culto del honor militar, 
y la práctica de las virtudes públicas y privadas, que real- 
zaban la magnitud de sus hazañas y la altura moral del héroe 
republicano. 

Al descender al sepulcro, el almirante Brown lleva con- 
sigo la admiración de los patriotas y las simpatías de los 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 171 

buenos, y la mañna argentina queda huérfana del viejo pa- 
dre que la meció al nacer sobre las olas embravecidas del 
PlatA. Í31 Pacífico, el Atlántico, el Uruguay, el Paraná, ei 
Río de la Plata, serán siempre las pajinas inmortales donde se 
leerán sus altos hechos, y mientras flote en sus aguas una cha- 
lupa ó flamee en ellas un gallardete argentino, el nombre de 
BrowD será invocado por todos los marinos, como genio pro- 
tector de nuestros piélagos. 

Si algún día nuevos peligros amenazasen á la patria de los 
argentinos ; si algún día nos viésemos obligados á confiar al 
leño flotante el pabellón de Mayo, el soplo poderoso del viejo 
almirante henchirá nuestras velas, su sombra empuñará el ti- 
món en medio do las tempestades, y su figura guerrera se verá 
de pie sobre las popas de nuestras naves en medio de la huma- 
redadel cañón y la grita del abordaje. 

i Adiós, noble y buen almirante de la patria de los Argenti- 
nos ! Adiós. Las sombras de líosales, de Espora, de Drumond 
y de Buchardo se levantarán para recibirte en la mansión mis- 
teriosa del sepulcro, y mientras ellos te saludan con palmas en 
las manos, el pueblo de Buenos Aires llora la pérdida de su 
ilustro almirante. 



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A LOS RESTOS DE SILVINO OLIVIERI 



SEÑORES: 

Bajo el cielo espléndido quo nos cubre, los compatriotas 
del coronel Silvino Olivieri, se harán por uu momento la ilu- 
sión de que se hallan bajo et risueño cielo déla Italia; y en 
las brisas tibias y perfumadas de esta atmósfera respirarán el 
aire de la lejana patria, el aire de aquella tierra clásica del 
beroismo, de la libertad, del saber y del infortunio, que en- 
gendró á Scipióu, al Dante y á Maquiavelo, donde se meció 
la cuna de Olivieri. Vosotros, italianos, hermanos por origen 
del coronel Olivieri, rocojisteis en vuestro seno las aspiracio- 
nes ardientes de su alma entusiasta y juvenil, que se prepara- 
ba al beroismo en medio de los grandes recuerdos que templan 
los corazones fuertes. Nosotros, más felices y más desgra- 
ciados al mismo tiempo, le recibimos desconocido, le coro- 
namos vencedor, le arrancamos á las masmorras de su pa- 
tria, y boy le lloramos mártir, como á nuestro hermano de 
elección. Por eso podemos decir que esos despojos que 
yacen inanimados, son huesos de nuestros huesos, y que 
la sangre generosa que derramó, era sangre de nuestra 
sangre. 

Era Olivieri uno de los robustos eslabones de la triple car 
dena que liga al nuevo mundo con el antiguo mundo, que se 
manifiesta por la emigración que hoy llega á nuestras playas, 
y que algún día fecundará nuestros desiertas. La emigración 
del trabajo viene á pedir el bienestar á estas regiones 
hospitalarias ; la emigración do las ideas viene á nutrir nuestro 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 173 

espíritu y educar nuestras poblaciones; la emigración del 
sacrificio y de la gloria, la más noble, la más generosa de las 
tros, viene á traemos el contingente de sus simpatías y de su 
sangre, que consagra con abnegación é. la defensa de los 
grandes principios que constituyen nuestro dogma político. 
A esa noble emigración do los hijos del heroísmo y de la 
gloria ; á esa generosa escuela, de que Garíbaldi es la más 
alta manifestación en el Río de la Plata, pertenecía el coronel 
Olivieri. Él fué una de esas brillantes emanaciones de la Ita- 
lia, que suele trasmitimos en el alma de sus hijos, el aliento 
viril de la antigua Roma y el espíritu democrático de las Re- 
públicas de la edad media. 

Descansa en paz, en esta tierra do tu adopción, valiente y 
malogrado coronel Olivieri. La patria que te adoptó por hijo 
t& abrigará cariñosamente con su manto en la mansión helada 
del sepulcro ; te contará en el número de sus valientes solda- 
dos, y esculpirá tu nombre en las tablas eternas de su martiro- 
logio. Al descender al sepulcro, manos amigas se posaron so- 
bre tu cabeza inanimada. 

Otros más felices marcharán algún día tras tus huellas 
sangrientas, en la ardua y arriesgada empresa que habías 
acometido. Tu sombra se levantará entonces del sepulcro 
para guiar á las falanges do la civilización, que imitando tu 
noble ejemplo marchen á conquistar el desierto contra la bar- 
barie. Tu estatua levantada en el sitio donde rendiste noble- 
mente tu vida, será la piedra angular de la colonización en las 
vastas soledades del Sur. 

Adiós, valiente y desgraciado coronel Olivieri. Adiós, herma- 
no de causa y de principios, á cuyo lado combatí. Adiós por 
siempre ! 



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LA CONSCRIPCIÓN MILITAR 



DISCURSO 

PSONITHCIADO EN LA CÁMABA DE REPKESEHTAtlTEB 

Junio 10 de 1857. 

El señor Ministro de Gobierno y el señor Mitre pidón í un tiem- 
po la palabra. 

El señor Mitre. — La pedia con el objeto de rectificar 
hechos hiatóricos, y pediría al señor Ministro me la conce- 
diera. 

El señor Ministro de Gobierno. — Con mucho gusto. 

El señor Mitre (D. Bartolomé.) — Guando nosotros los hom- 
bres prácticos por deber de posición, nosotros á quienes 
el pueblo elige para palpar sus intereses reales y para 
satisfacer prácticamente sus exigencias positivas, nos eleva- 
mos demasiado á las regiones nebulosas de la metafísica, 
corremos riesgo de perder de vista esos intereses y esas nece- 
sidades, y estraviarnos en la inmensidad de las cuestiones abs- 
tractas, como ha sucedido al diputado que me ha precedido en 
la palabra. 

El ha admitido con entusiasmo la base, y lo ha declarado 
un principio democrático, declaración que estoy muy lejos 
de hacer yo, á pesar de haber sido el redactor del proyecto. 
Creo que no es democrático, y que no es el más justo, pero 
que responde á una necesidad sentida por todos. £1 sis- 
tema más justo y equitativo seria aquél que sin perjuicio de 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 175 

tercero, permitiese á cada ciudadano seguir la carrera que más 
le con\nniese. 

No comprendo cómo puedo decirse que el priucipio en 
que se funda el sistema de couscripción es eseocialmente 
democrático, y cómo se sostiene al mismo tiempo y por 
la misma persona, que él es contrario á las democracias, 
donde añade que es antipático y que sólo ha podido esta- 
blecerse en las monarquías absolutas, donde es favorable á 
las tiranías. No sé cómo pueda conciliarse tan evidente con- 
tradicción. 

Pero estas son cuestiones abstractas de metafísica política 
6 de filosofía histórica, que pueden traerse como incidentes 
del debate, pero no subordinando á ellas toda la discusión, ni 
colocándolas en primer término, ni teorizando tanto sobre los 
hechos á riesgo do perder do vista los hechos mismos, que 
son las lumbreras que debemos tooer siempre á la vista para 
no estr a víamos. 

Somos aquí una Asamblea de legisladores y no una Academia 
do filósofos. 

La discusión del principio abstracto en que la ley so funda, 
no conducirá á ningún resultado desde que no se pruebe que 
él os absolutamente malo, y por consecuencia inaplicable para 
obrar el bien que se busca. Los que legislamos en presencia 
de las necesidades de una época y para satisfacer esas ne- 
cesidades no tenemos libertad para elegir teóricamente nues- 
tros temas de discusión : tenemos que responder & exigencias 
más imperiosas y positivas. El principio filosófico de la cons- 
cripción, tomado aisladamente sin relación á tas necesidades 
sociales, seguramente que no es el mejor en abstracto, sin 
embargo de ser justo y equitativo en su aplicación, dadas 
las necesidades sociales. Á pesar de esto, todos los que 
combaten ol proyecto han reconocido la excelencia del prin- 
cipio en teoría, rechazándolo solamente en cuanto á su apU- 
cación, cuando debieran preceder del modo contrario. El 
principio más democrático, como dijo antes, seria aquél que no 
violentase la vocación do ningún ciudadano, dejándole seguir 
libremente la carrera á que más lo llamasen sus inclinacio- 
nes ó que mejor conviniese á sus intereses. El ideal de 
nna nación foliz, sería aquella donde no hubiese que pagar 
contribuciones, sería aquella donde no hubiese guerra, y 
donde por cousecuencÍB no fuesen necesarios los ejércitos 



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Vi& ABBXQAS 

permanentes, ni mucho mónoH leyes coercitivas que repartiesea 
el servicio militar obligatorio, ese servicio que por algunos so 
llama contribución de san^e, y que un diputado llamó la 
otra nocbe deuda de honor qne todo eíudadado debe pagar á 
su patria. 

Pero desde que hay guerra, desde que hay necesidad de 
tener uu ejército, y desde que ese ejército es una insti- 
tución pública y no se puedo formar por los alistamien- 
tos voluntarios, ni por los enganches, ni por los medios 
reconocidos como deficientes i qué es lo que debe hacer- 
se t Tal es la cuestión práctica y palpitante de la actua- 
lidad 

En todas partes del mundo y principalmente en los pueblos 
que carecen de una ley de reclutamiento basada en el sistema 
de conscripción, la experiencia ha enseñado que la voluntad 
individual no respondía á las necesidades públicas, y de aquí 
el derecho do la sociedad de hacer contribuir á todos á 
una oai^a equitativamente repartida entre todos. Entre 
nosotros esa necesidad, esa deficiencia de los medies de 
práctica, se hace sentir más que en ninguna otra parte, 
y por esto debemos contraer nuestra atención para ave- 
riguar si el sistema que se propene es preferible al que exis- 
te, y si él llenará mejor las exigencias que es nuestro deber 
satisfacer. 

Tal es la cuestión práctica. 

E^ta cuestión práctica euyuclve una cuestión de alta mora- 
lidad, de justicia y aún de honor para el pueblo de Buenos 
Aires, que se liga naturalmente con lo que el señor diputado 
que me ha precedido ha dicho sobre los ejercites permanentes 
en nuestro país. 

La cuestión moral es que no deben existir injusticias, ni 
desigualdades. Que si ha de haber ejército y la carga del 
servicio militar para algunos, es necesario que exista igualmen- 
te para todos, y que la ciudad de Buenos Aires á la par de los 
demás ciudadanos del Estado, y principalmente de los pobres 
ciudadanos de la campaña, contribuya á la defensa de lo que 
á todos igualmente interesa defender. Lo contrario es una 
inmoraUdad en un país donde la igualdad es un principio 
fundamental. 

Con ejercites regenerados con ese nuevo elemento, no hay 
temor de que nuestras libertades sucumban. Si ellas han su- 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 177 

camUdo alguna vez en naestro pnís al empaje <Ie tas armas, 
no han sido los ejói'citds permanentes los que las han empu- 
ñado eu esas ocasiones, ni los ejércitos permanentes á la mane- 
ra de los antiguos pretonanos han levantado jamás tiranos sobre 
sus escudos. 

Sigo al señor diputado á quién contesto á su rápida eseur- 
sión por la historia nacional, para sacar do ella un ejemplo y 
una lección que no debemos olvidar, y qiio destruye todo cuanto 
él ha dicho sobre ot particular. 

Á excepción de la revolución de 1828 ejecutada por un ' 
ejército de linea, que por otra parto nos dio por resultado 
un tirano, todas nuestras revoluciones han sido ejecu- 
tadas por las milicias, y por los milicianos, de donde han 
salido los caudillos, los tiranos y los opi'esoi'es del pueblo. 
En las filas de la milicia de esa Guardia Nacional en que se 
□os dice que busquemos nuestra única garantía, es donde 
se han reclutado siempre los elementos del caudillage, de 
donde ha salido siempre el desorden, porque puestos los 
ciudadanos que la componían á órdenes de ge£os milicianos 
que en vez del mando de un cuerpo tenían jurisdicción sobre 
países enteros militarizados por la ley, era natural que tal 
sistema trajese en pos de sí la guerra civil y la tiranía. Eu 
algunas ocasiones la Guardia Nacional ha ser\'ido al triunfo 
de la libertad, pero el ejército de línea es et que ha sal- 
vado el honor del pueblo argentino en las guerras naciona- 
les, y puro está de la mancha de haber destruido las insti- 
tuciones para elevar sobre ollas caudillos y tiranos. Así, 
pues, si algo nos enseña nuestra historia, es que esa que so 
indica está muy lejos de ser la primera y única garantía de nn 
país libre, que quiera eteroizar sus instituciones y que lo más 
prudente es confiar del depósito del orden público á quién me- 
jor cuenta ha dado de él, en todo tiempo, es decir, á un ejército 
moralizado y compuesto de buenos elementos, sin que por esto 
crea que esta sea la única baso del orden, y sin excluir la in- 
fluencia saludable de la Guardia Nacional, de la que hablaré 
muy luego. 

Y ai inciden tal mente es permitido citar la historia nacional 
para comprobar las razones que se den, por los hechos del pa- 
sado, y deducir de ellos consecuencias lógicas para lo venidero, 
Reame permitido en este momento evocar un recuerdo histórico 
de la antigüedad. 



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178 AREKGAS 

Se lia dicho qus nada tiene que hacer en este debate 
Grecia y Roma. Sí tiene, si evocando sus hechos memo- 
rables ae sacan de ellos para el pueblo ejemplos que son 
locciones. 

Koma en los tiempos heroicos de su grandeza, no compartía 
con- nadie el honor de empuñarlas armas, y de llevar 'sus 
ciudadanos el pendón déla República alas más remotas fron- 
teras. Pero vino Mario con sus legiones de campesinos y 
desarmando á los romanos, fué con sus campesinos á com- 
batir á los bárbaros en la frontera, y volrió triunfante y se 
sobrepuso á las leyes, y los ciudadanos gimieron bajo 
su yugo. 
Maño ha pasado por aquí con sus legiones do campo- 
Ese ejército que se ha citado como el destructor de nuestra.s 
libertados, como el primer escalón del tirano de nuestra patria, 
ese que so ha llamado ejército de linca permanente, fué un 
ejército como el de Mario, compuesto de milicias, es decir, de 
Guardias Nacionales de la campaña, que sojuzgaron á la 
ciudad de Buenos Aires, arrebatándole las armas de las 
manos. 

Hubo un tiempo, tiempo de gloriosa memoria, en que 
Buenos Aires no compartía con nadie el alto honor de lle- 
var sus estandartes á las remotas fronteras de la República 
y á los últimos confines de la América. Si había que hacer 
entonces una campaña al Paraguay, á la Banda Oriental, á 
las Provincias del Interior, Alto y Bajo Perú, ó á Chile, 
ahí estaban siempre prontos los bravos patriotas de Bnenos 
Aires, que á pie y con el fusil al hombro marchaban á la 
guerra á representar el heroísmo y á salvar el honor de la 
ciudad, manteniendo en todas partes con gloria su bande- 
ra. Entonces la ciudad se disputaba ol honor de empuñar 
las armas, como en la Roma antigua; no pedía á nadie 
que \-inie3e á ayudarle á soportar el inmenso peso que ha- 
bía echado sobre sus hombros : lejos de esto, reclamaba 
como un derecho lo que hoy parece á muchos una dura obli- 
gación. 

Pasaron esos tiempos ! De entonces acáotros manejan las 
armas que en otros días llevó el pueblo de Bnenos Aires, otros 
van 6 pelear y morir á la frontera, otros son los que exclusi- 



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DE babtolohé mitre 179 

vamcnte soportan ]as cargas del servicio militar, desigualmente 
repartido. 

En este intéi-vaio la ciudad de Buenos Aires ha tenido 
sin embargo, dos momentos sublimes de entusiasmo y de he- 
roísmo: después do la revolución do Setiembre y durante el 
último sitio. Cuando se trató de llevar el pendón de la re- 
Tolución á la frontera, los Guardias Nacionales de Buenos 
Aires como los antiguos Patricios, sus ilustres predecesores, 
se disputaban el houor de marchar á San Nicolás con el fu- 
sil al hombro, y hubo que echar suertes, no para ver quién 
había de marchar, sino quién había de quedarse, porque na- 
die quería quedarse ! Después, esa misma Guardia Nacional 
acudió en masa á la defensa de sus trincheras amenazadas, 
y las regó con su sangre, y volvió á encontrar en la pelea su 
antiguo heroísmo, su antiguo espíritu cívico, sus antiguas vir- 
tudes militares. 

iPor qué sucedió aquello en otros tiempos, por qué suce- 
dió eso en esas dos ocasiones que he recordado, y no su- 
cede hoy en presencia do la guerra actual de la frontera? 
Porque en aquellas ocasiones el entusiasmo de los ciuda- 
danos de Buenos Aires se encendía en el fuego del honor 
y de la gloria, porque las cuerdas más sonoras de su co- 
razón se estremecían al contacto de las ideas generosas 
que estimulaban al sacrilicio y templaban sus almas para la 
lucha. 

Hoy los más interesados en despertar ese noble espíritu, tien- 
den á abatirlo, á apagarlo enteramente, degradando la misión 
hermosa del soldado, asignándole móviles y deberes que exclu- 
yen la virtud del sacrificio y entibian oÍ eutusiasmo del habi- 
tante de Buenos Aires. 

£1 estanciero, cuando ve pasar al soldado que marcha á 
combatir, y tal vez á morir en la frontera, defendiendo el 
honor y la gloria de nuestra bandera, le dice que va á defen- 
der sus vacas y sus yeguas, y que para eso lo manda el 
gobieruo, para eso lo paga el país, para que muera en defen- 
sa de sus vacas y de sus yeguas, como si la conservación 
de las hostias valiera la vida de los hombres, y como sí á 
los hombres se pudiesen conducir al sacrificio sublimo do 
la vida, dieiéndole que vá á morir tan sólo por defender 
los ganados del estanciero, como si no hubiera algo más 
sagrado que defender, que es el honor y la gloria de nues- 



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180 AltEKOAS 

tras armas, el honor y la gloría de nuestra bandera, que como 
se ha dicho la otra noohe, retrocede ante la lucha del snlvago. 
Por eso, porque no se exalta la virtud del sacrificio, porque no 
se dignifica el austero deber del soldado, á quién se pretende 
hacer mártir de una vaca ó de una yegua, y no se le haeo 
comprender que es el defensor generoso del honor de todo un 
pueblo. Por eso, el ciudadano de Buenos Aires se manifiesta 
frío en presencia de aquella lucha, porque entiende que sólo 
se trata de intereses materiales, que sólo representan oto, 
y no de intereses elevados en que esté comprometido su 
honor y su nombre á la par del último ciudadano de Buenos 
Aires. 

Así es que el egoísmo corrompe el espíritu militar, y lue- 
go se queja de encontrarlo desmoralizado el día de la pe- 
lea. Eq los tiempos heroicos de Roma do que hablé antes 
( y vuelvo á citar á Roma, porque esto también es ejemplo 
y es lección que viene a) caso ), el que sah'aba la vida á 
un ciudadano era acreedor á la corona cívica, poro el que 
rescataba el botín arrebatado por el enemigo, sólo tenía de- 
recho al botín, porque para aquellos austeros ciudadanos, 
la vida que sólo se vendía por la gloria, era lo que más so 



Nosotros misüios en este recinto nos hacemos cómplices de 
ese egoísmo que corrompe el espíritu militar. 

No so habla una vez de ta milicia que no sea para ocharte 
barro á la cara, para exagerar su corrupción, para hacer de- 
sesperar á los mismos militares de su regeneración, en vez 
de dignificarlos y alentarlos en su áspera carrera. La mi- 
licia participa de las imperfecciones de todas nuestras ins- 
tituoionea, tal vez ella más que ninguna otra institución por 
haber sido tan hondamente trabajada por ta tiranía, por mal 
6 bien, ella puede reivindicar en honor suyo la virtud más 
sublimo del hombre, la virtud más alta del ciudadano, quo 
es la virtud del sacrificio, que la lleva á derramar su san- 
gre y á rendir su vida en defensa de la comunidad. Ven- 
cidos 6 vencedores, pocos ó muchos, bien mandados 6 mal 
mandados, los militares son los únicos que profesan esa 
virtud, los únicos que la practican y merecen por ello algiin 
respeto. 

Eso mismo que desmoraliza el valor del soldado os lo que 
contribuye á que la ley de que se trata sea impopular en 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 181 

tina parte de la ciudad de Buenos Aires. Pero esta no es 
una razÓD. La contribución de sangre debe ser más impo- 
pular aún que la contribución pecuniaria. Toda refoi-ma es 
impopular en su origen, espÉcialmente entre aquella clase 
<Íe la sociedad sobre quién vá á pesar. Eu la sociedad de 
Buenos Aires, exenta de la carga del servicio militar en 
la frontera, á la pnr de los habitantes de la campaña, pue- 
de ser impopular la ley, en una parte de los babitantes no 
en todas, como se dieo. Ella es popular en la campaña. De- 
cir que la ley es impracticable por impopular, porque encontrará 
resistencia, es declarar al país ingobernable, declaramos en im- 
potencia absoluta para legislar. 

Pero ese sistema que se rechaza, qiie se dice importuno, im- 
popular, y que no daría resultado ninguno, es el mismo que hoy 
estÁ en práctica: es la conscripción sin el sorteo librada á la 
arbitrariedad, y aquí contesto al señor diputado que dijo que 
sólo en las monarquías se practicaba el sistema; nosotros so- 
mos republicanos, y sin embargo nuestras leyes lo sancionan 
como vá á vei-se. 

Por la ley de milicia, ella tiene el derecho de suplir en todo 
tiempo y para todo servicio las deficiencias del Ejército, Esa 
es la contribución general de sangre que la ley impone al ciu- 
dadano. 

El Gobierno puede movilizar el número de Guardias Na- 
cionales que para llenar las deficiencias necesite, y puede 
tenerlos uno y dos años en la frontera sometidos al duro 
régimen de la disciplina ; y como lo saca de la campaña 
puede sacarlos de la ciudad con arreglo A la ley y man- 
darlos á la frontera y sujetarlos al rigor de la ordenanza 
militar. (Se oyen alffunos siíbidos en el fondo de las galerías; 
la mayoría impone silencio.) Esa es la arbitrariedad, y en 
la desigualdad está la injusticia. Los habitantes de Bne- 
nos Aires no van de destacamento á la trontei-a : este de- 
ber pesa exclusivamente sobre el desgraciado habitante de la 
campaña, que como Guardia Nacional tiene que ¡r á ella á mo- 
rir y pelear. 

Tal es la ley, tal es el sistema actual. 

Ese sistema es inicuo, sobre todo en la práctica, desde que 
□o se observa con igualdad, y dosde que él dá ó puede 
dar origen á abusos que sen incompatibles con los princi- 
pios fundamentales de la Constitución. Armonizar, pues, 



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182 ARENGAS 

el ejército como institucíóa con las prescripciones conatíta* 
clónales, hacer cesar la arbitrariedad y la violencia en la 
manera de remontar et ejército, establecer la igualdad de la car- 
ga del servicio militar en todos los ciudadanos, y dar una re- 
gla justa y equitativa á que todos se sometan, tal es el 
objeto del proyecto en discusión, y la razón principal porque 
lo sostengo. 

Asi, la cuestión definitiva, reducida á su último término, es 
esta, {Cuál es preferible! el sistema que hoy se practica que es 
injusto, ó el sistema que se propone, que todos reconocen 
justo y equitativo, aunque según los que lo atacan, es ina- 
plicableT Rechazar el proyecto, importa, pues, sancionar la 
iniquidad. 



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ENJUICIAMIENTO DE ROSAS 



DISCUR SOS 



Julio 3 de IHST. 

£1 señor Friiis. — El señor Frías atacando el proyecto de 
iey que ordena el enjuiciamiento del tirano Kosas, decla- 
rando sus bienes de pertenencia pública, dice que podría 
llegar un caso en que él se colocase del lado de los 



El señor Mitre. — Sin entrar por ahora, señor Presidente, 
al fondo del asunto, de que podré ocuparme más adelante, 
quiero contraerme á contestar las vivas palabras del señor 
diputado que acaba de hablar. Si él ba de ponerse, obede- 
ciendo á los mandatos de su conciencia, del lado de los ver- 
dugos, cuando se quiera derramar sangre, yo siempre me he 
de colocar del lado en que he estado siempre, del lado de 
loa proscriptos y de las víctimas. Este es mi partido, ya 
que se ha hablado de partidos, y ya que cada cual tiene 
que levantar su bandera en esta discusión. 8í, yo declaro, que 
pertenezco al partido de los proscriptos que, como dijo un tri- 
buno antiguo, > salió con la bolsa llena, y volvió con la bolsa 
vacía; mientras que otros, vaciaron sus ánforas de vino y las 
llenaron de oro. <' 

ííí, yo estaré del la<lo de los proscriptos del suelo de la pa- 



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iHi AKBNOAS 

tvía, del lado de los desterrados del banquete de la libertad en 
el sonó ínismo do Buenos Aires, porque no ha sido necesario 
haber emigrado para sor proscripto do la libertad, para ser 
proscripto del. goce de los derechos concedidos ala huma- 
nidad eutera. Del lado de estos be de estar, señor Presidente, 
y si fuera esta una ley de confiscación, por esa ley estaría, 
porque diría con la ley Romana : " apliqúese á Rosas la ley que 
él aplicó álos demás, y si él confiscó, impóngasele á ella pena 
de la confiscación. " 

Sin embargo, no se trata ahora de confiscación; pero 
si se tratara, yo, con la mano puesta sobro mí coneion- 
eia, votaría la ley que impusiera esa sentencia al tirano que 
enlutó esta tierra, saqueó el tesoro público y espolió á los 
ciudadanos. 

Si hemos de considerar esta cuestión del punto de vista de 
los principios, hay una alta consideración, que es necesario 
tener presente, para no confundir la verdad con su aparien- 
cia. Estamos dando el nombre de principios á varias fórmu- 
las y palabras vacias, procurando asirnos de ellas y no nos 
remontamos á la fuente eterna de los principios, quo es la jus- 
ticia, Se habla de confiscación, y no se espüca lo que esto 
quiere decir, ni se quiere entender lo que se esplica, persistien- 
do en la repetición de la palabra, á que so dá el nombre de 
principio. 

Considerando esta cuestión á la luz de la conciencia, in- 
terrogando las nociones de lo justo y de lo injusto, y yo 
interpelo á todos los señores diputados, lo mismo que al 
pueblo entero qne me responda con la mano en su corai.óo 
y consultando no su razón, sino simplemente sus instiutos, 
si creen que después de estos 20 años de tiranía y de los 
horrendos crímenes que han causado tanto.s perjuicios á las 
familias y en sus fortunas ( me limito á las fortunas) si es 
justo ó nó que Rosas sea despojado de los que se llaman 
BUS bienes, y que no es otra cosa que el fruto de sus rapi- 
ñas. Creo, . señores, que ninguno habría que no dijera, es 
justo, sea como restitución ó reparación, sea como sentencia 
pronunciada por la revolución ó como ley dictada por una 
asamblea deliberante. Así es como dedo tratarse esta cues- 
tión, ya que ae considera en términos generales. Cuando 
falta la luz que nos guía en la marcha ordinaria de los asuntos 
comunes, es recurriendo á la fuente eterna do los principios, 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 18Ó 

como se etieneatra la verdad, como se domina ol con junio de las 
cu ostiones. 

Así pues, aTOPtgaemoa ai os gusto ó injusto to que se quiere 
hacer ¡ y fii es justo que Rosas sea despojado de lo que robó, 
la cuestión de principios está resuelta. Si es un atentado y 
im escándalo el decreto que declaró esos bienes de propiedad 
pública, si ese decreto es ilgeal, presenten los que tal diceu uu 
proyecto que derogue el decreto de febrero 16. Para mí 
es una ley ese decreto del Gobierno Provisorio, porque in- 
terrogando la filosofía del derecho, son leyes las que tienen 
su origen en un dorecho tejítimo, y porque si no fuese el 
decreto una ley, seria nulo también nuestro poder, de noso- 
tros, hombres de principios, que arrancamos nuestra raíz 
genealógica del 3 de Febrero. Desde esa fecha nos encontra- 
moe con dos géneros de hechos consumados, que forman todo 
el fondo de esta cuestión. Primero, los que han sido el re- 
sultado de la revolución, y que se han dado durante ol primer 
gobierno de la libertad, y los que nos legó la tiranía. Se ha 
tratado muchas veces la cuestión sobre si los deci-etoa que dejó 
KosHS dictados bajo el imperio del terror, tenían fuerza de 
ley; y tal ha sido el respeto á los hechos consumados, diré 
más bieu, el culto supersticioso, que ellos rijen hasta hoy y 
tenemos que inclinar nuestra frente ante esas disposiciones 
empapadas en llanto y manchadas con sangre. Y si los decre- 
tos de uu tirano que nos ha diezmado, azotado y degollado tie- 
nen fuerza de ley ^los decretos del gobierno de la libertad no 
la tendrán? 

Pero siguiendo la hilación de las ideas con que había em- 
pezado, y remontándome á las fuentes primordiales de lo 
justo y de lo injusto, ; cómo negar que por 20 años Rosas ha 
identificado su fortuna con la fortuna pública, que ha robado 
la de ios particulares, que ha confiscado á todo el mundo 
para acrecer su fortuna particular! Esto ha durado 20 años. 
Partiendo de estos antecedentes, póngase en una mano todos 
los bienes de Rosas, y en la otra todos los males y perjui- 
cios que ha causado á la fortuna pública y privada que ha 
destruido, (y no hablo sino de perjuicios pecuniarios ) y no 
sé cuál pesará más. Si el señor diputado que ha tenido tan 
elocuentes palabras para los verdugos hiciera esto, poniendo 
en su mano izquierda los bienes de Rosas que defiende, y 
en la otra los bienes que ha robado Rosas, esta se le iucliua- 



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186 ARENGAS 

ría con el pesjo de las iumensas fortnuas que Rosas ha ecliado 
yiOT tierra. 

Señores : repito otra vez, que si do uua ocufiscación so tra- 
tase, esta Cámara debia tener el coraje de colocarse á la altura 
de su misión para imponerla, para que se sepa qae todo el que 
se enriquezca en el poder, por la confiscación y por el robo, 
ha de venir otro más alto que lo despoje de esa riqueza mal 
adquirida. Si Rosas se ha enriquecido en el poder, si se ha 
demostrado hasta la última evidencia, que loa últimos restos 
do su fortuna primitiva son dos casas, y osas reediScadas con 
dinero del Estado, os evidente quo todo lo demás lo ha ro- 
bado, y está en el deber de restituirlo. Y si uo hubiera una 
ley que nos gujara en esta oscuridad, deboriamos dictarla 
y condenar con arreglo á ella al mandatario impuro y con-' 
cusionario que ha robado el tesoro público, en beneficio 
propio, legándonos este ejemplo desmoralizador; y porque si 
desmoralizador fuera el que diéramos una ley de esta na- 
turaleza, más desmoralizador sería que retrocediendo aute 
fórmulas vanas, diésemos un voto sancionando la impunidad 
del crimen, y que santificase el robo erijido en sistema de 
gobierno. 

El señor Frías. — En el calor de la improvisación se me ha 
escapado una frase á que ha aludido el señor diputado que 
deja la palabra. He dicho que podía llegar el caso en que 
me colocase del lado de los asesinos para preguntar á los 
que quieren corra más sangre, si tienen ellos el derecho do 
acusarlos. Me parece honorable el sentimiento que me ha 
dictado esas palabras. La defensa es siempre noble, y aquí 
se sientan entre nosotros los que defendieron á los malvados 
que perecieron en el patíbulo. So rae haría una atroz injus- 
ticia si se creyera que de otro modo podía colocarme del lado 
de los asesinos ; y bueno es refutar con anticipación la ca- 
lumnia. 

Cuando los verdugos derramaban la sangre argentina, yo me 
encontré con los que protestaban contra la tiranía en cinco 
campos do batalla, en frente de aquellos verdugos. Ya quo se 
me obliga á recordar esto, lo hago, porque es un antecedente 
quo me honra. 

Í.7 señor Mitre, — Acepto la explicación del señor diputado. 
Él ba dicho que hn podido llegar el caso de colocarse del lado 



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DE BABTOUtJIÉ MITRE 187 

de los asesinos para evitar que corra sangre, y al contestarle 
he querido decirle quopara nosotros ha llegado ese caso an- 
tes que para él ; y que antes que él nos predicara la caridad 
evangélica, ya la teníamos en el alma. He dicho que somos 
del partido de los proscriptos, de todo género, de los proscrip- 
tos del suelo y de loü proscriptos de la libertad en el seno 
mismo de la patria, de los que hemos venido llenos de amor 
por la justicia y sin rencores en el alma. ¡Qué hemos pedi- 
do para nosotros? Nada, j Qué venganza hemos pedido que 
ae ejerza contra nadie í Ninguna. Cuando el señor diputado 
nos ha venido 4 predicar caridad y mansedumbre, pareoe que- 
rer enrostramos que hemos sido crueles, y yo no i'ecuerdo 
en la historia ningún partido que haya usado con más mo- 
deración de! triunfo. Así hemos establecido la tolerancia po- 
lítica, que no basta predicarla, sino que es menester ponerla 
en práctica como la hemos puesto nosotros. Al regresar á la 
patria vemos tan sólo un pueblo infortunado y generoso opri- 
mido por un tirano, ayudado de unos cuantos verdugos que lo 
martirizaban ; y al verlo redimido del cautiverio, hemos visto 
en todos víctimas desgraciadas, menos en esos verdugos que 
martirizaban y degollaban al pueblo, y hemos procedido en con- 
secuencia, obedeciendo á la lógica de la justicia y de la cari- 
dad. Vamos contra el verdugo y céntralos verdugos del pue- 
blo, poniéndonos siempre del lado de las víctimas y considerando 
como victimas á todos los que no se mancharon la manos con 
sangre, 6 no se enriquecieron con la sustancia del pueblo. Es- 
ta ha sido nuestra filosofía, nuestra doctrina y nuestra política 
práctica. 



II 

Julio (i iXi litóT, 

El scñur Tcjeihjy. — Oponiéndose a! enjuiciamiento do Rosas 
y á la apropiación de sus bienes por el Estado, declara que fue- 
ron cómplices de la tiranía todos los empleados do la época, y 
que la sociedad es soUdaria de sus crímenes. 

El señor Mitre (D. BartoloméJ. — Contestaré al señor di- 
putado devolviéndole los proyectiles con que nos ha hecho 
fuego. fííi-nsiiciótt.J Pero antes de pasar más adelante, debo 



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188 ARENÚAS 

hacer una oxplioación con referencia á las observaciones que 
se acaban de presentar á las opiniones sostenidas por mí 
en el curso de este debate. Yo no be dicbo que esta ley sea 
una ley de confiscaoióu, y que por esta razón deba acep- 
tarse. He dicbo, y lo repito, que si de confiscación se tra- 
tase respecto de Rosas, esa confiscación seria justa, y que 
yo estaría por ella en tal caso, de acuerdo con aquella ley ro- 
mana que manda que se aplique á cada cual la ley que él 
aplicó, que se confisque al que confiscó. Este ha sido el sen- 
tido literal de mis palabras, y espero do la lealtad del señor 
diputado que acaba de hablar que reconozca la exactitud do 
mi rectificación. 

El señor diputado á quién contesto, de cuya fría y tran- 
quila razón era de esperarse que como hombre conservador 
y moderado (según él se doclara), levantase con mano tran- 
quila la antorcha que iluminase el debate, ha empezado por 
levantar la tea, para derramar sobre él una luz siniestra y 
llenar de pavor á las conciencias tímidas (Sensacián.J Yo no 
imitaré su ejemplo. Procuraré compiimir los movimientos aji- 
tados de mi corazón, que en una cuestión tan trascendental 
como esta no puede menos de estremecei-se en odio al cri- 
men y en honor de la virtud, y consultando mi razón se- 
rena levantaré la antorcha contra su tea. ,' Movimhnio de 
atención. ) 

Ha comenzado el señor diputado su discurso por un pró- 
logo aterrador, con el cual ha iniciado la cuestión política, 
procurando herir las imajinaciones débiles, conmoviendo por 
su báselos fundamentos de nuestras creencias, y manchando 
al pueblo de Buenos Aires, para salvar por la solidaridad del 
pueblo con el tirano y de su complicidad con sus crímenes, al 
crímiaal sobre cuya cabeza pedimos únicamente que caiga 
todo el rigor de la ley. (Aplausos). Él ha dicho que la socie- 
dad es solidaria de los crímenes de Rosas, que todos los ciu- 
dadanos son sus cómplices, ó por lo menos, que son tantos 
esos cómplices que no hay como proceder contra el tirano, 
sino conmoviendo esta sociedad de la base á la cúspide. Yo 
creo, señor Presidente, que ni el pueblo es solidario de la 
tiranía, ni responsable de sus atentados, ni cómplice de sus 
crímenes, y que no son tantos los cómplices que no puedan 
señalarse. Pero si todo el pueblo fuese cómplice, no sería 
esta una razón para que consagrásemos la impunidad del ti- 



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DE BARTOLOMÉ MlTRB 189 

Paño. Entonces, en la imposibilidad de proceder contra todo 
un pueblo, debiéramos considerarlo purificado por la libertad, 
y proceder únicamente contra el tirano, como manda la ley 
que se proceda cuando los cómplices son tantos que ae hace 
imposible el castigo de todos: pagando por todos el cabeza. 
Tal es únicamento el objeto déla ley que nos ocupa. No veo, 
pues, por qué, ni para qué se ha de traer á este debate la 
complicidad del pueblo ¡nocente que fué la víctima de la 
tiranía, ni por qu é se han de suponer cómplices do Rosas k 
los que tuviéronla desgracia de ser oprimidos por la fuerza, 
ni alcanzo el principio en virtud del cual puede ampararse los 
bienes robados por el tirano Rosas, confundiéndolos con los 
cómplices menos culpables que pueda haber. Si se hiciese 
esto para salvar altos principios comprometidos, que pudie- 
sen ser heridos por la ley quo nos ocupa, ó si se tratase de 
intereses vitales que so relacionasen con los del pueblo, yo 
comprendería este sistema ; porque comprendo cuan sagrados 
y dignos de atención son osos principios y esos intereses, por 
cuyo triunfo hemos derramado tanta sangre, hemos hecho 
tantos sacrificios y de cuya permanencia depende la conser- 
vación de las sociedades. Pero no se trata aquí de ningún 
principio ni interés trascendental que pueda afectar los dere- 
chos del pueblo, ó por decirlo así, su vitalidad. So trata de 
quién son los bienes usurpados por Rosas al Estado, y á los 
particulares. 

A propósito de esto diré, que se ha repetido en el curso de 
este debate, aunque no precisamente por el señor diputado que 
acaba de hablar, — otros lo han dicho, — que la revolución 
que lo derrocó tenía sobre Rosas derecho de vida ó muerte, y 
que si después de la batalla de ('aseros se hubiese apoderado 
de su persona, habría podido y debido fusilarle. Así, para los 
hombres q>ie so llaman los sostenedores de los principios, los 
defensores de las garantías pei-sonales, nada importa la vida, 
nada importa la sangre ; pero cuando se trata de los bienes del 
mismo cuya cabeza se entrega al verdugo, ahí se detienen, y en 
nombre de los principios que garanten la propiedad defíenden 
con vehemencia la posesión de la riqueza mal adquirida. Este 
es el culto del becerro de oro. Cuando se trata de la vida, no se 
hace oposición ; cuando se trata de los bienes se atrincheran 
en el derecho. Como si la sangre valiese menos que el oro, 
que al fin la sangre de Rosas, aunque de Rosas, es la de un 



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190 ARENGAS 

ser humano quo si bien no uos toca defender, es inmoral pos- 
ponerla á sus bienes. Como se vé hay en esto una completa 
inconsecuencia, ó más bien una falta de sentido moral. Ke 
reconoce el derecho revolucionario hasta en sus últimas con- 
secuencias, aún en la violeucia, y se desconoce en sus actos 
lejítimos, en aquellos actos que son la consecuencia natural de 
la libertad, y que lejos de echar una mancha sobre el sistema 
constitucional del pais, vienen á derramar nuevos resplandores 
sobre el camino que seguimos, para quo podamos marchar con 
más seguridad por él. 

Los abogados que tienen un asiento en este recinto, han 
traído la cuestión al terreno del derecho, y una gran parte del 
debate ha versado sobre puntos de derecho. Hay una parte 
de la ciencia del derecho que no está vedada á ios profanos, y 
es au. fílosoña, sobre la cual es permitido hablar á los que no 
han estudiado tan profundamente los libros de la materia, en 
que se encuentra de todo. (Ilisas). 

Para resolver la cuestión de la validez del decreto, qne es 
la base fundamental do este dobate, es necesario qne remon- 
temos á los orígenes de )a lejislación. Yo preguntaría al 
señor diputado que pone en duda la validez de aquél decreto 
ó el derecho con que se dictó, ó las consecuencias legales que 
de él deben deducirse. ^ Cómo es que se ha formado la lejis- - 
lación general que nos rije t j Cuáles son sus precedentes, 
cuál su origen, en qué autoridad se funda í Hemos oído á 
todos los señores abogados que hau tomado parte en este de- 
bate, citar con respeto roligoso, leyes antiguas dictadas por 
tiranos. Se citan las leyes de partida, y otra porción de 
leyes que fueron la obra de los reyes bajo un régimen abso- 
luto, y se nos ordena que inclinemos ante ellas la cabeza. Xo 
pretendo desconocerlas. Respeto osas leyes, porque ellas son 
las que nos rijen, porque ellas forman parte de nuestra lejis- 
lación. í Por qué í Porque cuando estalló la revolución del 
año 10, encontramos ese precedente establecido, eso hecho 
consumado, diré así; porque encontramos en práctica esas 
leyes que reglaban las acciones y l&s derechos civiles, y era 
indispensablequelajsociedad tuviese una ley que la rljiese. Por 
eso la revolución aceptó las leyes que encontró hechas y en vi- 
gencia, aunque hechas por tiranos, quo en su origen, y del 
punto de vista de las nuevas ideas, no tuvieron derecho para 
lejislar sobre nosotros. Vino después el gobierno revolucio- 



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DE BARTOLOMÉ MIT8E 191 

narío, y en nombre de nn derecho más legítimo, en el nombre 
y en el interés do la revolución que representaba y que lo 
dabft su poder, dictó multitud de decretos que hasta hoy tie- 
nen valor y fuerza de ley, que hasta hoy son considerados como 
verdaderas loyes, y que hastA el presente formíin parte de 
nuestra lejislación. 

Y aquí ha llegado el caso de contestar á la interpelación que 
me ha hecho un señor diputado, respecto de las leyes de 
la época de Rosas, leyes que empapadas en lágrimas y en 
sangre están todavía vigentes. Él ha dicho que se mantuvie- 
ron y se aceptaron para evitar pleitos entro los particulares. 
No, señor. Como él lo ha recordado, yo era diputado en esa 
época, y fui uno de los que me opuso á que se abrogase por 
un golpe ciego t«dii la lejislación de la época do Rosas, porque 
puede suprimirse un tirano, pero no la ley común. Me opuse, 
no por evitar pleitos entro particulares, sino guiado por consi- 
deraciones más elevadas, porque, como lo he dicho ya, no podia 
existir una sociedad sin leyes que la rijiesen, sin leyes que 
reglasen sus acciones y sus derechos civiles para lo futuro y 
dirimiesen sus cuestiones on el tiempo que había transcurrido, 
sin que esto importase dejar subsistentes las leyes tiránicas 
que formaban parte del sistema do la tiranía y que quedaron 
derogadas de hecho por la revolución. Si se quiere, los le- 
gisladores tuvieron en vista, más bien dirimir cuestiones, que 
evitar pleitos. 

Pero vuelvo al señor diputado que ha puesto en duda la va- 
lidez del decreto, que yo sostengo que tiene el valor y la fuerza 
do una loy, por los principios que acabo de establecer. Él, 
que empezó alarmando la timidez de los tímidos, ha concluido 
de un modo muy distinto del que empezó. Él empezó pidien- 
do en nombre de la tolerancia, de la conservación social, y de 
la complicidad del pueblo con la tirania, que ni se juzgase, 
ni se castigase á Rosas. Hi no es esto lo que ha querido 
decir, habré comprendido mal, y puede rectificar mi versión. 

Continúo. Pero al final de su discurso, queriendo sin duda 
satisfacer á su conciencia, ó á la opiuión, ó á la moral, que 
él considera no satisfecha con la impunidad, presenta un pro- 
yecto de ley, para que Rosas no quedo impune, y sea castiga- 
do. No sé como couciliar esta contradicción. Pero no ea 
esta la única. Es también una contradicción manifiesta in- 



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ld¿ ARCNaAS 

voear la tolerancia para que á nadie se toque, al mismo tiem- 
po que se lanza una acusaciÓQ gravísima sobro el pueblo en 
masa, haciéntlolo solidario y cómplice de la tiranía, es decir, 
amparando al verdadero criminal con la tolerancia, y haciendo 
inciilpacioties á los que no hicieron sino ceder á la Tiolencia y 
resignarse á la dura ley del terror. Yo no estoy porque 
nosotros seamos los que castiguemos á Rosas, ni estoy porque 
esta sea unaley de castigo, sino de justicia, de reparación, de 
restitución. 

Creo que si aceptamos el proyecto de ley que el señor 
diputado nos acaba de presentar, mereceríamos el diotado 
de inconsecuentes y caeríamos en un verdadero lazo. 

Nosotros que hemos sostenido en nombre de la ley civil, 
qne el Gobierno ha usado de \u\ derecho legítimo ai entrar en 
posesión de los bienes que habia usurpado Kosas, ó al hacerse 
pago con ellos de lo que éste debía al tesoro público por can- 
tidades arbitrariamente sustraídas, nosotros que hemos llama- 
do á este acto reparación civil y restitución en pago, y que 
además hemos sostenido que el Gobierno era juez en esta causa, 
como causa de hacienda, nosotros no podemos admitir que esos 
bienes vuelvan al Estado en pena de delitos, ni como castigo 
impuesto á Besas. 

Pero el señor diputado que se ha colocado con tanta fir. 
meza en el ten-eno de !a Constitución, á la que tanto ha invo- 
cado, y que promete invocarla ahora y siempre, creo que no 
ha pisado en él con tanto aplomo como se lo imagina. Como 
nosotros somos también hombres de principios, como tene- 
mos tanto interés como cualquier otro, en que la Constitu- 
ción sea \ma verdad para que jamás se nos pueda decir 
como á los quinientos: ¿Qué Comtitarióii inrocáís cuando hi 
Jiabéis viol/ifh una, dos y tres veres f qiiiero en nombre de los 
que sostenemos el proyecto de la Comisión, poner de mi parte" 
la Constitución y las garantías que ella consagra, para defender, 
no los bienes robados por Rosas, sino los bienes del Estado de 
Buenos Aires (Aplausos.) 

Quiero conceder al señor diputado, que ha probado todo 
cuanto ha dicho, todo, así los hechos que ha citado como las 
doctrinas que ha enunciado. Él habrá probado todo, menos 
lo único que debieran probar los que defienden el derecho de 
propiedad, y en nombre de ese derecho el respeto que se 
debe hasta á la propiedad de Rosas. Se dice que violamos 



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DB BARTOLOMÉ MITtti; ld3 

el derecho de propiedad cuando declaramos que el Estado tie- 
ne derecho á título de restitución ó devolución á los bienes 
que le usurpó Rosas. Yo quiero que se me pruebe en est« 
caso ¿cuál es la propiedad de Rosas? Se ba demostrado bas- 
ta la última evidencia, y nadie podrá coutestarlo, que esos 
bienes no son de Rosas, que son del Estado, j^ue él es el 
despojado en este caso. Sabemos que esas tiBas que ban 
vuelto al dominio público, todas fueron adquiridas por Rosas 
por medio do donaciones ilegales, arrancadas por la coaccióu, 
donaciones que do hecbo y en derecbo son nulas. Consta do 
documentos irrecusables que Palermo fué construido con di- 
nero del tesoro público, y nadie ignora que los brazos que se 
emplearon en levantar ese edificio erau pagados por el erario, 
locualno se cuenta para nada, porque no puede apreciarse, 
aunque ello importaría muchos millones. Consta también 
que la casa de gobierno ha sido reedificada con fondos del 
tesoro público. Consta aderaüs que sacó del tesoro público más 
de 60 millonespara usos personales, ó para usos de que no dio 
cuenta, lo que representa una inmensa propiedad perdida 
para el Estado. 8o ha demostrado que de la fortuna patri- 
monial de Rosas sólo existen dos casas, y que todos los bienes 
que se llaman de Rosas uo alcanzarán á pagar la décima 
parte de los créditos del Estado contra él, y esto es sin 
contar los saqueos que hizo de la fortuna privada, de la cual 
disponía como de cosa propia, fortuna destruida que puor 
de invocar también el derecho sagrado do la propiedad, 
i Cuál es, pues, la propiedad do Rosas f j Cuál su dere- 
cho f 

El proyecto que presenta el señor dipu^do, presupone que 
Rosas es el verdadero propietario de esos bienes, sin tener 
en consideración que ellos son del Estado porque á él le fue- 
ron usurpados, y porque á consecuencia de esto así lo declaró 
el decreto del ti-obierno Provisorio, cuya justicia no se niega. 
Esto importa lo mismo que decir: "Indemnize el Estado á los 
particulares de los perjuicios que les causó Rosas. " Porque 
esos bienes no son de Rosas, son de propiedad pública, y si 
no se reconoce su derecho á esa propiedad, derecho que pue- 
da probarse con el origen de la cosa misma, como sucede 
respecto de las tierras, entonces sí que saliendo del terre- 
■ no de la ponstitución, por ser demasiados moderados y to- 
lerantes, iríamos á consagrar la posesión de bienes mal adqui- 



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194 ARENGAS 

pidos, despojaudo do ellos & su legitimo propietario para 
dárselos á Rosas á titulo, uo de propietario, stno de usurpador. 
f Aplausos. J 

En nombre, pues, del priucipio que se invoca en favor de 
Bosas, en nombre de la coustituclón que se hace valer para 
amparar en la posesión mal adquirida al verdugo y al ospo- 
liador de este país, pido quD los legisladores amparen al Es- 
tado de Buenos Aires en la posesión de su legítima propie- 
dad. (Aplausos.) 



Juiiu C de 1857. 

El señor Elizahle. — Sostiene el proyecto y se cierra la dis- 
cusión. 

El señor Mitre. — Voy á eonsiguar ini pensamiento en pocas 
palabras al tiempo de fundar mi voto. 

No son vaDos escrúpulos de mera forma, los que me impi- 
den dar mi voto al articulo 1" del proyecto que está en discusión, 
sino consideraciones de un orden más elevado. 

Reconozco en los pueblos el derecbo de maldecir á sus 
tiranos y verdugos, y fulminar contra ellos su anatema, 
pero desconozco en los cuerpos legislativos la facultad 
de sancionar actos quo tengan menos alcance que los he- 
chos á que se refieren, menos efectos que esas maldicio- 
nes y esos anatemas, que se trasmiten de generación en ge- 
neración. 

Por esto es que, si no acompaño á mis amigos oon mi 
voto, es porque ese artículo no es una ley, ni es una senten- 
cia, ni es una declaración que lleno los objetos que se tienen 
en vista. 

Como ley, no ordena nada, no resuelve nada, no fija una re- 
gla general, ni para el pasado ni para el presente, ni para lo 
futuro, y toda sanción legislativa que carezca de estos requisi- 



NOTA. Cumo eomiil emento del discurso II de esta serÍB. creemos opor- 
tuno insertar el articulo que su autor publicó al mismo tiempo cii Lot 
Debata, ampliando las ideae sostenidas por él en tit tribuna parlamentaria. 
Véase en el apéodioe. 



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DE BARTOLOJIÉ ÍUTBR 195 

tos esoncíales de toda ioy, no puede clasificarse como tai, ni 
tiene valor ninguno. 

Como sentencia, no somos jueces, ni se impone pena, ni 
tiene efecto alguno legal, ni hay jurisprudencia á que ajus- 
taría. 

Como declaración, es méuos que la maldición de todo un pue- 
blo, menos que el clamor de las victimas sacriñcad.i8, menos 
que la conciencia pública, que condena los crímenes de la tira- 
nía, méuos que el fallo severo do la historia, que dirá más que 
eso, probándolo. 

Es por esto que negaré mi voto al artículo eu cuestión, que 
es una ley-sentencia, repugnante Á la coordinación de los po- 
deres constitucionales. 

Lo negaré además, porque esa condenación moral no sa- 
tisface ni las exigencias de la moral, ni nuestros deberes para 
con la justicia. Porque así como mi conciencia, que condena 
enérgicamente los crímenes de la tiranía no cabe en eso 
proyecto, así tampoco cabe en ella la conciencia pública, que 
será siempre superior á la condenación moral que se 
propone. 

Esa condenación es como el hecho de Procusto : se preteu- 
de acostar á un gigante, como es la opinión pública, en uu le- 
cho de fierro en que no cabo y se empequeñece, se trucida, se 
amputa, diremos así, ese sentimiento de todo un pueblo para 
hacer coincidir, lo que es grande y eterno, con lo que es peque- 
fio y accidental. 

Esta condenación no repercute, ni maguifica la condena- 
ción de todo un pueblo, ni agrega nada al proceso que la 
revolución ha hecho á la tiranía, ni habla más alto, ni se 
hará escuchar mejor del mundo, quo esas maldiciones que se 
levantan unánimes del corazón del pueblo, de que nosotros he- 
mos sido el eco en el curso de esta discusión, y que repetirá 
con nosotros la posteridad estremecida. 

Hé aquí por que no acompañar/; con mi voto á mis 
amigos. 



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APOTEOSIS DE RIVA.DAVIA 



DISCURSO 



iPov qué biisciiií pntve los muertiw al qui 
( EVAÍiOELIO. ) 



SeSORES : 



Héüos aquí agrupados on torno de los huesos do un pobre 
peregrino, á quién la muerte sorprendió distante de sus ho- 
gares. Hé aquí, señores, un puñado Je cenizas proscripta.s 
que vuelven triunfantes del destierro; estos son los despojos 
mortales de don Bernardino Rivadavia, que vienen ü recibir 
el apoteosis que el pueblo les consagra. Al saludarlos en 
nombre del ejército del Estado, yo me inclino con religioso 
respeto anta la urna que los encierra, porque esas banderas 
que flamean á su paso, esas armas que le tributan honores 
cual si su sombra recorriese las filas empuñando el bastan del 
mando, estas espadas que rendimos ante esos átomos de polvo, 
simbolizan no sólo la fuerza que se humilla ante la idea, 
sino también a! homenaje debido al último representante de 
nuestra grandeza militar, en la última de nuestras guerras 
uacíonales- 

Don Bernardino Rivadavia es el lUtimo representante de 
nuestra grandeza militar, porque él fué el último papitán 
general de los ejércitos do la nación ai^entina. Después de 
él, la espada que Balcarce desenvainó en Siiipacha. la que 
Belgrano llevó hasta el alto Perú, la que San Martín hizo 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 197 

resplandecer en ln cima de los Andes, la que Rodean esgri- 
mió en lo alto del Cerrito, ia que Alvear y Brown empuña- 
ron en Itu7.aingó y en el Juncal, no ha salido de la vaina 
pava poner á raya á los enemigos exteriores. Ella está col- 
gada, como las armas de Rolando, al lado de las banderas 
enemigas con que Rivadavia engalanó nuestros templos en 
líi época memorable do su gobierno. No fué él quién nfla- 
nejó esa espada, pei-o ¡quién sino él la templó en el fuego 
sagi'ado délos principios, al depositarla eu las robustas ma- 
nos de los campeones de la lucha con oí Brasil í ¡Quién 
sino él inoculó su espíritu varonil en la Icjiones del ejército 
republicano! ¡Quién sino él empujó á nuestros soldados en 
el ancho camino de la gloria! ¡Quién .sino él botó al agua 
las naves de la República, coronadas de cañoues y adorna- 
das de flámulas argentinas, que nos dieron el dominio de los 
riosí ¡Quién sino él preparó nuestros espléndidos triunfos 
en la tierra y en loa mares! ¡Quién sino él, por fin, laureó 
las armas vencedoras en Ituzaingó con la paz gloriosa, d cuya 
gloria sólo faltó su firma! Nadie sino él, señores ¡y después 
de él, desaparece el grande ejército nacional que había reor- 
ganizado en presencia de las hordas vandálicas del caudillage ; 
desaparece el antiguo espíritu militar; desaparece la vieja 
disciplina y el genio do la victoria deserta de nuestras ban- 
deras en presencia de los enemigos estraíios. ¡8erá porque 
después de Rivadavia hayamos sido menos valientes, porque 
nuestras lanzas hayan estado menos afiladas! No, es porque 
después del gran Presidente de la República Argentina hemos , 
dejado de ser Nación ; porque el soplo de las malas pasiones 
ha apagado aquella luminosa antorcha de los principios, que 
él levantó en su mano ; porque la tempestad nos ha dispersado, 
desmoralizándonos, y porque el nervio de la virtud militar no 
reside en la pujanza de los brazos, ni en el temple de las ar- 
mas, sino en el espíritu sublime do que se penetra el guerrero 
cuando marcha al sacrificio en honor de su credo políti- 
co, cuando los deberes austeros del soldado se armonizan 
con la dignidad humana y los más preciosos derechos del 
ciudadano. 

Rivadavia encomendó al ejército la defensa del honor 
nacional, le constituyó en. el guardián armado de las insti- 
tuciones de un pueblo libre, te infundió una creencia y le 
envió á la muerto y á la gloria, en el interés y en el 



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198 ABESOAS 

nombre do lo más sagrado que hfty para el hombre sobre 
la tieri'a. 

Por oso fué grande el Ejército Republicano, formado bajo la 
inspiración de Rivadavía en el espacio de sesenta días. Por 
eso después del ejército republicano no se ven sino bordas 
feroces de genízaros que degüellan, 6 bandas populares que 
pelean y mueren heroicamente por la libertad, pero no ejér- 
citos democráticos regularizados. Estos sólo se forman bajo 
los auspieios de un gobierno liberal y enérgico como el da 
Bivadavia, que imprima á las masas disciplinadas su pode- 
rosa voluntad, inoculándoles su espíritu entusiasta y metó- 
dico al mismo tiempo. Por eso, señores, para restablecer 
la antigua disciplina relajada por la tírania; para levantar 
el espíritu militar, amortiguado por los infortunios de la 
guerra civil, tenemos que venir á pedir inspiraciones á las 
tumbas, tenemos que templar nuestros corazones en el no- 
ble ejemplo de ese ilustre muerto, que no mandó ejérci- 
tos ni ganó batallas, pero que poseyó el secreto de hacer 
invencibles las intrépidas falanjes do la República Argen- 
tina. 

Perdonadme vosotros los que no profesáis el culto de la 
gloria militar, si me he detenido en colocar sobre la frente pa- 
cífica de Bivadavia el lauro bélico que conquistaron nuestras 
tropas en la guerra del Brasil. He querido, al derramar una 
luz nueva sobre esta gran fígura histórica, demostrar con la 
filosofía de los hechos, que no es un incienso grosero, pro- 
"ducto de la falsificación de la historia, el que á nombre de mis 
compañeros de armas he quemado sobre su altar fúnebre. 

Ahora debo deciros, señores, que no es aquél ejército con el 
que Rivadavia ha vencido á sus enemigos ; no es con él con el 
que han triunfado sus grandes principios, ni se han salvado 
sus inmortales instituciones ¡ nó ! El ejército con que Riva- 
davia ha vencido para honor y gloria de la humanidad vili- 
pendiada por la fuerza brutal, son aquellos niños tiernos á 
quienes puso la cartilla en la mano en las escuelas primarias 
que fundó ; son esas matronas, sacerdotizas de la beueficen- 
cia, á quienes sentó á la cabecera del enfermo, encomendán- 
doles la educación de la mujer ; son esos huérfanos desvalidos 
á quienes sirvió de padre; son aquellos inmigrantes inermes, 
á quienes él dio una segunda patria ; son esas madres argen- 
tinas, émulas de la madre de los Gracos, que han mantenido 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 199 

en el altar de la familia el fuego sagrado de siis virtudes cí- 
vicas; son aquellas ideas, que él derramó como semillas fecun- 
das en esta tieiTa clásica do la libertad americana, y que hoy 
brotan en tomo de su urna cineraria, como un bosque de sa- 
grados laureles, consngi-ados á la inmortalidad ! 

Hé ahi el poderoso ejército que alza ou sus escudos la urna 
de Riradavia, y del que su sombra majestuosa es la intrépida 
cabeza de columna que avanza, según las palabras de la Escri- 
tura, rejuvenecidas por un gran orador ( Lord Chatáu }, derra- 
maudo con una mano los largos días para la patria, con la otra 
la libertad y la riqueza, y marcbaudo siempre por el sendero 
de la justicia y de la paz ! 

Decidme, conciudadanos, si al elevar vuestra mente á las 
rejones sereuas de las ideas del grande hombre, decidme, si 
al ver eslabonarse misteriosamente la cadena de oro de los 
destinos de Rivadavia con los destinos del pueblo que le vio 
nacer, no sentís desprenderse de estas frius cenizas una chispa 
de inmortalidad que ilumina las profundidades da vuestra 
alma cou súbito resplandor! Decidme si el alma de Rivadavia 
no agita sus alas invisibles sobre vuestras cabezas? Decidme) 
decidme, sino vivís de la vida de ese muerto! 

Sí, don Bernardino Rivadavia vive entre nosotros, de la vida 
inmortal de los espíritus, que se trasmite de generación en 
generación inoculándose como un perfume eu el alma de tos 
pueblos. Él que fué carne de nuestra carne, huesos de 
nuestros huesos, es hoy alma de nuestra alma. Por eso go- 
bierna hoy masque cuando era gobernante ; por eso obedecemos 
hoy sus leyes, más que cuando era legislador ; por eso derra- 
mamos todavía con afán la semilla en el surco que abrió á lo 
largo del camino de su vida. Es que sus mandatos están en 
nuestra conciencia : es quesusidcasformanboy el fondo común 
del buen sentido del pueblo, como las ideas de Pranklin vul- 
garizadas por el tiempo ; es que su ser moral identificado 
con el nuestro, como los nervios á la carne, forma parte de 
nuestra propia esencia, es un elemento que obra en nos- 
otros mismos con el poder irresistible de las inspiraciones 
íntimas. 

Así se forma, se mejora y perpetúa, señores, el alma de 
los pueblos, por la agregación de las virtudes y de los ¡deas de 
los grandes hombres. Ellos dotan á la humanidad de nuevos 
sentidos morales, de nuevos órganos de apreciación, de nuevas 



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fuerzas iutclecfcuales, que MaccionAn poderosamente sobro las 
generaciones que sa suceden, hasta que llega un día en que la 
humanidad comprende que su -vida es la v-ida postuma de 
los muertos. 

Asilo comprenderéis vosotros también, si borráis por un 
momento el nombre de Rivadavía del libro de nuestra historia ; 
8Í apagáis por un momento la antorcha que él encendió para 
alumbrarnos el camino, y si veláis, para apartarla de vuestra 
vista, aquella iioble figura del varón justo, que se alza mages- 
tuosa en el linde do dos campos ensangrentados. Entonces 
sentiréis morir en vosotros una parte de vuestro ser moral, 
veréis oscurecerse una parte de vuestra alma, y hallaréis va- 
cío de la imajen simbólica de vuestras creencias el altar de 
nuestra religión política. Sin Rivadavia, sin los materiales 
de reconstrucción que elaboró su vasto jenio con la clara vi- 
sión del porvenir, la resurrección de la República Argentina 
habría sido imposible, después de los veinte años de tiranía 
devastadora. Todo se había destruido, menos sus institucio- 
nes gravadas on granito, menos sus monumentos fundidos 
en bronce. En ellos volvimos á encontrar las tablas perdidas 
de nuestros derechos, nos levantamos del polvo como nuevos 
Lázaros, con los pies y las manos atadas, pero llenos del espí- 
ritu vital de los pueblos libre.s. 

Así es como los pueblos se salvan bajo los auspicios de sus 
númenes tutelares; así es como Rivadavia nos ha salvado 
y nos gobierna por la fuerza de la idea que sobrevive á los 
trastornos ^üolentos y ala materia perecedera. Y asi escomo 
colmados do sus beneficios, rodeados de sus creaciones inmor- 
tales, obedeciendo á la impulsión que nos dio, há cerca de 
medio siglo, el proscripto dormía aún el sueño de la eternidad 
en la tierra del estrangero I 

No culpemos á la ingratitud de los pueblos ! Ellos no pue- 
den tener la revelación de sus grandes hombres sino después 
de cosechar sus beneficios. 

Los hombres predestinados á recibir el culto de la posteri- 
dad, son superiores á esos mezquinos cálculos de los que tra- 
fican con la gratitud contemporánea, dispensando beneficios 
con la obligación de quo se les reconozca la deuda. 

Rivada\ña lo era. 

Esto dignifica su carácter y nos presenta su gran figura his- 
tórica rodeada con esa aureola del estoicismo politice, que es 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 201 

el signo de los verdaderos hombres de gobierno, según el evan- 
gelio de los pueblos libres. 

Rívadavia hizo el bien obedeciendo á las inspiraciones de 
su genio previsor y á los impulsos generosos do su naturaleza 
espansiva, y eomo aqu^l legislador de la antigüedad que hizo 
jurar á sus conciudadanos guardar sus leyos hasta que reunie- 
sen todos los miembros de su cuerpo, y se hizo dividir en pe- 
dazos para hacerlas eternas, Rívadavia nos ha dejado un peda- 
zo de su corazón en cada una de sus instituciones á fin do 
inmortalizar en ellas su amor á Buenos Aires. 

Bu corazón ha sido siempre nuestro. 

Si en las melancólicas horas de la proscripción, pudo creer 
que sus instituciones habían sucumbido; si dudó por un mo- 
mento do los altos destinos que esperaban á su patria, si 
pudo pensar por un instante que sus discípulos habían rene- 
gado de su excelsa doctrina, al verle perseguido como al 
Divino Maestro, — bendigamos al cielo, porque á pesar de todo, 
vuelven al seno amoroso de la patria esas reliquias, cuya 
falta hubiéramos llorado por los siglos de los siglos, como 
lloramos las del inmortal Moreno que le precedió en el cami- 
no trillado por él, y que hoy yaceu bajo laa olas altadas del 
Océano ! 

Bendigamos al cielo porque al fin la religión de las tumbas 
tiene un altar en esta tierra, donde el martirio no ha tenido 
coronas, donde el sacrificio no ha tenido estímulos, y donde 
hasta el mártir de los mártires, el noble campeón de la cru- 
zada libertadora continúa su ostracismo en el sepulcro, que se 
prolonga hasta en sus huesos ! 

Y ahora, á vosotras que miráis enternecidas esta urna ci- 
neraria, permitidme repetiros aquellas palabras dirigidas k 
las mujeres de Jerusalem que venían á derramar aromas 
sobre el sepulcro de Jesús después de su resurrección-. ¿Por 
qué buscáis entre los muertos al que r'iref No busquéis entre 
los muertos á don Bei-nardino Rívadavia ;' él vive en sus 
obras, vive en nosotros y vivirá inmortal en nuestros hijos 
mientras latan corazones argentinos, mientras en esta .tier- 
ra se rinda culto á la inteligencia, al patriotismo y á la 
virtud. 



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ganadería y agricultura 



DISCURSO 



Abril 10 Ue 1859. 
SeSOBES: 

AI proclamar los nombres da los que han concurrido en 
este año á la exposición agricola-rnral argentina, con obje- 
tos dignos de llamar la atención pública; y al distribuir los 
premios á que se han hecho acreedores, no me es posible 
dejar de recordar con tal motivo, los nombres do aquellos 
benefactores de la humanidad que les precedieron en la tarea, 
aclimatando en nuestro suelo las plantas y animales más 
útiles al hombre. Ellos fueron los primeros que abrieron oí 
surco y depositaron la simiente; los primeros que dieron el 
noble ejemplo de la inteligencia aplicada al trabajo, y fecun- 
daron con el sudor de sus frentes la tierra generosa de la 
patria, que hoy nos brinda con sus riquísimos y variados 
productos. Vendrá un día también, en que los nombres 
de algunos de los premiados, sea como el de aquellos, bende- 
cidos por las generaciones futuras, y en que la modesta corona 
que hoy vamos á colocar sobre sus sienes, sea para sus hijos 
un timbre de gloria más envidiable quB el lauro ensangrentado 
del guerrero. 

Mientras tanto, yo cumplo con el deber de rememorar, 
para estímulo suyo y para alentar en el trabajo á las gene- 
raciones presentes, los nombres de aciuellos conquistadores 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 20^ 

de la naturaleza bruta, que combatieron por el triuufo de la 
civilización en estas regiones, armados con el hierro del pico 
y del arado; de aquellos que conqiiistai-OQ el suelo para la 
agricultura y multiplicaron las fuerzas productora-s del hombre 
ó embellecieron su vida, poniendo á su serncio la constancia 
del buey, la rapidez del caballo, el vellón de la oveja, la piel de 
la cabra, los granos alimenticios, las aves domésticas, las fru- 
tas y las flores desconocidas en el Nuevo Mundo ; en una pala- 
bra, señores, todo aquello, que hoy constituyo nuestra delicia 
ó nuestra riqueza. 

i Gloria á ellos ! Vergüenza para nosotros que gozamos de 
sus beneficios, sin conocer la mano generosa que los derramó 
sin preguntamos en qué día nacieron y en qué hora murieron 
los que consagraron su vida al bien de sus semejantes, y de- 
jaron por herencia á las generaciones venideras el monumen- 
to más imperecedero de los siglos: las razas de animales 
domésticos que se perpetúan, y las plantas que se reproducen 
eternamente. 

La antigüedad consagi'ó altares en honor de C'eres, por ha- 
ber depositado en la tien-a el primer grano de trigo; y la pos- 
teridad agradecida ha afirmado sobre su cabeza esa espléndida 
diadema de espigas de oi-o que simboliza la abundancia que 
nace del trabajo. 

Méjico ha salvado del olvido el nombre del negro de Hernán 
Cortés, que con tres granos de trigo cubrió de mieses el antí- 
gno Imperio do los Aztecas, 

El Peni recuerda con gratitud el nombre de María de Es- 
cobar, la Ceres peruana que fué la mensagera de la semilla de 
la vida. 

Menos feUees ó más ingratos, nosotros no podemos decir 
h quién debemos las mieses que cubren nuestros campos; 
y al romper el pan de cada día, no podemos enseñar á nues- 
tros hijos quién fué el primero que depositó el primer 
grano de trigo en las entrañas vírgenes de la tierra argen- 
tina! O • 

Apenas sabemos quienes fueron los primeros que introduje- 
ron al Río de la Plata los primeros animales vacunos, lanares 



(') PoBt*![ionnf!Dte el General Mitro ha deBoubievto Ift época en que el 
priinei grano de trigo «e introdujo ul Kio de lii Plntfi, según puede verse 
i;n el diacurao de Cmvilcoy. 



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204 ABEN'OAS 

y cabftllares ; los primeros árboles, las primoras flores, mientras 
que la historia ha conservado el nombre del importaílor de uno 
do los insectos, que sólo sin-eii para bacer agitado el sueño del 
hombre. 

Para apreciar debidamente el inmenso beneficio de que 
Komos deudores á los primeros que derramaron en estas so- 
ledades las semillas de la abundancin y los gérmenes de la 
vida animal ; para apreciar los inmensos progresos que hemos 
hecho en el sentido de la producción y de la riqueza, debe- 
mos transportamos con la imafnnaeíón, á aquella época, no 
muy lejana todavía, en que este suelo se hallaba tal cual 
salió de manos del creador. Entonces ese verde manto de 
pastos azucarados, que hoy alimenta nuestros' ganados, do 
tapizaba la planicie de la pampa ; y el agreste pajonal sofo- 
caba en ella todo principio de vegetación. Ningún árbol in- 
terrumpía su melancólica monotonía, ligeramente matizada 
por la roja margarita de sus campos (la verbena), que hoy 
es el más bello adorno de los jardines ingleses. Ni más 
animales cruzaban las ¡lañaras que el venado y el avestruz, 
en pos del cual corría á pie el indio cazador. Si allá en las 
nacientes de los rios interiores sus habitantes tenian algunas 
nociones de agricultura, si cultivaban el maíz y varios veje- 
tales desconocidos en Europa, la canoa payaguá no llegaba 
hasta el Plata ; y los salvajes habitantes del territorio qut» 
hoy forma el Estado de Buenos Aires, no participaban de esas 
bendiciones. 

Los cataclismos del globo habían sepultado para siempre eu 
las profundidades de la tierra, las primeras razas de animales 
anti-diluvianos, entre los cuales acaba de descubrir Mr. Bra- 
varden sus investigaciones geológicas, el tipo del caballo pri- 
mitivo de la fauna argentina, al lado del ^gant«sco esqueleto 
del mastodonte. 

Fué entonces que el hálito de la vida penetró hasta estas 
regiones, y fecundó los ricos gérmenes que este suelo ocul- 
talia en su seno. 

Para ello fué necesario que el genio de Colón partiendo 
de la idea preconcebida de la esfericidad de la tierra, restable- 
ciese su equilibrio, descubriendo el hemisferio desconocido; 
fué necesario que siguiendo la ligera estela de sus carabe- 
las, so lanzaran ti'as él osados aventureros, misioneros de 
paz, trabajadores infatigables, trayendo consigo los animales 



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DE BARTOIiOMÉ MITRE 20i1 

que forman el cortejo de la civilización, las semillas que 
constituyen su tesoro, y los instrumentos do la labranza 
que son las armas con que combate y vence á la naturaleza 
bruta. 

Fué necesario que fiolis, victima propiciatoria de esa ci- 
vilización, derramase en este suelo la primor sangre europea 
que la rogó; y que Uaboto, internándose á los ríos supe- 
riores, clavase la cruz del cristianismo en las solitarias ori- 
llas del Paraná. £1 abono de la sangre y el símbolo do 
la redención, fueron los únicos resultados que dieron las 
dos primer OK expediciones que arribaron al Río de la 
Plata. 

(.ion la expedición de don Pedro de Mendoza, en 1535, 
vinieron las primeras yeguas y los primeros caballos. En- 
tonces se levantó sobre las márgenes del Riachuelo la prime- 
ra población de Buenos Aires, que destruida por las llamas 
y asediada por el hambre, fué totalmente abandonada por 
8na pobladores. AI separarse do estas playas y remontar el 
Paraná en busca de una región más hospitalaria, los pobla- 
dores dejaron abandonados en estos campos cinco yeguas y 
siete caballos, que reproduciéndose libremente, dieron origen 
á esas innumerables bagualadas, que no hace un siglo pobla- 
ban las Pampas hasta el pie de las Cordilleras. A la expe- 
dición do don Pedro de Mendoza debemos, pues, el caballo, 
ese noble animal en cuyos hombros cruzamos la llanura, y 
nos acompaña en los trabajos de la paz y en los peligros de la 
guerra. 

Transportada la naciente colonia á las márgenes del Para- 
guay, et capitán Ñuflo de Chaves, atraWesa toda la América, 
llega hasta Lima; y de regreso trae de Charcas, en lóW, las 
primeras ovejas y las primeras cabras que se hayan conocido 
en el Río de la Plata. 

En 1550 se introducen del Brasil al Paraguay los pri- 
meros vacunos. Seis vacas y un toro, tal fué el origen 
que la historia asigna á esos millones de ganados que pue- 
blan nuestros campos, aunque no puede decirse con pro- 
piedad que tal haya sido la base de nnestra riqueza pastoril. 
Dispútanse la gloria de haber sido los primeros introduc- 
tores de esas seis vacas y un toro ( porque es una gloria 
digna de disputarse ) los hermanos tíoes, auxiliados del 
portugués Gaete, segiiu Rníz Díaz de tínzmán; y el ca- 



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206 AREKGAS 

pitan don Juan Salazar, según Azara : aunque ambos coin- 
ciden en la fecha, en el número, y en que vinieron del 
Brasil, lo que haría creer que do todos ellos es igualmente la 
gloria, y que quizá realizaran la empresa en calidad de 
asociados. 

Los descendientes de esos vacunos vinieron con Garay, en 
1580, cuando éste fundó la segunda ciudad de Buenos Aires 
en el mismo sitio donde lioy se ostenta. 
■ Garay no sólo fué el conquistador del territorio que pobló, 
no sólo fué su inteligente coloniüador, sino el genio benéfico 
que asentó sobre bases sólidas la riqueza pastoril de Buenos 
Aires. Él encontró ya multiplicados los descendientes de las 
cinco yeguas y de los siete caballos, abandonados en 1'>3G 
por los primeros conquistadores, y sus soldados apoderán- 
dose de estos potros feroces, con el auxilio del lazo y de 
las bolas tomadas del indio, fueron los primeros domadores 
de caballos que se vieron en el nuevo mundo. Poco des- 
pués, por el año de 1590, el licenciado Juan Torre do Vera 
y Aragón, sucesor de Zarate, en cuyo nombre gobernaba Ga- 
ray, introdujo de Charcas 4,000 vacunos, 4,000 ovejas, ■'iOO 
cabras y 500 yeguas y caballos, que diseminados en Santa-Fé 
y Corrientes, puede decirse con verdad que fueron la base 
de la prosperidad pastoril, agrícola y comercial del Río de 
la Plata. 

Así vemos que con las primeras expediciones, con los prime- 
ros pobladores, vienen los animales más útiles al hombi-o : la 
vaca, el caballo, la oveja y la cabra; mientras que los árboles, 
los cereales y otras plantas europeas tardaron más tiempo en 
aclimatarse entre nosotros. 

El Paraguay, cuna de la agricultura guaranítica, lo fué 
de la agricultura europea. Allí se plantaron los primeros 
cereales y las primera-s viñas. Hubo un tiempo en que la 
Asunción era e! granei-o del Río de la Plata, y que en sus 
alrededores crecían millares de cepas, que hoy han desa- 
parecido. 

Más de siglo y medio después de fundada la ciudad de Bue- 
nos Aires poP don Juan de Garay, aún no se cultivaba la tierra 
entre nosotros. 

Un viajero, que visitó á Buenos Aires en 1749, dice que en 
aquella época no existía aquí ninguna quinta; que no se cono- 
cía ninguna fruta europea, á excepción de los duraznos, eulti- 



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DE BARTOLOMÉ UITRG 207 

TÍndose algunas pocas parras para adorno da los patíos. Pero 
antes de finalizar el siglo XVIII, ya se habían generalizado 
los duraznos, y se habían introducido de Chile cinco especies 
de ellos desconocidos en Europa ; ya era abundante el damasco, 
ya se cultivaban casi todas las flores de Elspaña, y entre estas 
últimas el clavel se aclimataba de una manera admirable, asu- 
miendo magnitudes desconocidas. 

El damasco, esa fruta esquisita, que tan maravillosamente 
ha prosperada en nuestro suelo, adquiriendo ese perfume, 
esa suavidad y esas dimensiones que tal vez nunca tuvo en 
la tierra do su nacimiento, se aclimató entre nosotros por 
la casualidad, 6 más bien dicho por la providencia que quiso 
hacernos este regalo. En una caja do simientes de horta- 
liza venida de Italia, se encontraron tres huesos de una fruta 
desconocida en el país. Depositados en la tierra por cu- 
riosidad, estos tres huesos se con\'irtieron en otros tantos 
árboles, que muy luego se cubrieron de frutas doradas que 
embalsamaban el aire. Tal fué el origen do esos hermosos 
bosques de damascos que sé estienden á los alrededores de 
Buenos Airea. 

Espero que los señores que tienen la indulgencia de oír- 
me, me dispensen si me detengo demasiado, señalando estos 
puntos de partida de nnestros progi-esos agricola-rnrales ; 
pero creo que ninguna ocasión más oportuna que esta para 
recoi'darlos, pagando al mismo tiempo un tributo de admiración 
y simpatía & esos que llamó antes benefactores de la humani- 
dad, de quienes tan pocas veces nos acordamos, y que 
ein embargo, son los que han dado su fisonomía á esta 
patria que habitamos, porque ya he demostrado que no es 
esta la que tenia cuando los primeros colonos pisaron las 
playas argentinas. 

Pasando ahora de lo agradable á lo útil, volvamos á to- 
mar el hilo de la historia de la oveja, introducida primero 
por Ñuflo de Chaves en lÓiK) y aumentada por el licencia- 
do Torre do Vera y Aragón por el año de 1590. Tal fué 
el origen de la oveja pampa, ese tipo reproductor que ha 
servido de base para el refinamiento de nuestras lanas. Ya 
en 1774 el célebre economista español Campomanes, llama- 
ha la atención sobre las lanas de Buenos Aires, que seña- 
laba como las únicas que por su largo podían competir enton- 
ces con las inglesas, aconsejando se introdujesen en las 



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208 . ABEN^GAS 

manufacturas españolas pjira darles la perfección de laa d^ 
Inglaterra. 

Pasó sin embargo, cerca de medio siftlo antes que se aco- 
metiese la empresa de mestizar y refinar nuostraa lanas, 
por medio de la introducción de tipos más perfectos, que 
cruzando con oveja pampa, diesen á su vellón toda la finu- 
ra de que os susceptible, consei-vando ó aumentando su lar- 
go, segiin fuese necesario. Recien eu 1823 de.spués do la 
revolución, introdujo Mr. Halley desde Lisboa el primer 
rebaño de carneros merinos que se haya conocido en el Rio 
de la Plata. Triste fué el destino do Halley, como el de 
todos los iniciadores de las grandes y benéficas ideas; y 
tvájica fué la siierto de su rebaño, que pereció casi todo él 
devorado por las llamas. Los restos de eso rebaño emigra- 
ron á Santa-Fé y Corrientes, donde probablemente sus desr 
cendientos se abastardaron por falta de inteligencia y de 
cuidado. En cuanto á Halley, á quién la posteridad levantará 
una estatua, hace recién cuatro años que su norabro es cono- 
cido entre nosotros. 

Este ensayo desgraciado habría retraido por mucho tiem- 
po á los capitalistas de lanzarse eu este género de empresas 
y tal vez se habría retardado por un siglo esta mejora, base 
hoy de nuestra riqueza, si el genio de don Bernardino Ri- 
vadavia no la hubiese acometido con valentía. Fué en 1824 
cuando llegaron por cuenta del gobierno los primeros cien 
merinos de la rasa pura leonesa, y poco después, treinta 
cameros de Inglaterra de la de « South Down. » En 1826 llegó 
la última expedición de unos cien cameros merinos, procer 
dentes de Alemania con pastores alemanes, costeado todo por 
el gobierno. Los nombres de don Manuel Pinto, do Cap- 
devita y Bell están asociados á estos primevos ensayos, pero 
corresponde el primer lugar á los señores Harrat y Kheri- 
dán, que comparten con Rivadavia la gloria de haber fun- 
dado sólidamente la industria de la cria de merinos en Buenos 
Aires. El establecimiento de estos intehgentes criadores^ 
fué el modelo de otros de igual naturaleza que so han fuií.- 
dado después, entre los cuales debe mencionarse en primera 
línea el del señor Haunach-, y deallí, ha salido la mayor parto 
de los reproductores que han inoculado su, noble sangre á 
las ovejas criollas. Pesde 1824 hasta í 830 se opera misterio- 
samente está transformación, y es desdo este último año en 



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DE BAHTOLOMÉ MITBB 209 

adelante qae data ol maravilloso íuci'emento de la industria de 
las lanas, en lo que podemos decir no tenemos rivales en toda 
la América. 

Al mismo tiempo que don Bernardino Rivadavia realizaba 
tan atrevida y benéfica enjpresa, introducía al paía las prime- 
ras parejas de caballos frisónos; de lo cual no faltó quién se 
ñese entonces, como hoy lloramos los treinta años perdidos 
desde entonces acá, que bien aprovechados podían haber da<lo 
el resultado que dieron las pocas yeguas y caballoa que que- 
daron abandonados en nuestras playas en 1536. Debo conso- 
lamos de tan ¿olorosa pérdida el espectáculo de los frisones 
mestizos que se han presentado en esta exposición, y que hoy 
constituyen el honor y el orgullo de los criadores, mientras que 
el ilustre estadista que dio el ejemplo, fué el objeto de amar- 
gas burlas, y fué vencido por las resistencias que la ignorancia 
opone á toda mejora. 

Todo esto, señores, debe alentar á los iniciadores de las 
frrandes ideas, á los introductores de nuevas razas, á los pro- 
dnctores de toda especie, á perseverar en la tarea, y á com- 
plementar la obra de Dios por medio de la inteligencia aplica- 
da al trabajo. Hemos recorrido los bamildes orígenes de 
nuestra industria agrícola-rural, y hemos podido convencemos, 
que este suelo tal como se presenta á nuestra vista, que esos 
pastos que lo tapizan, esos árboles que le dan sombra, esas 
flores que lo esmaltan, esos animales que los cubren, esos pro- 
ductos que se exportan en forma de vellones de pieles y de 
sustancias alimenticias, son el resaltado de viages, guerras, 
aolimataoiones, movimientos migratorios, ingentes capitales 
gastados, y sobre todo de la inteligencia y del trabajo incorpo- 
rados á esos materiales. 

Hace tres siglos no existían aquí, ni las plantas ni los anima- 
les más útiles al hombre. Hoy pacen millones de vacunos por 
la verde planicie de la pampa, cuyos pastos se han modificado 
y endulzado por la aclimatación de esas nuevas razas. Hoy la 
oampaña se puebla de árboles exótioos, y el bosque cultivado 
aoabará también por modificar el clima, atrayendo la humedad 
y haciendo periódicas las lluvias. 

Todo esto tuvo por origen seis vacas y un toro, cinco ye- 
gnas y siete caballos, unas cuantas ovejas, un puñado de 
aemillas que cabían en la mano de un niño, y algunos huesos 
de fruta traídas por la casualidad. En presencia de tan pe- 



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'8l/ 



210 ASEXOAá 

queños medios y tan magníficos resultados, la esperanza, ese 
resorte de la vida que nuaca se destempla, no debe abando- 
narnos, para trasmitir nuevos y riquísimos productos á nues- 
tros hijos, acrecentando el capital humano, Y nuevas fuer- 
zas morales deben penetrar nuestro ser cuando vomos ya 
aclimatados eutre nosotros todos los animales útiles al hombre ; 
cuando vemos crecer al aire libre todas las plantas de todas las 
zonas, introducidas de pocos años á esta parte ; cuando mar- 
chamos en cuanto á lanas, pieles, sebo, y carnes conservadas ; 
á la vanguardia de toda la América, y podemos distribuir 
premios & la industria en presencia de este concurso po- 
co numeroso, pero escojido ; inmortalizando en metal du- 
ro, no ya los triunfos de la guerra, sino el triunfo pacífi- 
co del trabajo, coronando al vencedor de la materia bruta, 
ouya victoria enjugará muchas lágrimas en lo futuro sin ha- 
cer derramar ninguna á las generaciones presentes. 

Así, señores, debemos persuadimos, que tal vez asistimos 
en este momento á una exena digna de la posteridad, y qne 
muchos de los nombres que hoy resonarán en este limitado 
recinto, serán bendecidos por nuestros hijos, como los de 
otros muchos benefactores déla humanidad que hemos recor- 
dado antes. 

Séame permitido, mientras tanto, saludar y felicitar i los 
premiados en nombre del país y del gobierno; alentarlos con 
mi voz en sus nobles y fructíferas tareas, y decirles á ellos y á 
los que imiten tan hermoso ejemplo, que el más humilde ani- 
mal, la más humilde planta, la más pobre flor, el más insignifi- 
cante producto que el hombre pueda modificar ó mejorar por 
la inteligencia y el trabajo, dándole una aplicación útil 6 agra- 
dable, tiene más influencia sobro la felicidad del género hu- 
mano, que uu nuevo astro descubierto por el astrónomo en la 
inmensidad de los cielos. 



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ORDEN DEL DÍA 



AL EJÍBCITO DE BUENOS AIRES CON MOTIVO DE LA PAZ 
DE 11 DE NOTIEHBHE 

Noviembre 15 de 1669. 

Soldados del Ejército de la Capital: — La paz está afianzada 
por la fuerza (le vuestras bayonetas. El ejército que os ame- 
nazaba no ha podido imponeros la ley de la violencia, ni des- 
truir el orden de cosas creado por vuestra soberana voluntad, 
pues por el Tratado que ha firmado, y que el Gobierno ha pues- 
to bajo vuestra salvaguardia, reconoce plenamente vuestra so- 
beranía, deja el derecho y la £\ierza en las mismas manos en 
que los encontró, y se obliga á evacuar el territorio del 
Estado sin pisar el recinto sagrado de la ciudad de Buenos 
Aires. 

Guardias nacionales de la Capital: — Habéis probado una vez 
más que Buenos Aires no necesita más trincheras que los pe- 
chos de BUS hijos, pues con la mitad do la ciudad abierta, 
vuestras hileras han cubierto las avenidas, evocando los glo- 
riosos recuerdos del pasado sitio, llenos de fe en el triunfo de 
la grande y noble causa que Buenos Aires ha sostenido por 
siete años, y que habéis hecho triunfar por la paz, como la ha- 
bríais hecho triunfar por la guerra. 

Veteranos y Guardias Nacionales de Cepeda : — Desde el campo 
de batalla os conduje á la Capital, después de quedar dueño de 
él, después de una retirada memorable, después de un combate 
naval glorioso en que también tomasteis parte, y vuestra pre- 
sencia ha contribuido poderosamente ¿ salvar la Capital, cu- 
briendo sus trincheras cou la misma resolución con que en 



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212 ARBNOAS 

campo abierto y uno contra cuatro derrotasteis los batallones 
que se midieron con vosotros. 

Compañeros de armas: — Si hablo de esta manera interpre- 
tando el sentitniento público, es en nombre de la dignidad 
del pueblo do Buenos Aires, no estimulado por la vana- 
gloria, ni el orgullo, para que todos comprendan, y sepan 
los propios y estraños, que lo que hemos alcanzado lo de- 
bemos á nuestros propios esfuerzos, á nuestra constancia, 
á la fidelidad, 6, los principios porque hemos derramado nues- 
tra sangre, y que nadie puode jactarse de habernos impues- 
to Ia ley ni ejercido respecto de nosotros actos de conmi- 
seración. 

Compatriotas arntados: — Mostróos dignos de la paz, como 
08 habéis mostrado dignos de los grandes y dolorosos sa- 
crificios de la guerra. Aceptad con nobleza la posición que 
los sucesos nos han creado, sin altaueria, pero sin debili- 
dad. Seamos fieles á. los compromisos qn* hemos contraído, 
mantengámonos unidos, y probemos con nuestros hechos, 
quo al ingresar nuevamente á la gran familia argentina, 
lo hacemos con nuestra bandera, con nuestros hombres, con 
los mismos principios que hemos sostenido por el espacio 
de siete años, dispuestos á sostenerlos con energía en 
las luchas pacificas de la opinión, y á defenderlos aún á 
oosta de nuestras vidas, si la violencia pretendiese ata- 
carlos. 

Soldados del ejército de la Capital: — Al bendecir la paz 
que el cielo y nuestros esfuerzos nos han dado, al abrir los 
brazos para estrechar en ellos & todos los hermanos de la 
familia argentina, no olvidéis que en el recinto de Buenos 
Aires se han salvado una vez más los inmortales princi- 
pios de la revolución de Mayo, y decid conmigo en esto 
momento solemne : / Viva Buenos Aires ! y que este grito os 
aliente en medio de la paz á perseverar en la virtud cívica, 
como os ha alentado tantas veces en medio de las luchas 
sangrientas que hemos empeñado en defensa de nuestros 
derechos. 



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PROGRAMA DE GOBERNADOR 

PRONUNCIADO ANTE LA ASAMBLEA DE BUENOS AIRES 
EL 3 DE MAYO 1860 



Honorables Senadores t Representantes: 

A] jurar en ptesencift de Dios cumplir fielmente los altos de- 
beres que me habéis encomendado, he sentido eobreoojida mi 
alma, porque comprendo que he aceptado la terrible respon- 
sabilidad de corresponder & las esperanzas que un pueblo ge- 
neroso se ha dignado depositar en mí. 

Pero por inmensa que sea esa responsabilidad, por grandes 
que sean las dificultades del presente y las incertidumbres 
del porvenir, el aliento varonil del pueblo de Buenos Aires 
de que me siento penetrado, me dá fortaleza suficiente, para 
aseguraros que esas esperanzas no serán burladas en cuanto 
de mi dependa. 

Debo á la confianza con que me habéis honrado la manifes- 
tación de los principios políticos que han de guiar mi marcha, 
en la realización de esas legitimas esperanzas del pueblo de 
que sois sus dignos representantes. 

Creería traicionar mi mandato y loa intereses de la gran ma- 
yoría del pfús, si no declarase bien alto y ante todo, que gober- 
naré con el partido que ha fundado y ha salvado las grandes 
instituciones de Buenos Aires; pero no para él sólo, sino para 
todos sin excepción alguna, levantando la ley sobre todas las 
cabezas; porque sólo así se radica la moral pública y las pa- 
siones se serenan. 

Profundamente penetrado de que el pueblo tiene el derecho 
de esperar que sus destinos se fijen permanentemente, por la 



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214 ARENGAS 

adopción de uua política defiaitiva, que coseche los Eraios de 
tantos sacrificios, marcharé decididamente á la realización de 
la unión argentina, á la más pronta incorporación de Buenos 
Aires, al resto de la familia argentina, como el mejor 
medio de asegurar su paz en lo presente y hacer su felici- 
dad en lo futuro ; pero salvando siempre el decoro, los de- 
rechos y los intereses de Buenos Aires sin retroceder ante 
nada y ante nadie para que en ningún caso sean menos- 
cabados. 

Persuadido de que tenemos bastante libertad y que ne- 
cesitamos más autoridad y más administración, propenderé 
á robusteoei" la acción gubernativa que nace de la ley á fin 
de armonizar asi las fuerzas vivas de la sociedad que con- 
curren al bien, porque este es el medio más eficaz de impulsar 
los intereses morales y materiales por el ancho camino del 
progreso. 

Mantendré la pureza administrativa, reprimiré el desor- 
den donde quiera quo se presente, atenderé muy princi- 
palmente al ejército que ha de defender la frontera sin 
capitular por ninguna consideración con ningún interés ile- 
^timo. 

Tales son mis propósitos, honorables senadores y represen- 
tantes. 

Para realizarlos cuento con vuestra eficaz y decidida coope- 
ración, la que espero no me faltará cuando la invoque en nom- 
bre del bien público, cualesquiera que sean las pruebas que 
nos esperen todavía. 

Cuento con el apoyo moral de todos los ciudadanos y 
habitantes del país, en cuya opinión buscaré mis inspira- 
ciones. 

Cueuto con la decisión y las virtudes cívicas de la valerosa 
Guardia Nacional ceñida con la triple corona de Setiembre, 
del sitio y de Cepeda. 

Cuento con la buena voluntad y con la buena fe del Go- 
bierno de la Confederación Argentina, que en presencia de los 
grandes intereses de los pueblos sabrá elevarse á la altura que 
corresponde. 

Cuento con los votos y con el concurso desinteresado de to- 
dos los hombres de las provincias hermanas, que amen deveras 
la libertad y la unión y quieran deveras la pas, sean que se 
hallen rijiendo ó no sus destinos. 



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LE DABTOLOMÉ JIITRE 215 

Cuento sobro todo con la pi-oteccíón de la diviua providen- 
cia que no abandonará jamás á Buenos Aires, como no la aban- 
donó en sus horas de conflicto. 

Después de esta manifestación sólo me resta, honorables 
senadores y representantes, elevar mis votos al cielo por la 
ventura de los pueblos bajo los Huspicios de la concordia, de 
la libertad y de la paz, para que él bendiga de lo alto nuestras 
tareas, para que podamos legar á nuestros hijos, una patria 
grande, libre y fuerte, cumpliendo así el testamento do nues- 
tros padres. 



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^ 



M LA JUBA DE LA mmmM IHAL 



DISCURSO 



PRONUNCIADO es LA PLAZA DE LA VICTORIA COMO aOBERNADOK 
DE BITEKOS AIRES 



21 de Octubre de 1S60. 

Conchíándanos: — Al levantar vuestras manos al cielo, en ade- 
mán de poner á Dios por testigo del solemne juramento que 
vamos á prestar, bendigamos á la Divina Providencia que nos 
ha permitido alcanzar las luces de este día! 'Él será memora- 
ble en los anales argentinos, y vinculará un recuerdo más á 
este recinto sagrado, sobre cuyo polvo histórico ban quedado 
estampadas las huellas profundas de veinte generaciones que 
nos ban precedido. 

Á vuestros pies, sobre vuestras cabezas, hasta do^ide alcance 
vuestra vista interrogando el horizonte, están las señales inde- 
lebles y los monumentos permanentes, que marcando el punto 
de partida, nos recuerdan los trabajos del pasado enseñándo- 
nos la ruta misteriosa del porvenir. 

Mirad hacia el Oriente: ahí tenéis el magestnoso Río de la 
Plata, que ha dado su nombre á la patria de los argentinos : sus 
ondas están serenas y murmuran blandamente, como en el día 
en que arribaron á estas playas las primeras naves europeas, 
que nos traían la civilización. 

Elevad vuestra vista hacíalo alto, y contemplaréis el mismo 
firmamento azul engalanado de blancas nubes, que dio sus co- 
lores á la bandera nacional, y que ese mismo sol iluminócon 
uno de sus rayos. 



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DE BABTOWMÉ MITRE 217 

Aún podéis percibir al través del arco triunfal quo tenéis á 
vuestro frente, ol recinto de los primeros baluartes que trazó 
la espada victoriosa del fundador de esta ciudad, y que des- 
pués ban sido testigos de las primeras hazañas militares de 
este pueblo. 

Allí, bajo las plantas de un pueblo libre, está la piedra fun- 
damental de la ciudad de Buenos Aires, que tres siglos no ban 
podido conmover. 

Esa soberbia Catedral que veis con su magnífica columnata, 
ocupa el mismo sitio donde se alzó la primera cruz para adorar 
el verdadero Dios, le^slador supremo del universo, bajo cuyos 
auspicios nos hemos constituido. 

Aqnella, es la tribuna augusta, desde lo alto déla cual nues- 
tros padres proclamaron la soberania del pueblo, del 25 de Ma- 
yo de 1810, hace hoy cincuenta años. 

Ese, es el noble y sencillo monumento, á que sirven de 
espléndida corona las luces perennes del Sol de Mayo, que 
trae á la memoria de los presentes y trasmitirá á los veni- 
deros, otro juramento no menos sublime que ol que vamos 
á prestar, y que pronunciaron nuestros padres, cuando con- 
fiaron la nave de la República á las ondas ajitadas de la 
democracia, encomendando á sus hijos que la llevasen á puer- 
to de salvamento. 

Hoy recien, después de n>edio siglo de afanos y de luchas, 
de lágrimas y de sangre, vamos á cumplir el testamento de 
nuestros padres, ejecutando su última voluntad en el hecho 
de constituir la nacionalidad argentina bajo el imperio de los 
principios. 

Hoy recién, después de tantos días de prueba y de con- 
flictos, podemos decir con júbilo en el alma, y con el corazón 
rebosando de esperanza: Rita es la Constitución de los Pro- 
vincias Unidas del Río de la Plata, cuya independencia fué 
proclamada en Tucumán hace cuarenta y cuatro años, el 9 
de Julio de 1816. Estx es la Constitución de la República 
Ai^ntina, cuyo voto fué formulado hace treinta y cuatro 
años por el Congreso unitario de 1825, Esta es también la 
Constitución del Congreso Federal de Santa Pé, complemen- 
tada y perfeccionada por la revolución do Setiembre en 
que Buenos Aires revindicó sus derechos, — y como tal, es- 
ta es la Constitución definitiva, verdadero símbolo de la 
unión perpetua de los hijos de la gran familia argentina, 



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218 ASENOAS 

dispersados por la tempestad, y que al fin vuehen á en- 
contrarse en este lugar en días más serenos, para abrazarse 
como hermanos, bajo el amparo de una ley común. 

Conciudadanos: Yo os invito á jurarla en el nombre do Dios 
y de la Patria, en presencia do estos grandes recuerdos de 
la historia, con conocimiento perfecto do las altas lecciones 
de laesperiencia y á la sombra de esta vieja y despedazada 
bandera del inmortal ejército de los Andes, que ha pasea- 
do triunfante medio mundo, protejiendo la libertad de tres 
Kepúblicas. 

Puedo invitaros con plena conciencia á que prestéis el ju- 
ramento cívico que os voy á demandar. Esta Oonstitución, 
satisface vuestras legítimas esperanzas hacia la libertad, y ha- 
cía el bien: ella es la espresión de vuestra soberana voluntad, 
porque es la obra de vuestros representantes libremente eleji- 
dos j es el resultado de las fatigan de vuestros guerreros y de 
las meditaciones de nuestros altos pensadores, verbo encama- 
do en nosotros, es la palabra viva de vuestros profetas y do 
vuestros mártires políticos. 

Si en este momento, esos mártires y esos profet-as pu- 
dieran hablaros como yo con labios de sangre y de carne, 
ellos os dirian inflamados de santo patriotismo: Jurad, jurad 
con religioso respeto, cott corazones Henos de fe y exentos de ren- 
cores, que ese Juramento es grato al cielo y benéfico á la tierra, 
pori/uc el asegura la libertad pacifica para los j^uebha argcnti- 
*ios, y la fraternidad perpetua para vosotros y para niestros 
hijos! 



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EXEQUIAS DE LAVÁLLE 



DISCURSO 

PKONCNCtADO AL CERRAR LA UBKA CINERARIA 

j 3Iijar le iríanfa murUndo que matando, o 
Enero 20 de ISBl. 



Sstos BOU los restos mortales del general don Juan Lavalle, 
restituidos á la tierra natal después de veinte años de proscrip- 
ción en la tumba ; y este es el pueblo de Buenos Aires que los 
conduce en tniinfo á la morada del eterno descanso, después 
de haber recibido los bomenajes de Bolívia, de Chile y de la 
República Argentina ! 

Con esto está dicho con la elocuencia sencilla de los he- 
chos, que la América sa asocia á nuestros sentimientos, que 
la familia argentina se halla reunida al fin bajo los auspi- 
cios de la paz, que Buenos Aires es libre, que la tiranía 
que la deshonraba ha desaparecido, y que habiendo pasado la 
época de la ingratitud de los pueblos, los hombres ilustres 
de nuestra patria empiezan á recibir el culto de la poste- 
ridad. 

Loe votos de Lavalle están cumplidos, y su sacrificio no ha 
sido estéril ! 

Campeón de la emancipación americana, su nombre está 
escrito en la historia de ocho repúblicas independientes. Fun- 
dador de la nacionalidad ai^entina, catorce pro^Hncias sos- 
tienen hoy su urna. Mártir de la libertad del Río de la 



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Plata, un pueblo libre y agradecido viene á depositar sobre eus 
restos inanimados la coroua del martirio. Hombre de prin- 
cipios, Buperíor á los brutales enconos de las luchas, todos los 
bermanos pueden abrazarse en torno de su sepulcro. 

Esto es lo que constituye la grandeza moral de Lavalle, lo 
que le baoe digno de presentarlo como modelo, y lo que hará 
que su nombre sobreviva á las pasiones tumultuosas que sólo 
dan la gloria pasagera de un día. Cualquiera puedo ser 
valeroso en el campo de batalla; muchos pueden morir en 
defensa de una grande y noble causa: estas son condiciones 
accesorias en un héroe republicano. Lo que es dado á po- 
cos, es tener la grandeza de alma de Lavalle para hacerse 
superior á sus errores, confesándolos, procurando enmen- 
darlos, y enmendándolos en efecto, haciéndose superior á 
los que en presencia de las hecatombes de la tiranía le exi- 
jan la represalia como medio de hacer triunfar la causa 
de la libertad por el teiTor ; y él les enseñó con el sacrificio 
generoso de la vida, que las causas de principios no pueden 
triunfar sino por medios análogos á sus fines, y que se triunfa 
mejor muriendo que matando. 

Por eso, el general Lavalle vencido, muerto por una bala 
perdida á la incierta luz del crepúsculo de la mañana, caído 
en medio de pocos amigos en los últimos confines de la Re- 
pública, cuyo cadáver fué salvado en brazos de sus compa- 
ñeros de infortunio, y cuyos huesos han andado peregrinando 
por la América, recorriendo el teatro de sus antiguas glorias, 
triunfa en el sepulcro del tirano que dispersó sus legiones, 
y le persiguió en muerte por cortarle la cabeza, y que arbitro 
entonces de los destinos de un pueblo, proclamaba la omni- 
potencia del terror profanando loa cadáveres de sus enemigos 



La tiranía ha caído en medio de las maldiciones de los 
pueblos ; los huesos del tirano no encontrarán ni una humil- 
de sepultura en la tierra que esclavizó, mientras que las 
cenizas del que murió oscuramente en Jujuí en la madru- 
gada del 9 de octubre de 1841, vuelven triunfantes á la 
patria en medio de las bendiciones do dos generaciones que 
proclaman la omnipotencia de la verdad, de la justicia y de 
la moral. 

Inclinémonos con religioso respeto ante el poder de la idea 
que simboliza esa urna cineraria, y al hacerlo, consagremos 



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DE BARTOLOMÉ HITfiE 22l 

un recuerdo á los que salvando de la profanación el cadá- 
ver de su general, dieron á la histoña argentina una de sus 
páginas más tiernas y sublimes, enseñando con el ejemplo, 
que hay entre nosotros hombres que saben sacrificarse no sólo 
por la felicidad de los vivos, sino también por los despojos de 
los muertos. 

T mientras se levanta el monumento fúnebre qne se ha de 
construir con el óbolo del pueblo agradecido, descansen en paz 
esos huesos t'an atoi-mentados en la vida, al lado de los de 
Kívadavia que también se hallaban proscriptos como los de 
Lavalle, encomendando su cuidado á la piedad de la Socie- 
dad de Beneficencia, que representa aqui á las madres y las 
esposas que bendicen al salvador del honor de sus esposos y 
de sus hijos. 

Y para memoria eterna de este acto de justa reparación, de- 
posito en la urna esta medalla conmemorativa, de que sólo exis- 
ten dos ejemplares (*). El cuño que la estampó ha sido rolo, 
como so ha roto el molde en que el Hacedor Supremo vació la 
noble figura del {general Lavalle. La tierra la devolverá intac- 
ta á las generaciones venideras, cuando sus huesos ae hayan 
convertido en polvo, j Qué la gloría del general Lavalle dure 
tanto como nuestra gratitud, son los votos que hace el pueblo 
y el Gobierno de Buenos Aires, en presencia de sus despojos 
inanimados. 



(') El otro ejemplar fué depositado en el Monetario del Museo. 



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EL CAPITAL INGLÉS 



DISCURSO 

PRONUKCIADO EN LA INAUaURACIÓN DEL FERRO-CARRIL DEL S 
DE BUENOS AiBES (') 



Uarzo 7 de 1861. 

Señores; 

Al tomar en mis manos loa instrumentos del trabajo para le- 
vantar y conducir la primor palada de tierra del gran ferro- 
carril del Sad, dije que sentía mayor satisfacción que la que 
esperimentaria dirigiendo máquinas de guerra, auuque fuese 
para triunfar gloriosamente. 

Más noble lucha y más grande triunfo es llevar la ale- 
gría y la esperanza Á las más remotas poblaciones do la 
Campaña, anunciándoles con el silbato de la locomotora, que 
una nueva era de gloria pacifica y abundancia, comienza 
para ellos. 

Por eso al derramar sobre el proyectado terraplén de la 
vía, mi carretilla llena de tierra argentina, que el capital 
inglés y el trabajo de los inmigrantes va á fecundar, agregué : 
que este era el feliz presagio de un gran futuro, y que 
confiaba que la semilla de progreso que iba á depositarse 



(I) La mayor parte de este <lÍBc.ureo fué publicado en inflija en el Stan- 
dard de Buenos Airee de S de marzo de 1X61, con máseetensión enalgitnaa 
de BUS partea ncceflorian; pero con muchas inexactitudes fn su parte fun- 
dHmentÁI, por haberse valido de notas tomadas á la ligera al mismo tiempo 
que an pronuneiabn. 



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DE BARTOLOMÉ MITBE 223 

ea sa seuo, fructificaría y daría abundante cosecha á los jor- 
naleros. 

Ahora, al contestar al cordial saludo que se rae ha diri- 
gido on nombre de los extranjeros aquí presentes, y princi- 
palmente de los ciudadanos de' la Oran Bretaña, diré que 
no los reconozco por tales extranjeros eu esta tierra. N6 ! 
(Heard! Heard!) 

Reconozco y saludo k todos loa presentes como hermanos, 
porque todos lo somos eu el campo de la labor humana. (Mvij 
bien !) 

Todos los quo como huéspedes desembarcan en nuestras 
playas y se colocan como habitantes bajo el amparo de nues- 
tras leyes hospitalarias, traen su contingente moral y mate- 
rial á nuestra civilización, y mancomunan por el hecho sus 
esfuerzos, sus sentimientos y sus intereses con los naestros. 
Nos traen sus brazos robustos, sus capitales, su inteligencia 
práctica y teórica, su actividad, su sangre y su corazón 
también. Incorporados á los elementos constitutivos de nues- 
tra sociabilidad, estas fuerzas vivas funcionando armoniosa- 
mente forman lo que podemos llamar nuestro capital social en 
circulación. 

Si los que se llaman extranjeros on el común hogar, no 
mezclan su sangre con la uuestra en el campo de batalla, las 
mezclamos, obedeciendo á las- leyes del Creador, á fin de que 
prevalezca por su fusión la raza inteligente y varonil á que 
está reservado ol gobierno del mundo, por ser la única que ba- 
jo los auspicios de una moral eterna ha sabido realizar los pro- 
dijios de una civilización duradera y perfectible. Ellos caminan 
como nosotros á lo largo de los surcos, armados del arado in- 
glés y de la segadora norte-americana, y este pedazo de pan 
que rompo ahora en honor do la confraternidad en el banquete 
de la vida, como un símbolo de la comunión de todas las razas 
humanas, es el producto de las mieses que regaron con b.u 
sador agricultores británicos y peones argentinos, y que hoy 
comen en santa paz y amistad los representantes de todas las 
naciones del orbe, cuyas banderas tremolan sobre nuestras ca- 
bezas- (Aplausos.) 

Ahora, en cuanto respecta á las congratulaciones de que he 
sido objeto, por la part j que me haya cabido en esta obra, con- 
testaré como representante de los quo conmigo han cooperado 
á ella, í\ la manera dol general que se coronaba en presencia 



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224 AttENQAS 

de un ejército: > Mis soldados han ganado la corona, y yo me 
la pongo en su nombre. ■> 

Poro, señores, estos son únicamente los efectos visibles que 
palpamos. Démonos cuentH do este triunfo pacíñco, busqne- 
mofi el nervio motor de estos progresos y veamos cual es la 
fuerza iuieial quo lo pone en movimiento. 

I Cuál es la fuerza que impulsa este pi-ogresoí 

Señores, es el capital inglés. 

Desearía que esta copa fueso de oro, no para adorarla como 
al becerro de la antigüedad, sino para poderla presentar má» 
dignamente como el símbolo de las relaciones amistosas entre 
la Inglaterra y el Rio de la Plata, nuestra enemiga cuando éra- 
mos colonias, y nuestra mejor amiga durante la guerra de la 
independencia. 

En 1806 y 1807 los ingleses nos trajeron hierro en forma 
de espadas y bayonetas, y plomo y bronce en forma de ba- 
las y cañones, y recibieron en cambio hierro, bronce, plomo 
y fuego, y su sangre y la nuestra derramada en las batallas 
fué oreada por el pampero en las calles de Buenos Aires. 
f Sensación. J 

Después vinieron con hierro en formas de picos y palas, con 
algodones, con paños y se llevaron on cambio nuestros pro- 
ductos brutos para convertirlos en meKiaderías en sus ma- 
nufacturas. Esto sucedía en 1809. Desdo entonces quedó 
sellado el consorcio entre el comercio inglés y la industria rural 
del país. Los derechos que los negociantes ingleses abona- 
ron en aquella época á la Aduana de Buenos Aires, fueron 
tan cuantiosos, que fué necesario apuntalar las paredes de la 
Tesorería por temor de que el peso que soportaban las echase 
al suelo. 

Esta fué la primera hazaña del capital inglés en estos países, 
que presagiaba la caída de las antiguas murallas y el adveni- 
miento de una nueva época. 

Verdaderamente, señores, el capital inglés es un gran 
personaje anónimo cuya historia no ha sido escríta aún. 

Cuando las colonias hisp ano-americanas declararon su inde- 
pendencia á la faz del mundo, nadie creyó en ella. Las nuevas 
repúblicas no encontraban en Europa quién les prestase un pe- 
so, ni quien les ñase un ciento de fusiles. Sólo el capital in- 
glés tuvo fe en su porvenir, y abriendo sus ferrados cofres les 
dijo :— ' Aquí están las libras esterlinas del comercio británico : 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 220 

tomad lo que necesitéis, » Y este acto valiente de los comer- 
ciantes de un pueblo, inspiró á su gobierno la política que debíü 
seguir hasta el día en que por boca de lord Caunijig pronunció 
aquellas memorables palabras : " Un mundo no puede llamarse 
rebelde. "_ 

Cuando las Provincias Unidas dospedazadiis por la guerra 
civil, pobres, casi sin rentas y sin crédito, no encontraban un 
sólo argentino que les prestase un real, el capital inglés envió 
¿ una sola de sus Provincias la cantidad de cinco millones do 
libras esterlinas para construir puertos y poblar nuestros de- 
siertos en la frontera, bajo la garantía de sus tierras públicas. 
Si no se aplicaron á esos objetos, no es menos cierto que con- 
fiaron en la fuerza creciente de nuestro progreso tal voz más 
que nosotros mismos. 

Pasaron cerca de veinte años sin que se abonasen por noso- 
tros la amortización y los intereses de ese empréstito. Pero 
como los ingleses saben que los pueblos no mueren ni quie- 
bran, creyeron en la inmortalidad de su capital; y hoy lo ven 
resucitar en forma de rieles, de locomotoras y carbón de 
piedra, para abrir el camino del desierto prometido, que 
poblarán pronto los inmigrantes sirviéndoles de baqueano el 

I porvenir de los pueblos 
nacientes, es que debe el comercio inglés ser poseedor del 
más gigantesco capital que haya tenido jamás el mundo, 
reproductivamente colocado en todo el mundo, cuyos inte- 
reses y provechos hacen afluir el oro á su gran mercado 
monetario, siendo sus tributarios todos los que le deben. 
Tal es el secreto de la abundancia del dinero en Londres, y 
tal es la base de la prosperidad del comercio británico, cu- 
yo capital á la manera de un gran personaje, como dije antes, 
vivo de sus rentas, sin dejar por esto de trabajar para acre- 
centarlo. 

Por eso es que unos cuantos ingleses asociados comercial- 
mente fundaron los Estados Unidos de América, y sus cartas 
de sociedad mercantil son hoy las constituciones de pueblos 
libros. 

Por eso el capitán Cook al poblar do cabras las solitarias islas 
del océano Pacífico, derramaba gratuitamente sus beneficios en 
nombre de la riqueza de su patria para que los gozasen las ge- 
neraciones venideras. 



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226 ARENGAS 

Por eso media, docena de comerciantes dieron k la Grnn Bre- 
taña en la India el dominio del más vasto imperio y la prolon- 
gación de su grandeza on los tiempos. 

Por eso la Australia derrama hoy sus tesoros á los pies 
de la Uran Bretaña, á la vez que elabora su propio ca- 
pital. 

Ahora sí, repito, que desearía tener en las manos una 
copa de oro, no para brindar en honor de estos prodijios 
realizados por la libra esterlina, sino para saludar con la 
cabeza descubierta la gloria de aquella grande y generosa 
Nación que en 1833 votó 500 millones para rescatar los es- 
clavos negros de sus colonias, pronunciando aquellas subli- 
mes palabras que resonarán eternamente en los oídos de 
la humanidad : t Perezcan las colonias y sálvese el prin- 
cipio ! ' 

Estas son las ricas y gloriosas recompensas del trabajo de 
las naciones. 

Cuando se contempla la grandeza de la Inglaterra se cree- 
ria que la acumulación de su capital es el producto de 
cientos y cientos de años de elaboración. Sin embargo, no 
es así. 

Hace apenas ciento ochenta años que la Inglaterra no era 
mucho más que nosotros al presente. 

En 168Ü Londres era ya una ciudad de más de quinientos 
mil habitantes, y sin embargo era peligroso aventurarse en 
sus calles después de las siete de la noche, porque debido esa 
hora basta el amanecer los ladrones eran dueños absolutos 
de la ciudad, como puede verse en la historia de Lord Ma- 
caulay. 

Por este tiempo un hombre tuvo la inspiración de colocar 
una linterna encendida de diez en diez casas durante seis ho- 
ras de la noche en que la luna no alumbrase. Este hombre 
obtuvo más honores que los que ha merecido Fulton en 
nuestros días. Sus contemporáneos dijeron de él, que, ha- 
biendo cambiado en esplendor luminoso las sombras de la 
noche, su descubrimiento eclipsaba el de Arquímedes. Es 
cierto, que según nos cuenta el mismo Macaulay, no faltaron 
upositorcs á la nueva luz, según ellos la llamaban ; pero de 
esto no hay por qué asombrarse. En nuestro siglo os en In- 
glaterra donde en el seno de un parlamento se han levantado 
las voces más autorizadas para oponerse á la introducción 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 227 

do los ferro-carriles, después que los primeros ingenieros de 
la Oran Bretaña habían declarado científicamente que la lo- 
comotora de Stepban era un gran disparate ! Vaya esto por 
vía de correctivo á la satisfacción de los caballeros británicos 
aquí presentes, que tal ve?, iban creyendo que no se cuecen 
habas en Inglaterra lo mismo que aquí y que en España. 
fltisas.J 

A propósito de babas, quién creería que la primera diligen- 
cia sólo se estableció en Inglaterra en 1669? El primero 
que anunció que baria el viaje entre Londres y Oxford en el 
espacio de un día contado del amanecer al anochecer, casi 
fué declarado loco como Colón, y hasta la Universidad do 
Londres como la de Salamanca tomó part« en el debate, 
Al fin la experiencia demostró que era posible andar quince 
leguas (90 kilómetros) en doce horas, no faltando quienes 
protestaran contra tan espantosa velocidad de locomoción. 
fSisas.J 

No hay que estrañar esto, cuando según el testimonio de 
los mismos historiadores ingleses, los caminos reales de en- 
tonces oran tan peligrosos, que á veces era necesaiio atrave- 
sarlos á nado y con frecuencia se ahogaban los viajeros en 
sus pantanos. 

En fin, señores, la Inglaterra en 1685, con cinco y medio 
millones de habitantes, tenía medio millón menos de ren- 
tas que la República Argentina en la actualidad; y todas sus 
rentas de aduanas era casi un millón menos que lo que pro- 
duce ai presente la sola aduana de la Provincia de Buenos 
Aires. 

Al recoi-dar la corta edad y los humildes orígenes de la 
grandeza de la Inglaterra, quiero decir á mis conciudada- 
nos, que dentro de ciento ochenta y cinco años podrán ser 
tanto y más que lo que es la Inglaterra en nuestros días, 
puesto quo hoy tenemos á nuestro servicio instrumentos 
de progreso con que ella no contó antes para su engrandeci- 
miento. 

Uno do esos instrumentos es el ferro-carril que el capital 
inglés pone hoy á nuestro servicio. 

Comparemos lo que éramos ahora pocos años y lo que so- 
mos hoy, y la fe de los grandes destinos que nos esperan se 
anidará en todos los corazones. 



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228 ARENGAS 

Ahora un año éramos provincias aisladas y en guerra ntias 
con otras. Hoy somos una nación libre y unida. 

La inmigración se ha duplicado. 

La renta en nn año ha aumentado de un veinte y cinco por 
ciento. 

Estos son progresos que prometen otros mayores. 

Pido solamente al terminar mi tarea, dejar al país con 12 mi- 
llones de rentas, con 30 mil inmigrantes, con 500 millas de 
ferro-carril gozando de paz y prosperidad, y quedaré satis- 
fecho, como ahora lo estoy al brindar por el fecundo consorcio 
del capital inglés y del progreso argentino. fAphusos pro- 
lonffoths.J 



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PROCLAMA 



Á LA OUARDIA NACIONAL DE BUENOS AIBES AL MABCHAR 
A L.\ CAMPAÑA DE PAVÓN 



Guardia Nacional de Buenos Aires.' 

Saludo en vuestras banderas el símbolo sagrado do las glorías 
argeotinas, que vuestros antecesores, los antiguos Patríelos, 
pasearon en trínnfo por la Améríca del Sud. Salado en voso- 
tros á los constantes sostenedores de las libertades do Buenos 
Aires por el espacio de nueve años, así en la prosperidad como 
en el infortunio. 

Bajo el amparo de vuestras bayonetas cívicas ha crecido 
una generación inteligente y varonil, que ha venido á engro- 
sar los batallones populares. Veo aquí, con el fusil al hom- 
bro, y prontos á combatir por la gloria y el derecho del 
pueblo de Buenos Aires, á los niños que k la caída de la 
tiranía, apenas podían balbucear el nombre de la patria. Aquí 
veo, resueltos como siempre, á los fundadores de la Guardia 
Kacíonol quo organizó en la memorable revolución de! 11 de 
setiembre. Aquí están los que me acompañaron en los com- 
bates del primer sitio, y dieron á la libertad su contingente 
de sangre, salvándola con su coraje en h. situación más 
angustiosa porque haya pasado el país. Aquí están también 
mis bravos compañeros en la jornada de Cepeda, los que 
uno contra siete salvaron el honor de nuestras armas, y que 
después do concurrir á un combato naval on las aguas del 
Paraná, vinieron cubiertos aún con ol polvo del campo de 



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230 ARENGAS 

batalla, á salvar nuevamente á Buenos Aires en uoión de 
6UB hermanos al pie de sus inexpugnables trincheras. 

Coneiitihilams : Sólo faltan en vuestras filas los pocos co- 
bardes que al amago del peligro han abandonado indigna- 
mente sus puestos de ciudadanos, deshonrando el reuombre 
de las madres argentinas que han alimentado con sus pe- 
chos el horoiamo de seis generaciones. Para vergüenza eter- 
na de ellos, inscribid sus nombres en las culatas de vues- 
tros fusiles, que el día en que pretendan volver á la patria 4 
gozar del fruto de \-uestro8 nobles trabajos, hasta las mu- 
jeres y los niños por ellos abandonados, les han do cerrar con 
desprecio las puertas del hogar que no tu\'ieron corazón para 
defender. 

GHardtas Nacionates : Os ha hablado el compañero y el ami- 
go : ahora escuchad la palabra de vuestro majistrado y vuestro 



Compatriotas: Marcho Á ponerme al frente del ejército en 
campaña, donde cuatro mil veteranos y seis mil Guardias 
Nacionales de la campaña se reunirán bajo nuestras banderas, 
prontos á sostener la dignidad y el derecho del pueblo de 
Buenos Aires. Cuento también con vosotros y con que, en 
cualquier punto en que me halle y cualesquiera que sean 
las circunstancias, acudiréis en masa á mi llamado, en obe- 
diencia de la ley, prontos á cumplir vuestros deberes, como 
en otras ocasiones. Si así lo hacéis, Buenos Aires será inven- 
cible, y podréis contar por vuestra parte ó con el triunfo, 
si se pretendiese imponemos por la violencia, ó con una paz 
sólida y fecunda, que salve vuesti-a dignidad y vuestro de- 
rocho. 

En consecuencia, proclamo en alta voz oste decreto, en 
presencia del pueblo, que os contempla r La Guardia Na- 
cional DE Buenos Aires, queda pronta A la primer or- 
den PARA liARCHAR Á CAMPAÑA. Si hay alguno que sienta 
flaquear su corazón, qne siga el camino de esos cobardes 
que han abandonado sus puestos al sólo amago del pe- 
ligro. 

Guardias Nueionales : Ahora repetid conmigo el grito que 
nos ha conducido á la victoria, y nos ha confortado en el 
peligi'o : Viva Buenos Aires g vivan sus instituciones ! 



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INAUGURACIÓN 

DEL FERRO -CARRIL DE SAN FERNANDO 



SeÑOBES: 

Empozaré como ha empezado el representante de la com- 
pafiia del ferro-carríl á San Fernando, recordando lo que 
pagaba ayer y lo que pasa hoy, con motivo de la solem- 
nidad pacífica y civilizadora quo nos roune en esto mo- 
mento. 

Ayer el pueblo do Buenos Aires hacía rodar al campo de 
batalla, el cañón de la guerra para sostener su dignidad y 
sus derechos, i. la par de la libertad y los derechos de las pro- 
TÍnoias hermanas; y hoy me ha tocado como su primer 
majistrado hacer rodar la carretilla del trabajador que 
conducía la primera palada de tierra del ferro-carril cuyos 
trabajos hemos inaugurado, para recordamos que el gober- 
naute de un pueblo libre, no es sino su primer jornalero, su 
primer servidor, y que la carretilla del jornalero es en los paí- 
ses civilizados el carro de triunfo del trabajo y del adelanto 
moral y material. (Aplausos.) 

Ayer el pico y la pala del trabajador abría los anchos fo- 
sos que debían cercar á la ciudad para fortificar el último 
baluarte de la civilización en el Río de la Plata, en caso de 
que nuestras armas no fuesen coronadas por la victoria; y 
hoy el pico y la pala del jornalero remueve la tierra que ha de 
formar los terraplenes donde se puedan asentar los rieles del 
ferro-carril do San Femando, que irradia en torno nuestro 
como las luces de una estrella, la libertad, la riqueza y el 



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¿33 ARENGAS 

adelanto que brota de este gran centro do civilización, que 
ostenta sobre su cabeza la doble corona de la libertad y del 
progreso, y la llama divina do la inmortalidad que alumbra sa 
camino. 

Ayer el pueblo de Buenos Aires poseído de un generoso 
entusiasmo, y decidido al triunfo ó al sacrificio, convertía 
en espadas las rejas do los arados ; y hoy los guerreros, co- 
ronados con el laurel de la victoria, y con la oliva de la 
paz que han conquistado para los pueblos, convierten sus 
espadas en rieles de ferro-carril, como verdaderos campeo- 
nes de la causa de la civilización y dol progreso. ("Grandes 
aplausos.) 

Estas son las nobles armas con quo la civilización com- 
bate y triunfa en pro del progreso moral y material de los 
pueblos, redimiéndolos del cautiverio, de la ignorancia y 
de la miseria, que son los peores tiranos do la especie hu- 
mana. 

El hombre sólo y desnudo arrojado por Dios en medio de la 
creación, sin más recursos que su inteligencia y su voluntad, 
ha tenido y tiene que sostener hora por hora, día por día, 
un combate terrible y gigantesco contra el más poderoso ene- 
migo de su engrandecimiento y de su bienestar, A donde 
quiera que vuelva su vista, mueva la planta, ó eatienda su 
brazo, allí se encuentra frente á frente con él, dispuesto á dis- 
putarle el terreno, y hacerle pagar con largas tareas y gruesas 
gotas de sudor los pasos que dá en la ancha senda de la civi- 
lización y del progreso. 

Ese enemigo es la materia inerte y la naturaleza bruta, so- 
bre la cual el hombro tiene que triunfar para mostrarse tal 
como es, dueño de la creación y vencedor do los obstáculos 
materiales que so oponen k la libre espansión de sus faculta- 
des morales y materiales. 

£¡1 ba tenido que abrir las entrañas de la tjerra para arran- 
car á su seno los metales de que ha forjado las armas con 
que debía combatir á la naturaleza. Ha roto el suelo con 
la reja del arado, para hacerle producir los sabrosos frutos 
que hacen sus delicias, y aseguran su existencia sobre la 
tierra. Ha domado las tempestades de los mares, para que 
las naciones puedan comunicarse y cambiar con ventajas re- 
cíprocas los variados productos que alimentan el comercio del 
mundo. Ha precipitado las aguas por diversos caminos para 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 233 

fecundar la ñquoza, ha taladrado y denibádo las monta- 
ñas que obstruían el paso de las valerosas legiones del pro- 
greso humano, y ha vencido por fin ©1 tiempo y el espa- 
cio, remoras del progreso, por medio del vapor y del ferro- 
carril. 

De todas las armas que la humanidad ha forjado para 
sostener ese combate gigantesco, ninguna más eficaz" ni más 
bien templada que el f erro-carri! ; el ferro-carril, señores, 
que es el conquistador del mundo, el glorioso vencedor del 
tiempo y del espacio, que suprimiendo en cierto modo las 
distancias, armonizando los intereses encontrados del pro- 
ductor y del consumidor, atando á los pueblos con víncu- 
los indisolubles de fraternidad, consultando recíprocas ven- 
tajas, es la glorificación más alta del poder y de la inteli- 
gencia humana en su lucha otema contra la materia bruta. 
(Aplausos.) 

Ese es, señores, el constante enemigo del hombre, el ver- 
dadero y único enemigo de su libertad de acción, de su 
civilización y de su riqueza, y por eso es ley del progre- 
so, que sólo se inaugure un adelanto para el género hu- 
mano, allí donde , las fuerzas de la naturaleza bruta que- 
den vencidas, ó donde ellas se ponen al servicio de la inte- 
ligencia. Por eso los pueblos verdaderamente cultos, buscan 
para sus sienes la doble corona de la oliva pacífica que les 
asegura los bienes conquistados á costa de tantos afanes, y de 
la palma del triunfo pura de sangre, que simboliza la 
cruenta y fecunda victoria del incansable jornalero del progre- 
so humano. (Aplausos.) 

Hay también luchas santas y justas entre los hombres, aun- 
que los brazos que se desarmen en ellas y los muertos que caen 
en el combate, sean otras tantas fuerzas perdidas para com- 
batir contra el enemigo común. Cuando los hombres obstru- 
yen á un pueblo el camino de la libertad y del progreso, 
justo /necesario empuñar las armas del combate para remo- 
ver esos obstáculos, para volver á comenzar al día siguienti 
con más vigor y bajo condiciones mejores la lucha intermi 
nable del hombre contra la naturaleza. 

Por eso el pueblo de Buenos Aires, después de haber em- 
puñado las armas en nombre de su derecho, y en el interés de 
la civilización y la libertad, cuya causa representaba, puede 
al día siguiente do una espléndida victoria, después de ha- 



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234 ARENGAS 

ber romovído los obstáculos que so oponían á la magestuosa 
espansión de la libertad y del progreso, inaugurar los trabajos 
de an nuevo ferro-carril, el segundo que se inaugura en nues- 
tro país. (Apiausos.) 

Por eso eí capital inglés y la inteligencia norte-americana, 
á la par de las demás naciones cultas de la Europa, nues- 
tras alifílas naturales on esta noble lucha, vienen á prestar- 
nos un generoso apoyo para vencer á nuestro mayor enemigo 
que es la soledad, eí desierto, la despoblación y la distancia. 
Si, señores, porque todos los hombres y todos los pueblos de 
la tierra, comprenden que la herencia do la humanidad no es 
la herencia maldecida de Caín, sino la divina herencia del 
Evangelio, que manda qne los unos se ayuden á los otros, en 
voz de destruirse entre sí. 

Así, pues, el ferro-carril á San Fernando, proyectando en 
tomo nuestro un vasto sistema de vías de comunicación, 
como el ferro-carril del Oeste ya, como el del Sud más ade- 
lante, acrecentará nuestra riqueza y nuestro bienestar, lle- 
vará á todas partes la civilización y la libertad y nos traerá 
en retomo nuevos productos que brotarán bajo su acción 
fecundante, poniendo al Tandil y al Arroyo del Medio 
dentro del radio laminoso de esta atmósfera civilizadora y 
casi á igual distancia, en cuanto al tiempo, que Moreno ó las 
Conchas. 

Brindemos, pues, señores, por el ferro-carril, que derrama 
á lo largo de su trayecto las semillas fecundas del progreso; 
por ese vencedor del tiempo y del espacio, que como se ha 
dicho, monta un caballo de fuego con nervios de acero, que 
no se fatiga jamás, y que, donde quiera que enarbole su es- 
tandarte de llamas y de humo, anuncia á los pueblos que 
visita, el tiiunfo de la civilización y del progreso. (Grandes 
aplausos. J 

Y ya que al pueblo de Buenos Aires le ha tocado la glo- 
ria de iniciar y presidir para la República Argentina nna 
época de reorganización, de libertad y de paz, que desen- 
vuelva los ricos gérmenes que la mano de Dios ha depositado 
on su fecundo seno desgarrado por la mano de los tiranos 
ó esterilizados por la acción funesta de sus malos gobiernos, 
muestre más prácticamente á nuestras nobles hermanas, las 
provincias del interior, como es que un pueblo civilizado lu- 
cha, interviene y gobierna presidiendo á la labor comdn. Qne 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 235 

no se deteugan los £erro-car riles eu las fronteras provincia- 
les. Intervengamos de distinto modo en las provincias del 
interior, intervengamos con un ferro-carril desdo el Rosario 
á Córdoba, con otros ferro-carriles que sigan el itinerario de 
las armas ^'ictoriosas de Buenos Aires en la lucha que ha 
terminado, y que les lleven un ejército de jornaleros arma- 
dos de las armas del trabajo, para que puedan combatir y 
triunfar en pro de la civilización argentina ; para que cuando 
oigan el silbido metálico de la locomotora, en vez de la cor- 
neta de degüello que llevó á San Juan un bárbaro sediento 
de sangre, y vean levant-arse en medio de la hoy desierta 
pampa el estandarte de humo y fuego del ferro-carril, en 
vez de la tea de los interventores armados que no ha mu- 
cho incendiaron sus casas y sus mieses, bendigan esa in- 
tervención civilizadora de Buenos Aires, y saluden en el ferro- 
carril el precursor de tiempos mejores, y la garantía más efi- 
caz de la paz y del engrandecimiento del pueblo argentino 
á la sombra de la libert-ad. ( Vivos y prolongados aplau- 
sos. ) 



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PROCLAMA. 



l DE BUEK06 AIRES T OEÍ^EBAL RN OBPB 
DE SUB BJfiRClTOB i LOS GUARDIAS NACIONALES QUE BEOEESAHOM 
DB LA CAMPAÍlA DB PAVÓN 



Enero 18 da 1S62. 

Guardias Naeionalea de la ciudad y campaña ! — Bendigamos 
á la divina Providencia que ha salvado á Buenos Aires, que 
ha hecho triunfar la causa de los pueblos, que Ha libertado 
la República Argentina, y que después de tantas fatigas 7 pe- 
ligros, os restituye á vuestros hogares, coronados con el laurel 
de la victoria. 

Soldados del pudilo .' — Siento que no se hallen aquí presen- 
tes en este momento todos nuestros compañeros de armas, 
asi del ejército de linea como de la milicia nacional, los 
vencedores de Pavón y de la Cañada de G-ómez, los que 
han llevado la bandera victoriosa de Buenos Aires hasta 
los confínes del Chaco y hasta el pie de la Cordillera de los 
Andos ; y sobre todo, deploro en este momento más que nun- 
ca la ausencia eterna de nuestras fílas de los que cayeron 
gloriosamente en el campo de batalla combatiendo por nues- 
tras santas leyes y por la libertad de la República Ai^entina; 
pero vosotros que los representáis dignamente, recibid en nom- 
bre de todos ellos ia declaración que hago en presencia del 
pueblo que os admira, y que en este momento brota de todos 
los corazones argentinos; — Soldados: Habéis merecido bien 
de la patria. 

Compañeros de armas: — Ahora entrad á recibir la ovación 
que el amor y la gratitud de vuestros conciudadanos os ha 
preparado, y decidle al pueblo de Buenos Aires, que le 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 237 

devuelvo por segunda vez casi intactas y siempre vence- 
doras las legioDes que me eonfió en la hora del peligro, 
i Quo el grao pueblo do Buenos Aires se sienta más grande 
aún al recibiros eu su seno ; que cada madre al abrazar con 
entusiasmo al bijo ausente por tanto tiempo, sienta latir 
sobre su corazón el corazón de un héroe; y que esos latidos ge- 
nerosos repercutiendo por todos los ámbitos de la Repú- 
blica Argentina, anuncien que ha llegadp por fin para los 
pueblos la hora de rendención, y para los tiranos su última 
hora! 

Soldados .' ¡ Viva Buenos Aires, el pueblo libertador, y viva 
la República Argentina, libre de tiranos ! 



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LA ESTATUA DE SAN MARTIN 

( AL DESCORRER EL VELO } 



Julio 14 de 1862. 



Va á descorrerse el velo, detrás del cual se oculta la noble 
imagen del general don José de San Martín, en la actitud he- 
roica en que lo ha inmortalizado el arte, representando el mo- 
mento en que al escalar las más elevadas montañas del orbe, 
montado en su caballo de guerra, enseñó á sus legiones, gI 
camino del heroísmo, y contempló desde lo alto de ellas, con 
la mirada pi-ofótica del genio, las pampas, los mares, los valles 
y las montañas de la América del Sur, teatro de sus pasadas y 
futuras glorias 

Esa imagen va á ser presentada al fin á la admiración y & la 
gratitud de aquella posteridad, á cuyo fallo apeló confiadamen- 
te ou el mometo más solemne de su vida, cuando se despidió 
por siempre de las playas americanas. 

El general Han Martin dijo al descender espontáneamente 
del alto puesto á que se había encumbrado: •' En cuanto á mí 
« conducta pública, mis conciudadanos, como lo general de las 
« cosas, dividirán sus opiniones : á su posteridad corresponde 
" el verdadero fallo. >! 

Ese fallo ha sido pronunciado ya por la voz do dos gene- 
raciones. 

Tres Repúblicas lo han aclamado como el padre y fundador 
de su independencia y de su libertad. 

La geografía política ha señalado ocho repúblicas indo- 



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DE BARTOLOSrÉ MITHE 23Í) 

pendientes dentro del circulo trazado por su espada Wc- 
tonosa. 

El mundo ent«ro lo ha reconocido como al primer genio mi- 
litar del nuevo mundo. 

La América toda lo ha declarado á la par de Bolívar, el li- 
bertador de medio mundo, con quien comparte la gloria de ha- 
ber sido el apóstol armado de la revolución americana, que 
tizo flamear bus banderas victoriosas desde el Atlántico hasta 
el Pacífico, y desde Valdivia hasta la línea del Ecuador, mar- 
cada por sus volcanes encendidos. 

La historia ha consignado en sus pajinas eternas sus 
inmortales triunfos de San Lorenzo, Chacabuco y Maipo, 
su atrevido paso de los Andes, su memorable expedición al 
Pora. 

La justicia postuma de los pnebtos ha comprendido al fin 
en el gran capitán y el hábil político, al hombre superior 
á las ambicionen vulgares, que supo dirijir la fuerza con in- 
teligencia y con vigor, y usó dol poder con moderación y con 
ürmeza, para hacer servir todo al triunfo de la grande y noble 
causa á que había consagrado su espada, su corazón y su 



Por fin, señores, la moral humana ha recojido de sn vida el 
bello ejemplo de un hombre, que levantado por sus trabajos y 
por su genio al apojeo del poder y de la gloria, desciende vo- 
luntariamente de él, sin debilidad y sin enojo, comprendiendo 
que había llenado su misión, y no queriendo ser un obstáculo 
al triunfo definitivo á que habia consagrado su vida. Este ejem- 
plo, único en la América del Sud, y que sólo puede ser compa- 
rado con el de Washington, levanta y dignifica su figura moral 
como hombre público. 

Tales son sus títulos á la admiración y íi la gratitud de la 
posteridad, y tales son los motivos que reúnen á un pueblo en 
torno de su estatua de bronce, cerrando con este acto el pe- 
ríodo de la ingratitud, y abriendo ol de la reparación que le 
debíamos. 

La obra de la reparación ha sido lenta y tardía, pero se- 
gura. 

Por veinte años su nombre y su gloria ha sido botado ó 
¿ la ingratitud ó al olvido ; reprochándole como un crimen el 
que no pidiese limosna como Belisario ! 

Cuando abandonó el Perú, trayendo consigo el estandarte 



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240 ARENGAS 

que Pizarro había llevado para esclavizar el imperio de los In- 
cas, la calumnia y el insulto cobarde lo persiguieron por la es- 
palda, y aunque no faltaron para honor del Perú, voces valien- 
tes y generosas que se levantaran en su honor y en su defensa, 
cuando él no ejercía ya influencia alguua en aquella Bepública, 
el insulto y la calamnia empañó por el el momento la corona 
del libertador. 

Al recorrer solitario el camino que poco antes había cru- 
zado seguido de lejiones valerosas, de que su genio era el 
alma, apenas pudo merecer de Chile una hospitalidad pro- 
caria y pasajera, amargada por el denuesto ; y desde enton- 
ces Chile borró de su historia por el espacio de veinte años 
el nombre del fundador de su independencia. En las gran- 
des festividades nacionales que la rememoraban; en los ani- 
versarios de las batallas de Chacabuco y Maípo que la 
aseguraron; en las mismas banderas que flotaban al viento 
da la libertad conquistada por el genio y la espada de 
San Martín, acaudillando las lejiones argentinas y chile- 
nas, el nombre de San Martín brillaba tan sólo por su 



Al regresar á la patria, al volver al punto de partida, de 
donde había salido ocho años antes al frente de sus vale- 
rosos Granaderos á caballo, el general San Martín, el capi- 
tán ilustre de tres repúblicas, no tenía donde pasar revista* 
en el ejército argentino ; y el gran ciudadano de medio man- 
do se encontró despojado de los derechos de la ciudada- 
nía en su propia patria, porque la humilde aldea á donde 
había abierto sus ojos á la luz del día, era un montón de 

Y ya que he hablado de la ingratitud pública y estamos 
aquí haciendo un acto de reparación, lo diré todo, porque todo 
debe decirse cuando los pueblos levantan monumentos postu- 
mos á la memoria de sus grandes hombres. 

Condenándose voluutaiiamente el general San Martín al 
ostracismo, con una fuerza de alma y una serenidad de es- 
píritu de que hay pocos ejemplos en la historia, sintió á los 
cinco años de ausencia la necesidad de volver á respirar el 
aire de la tierra natal. Llegó al puetto de Buenos Aires el 
día 12 de febrero, aniversario de sus gloriosos triunfos de 
San Lorenzo y Chacabuco, y en las puertas de su patria 
encontró este letrero, escrito por manos argentinas: Ambi- 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 241 

QUEDADOS. El general San Martin ha vuelto á su país á los 
cinco años de ausencia, pero después de haber sabifh que se h(éian 
hecho las paces con el emperador del Brasü. El primer capitán 
americano era así apostrofado de cobarde por sus mismos 
compatriotas, precisamente en el momento en que se cele- 
braban dos grandes días de gloria militar que había dado á 
au patria! El general íían Martin, al recibir este saludo, 
volvió á su destierro con dignidad y en silencio, sin pisar la 
tierra que venía buscando, y se fué para no volver más, para 
morir lejos de nosotros, esperando tranquilamente el fallo 
justiciero de aquella posteridad á que había apelado en otro 
tiempo. 

Se ha dicho muy bien, que la respuesta de San Martín 
en aquella ocasión, había sido dada dos mil años antes por 
la boca de Scipión, insultado por sus compatriotas en el 
anivei-sario de una de sus grandes batallas: «En un día 
• como este salvé á Boma. Vamos al templo á dar gracias 
" á los dioses tutelares del Capitolio, para que siempre ten- 
" gan generales que se me parezcan. " Poro San Martín ní 
dio esta respuesta, ni mandó grabar como aquél grande 
hombre sobre su sepulcro: Iiigralu patria, «o tendrás mis hue- 
sos. La respuesta nos la ha dado modesta y generosamente 
desde la tumba. Él dejó escrito eu su testamento : » Quiero 
■1 que desde el lugar en que muera se me conduzca al cemon- 
" terio ; pero deseo que mi corazón descanse en el de Buenos 
« j^ires. » 

Al fin, señores, después de aquella larga y tenebrosa no- 
cbo de ingratitud y de olvido, la gloria de San Martín se ha 
levantado como una estrella del cielo americano. 

La República del Peni, la primera que le decretó en vida 
una estatua, ha glorificado dignamente su memoria y ha aten- 
dido generosamente & sus descendientes. 

Chile, que durante parte de su destierro, lo consideró 
como el generalísimo de sus ejércitos, abonándole el sueldo 
que su patria no se creía en el deber de darle, ha sido la pri- 
mera que ha realizado el pensamiento de erigirie una estatua, 
que inmortalize su memoria para los presentes y para los ve 



Y Buenos Aires por último, presidida por su Municipali- 
dad, asociada al pueblo y al gobierno en represen taciÓQ de 
su patria agradecida, ha erigido también una estatua eoues- 



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242 ARENGAS 

tre, cincelada en el bronco, para perpetuar dignamente el 
recuerdo de sus altos hechos, y presentarlo á ta admiración 
do los presentes y de los venideros, montando un caballo del 
metal de sus cañones, que no se fatigará jamás de llevarlo 
sobre sus hombros, como no se fatigará jamás el genio de la 
gloria de levantar en alto su corona cívica j militar de luces 
y de laureles. 

El breve espacio que llena ese soberbio pedestal de mármol, 
será el único pedazo de tierra que San Martin ocupará en esta 
tierra libertada por sus esfuerzos, mientras llega el momento 
en que sus huesos ocupen otro pedazo de tierra en ella ! 

Pero su uombi-e, pero el recuerdo de su genio, pei-osns altos 
hechos, y los resultados de sus generosos esfuerzos, ocuparán 
eternamente el corazón y la memoria de sus compatriotas ! 

Debérnosle este homenaje de gratitud postuma, nosotros, 
sus compatriotas, los herederos legítimos de sn nombre y do 
an gloria, á quienes legó su corazón al morir; porque si San 
Martin es verdaderamente grande, considerado como hombre 
americano, para quien la revolución del nuevo continente no 
tuvo fronteras, tiene además títulos especiales á nuestra ad- 
miración y nuestra gratitud considerándolo puramente del 
punto de vista de la historia y de la nacionalidad argentina. 

Él fué quien templó las armas de la revolución argentina 
por medio de la severa disciplina, prometiendo su dirección á 
la consumada ciencia militar. 

Él fué el representante de la acción extema de la i-evolu- 
ción ai^ntina, concretada en un vasto plan de campaña que 
abrazaba toda la América del Sud en sus atrevidas combina- 
ciones al través de mares y montañas. 

Él fué el propagador mas infatigable de los principios de 
la revolución de Mayo en los países que libertó su espada, 
inoculando en ellos el espíritu varonil y democrático que pre- 
sidió á nuestros primeros trabajos de organización política. 

Él fué quien en los momentos más angustiosos de nuestra 
revolución, cuando la América sucumbía bajo el peso de las 
armas españolas, y todo parecía perdido, impulsó al Congreso 
de Tucumán á declarar nuestra independencia en 1816, y su 
espada, á la par de la de Belgrano, fué la primera que se le- 
vantó para sostenerla, y la única que la salló con tres grandes 
victorias. 

Él fué el que reveló á la República Argentina el secreto do 



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DE BABTOLOUÉ MITRE 243 

SU poder y de su fuerza, dando vuelo á su genio militar en el 
exterior, en los momentos en que, devorada en el iutoriop por 
la anarquía y por las malas pasiones, apenas parecía tener 
fuerza para sostenerse á sí misma; y gracias ú esa fe robusta 
que le animó entonces, fuimos redentores do pueblos, gracias 
á ella las banderas argentinas pasearon en triunfo la América 
del Sud, y salvando con nuestros sacrificios á medio mundo, 
nos salvamos á nosotros mismos. 

Por eso también le debemos un monumento nnis duradero 
aún, que la estatua que vamos á inaugurar en su honor, por- 
que al fin los metales y las piedras son materiales frágiles para 
la mano del tiempo, que puede convertirlos en polvo, mientras 
que el recuerdo de las grandes naciones es imperecedero y no 
se borra jamás de la memoria de los hombres. Debérnoslo la 
organización y la consolidación definitiva do la República Ar- 
gentina, á la que consagró su vida, su genio y sus afanes, pa- 
ra que su patria no se muestre inferior á las glorias que él 
le di6, y para que sean cumplidos los votos de los padres de 
nuestra independencia. 

Es sin duda un feliz augurio para la nacionalidad argentina, 
que la estatua del grando hombre que más cumplidamente la 
simboliza, se levante por los esfuerzos generosos dol pueblo 
de Buenos Aires, en momentos en que el mismo pueblo se 
pone de pie y consolida la base de la patria común. 

Si el bronce se animara, sin duda que el General San Mar- 
tín se estremecería de gozo, cuando pudiese contemplar como 
en este momento en torno suyo á todos los miembros de la 
gran familia argentina, reunidos en paz y libertad, y reali- 
zando después de medio siglo de trabajos y de infortunios la 
grande obra á que consagró su vida. 

Mientras tauto, y mientras llegue el momento en que orga- 
nizada definitivamente la Ropúbtica Argentina podamos colo- 
car á su frente la estatua del General Belgrano que divide 
con San Martín las pajinas de nuestra historia y el corazón 
de los argentinos, porque ellos son los dos grandes hombres 
de acción y pensamiento de nuestra revolución, saludemos en 
ese bronce que va á descubrirse, la noble y la inmortal efigie 
del fundador de tres Repúblicas, del vencedor de San Loren- 
zo, de Chacabuco y Maipo, del primer Capitán del Nuevo 
Mundo, del ilustre guerrero argentino, el General don José 
de San Martín .' 



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EN LA PROLONGACIÓN 

DEL FERRO-CARRIL DE SAN FERNANDO 



Febrero de 1864. 

Señores : 

Habría deseado que el gobornadop do Buenos Aires con- 
testase al brindis de! diguo representante de la empresa del 
Ferro-oarril del Norte, por ser esta una obra iniciada y lleva- 
da k cabo bajo los auspicios de la Provincia; pero mí amigo 
el señor Saavedra !ia contestado con mucha oportunidad á 
mi invitación, recordándome (¡ae todos estamos aquí en nues- 
tra propia casa, y que este es un día de alegría y de esperan- 
zas, no sólo para Buenos Aires, sino para todos los argentinos 
que á la sombra de la paz y de la libertad de que gozamos, 
recorren hoy el ancho camino del progreso. 

En efecto, señores, y gracia.s al cielo, todos estamos hoy en 
nuestra propia casa; podemos llamarnos dueños del techo que 
nos abriga, y contar la seguridad de que dejaremos estampa- 
da la huella de nuestro pasago en la tierra de nuestro naci- 
miento. Pasó aquél tiempo en que el argentino era huésped 
en su propia casa, y era extrangero en la morada del vecino, 
aquél tiempo en que el ciudadano errante no podía contar ni 
con el techo, ni con la familia, y en que sólo tenían morada 
segura los que dormían tranquilos en la oscuñdad de la tum- 
ba bajo la protección de Dios. Al fin hemos alcanzado la vida 
normal de la famiHa gobernada en paz y libertad, y nosotros 
y los que con nosotros viven al amparo de nuestras leyes, po- 
demos gozar tranquilos de la felicidad contando con el pan de 
cada día y el día de mañana. 



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DE BiUtTOLOWÉ MITRE 245 

T gracias á esta situación feliz á que hemos alcanzado, po- 
demos ver realizarse fiestas como la qne hoy nos reúno aquí, 
y en que bajo estos arcos flotantes, arcos triunfales formados 
con todas las banderas del mundo, vemos pasar al conquista- 
dor, al triunfador moderno, sin qne su triunfo ó su conquista 
haga derramar una sola lágrima, ni vestir de luto á la mit^ 
de un pueblo. 

Yo felicit© muy oordialmente á la empresa del ferro-carril 
del Norte en la persona de su representante el señor Zimmer- 
mann, por el triunfo pacífico que acaba de alcanzar, luchando 
con tanta perseverancia. La empresa del ferro-carril del 
Norte es acreedora á esta felicitación, porque ha luchado no 
sólo contra dificultades materiales de todo género, sino contra 
lo que es más difícil de vencer, que son niiestras preocupacio- 
nes, encarnizados enemigos de] adelanto de los pueblos, aquí 
como en toda parte donde se inicia una idea nueva. 

Hoy que el ferro-carril del Norte es una realidad, nos pare- 
cerá un sueño recordar los ai^imentos estravagantes que in- 
ventaban los hombres más juiciosos y bien intencionados, para 
probar que tal ferro- carril era imposible, que era ruinoso para 
el país y ruinoso para la empresa, que era una locura en fin. 
Esta locura es por fortuna un hecho tangible; la locomotora 
ha recorrido majestuosamente la linea matemática trazada por 
el ingeniero, y hela aquí al término do su carrera, onarbo- 
lando el estandarte flamígero de la civilización, y trayendo en 
sus entrañas el nervio elástico del progreso humano ! 

Cuándo ahora dos años me tocó como Gobernador de Bue- 
nos Aires levantar la palada de tierra que inauguró estos tra- 
bajos, yo comprendí !a importancia del noble peso que levan- 
taba en mis brazos, y la influencia que ella debía tener cu la 
suerte no sólo de Buenos Aires, sino de toda la República 
Argentina, destinada á ser cruzada por ferro -carriles que pro- 
muevan su prosperidad y aseguren su libevtad y su paz. 

Esta es sólo la primera gran jomada del feíTo-carril del 
Norte. Él irá adelante y se ligará con los grandes feíTo-carri- 
les argentinos que vayan al Interior de la República, uniendo 
con rieles de hierro, lo que está unido ya por vínculos morales 
y políticos, que nada, ni nadie podrá desatar. Mientras tanto 
me felicito de haberle visto llegar basta San Fernando, y que 
la obra cuya primer palada de tierra me tocó el honor y la 
fortuna de remover, haya sido terminada id fin por la mano 



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246 ■ ARENGAS 

del señor Saavedra, actual Gobernador de Buenos Aires, que 
acaba do remachar su último clavo, j Ojalá en todas las obras 
quo me toque emprender en esta vida, puedan otros cerrar la 
bóveda y coronarla: yo me contentaré con establecer los ci- 
mientos ! 

Y á propósito de esto debo decir, sin que en ello me haga 
ninguna violencia, y sin que pretenda hacer acto de una vulgar 
habilidad diplomática, que en la grando obra de la organi- 
zación nacional que me ha tocado el honor de presidir, he en- 
contrado en el señor Saavedra un cooperador eficaz, y me es 
grato declararlo en esta ocasión y en estas circunstancias, 
porque aún cuando podamos hoy estar en desacuerdo respecto 
de actos que puedan afectar seriamente la suerte de la Repú- 
blica, no puede haber entre nosotros divergencia en las cues- 
tiones fundamentales de que depende la suerte do la naciona- 
lidad argentina. Y á la vez me hago un deber en declarar 
que, en esta grande y difícil obra que me ha tocado presidir, 
en que he necesitado y necesito del concurso de todos para 
llevarla á término feliz, puedo estar en disidencia con unos, 
simpatizar más con otros, creer que algunos se estravien aun- 
que momentáneamente y que otros sirven mejor los intereses 
de la comunidad, sin que por esto reconozca niugun enemigo 
eu el trabajo que á todos nos está encomendado, y de cuyo 
resultado depende la suerte de todos. 

Es, señores, que estamos en aquella carrera de las antorchas 
de los tiempos heroicos de la G-recia, en que los luchadores en 
noble competencia, procuraban ser los primeros á llegar á la 
meta, levantando en alto la luz conñada á sus manos. Las 
bendiciones del cielo y de los pueblos caerán sobre el que con 
más perseverancia, con más vigor, y desviándose menos del 
recto camino, levante más en alto esa luz resplandeciente y 
la conserve encendida hasta el termino do la carrera; así como 
las maldiciones de Dios y del pueblo, caerán sobre aquél que 
intente apagar cou su impotente soplo esa llama sagrada que 
ilumina el camino de todos ! 

Y al elevarme á estas consideraciones, no puedo olvidar sin 
embargo el terreno que pisamos, y arrojar una mirada retros- 
pectiva hacia esos campos atravesados hoy por los ríeles del 
ferro -carril. 

No es posible olvidar que liace cerca de medio siglo en días 
muy inmediatos á este, el 1" do febrero de 180C, un Virey de 



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DE BARTOLOMÉ MiTBB 217 

Buenos Aires repavtfa los solares del pueblo de San Fernando 
de Bella Vista, que mañana será una ciudad, porque esto nos 
recordará siempre que nuestro prograso actual tiene hondas 
raíces que vienen de muy lejos. 

Y es (frato recordar que en esos mismos días, el mismo Vi- 
rey daba personalmente el primer golpe de azada de la obra 
del canal de San Femando, invocando para estos países las 
bendiciones del Altísimo, y no debemos olvidar estas bendi- 
ciones de la madre patria que vemos realizarse en nuestros 
días. 

T sí recordamos que ahora doce años ese mismo trayecto 
era cruzado por millares de jinetes polvorosos, que con las ar- 
mas rotas y ensangrentadas abandonaban un campo de ba- 
talla en qne combatían los hermanos, pero en que se asegu- 
raba el triunfo de la libertad argentina, postrando en tierra 
una bárbara tiranía de veinte años, entonces podremos recor- 
dar con más gratitud y con mayor espansión de sentimientos, 
aquellas santas bendiciones del pasado, procurando hacemos 
dignos de las bendiciones del presente, para que ellas sean 
trasmitidas como noble herencia á nuestros hijos. 

Y al llegar aquí siento qne entro en un terreno peligroso y 
resbaladizo. Sé lo que siento y lo que quiero decir, pero no 
sé con que palabras lo diré; y como cuando se habla al público 
el orador es al mismo tiempo la máquina y el maquinista, pu- 
diera ser que mi palabra se descarrilase ; pero si tal sucede, 
mego á todos sigan con la vista las líneas generales de mi 
discurso, y que no se alarmen cuando les anuncie qne voy á 
hablarles de la actualidad y de la idea que en este momento 
ocupa todas las cabezas. (Átcncián.) 

El gobernante en un pueblo libre y en ocasiones como esta, 
en que tiene que dirigir la palabra á sus conciudadanos, no 
puede ser una especie de sordo-mudo ; no puede dejar de ver 
lo que sus ojos ven, ni dejar de oír lo que se dice en tomo 
suyo; y si habla al pueblo debe decirle lo que piensa y lo que 
siento, interpretando lo que piensan y lo que sienten todos. 
(Movimiento de alarma.) 

Voy á herir, pues, la cuerda sensible de la actualidad, y 
creo que todos me reconocen bastante prudencia para hacerla 
vibrar con la mano tranquila y simpática de la amistad y del 
patriotismo. 

Yo sé muy bien, señores, que estamos en los altos mares 



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248 ARENGAS 

de la política: sé muy bien que hemos abandonado aquellas 
costas que en otros tiempos fueron nuestras sola guia; no semo 
oculta quo los que baii perdido de vista la frontera de su 
Provincia ó el campanario de su aldea, pueden considerarse 
perdidos en este vasto piélago que atravesamos]; ni extraño 
que en este viaje de largo curso que tiene sus peligros, haya 
quien murmure contra las maniobras del Capitán, y dispute 
sobre el detrotero que debemos seguir, y los astros que debe- 
mos tomar por guia. En esto puede haber divergencias, pero 
no es posible que ella exista en la convicción profunda de que, 
do la salvación de la nave que á todos nos lleva, depende la 
salvación de todos, y que esa nave es la unión de los argen- 
tinos, la consolidación de la nacionalidad argentina. Por mi 
parte, me asiste Ja fe profunda de que si la tempestad arrecia 
y la nave peligra, las disidencias han do desaparecer, y todos 
han de correr con ánimo varonil al timón, á las velas y á los 
mástiles, hasta conjurar los i-ientos y las olas, y poner la nave 
en el seguro derrotero del puerto de salvamento; y tengo la 
fe profunda de que una vez llegados á ese puerto, nos hemos 
de abrazar todos como hermanos, sobre la húmeda arena de la 
playa, y consagrar como símbolo de gratitud y fraternidad en 
el altar de nuestra patria constituida, el ancla de esperanza 
de la nacionalidad argentina, que hoy es la única y la última 
esperanza de la salvación de todos, f" Tifas y aplausos prohn- 
gaéts.) 



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DISCURSO AL CONGRESO NACIONAL 



PRONUNCUDO COMO PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA 
EL 12 DE MAYO DE 1864 



Conciudadanos del Senado y deia Cámara de Diptttados : 

Al cumplir por la tercera vez los deberos que la Conatitu- 
ción me señala en este neto solemne, me siento poseído de las 
mismas emociones qne ahora dos años, cuando me tocó el ho- 
nor y la fortuna de inaugurar esta nueva era de unión, decla- 
rando instalada la Representación Nacional en toda au inte- 
gridad, reunida entonces por la primera vez, en paz y libertad, 
bajo el amparo de una ley común. 

Espero que vuestra reunión en este día despertará iguales 
sentimientos patrióticos en todos los tranquilos hogares do 
nuestra tierra, donde se eleven votos al cielo por la concordia 
de los hermanos; porque sois no sólo los Representantes de la 
Soberanía del Pueblo, sino también los padres de la gran fa- 
milia ai^ntina, congregados en este recinto en nombre de la 
fraternidad, con corazones vacíos de odio y colmados de bene- 
volencia, para dictar leyes paternales que perpetúen su unión 
y labren su felicidad, mereciendo el amor y la veneración de 
todos. 

Yo os felicito por ello, Honorables conciudadanos, y porqae 
vuestras tareas legislativas se inauguran en este año bajo 
mejores auspicios que en el anterior; cuando la paz pública 
que encontrasteis y dejasteis perturbada, se halla felizmente 
restablecida; y cuando, lo que es más importante aún, la paz 
y la confianza ha penetrado hondamente en los corazones vi- 
riles, aún en medio de las agitaciones políticas y do los distur- 



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250 ABEKGAS 

bios locales, que son inherentes á la actividad de la vida de- 
mocrática, sobre todo en países que no han completado su 
educación constitucional, 

Y tienen razón los que viviendo tranquilos en el presente, 
confían en el porvenir ; porque no es posible dejar de ele- 
var un voto de gracias á la Divina Providencia por los 
favores que nos ha dispensado, al permitir que nuestros 
sacrificios fuesen coronados con tal éxito después de tan 
la^os años de guerra, de tiranía, de miseria y de infor- 
tunio. 

En efecto, á pesar de las serias dificultades de esta época 
de penosa labor y de los dolores que aún experimentan algu- 
nos miembros del cuerpo social ; no obstante los abusos po- 
líticos ó administrativos que parcialmente aún puedan co- 
meterse, así como de los peligros latentes quo encierra esta 
situación ; puede decirse con cutera verdad y plena concien- 
cia, que nunca en ningún tiempo la República fué más feliz, 
más libre, más rica que boy, ni contó con mayor cantidad de 
fuerzas morales y materiales al servicio de la civilización y del 
progreso ; y que nunca en ningún tiempo estuvieron más irre- 
vocablemente fijados los destinos de la nacionalidad argentina 
que al presente. 

Sobre estas anchas bases, sólo de nosotros mismos depende 
hoy consolidar una nación grande y próspera, que asegure los 
beneficios de la libertad para los presentes y venideros : para 
ello sólo necesitamos que la virtud cívica y la prudencia pre- 
sida siempre á los consejos de los gobiemos, y que no falte ja- 
más al pueblo la moderación y la perseverancia en el ejercicio 
de sus legítimos derechos. 

La República Argentina, despedazada y casi exánime, des- 
pués de cincuenta años de calamidades, se ha levantado al 
fin del polvo sangriento de la guerra civil, más joven y 
vigorosa que nunca, con todos los elementos de vida y de po- 
der que son necesarios para glorificar su nombre y hacer 
la felicidad de todos sus hijos, y de todos los que con no- 
sotros vengan á habitar este suelo al amparo de sus leyes hos- 
pitalarias. 

Tenemos un territorio vasto y feraz, qne puede contener 
y alimentar generosamente á una población casi igual á la 
que habita la superficie de la Europa, bañado por el mar, 
cruzado por rios qne penetral al corazón del país, y una 



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DE BARTOLOMÉ MITKE 251 

llanura preparada por la maao del Creador, que sólo espe- 
ra los brazos del jornalero para fecundarla, y los rieles 
del ferro-carril para activar las comunicaciones entre los 
hombres. 

Tenemos aua población que por una ley demostrada por la 
estadística, combinadas las fuerzas de la reproducción con las 
de la inmigración, debe doblarse cada veinte y cinco años ; 
siendo nuestra inmigración actual, mayor que la que reciben 
todas las Repúblicas Sud-Ameiicanas juntas, y superior á la 
que los Estados Unidos recibían cincuenta años después de su 
fundación. 

Apenas organizado por la primera vez nuestro tesoro común, 
podemos presentar una renta un cuarto mayor que la que po- 
tree la más próspera de las Repúblicas Americanas, después de 
laicos años de paz ; y por otra ley, demostrada también por la 
experiencia, y comprobada por la escala ascendente de nues- 
tros productos y consumos, y de las fuerzas crecientes que ví- 
víñcan el capital, cada diez años, por lo menos, debe doblarse 
esa renta. 

Así, en diez años más de paz, podremos tener diez y seis 
millones de fuertes por renta, y un aumento de medio millón 
de habitantes en la población. 

Y este progreso inmenso, que se desenvuelve espontánea- 
mente en virtud de las leyes naturales, no es el resultado de 
esas combinaciones artificiales que empobrecen las fuentes de 
la vida, sino la consecuencia lógica de la robustez y de la vita- 
lidad siempre creciente de los vigorosos miembros que forman 
el cuerpo argentino. 

Así vemos que una sola de nuestras Provincias con tres- 
cientos cincuenta mil habitantes, produce casi tanto, y pro- 
duce cuatro miUonos do fuertes más, que la más ñorecien- 
te de las Repúblicas Ameñcanas, con cinco veces más 
población. 

Este asombroso fenómeno económico, se repite parcialmente 
en más ó menos estensión en casi todas las Provincias, en 
todas las cuales ha mejorado el bienestar material y la 
condición moral, á consecuencia de la mejora que experi- 
menta el gobierno político y social, de las nuevas riquezas 
naturales quo hoy se explotan por la primera vez, y de las in- 
dustrias nuevas que se establecen, á la par qué el sistema de 



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2ü2 ARENGAS 

viabilidad tiende á complementarse, para ponerse al nivel de 
las exigencias del comercio. 

Por eso las Provincias mediterráneas buscan con perseveran- 
cía nna salida fluvial al Atlántico; por eso la Nación abre nn 
camino al través del solitario Chaco, ligando con nuevos puen- 
tes y caminos todas las Provincias de la República; por eso es 
un hecho la navegación del Bermejo, c(]mo espero lo será la 
del Salado ; y por eso la Provincia de Bnenos Aires tendrá 
doscientas millas de ferro-carril antes de dos años, y la Repú- 
blica toda se verá cruzada antes de seis años por más de qui- 
nientas millas. 

El Oran Ferro-carril Central Argentino que debe dar nueva 
vida á las Provincias del Interior, cambiando la faz de la Re- 
pública, puedo asegurar que se hará, y para ello cnento con 
que llegado el caso, autorizáis al Gobierno Nacional para sus- 
cribirse por doscientos mil fuertes más á esa empresa, y esta 
será la contestación más elocuente que podremos dar á ¡os que 
ponen en duda la eficacia de la garantía. 

Puedo anunciaros también que en este momento se halla 
entre nosotros un comisionado de una de las principales ca- 
sas de Inglaterra, con autorización plena para contratar y 
realizar el ferro-carril de la Concordia á Monte-Caseros, 
que salvando el obstáculo del Salto del Uruguay y ligando la 
Pro^'incia do Entre Ríos y Corrientes, dé fácil salida á los 
productos del Brasil y de Misiones, y sirva de núcleo á nuevos 
emporios comerciales. Los estudios están hechos, el capital 
está pront'O, y sólo falta poner manos á la obra con vuestra 
aprobación. 

Y para que nada falte á esta revolución pacífica, puedo 
anunciaros con un entusiasmo de que participaréis vosotros 
igualmente, que el constructor del primer ferro-carril del mun- 
do por los obstáculos que ha superado, el hombre á cuya 
voz se levantan millares de jornaleros armados de picos y 
barretas, Mr, Meinggs, e! contratista del forro-carril entre 
Valparaíso y Santiago, me envía 4 decir desde el otro lado 
de los Andes, que los Andes ya no existen como barrera en- 
tre los hermanos, y que él se compromete á realizar el ferro- 
carril de Santiago de Chile á Buenos Aires en ocho años de 
término, haciendo trabajar en él hasta los indios bárbaros de 
la pampa. 

Honorables señores ; sé que me dirijo á los representantes 



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DB BARTOLOMÉ MITffG 253 

viriles de un pueblo educado eu la escuela de la desgracia, 
que nunca lia retrocedido anta el trabajo y el gacrificio ; y 
por lo tanto, no pretendo halagar la vanidad nacional ni 
deslumbrarlo, ocultándole los verdaderos peligros de esta situa- 
ción, que pueden conducirnos igualmente el engrandecimiento 
6 al oprobio. 

Señalo como uno de los peligros más inmediatos de esta 
situación, ese sentimiento de intolerancia política, que en- 
venena con sus rancores el aire de la patria, y niega el 
agua y el fuego al hermano disidente. Ese sentimiento que 
puedtj irritar los corazones en una luoba á muerte, es disol- 
vente en toda situación normal. Él en vez de inocular ele- 
mentos de actividad y de vida en el cuerpo político, lo 
inocula principios de descomposición y de muerte. Todo 
hombre tiene derecho á la justicia, á la libertad y á la simpatía, 
y este principio conservador y reconstructor de las sociedades 
humanas, y que nos ha salvado hasta hoy de la disolución, 
es el único que puede normalizar nuestra situación constitu- 
cional y política 

Pero esto elemento esencialmente conservador seria por 
sf sólo- infecundo para la libertad y para la paz, sino nos 
agrupamos t^dos en tomo de la idea constitucional, prescin- 
diendo de la discusión de las formas teóricas de gobierno, 
trayendo al terreno legal todas las cuestiones de aplicación 
práctica que puedan dividirnos en lo present* 6 en lo futuro; 
porque esta situación sólo puede ser bien consolidada por la 
asociación de todas las fuerzas y de todas las voluntades 
hacia un Sn común, respecto del cual no quepan disidencias, y 
sólo puede salvarse por la recta observancia de la ley demo- 
crática que nos rije. 

La mejor política será, pues, aquella que menos nos divida ; 
y la mejor forma de gobierno será la que mejor concilio el he- 
cho existente con el derecho. 

Contra estos dos resultados reaccionan igualmente los que 
por apego á idas hipotéticas preconcebidas niegan su concurso 
moral á las instituciones, pretendiendo que la Nación sólo de- 
be gobernarse y puede salvarse por aquellas ; así como los 
que, por cuestiones de mera aplicación, independientes de la 
forma, y que pueden ser resueltas en el terreno legal y bajo las 
saludables influencias de la opinión pública, pretenden negar 



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254 ARENGAS 

sa apoyo á los hechos en quo reposa esta situación que ampara 
á todos. 

Puede haber quien piense, sin embargo, que tengo más pre- 
dilección por KD.-i forma de gobierno que por otra, y esto es 
desmoralizador de la idea constitucional, y otros pueden creer 
que sólo espero una oportunidad para resolver la cuestión de 
aplicación práctica que aún queda por definir, en el sentido 
de algún plan preconcebido, — hablo de la cuestión capital, — 
y debo por lo tantíi como magistrado y como ciudadano, es- 
plicarme con entera franqueza á esto respecto, esperando que 
mis palabras tendrán alguna repercusión en el corazón de 
mis compatriotas. 

Señores : es mi convicción qiie la más ó menos centralización 
gubernativa, una vez dada la unidad nacional y el reamen 
constitucional, no es sino la más ó menos división ó subdi- 
visión del gobierno, la más 6 menos división del ejercicio de 
la soberanía popular, una siempre en su esencia, indepen- 
diente de las formas externas, y que lleva on si misma el prin- 
cipio fecundante de la vida. Si me hubiese tocado presidir á la 
Nación bajo la forma unitaria ó centralista, la habría acatado 
y la habría defendido, como acato y defiendo la forma mixta 
que ha revestido nuestra Constitución, y que considero ex- 
celente para los fines del gobierno libre y suficiente para 
satisfacer las legitimas aspiraciones del hombre en sociedad, 
8t el buen sentido y la buena fe, no abandona á pueblos y 
gobiernos. 

T si como la considero buena la creyese mala, diría con 
Frankliu, aquél venerable maestro de la unión amerícana: 
» Acepto esta Constitución con todos sus defectos, si es que 
los tiene, porque necesitamos ante todo un gobierno, y porque 
no existe ninguna forma política que no sea un bien, si la 
cosa pública es sabiamente administrada. » Si con el tras- 
curso de los años la vida nacional llegase á peligrar con esta 
Constitución, sí llegase á ser necesario robustecer más el 
poder central, ó regularizar la acción y la marcha de los 
poderes provinciales dentro de su órbita, entóneos, no ce- 
diendo á exigencias teóricas de los que pretenden gobernar 
al pais con sus ideas individuales, ni á las exigencias exage- 
radas de los partidos aislados, prestaríamos atención á la gran 
voz del pueblo, consultaríamos sus principales intereses ante 
todo, y siguiendo el ejemplo de aquellos ilustres padres de la 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 255 

democracia que hornos tomado por modelo, nos reuniríamos & 
discutir en santa paz y amistad y poseídos de su alto buen sen- 
tido y de su olovado patriotismo, nos salvaríamos como ellos, 
y como ellos salvaríamos la uuidad nacional 4 la par que las 
ÍDstítuctones libres. 

En cuanto á la cuestión transitoria de Capital para la 
República, bemos aceptado lealmente la combinación actual, 
como la que mejor conciliabs todas las voluntades, sin vio- 
lar ninguna de las prescripciones constitucionales ; y mientras 
la opinión no so forme de fitütiv amenté á esto respecto, 
mientras las conveniencias recíprocas no se equilibren, y 
mientras esta cuestión no pueda resolverse tranquilamente 
y do común acuerdo, pienso que la prolongación de este 
interinato modificado según se juzgue necesario, como lo bi- 
cieron en situación análoga los Estados Unidos, es por 
ahora la única solución inmediata; porque al Sn prorogado 
ó nó el compromiso, la acción del Gobierno general sobre 
las cosas y las personas, se ejerceriá siempre del mismo mo- 
do, cualquiera que fuese el punto que elijiese para su re- 
sidencia, Buenos Aires como cualquiera otro del territorio 
Argentino. 

Esta cuestión no puede, no debe dividimos ni ahora ni 
en adelante. Que ella no sea causa de alarmas ni descon- 
fianzas. Confiemos al tiempo la solución de oste problema 
fácil si no lo complicamos, y esperemos que las generosas 
inspiraciones del patriotismo aleccionado por la experiencia 
nos den al fin la solución deseada. Mientras tanto, que la 
Provincia de Buenos Aires que lleva el pendón del pro- 
greso á la cabeza de sus hermanas, no se detenga en su 
marcha por esperarla. Que sea una vez más el alma y 
el ejemplo de esta democracia en vez de agotar sus fuerzas 
en luchas estériles que no pueden producir otro resultado 
que debilitar sus propias instituciones locales; que dé á 
las demás Provincias, como siempre, el ejemplo consolador 
de la verdad del régimen representativo bajo el sistema 
quenos rijo; y sea lo que debe ser: el vasto campo de los 
grandes partidos consagrados al amor de una idea, y no 
al odio ingrato de sus hermanos, para que los partidos, 
emanación jenuina de la opinión, sean á su vez, como so ha 
dicho, los ejércitos permanentes del orden civil en el seno 



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2Eí6 ARENGAS 

de la libertad, y así habremos evitado otro peligro serio de 
la 8¡taación. 

Y lo quo digo de Buenos Aires, lo digo de todos los de- 
más pueblos y gobiernos de proviucias. Todas nuestras ins- 
tituciones son solidarias, y la Autoridad Nacional que las ga- 
rante y debe eficaz apoyo 4 los gobiernos provinciales, y 
está decidido á prestárselo, no puede ser indiferente á los des- 
víos de las unas, ó á los obstáculos con que los otros tropiecen 
en su marcha. 

Por eso el ejercicio regular de las autoridades locales, la 
seguridad individual, la verdad del sistema representativo en 
cualquier punto del territorio nacional que se invoque, de 
cualquier modo que se ataque ó se falsee, no puede menos 
de afectar directamente el sistema general. Y los disturbios 
locales, la intervención ilegítima y directa de loa gobiernos 
de provincia en las elecciones populares, los excesos de au- 
toridad quo invocan las exigencias del .orden hiriendo la 
libertad, el falseamiento de las formas salvadoras del dere- 
cho por pueblos 6 gobiernos, son otras tantas bi-echas abier- 
tas á la Constitución general, aún cuando tengan por teatro 
la- limitada esfera de una provincia, porque, como lo decía 
Washington á sus conciudadanos : " Un Gobierno que no 
tiene toda la fuerza que sea compatible con la libertad, para 
que la libertad encuentre en él su apoyo ; y que por el con- 
trario es demasiado débil para reprimir las facciones, para 
contener á los miembros de la sociedad en el límite tra- 
zado por las leyes, y que no puede asegurar á todos los 
ciudadanos el pacífico goze de sus derechos, ó no exisistirá 
sino en el nombre ó tendrá quo salir á su vez de las vías 
legales para responder á las exigencias públicas, y en ambos 
casos, ó el principio de autoridad ó el principio de libert-ad 
sucumbe. " 

Esta situación que tuvo por punto de partida y tiene por 
fin la libertad que nace de la ley, sucumbirá también si no 
es fiel á su origen, si no saca sus fuerzas de las mismas 
instituciones, si no reacciona enérgicamente y en tiempo 
contra el abuso que puede erigirse en sistema de gober- 
nar, comprometiendo al fin la existencia de pueblos y go- 
biernos. 

La elección de sus representantes, es el único acto por me- 
dio del cual el pueblo ejerce una influencia directa en los 



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DE BARTOLOMÉ MITBE 257 

negocios del Estado ; y el ejercicio pacífico y real de este de- 
recho, es la más eficaz garantía de la estabilidad del orden, 
porque el pueblo, aunque no siempre elige lo mejor, elige 
siempre lo que se halla más dispuesto á sostener. Si los 
gobiernos no satisfechos con gobernar, y á título de más ca- 
paces se empeñan en constituirse en poderes electorales, po- 
niendo al servicio de una parte del pueblo los medios do 
acción y de poder que el pueblo todo les ha confiado para la 
sogarídad común, jqué función le dejamos al pueblo en el re- 
amen reprensentativo í ¿qué garantía sólida damos al orden 
constitucional í 

La lucha ardiente en que hemos vivido antes de ahora, la 
necesidad de defensa de los partidos atrincherados en el 
gobierno, la trasmisión de un abuso que se ha considerado 
por rancho tiempo como inherente al ejercicio de la autori- 
dad, han podido explicar ó disculpar esta distracción de la 
fuerza del gobierno á objetos estraños y contrarios á su na- 
turaleza y fin j pero me asiste la confianza de que, á medida 
que la opinión se fortalezca y los partidos se eduquen, esa in- 
tervención ilegítima de los gobiernos en las elecciones ha de 
desaparecer, y con ella, uno de los más inminentes peligros 
de esta situación. 

Conciudadanos del Senado y do la Cámara de Diputados : 
08 he hablado con toda la verdad y la franqueza que exi- 
gía la alta confianza que los pueblos han depositado en 
mí, para que encaminase sus destinos con vuestro concur- 
so, bajo loa anspicios de vuestra prudencia y sabiduría. Lle- 
nado este deber de patriotismo y de conciencia, cumplo 
con el que la Constitución me impone, elevando ante to- 
do, fervientes súplicas al Ser Supremo para que bendiga 
nuestra patria y presida al acierto de vuestras delibera- 
ciones ! 



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A LOS ESTUDIANTES DE BUENOS AIRES 

COíT MOTIVO DE OFRECERSE Á MABCHAB COMO VOLUNTARIOS 

i LA CAMPAÑA DEL PARAGUAY, PRESIDIDOS POB SU 

CATEDRÁTICO DE FILOSOFÍA 



Abril 24 de ISft). 
ESTUDUNTES DE BUENOS AlRES : 

i Enarbolo en mis manos U solicitud en que reclamáis el honor 
<]e empuñar las armas, oomo un estandarte de triunfo de la 
inteligencia argentina ! 

Veo que habéis leído en el gran libro de la humanidad 
que enseña el entusiasmo por las grandes y nobles causas 
que deben hacer triunfar el derecho por la razón y por la 
fuerza. 

Veo que habéis aprendido aquella sublime é inolvidable lec- 
ción que enseña el amor sagrado de la patria y el sacrificio 
generoso en pro de la jiisticia. 

Veo que posáis la ciencia innata de todo argentino que ha 
bebido el heroísmo en el seno fecundo de las madres repu- 
blicanas que alimentaron á la varonil generación del pueblo 
de Mayo. 

Estudiantes de Buenos Aires : me descubro ante vuestras 
virtudes cívicas en nombre de la patria y en nombre de la 
América republicana. 

Siento que está entre vosotros el alma austera del ge- 
neral Paz, que estudiante de la Universidad de Córdoba 
arrojó en 1810 al suelo los textos de vetustos leyes para ir á 
combatir eu el Perú, por el triunfo de las eternas leyes de la 
democracia. 



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DE BARTOLOMÉ MITSE 259 

Siento que os anima el alma inmortal de Belgrano, aquél 
licenciado del derecho republicano, que abandonó sns perga- 
minos para ir á dar á la patria los gloriosos días de Tucumán 
y Salta. 

Está con vosotros el espíritu varonil de Santander, aquél 
bachiller en leyes, el brazo derecho del libertador Bolívar, 
que demostró con hechos que la inteligencia en acción es 
fuerza. 

i Honor y gloria á la viril inteligencia que da al mundo estas 
sublimes lecciones ! 

¡Quisiera tenerlos brazos gigantescos de nuestros grandes y 
gloriosos padres que abrazaron á la América entera armados 
con la espada del libertador y del apóstol ; pero me es grato 
abrazar en vuestro nombre á vuestro catedrático que ha ense- 
ñado tan altas lecciones, inoculando en vosotros á la par de 
las virtudes cívicas, la ciencia que ilumina vuestras cabezas é 
inflama vuestros corazones ! 

Estudiantes do Buenos Aires : ¡ Viva la inteligencia argen- 
tina armada con la espada invencible de la justicia y del 
derecho ! 



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DISCURSO AL CONGRESO NACIONAL 

AL PBESENTAB POR ÚLTIMA VEZ SV MENSAJE DE PRESIDENTE 
DE LA EEPÚBLICA 



Muyo 18 de 1808. 
Honorables Senadores y Diputados: 

Debo á uu acontecimiento doloroso pam todos (') la ocasión 
de inaugurar por última vez est« acto solemne. Sin esta 
circunstancia, me hallaría ocupando el puesto que tres Na- 
ciones me confiaron, y que el deber me señalaba al lado de 
mis heroicos compañeros de armas, que tan dignamente re- 
presentan á la República allí donde se combate, se sufre 
y se muere por la gloria de su bandera y por el honor de todos 
sus hijos. 

Próximo á cumplir con la ley primordial de la democracia, 
devolviendo al pueblo la suprema autoridad de que me hizo 
depositario por su libre y espontánea voluntad, pongo en 
manos de vuestro digno Presidente el Mensaje en que os 
doy cuenta del estado politice y administrativo del país; 
pidiendo al mismo tiempo me prestéis hasta el fin vuestra po- 
derosa y eficaz cooperación, para llevar á término feliz la di- 
fícil tarea que me fué impuesta. 

Cumplido este deber, y cuando mis palabras se han con- 
vertido en hechos y mis promesas son realidades en cnanto 
de mi ha dependido, espero tranquilo el triple fallo de la 



(1) La muerto del doctor don U&rcoa Paz, Vice-Presidente de U Re- 

fiúbiica, Encarado del P. E. Naeional, hallindoae el geneml Mitre al 
rente de los ejércitos ftlisdos en el Paraguay. 



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DE BARTOLOILÉ MITEE 261 

ley, de U opinión y de la posteridad, oon In conciencia de 
que los fines lian sido grandes, los medios han sido bue- 
nos y los resultados serán fecundos, aún cuando ellos no col- 
raen todas las esperanzas, ni satisfagan todas las aspiraciones, 
como no satisfacen las mías; y aún cuando haya podido come- 
ter errores que me lisonjeo serán juzgados con equidad y 
bcnevolenciapor mis conciudadanos, en presencia de las con- 
quistas que hemos hecho. 

La Nacionalidad Argentina es un hecho y un derecho in- 
destrnctible. Los pueblos y los individuos que la forman corre- 
rán irrevocablemente unidos, la buena ó mala suerte que el 
cielo les depare; unidos se salvarán por la virtud cívica, la 
prudencia y la energía, conjurando los pehgros que puedan 
amenazarla en lo futuro ; y unidos alcanzarán por la frater- 
nidad y la constancia, los altos destinos que esperan á nuestra 
patria, porque si así no lo hieiéramos seríamos el hidibrío de 
las Naciones. 

Los elementos matenales que constituyen los instrumentos 
del progreso crecíent-e de las sociedades, están organizados, y 
con ellos tenemos como labrar nuestra felicidad al amparo de 
las sabias instituciones que nos rijen, si sabemos practicarlas 
con verdad y buena fe. 

La paz con los vecinos quedará sólidamente asegurada por 
la teiTninación gloriosa de la guerra exterior en que estamos 
empeñados, ensanchándose ventajosamente el círculo de nues- 
tras relaciones internacionales. 

La paz interior tendrá por garantía el poder moral y ma- 
terial del Gobierno, que apoyado en su derecho ha domi- 
nado todas las resistencias subversivas, aún en medio de las 
situaciones más difíciles, sin ceder un paso ante la fuer- 
za bruta, sin subordinarse á influencias ilegítimas sin ser 
esclavo de las facciones, y sin servir á la explotación del 
egoísmo. 

La trasmisión íntegra, pací6ca y legal del mando supre- 
mo se efectuará por la primera vez entre nosotros, entre- 
gando una nación unida, rejida por una sola ley, con me- 
dios propios y eficaces para obrar el bien y para remover 
los obstáculos que se opongan á su legitimo y benéfico 
ejercicio. 

El Presidente de la República que obtenga libremente 
I9 mayoría de sufrajios, ó merezca vuestra suprema sanción 



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gobernará con el poder que lo dé la ley, sin que nadie 
pretenda lovautarse más alto que él; j será obedecido j 
respetado por todos en nombre de la Constitución y contará 
con la fuerza que lo dé la unión patriótica de todas las 
voluntades, sea que hayan contribuido A no á sn eleva- 
ción, porque tal es la ley de un pueblo libre como el noe»- 
tro. 

Bajo estos auspicios y condiciones, sólo de nosotros de- 
pende nuestra grandeza ó nuestro oprobio. 

Conciudadanos del Senado y dk la Címara de Dipu- 
tados: Están abiertas las sesiones obdinabias del 
oongeeso leqislatr\'0 de la nación argentina. 



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ALOCUCIÓN AL PUEBLO ARGENTINO 

AL COMPLETAR EL GENERAL MITRE 

SU PERÍODO CONSTITUCIONAL, DESPUÉS DE PRESIDIR Á LA 

REOROAKIZACIÓN NAaONAL 



Octiibie 12 de I8«S. 

Conciudadanos : 

Próximo á resignar en este día el mando supremo de que fui 
investido por vueetra libre, unánime y espontánea voluntad, 
y que he ejercido por el espacio de siete años, ya como En- 
cargado del Poder Ejecutivo Nacional, ya como Presidente 
Constitucional de la República, os idebo en esta ocasión mi 
última palabra do despedida como gobernante, y la espresióu 
de mi profunda y eterna gratitud por los favores que me ha- 
béis dispensado, y principalmente por la eficaz cooperación 
prestada durante la larga y laboriosa administración de vae6- 
tros intereses. 

Elejido por el voto de los pueblos para presidir á la reorga- 
nización Nacional en un momento do disolución y de prueba 
para nuestra patria, las provincias argentinas, inspirándose en 
el sentimiento de la fraternidad y de la tolerancia, pusieron 
término á su revolución y prepararan los elementos de su re- 
generación y reconstrucción pacífica, haciendo prácticos los 
preceptos oonservadores de la Constitución que todos había- 
mos jurado. 

Reunido el Congreso Nacional bajo los auspicios de esas 
grandes ideas que fundan las Naciones, y no del odio estéril 
que sólo preside á la destrucción, tuvo á bien dictar una ley 
aprobando mis humildes trabajos, que no oran sino el resul- 



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264 ARENGAS 

tado feliz de vuestras generosas y lejifcíinas aspiraciones, y 
declarar en 27 de mayo de 1862 .i que se inclinaba ante la 
n Divina Providencia por la visible protección que nos había 
" dispensado, haciendo surjir la unidad Argentina radiante y 
1 feliz, asegurada por el imperio de la moral, de la justicia y 
' de la Constitución, de las ruinas y el caos que parecían hacer- 
I' la imposible, cuando se disolvían los poderes públicos que 
" la rejíau al impulso poderoso del pueblo Argentino. » 

Honrado posteriormente con vuestros sufragios para pre- 
sidir los altos destinos de la República, y terminando hoy el 
período Constitucional por el cual fui nombrado, tocaá vues- 
tra benevolencia, á la imparcialidad de la ley y á la equi- 
dad de la historia juzgar los actos de mi trabajoso gobierno; 
y al apelar á vuestro generoso fallo, me asiste la esperanza, 
como os labe manifestado ya otra vez, que sabréis discul- 
par los involuntarios errores on que como hombre haya podi- 
do incurrir, ou honor á las grandes y fecundas conquistas que 
hemos hecho durante este período, persiguiendo fines nobles 
íi que hemos llegado por medios dignos y patrióticos. 

Aquél caos y aquella disolución política de que hablaba el 
Congreso de 1862 cuando loa pueblos me confiaron su reor- 
ganización, es hoy la Nación Argentina, reunida y mantenida 
por la primera vez eu toda su integridad bajo el imperio de 
una sola ley : es un beobo^- un derecho que nada ni nadie 
podrá destruir ya. 

El país queda en paz eu el interior y triunfante en el ex- 
terior, habiéndose ensanchado sus fronteras por la reivindi- 
cación legítima de territorios que al recibirme del mando so 
hallaban ocupados y fortificados por tropas extranjeras. 

Las demás cuestiones de límites con los vecinos quedan en 
vía de arreglo, sin haber comprometido ni en el hecho, ni por 
aceptación do uingún principio contrario á nuestro derecho, 
ana sola pulgada de la soberanía territorial de la Nación. 

Las reutas se han duplicado en este periodo y nuestro cré- 
dito financiero so ha consolidado en el exterior, al presentarse 
la República Argentina por la primera vez ante el mundo 
con su capacidad en Nación solvente, dando confianza á los 
capitales y íi las empresas extranjeras. 

La inmigractóu se ha cuadruplicado, la viabilidad por fe- 
rro-carriles se ha sextuplicado, la población ha crecido, la 
riqueza general se ha multiplicado, la educación ha adelan- 



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DE BARTOLOMÉ MITEE 



265 



tado, y en medio de las serias dificultades con que hemos 
luchado y lucharemos todavía pop mucho tiempo, homos obe- 
decido á la ley del progreso, así en el orden moral como en 
el orden material, dejando atrás á pueblos que en me- 
jores condiciones nos habían precedido en la labor de la or- 
ganización. 

La libertad ha sido una verdad, apesar de los abusos par- 
ciales que son consiguientes á un pueblo que no ha comple- 
tado su educación constitucional, pudiendo los argentinos pro- 
clamar sin orgullo, pero sí con legítima satisfacción, que he- 
mos salido de una revolución peligrosa, hemos consolidado 
nuestra nacionalidad, hemos hecho frente k la guerra más gi- 
gantesca que recuerdan los anales de la América del Sud y 
combatido y vencido todas las resistencias interiores, sin com- 
prometer ningún principio, sin violar ningún derecho, sin re 
ourrir á ninguna violencia y sin apelar á ninguna medida ex 
traordinaria, usando con moderación hasta de las facultades 
constitucionales. 

La elección del que debe sucederme en el mando se ha he- 
cho en paz y libertad; los representantes del pueblo han pues- 
to su sello legal á esa elección, y el poder va á trasmitirse 
por primera vez en nuestra patria en toda su integridad polí- 
tica y territorial, en toda la plenitud de sus facultades mate- 
riales y constitucionales, presidiendo á la trasmisión del man- 
do, la paz y la libertad que ha presidido á la elección del 
nuevo Presidente. 

Estos grandes y fecundos resultados son debidos á vues- 
tro patriotismo, á vuestros esfuerzos, á vuestra fidelidad á la 
Constitución, á vuestra fe en los grandes destinos que espe- 
ran á la Nación Argentina, á las sabias leyes do vuestros Re- 
presentantes en el Congreso, á los inteligentes y distinguidos 
consejeros que han compartido conmigo ahora y antes de aho- 
ra el peso y la responsabilidad del Poder Ejecutivo, y princi- 
palmente á la Divina Providencia que no ha retirado su mano 
de nosotros aún en medio de.las duras pruebas porque hemos 
pasado, apesar de los dolores que hemos sufrido, y no obs- 
tante lo mucho que aún nos queda que hacer para establecer 
el perfecto equilibrio político y social de la gran familia ar- 
gentina. 

Si alguna parte me cabe en esta tarea, he recibido ya mi 
recompensa en el honor de haberia presidido como represen- 



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26G ARENGAS 

tante de la ley, y la recibo doblemente hoy por haber alcan- 
zado \ü3 luces de este día oa que después de cumplir vuestro 
mandato, habiendo cumplido mis promesas, cumplo con la 
ley suprema de la democracia, al devolver intacto el depósito 
sagrado de la autoridad que me confiasteis, dejando asi de ser 
vuestro primer servidor para ser uno de tantos ciudadanos 
de un pueblo grande y libre de que me glorío de formar parte, 
y al cual consagré en todo tiempo mi amor y mis afanes. 

El President© de la República que ha sido elegido por 
vuestro sufragio soberano para sucederme en el mando, tiene 
de su parte la fuerza de la ley, cuenta con vuestro apoyo y 
necesita de la confianza y de la buena voluntad de todos pa- 
ra obrar el bien y llevar é. buen término la ardua y penosa 
tarea que est¿ encomendada á todo gobernante en un pueblo 
libre. Os pido para él la cooperación eficaz y la fuerza de 
opinión que me habéis prestado para gobernar con la ley en 
la maso, y más aún, si posible es, para que su labor sea 
más fecunda y las bendiciones del cielo coronen sus nobles 
y patrióticos trabajos, mereciendo por ellos el amor y el res- 
peto de sus conciudadanos cuando le toque á su vez de- 
volveros el depósito sagrado de la autoridad suprema que en 
vuestro nombre y en vuestro interés voy á poner en sus ma- 
nos fieles y amigas. 

Esta es la obra de todos y de cada uno, y si lo recuerdo en 
esta ooaaión trazando á grandes rasgos los resultados benéfi- 
cos de una política buena, de benevolencia, de tolerancia, de 
reparación y de trabajo, no es guiado por un espíritu de es- 
trecha vanagloria, ni para silenciar los dolores pasados, ni pa- 
ra ocultar las sombras tristes del cuadro en lo presente. He 
querido marcar el punto de partida, determinar los puntos de 
apoyo en el sentido del bien, dignificar nuestra actualidad con 
este espectáculo consolador y hermoso, para retemplar nuestra 
fe en los destinos de nuestra patria común, para perseverar 
con aliento en la tarea de salvación en que estamos compro- 
metidos, y para tener por mi parte el derecho de dirijiros una 
última palabra tranquila y severa, bien que sin amargura, y 
sin pretender elevarme sobre la razón púbhca de mi país 
que sabe oír y comprender la verdad, sea ella dura ó hala- 
güeña. 

Las fuerzas irresistibles de la propia conservación harán 



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DE BARTOLOMÉ MITBB 267 

que en todo tiempo nos salvemos como cuerpo de Nación ; 
pero si no reaccionamos vali entemente sobre nosotros mismos, 
si no combatimos con paciencia y con medios inteligentes y 
eficaces los gérmenes del mal que llevamos en nuestro propio 
seno, estamos espuesfcos á ver empobrecerse la fuerza moral 
de la nacionalidad, é. ver debilitarse las fuerzas conservado- 
ras de la sociedad, á que el imperio de los principios se debi- 
lite, el prestigio de la ley so desvanezca y las nociones de la 
justicia se borren del corazón de los ciudadanos, continuando 
en ser un cuerpo político mantenido por cierto poder de co- 
hesión ; p ero que estará muy lejos do responder á las primeras 
esigenc ias de on pueblo civilizado, libre y cristiano. 

Tenemos provincias que aunque llenando ostensiblemente 
las condic iones del sistema republicano representativo de go- 
bierno, están lejos de satisfacer las naturales y legítimas as- 
piraciones de todos hacía la mayor libertad, la mayor justicia 
y la mayor felicidad posible; existiendo en esas provincias 
gobiernos ó que han monopolizado para sí los derechos de 
los pueblos, 6 ejercen sus funciones haciendo pesar sobre 
ellos entidades opresoras que anulan la fuerza de las leyes ó 
de la opinión. 

Tenemos muchos dolores que aliviar, tenemos muchos abu- 
sos que desarraigar, muchos vicios que correjir, muchos tra- 
bajos perseverantes que llevará cabo para evitar la i-epetición 
de las desgracias pasadas, y conjurar los males que en lo 
futuro pueden poner nuevamente á prueba la vida nacional y 
la vida constitucional. 

Es necesario purificar el sufrajio popular viciado por la 
usurpíición que de este derecho precioso han hecho los mis- 
mos qne están llamados á hacerlo práctico y garantirlo; es 
necesario á la vez que robustecer la acción legal de los pode- 
res públicos, eqnilibrar la influencia de la opinión con la fuer- 
za de esos mismos gobiernos, para que encuentren en ella su 
asiento á la vez que su correctivo ; es necesario educar al 
pueblo para luchar con la igoorancía que puede vencemos por 
la masa, falseando así los fines de la democracia por el do- 
minio de mayorías mal preparadas á la vida civil ; es necesa- 
rio amortiguar ya que no sea posible extinguir, los odios que 
nos van invadiendo y que corroen los más nobles corazones ; 
es necesario reconcentrar por último todas las fuerzas con- 



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368 AREKOAS 

servadoras de U sociedad, para hacer causa oomún en el sen- 
tido del bien. 

Todo esto no lo hemos alcanzado todavía ni lo alcanzare- 
mos sino por la virtud civioa, por la perseverancia en los 
propósitos, por la tolerancia recíproca, no fiando á luchas fra- 
tricidas la solución del problema, ni provocar imprudentemente 
nuevas resistencias, que puedan dar origen á nuevas reaccio- 
nes que tengan su razón de ser en cuanto al hecho, dado el 
estado de nuestra sociabilidad y lo incompleto de nuestra edu- 
cación constitucional. 

De estos males, de estos abusos, de estos dolores y de estos 
peligros cuya existencia es visible, todos somos solidarios y 
todos somos responsables. 

No escuao la mayor suma de responsabilidad que como 
gobernante pueda tocarme, y me someto de antemano al juicio 
benévolo de mis conciudadanos. Pero sí se me concede que 
alguna parte me ha cabido en la obra del bien, deben pensar 
que, si la labor no ha sido más tecuuda, y si todos los ma- 
les que sufrimos no han sido evitados ó no han sido curados, 
será porque me ha faltado el poder y la inteligencia ; pero no 
la voluntad y la aspiración que como Argentino debía abrigar 
de ver á mt patria al nivel de las primeras naciones. Habrá 
muchos de esos males que sean de todos los tiempos y de to- 
dos los gobiernos, habrá otros que tengan su origen en causas 
independientes de la voluntad de los hombros, habrá tal vez 
muchos que reconozcan por causa el no haber sabido acertar 
con el remedio, ó en contemporizar prudentemente con cier- 
tos males para no producir otros mayores ó en los mismos 
medios de represión de que ha sido necesario usar para con- 
tener el desorden, ó quizá en que los instrumentos de que 
tiene que valerse todo gobierno no responden siempre á los 
sanos objetos á que se destinan. De cualquier modo, acepto 
la responsabilidad que pueda caberme, confiando en vuestra 
benevolencia y equidad, y espero que en todo caso tomaréis 
en cuenta lo arduo de la tarea, las dificultades con que he 
luchado, y sobre todo, que el poder en el sentido del bien ne- 
cesita del tiempo, del espacio y de la concurrencia de todos 
para producir resultados como los que felizmente hemos al- 
canzado, aún en medio de los graves inconvenientes con que 
luchamos y de los grandes peligros que aún nos amenazan. 



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i 



DE BARTOLOMÉ MITRB 26d 

Con la coQoieDcia de haber propendido al bien en la esfera 
de mis facultades constítaoionales, de haber evitado el mal 
en cnanto de mí ha dependido, de haber usado con modera- 
eióa del poder y únicamente en el sentido de los intereses gene- 
rales, volveré dentro de pocas horas al pneblo de que sal! para 
vivir de su vida, gozar do sus esperanzas, participar de sus 
dolores y acompañarle en sus sacrificios el día que sea ne- 
cesario. 



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DISCURSO 

AL ENTBtlGAR EL MANDO AL PRESIDENTE SARMIENTO 



Octubre 12 de 1868. 

Ciudadanos : 

Acabo de firmar el decreto que pone en posesión del man- 
do sapremo de la Bepública al oiadadano don Domingo F. 
Sarmiento. 

Que el cíelo colme de bendiciones su período constitu- 
cional. 

Que la sabiduría, la alta razón y el patriotismo presidan k 
sus ínpiraciones en los consejos del gobierno. 

Que alcance largos y serenos días de paz y de ventura para 
nuestra patria. 

Que marche siempre por el sendero fiel de la justicia y de 
la ley bajo los auspicios de Rtvadavia, que por su grandeza 
moral, nos preside á todos desde la tumba. 

Que al descender á su vez del alto puesto á que hoy es ele- 
vado por el vot« piibHco, le rodee el amor y la estimación de 
sus conciudadanos. 

Ciudadano Presidente : Coloco sobre vuestros hom- 
bros la Banda Presidencial, con los colores de nuestra 
bandera que simboliza la parto de soberanía que vais á re- 
presentar. 

Pongo en vuestras manos el bastón del mando, signo de 
autoridad para protejer con él á los buenos, imponer á los 
malos y para que pueda serviros de basculo en el largo y fati- 
goso camino que vais á recorrer. 

Exmo. señor: Estáis en posesión del mando supremo y de 
sus atributos. 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 271 

ExMO. SEÑOR Pbbsidente : Después de llenar el deber de 
depositar en vuestras manos la autoridad que me había sido 
confiada por el pueblo, me cabe el honor de ser el primer 
ciudadano argentino que os felicite por la confianza que 
habéis merecido, y que desde las filas del pueblo os pre- 
senta el homenaje de sa profando respeto y obediencia 
como al elejido del pueblo y al representante de la ley de 
mí país. 

Exmo. señor : Que Dios y el pueblo os acompañen. 



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A LA MEMORIA DE ASTENGO 

CÓNSUL ITALIANO 



Octubre 13 de 1868. 

Señores: 

Simpatías en el mundo, paz en el sepulcro y amor y ben- 
diciones á su memoria, tal es el bello destino, la recompensa 
y la corona postuma del hombre bueno, mientras arde la lla- 
ma de la vida, hasta que se extingue al soplo del Creador que 
la encendió. 

Astengo alcanzó ese destino y esa recompensa, y su ^ma 
noble la merecía. 

El sentimiento que nos agrupa conmovidos en tomo de &us 
restos inanimados, no es una ceremonia oficial, ni un homenaje 
al poderoso, sino un tributo á la virtud modesta y un impulso 
tierno de fraternidad y benevolencia. 

Los Ministros Diplomáticos revestidos del más alto ca- 
rácter representan el poder, loa intereses y también la bue- 
na amistad de las naciones que cultivan entre si cordia- 
les relaciones, y la bandera que les dé sombra, vivos ó 
muertos, es la bandera de las escuadras armadas de ca- 
ñones. 

Los Cónsules en los pueblos como los nuestros que reciben 
y aman al que viene de lejanas tierras á vivir al amparo de 
leyes hospitalarias, representan las colonias que viven en santa 
paz y hermandad en medio de la sociedad, de la cual forman 
parte integrante y de cuyas desgracias y prosperidad son 
soEdaños. 

Los brazos que han conducido el féretro del Cónsul Asten- 



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DB BARTOLOUÉ HITBE 273 

go, son los mismos que fecandan Buestra tierra en el trabajo 
de todos los días. 

Los corazones que laten unísonos en derredor de su tum- 
ba, como el reloj de la vida que mide las pulsaciones de 
nuestra breve existencia, son los mismos corazones viri- 
les que palpitan de dolor en nuestras desgracias y se conmue- 
ven noble y generosamente con nuestras prosperidades. 

La bandera que cubre este féretro, no es la bandera 
militar de la Nación, sino la bandera pacífica del comercio, 
la bandera arriada de los mástiles de las naves mercan- 
tes que cruzan los mares y los ríos del orbe y que viene 
á inclinarse ante la muerte en nombre del trabajo y de la 
industria. 

Por eso la sociedad de Buenos Aires se asocia á esta mani- 
festación de dolor, y es por esto, que invitado por el Decano 
Consular para tomar la palabra, rememoro en este instante 
las simpatías que Astengo mereció del pueblo en cuyo seno 
vivía, y le deseo paz en el sepulcro, dirijiéndole mis ben- 
diciones en nombre de los qne le amaron, y como una prue- 
ba de las simpatías, del amor y de la santa paz y herman- 
dad que existb entre la colonia italiana y la sociedad de 
Buenos Aires. 



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DISCURSO DE CHIVILCOY 

PRONUNCIADO EL 25 DE OCTUBRE DE 1868 

EN EL BANQUETE POPULAR QUE LE OFRECIÓ 

, PUEBLO DE CHIVILCOY, CON MOTIVO DE LA PEUÍ TERMIKACIÓN 

DE SU PRESIDENCIA CONSTITUCIONAL 



Vuestras amistosas palabras y vuestras generosas mani- 
festaciones, me colman de profunda gratitud. Me siento fe- 
liz con vosotros, y por vosotros, y así como un tirano de la 
antigüedad deseaba que la humanidad tuviese una sola ca- 
beza para poder cortarla de un sólo golpe, yo desearía que 
el Pueblo Argentino j todos los miembros de la humanidad 
dispersa que con nosotros viven en santa paz y hermandad, 
tuviesen en este momento un sólo corazón, para poder 
estrechar de una sola vez á todos contra e! mío y sentir 
sus nobles palpitaciones al darles un abrazo inmenso de 
fraternidad y simpatía, f Gratules y prolongados aplausos.) 

Lleno de estos sentimientos, miro en tomo mío, y veo 
semblantes que irradian benevolencia y alegría : miro hacia 
arriba, y veo Ins inmortales estrellas de nuestro cíelo que nos 
alumbran el camino ; veo flamear allí nuestra bandera coro- 
nada de laureles : veo brillar aquí la copa del festín que ex- 
hala el perfume do la amistad : miro al fondo de mi alma y 
veo escrita en ella por la mano de Dios, la ley de amor que 
k todos nos gobierna y digo : este es nuestro hogar, esta es 
la fiesta de la familia donde todos nos conocemos, donde 
todos gozamos á la par y todos nos amamos. (Moiimknfo 
de adhesión.) 



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DE BABTOU)MÉ HITHB: 275 

Sucédeme ahora lo quo al viajero que liabia subido á las 
áridas asperezas de la montaña, que perdió de vista la caga 
materna que sólo divisó desde la altura, que contempló á la 
distancia durante eí día el humo de los pacíficos hogares de la 
comarca, y vio brillar en medio de la noche las apacibles lucea 
de sus hermanos, y que al bajar á la llanura, después de una 
larga y fatigosa peregrinación, reconoce su antigua morada, 
se encuentra en medio de los suyos, se sienta con ellos al pie 
del árbol que á todos da sombra, y parte con ellos el pan, el 
vino y la miel que le ofrecen, en señal de cariño para unos, 
de cordial conciliación para otros y de benevolencia para to- 
dos. (Bravos.) 

Esta es la ley de amor y simpatía que k todos nos go- 
bierna, esto es el sentimiento conservador, la fuerza repara- 
dora, el aliento benéfico que ha salvado al pueblo argentino 
en medio de sus cataclismos políticos, *de sus luchas dolorosas 
y de sus estravios. 

En vano nos hemos revelado contra ella, en vano hemos 
desnudado la espada y hecho brotar la sangre de nuestras ve- 
nas, en vano bemos lanzado varias veces d. la hoguera de la 
discordia el pacto de la fraternidad ; esa ley se ha cumplido 
siempre y nos ba salvado como pueblo y como individuos. 
(Abusos.) 

Á la luz del sol, en las tinieblas de la noche, sobre la tierra 
empapada en sangre, sobre el suelo cubierto con las cenizas 
del incendio, nos hemos buscado impelidos por misteriosas 
fuerzas de atracción ; nos bemos reconciliado, nos hemos 
abrazado, nos hemos ayudado los unos á los otros para ven- 
dar las heridas y reedificar el altar caído de la patria, y los 
sentimientos diversos, matos ó buenos, de los distintos ciuda- 
danos se han confundido en uno sólo al calor de un ardiente 
sentimiento de patriotismo, como los diversos perfumes que 
arrojados al fuego se confunden en una sola nube de aromas. 
(Aprobaciones. ) 

El campo neutral en que en todos los tiempos ha tenido lu- 
gar estaretonciliación, el único donde podía ser verdadero, 
fecundo y digno para todos, ha sido el mismo en que se le- 
vanta boy el pueblo da Chivileoy, ha sido el campo de la 
labor común, y he dicho mal al llamarle neutral, porque 
Chivileoy no es neutral, porque él también es un comba- 
tiente de la buena causa, él también ha enarbolado su ban- 



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276 ABEVOAS 

dera que es la bandera de la civilización, de la libertad del 
trabajo, para combatir con ella A la barbarie, á la naturaleza 
bruta y á la miseria que nos vencería si dejásemos caer da 
las manos las bien templadas armas con que le hacemos freate. 
fÁptausos.J 

La ley de la fraternidad nos ha preservado de la muerte en 
medio de la lucha fratricida. 

La ley del trabajo nos ha salvado, nos ha hecho compren- 
der que no podíamos vivir los unos sin los otros en esta bata- 
lla de la vida, eu que cada hombre es un combatiente en pro 
del bienestar y de la mayor suma de felicidad posible para 

Nosotros los argentinos y los que con nosotros viven al 
amparo de nuestras leyes hospitalarias, estamos unidos á la 
austera ley del trabajo como los bueyes da labor al yugo del 
arado, y i ay de nosotros ! el día que dejemos de trabajar, 
porque entonces ni agua para beber tendremos. {Sensación.} 

Se ha dicho en libros que los sabios han escrito y que el 
pueblo ha leído como palabras del Evangelio, que la Bepública 
Argentina es un país donde por todas partos mana la leche y 
la miel, pintándola como una especie de paraíso terrenal don- 
de los dones gratuitos del Creador dispensan al hombre del 
trabajo de cada día. 

Sin embargo, á pesar de las grandes ventajas que induda- 
blemente posee, la República Argentina es uno de los países 
más pobres de la tierra en aquello que constituye la verdade- 
ra riqueza de las naciones. (Atenaón.) 

No tenemos hierro, esa arma de trabajo y de combate del 
siglo XIX. 

No tenemos el carbón de piedra, ese principio fecundante 
que es á la industria lo que el calórico á la vida. 

No tenemos piedra siquiera, este material que es tan in- 
dispensable á las sociedades como los huesos al cuerpo hu- 
mano, y si la tenemos al pie de los Andes ó en grupos ais- 
lados de serranías que matizan la pampa, es en puntos inac- 
cesibles á la industria, y por eso tenemos qne crear y 
consumir capital hasta pai'a comprar las piedras de nues- 
tras calles. 

No tenemos maderas de construcción, y los bosques del li- 
toral, los del Chaco, los de la pro\-incia de Tncumán y otras 
no 80D más que oasis en un desierto sin sombra, que hoy no 



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DE babtoIjOMé mitre 277 

eatisfacea á nuestras necesidades, careciendo una gran parte 
de nuestras provincias hasta de leña para calentar el agua de 
nna caldera. 

No tenemos ni agua, esa sangre que circula en los territo- 
rios bien constituidos vivificándolos. Nuestro sistema hidráu- 
lico es una grande aorta, con venas y arterias rudimentales. 
Al interior del país no haj ríos navegables, ni arroyos per- 
manentes. La Provincia de Buenos Aires, la más favoreci- 
da por la naturaleza bajo ciertos aspectos, tiene que cabar con 
la pala y el pico para que el hombre y los animales no perez- 
can de sed, y las continuas sequías que experimenta convier- 
ten en basura sn principal riqueza, que son sus pastos, que 
el viento de la pampa barre como una escoba. San Luis no 
tiene agua sino donde empieza el desierto. San Juan y Men- 
doza tienen un escaso riego artificial : la tierra es fecunda allí 
más por el sudor del jornalero que por las lluvias del cielo, y 
á pesar de todo, no pueden ganar terreno sobre el desierto, y 
necesitan crearse nuevas vias de actividad y de riqueza para 
consolidar la conquista de lo que poseen en nombre del tra- 
bajo. La Bioja no tiene casi agua, y Oatamarca la tiene es- 
casa. Casi todas las provincias están separadas por terrenos 
caóticos que llaman travesías, donde no se encuentra ni una 
sola gota de agua para bautizar á un niño recién nacido 
sino en el fondo de los chifles de algún caminante sediento. 

Por eso tenemos que trabajar para vi^-ir, por eso tenemos 
qne vivir unidos para multiplicar las fuerzas productoras, por 
eso debemos consagrar nuestra enerjía, no á peleamos los 
unos con los otros, sino á labrar el campo de la herencia co- 
mún, para que la maleza no lo invada. 

Y aquí tenemos cómo los sabios dicen grandes disparates 
por no tomarse el trabajo de estudiar las cosas más de cerca, 
(Risas) y como el pueblo, creyendo al parecer en ellos se 
salva por el instinto seguro de la propia conservación ha- 
ciendo lo que debe hacer, es decir, trabajando valientemente. 
(Bravos.) 

Y ya qne hemos hablado de los sabios, y estamos en esta 
fíesta que puede llamarse de familia, vamos á murmurar un 
poco de ellos, vamos á ver si saben tanto como dicen, vamos 
á ver si la sabiduría colectiva del pueblo, la ciencia práctica 
de los humildes debe inclinar siempre su bandera en el campo 
del trabajo ante los maestros presuntuosos que croen que el 



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278 ABENGAS 

gaber humano está encerrado únicamente en un libro y 
un tintero. (Risas, movimiento de atención. J 

La mente es el receptáculo del pensamiento humano, es la 
fuente del saber, es la inteligencia presidiendo á todas las ac- 
ciones del hombre. Toda acción deliberada que produce un 
resultado útil es un acto de inteligencia, de verdadera sabidu- 
ría. Sus modos y Bus medios son infinitos y vanados como lo 
son sus manifestaciones. Leer y escribir no es sino un me- 
dio. Escribir y hablar bien, obedeciendo á nna idea, no es 
sino una de sus manifestaciones, una de las más bellas sin du- 
da; pero no más que una de tantas si las demás fuerzas inte- 
ligentes no la complementan. 

Hay inteligencia en el brazo que gobernando el arado á lo 
largo de los surcos y bañaáo en fecundante sudor, haoo ma- 
yor y mejor tarea que los demás para bien de sus semejantes 
y para bien de sí mismo. 

Hay inteligencia, en la mano que empuña la espada cuando 
la esgrime mejor que su adversario, y sobre todo cuando ani- 
mado de un sentimiento sublime, combate con ella en favor 
déla causado los pueblos y se sacrifica si es necesario sa- 
biendo lo que hace, aún que no sepa leer ni escribir. (Abu- 
sos.) 

Hay inteligencia, hay saber en los pastores que cuidan las 
majadas después de haber hecho nn duro aprendizaje; en el que 
domestica tos animales útiles, observando sus instintos; en el 
ojo del hábil cazador de aves ó de fieras que pone al servicio del 
hombre sus plumas 6 sus pieles; en el pie del marinero que 
sube ó lo alto de los mástiles en medio de la tempestad; en el 
instinto del baqueano que lleva dentro da su cabeza una brú- 
jula invisible; en una palabra, puede haber tanta inteligencia, 
tanta sabiduría en la mente del hombre que maneja una plu- 
ma, como en la del oscuro trabajador que sólo maneja una 
pala. (Aplauaos prolongarlos. J 

Todos los pueblos tienen lo que por excepción se llama sa- 
bios, es decir, grandes pensadores que dominan la ciencia y 
la distribuyen generosamente al pueblo como el pan de cada 
dia. Esos merecen todo nuestro respeto y nuestra gratitud, 
aún cuando algunas veces se equivoquen y digan como he- 
mos visto ya sendos disparates que puede correjir el último 
patán. (Bisas.) 
Nosotros también tenemos nuestros sabios que saben lo 



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DE BABTOLOMÉ UITBE 279 

bastante para nuestro gasto, f Ursas y aplausos.) Tenemos 
nuestros semi-sabios, que apenas tienen lo bastante para su 
propio uso, (Bisas. J Tenemos otros que se creen muy sa- 
bios, y todo lo creen porque ellos lo dicen, y que á veces no 
saben decir otra cosa. fMtwlias risas.J Después de estos 
dioses y semi-dioses de la sabiduría, si se va á consultar á 
algunos de los profetas de la cionoia, todos somos bárbaros en 
esta tierra; no obstante que esos bárbaros sean los que nutran 
su sabiduría, y que la parte de felicidad que nos lia cabido en 
suerte lo debamos muchas veces más bien á loa garrafales 
errores que á los grandes aciertos de los que se llaman 
doctos. 

Pido perdón si me detengo tal vez demasiado sobre este tó- 
pico; pero como es murmuración casera, no hay cuidado de 
que comprometamos con ello las buenas relaciones que la 
República cultiva con las naciones, que por tener un poco más 
de ciencia ó ser un poco más felices que nosotros, nos miran 
por encima del hombro y nos tratan de salvajes. 

Recordaré algunos ejemplos que se me vienen á la memo- 
ria en este momento, para probar que las grandes conquistas 
contemporáneas han sido precedidas por hechos, hijos del ins- 
tinto y de la observación, conquista que loa sabios han que- 
rido apropiarse al ponerles el sello do la publicidad ¡ y que 
caando han querido iniciar el movimiento en tal sentido, mu- 
chos de los beneficios que hemos recogido en consecuencia 
son el producto de sus errores más bien que de su ciencia y 
de sus estudios. 

La libre navegación de nuestros ríos es sin duda una de las 
roásgrandes conquistas de nuestra época. Antes que ellos se 
abriesen al comercio, á la navegación y á la industria, el mun- 
do profesaba la creencia de que la clausura de los ríos inte- 
riores era una conveniencia y nn derecho que no debía enaje- 
narse. Es cierto que algunos profesaban en teoría la creen- 
cia de que los ríos eran caminos qne caminaban y que Dios 
había dado á la humanidad para comunicarse entre sí; pero 
nadie se cuidaba de hacer práctica esta doctrina. El mun- 
do no sabía más, y todos los sabios de la tierra enseñaban 
esto al mundo en sus tratados de derecho internacional. 
Cuatro contrabandistas pusieron á la titulada ciencia patas 
arriba. 

Con motivo del bloqueo de los puertos argentinos en 1838, 



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eligieron ot Rio Paraná por teatro de bus hazañas. A las 
márjenes de este río había cuatro ranchos que habian sido 
la manzana de discordia entre los Porteños y Santafecmos; 
quemados por los unos, defendidos por los otros, siempre es- 
taban allí oomo un padrón de pobreza y un testimonio de g^uer- 
ra civil. De reponte del seno de aquellos ranchos nació una 
ciudad rica y floreciente, nueva Venus Argentina nacida de 
la espuma de las aguas, que se ostentaba ante las miradas de 
los sabios probando prácticamente las ventajas de la libre 
navegación de los ríos. Los escritores so apoderan del hecho, 
y lo consignan, los publicistas lo comentan, la opinión lo 
sanciona, los gobiernos lo prohijan, los lejisladores lo formu- 
lan en leyes, y hé aquí que se levanta á la altura de princi- 
pio. Florencio Várela el primero de todos, aunque con cierta 
timidez, levantó esa bandera. Sarmiento proclamó con más 
valentía la verdad demostrada ya. Siguen TJrquiza, don Va- 
lentín Alsina y otros, y ellos y tal vez yo entre ellos atribui- 
mos á nuestra inteligencia este gran descubrimiento debido 
k cuatro oscuros contrabandistas cuyos nombres merecían pa- 
sar A la historia antes que el nuestro, porque ellos fueron los 
precursores, hicieron el experimento á su costa y riesgo, de- 
mostraron su conveniencia, y sin orgullo ni desaliento dur- 
mieron el sueño de la eternidad en el fondo de sus frailes 
balleneras sin esijir admiración ni gratitud á la posteridad. 
fMuff bién.J 

Vamos á otro ejemplo no muy lejano. 

La ocupación del territorio y la propiedad de la tierra son 
dos grandes conquistas que la civilización ha hecho entre 
nosotros. íQué plan metódico precedió á esa ocupación t 
¿Qué idea preconcebida dio origen á la propiedad? ¿Por 
qué medios se operó una y otra ! La necesidad de espansíóu 
y el instinto salvador de las necesidades sociales es lo que 
llevó á cabo esta conquista, con el auxilio de las vacas y de 
los caballos que ocuparon e! desierto y lo poblaron como 
Dios les ayudaba. Xo tenían ferro -carriles para marchar á 
vapor, ni tenían población pai'a cuajar el desierto con sus 
habitaciones, por eso se hacían seguir con los animales útiles 
que acompañan al hombre aumentando su bienestar y su ri- 
queza. Así salvaron las fronteras trazadas por la espada 
militar de la conquista, así hicieron retroceder al indio, asi 
marcharon valientemente en busca de la tierra de promisión 



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DE BARTOLOMÉ HITBB 281 

y precediendo & las expediciones militares que les veníatt á 
usurpar !a gloria de conquistadores del desierto, trazaron 
las nuevas fronteras que la ley tuvo qne consagrar como 
límites de propiedad cristiana. Esta era la civilización pas- 
toril, marchando en cuatro patas si se quiere, pero era la ci- 
vilización tal como únicamente podíamos estenderla; amo- 
jonando la propiedad con hombres, poniendo en medio de 
ellos los ganados, y haciendo que los ganados representasen 
riquezas y bienestar, multiplicando así la producción y el con- 
sumo. Si no hubiésemos procedido así hoy estañamos redu- 
cidos á la décima parte del territorio poblado, y el indio 
salvaje que no ha mucho venia á incendiar hasta los ranchos 
de Chivilcoy, dominaría todo el territorio de Buenos Aires, 
desde el Pergamino hasta Chascomús, dejando 6, su espalda el 
Río Salado. 

Tal es el resultado á que parecen aspirar irreflexivamente 
algunos de nuestros doctos que llaman barbarie ¿ esta civili- 
zación rudimental, que por muy incompleta que sea, y por mu- 
chos inconvenientes que tenga, es al fin la que mayores y 
mejores resultados ha producido hasta hoy dadas las condi- 
ciones en que hemos TÍvido, 

Para realizar el bello ideal de los que maldicen la ganade- 
ría y preconizan ante todo la agricultura, seria necesario 
reducimos á una estrecha zona del territorio, circunscribir- 
nos á las márgenes de los ríos, reconcentrar las poblaciones 
y vivir esclavos de la tierra, esperando lo que prodajese; 
y como entonces no habría lugar sino para los hombres ten- 
dríamos que matar nuestros cincuenta millones de ovejas, 
nuestros diez millones de ganados y echar pie á tierra 
lai^ndo al desierto nuestros caballos para que el indio se 
apoderase de ellos, dándole así nuevas armas contra la 
civilización, es decir, que este bello ideal consiste en dis- 
minuir el territorio poblado, en aumentar el desierto, en 
desarmarnos y en minorar la riqueza, y por consiguiente 
las fuerzas productoras, militantes y consumidoras del hombre 
argentino. 

Funesto error que propagado por algunos y escuchado 
por un pueblo como el nuestro que tiene la humildad de 
creer en las palabras de sus oráculos, puede acarreamos la 
ruina y la miseria, si no reaccionamos con perseverancia 
contra él, popularizando esta verdad demostrada ya por la 



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282 ABENOAS 

experiencia: qoe la ganadería es la base de nuestra riqueza, 
y que la agricultura sólo puedo progresar hermanándose con 
ella. Los Estados Unidos que hace veinte años no tenían 
siete millones de ganados, cuando la Inglaterra tenía noventa 
millones 7 la Francia ochenta millones, es hoy una do las 
primeras potencias del mundo en ganadería, y á ella her- 
manada con la agricultura, debe la creación de un nuevo 
mundo norte-americano en el lejano Oeste. Nosotros sin 
la producción de la lana y los cueros, seriamos el país 
más miserable del mundo aunque tuviéramos cultivados con 
cereales una estensión cuádruple de la que hoy ocupa la 
labranza. 

Esta vasta estensión de territorio poblada por un escaso 
número de habitantes, teniendo á su servicio medios de pro- 
ducción tan considerables y tan baratos, es lo que constituye 
nuestra superioridad sobre los demás de la tierra; es lo 
que hace que sea uno de los pueblos relativamente más 
productores y más consumidores del mundo. La ciencia 
europea no puede esplicavse este fenómeno, y nuestros pla- 
jiarios que aceptan á ojos cerrados las teorías que reposan 
en hechos distintos y contraríos, no saben sino cantar him- 
nos á la agricultura pidiendo que se pasen á cuchillo los 
ganados como enemigos de la civilización. ¡Sin embargo, 
es á ellos, es á esa ocupación que con ellos hemos hecho 
de nuestro suelo á lo que debemos, que la Provincia de 
Buenos Aires con cuatrocientos mil habitantes produzca 
casi tanto y consuma más que la República de Chile con 
un millón seiscientos mil habitantes, no obstante que Chile es 
un país esencialmente agricultor y tenga riquisimas minas 
de plata. 

Cuando un puñado de hombres ocupa, mantiene y defiende 
en nombre de la propiedad tan vasta ostensión de tierra, lu- 
chando contra el tiempo y el espacio, cuando hace producir 
al suelo más riquezas que millones de hombres con un terre- 
no privilejiado para la agricultura, cuando consumen más que 
ellos gastando la riqueza que acumulan con su trabajo y 
capitalizando, yo digo, que á este pueblo puede faltarle mu- 
cho todavía para resolver su problema económico y social, 
pero que merece llamarse civilizado, y no puede llamársele 
bárbaro porque luche con más inconvenientes y posea menos 
trigo y tenga más vacas, más ovejas y más caballos, y sea por 



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DE BABTOLO^ JUTRK 283 

consiguiente más rico y más feliz siguiendo sus instintos que 
obedeciendo á reglas convencionales de que el tiempo ha dado 
cuenta. { Ajilausos. ) 

La propiedad so ha afirmado entre nosotros por la virilidad 
de los pobres paisanos y de los capitalistas que salieron á po- 
blar con sus ganados el exterior de la frontera, y que se man- 
turioron en ella hasta que el Congreso en el año 19 dio la 
primera ley sobre la materia consagrándola. T este hecho ha 
sido más podeTOso que las leyes posteriores sobre el enfitéusis, 
en que Rivadavia, uno de nuestros grandes y verdaderos sa- 
bios, también pagó su tributo á la falibilidad humana : pues allí 
donde el enfitéusis ha retrocedido derrotado ante la chuza del 
salvaje, la propiedad se ha mantenido resistiendo á los em- 
bates de la barbáñe. 

La ganadería combatida por los que creían saber más que 
los pastores, ba triunfado, y fecundada por la introducción 
de la oveja en que cupo á Rivadavia la gloria de haberla 
fomentado, y por la agricultura que se desenvuelve á su 
sombra, constituye hoy el nervio de nuesti'a riqueza, y es- 
tos hechos prueban que hay ignorantes que saben más quo 
los economistas ó los que se dan los aires de tales. ( Aplausos 
y risas. ) 

Pero vengamos á hechos más cercanos, hablemos de la agri- 
cultura en Chivilcoy y veamos la parte que á cada uno cabe 
en los progresos que en este pedazo de tierra se han realizado. 
Aquí 6Í que vamos á ver desbarrar á los titulados sabios, va- 
mos á verlos acertar errando, poniendo de maniñesto, sabían 
menos que los peones de las antiguas chacras de esta locali- 
dad. { Marcada atención. ) 

i Quién fué el primero que depositó el primer grano de trigo 
en el seno fecundo de esta comarca F Yo podría decirles 
quien fué el que ahora trescientos cincuenta años depositó 
la primera simiente cereal en el Rio de Ja Plata; pero es un 
secreto que guardo para echarlo á luz en mejor oportunidad. 
( Risas. ) Mientras tanto creo que nadie podrá sacarme de mi 
curiosidad. 

Yo supongo que ese oscuro benefactor de Chivilcoy fué 
algún pobro santiagueño. ( Aplausos y risas. ) De ese humilde 
germen ha nacido este pueblo, el ferro-carril que le dá vida y 
los demás adelantos que t-anto honor le hacen. 



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284 

I Bendita Be& esa semilla qae tantos bienes encerraba en 
su seno ! 

i Bendito sean los errores á que ella ha dado origen, pues 
sin ellos CMvilooy vejetaría sobre sus trigos, quemando el maíz 
de sus cosecbas para alimentar el fuego ! 

Cuando aquél hecho tenia lugar, á, ningún sabio se le había 
ocurrido poner los medios para que el pueblo gozase del pan 
do cada dia. Entonces la campaña de Buenos Aii-es no comía 
pan. Fué necesario que aquél pobre y oscuro santiagueño, 
repito que debió serlo (Risas), dejase caer de su tosca mano 
aquella bendición, diciendo á mis con-provincianos los por- 
teños que tan orgullosos están con sus adelantos : «Hermanos, 
también para vds. se amasa pan en este mundo. > f Risas J. 
Y desde entonces recien se come en efecto pan en nuestra 
campaña ! 

Este por si sólo era sin duda un gran adelanto, pero no 
es esto lo más curioso del cuento. Este hecho casual ó de- 
liberado, este progreso parcial que cuando más habría dado 
origen á una comarca agrícola mal situada por bailarse de- 
masiado distante de su mercado natural, y en que por con- 
siguiente no podría costear el recargo del trasporte, este 
error en un sentido, indujo en otro error & los sabios, y 
gracias á ello tuvimos la felicidad de que se realizasen 
grandes cosas, obteniendo resultados opuestos k los que se 
habían propuesto. Este ea el caso de decir que Dios hace 
planas derechas con renglones tuertos, y que se sirve mu- 
chas veces de la humildad para humillar la suficiencia de la 
soberbia ! 

Guando vieron crecer los trigos en mayor abundancia 
aquí que en otra parte, por la sencilla razón de que aquí se 
sembraba más, nuestros científicos agríoolos en vez de atri- 
buirla á su verdadera y única causa, sin tomarse el trabajo 
de estudiar la naturaleza del suelo, creyeron de buena fe 
que este terreno de Chivilcoy era distinto de todos los de- 
más, que sólo aquí podían darse los cereales, y al rededor 
de esta suposición arbitraria basaron todo un sistema de di- 
visión de la tierra y de explotación del suelo, en que como 
siempre el bien se produjo por resultados opuestos á bus 
previsiones, 

Los onfíténtas, los usufructuarios de la tierra, empezaron 
á sub-arrendor cobrando por cada cuadra lo que ellos debían 



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DB BARTOLOMÉ MITRE 285 

pagar por cada legua, prohibiendo á los chacareros levantar 
ranchos, para quo no eohasea raicee en ella. El pobre aró, 
sudó, cosechó y pagó ; pero al cabo de cierto tiempo afir- 
mó 6u planta en el suelo, hizo valer su título de poseedor 
y disputó sus derechos al caduco eufitéuta. Quinientos ^ri- 
eultores liel distrito poseedores de varias porciones del ter- 
ritorio en Ohivilcoy, se presentaron un día pidiendo al 
gobierno que los amparase y los prefiriese en la posesión, y 
el gobierno rompió los vincules entre ellos y el enfitéuta 
y les ofreció la propiedad que hoy es un hecho. Y así es 
como los pobres de espíritu y de dinero, que eran los sier- 
vos de los esclavos de la tierra, la redimieron de la esclavitud 
de leyes atrasadas, dando un núcleo poderoso y nn punto de 
apoyo k los que querían que la tierra se subdividiese y se ven- 
diese. Desde entóneos, Chivilcoy pertenece al movimiento de 
las ideas nuevas y adelantadas, y desde entonces crece y pros- 
pera al soplo vivificante del progreso. 

Pero he aquí que en presencia de este progreso agrícola 
los sabios obedeciendo á, ideas equivocadas 6 incompletas, 
combinan nuevos planes, y errándola aciertan otra vez 
como el que hacía prosa sin saberlo, sin sospechar que el 
que hacía trabajar su inteligencia, no era otro que aquél 
ignorado labrador que tal vez dormía entonces el sueño 
de la eternidad entre sus trigales, y los gobernaba desde la 
tamba. 

Puesto que Chivilcoy produce tiigos en esta tierra, se di- 
jeron ellos, hagamos un ferro-cami desde Buenos Aires á 
Chivilcoy, para darles salida fomentando la agricultura. Es- 
ta fué* la candorosa idea que presidió á la construcción del 
ferro-carril del Oeste, y habrá muy pocos que en au tiempo 
no hayan participado de ella. Hoy podemos aplaudir la reali- 
zación del ferro-carril, pero nos roímos de la idea que no se 
basaba siquiera en el estudio de la estadística agrícola. Si 
alguno les hubiese dicho entonces que ese ferro-carril po- 
dría trasportar en una semana todos los trigos y todo el 
midz que producía en Chivilcoy, se hubieran quedado con 
la boca abierta, y es probable que entonces no hubieran 
realizado el camino, pues ellos creían de buena fe que los 
ferro-carriles sólo se habían inventado para los trigos. 
flttsas.J 

Hará como doce años que estuve la última vez en Cbi- 



□ igitizedby VjOOQIC 



28G ARENGAS 

vileoy. Este pueblo estaba ya fundado, y una uueva opi- 
nión empezaba ya á formarse en é!. Tuve interés en cono- 
cer su producción y supe con sorpresa que Chivilcoy apenas 
producía la mitad de los trigos que se cosechaban en la 
provincia. Entonces Buenos Aires consumía 360,000 fa- 
negas al año, es decir, como mil fanegas diarias. De estas 
no alcanzaban á 240,000 las que producía el país. El 
resto se introducía del extranjero, de manera que Chivilcoy 
sólo contribuía al consumo interior con poco más de 100,000 
fanegas, y esta era toda su producción en cereales. Me 
guardé muy bien de propalar esto secreto, por temor de 
que se les ocurriese no continuar el ferro-carril empezado. 
( Aplausos y risas. ) 

Gracias al error, hoy tenemos el ferro-carril hasta Chivil- 
coy, y debemos dar gracias al oscuro santiagueño de que ha- 
blamos antes, que con un grano de trigo produjo este milagro 
chasqueando á los sabios y beneficiando á sus laboriosos des- 
cendientes. ( Aplausos. ) 

El ferro-carril llegó hasta aquí, y los economistas que ha- 
bían basado sus cálculos en el trasporte de granos, se que- 
daron un poco aturdidos cuando los chivilcoyanos les dieron 
la noticia de que ya habían cambiado un poco do modo de 
pensar ; y les presentaron ovejas y lanas á la vez que muz 
y trigo, creciendo su asombro cuando se encontraron con 
un producto nuevo con que no habían contado: se encon- 
traron con un pueblo en vez de un triga!, y sobre todo 
con hombres, que valen más que los trigos, y á estos hom- 
bres con ideas exactas sobre sus conveniencias, y animados 
de un espíritu progresista, que sin contrariar las leyes de la 
riqueza resolvía prácticamente un arduo problema económi- 
co, haciendo bueno por el consorcio de la ganadería con la 
agricultura, un camino que teóricamente era disparatado al 
sólo objeto de trasportar unas cuant^as bolsas de trigo. [Eui- 
áúsos aplausos. ) 

Lejos está de mi la idea vulgar y grosera de dar preferencia 
al instinto sobre la razón, al hecho material sobre la teorí» 
científica. 

Mi objeto ha sido únicamente dar á cada cual lo que le cor- 
responde, restableciendo el equilibrio que me parecía un po- 
co alterado en cuanto á la apreciación de las fuerzas inteli- 
gentes do la sociedad. Cada pueblo posee una suma dada 



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DE BAETOLOMÉ MITHE 287 

<le inteligencia, como posee una suma dada de oapital circu- 
lante, y así como et dinero está en todas las manos en más ó 
menos cantidad, la inteligencia está en todas las cabezas en la 
proporción y en las condiciones en que Dios y la educación la 
han distribuido. 

La inteligencia como el agua tiene su nírel. 

Bueno es que los gobernantes estimen en algo 4 los goberna- 
dos y miren un poco hacia abajo, se inspiren on la opinión y 
comprendan lo que pasa en las modestas rojiones donde se 
elaboran hechos que dan lecciones prácticas á los sabios y á 
los poderosos. 

Bueno ea que los gobernados manteniéndose en los límites 
trazados por la ley y sin desconocerla superioridad del talento, 
de la virtud y del saber, y considerándose los unos como áto- 
mos y los otros como unidades de la razón pública, aprendan á 
pesar el saber de los hombres y de las ideas, como distinguen 
la moneda falsa de la buena. 

Bueno es que todos tengamos presente con tal motivo que el 
martillo que multiplica el peder de la mano, la aguja, esa má- 
quina elemental que al principio fué una espina, la sierra, la 
lima, el tornillo, las tenazas, las palas,' el ai'ado y hasta el arte 
de fundir el metal con que se construyen estas nobles armas 
que ban dotado al hombre de nuevos órganos, son, como el 
primer grano de trigo que se sembró en Chivilcoy, invenciones 
anónimas, y que la inteligencia colectiva puede revindicar 
como suyas. 

Este es un motivo más para que el pueblo se eduque, 
para que todos aspiren, sino á ser grandes sabios, por lo 
menos á ser hombres instruidos, que cultiven su intoUgencia 
ensanchando la esfera de sus goces morales y preparándose 
para gestionar con más provecho sus intereses materiales, 
porque la instcncción es como un capital que no se gasta nun- 
ca y produce siempre, y que haciéndonos más ricos nos hace 
más felices. 

Puedo decir esto en Chivilcoy sin que parezca predicación 
en el desierto, aquí donde hay seis escuelas municipales y se 
está levantando la séptima para completar el número de las 
obras espirituales de misericordia. Empezaron por dar de 
comer al hambriento, y acabarán por las bienaventuranzas de 
los pobres, de quienes será de seguro el reino de los cielos y 



'dby VjOt 



,glc^ 



también el de la tierra bí se nutreii con el pan cotidiano de la 
instruccióu. 

Así tendremos pueblos libres y gobiernos bnenos, y Le 
aquí como pisamos sin pensarlo el terreno de la política 
donde tantos intereses más ó menos nobles se ajitan, y en 
cuya rejión tempestuosa debe hacerse oír siempre la voz 
tranquila del amor al prójimo, de la caridad con sus se- 
mejantes, para que caiga como un bálsamo sobre los cora- 
zones ulcerados por el odio y las heridas de la lucha contem- 
poránea. 

Ya sabemos oomo se pelea y se mata, ya sabemos como 
caen ensangrentados en el campo de la matanza Abel y 
Cain, ya sabemos como so detruyen pueblos y hombres, 
con el fuego y las espadas, ya sabemos como se deshacen 
los gobiernos, en luchas que tuvieron su razón de ser, bata- 
llas entre el mal y el bien, victorias dolorosas pero nece- 
sarias. Nos queda por aprender la parte más difícil de la 
política práctica, que es como se regeneran los pueblos por 
la virtud cívica, por la perseverancia en los propósitos, por 
el acrescent amiento de la instrucción y de la riqueza, como 
se consolida la hbertad en el orden, como se fundan los go- 
biernos libres dando al pueblo lo que es del pueblo, y al 
poder lo que es del poder tratándose coa recíproca benevo- 
lencia y espíritu justiciero ; ya sabemos todo esto, y digamos 
para acabar de una vez con los sabios y con los pobres de 
espíritu lo que decia un pensador: «No contéis conmigo para 
n conspirar por la demolición de los poderes establecidos, 
a tratemos de mejorar el gobierno que existe, legitimándolo 
■ por sus beneficios y glorificándolo por la grandeza de sus 
« obras.» (Aplausos.) 

Edifiquemos en lugar de destruir. 

Que sea Chivilcoy la tribuna popular desde donde se pro- 
clamen estas grandes verdades prácticas que conservan y per- 
feccionan las sociedades. 

Que sea este el terreno donde caiga y brote la simiente de 
la verdad y que la cosecha sea abundante. 

Que sea este un campo de lucha pacifica y de labor fe- 
cundo, donde se combata con las armas del trabajo y car- 
cule vigorosa la savia de la vida mejorando la condición 
de todos. 

Que vengan aquí los políticos, los ecouomistas, los eo- 



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DE BAR!rOLOMÉ UITIIB 289 

neroíantes, loe industriales, los escritores, y los ínmigrAn- 
tes quo bascan el bienestar entre nosotros, á respirar una 
atmósfera sana en el orden de las ideas y de loe liechos 
como es sano el aire que aquí se respira puriBcado por sus 
hermosas arboledas. ^Aplausos.) 

; Honor y felicidad á Chivilcoy ! 

Diría una mentira y le dirijiríu uu cumplimiento grosero 
si le dijera á Chivilcoy que es grande en lo presente. Es nua 
promesa halagüeña, es un terreno bien preparado, es el bos- 
quejo de un graa pueblo, es lo que se llama una sociedad, 
culta, rica y feliz, y esto debe alentarlo en la tarea. Lle- 
va en sí los gérmenes de la grandeza futura : tiene el amor 
del trabajo, máquiuas perfeccionadas, la planta de una mag- 
niñca ciudad, el aliento progresista, el espíritu municipal, 
el santo amor de la patria común, el anhelo por la educa- 
ción pública, la ganadería y la agricultura hermanadas, la 
unión de su vecindario, y tiene hombres enérgicos y traba- 
jadores animados del aliento viril de los robustos peones 
del progreso hiunano. Dios sea con ellos y con su pueblo! 
Mientras tanto, brindemos á la grandeza futura de Chivilcoy ! 
Á su grandeza moral en lo presente ! (Trices y prohni/ados 
apUiuBos. Vi vas. J 



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EN EL ASILO DE INVÁLIDOS 

AL COLOCAR SU PIEDRA PITNDAMESTAL 



Señores : 

Antes de enterrar esta piedra en los cimientos del edificio 
que vamos á fundar, levantémosla en alto para que el pueblo 
la salade y Dios la bendiga, y para que hable algún dia á las 
generaciones venideras que la desentierren con la elocuencia 
del sentimiento que la colocó aquí. 

Ahora la establezco con mano firme, como base de este 
monumento que la gratitud pública, eríje en honor del 
s&críñuio generoso, del valor desgraciado y do la virtud 
civica orlada con la doble corona del heroísmo y del mar- 
tirio. 

Hecho esto, pidamos que estos muros se levanten más altos 
que nuestras habitaciones, más altos que nuestras torres, y 
nuestras pirámides, para que en cada din que luzca sean coro- 
nados los primeros por esa aureola de fuego que baja del cielo 
como símbolo de gloria perenne. 

Pidamos que el Sol de Mayo al brillar en cada año en 
el horizonte de nuestra, patria dore con luces iumortales 
los nombres de los mártires que van á habitar bajo esta 
bóveda. 

Que nuestra grande y desgraciada patria, grande por sus tra- 
bajos, y desgraciada por tanta sangre como en su honor se ha 
derramado, recoja el fruto de tantos y tan nobles sacriñcios, 
alcanzando días felices en que no necesite para defenderse sino 



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DE BABTOLOMÉ UITRE 291 

déla presencia de los viejos inválidos mutilados, agrupados al 
pie de su vieja bandera. 

Que el cielo derrame sus santas bendiciones sobre la obra y 
los trabajadores, y sobre Las cabezas laureadas de los que ven- 
gan á babitar este recinto, bajo los auspicios del heroísmo y 
de la gratitud pública ! 



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AL COMERCIO 



- Febrero 21 de IM». 

Señores i 

Al retribuir el brindis con que he sido honr&do á la par 
de mis compañeros en el gobierno, es un deber de gratitud 
y cortesía brindar á mí vez en honor del comercio de Bue- 
nos Aires, que nos hace objeto de esta generosa manifesta- 
ción. Pero esto no es para mí un simple deber de cortesía 
(siéndolo siempre de gi'atitud), es sobre todo la expresión 
sincera de mis convicciones y un voto espontáneo de mi 
corazón. 

Hijo de un pueblo que todo lo debe al comercio, y que funda 
en él la prosperidad del presente y la grandeza del futuro, es 
uatural que mis simpatías le pertenezcan y que mí razón esté 
á su servicio. 

La República Argentina, señores, es la única nación sud- 
americana que no ha sido poblada por el aliciente de los 
metales preciosos, la única que no Ka debido su formación, su 
desarrollo y su prosperidad gradual á esa majia del oro y 
de la plata encerrada en su seno, que atrajo hacia las playas 
americanas la inmigración europea desde el descubrimiento 
del Nuevo Mundo. Méjico con sus ricas minas, el Perú 
con sus montones de oro, Chile con su plata, el Brasil con 
su oro y pedrerías, las perlas de las Antillas y Tierra Firme, 
las esmeraldas y los ópalos de Centro América, y más ó me- 
nos toda« las demás comarcas cnyos nombres se leen en el 
mapa de este continente, debieron su fomento y su origen á 
este género de riquezas de que nosotros carecíamos. Por 
mucho tiempo su riqueza fué medida por sus montones de 



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DE BABTÜLOMá MITRE 263 

oro, plata y piedras preciosas qao hacían resaltar nuestra po- 
breza, mientras que hoy esos montones brillantes son escoria 
de homallas apagadas en comparación de las riquezas que el 
comercio y la industria ba creado y que ya el oro no puedo 
modir por si sólo 

Nosotros los desheredados de esta lluvia de oro, no te- 
níamos ni aún las ricas producciones do los trópicos quecon- 
^-idaban á los nuevos pobladores con pingues ganancias. Lla- 
nuras cubiertas de malezas, encerradas entre montañas estériles 
rios sin piedra y terrenos caóticos que la limitaban, la coloni- 
zación del Río de la Plata es un fenómeno digno do 
llamar la atención, porque es la única de la época del des- 
cubrimiento que en Sud-Amériea haya nacido y crecido 
pidiendo á la tierra únicamente el pan de cada día por me- 
dio del trabajo productor; la única que nació y creció en 
medio del hambre y de la miseria, no obstante de que 
al nacer fué bautizada con un nombre que sólo el porve- 
nir debía justificar. El nombre de Eío de la Plata fué 
una promesa brillante que el comercio se ha encargado do 
realizar. 

Esta pobre colonia salvada por el trabajo después de pro- 
veer á las más primeras necesidades do la vida, estaba conde- 
nada á vejetar en la oscuridad y la miseria, y á perecer 
probablemente, sí el comercio no hubiese venido á inocularle 
ose aliento de vida inmortal que aumenta la robustez de las 
sociedades á medida que el tiempo pasa. Pero el desarrollo 
del comercio era imposible dadas las leyes restrictivas que 
eran la base del sistema colonial de la madre patria. Cerra- 
dos sus puertos, estancados sns frutos, condenada á proveer- 
se de los artefactos europeos atravesando por tierra toda la 
América Meridional, nuestro sistema comercial era una viola- 
ción de todas las leyes naturales, un desperdicio lamentable 
de fuerzas en que se gastaba la vida sin aumentar el capital 
social, era un orden de cosas en que al fin la colonia debía su- 
cumbir estérilmente. 

El comercio la salvó de la muerte y le infundió nueva 
vida, y cosa singular, las hostilidades que se dirigían contra 
la colonia para herir en ella la madre patria, fueron las que 
más directamente contribuyeron á restablecer el equilibrio 
de la ley económica, lanzando las producciones por los ca- 
minos trazados por la mano del Creador. Los muros de la 



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29i AEENOAS 

Colonin del Sacramento, levantados para servir de protec- 
ción al contrabando, sirvieron de asilo al comercio; allí se 
fortificó, allí enarboló bu bandera y sostnvo el sitio con- 
tra el monopolio, hasta que al fin el comercio lanzado por 
BUS caminos naturales llegó á ser una función normal para 
estos países, que no podía snspendeTse sin comprometer su 
misma vida. 

Los contrabandistas del mundo entero y las expediciones 
comerciales y militares de la Inglaterra al prineipío de este si- 
glo, contribuyeron k derribar las últimas barreras del monopo- 
lio, basta que vino la revolución y dio al comercio universal bu 
carta de ciudadanía. 

Bajo los auspicios de este noble origen, los Hijos de esta 
tierra, así como todos los comerciantes que se hallan aquí 
presentes, cualquiera el país del mundo en que nacieron, 
deben reconocerse como hijos de una misma madre fecunda 
y generosa. {Movimientos de aprdbación.J Sea que pertenez- 
can k la viril raza anglo-sajona que ha dilatado la esfera de 
la actividad humana, sea que vengan de las rejiones que 
los fenicios reoonieron inspirados por el genio del comercio, 
ya estén poseídos del espíritu mercantil de aquellas repúbli- 
cas italianas de la edad media, que desciendan de los in- 
dustriosos flamencos ó hayan levantado estatuas á un sa- 
lador de harenques, llámense bntanos, belgas, franceses, 
italianos, holandeses, alemanes, españoles, lusitanos, ó se 
hallen comprendidos bajo el nombre común de america- 
nos, todos debemos reoonocemos como hermanos. (Grandea 
aplausos. J 

Y no sólo debemos reconocemos como hermanos por el 
común origen y por haber sido todos alimentados por el 
mismo seno maternal, sino porque también todos profesamos 
la religión del deber bajo los auspicios de la austera y santa 
ley del trabajo común y solidario. (Aplausos.) 

El comercio es un trabajo y nn trabajo fecundo, que ci- 
viliza, enriquece y mejora la condición humana, participando 
del doble car^ter de poder material y de grandeza moral 
que lo hace digno de admiración y respeto; y por eso he 
dicho antes que iba á hablar con mi corazón y con mis 
convicciones. 

Por eso me inclino ante el comercio, no por sus innume- 
rables naves mercantes que pueblan los mares del orbe, no 



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DE BABTOLOMB MITRE 295 

por el vhIof de sus mercaderías, ni por el poder de siis ca- 
pitales, ni por la multipticidad de sus transaccionee, ni por 
el influjo real que tiene en ol orden físico y político, sino 
por sn influencia eficaz en el progreso humano, por su acción 
■ directa sobre el hombre considerado como ser moral, y 
más que todo por el equilibrio que mantiene y las armo- 
nías que produce entre el muudo físico y el muudo moral. 
CAtem^iónJ 

El comercio es preconizado por unos y difamado por 
otros, 

Es preconizado por aquello que tiene de más visible y vul- 
gar, que es su influencia directa sobre la producción y la ri- 
queza y BUS resultados inmediatos sobre el bienestar de las 
sociedades y de los individuos ; pero no todos se elevan á la 
ley superior que preside á su desarrollo, y á su acción latente, 
constante y poderosa sobro las conciencias. 

Es estigmatizado como una condenación del egoísmo por 
Bectarios de la moral que se creen espiritualistas porque ha- 
blan en nombre de una generosidad mal entendida, al mis- 
mo tiempo que incurren en las aberraciones del más grosero 
materialismo. Para ellos el arte de comprar y vender es 
contrario á la ley de la caridad, sin acordarse de las severas 
palabras del Apóstol del Evangelio que hacia indigno del pan 
al que no trabajaba; y el bello ideal es para ellos la vi- 
da gratuita en el goce común de las riquezas adquiridas 
por otros. 

Lo que más asombro causa y más atrae la atención de 
todos es lo que llamaremos la potencia mecánica, del comer- 
cio, que remueve pesos, quo equilibra masas, dirija fuerzas j 
bace funcionar máquinas complicadas de producción ó de 
crédito. Lo que más cautiva la atención del pensador, cuan- 
do medita sobre los fenómenos trascendentales del comercio, 
OH su función elemental, la que puede llamarse el principio 
generador de todo bu mecanismo, es decir la compra y la 
venta de las cosas. Precisamente el comercio es grande y 
noble porque es el arte ó la ciencia de comprar y ven- 
der, poi-que la compra y la venta es la evolución lógica y 
natural para producir riqueza, elaborar capital, aumentar la 
capacidad productiva del hombre, aumentando á la vez los 
goces intelectuales y morales, haciéndolo responsable ante 
las leyes de la creación y los fiues para que lo destinó el Crea- 



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296 ARENGAS 

dor. Si lea cosas no se comprasen y vendiesen, el hombre 
yacería en el aislamiento y la miseria y en la más deplora- 
ble abyección moral. Si los objetos no tuviesen valqr ve- 
nal, los cambios de los productos de la naturaleza serían es- 
tériles para producir el fenómeno de la capitalización, que es el ' 
fin del comercio. 

En efecto, señores, no se puede crear riqueza sino arreba- 
tándola á la naturaleza para ponerla al servicio del hombre, 
enriqueciéndolo ala vez; no se puede elaborar capital sino 
obrando sobre los elementos de la riqueza conquistada; y 
como no se adquiere riqueza y capital sino por el trabajo y 
el ahorro, como no se puede conservar la una y fecundar 
el otro sino por transformaciones sucesivas que hacen expe- 
rimentar los cambios. Sin la compra y sin la venta, no se 
tendría nada durable, se consumiría todo lo creado y volve- 
ríamos á ser los esclavos de la desnudez y de la miseria de * 
que fuimos redimidos por ol trabajo. Sobre todo se parali- 
zaría la acción activa y fecundante del capital circulante que 
es la gran palanca que maneja el comercio, y á que la 
compra y la venta da impulso, perpetuando y agrandando la 
rica herencia que se trasmite do generación en generación, y á 
que está incorporado el trabajo y el sudor de los que nos han 
precedido en la tarea, por lo cual se trasmite no á titulo de 
don gratuito, sino á condición de perseverar en la fatiga. 
f Aplausos. J 

Sólo los que desmayan en la varonil tarea de la vida, sólo 
los que no tienen energía ni capacidad para producir, sólo los 
que esperan del esfuerzo ajeno lo que no puedeu alcanzar, por 
sí mismos, son los que pregonan la cobarde y vergonzosa teo- 
ría de los goces gratuitos no conquistados con el sudor de sus 
frentes. (Muy bien.) 

Seria verdaderamente una calamidad y una ruina para la 
humanidad, si las cosas no se comprasen y se ven<^esen y 
si todo se diese devalde. Todos tendríamos un banquete 
diario tan espléndido como esto ; los vinos generosos mana- 
rían de las copas y la humanidad ongalatiada y coronad» de 
flores se entregaría á las delicias do una fiesta tan brillante 
como pasajera. ; Qué sucederia después ! Siendo la riqueza 
y el capital un resultado del trabajo acumulado por muchas 
generaciones, el dia en que no fuese gratuito, se empeza- 
ría á consumir el capitel creado sin reponerlo por nuevo 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 297 

trabajo y nueva elaboración, sin atesorar por medio del 
ahorro, y hasta que consumido todo el capital creado y aou- 
mulatlo, la fuente de la vida se agotase, el movimiento se 
paralizase y el hombre tornase á ser aquella especie de 
' bestia del estado primitivo que fué civilizado por la divi- 
sión del trabajo, aquél esclavo de la naturaleza bruta que 
fué redimido por el capital acnmulado, aquél ser vejativo 
y sin valor alguno moral y material que merced á los do- 
tes que debe á la labor no interrumpida, hoy domina la 
creación y se gobierna á sí mismo tan sólo porque compra 
y vende, es decir, porque tiene un valor intrínseco y por 
que da valor á las cosas, y con ellas crea y alimenta el ca- 
pital social que es el principio de vida en la economía del 
género humano, como el capital circulante es su sangre. 
(Aplausos.) 

Los hijos legítimos del trabajo podemos romper con mano 
tranquila y conciencia serena el pan de cada día en el ban- 
quete de la vida, penetrados de que obramos el bien y pro- 
fesamos una doctrina sana y moral á la vez que digna de 
las almas fuertes, cuando elevamos el trabajo solidario so- 
bre la holgazanería, y cuando abogamos en favor del mayor 
valor que el sudor y k inteligencia humana incorpora á los 
objetos que elabora y á la labor á que preside, cualquiera que 
sea su naturaleza. 

Puede decirse que moralmente somos dos grandes convi- 
dados los que estamos representados, on esta mesa : el co- 
mercio y la política. Por una parte los trabajadores de un 
período dado en la política según la ley de renovación de ta 
democracia, es decir, los gobernantes, los administradores, 
los legisladores, los elegidos por el pueblo para presidir á la 
labor de una época, y á la pai- de ellos los soldados que han 
combatido en primera fila con la espada en pro de nuestros 
principios. Por otra parte los jornaleros de todos los días, 
los que trabajando para sí, trabajan para todos acrecentando 
la riqueza pública, los comerciantes que vienen á saludarnos 
al término de nuestra fatigosa jomada y nos brindan con la 
copa del festín, confundiéndose en un sólo sentimiento, así 
loa trabajadores del bufete como los trabajadores del escri- 
torio, á la par de los trabajadores del campo de batalla. 
(Aplausús.) 

Todos hornos sido trabajadores al servicio de la buena 



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298 AREKOAS 

causa, y en las luchas contemporáneas en que todos hemos 
sido actores, se ha hecho sentir no sólo la acción eficiente 
del gobierno á la par de la acción poderosa del capital, sino 
también la acción irresistible y benéfica de los principios 
profesados por unos y proclamados por otros, y practica- 
dos por todos en el nombre y en el interés de la libertad 
y la justicia. 

En la guerra del Paraguay quo ha terminado ya, ó puede 
darse por terminada, ha triunfado no sólo la Etepública Ar- 
gentina en su capacidad política de Naoíón, no sólo la triple 
alianza en revindicación de sus derechos, sino también los 
grandes principios del libre cambio, qne son los que vivifi- 
can el comercio. ' Para el comercio se han derribado también 
las fortalezas que amenazaban las costas; para él también 
se han roto las cadenas que obstruían el Río Paraguay ; 
para él y por él también se ha conquistado la franca nave- 
gación de los ríos superiores ; la libertad de comercio y la 
derrota del monopolio y la explotación de los pueblos por 
sus tiranos ; como para él también se ha conquistado la paz 
presente y futura de estas rejiones entre sí, dando ma- 
yores garantías al desarrollo del trabajo, que hoy puede 
contar con el tiempo y el espacio para ejercitar su acción. 

En todas partes el trabajo representado por el comercio 
tiene que vencer resistencias y tiene que luchar valerosamente 
entre los combatientes de primera fila; pero entre nosotros 
sucede esto con mayor frecuencia, porque estamos todavía 
en el período del experimento y del desarrollo. Por eso, 
además de la corona de oliva que simboliza sus pacíficos 
triunfos, tiene también aquí su corona de laurel por los triun- 
fos qne en su nombre, en su interés y por su acción más ó 
menos directa se ha conseguido por otros con las armas de la 
civilización á costa de fatigas, peligros y sangre generosamente 
derramada. 

Cuando nuestros guerreros vuelvan de su larga y gloriosa 
campaña á recibir ta merecida ovación que el pueblo les 
consagre, podrá el comercio ver inscritos en sus banderas 
victoriosas los grandes principios que los apóstoles del libre 
cambio han proclamado para mayor gloria y mayor felicidad 
de los hombres, porque t-ambién esos principios han triunfado. 
(Afilavsos.J 

Por eso brindo por la grandeza moral y material del co- 



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DE BABTOLOUÉ MITRE 299 

meroio, por sus tríutifos fecundos y paoíficos, por las oon- 
qoistas benhas por las armas do la ci\'¡ltzación on su interés 
y en su nombre, y como repreaentaüte de sos principios 
por ol distiDgaído comercio de Buenos Aires en particu- 
lar, y el comercio argentino en general, acreedor á la doble 
corona que reverdece cada día regado por el sudor fecun- 
dante de los trabajadores ! f; Vivas! Hurras! Ajjlattsos pro- 
longados.j 



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CUESTIÓN DE SAN JUAN 



DISCURSO 

PRONUNCIADO EN EL SENADO NACIONAL EL 19 DE JUNIO DE 1869 
INPOBMANDO EN LA CüBBTlÓN DE BAN JUAN 

ANÁLISIS 

I. Tendencia de Itm cuestiones de la Provincia de San Juan i conver- 
tirse en nacional CB. 
11. Antecedentes históricos de la Constitución Ar^ntina. 
III. Filosofía de la Constitución Norte- Americana, en cuanto á la forma 

republicana. 
IV. Enáwen del art. 4" de la Conetitución Norte -Americana y del ó" y 

6" de la Constitución Argentina con respecto 4 la garantía y á la 

intervención. 
V. Facultades del Congreso en materia de intervenciones i efecto de 

garantir la forma republicanay deberes del Poder Ejecutivo en 

presencia del Congreso. 
VI. Facultad del Congreso para complementar y enmendar loa actos que 

caen bajo la acción leiislativa. 
VII. Solución conciliatoria de la cuestión de San Juan propuesta por la 

Comisión de Negocios Constitucionales sobre la base de nnaley 

VIII. ExAmen, historia y condenación de la ley inarcial con motivo de 
haber aidu declarada parcialmente en San Juan, 
IX. Crónica de la cuestión de San Juan y marcha de la int«rvenciSa 

nacional. 
X. Estudio sobre el juicio político en sus aplicaciones prácticas. 
XI. Ex&mon de esta cuestión ;la acusación política trae aparejada la 
suspensión ! 
XII. Consideraciones aobi'c el sistema bi-camarista en sus relaciones con 

el juicio político, 
XIII. Soberanías pi-ovinoióies comprometidM. 



Señor Presidente: 

La Provincia de San Juan ha perdido muchas batallas; 
pero en todas ellas ha tenido la gloria de combatir por prin- 
cipios invencibles que han tñiinfado al ñu y se han impuesto 
con la fuerza de una ley. iSus cuestiones internas han to- 



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DE BARTOLOMÉ MITItE 301 

nido en todo tiempo el privilejio de apasionar el corazón 
de los argentinos, y de convertirse en grandes cuestiones 
nacionales, que salvando sus fronteras han recorrido la 
República conmoviéndola profundamente de un extremo á 
otro. 

Una cuestión de orden interno en la Provincia de San 
Juan convertida en cuestión nacional, va á ocupamos tam- 
bién hoy, y al informar sobre ella como miembro de la 
comisión en majroria, hago notar l.i singular coincidencia 
de que el comeutario del artículo constitucional que vamos 
á examinar ha sido escrito con la sangre de sus mejores 
hijos. 

En efecto, señor Presidente, el artículo 6° de la Consti- 
tución Argentina no está escrito, ni como se sancionó por 
el Congreso Constituyente de Santa-Fé, ni como se halla 
en la Constitución quo nos ha servido de modelo, porque 
si bien responde á las mismas exigencias tiene distinto sig- 
niScado histórico. Este artículo puede decirse que ha si- 
do ilustrado desde la tumba por las víctimas del Pocito. 
Sin los antecedentes que prepararon esta catástrofe, el ar- 
tícnlo que nos ocupa no se habría reformado, y sin ella 
le faltaría su comentarío escríto con lágrímas y con san- 
gre. 

Es que detrás de los códigos fundamentales de los pueblos 
libres, detrás de aquellas prescrípciones que mejor garanten 
sus derechos, hay siempre un espectro históríco que simboliza 
la lucha, el dolor ó el sacrificio, ya sea el de un libertador como 
"Washington, de un verdugo como Rosas, ó de un mártir como 
Aberastain. 

Cada una de las grandes cuestiones resueltas entre noso- 
tros por el derecho constitucional, ha sido un drama prolon- 
gado y palpitante, una pasión ó un martirio á que esas 
Boluciones responden y se ligan : y así es como el articulo 
6<* á cuya luz vamos á examinar esta cuestión, se liga 
providencialmente á una batalla perdida por la Provincia 
de San Juan, y detrás de él se nos presenta el espectro 
ensangrentado de Aberastain triunfando aún después de 
muerto. 

Si recorremos tas pajinas de nuestra ley fundamental en- 
contraremos en cada una de ellas los rastros indelebles de 
ub pasado luctuoso, que son como esas cicatrices que con- 



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302 ARENGAS 

serva el esclavo redimido en oada una de las manos con 
que levanta la carta de manumisión que atestigua su antiguo 
cautiverio. 

El Congreso Constituyente de 1853, prolúbió las ejecucio- 
nes á lanza y cuchillo, que la conciencia pública ha borrado 
felizmente de costumbres bijas de luchas bárbaras y fratrici- 
das ; y para mayor gloría de este triunfo de la humanidad, 
esa prohibición fué promulgada y observada por el mismo que 
antes había ordenado y practicado ejecuciones arbitrarias á 
lanza y cuchillo. 

Todavía no se ha borrado del recuerdo de las generaciones 
presentes, aquellas abdicaciones cobardes del derecho propio y 
aquella usurpación monstruosa de poderes ajenos, de que nues- 
tra Constitución da testimonio en la prohibición de otoi^r fa- 
cultades extraordinarias á ningún gobernante, ni poner á su 
disposición, como en otro tiempo, el honor, la vida y la ha- 
cienda de todos, enseñándonos asi que tales renuncias son 
nulas de hecho y de derecho. 

También existe en nuestra Constitución como una garantía 
del derecho humano y un bálsamo derramado sobre antiguas y 
dolorosas heridas, esta otra prohibición : no se matará por deli- 
tos poíUicas, recordando y cerrando á la vez aquella época ne- 
fasta en que el vencedor se imponía al vencido matándolo para 
convencerlo mejor; pero sin conseguir matar las ideas que son 
inmortales. 

La Constitución Americana que ha sido nuestro tipo, á 
pesar de que fué hecha en la plenitud del derecho y de la 
libertad de un pueblo dueño de si mismo, no obstante que 
es hasta hoy ea materia de instituciones políticas, el últi- 
mo resultado de la lógica humana emancipada de la tutela 
de influencias bastardas, no deja de consignar en sus decla- 
raciones ciertas garantías que son verdaderas protestas con- 
tra antiguos abusos atentatorios del derecho y de la dignidad 
humana. 

£n algunos de sus artículos los convencionales norte-ame- 
rioanos tuvieron presente el proscribir y correjir antigaos 
abusos; pero no los tuvieron presentes todos. El pueblo 
á cuya re\'isión fué presentada la Constitución, no loa ha- 
bía olvidado, y al poner la mano sobre ella, consignó en 
sus enmiendas las protestas y las garantías, á la vez que el 
principio generador. Por eso fué que estatuyó lo relativo al 



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DE RABTOLOMÉ MITRE ;103 

atojftmiento de tropa, que equivalía á lo que llamábamos auxi- 
lios ; por eso declaró que jamás la libertad y la vida del ciuda- 
dano podíaa estar á merced de uu biU de atluinder, y colocó 
bajo los auspicios protectores del jurado el dorecbo común, 
excluyendo el juicio por comisiones especiales que habían en- 
sangrentado la madre patria. 

En el mismo artículo de aquél código fundamental de la 
democracia en que se garante k cada Estado una forma 
republicana de gobierno, también hay, no diré una señal de 
lo» antiguos dolores y de los antiguos abusos ; pero sí ol 
testimonio de un elemento corruptor de la asociación políti- 
ca incorporado á una protesta y á una profesión de fe. 
Cuando se dijo en la Constitución Norte- American a ; - los Es- 
dos Unidos garanten á cada Estado una forma republicana 
de gobierno ■ quitjioron simplemente entonces consagrar su 
triunfo contra la forma monárquica reaccionando contra el 
antiguo régimen para lo presente y lo futuro, según lo ha- 
bían declarado en su acta de independencia. Pero cuando 
añadieron que además garantían á cada Estado contra vio- 
lencias domésticas, no sólo quisieron prevenir los disturbios 
que son el escollo de la democracia, como lo decían los auto- 
rea del Federalisla al explicar esta disposición, sino también, 
y muy principalmente, garantir á los Estados del Sud que 
tenían esclavos contra el alzamiento posible de ellos, ponien- 
do así al servicio de la opresión las fuerzas de la Unión. Y 
aquí debemos inclinamos ante el poder irresistible de la ló- 
gica, de la verdad y la justicia, que hace que al fin se cumpla 
el espfritii de los decretos de Dios, no obstante la letra de 
los decretos humanos, no obstante las cobardes oapitidacio- 
nes de los hombres que sacrifican el derecho eterno ante el 
hecho existente ! 

Cerca de ochenta años después, esta cláusula puesta en 
la Constitución para protejer á los amos contra los escla- 
TOS, ha sido el instrumento con que se han roto los grillos 
de los esclavos. Entonces aquellos grandes fundadores de 
la democracia no se atrevieron á invocar, como en 18G4 y 
1865, el acta de su independencia que definía con palabras 
dignas de ser grabadas en bronce, lo que era un gobierno 
republicano; porque entonces sus grandes preceptos no es- 
taban cumplidos en todas sus partes. Fué en 1865 que se 
dijo : un gobierno republicano es aquél que está arreglado 



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304 ARENGAS 

á los inmortales principios del aata de la independencia de 
los Estados Unidos, aquél en que con arreglo á ellos todos 
los hombres en su calidad de hombres son ¡guales, sean go- 
bernantes ó gobernados, en que todo poder ejercido es una 
emanación popular, conservando el pueblo su soberanía ori- 
ginaria. 

Ha sido necesario que pasara casi un siglo para que se diese 
su significado verdadero al articulo de la garantía, proclaman- 
do solemnemente á la faz dol mundo, que aquellos Estados 
del Sud que conservaban esclavos no eran republicanos, por- 
que no profesaban y practicaban el principio do la igualdad 
humana, base de ese sistema, y porque en ellos había hombres 
siervos, que aunque negros, debían ser política y civilmente 
iguales á sus antiguos amos. 

Y entonces cumpliéndose aquella lógica fatal de la Pro- 
videncia, la garantía á que se babia incorporado en su 
origen la propiedad perpetua del hombre sobre el hom- 
bre, sirvió para redimir á los esclavos, aboliendo la eselá- 
^ntud en nombre de la forma republicana garantida para 
todos. 

Digo esto para confortarnos en la fe y en la esperan^.a de 
los destinos definitivos de la verdad para que cuando veamos 
triunfante el «error, falseados ó desconocidos los principios, 
ya sea en la práctica ó en la ley misma, no desmayemos en 
la tarea, porque ya hemos visto que con la misma ley con 
que se forjan cadenas, se destrozan, como ha sucedido con 
la garantía dada á la esclavatura en el artículo 4" de la Cons- 
titución Norte- Americana que corresponde al artículo 6° de la 
Constitución Argentina. 

Y aquí me encuentro en mí punto de partida que es el ar- 
ticulo fi" de nuestra Constitución que ha motivado esta digre- 
sión. 

La Nación Argentina garante á cada provincia una foi-ma 
republicana de gobierno, lo mismo que la Unión Americana á 
los Estados ; pero nosotros además de reformar el artículo 6" 
bajo el dictado de severas lecciones que la experiencia ha con- 
firmado, teníamos en imestra Constitución el artículo 5" que 
se liga con el 6" y cuya filiación es digna de estudiarse en esta 
ocasión, en que vamos á examinar la aplicación que de él se 
ha hecho. 

El articulo ü" impone á cada provincia la obligación 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 305 

de darse una Constitución con arreglo á los praoeptos de 
la Constitución Kacional, siendo osta condición indispen- 
sable para la garantía eu el goce y ejercicio de sus insd- 
tuciooes. 

Nosotros no teníamos que reaccionar contra la monar- 
quía cuando nos constituimos defiuidamouto como nación. 
£1 peligro inmediato era otro mayor, puesto que venia 
de nosotros mismos como un resultado del estravío lasti- 
moso de la revolución y de las desgracias de la guerra 

La República Argentina con rarísimas excepciones era 
presa del arbitrario irresponsable : los caudillos vitalicios, 
encarnación del gobierno personal, producto de la anarquía 
sin ley ni correctivo, disponían á sn antojo de la suerte 
de los pueblos ; las provincias no tenían en su mayor parte 
ninguna organización política, ninguna garantía civil, ningún 
derecho asegurado ni siquiera en el papel. Este artículo 5" 
de que algunos pretenden deducir una jurisprudencia estra- 
ña, no significa otra cosa que la obligación impuesta á cada 
provincia de arreglarse á derecho, dándose una constitu- 
ción escrita qne devolviendo al pueblo sus libertades, arre- 
bataba á los mandones su poder usurpado. Este articulo 
tiene tambíéu detrás de sí sus espectros errantes, que son 
los caudillos vitalicios depuestos por las constituciones lo- 
cales. 

Así, pues, cuando en el articulo 6" se dijo que el Gobierno 
Federal, garantía la forma republicana representativa de 
gobierno, se colocó bajo la alta protección de los poderes 
públicos de la nación, esta hermosa conquista del derecho, 
^ daudo punto de apoyo á las instituciones propias de cada 
localidad. Pero la garantía al goce y ejercicio de esas ina- 
títuciones de que habla el articulo G" tiene distinta apli- 
cación y alcance. La una se refiere íi la forma republicana 
en general, la otra A las formas, ó más bien dicho, al 
modo de funcionar de las instituciones. Una cosa es el 
accidento parcial y otra cosa es la subversión del sistema 
mismo. 

No se puede invocar el artículo G' diciendo que la formn 
republicana de gobieno ha sido subvertida, ni intervenir por 
derecho propio en el régimen interno de las provincias, sino 
en dos casos extremos. El primero seria aquél en que retro- 



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:10(¡ AREíJGAS 

cediemlo á la época anterior á la revolución, reaccionásemos 
contra el principio democrático de los heroicos fundadores 
do nuestra independencia, rompiendo el testamento de nues- 
tros padi'es. El segundo sería cuando voh-iésemos al punto 
de partida de la constitución actual, es decir cuando volvié- 
semos al róglmon de los caudillos irresponsables, centrali- 
Kando de hecho ó de derecho todos los poderes en sus manos, 
y anulando por lo tanto las constituciones garantidas. En- 
tonces y únicamente entonces el Congreso dictaría la ley 
suprema, porque es el único que puede dictarla, y proveería 
como corresponde al restablecimiento de la forma representa- 
tiva republicana de gobierno subvertida. Esta gran facul- 
tad, que encomendada al gobierno Federal, ó lo que es lo 
mismo ú los dos poderos políticos de la nación, sólo pueda 
ejercerse por autorización del único poder que tiene potestad 
para dar la ley, es como las armas de Rolando: deben estar 
colgadas aquí, en el recinto donde se dicta la ley : sólo la re- 
presentación nacional puede tocarlas, sólo en nombre de la ley 
pueden esgrimirse. 

Ahora, en cuanto á intervenir, ya para garantir el orden 
constitucional establecido en cada provincia, ó sea el goce 
y ejercicio de sus instituciones ; ya para garantir la estabi- 
lidad de las autoridades con arreglo á esas instituciones ; ya 
sea que de la requisición nazca la obligación de hacer práctica 
tal garantía, ó que de la garantía resulte la obligación, pue- 
de decirse que es el mismo caso modificado en sus acciden- 
tes. Curtas lo ha dicho ; » El fondo de estas estipulaciones 
(garantir á cada Estado una Constitución licpiAticanaJ era 
garantir al pueblo de cada Estado el poder de gobernar su 
propia comunidad por la acción de una mayoría, de acuerdo 
con las reglas fundamentales que prescribieren para estable- 
cer la voluntad pública. " (Hisl. de la Camt. páj. 68.) Rossi, 
marchando tras estas huellas, ha dicho también; (L^^e) <iLa 
gai'antía de las Constituciones tendrá por efecto que no 
podrán ser cambiadas sino del modo establecido por las 
leyes. La garantía comprenderá á la voz los derechos del 
pueblo y del gobierno. ; El gobierno del país es derribado 
ó atacado por una facción í La nación lo proteje. i El go- 
bierno trata de hacer violencia á la Constitución para 
arrebatar al pueblo el uso de sus derechos ! La nación proteje 
a1 pueblo. " (Ada Federal de Suiza, páj. 468.) 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 307 

En los <los casos, do golpe de Estado ó golpe de pueblo, 
debe existir nua ley del Congreso que detenniue el modo 
y forma do inten'ooir, al menos mientras no exista como 
en Estados Unidos una ley que dé esta facultad al Poder 
Ejecutivo, 

Eu los dos casos, la garantía es obligatoria habiendo requi- 
sición y tratándose del régimen interno asegurado á. cada 
localidad. 

Cierto es que el Gobierno Federal, ó quien ejerza en su 
nombre esta facultad, tiene siempre su jaicio propio y pue- 
de determinar si es llegado ó nó el caso de la garantía. 
Racionalmente debo suponerse á los hombres que gobier- 
nan, las virtudes cívicas, el anhelo del bien y la. buena fe 
para aplicar las leyes y cumplirlas, que en tales omerjen- 
oias obrarán de conformidad con las prescripciones consti- 
tucionales. 

Pero los hombres son falibles y pueden equivocarse, aún 
procediendo de buena fe, y es por esto que tan alta prero- 
gativa no ha sido atribuida á un sólo poder, y ha sido 
distribuida de modo que correspondiendo á uno de ellos dictar 
la ley suprema que hace la regla, paeda uno enmendar los 
errores de los otros. 

La facultad para intervenir dada por la Constitución al 
Gobierno Federal de la Nación Argentina, ó en otros tér- 
minos, al Poder Supremo de la Nación, no es privativa de 
ninguno de los poderes aisladamente ; pero es privativo del 
Congreso dictar la ley con arreglo á la cual se ha de ejercer. 
Xlna vez dada la ley, si se comete su ejercicio al Poder 
Ejecutivo, oste no obra por derecho propio sino por una 
especie de delegación, que puede tener más ó menos am- 
plitud, ser más ó menos discrecional. Do todos modos, 
que la autorización para intervenir sea implícita á vece.i, 
sea que esplíeitamente so le cometa, esta facultad no per- 
tenece al número de aquellas atribuciones que son pri- 
vativas del Poder Ejecutivo, de cuya latitud sólo él es juez, 
que no pueden ser aplicadas ni restrlnjidas por el Congreso 
y de cuyo uso os únicamente responsable por medio del juicio 
polítíco. 

La facultad de que se trata es, pues, colectiva y comple- 
xa, no privativa ; sólo puede ejercerse en el modo y forma 
que determine el que puede dictar la ley, que es el Congre- 



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;J08 ARENGAS 

Bo ; no cotrespotide á las facultades exclusivas da oada uno de 
los poderes, cuya latitud sólo á ellos toca medir, por consecuen- 
cia depende siempre de la ley ó de quien pueda dictar la ley de 
la materia y en el caso de que por accidente el Ejecutivo des- 
empeñe por si sólo esta facultad, no estando expresamente 
autorizado por ley, llena una función meramente suplementa- 
ria, que debo completarse y perfeccionarse por el voto del 
Congreso, que puede ser negativo ó aprobativo. 

Esto es tan elemental, ha sido dicho tantas veces, es tan in- 
cuestionable, que debia creerse y esperarse qiie yo trajese á la 
discusión argumentos más nuevos ; pero cuando so enuncia una 
verdad como esta, del mismo modo que cuando 80 levanta una 
luz, no se necesitan mayores demostraciones para probar que 
la luz brilla y alumbra. 

Una facultad dada colectivamente á los dos poderos polití- 
cos, no puede ser ejercida sino por los dos según su naturaleza, 
dando uno la ley y ejecutándola el otro, habiendo casos en que 
el poder que díctala ley se reserve el control y la aprobación 
definitiva. 

Esta aürmación que puede calificarse de puramente teó- 
rica y tal vez de arbitraria, puedo fundarla en los prece- 
dentes y en la jurisprudencia, demostraudo de la manera 
más clara y terminante que así se ha practicado siempre, 
que así se ha entendido siempre, y que esta intelijencia es 
repla. 

En la biblioteca que veo por delante de los señores minis- 
tros no sé si se encuentra el tomo 17 de las ' Decisiones de la 
Corte Suprema de los Estados Unidos " ; me parece que nó. SÍ 
lo tuviese á la vista yo pediría á uno de los señores ministros 
abriese el tomo en la pajina 1" y allí encontraría la célebre 
sentencia del Juez Taney, gran jurisconsulto que ha ilustrado 
y fijado la intelijencia de las leyes de la materia haciendo ju- 
risprudencia 

Me permitiré recordar los antecedentes históricos de esta 
famosa sentencia. 

Había sucedido que en el Estado de Rhode Island, exis- 
tía vijente una vieja Carta de la Colonia, que no se había 
querido reformar, ó no había sido necesario hacerlo, porque 
era tan liberal que respondía á las exigencias de la vida de- 
mocrática. Sin embargo, esta cartfl restrinjia el sufragio de 
los ciudadanos concediéndolo únicamente á los propietarios, 



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DE BARTOLOMÉ UITRI! 309 

al estremo que, con el andar del tiempo, la mayoría del país 
s© hallaba excluida del ejercicio de este derecho político. 
Entonces vino nna revolución ; pero una rerolución pacíBoa y 
hermosa, aunque irregular, del género de aquellas que hacen 
los yankees en nombre del derecho, y con las formas y los fines 
del derecho. 

Motu propio convocaron una convonción, como se había 
hecho antes en Pensílvania y Michigan : se hizo una elec- 
ción popular. No por esto se crea que el pueblo se alar- 
mase mucho, ni que hubo gobernador que lo declarase revo- 
Incionario, ni presidente que declarase que el Estado estaba 



Pacificamente se hizo la elección, y se reunióla convención ; 
pacíficamente se adoptó la nueva Constitución y se nombró 
con arreglo á ella el nuevo gobernador. Recién entonces el 
poder antiguo que se apoyaba en la vieja Carta, se sintió ama- 
gado en su existencia y en sus derechos, y recien entonces 
protestó. Cuando el gobernador nuevamente electo se pre- 
sentó con su nombramiento popular, diremos así, á recla- 
mar ó pacífica ó revolucionariamente el puesto que creía 
correspouderlo, recién entonces vino el conflicto, recién en- 
tonces el gobierno del Estado se dio por entendido, decla- 
rando la ley marcial. Esto es el único ejemplo de un 
Estado que haya declarado la ley marcial, y el único caso 
en que antes de ahora la Corte Suprema de los Estados 
Unidos haya dado una declaración judicial sobre el parti- 
cular. 

Hasta aquél momento el Gobierno Nacional no había in- 
tervenido on virtud de la garantía requerida, sino de una 
manera indirecta, que sin embargo daba la razón al gobierno 
de la vieja Carta. Pero atropellada la casa de un ciudada- 
no en nombre de la ley marcial, demandó al ejecutor de la 
orden ante la Corte Nacional del distrito. Esta Corte era 
felizmente pi-esidida, según creo, por el célebre juez Story, 
autor de los inmortales comentarios de la Constitución 
Americana. Story dio su sentencia, inhibiéndose de enten- 
der en la materia política, y fallando en favor del derecho 
del antiguo gobierno del Estado. Esta sentencia fué en 
apelación á la Suprema Corte, y motivó la sentencia del 
jueE Taney á que me he referido antes, y de que voy 



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310 ARENGAS 

á permitirme leer la parte más importante que hace al 
caso. 

Dice Taney, ó más bien la Corte Suprema de los Esta- 
dos Uuidos : (I^''} ' Lhs ('ortes de Justicia uniformemente 
eostieneii que correspoude al jMtií'ríwíiYiív» declarar si el gobierno 
de la Carta (en Rhode Island) ha sido depuesto ó nó ; y cuan- 
do esta decisión haya tenido lugar, deben limitarse á tomar 
nota de ella como la iey suprema del Estado, sin necesidad de 
informes verbales, ni examen de testigos. " (Dec, de la Corte, 
tomo 17, páj. 9.) 

Esto por lo que respecta á la jurisdicción y compe- 
tencia de los tribunales nacionales en materia de inter- 
vención. 

Ahora por lo que respecta á la jurisdicción constítucio- 
ral, he aquí lo que dice Taney en la misma sentencia : (hee) 
"La sección 4' del art. 4" de la Constitución de los Estados 
Unidos, garante á cada Estado una forma republicana de 
gobierno, protegiéndolos contra invasiones, etc. — Con arreglo 
á este articulo de la Constitución (continúa) toca al Con- 
greso (ii resi icith cwtgress) determinar qué clase de gobier- 
no, es el que se halla establecido en un Estado. Como los 
Estados Unidos garanten á cada Estado una forma republi- 
cana de gobierno, el Coiuji-cso debe necesariamente decidir 
qué gobierno es el establecido en el Estado antes de poder 
determinar si es republicano ó nó. Y cuando (este es tem- 
plo ¡Hcramente HustralivoJ los Senadores ó Representantes de 
un Estado son admitidos en los consejos de la Unión, la 
autoridad del gobierno bajo el cual ban sido nombrados, 
así como su carácter republicano, es reconocido por la pe- 
culiar fproperj autoridad constitucional. Esta decisión es 
obligatoria para los otros Departamentos del Gobierno y 
no puede ser cuestionada por un tribunal judicial.» (Páj, 
10, id.) 

Dice además Taney desenvolviendo esta idea y estable- 
ciendo el principio más aplicable al caso: fLe?J "Pertenece 
igualmente á la antes citada cláusula de la Constitución, 
lo relativo á proveer á los casos de violencia doméstica. 
Toca al Congreso también, en este caso, determinar acer- 
ca do los medios que deben adoptai-se para hacer efectiva 
la garantía. Pudo, por lo tanto, si así lo hubiese juzga- 
do más conveniente haber atribuido á \m tribunal (eourt) 



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DE BARTOLOMÉ UITRE 311 

la facultad de decidir cuando había llegado el caso quo 
requería la intervención del Gobierno Federal. » {Páj. 10, id.) 

Hasta aquí habla sólo con relación i la Constitución, y 
sigue después considei-ardo la cuestión, en sus relaciones 
con la legislación: "Pero el Congreso pensó de otro mo- 
do (no atribuyendo la facultad á un tribunal como pudo 
hacerlo), j- muy sabiamente sin duda; y por la ley de febre- 
ro 28 de 1795 dispuso que : ■ en el caso de ana insurrección 
en algún Estado contra el gobierno del Estado, será per- 
mitido al Presidente de los Estados Unidos, sea á requi- 
sición de la Legislatura del Estado, sea á requisición del 
Ejecutivo cuando la Legislatura no pueda ser convocada, 
movilizar las milicias de cualquiera de los Estados, en el 
número que considere necesario á fin de dominar la insurrec- 
ción.. (Páj. 10.) 

En cuanto á la responsabilidad del Presidente usando de 
esta facultad, que no es suya por la Constitución, y que le 
es conferida por ley del Congreso,- dice Taney lo siguiente : — 
fLeeJ t Si el Presidente ejerciendo este poder, cometiese error, 
ó invadiese los derechos del pueblo del Estado, estarla en 
las facultades del Congreso aplicar por si mismo el remedio 
{" it wotdd be in Oie poiccr qf congrcss io applff iite proper remedy.) 
En cuanto á las Cortes deben administrar la ley tal como la 
encuentran.» (Id. 13.) 

Por consecuencia, según las declaraciones de esta sen- 
tencia que hace jurisprudencia constitucional en los Estados 
Unidos, la facultad que nos ocupa pertenece oríginaríamente 
al Congreso : él puede reglamentarla, puede delegarla, ó 
darla, ó hacer de ella el uso que crea más couTeníente den- 
tro de los límites de sus facultades lejislativas. Es el que 
estatuye lejislando sobre lo que concierne al poder su- 
premo de la Nación. Y no sólo establece que al Congreso 
toca determinar los medios de hacer efectiva la garantía, 
y por lo tanto reglamentarla, desprendiéndose de más ó me- 
nos poder, sino que ha ido aún más allá sentando de la ma- 
nera más esplicita y categórica, que el Congreso podría 
trasladar ó atribuir esta facultad á un tribunal que resolviese 
cuando era llegado el caso de hacer efectiva la garantía, ó sea 
de intervenir. 

Por muy respetable que sea esta decisión, me parece que 
en este punto nosotros no podemos ir tan lejos, y si pudié- 



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312 ARENGAS 

ramos, no deberíamos ir. Con arreglo á Duostra Constitución 
no tenemos más poder que aquél que el pueblo nos ha de- 
legado para dictar las leyes ; pero no nos es permitido, ni 
ejecutarlas por nosotros mismos, ni encomendar su ejecu- 
ción á otro poder que no sea el designado por la Constitución : 
tenemos que hacer ejecutar nuestras leyes por la mano del 
Poder Ejecutivo, 

De conformidad con esta doctrina, se dictó en los Esta- 
dos Unidos en 1792 la primera ley de intervención que se 
rejistra en los Estatutos (SUiiutes at large, tom. 1°, páj. 264), 
ley que liona todas las exigencias del caso. Por ella el 
Congreso determinó que en lo sucesivo fuese permitido 
(lawful) al Presidente de los Estados Unidos convocar las 
milicias en el receso del Congreso, por cnanto hasta enton- 
ces no había sido permitido hacerlo por no estar en sus atri- 
buciones ; pues alli lo mismo que aquí os facultal pri- 
vativa del Congreso que sólo él puede ejercer, y sólo con su 
autorización puede usarse logalmente, y así dijo que fuese 
legal en los casos de invasión, insurrección, etc. ; ó á re- 
quisición de los Estados para hacer efectiva la garantía Ó 
para hacer cumplir las leyes de la Unión cnando fueso ne- 
cosario. Pero al dar esta atribución al Presidente, y con- 
fiarle en cierto modo nn poder discrecional, no renunció el 
Congreso á la prerogativa que le era propia, y que ningún 
parlamento renuncia, que es reasumir la plenitud de su 
ejercicio una vez reunido. Así dijo en el art. 2" de la ley 
«que la milicia así convocada, podia continuar el servicio 
linioament* hasta la espiración de los ti-einta días posteriores 
á la apertura de las sesiones lejislativas. i Esto importa tan- 
to como decir, que en presencia del Congreso, el Presidente 
no puede convocar las milicias sin su autorización expresa, ce- 
sando por el hecho la autorización que únicamente responde á 
la época del receso. 

Me parece que el señor ministro tiene por delante un libro 
que conozco y que puede suministrar luz sobre el parti- 
cular ; me refiero á ese volumen blanco, que deben ser los 
estudios de la Constitución americana por Paschall. Puede 
abrir el señor Ministro el libro en la páj. 246 y confrontarlo 
con mis palabras para ver si me equivoco : (I-ec-) - Si há- 
blese nn conflicto armado (dice Pa.sch«ll) es un caso de 
v'mkmia interna, y una de las partos debe hallarse on insur- 



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DE BAKTOIX)MÉ MITRE 313 

peoción contra el gobierno legal. Como las leyes dan an po- 
der discrecional al Presidente pai-a ejercerlo según sn juicio 
respecto de hs herltus, él es el único juez de la existencia de 
esos hechos. Si yerra, el Congreso puedo aplicar por sí el 
remedio adecuado. •> Es lo mismo quo dice el juez Taney en 
su sentencia : el ejercicio de esa facultad nace para el Pre- 
sidente no de la Constitución, no de sus atribuciones propias, 
sino de las leyes del Congreso, y os responsable ante este de 

En el mismo capitulo habla Paschall de las cuestiones á 
qa& dio origen el ejercicio de tal facultad con motivo de 
las leyes de reconstrucción; pero estas cuestiones fueron 
resueltas eu favor de la supremacia del Congreso por lo 
que respecta al poder llamado á estatuir en nombre del po- 
der supremo de la Nación, dictando en consecuencia leyes 
supremas que obligan á todos los poderes ; como se resol- 
vió igualmente lo relativo á enmendar y anular actos del 
Poder Ejecutivo que caían bajo la acción del lejislador, 
que es el reiuedio adecuado de que habla el autor que el se- 
ñor Ministro tiene en sus manos. Puede rectificar la cita : es 
concluyente. 

Preveo lo que me dirán : que el Congreso no puede en- 
mendar el error del Presidente sino llamándolo al banco 
de los acusados por delitos políticos; que sólo por este 
medio pueden revindicarse los derechos violados por él en 
las provincias ó en la Nación. Pero, señor, hablamos de 
errores y no de delitos, y aún tratándose de faltas que no 
alcancen á la categoría de altos crímenes ó delitos, mejor 
63 remediarlos que castigarlos. Hombres de orden, hom- 
bres de gobierno, que buscamos el bien del país con ánimo 
imparcial y verdadero patriotismo, digo, que si esa lógica 
ciega y rigurosa nos sirviese únicamente de guia, vendríamos 
siempre á parar en dos extremos igualmente perniciosos : ó no 
se podrían rovindiear los derechos violados del pueblo por 
medio del control ó fiscalización del Congreso, y habría que 
producir para cada error una verdadera conmoción, 6 para evi- 
tar este peligro habría que contemporizar siempre con los erro- 
res del poder. 

Esta lógica ciega, inflexible, que nos lleva ó á hacer más de 
lo conveniente, ó á no hacer nada, dada las imperfecciones de 
nuestro modo de ser que todos conocemos, y los obstáculos 



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314 ¿RENQAS 

con quo luchan los pueblos para gobernar y vivir constihicio- 
nalmente, vendría á aumentar las dificultades de los hombres 
que gobiernan eu la ardua y enojosa tarea que tienen entre 
manos, «sí como de los que directa ó indirectamente se intere- 
san en la cosa pública. 

Á. propósito de esto, el autor del libro que el señor Mi- 
nistro tiene en este momento entre sus manos (PasdtaU, páj. 
281) dice con motivo de las leyes de reconstrucción de 
que hablé antes, que habiendo el Presidente en virtud de 
las facultades que le daba el estado de guerra abolido par- 
cialmente la esclavatura en los Estados rebeldes, el Con- 
greso por una serie de leyes enmendó alguno de los actos 
del Presidenta, anulando otros y dictando reglas distintas de 
política interna que prevalecieron á pesar del voto, por este 
principio con que el mismo escritor termina su comentario : 
"El Presidente como todos los majistrados debe ser con- 
trolado por la Constitución y las leyes del país. « ( Id. 
páj. 294.) 

Todo esto que es concluyente para demostrar que la facul- 
tad originaria le corresponde al Congreso y que á él toca 
estatuir legislativamente sobre los casos prácticos, aún allí 
donde, como sucede en los Estados Unidos, esa facultad ha sido 
transferida al Presidente para que la ejercite por si durante 
el receso, ¡ cuánto más concluyente no será aquí con aplica- 
cación á nosotros, donde esa facultad no ha sido conferida por 
la ley á nadie, habiéndola retenido el Congreso en el hecho de 
no dar la ley ! 

Me había olvidado do decir (y esta es la oportunidad 
do recordarlo) que después de la ley de 1702 de que hablé 
ant«s, se dictó en los Estados Unidos la ley de 1795 de que 
habla el juez Tauey en su sentencia, que 'es exactamente 
la misma con diferencia de pocas palabras. (Sf. ai large, tom. 
1", páj. 424.) Nosotros no hemos dado ninguna ley que se 
parozca ni á la ley de 92, ni á la ley de 95 que proveen á 
la intervención en los Estados á requisición de ellos. Nos- 
otros no hemos dado al Presidente la autorización para ejer- 
citar la intervención con prescindencia absoluta del Congreso. 
Por consecuencia, lo único que está vigente es el articulo 6» de 
la Constitución Nacional que somet« esta facultad al Gobierno 
Fedeml, de que el Congreso es parto integrante y muy princi- 
pal en este caso. 



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DE BARTOLOMÉ .MITRE 315 

Pero ¿el ejecutivo puede hacer uso de la facultad de in- 
tervenir durante ol receso í Teóricamente podría sosteneree 
que no ; pero afirmo que sí. Toda vez quo el orden constitu- 
cional do una provincia osté perturbado, que haya requisición 
ó »ea llegado ol caso do hacer efectiva la garantía constitucio- 
nal, creo quo es lícito al ejecutivo inter\-enir : pero á condi- 
ción de someter sus medidas al Congreso en su próxima sesión, 
y estar á lo que él resuelva. Esto es lo que debe hacerse, y 
esto es lo que siempre se ha heoho como lo at-estiguan los pre- 
cedentes que han establecido jurisprudencia constitucional 
sobre la materia. 

Señor Presidente, señores: tal vez parezca que me detengo 
demasiado desarrollando la parte teórica do este asunto ; pero 
como esta es una cuestión más bien constitucional que política, 
como interesa á los principios más que á las personas, y están 
comprometidos en ella tanto el porvenir como ei presente, be 
querido plantearla con claridad sobre las bases del derecho, antes 
de tratar la parte práctica del negocio que más interesa á la ac- 
tualidad. 

Resumiendo, pues, lo dicho, establezco: 1" Que las atri- 
buciones del art. 6° de la Constitución corresponden origina- 
riamente al Congreso: 2" Que asi se ha entendido y practicado 
siempre entre nosotros : 3" Que tal es la jurisprudencia cons- 
titucional de los Estados Unidos r 4° Que esta facultad no 
ha sido delegada á nadie entre nosotros por ley expresa y 
terminante y ha quedado por lo tanto inmanente en el 
Congreso: 5" Quo tal facultad sólo obra en virtud de la 
Constitución y en nombre do la ley suprema» que sólo el 
Congreso puede dictar: 6" Que en el recoso cuando pehgre 
el orden constitucional es lícito al Poder Ejecutivo intervenir 
en las provincias á los efectos de la garantía, con la condi- 
ción de dar cuenta al Congrso : 7" Que los actos del Poder 
Ejecutivo, en tal caso caen bajo la acción lejislativa del Con- 
greso. 

Tal es en resumen el estado de la cuestión considerada pop 
su faz constitucional. 

La Comisión do negocios constitucionales ha estudiado 
detenidamente esta cuestión, ya del punto de vista de los 
hechos, ya eu sus relaciones con el derecho, ya consultan- 
do las conveniencias públicas. Muchos son los caminos quo 
se han propuesto para dirimirla y llegar al 6n que nos ha- 



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310 AEEK0A8 

bíamos propuesto. Al fin la mayoría de k Comisión se ha 
uniformado en una solución práctica, tranquila y legal, que 
respondiendo á las reglas do buen gobierno respondiese tam- 
bién á las exigencias legitimas de la opinión. 

El (robierno Nacional interviniendo en la provincia de 
San Juan durante el recoso de las cámaras, podría, según 
el juicio de algunos miembros de la comisión, no haber 
procedido con toda la prudencia y circunspección debida, ni 
con sujeción estricta á las leyes que debían servirle de 
noi-ma, pero nosotros no nos hemos ocupado tanto de es- 
to como de la cuestión de actualidad en que estaba coni- 
prometida la soberanía y la tranquilidad de una provincia 
bormana. 

Por mi parte, y aún cuaudo todos no hayan participado en 
la misma estensión de mis convicciones, opino que el Ejecutivo 
N^ncional cuando decretó la intervención de San Juan, procedió 
en su derecho, aunque pueda tal vez pensar que pudo emplear 
algún otro medio más prudente y más eScaz que no es del ca- 
so examinar. 

Opino también, ó más bien dicho, opinamos todos los 
miembros de la comisión, que los poderes públicos da la pro- 
vincia de San Juan, habían falseado en la práctica, no sub- 
vertido, como se dice, la forma republicana representativa de 
gobierno ; pero no creemos que la intervención ha podido ni 
debido llevarse á nombre del principio fundamental, sino á 
consecuencia del mero accidente, ó sea la interrupción del 
ejercicio de las instituciones, que ora lo quo iba á garan- 
tirse por la intervención, y no la forma republicana de go- 
bierno. 

Esto es lo único que nos ha enseñado oste cuadro de an- 
tecedentes sobre la cuestión de San Juan que se ha impreso 
y se nos ha distribuido. Por lo que á mi respecta debo decir, 
que habiéndolo leído con atención, habiéndolo estudiado, 
porque desgraciadamente era mi deber hacerlo como miem- 
bro informaote de la comisión, be sentido una profunda 
tristeza. La pasión y los mezquinos intereses han desfigu- 
rado los hechos, y es inútil buscar en estos antecedentes 
la luz que debo guiar una conciencia imparcial. Al leerlo 
be pensado que si algún día caeu estas pajinas eu manos 
de nuestros hijos, podrían decir con visos de justicia, que 
habíamos malgastado miserablemente nuestFO tiempo y que 



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DE BARTOLOMÉ MÍTRE! Sl7 

carecíamos del sentimiento y hasfa de la noción de U 
verdad ! 

Veo aquí de parto de la Lejislatura de San Juan, como del 
gobernador de San Juan y de todos los poderes públicos 
que han dejado su huella en estos papeles, nada más que 
pasiones estrechas y errores lamentables ; ui una chispa de 
patriotismo ni de fecunda inteligencia brotan de estas paji- 
nas. He seguido con afán todos los pasos de los poderes 
que han intervenido en esta cuestión, he buscado en ellas 
una do aquellas inspiraciones que cautivan el alma, para 
poder presentarla como un hallazgo en esta discusión, y no 
la he encontrado. 

Por cierto que el conflicto de San Juan no ocupará en la 
historia, ni como escarmiento ni como lección, el lugar que 
ocupa el conflicto de la Carolina del Sud: ni aquél alto 
ejemplo de moderación del presidente, ni aquél inmortal 
oomentario de Jackson, ni siquiera aquella teoría errada pero 
que ni menos sirvió para vencer y convencer á sus sostenedo- 
res, y muy felices si al menos resultase como en aquella oca- 
sión una ley de compromiso ! 

Sin embargo, debemos conceder á todos buena intención 
aún en medio de sus estravíos, debemos tratar á todos 
con benevolencia, debemos recordar que son argentinos, 
que son hermanos, y que cualesquiera que sean los erro- 
res en que incurran los unos respecto de los otros, han 
sido, son y tenemos que ser todavía bastante desgraciados 
para teuer que dispensarnos mutuamente nuestras faltas. 

Por esta razón nosotros á la pai* de concienzudos, hemos sido 
políticos prácticos, y hemos dicho, sin pretender compa- 
ramos con el Redentor, que no veníamos á cortar con la 
espada, sino i desatar y cumplir según nos lo enseña el 
Evangelio. 

Queremos, pues, que esta cuestión se encamine constitu- 
cionalmente, que se resuelva pacíficamente, que se satisfagan 
las lejítimas aspiraciones del pueblo y se salve el decoro 
de los altos poderes públicos que pueden estar compro- 
metidos. 

No proponemos un voto de censura implícito ni esplicito 
al Poder Ejecutivo, ni lo propondríamos aunque tuviése- 
mos derecho para hacerlo; que pienso no lo tenemos. No 



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:il8 AEENGAS 

somos aqui censores Ae\ Ejecutivo Naf^ional, ni jueces 
del tíobernador Zavalta, ni es nuestra misión correjir los 
errores de la lejislatura de San Juan. Miramos á todos oou 
espíritu verdjvderameuto fraternal, podemos decir paternal, 
porque uo participando de las pasiones de los uno, ni estando 
empeñado nuestro amor propio en la cuestión, podemos dar 4 
cada uno con ánimo tranquilo la parte de vituperio que le 
corresponda, dispensándolos de la responsabilidad que es 
común á unos y otros, y de que todos son más 6 menos soli- 
darios. 

He buscado en estos documentos un hecbo conductor, un 
punto de apoyo cualquiera para poder enmendar lógicamente 
esas faltas, y no le be encontrado. Lo único que be encontrado 
en ellos como elemento de la solución buscada, y lo único que 
encontrará probablemente el que se tome el ímprobo trabajo 
de interrogar estos papeles, ba sido una fecba, la fecha del 24 
de marzo. 

Esta fecha parece misteriosa, como lo son aquellos he- 
chos que parecen no tener explicación, y que sin embargo 
vienen á producir cierta* armonías lógicas que llevan al 
hombre por caminos no previstos, á la solución de las más 
arduas cuestiones, así en el orden político como en el orden 
social. 

Cualquiera otra fecha que se tome en esta cuestión, tiene 
que dar un resultado contrario ó negativo. Cou ella todo que- 
da felizmente conciliado, pndiendo darse una solución tan 
práctica como pacífica, que si no satisface igualmente á to- 
dos es la que presenta menos inconvenientes. J?s lo que 
puede llamarse una ley de compromiso sobre la base de una 
fecha. 

Para poder apreciar mejor el valor <le esta fecha que pue- 
de llamarse histórica, porque hacia elta converjen todos 
los hechos capitales, bueno es recordar los antecedentes á 
qxie se liga. 

El 30 de octubre de 18G8 el «obernador Zavalla, abrogán- 
dose una atribución que no le pertenecía, desconoció, á i-e- 
quisición de una minoría de la lejislatura de Han Juan, los 
procederes de una minoría de ia misma que se había constitui- 
do en mayoría formando quorum por la incorporación de nue- 
vos diputados electos, cuyos poderes no habían sido aproba- 
dos aún. El decreto que expidió con tal motivo es verdade- 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 310 

ramente atentatorio y contrario á las reglas del régimen 
parlamentario. lia parte de la Lejislatura constituida en mayo- 
ria requirió en. consecuencia y en el carácter, de poder público 
la intervención nacional á I03 efectos de la garantía. £1 Eje- 
cutivo Nacional la concedió, en circunstancias que esa gran 
parte de los diputados que habían requerido la intervención 
se hallaban ilegalmente presos y sometidos á la justicia or- 
dinaria por instigación del Gobernador Zavalla. £n conse- 
cuencia expidió et 3 de diciembre del mismo año nn decreto, 
sobre el cual llamo la atención de los señores senadores. En 
ese decreto no se dice que va á intervenir por derecho pro- 
pio como lo ha declarado después, ni que tb á restablecer la 
forma republicana de gobierno subvertida, como lo dice hoy, 
sino simplemente que va á hacerlo á requisición del poder 
iejislativo depuesto por el Gobernador. Va, pues, á reponer 
un poder, á ponerlo como estaba, lo que prueba qíie no hay 
forma de gobierno subvertida, sino interrupción en el ejercicio 
de las instituciones garantidas. Esto es claro y es elemental 
también. 

Pero tomo este decreto tal como es, y para no complicar 
la cuestión, escusaré traer al debate el examen de ciertos 
principios y consideraciones que podrían ilustrarlo mucho en 
otro sentido, porque ello no nos conduce A la solución prácti- 
ca de las dificultades que rodearon á la provincia de San 
Juan y al Comisionado nacional y que han dado por resul- 
tado la violenta situación hija de la obcecación de los con- 
tendentes y de las pasiones enceguecidas en la lucha. 

Al fin, mal ó bien, se instala la lejislatura el 8 de febrero 
de 1869. Desde este día comienza la serie de irregularidades 
de la lejislatura, irregularidades que et mismo poder interven- 
tor bajo cuyos auspicios se verificó la reposición, no ha podido 
menos de condenar como puede verse en la proclamación del 
Presidente de la República. 

El primer uso que hace la lejislatura de su libertad de ac- 
ción, no es como se creería, doblar la rodilla y dar gracias á 
Dios porque la soberanía que representaba se hubiese salva- 
do, nó. Es que aquellos lejisladores no estaban poseídos del 
espíritu generoso que anima á los defensores de los princi- 
pios y fortalece á sus mártires. Todos sus actos llevan 
desde aquél instante el sello de la mezquindad ó la venganza. 



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320 ARENGAS 

Todas las leyes, todos los decretos, todas las medidas dicta- 
das desde entonces por la lejielatura repuesta, no son sido 
pequeños medios de quo se valen los partidos pequeños pa- 
ra obtener pequeñas ventajas ; todo es tendente á dar forma 
y responder únicamente al propósito que la traía agitándose, 
que era el monopolio de las eloccioues en lo Eutiiro, y la elec- 
ción de un senador por el momento. 

Esto se ha dicho por una voz autorizada, y es la verdad. 

Todo se ha sacrificado, todo se ha puesto en conmoción 
en la Provincia de San Juan para obtener este pobre resulta- 
do. Se han falseado las instituciones, se han atropellado los 
poderes, se ha dividido la sociedad en dos campos, se han 
hecho protest-as y se han producido conflictos por una y otra 
parte, y después de todo esto, líl primor acto de la legislatura 
antes de acordarse de Dios y del pueblo os asegurar vergon- 
zosamente el fruto de la victoria nombrando un senador de 
la manera menos prudente, menos popular, y olvidando hasta 
las reglas del decoro. íío soy yo quien díce esto: es el mismo 
Presidente de la República en sn manifiesto. Y. para que nin- 
^n accidente innoble faltase á este acto, el local ordinario de 
las sesiones se traslada á la casa particular del mismo que 
era nombrado senador, y allí á puertas cerradas, en sesión 
secreta, excluidos los diputados do la minoría, aún aque- 
llos que no habían sido declarados cesantes, se efectúa la 
elección ! 

Agregúese á esto las leyes dictadas, no inspiradas ni por la 
intehgencia, ni consultando el bien de sus comiteutes; agre- 
gúese todas las disposiciones que llevan el carácter de un in- 
terés egoísta ó de un designio manifiesto de venganza política 
y se tendrá una idea de los sentimientos, de los intereses y 
de los móviles encerrados bajo la llave del dueño de casa, en 
aquél estrecho recinto sin horizonte y sin luz que so llamaba 
la lejisl atura. 

Tal es el triste fondo sobre el cual se dibujan las cuestio- 
nes de San Juan. 

Dicen que la mejor lección que puede darse para corregir del 
vicio de la embriaguez, es mostrar un ebrio. No sucede esto 
al parecer en el vértigo político que perturba la razón serena 
de los hombres. 

El gobernador Zavall» en presencia del espectáculo que 



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DE ftARTOLOMÉ MITRE S21 

ofrecía la lejislatura, debió pensar en su propia dignidad, en 
lo que lo tocaba bacer, y en lo qne debia evitar; pero estaba 
envuelto en el torbellino y era arrastrado por él. Unos y 
otros habían perdido la cabeza. 

El gobernador Zavalla uo lo hace mejor que la legislatura. 
Apenas retirada la intervención, pretende que ella ha sido li- 
mitada á poner en libertad á los diputados presos ; lo que, sea 
dicho en su abono, podía deducirse de! texto de los documen- 
tos nacionales. Pero va más adelante. Partiendo de esa ba- 
se, manda poner en todo su vigor los decretos anteriores que 
habían motivado la intervención, cuya legalidad había recono- 
cido él mismo. 

Esta reincidencia dio motivo á una nueva requisición de 
parte de la legislatura. Entonces el Ejecutivo Nacional, quo 
aunque á la distancia parece haber sido atraído por aquél vér- 
tigo de pasiones que ae ajitaba á bus piós, expidió con fecha 
4 de marzo un decreto, que no quiero criticar, pero que, ni me 
parece regular, ni el que la prudencia y la ley aconsejaban on 
tales circunstancias. 

Junto con ose decreto el Ejecutivo Nacional publicó varios 
documentos y entre ellos un manifiesto ó proclamación del 
Presidente de la República, de que tampoco quiero ocu- 
parme 

Pero antes de pasar más adelante debo decir: que antes de 
que el Ejecutivo Nacional diese el decreto de 4 de marzo por 
el cual la fuerza pública era puesta a! servicio de la legisla- 
tura; el gobernador Zavalla mal aconsejado, había expedido 
ya otro decreto haciendo salir las fuerzas nacionales del terri- 
torio de la proríucia, dando por razón que ejercían presión 
sobre su autoridad, lo que parece cierto. En presencia de 
este hecho, que de todos modos podía importar, ó un desacato, 
6 una amenaza de parte del gobernador de San Juan, el Eje- 
cutivo Nacional dictó el decreto de que he hablado antes decla- 
rándolo en vcnladcm sedición (son las palabras), mandando con- 
vocar la milicia para hacer cumplir la leyes de la Nación, 
sujetando á la ley militar ü todos los ciudadanos de la provincia, 
y proclamando á son de trompas la ley marcial contra todos los 
quo apoyasen al gobernador Zavalla en lo quo se llamaba su 
rebelión ó' sedición. 

£1 artículo 3" del decreto de 4 de marzo dice así : > Todo ciu- 
dadano que tome las armas para resistir con el gobernador de 



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'i 



322 AREXOAS 

San Juan las resoluciones do las autoridades nacionales, será 
considerado on rebelión contra ellas, y por lo tanto sujeto á 
las leyes militares quo rigen el caso. ' 

Esta era la ley militar aplicada á la milicia contra la ju- 
risprudencia constitucional de Kent ; laley marcial proclamada 
contra la letra y el espíritu de la Constitución ; es la jurisdic- 
ción y la competencia militar aplicada á delitos militares, á di 
lítos políticos y á delitos comunes, contra el toxto expreso de 1 
ley de justicia federal. 

La lógica del discui'so y la con-iente de la palabra me lleva 
tocar una cuestión de que la comisión había acordado prescin- 
dir á indicación mía antes de ahora. 

Aunque en esto punto de la ley marcial estaba yo apasiona- 
do como lo declaré entonces, y lo declaro ahora, habría hecho 
el sacrificio de nO hablar de él, imponiendo silencio ámis más 
hondas convicciones. 

Fiel á este propósito me habría limitado á hacer notar la 
transgresión de la ley y aún á pasar por alto un decreto que 
no había tenido ejecución en San Juan, y había sido revoca- 
do. Habría prescindido también de otro acto quo con este 
decreto se liga, que es la tentativa de aplicar la misma ley 
¿ los presos políticos tomados en Salta, porque desde qne la 
Suprema Corte de Justicia Federal lo había corregido no 
había para qué. Pero en presencia de la sangre derramada 
en San Luís, ante las declaraciones que se han hecho sobre 
el cadáver de Zacarías Segura y las leyes que se han in- 
vocado para justificar tal ejecución, yo no puedo guardar 
silencio. 

Sean mis palabras aceptadas por la comisión ó dichas en mi 
nombre y bajo mí sola responsabilidad, yo las profiero obede- 
ciendo á la voz imperiosa de mi conciencia, y declaro que la 
ejecución de Ziicarías Segura en San Luis, es un verdadero 
asesinato ! 

No quiero exaltarme; mi espíritu está sereno y hablo tran- 
quilamente. 

La ejecución de un preso ó prisionero sea ó no delincuente 
político, sea bandolero ó belijerante, yo la califico de tal, y me 
ratifico on esta palabra, pidiendo que so inserte en el acta de 
este día. 

Es un asesinato, porque todo hombre que no es muerto 
por sentencia de au juez natural, está mal muerto ¡ y porque, 



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DE EAHTOLOMÉ MITRE 323 

aún cuando puíHda serlo con motivo, no loes con justicia y con 
legalidad- La administración do justicia en lo criminal ha si- 
do establecida para garantir la seguridad de los que viven 
tranquilos en su hogai-; pero también y muy principal y di- 
rectamente para garantir la vida de los desgraciados que caen 
bajo su jurisdicción. Los tribunales y loa jueces han sido ins- 
tituidos para juzgar los delitos y sentenciar los criminales con 
arreglo á las leyes. Las íeyes militai-es sólo rigen á los milita- 
res. Aplicarlas al castigo de delitos comunes ó de individuos 
que no corresponden á su jurisdicción, es lo que se llama la 
aplicación de la ley marcial, aunque esta no se proclame abier- 
tamente, y lo que constituye el asesinato es hacerlo, y hacerlo 
en tiempo de paz. 

Eduardo Coke, el oráculo de la jurispnidencia inglesa lo ha 
dicho hace doscientos años: "Si nn lugar teniente ú otro mu- 
1 nido de comisión ó autoridad militar, ahorca ó de otra mane- 
n ra ejoeata en tiempo de paz á un hombre so color fhi/ color J 
' de ley marcial, esto es un asesinato. fTkis is murdcrj {Coke, 
3 Tnst.) 

Blackstone, el profundo comentador de las leyes inglesas 
repite esto mismo que complementa é ilustra. (Blactistom, 
tom. 2", páj. 167, ed. de Chr.) 

Lft convención republicana de Maryland también lo dijo en 
178S en su declaración 13 — '■ Siendo contrario á la Magna Carta 
castigar á un hombre libre por la ley marciar, es asesinato eje- 
cutarlo. » (Andmurder io cxecute him.J {Elliof, Adrcss,ctc.: 
tomo 2", páj. 552.) 

Sea que la ejecución se haga aplicando el código militar, 
sea que se efectúe por un tribunal militar invocando otra ley, 
el caso es el mismo desde que el reo no corresponde á tal ju- 
risdicción. 

Las leyes recopiladas que se han citado aquí para demos- 
trar la competencia de los consejos de guerra en el caso en 
cuestión, y que se han desenterrado para justificar implíci- 
tamente la ley marcial, y directamente la ejecución de Zaca- 
rías Segura en San Luis, son muy conocidas por todos los 
hombres que han gobernado entre nosotros. Nunca ha fal- 
tado algún letrado oficioso que las llevase al bufete del man- 
datario para enseñarle que con ellas en la mano podía matar 
á sus enemigos políticos con sólo caliScarlos de bandidos ó 
bandoleros, pero felizmente hasta hoy todos los gobernantes 



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■'Í24 ARENGAS 

han tenido á esto reapeoto la más difícil de todas Ihs energías, 
la de U moderación. Ellos han desoído esos consejos, han 
puesto á un lado esas viejas leyes y han entregado los delin- 
cuentes á sus jaeces naturales, porque han entendido que con 
ese instrumento ellos no podían matar, porque esa no ora la 
cuchilla de la ley. 

La ley Recopilada de 1TS4 que se ha hecho valer, fué dada 
por el rey de España en virtud del poder absoluto que tenía 
para alterar los fueros, cambiar las jurisdicciones cuando la 
justicia se administraba en su nombre y por su orden, del mis- 
mo modo por tribunales ordinarios, que por consejos de gue- 
rra, 6 comisiones especiales. Esa ley dictada contra reos 
contumaces que se consideraban como bestias feroces, tuvo 
por objeto reprimir un desorden local y parcial con los me- 
dios del absolutismo, á la manera do don Pedro el Cruel, 
qne mandaba colgar á los mismos jueces prevaricadores en 
su tribuna!, dando formas brutales, caprichosas y repugnan- 
tes á la justicia. Ella, después de producir los resultados 
que producen siempre el terror y la violoncia en países es- 
clavos y mal gobernados, estuvo en desuso basta ISOl en 
que se renovó, y no recuerdo si también en 1804. En 1821 
volvió á resucitarse con otras formas, primero para castigar 
por medio de los consejos de guerra ú todos los que cons- 
pirasen contra el rey constitucional, y después para casti- 
gar á todos los que hablasen en favor de la Constitución des- 
pedazada por el rey absoluto. ("V. Félix de la Peñ/i, Prescríp. 
Militar.) 

La ley dada en su origeu contra los bandoleros de camino 
sentenciados y escapados do la justicia, y contra los cuadri- 
lleros puestos fuera del derecho común, llegó á aplicarse al fin 
á Riego, á Lacy, á Porlier, y los quo siguieron su gloriosa 
bandera, para sofocar por medio de los consejos de guerra 
el giito generoso de los grandes hombres de la España U- 
beral, que se levantaban en aquella época reclamando sus 
derechos y libertades. Olvidada por algún tiempo esa ley, 
volvió á ponerse en vigencia reapareciendo bajo distinta for- 
ma, pero con los mismos caracteres, el año de 1836, en que la 
España fué puesta biijo lo que se llamó el régimen excepcio- 
nal, que no era sino el imperio do los consejos de guerra, ó la 
ley marcial con otro nombre. En nombre de esa ley fué 
sentenciado á muerte Castclar por un consejo de guerra, quo 



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DE BABTOLOMÉ MITRE 325 

entendía de delitos de prensa, y Castelnr habla hoy desde lo 
alto de líi tribuna cspafiola, pisando la sentencia do muerte 
pronunciada contra él por esas leyes que aqui so invocan para 
fusilar á Segura ! 

Señor Presidente : yo no he apoyado el proyecto presentado 
por uno de mis honorables colegas, condenando el fusilamiento 
de Segura, ejecutado por la ley marcial, que antes se había 
proclamado en San Juan y que so ha intentado aplicar en Sal- 
ta, porque no croo necesario promulgar leyes para anular lo 
que de hecho y de derecho es nulo. Me basta ocupar es- 
te asiento y hablar desdo él para declarar que esa ley no 
rige, y para que no rija ya. Está escrito en nuestra ley fun- 
damental, en la conciencia de cada ciudadano, que esa ley 
no tiene fuerza, ni valor alguno y que basta decirlo para que 
así sea. 

Sin embargo, quiero hacer el debido honor á los señores mi- 
nistros que han invocado esas leyes. Debo creer que cuando 
se dictaron las instrucciones en virtud de las cuales so ha fu- 
silado á Segura por una comisión militar, las tuvieron á la vista, 
y que su error nace de haber tenido más presente la letra muer- 
ta do esas leyes que la letra viva y el espíritu inmortal de la 
Constitución, 

Invocando pues la letra y el espíritu de la Constitución, yo 
digo y declaro como argentino, como publicista, como militar, 
que esas leyes son nulas; lo digo y lo repito como senador 
desde mi asiento, y digo que estas palabras tendrán más fuer- 
za y más alcance que las declaraciones hechas por los señores 
ministros. 

Yo desafio ó más bien, no desafío á nadie! Cuan- 
do se trata de la vida y de las garantías más preciosas del 
ciudadano, no quisiera herir á nadie. Quiero únicamente 
inocular mis convicciones en cada uno do los que me oyen ; 
pei-o no quisiera que mis palabras fuesen más allá de mi 
intención. 

Lo que quiero decir es que, después de esta simple decla- 
ración, después de lo que so ha dicho sobro el particular en 
la interpelación del otro día, y después de lo que se dirá aún, 
no habrá gobierno que so atreva á invocar esa ley que su- 
jeta los delitos comunes á los consejos de gueiTa, que en este 
caso son vei-daderas comisiones esjiecialcs prohibidas por la 
Constitución. 



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326 ARENGAS 

T si después de esto, después de la sentonoia de la Corte 
Suprema que así lo ha declarado en el proceso de los prisío- 
noros de Salta, aún no hubiese quien se atreviera á invo- 
carla y ejecutarla, yo enseñaré á mis conciudadanos que no 
lo sepan, como doben y pueden defenderse contra esa ley 
nula: les basta levantar en alto la sentencia de la Corte Su- 
prema ([ue los proteje, y ponerse al amparo de la justicia 
federal que los amparará. Con una palabra y una hoja de 
papel basta para anular sin necesidad de promulgar leyes, lo 
que de suyo es nulo. Cuando hablo así no lo hago guiado por 
nn espíritu de arrogancia que no está en mi: hablo coa 
mis santas convicciones, inspirado por el amor á mis con- 
ciudadano.5 que deseo sustraer á tales leves y á tales tri- 
bnnales. 

Sirva esto por mi parte de protesta contra la ley marcial que 
por tantos años nos ha ensangrentado con distintos nombres y 
bajo distintas formas, y que se quiere introducir nuevamente 
entre nosotros. 

La ley marcial, señores, ó lo que es lo mismo, el código 
militar ó la competencia de los tribunales militares aplicada 
¿ los delitos comunes con exclusión do las leyes y de los jue- 
ces ordinarios ó natui-ales, no es institución do pueblos libres. 
Puede imperar como un hecho en un momento supremo, 
pero no es un derecho. Nuestra Constitución al asimilar á 
una pinza sitiada el punto donde se declarase el estaéo tie si- 
tio, ha determinado las facultades de que únicamente puede 
usarse sin alterar las leyes ni las jurisdicciones en cuanto á 
las personas. El estado de sitio es la negación expresa de la ley 
marcial. 

Los que quieren aclimatar entre nosotros la ley marcial olvi- 
dan nuestra Constitución, desconocen la naturaleza de esa ley 
y no recuerdan los antecedentes del pueblo en que se pretende 
introducir. 

Señor Presidente : la ley marcial tal como se nos presenta 
hoy, bajo distinta forma, viene de la Inglaterra por la vía de 
los Estados Unidos. 

En su origen la ley marcial en Inglaterra fué el arma 
de los fuertes contra los débiles, y más tarde una amm 
de tiranía que sus reyes absolutos emplearon contra el pue- 
blo. 

Los que invocan la aplicación de esta ley, pretendiendo 



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DE BABTOLOMé UITRE 327 

prestigiarla con la nobleza de su origen ingles, dicen : < La 
Inglaterra eB un país libre y grande, y de allí viene la ley 
marcial, i por qué hemos de resistirla í Lo» Estados Uui dos 
la han heredado ipor qué hemos de rechazarlaí » 

En Inglaterra la ley marcial no es lo quo se llama ley, sino 
la abrogación de ella, como se iia definido muy bien: no hace 
parte de su Constitución; y sólo en virtud de la omnipotencia 
de su parlamento se ha proclamado alguna vez, y hoy nadie la 
Bostíene teóricamente en aquella nación libre ; por el con- 
trario, es condenada. (Y. American Ciclopcdus, Vol, 11, páj. 
227.) 

Un acreditado historiador de la Constitución inglesa (Hnllam, 
420) ha dicho : (Lee) " Por el espacio de dos siglos á cau- 
sa de sus abusos, la ley marcial ha estado prohibida en 
Inglaterra como repugnante al gobierno libre y constitu- 
cional. ' 

El juez Woodbury autor del dictamen en disidencia de la 
famosa sentencia de Taney, de que hablé antes, dice estas 
palabras : (LeeJ ■ En Inglaterra se ha establecido gradualmen- 
te que las contiendas civiles no justifican á ningún individuo, 
ni á los militares, ni al rey, usando de la loy marcial so- 
bre el pueblo. « (JDecis. de la Corte de E. U., tomo 17, paji- 
na 31.) 

Leeré ahora las palabras de Blackstone á que me referí an- 
tes al hablar de la opinión de Eduardo Coke. Dice : ■ La 
neoesidad del orden y de la disciplina de un ejército, puede 
sólo autorizar el código militar; y es por esta razón que no 
debe estar en vigor en tiempo de paz, en que las Cortea 
Beales están abiertas á todos parn obtener justicia confor- 
me á las leyes del pais. As¡ Thomas, conde de Lancaster, 
habiendo sido condenado en Pontenfract con arreglo á las le- 
yes militares en el XV año del reinado de Eduardo II, su con- 
denación fué anulada, porque este juicio había tenido lugar en 
tiempo de paz. Y ha sido establecido, que si un lugar teniente 
ú otro, autorizándose de una Comisión militar, hace ahorcar ó 
ejeoutar de cualquier otra manera un hombre cualquiera en 
virtud de las leyes militares, es culpable de asesinato, porque 
procede contra la Magna Carta. > (Cap. 29, toni.3', p^. 157, 
id. CkrJ 

El mismo Blackstone dicer (LecJ <• Cuando Carlos I posesio- 
nado del trono tcató de aplicar la ley marcial en tiempo 



■übyGoOglcf^"^ 



328 ARENGAS 

de paz y otras vejaoiones sobre el pueblo, se ennegrecíeroa loa 
primeros niomentos del reinado de este príncipe mal aconseja- 
do. " ( Tom. C", páj. 399, id.) Y el gran historiador Macaulay 
lo eoiifivmn. 

(,'on referencia al caso citado por Blackstone, dicen Ha- 
llam y Woodbury : (Iaí) » Thomas, conde de Laneaster, to- 
mado en abierta insurrección, fué juzgado por la ley marcial, 
y esto, flfÍB durante la insurrección fué calificado do asesinato, 
porque tuvo lugar en tiampo de paz y mientras las cortes de 
justicia estaban abiertas.» CDccis. déla Cork de E. U., tom. 
17, páj. 31.) 

Me permitiré leer todavía otra cita de Woodbury en el 
inígmo tomo 17, páj. 32, de las Decisiones de la Corte Su- 
prema de los Estados Unidos, que es de sentirse no se baile 
en la biblioteca de los señores Ministros, porque así podrían 
comprobar la fidelidad de mi traducción. Dice Woodbury : 
<• Eu Inglaterra durante siglo y medio, la ley marcial no ha 
nido autorizada, y sólo en virtud de extraordinarias exigen- 
ciasyesto con varias restricciones, siempre bajo la base de que 
tal acto no era arreglado al bilí de los derechos y constitu- 
ciones, y que sólo era sancionada en virtud de la omnipoten- 
cia parlamentaria, y esto temporariamente. Así, después que 
varias autoridades civiles fueron derrocadas en varios puntos, 
cuando el estruendo de las armas había alcanzado al más alto 
grado posible en una conmoción civil, un parlamento ilimitado 
en sus poderes, y proveyendo únicamente á los medios de 
guerra, aventuró í« cxlremis, y por dos ó tres ocasiones la 
aplicación de la ley marcial (í los que no eran militares; pero 
limitándolo á determinados lugares en que existía la resistencia, 
y abrazando en su alcance únicamente á los hombres en 
armas. " 

Decía, pues, que la ley marcial, no era la ley, que no era 
institución de pueblo libre, que la Inglaterra misma no la 
reconoce como buen medio de gobierno, y que aún cuando 
allí hubiera producido algunos buenos efectos, entre nos- 
otros, dado nuestro estado político y social, dados nuestros 
antecedentes y las pasiones rencorosas á que tal medida da- 
ría pábulo, la competencia de los consejos de guerra en deli- 
tos políticos sería como en otro tiempo la guerra á muerte 
entre los partidos disidentes y la ley marcial, la bandera roja 
de exterminio. 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 329 

La ley marcial en los primeros tiempos, fué aplicada ea 
Inglaterra en 1588 por la reina, María, condenando por ella 
á muerte á los herejes que tuviesen libros prohibidos y no 
los presentasen sin leerlos, y esto por una simple procla- 
mación : (Fitter Militar Law, páj. 50, tipud Woodbury ) ni 
más ni menos que como se ha lieebo alguna vez entre 
nosotros en tiempos que felizmente pasaron para no vol- 
ver más. 

Después de esto la ley marcial ha estado abolida por la 
opinión y el derecho consuetudinario, y no se ha usado de ella 
como medio de gobierno ni aún en las más difíciles circuns- 
tancias porque ha pasado aquél país, y esto hace cerca de dos 
siglos que dura, como lo he hecho ver. En este transcurso de 
tiempo sólo una vez se ha empleado como medio de guerra ex- 
tremo con motivo de la insurrección de Irlanda en 1796, y esto 
limitada á ciertos casos, con facultades determinadas, conside- 
rando al ejército desempeñando un jwisse comítofcs en nombre 
de la autoridad civil. Todos los comentadores y publicistas de 
la Gran Bretaña, y Stuart Milla la cabeza de ellos, piensan que 
el gobierno inglés que usase do tal facultad aplicándola al pue- 
blo, produciria una revolución en Inglaterra, porque el pueblo 
inglés no toleraría su ejercicio. 

Como lo observa aquél noble pensador r " En la Consti- 
tución británica, cada uno de los tres miembros combinados de 
la soberanía está investido de poderes, que si los ejercie- 
se plenamente, lo harían capaz de detener todo el meca^ 
nismo del gobierno, o fSfunrt MUÍ, Gub. lieprcsentaíifo, paji- 
na ICW.) 

La ley marcial repudiada en la tierra natal, ha penetrado 
en un pueblo libre como los Estados Unidos, y se ha teo- 
rizado sobre ella como una institución que responde á las 
exigencias de buen gobierno. Pero todos los comentadores 
de la Constitución Üorte-Americana sin excepción, han pen- 
sado que no se deducía lógicamente del texto de ella, y que 
las facultades que esta dá son inconciliables con las liber- 
tades públicas y con la existencia de la Constitución misma 
que debe ser la regla de todos los tiempos, « la regla de la 
paz y de la guerra ->, como ha dicho la Corte Suprema de 
los Estados Unidos en una sentencia reciente destinada á ser 
inmortal. 

Los que más lejos hau ido cu esto punto han dicho que 



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S30 AHENGAS 

^ólo por implicancia puede deducirse que la ley marcial sea 
aplicable á los Estiidos Unidos, por cuanto la suspensión 
del habeos corpm en Inglaterra traía aparejada esta facultad 
en tiempo de guerra, y esto con autorización del parla- 
mouto. Asi es quo cuando estalló la gran insurrección del 
Sud, el Presidente Lincoln, en virtud de haber decretado la 
suspensión del habeos corjius (hecho que por primera vez 
tuvo lugar en setenta y cinco años de vida constitucional), 
se consideró de buena fe autorizado á declarar la ley marcial 
y la declaró. Foresta puerta falsa penetró la ley marcial á 
los Estados Unidos. 

Los legisladores americanos fueron de sentir {y tal es la doc- 
trina que ha prevalecido) que era facultad privativa del Con- 
greso autorizar la suspensión del habeos corpus, y laa medidas 
que son su consecuencia. 

El Presidente Lincoln exagerando su responsabilidad ha- 
bía exagerado también sus facultades en presencia del gran 
peligro porque pasaba la unión, y guiado por un noble pro- 
pósito tomó sobre sí dictar la medida autoritativamente en 
virtud de los derechos de la guerra. El Congreso, sin embar- 
go de hacer justicia al móvil patriótico del Presidente, no qui- 
so aprobarlo, ni reprobarlo, y manteniendo sus prerogativas 
dio lo que se llama nn hill de indemnidad que cubría al Presi- 
dente, prohibiéndole implícitamente proceder del mismo modo 
en lo futuro. 

La opinión pública siempre protestó contra la ley marcial en 
aquél p^s. Ella ha sido resistida por los medios legales en los 
Estados, aún en aquellos Estados leales que han sido teatro 
de la guerra y que conservan sus tribunales abiertos. Últí- 
tímamente, pasado el peligro, vueltos todos & la calma de la 
razón, la conciencia pública reacciona enérgicamente contra la 
teoría en que se basa la ley marcial, y la jurisprudencia de la 
Corte Suprema la condena haciendo triunfar una parte de la 
buena doctrina. 

Insisto sobre este punto que se liga únicamente al asun- 
to de que tratamos, por haberse intentado introducir par- 
cialmente la ley marcial en San Juan ; porque, aún cuando 
pudieran aducirse argumentos para demostrar que bahía un 
viso de legalidad que justificase el ejercicio de tan peli- 
grosa facultad, es necesario que no olvidemos que estamos 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 331 

6u la República Argentina, gobernando y lejislando para loa 
argentinos. 

Señor Presidente: la ley marcial en sus formas externas, 
es decir la competencia de la potestad militar para disponer 
de la \-ida, ha sido la dura ley de la guerra civil. Este es el 
hecho brutal contra el cual venimos reaccionando de tiempo 
atrás, y contra el cual reaccionamos pacíficamente cuando 
se quiere elevarlo á la categoría de príneipío j regla de buen 
gobierno. Precisamente cuando decimos en nuestra Cons- 
titución que no se matará por causas políticas, hemos que- 
rido cerrar para siempre aquél período luctuoso y sangriento 
en que t-antas nobles víctimas fueron sacrificadas por el dere- 
cho implacable de la espada del vencedor y del cuchillo del 
verdugo. 

No olvidemos, señores, que el significado político de nues- 
tras luchas no es siempre el derecho, y que existen causas 
latentes y situaciones falsas que sin darles razón, les da razón 
de ser; y aveces la victoria ha coronado al que al princi- 
pio combatía por instbto y sin bandera. No criemos esas 
situaciones, ni agravemos esas causas, que bastante trabajo 
tenemos con las existentes ; pretendiendo poner en vijencia 
leyes como la que nos ocupa, es como se puede dar bandera 
contra la Constitución. 

Á la administración actual le ha tocado una época, sino del 
todo feliz, porque todavía nos falta mucho para serlo, por lo 
méoos nna época en que las fuerzas morales y materiales 
concurren más poderosamente á, la estabilidad del gobierno y 
de las instituciones. Este es el fruto de los trabajos pasa- 
dos y de las aspiraciones del presente. La autoridad del go- 
bierno y de las leyes se halla sólidamente establecida y se 
levanta sobre todo siendo obedecidos sus mandatos en todo 
el territorio; la República está unida, constituida y en paz : las 
antiguas resistencias han sido quebradas, y los viejos caudi- 
llos han quedado sin bandera, y lo que es más sin bandera que 
inventar. No hay razón, causa, ni pretexto que se pueda ha- 
cer valer contra tal situación, si nosotros mismos no nos en- 
calcamos de crearla. 

Si en condiciones tan propicias, en vez de aquietar las pa- 
siones desarmadas, si en vez de cultivar los sentamientos de 
humanidad y tolerancia, los enconamos levantando nna ban- 
dera de guerra á muerte ; si decimos que todo el que haga ar- 



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mas es bandolero, quo el que caiga prisionero debe ser juz- 
gado por leyes militares y que debe morir á manos de los 
consejos de guerra, nosotros mismos damos la más terrible de 
las banderas á los caudillos que por fortuna boy decaen ; pero 
que brotarían del polvo de los muertos. No digo que esto 
suceda boy, ni mañana, porque felizmente las fuerzas mora- 
les y conservadoras de la sociedad, gravitan en el sentido del 
orden ; pero establecido el antagonismo, la lucha puede venir, 
y puede tener razón de ser con una ensena de derecho de que 
hoy carece. 

Así, pues, no es un espíritu de critica lo que me anima en 
este caso, sino ol deseo sincero de ver consolidada la situa- 
ción, evitando tropiezos á los encargados de presidirla, y ale- 
jando de la cabeza de mi país males inmensos que pueden 
aflijirlo, sino procedemos con la previsión del hombre de Esta- 
do bajo las inspiraciones del patriotismo y con arreglo á la 
Constitución. 

Pasaré ahora á otro punto. 

Muy lejos nos ha llevado aquella fecba del 24 de marzo, que 
venía ocnpándome cuando tropecé con el art. 3" del decreto de 
4 de marzo que declaraba la ley marcial en San Juan. Es que 
en el transcurso de ocho meses que hace que se declaró la 
intervención, se ha complicado con tantas cuestiones y tan 
variados incidentes, que si hubiésemos querido recopilar to- 
dos los documentos que con ellos se relacionan, se habría 
repartido un volumen in folio en vez de este cuaderno, que 
no acabaríamos de leer en un mes, ni de comprender en 
un año. 

Como iba diciendo, el 24 de marzo se bailaban todos fe- 
lizmente de acuerdo. 

Después de dado el decreto de 4 de marzo que declaraba 
sedicioso á Zavalla, y sujetaba á la ley militar el delito 
político de rebelión, se presentó en Buenos Aires el Minis- 
tro de San Juan, como comisionado por su gobierno para 
hacer acto de sumisión ante el Gobierno Nacional, y el 
Presidente de la República dándose por satisfecho declaró 
sin efecto sus conminaciones. 

Cualquiera que sea el que en esta ocasión haya cedido 
de su derecho ó sacrificado sn amor propio en aras del 
bien público, es un buen ejemplo, un acto de moderación 
y moralidad política que me hago un deber en elogiar. El 



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DE BARTOLOMÉ MITRÉ 3311 

Ministro Albarracíu mostraba abnegación y el Presidente 
de la República probaba altura, declarando que no babia 
habido motivo para conminar al señor Zavalla, que todo pro- 
venía de una mala inteligencia, y borraba en consecuencia 
de su frente la mancha de sedicioso y rebelde que le ha- 
bía estampado, ordenando que se pusiesen de nuevo á las 
órdenes del gobernador las fuerzas nacionales en San Juan, 
y que estas le presentasen las armas en señal de reconci- 
liación y respeto, quedando todos en santa paz y amistad. 

Este es un momento de tregua, que también la comisión 
pudo haber tomado como punto de partida para dirimir la 
cuestión ; pero era incompleto. Todas las partes contrin- 
cantes 1)0 se habían hecho, no diré justicia, porque esa no 
se la harán jamás; pero ni siquiera se habían hecho una 
sola concesión. Pero una vez dictado el decreto revocato- 
rio de 12 do marzo, el Oobiemo Nacional reconocía al go- 
bernador Zavalla en condiciones regulares; el gobernador 
Zavalla con más ó menos limitación reconocía á la lejisla- 
tura después de haber reconocido por medio de au minis- 
tro el derecho del Gobierno Nacional ; la lejisíatura no 
insistía en llevar adelante sus pretensiones, y manifestán- 
dose dispuesta á reformar sus leyes de circunstancias no 
desconocía la autoridad del señor Zavalla ; por último, el 
General do la Nación comisionado alli para entender en la 
paz y en la guerra, se entendía igualmente con todos los 
poderes disidentes, y el Presidente de la República por el 
intermedio de su ministro del Interior felicitaba al país y 
á los disidentes en presencia de este acuerdo, por haber 
terminado pacíAcamente una cuestión tan complicada. 

Tomando, pues, por punto de partida el 24 de marzo, 
el alcance jurídico, digamos así, de esta fecha, es el si- 
guiente : 1" Que desde el 30 de octubre en que fué re- 
querida la intervención del Gobierno Nacional, 6 más bien, 
desde el día 30 de noviembre en que fué concedida hasta 
el 24 de marzo en que aparecen llenados sus objetos, los 
actos de la intervención habían producido resultados que 
quedan aprobados: 2" Que la lejisíatura queda reconocida 
tal como fué instalada por el comisionado nacional, sin 
entrar á escudriñar mucho, respecto de su composición, so- 
bre lo cual tal vez habría algo que observar; pero que 
no es necesario, ni conveniente hacerlo ; 3" Que el gober- 



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334 ARE14GAS 

nador Zavalla queda obligado á i-espetar todos los actos 
lejislatiyos hasta el día 24 de marzo, cualquiera que sea 
su irregularidad, jíando al tiempo y al buen sentido su en- 
mienda: 4" Que á esta condición el gobernador Zavalla 
queda en condiciones regulares con los poderes provinciales 
y los poderes nacionales : á" Que los actos del 24 al 28 de 
marzo son nulos, y debe buscarse la solución tranquila de 
esta di6cultad en la elección popular interrumpida por la 
fuerza en el último día indicado. 

Esto es lo que se llama una solución y una ley de com- 
promiso, y á todo ello respondo el proyecto de la comisión. 

Del 24 de marzo para adelante surgen nuevos hechos, 
nuevo orden ó nuevo desorden de cosas, nuevas dificulta- 
des que no pueden reducirse i sistema, ni subordinarse á 
principio. 

Hasta el 24 de marzo todos concurren al objeto de la 
intervención, de la conciliación y de la paz futura. Hasta 
aquél momento todos se reconocen recíprocamente, nadie 
pone en duda la legalidad de sus poderes, ni la legitimidad 
de sus actos. Por último, esta fecha, la última de la in- 
tervención en San Juan, sirve para determinar las relaciones 
del gobernador Zavalla con el Gobierno Nacional en el mo- 
mento en que fué depuesto por la acción de las tropas 
nacionales. 

El gobernador Zavalla recibe en ese día la absolución 
plena que le manda el Gobierno Nacional, levantando el 
cargo de rebelde que reconocía no había razón para sos- 
tener. Al mismo tiempo el Gobierno Nacional autoriza al 
general de la Nación encargado de ejecutar ¡as resoluciúms 
ordinarias de la kjislaíura que asi lo tenga entendido ; dá 
conocimiento de todo esto á la lejislatura haciéndole la 
censura mas severa de sus actos lejislativos durante el con- 
flicto ó interregno. 

El Gobierno Nacional compuesto de hombres inteligentes 
é ilustrados no podía desconocer que las leyes dictadas por 
la Lejislatura de San Juan eu medio de aquella conmoción 
que tan hondamente había trabajado la Provincia, era un 
obstáculo al restablecimiento de la paz púbhca y al desa- 
rrollo armónico, ó por lo menos regular do los poderes pú- 
blicos de la localidad, y por eso trató de removerlo insi- 
nuando á la lejislatura en términos que importaban una 



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DE BARTOLOUé MITBG 335 

improbación, la conveniencia y la necesidad de reconsiderar 
y reformar sus anteriores sanciones. El ministro del interior 
en nota de 13 de marzo decía í la lejislatura de San Juan, 
de orden del Presidente : fLeeJ <rEl Gobierno espera que la 
Cámara de Representantes de la Prorinoia de San Juan, 
correspondiendo dignamente tanto al apoyo que él le ha 
prestado como á la última resolución del Gobierno de la 
Provincia, dejando sin efecto las disposiciones que trajeron 
el desacuerdo entre ambos poderes, reconsidere las leyes 
dictadas en presencia de las dílicultades que le rodeaban bajo 
las excitaciones del momento. £1 corto tiempo consagrado 
á su discusión y examen sej^n aparece de sus fechas, y la 
falta de reconsideración que hubiera reclamado el Poder 
Ejecutivo, usando del veto á que la Constitución de la 
Provincia lo autoriza, les qtiita la forma moral de que siem- 
pre deben ir revestidas las leyes." f I»/, y Doc. sobre la 
interv. de San Juan, páj. 00.) 

En efecto, todas esas leyes no podían tener la sanción 
moral del pueblo, y no era de esperarse que por tardar 
un poco en reconocerlas en toda su extensión, se produjese 
un nuevo conñicto por parte del Gobierno Nacional, cuando 
este era precisamente el que más las desautorizaba con su 
censura. 

Hemos entrado, señores, en lo que podemos llamar la 
crónica de la cuestión de San Juan. Combinar sus fechas 
y concordarlas como dicen los jurisconsultos respecto de 
las leyes, es aquí el trabajo más interesante, porque real- 
mente toda la cuestión se reduce á leyes, decretos, notas 
y disposiciones que no tienen calificativo ni lógica, y que 
necesitan ser concordadas para determinar su alcance y fijar 
su verdadero significado. 

El 24 de marzo después que aparece todo arreglado, vuel, 
ven á surgir dificultades que retrotraen la cuestióu al estado 
en que se hallaba. 

Recibido en San Jnan el decreto revocatorio de 12 do 
marzo, tanto el gobernador Zavalla como la lejislatura y el 
general comisionado por la Nación, se dirijen al Gobierno 
Nacional pidiendo su verdadera interpretación, pues unos le 
dan mayor y otros menor alcance. Mientras tanto, el go- 
bernador Zavalla expedía un decreto reconociendo la lejis- 
alíura tal como había sido instalada por el comisionado 



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;i3(i ABEJÍOAF! 

Nacional, aunque sólo desdo la fecha del decreto, lo que 
importaba no reconocer las leyes dadas durante el entre- 
dicho, interpretación á que so prestaba el mismo decreto y 
la eoDíleiiación que de esas leyes había hecho el Ejecutivo 
Nacional. Salvo este incidente que dependía do la resolución 
superior, en aquél momento las relaciones del gobernador 
2avallft con el (jobierno Nacional oran las más regulares 
y constitucionales. 

Las tres consultas simultáneas hechas desde San Juan, 
llegaron á Buenos Aires el 3 de abril. En esa misma fe- 
cha el Ministro del Interior las absolvió diciendo, que la 
inteligencia del decreto era que la lejislatura fuese recono- 
cida desde el día de la reinstalación por el Comisionado. 
Al contestar al señor Zavalta, no entendía que por su con- 
sulta no constituyese nuevamente en estado de rebelión, 
y por el contrario, lo trataba con toda consideración. Llamo 
la atención sobre la fecha de esta nota, 3 de abril, por- 
que en ese día ya había sido depuesto el gobernador Za- 
vatla por las fuerzas nacionales. 

He aquí lo que había pasado en el intervalo : 

Después de hecha la consulta el 24 de marzo y pendiente 
la contestación, el agente del Gobierno Nacional en San 
Juan encargado 3o dar ejecución al decreto revocatorio, no 
sólo lo su-spendló, sino que por sí y ante sí mandó poner 
en vigencia el decreto derogado, pues no importa otra cosa 
declarar que las cosas volvían al estado en que antes se 
hallaban. Si durante el conflicto ó controversia, el decreto 
del (robiomo Nacional había ultrapasado la medida decla- 
rando al señor Zavalla sedicioso, y sujetándolo á la respon- 
sabilidad do las leyes militares, después que él había atacado 
al gobierno y reconocido lo hecho por la intervención, y 
no se comprende cómo un subalterno vuelve á declararlo 
sedicioso y proceder á tratarlo como tal ! 

El agente del Gobierno Nacional en San Juan, después 
de declarar nue\'amente rebelde al gobernador Zavalla, vuelve 
á poner las tropas nacionales á las órdenes de la lejislatura, 
y á constituirse en ejecutor y poder ejecutivo de sus me- 
didas, eliminando de hecho al Ejecutivo Provincial recono- 
cido ya por la Nación. Esto que era realmente una subver- 
sión de la forma representativa de Gobierno, era por el 
modo como se precedía, una revolución, sin mucho ruido, 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 337 

siu efusióu de sangre; pevo io que propiamente se llama 
una revolución con todos los accidentes de una conjuración, 
como va á verse. 

Entre las leyes anteriores dictadas por la legislatura i'i. 
puerta cerrada durante el conflicto do los poderes, había una 
destinada ¿ derribar de su puesto al señor Zavalla: — una 
ley de enjuiciamiento. Pero, como una vez reconocido este 
por el Gobierno Nacional, la máquina para derribar goberna- 
dores quedaba inútil, se apeló al arbitrio de considerarlo 
como puesto fuera de la ley, y hccba la consulta se procedió 



El 25 de marzo vuelve á abrir la lejislatura su campaña 
contra el gobernador Zavalla, y vuelven las grandes iiTcgii- 
laridades. En eae día la lejislatura da una ley declarando 
que el gobernador Zavalla era rebelde y traidor á la Nación, 
y apoya esta declaración en las fuerzas nacionales que 
habían sido nuevamente puestas á su servicio para apoyarla 
en el ejercicio de sus funciofies ordinarias (declarar rebel- 
des á los gobernadores que cometían el delito de pedir la 
inteligencia dudosa de un decreto ! ) 

Á propósito de la calificación de sediciosos de que tanto 
se ha abusado en esta ocasión, usándose siempre sin pro- 
piedad y sin motivo, el mismo Gobierno Nacional que había 
incurrido en este error, decía á su Comisionado en nota 3 
de diciembre : 'La sedición la establecen hechos materiales. 
La sedición es la resistencia opuesta al cumplimiento de las 
leyes. Á la sedición se opone la fuerza armada." La ley 
de Justicia Federal la define mas claramente diciendo que 
es alzarse públicamenfe en armas. Pero no importaba esto: 
era necesario que Zavalla apareciese como traidor, sedicioso 
y rebelde, para que la máquina para derribar gobernadores 
pudiese funcionar y el gobernador cayese de su puesto, 

Á esta intriga se mezclaba un interés bastardo, el mismo 
que por desgracia encontramos como móvil principal en 
las cuestiones provinciales toda vez que levantamos el velo 
político con que se cubren, En el fondo de todas esas cues- 
tiones lo que encontramos siempre es el fraude electoral, el 
complot de los círculos para arrebatar al pueblo sus de- 
rechos. 

Y esto que digo con respecto á la Lejislatura, lo digo tam- 
bién con respecto del Ejecutivo de la Provincia; pero ahora 



Digilized by CjOtíQ I H 



^38 ARENGAS 

voy á coutraermo á la primera. Esta corporación que todo 
lo había comprometido por una elección de eenndor de ban- 
dería, eu vez de hacer lo que correspondía para devolver al 
pueblo la paz alterada i de qué se ocupaba en aquél mo- 
mento í No se ha de creer: de dictar leyes electorales 
que no oran tales leyes electorales, sino modos y medios 
de cambiar rejistros y escrutadores para escamotear el su- 
fragio popular ! ; Verdaderamente esto causa repugnancia 
y desconsuelo ! 

Si no hubiese abusado tanto de la palabra, entraría á comen- 
tar esas pretendidas leyes electorales, y entonces se vería has- 
ta qué punto pueden abdicar el decoro los que, obcecados por 
las pasiones políticas todo lo inmolan á la avaricia del éxito. 
Pero basta este llamamiento que hago para que cada uno estu- 
die en silencio esas vergonzosas pajinas y convencerse rubori- 
zado de que he dicho la verdad ! 

Pero á pesar de medidas tan hábilmente tomadas, las eleoeio- 
nes para la renovación de la Cámara debían efectuarse con 
an-eglo á la ley antes vigente el día 28 de marzo, es decir bajo 
los auspicios del gobernador Zavalla. Esta fecha esplicaotro 
délos misterios de San Juan. Para que la elección no se 
verificase en ese día, se reformó la ley, y se trasladó la elec- 
ción para el segundo domingo de abril, porque para enton- 
ces calculaban que el gobernador estaría derribado, y serían 
dueños det campo. Pero el gobernador había convocado al 
pueblo á elecciones para el día que señalaba la ley que él 
consideraba vigente. Entonces la lejislatura viendo frustra- 
dos sus planes, se constituyó en poder revolucionario y empe- 
zó á conspirar. 

Habiéndose restablecido las cosas al estado en que se halla- 
ban antes, declarando rebelde al gobernador, se consideró dis- 
pensada de toda regla porque tenia á sus órdenes un ser- 
vidor armado para realizar sus propósitos. Desde entonces 
empezó á proceder como un remedo de la convención fran- 
cesa ó un comité de salud pública. Dictó leyes retroac- 
tivas creando el delincuente y el delito, expidió decretos 
gubernativos, se hizo ejecutora de sus propias disposiciones, 
se constituyó en juez, acusador y parte, y presidiendo la 
conjuración llegó hasta confeccionar planes de campaña, como 
va á vei-se. 

Empezó por acusar al gobernador Zavalla con arreglo á la 



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DE BARTOLOMé MITRE 339 

ley que en odio á él había dictado durante el conflicto. Una 
vez hecha la acusación se dictaron las medidas que diesen el 
doble resultado de derribar al gobernador de su puesto y de 
impedir por la violencia la reunión do los comicios públicos, 
convocados por el gobernador con arreglo á la ley anterior vi- 
jente on la Provincia. 

Aún cuando esta convocatoria no fuese arreglada, aún 
cuando las elecciones que se practicasen hubiesen de ser 
nulas con arreglo á la ley, aún cuando el gobernador Za- 
valla cometiese abuso .al llamar al pueblo á sufragar, la lo- 
jislatura nunca, en ningún caso, de ninguna manera pudo 
creerse autorizada para constituirse en ejecutora de sus pro- 
pias leyes ; y si lo que iba á ejecutar no era una ley sino 
un decreto imperativo como ella misma lo llamaba y como 
lo era en efecto, puesto que por él se mandaba suspender 
directamente un acto que no competía al poder lejislativo 
juzgar ^ qué calificativo daremos á este proceder i j Qué 
necesidad tenia de marchar por estas vías tortuosas, man- 
dando suspender un acto que como lejislador podría apro- 
bar ó anular cuando las actas electorales le fuesen some- 
tídas y ella fallase como único juez de ellas con pleno 
derecho í 

Pero hasta dónde estarían de obcecadas aquellas inteligen- 
cias, que la lejíslatura qne hasta entonces había pubhcado sus 
resoluciones á son do cajas y cornetas por medio de bandos, 
reservó cuidadosamente esta disposición que parecía tendente 
á prevenir un acto público, esperando que el hecho se produ- 
jese para sorprender al pueblo cometiendo el gran detito de 
votar! Es que no se quería comprometer el éxito de las me- 
didas que habían de tomai'se en el mismo día y que debían dar 
por resultado la caída del gobernador; es que todo se sacrifi- 
caba al éxito de la conspiración! Tales procederes si no cons- 
tituyen un delito en un cuerpo parlamentario, son por lo me- 
nos actos indignos; y no pueden merecer la aprobación de un 
corazón honrado. 

Acusado el gobernador Zavalla, se había acordado sorpren- 
derlo (punto de que me ocuparé más adelante) y para conse- 
guirlo era necesario que todo se hiciese á la vez. Conse- 
cuente con este propósito, la lejislatura pasó una nota 
reservada al comandante del batallón San Juan, que dico lo 
siguiente ; (LeeJ • Comunico á Vd. los decretos sancionados 



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340 AREKaAS 

por esta Cúmara para hacerlos promulgar solemnemente ma- 
ñana, y ejecutar en seguida cuanto so refiera á la ocupación 
militar de las dependencias de la administración provincial. 
Se le recomienda el sigilo más completo respecto á las medidas 
que se le comunican, jwrque habiendo sido dictadas en sesión se- 
creta, ¡a Cámara desea que se hagan públicas por el acto de su 
protnulgación y ejecución. (Boletín Oficial de San Juan, nú- 
mero 1.) 

Esta nota lleva la fecha del 28 de marzo y debe haber 
sido escrita en altas horas de la noche. Las medidas á que 
so reüero son la disolución de los comicios y la ocupación 
de la casa de gobierno por la fuerza nacional, arrojando 
por medio de ella al pueblo y al gobernador de su puesto. 
No croo quo un cuerpo parlamentario pueda ir más lejos- 
Es una ordon secreta, secretamente dictada en la oscuridad, 
que so manda ejecutar con sigilo para que el éxito no fa- 
lle, contra el pueblo y el gobierno á la vez. T este nú- 
mero del Boletín, que así lo acusa, me ha sido enviado por 
el señor Godoy, gobernador provisorio nombrado por ellos 



Con arreglo á este plan acordado en secreto y ejecutado co- 
mo una sorpresa militar, los comicios populares son disueltos 
por la fuerza y el gobernador Zavalla depuesto por la acción 
directa de las bayonetas nacionales. 

Se dirá que el gobernador Zavalla había sido suspendido y 
que las fuerzas nacionales no hacían sinoapoyar álalejislatura 
en sus funciones oi-dinarias. Pero esta no era función ordi- 
naria y por consecuencia la fuerza armada no debía apoyarla 
ni ejecutarla si la prorincia estaba intervenida; y si no lo es- 
taba, era un ataque contra la soberanía local. Luego veremos 
que esa fuerza ejecutaba actos contrarios á las mismas leyes 
que se dice apoyaba. 

Si las fuerzas nacionales no hu'biesen estado &, órdenes de 
In lejislatura, aquél conflicto se habría arreglado, c^mo se 
terminan todos los conflictos en los pueblos democráticos, 
apelando al sufragio popular. Creo más, haciendo justicia 
á la prudencia y p^e^^sióu del gobierno, que si él hubiese 
estado más inmediato al teatro de los sucesos, no habría des- 
perdiciado la ocasión que se lo presentaba para resolver la 
cuestión de San Juan déla manera más radical y benéfica para 
todos. 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 341 

Toda la cuestión había sido en su origen una cuestión en- 
tre dos minorías parlamentarías, una de las cuales se había 
abstenido, y la otra había obrado hasta formar quorum y ha- 
cerse reconocer como poder lejislativo, y excluir de su seno 
á los miembros disidentes. Por una coincidencia verdade- 
ramente fehz terminaban el 28 de marzo una gran parte de 
los diputados de una y otra fracción, terminaban su mandato 
por ministerio de la ley, y la lejislatura quedaba do nuevo 
en minoría. Llamado el pueblo á las urnas para integrar la 
lejislatura, se presentaba la ocasión propicia do hacer inter- 
venir en la cuestión el más oScaz y poderoso de todos los in- 
terventores, y la opinión pública la habría resuelto muy paciñ- 
camente inoculando un nuevo elemento de vida y fuerza al 
gobierno provincial. Era la solución más natural, el triunfo 
más bello de la intervención nacional y el resultado más bené- 
fico para la localidad. 

Indudablemente que si el gobierno Nacional hubiese estado 
allí, en vez de mandar sns soldados para disolver á culatazos los 
comicios públicos, los habría enviado para garantir el orden á 
la vez que la libertad dol sufragio. 

Pero desgraciadamente, el Ejecutivo Nacional, cuyo plan 
no alcanzo en esta intervención, no dirigía el movimiento ni 
preveía los acontecimientos; y según ellos iban viniendo, 
iba proveyendo á olios, obedecía á impulsiones que lo lleva- 
ban á aceptar hechos consumados de que se hacía solidaria- 
mente responsable. 

Asi, luego que tuvo lugar la deposición del gobernador 
Zavalla por las fuerzas nacionales, no obstante que este 
hecho era producido contra sus previsiones, y según apa- 
rece de los documentos, hasta contra sus deseos, se con- 
sidera obligado á sostener la conducta de su agente en San 
Juan. 

Entonces viene la teoría ad hoc de que las fuerzas nacio- 
nales no habían depuesto al gobernador Zavalla, que era la 
lejislatura la que lo había suspendido, y que aquella no 
había hecho otra cosa que apoyar á la lejislatura en la 
ejecución do leyes y decretos que no era de su resorte ob- 
jetar. 

Para llegar á esta conclusión, el Ejecutivo Nacional tu- 
vo necesidad de establecer un precedente que aparece por 
primera vez en la cuestión, y de invocar una doctrina 



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342 ARENGAS 

fandamental que con-esponde á la parte teórica de este ne- 
gocio. 
Lo examinaré por au orden. 

Solicitada por el gobernador Zavalla la intorveneión para 
ser repuesto, elgobierao Nacional le contesta que no le debe 
protección, por cuanto no habiendo acatado sus resoluciones na 
se eiiconlraha en pie regular de Jas relaciones oficiales. Esto se 
decía el 19 de abril, cuando quince días antes, en la nota de 
3 de abril, se había dicho lo contrario, reconociendo al se- 
ñor Zavalla en condiciones regulares, después de haberle 
dispensado do la acusación de rebelde y mandándole pre- 
sentar las armas; cuando estaba publicado el decreto del 
gobernador atacando las resoluciones dei interventor, y cuan- 
do lo único que había ocurrido erív una simple consulta que 
fué absuelta amistosamente á los cinco días de estar depuesto 
el señor Zavalla, sin que entonces aparezca para nada este 
precedente que aparece por primera vez luego que se conoce 
la deposición. 

Llamo la atención del Senado sobre esta circunstancia, y 
prescindiendo de lo errado de la jurisprudencia que se hace 
valer en la nota del 19 de abril y de lo inexacto de los prece- 
dentes en que se funda, paso k ocuparme del principio funda- 
mental quo ella envuelve y compromete. 

La Legislatura de San Juan, que impulsada por el odio 
y ajitada por pasiones del momento, ha procedido por ins- 
tínto y todo lo ha sacrificado al éxito, ha encontrado un 
teorizador para explicar y justificar uno de sus actos más 
trascendentales, y este teorizador ha sido el mismo gobierno 
Nacional. 

Me refiero, señores, al juicio político. 

Después de las varias cuestiones que se han tocado y que se 
ligan k este debate, tal vez ninguna es más útil que la que he 
enunciado. Desearía por lo tanto tratarla con detención en 
sus aplicaciones prácticas ; pero siendo la hora avanzada, y de- 
seando ceder la palabra de que he usado con tanta deferencia 
por parte de mis honorables colegas, procuraré ser lo más con- 
ciso que me sea posible. 

Se ha dicho, señor Presidente, que el juicio político es inhe- 
rente á las instituciones representativas republicanas, porque 
siendo la responsabilidad de los gobernantes un principio fun- 
damental del sistema democrático, todo mandatario ó fun- 



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DE BABTOLÚHIÉ uitre 343 

I público responsable de sus actos ante el pueblo, 
debe tener un tribunal ante quien responder de los deli- 
tos ó faltas que cometa en ci ejercicio de sus funciones, 
y esta atribución corresponde en su esencia á la lejisla- 
tura. 

Creo haber presentado el argumento qne podría hacerse 
valer, con todo el vigor y toda la con-ección qne exige la 
discusión cuando de bueua fe se busca la verdad, 

Me parece conocer uno de los libros que el señor Ministro 
tiene por delante : me refiero á la obra de Cushing sobre las 
prácticas parlamentarias. En ella se establece la proposicióu 
enfermado cuestión y se dice: "Entre nosotros la cuestión 
de si el procedimiento por vía de iitiiteachmcnt es ó nó un 
atributo necesario de un cuerpo legislativo, no hay para que 
resolverla, por cnanto este procedimiento es materia consti- 
tucional entre nosotros, estando expresamente mencionado y 
establecido por la Constitución de los Estados Unidos y de 
todos los Estados de la Unión. ■> fLex parlamentaria Ameri- 
cana, páj. 985.) 

En efecto, tanto en la Constitución de los Estados Unidos 
como en la de los treinta y cinco Estados que los componen, 
se Lalla expresamente determinado: la responsabilidad, la 
competencia, los delitos y el procedimiento, sin que so libre 
nada á la discreción de la Lejislatura. Todas ellas sancionan 
el principio de la responsabilidad, pero cada uno le da distinto 
alcance y forma. Así en la Carolina del Norte acusa el gran 
jurado, en Nueva York interviene (J poder judicial, en Vir- 
jinia se pueden aplicar todas las penas como en el parlamento 
inglés; en unas partes se reñore á los crímenes, en otras á 
la mala conducta, en otras simplemente á la mala admi- 
nistración, y en algunas no se designan los crímenes siendo 
ilimitada la responsabilidad ante el tribunal político. Así es 
que en aquella escuela práctica de las instituciones libres, ja- 
más ae ha entendido que era una facultad inherente, un atri- 
buto del cuerpo lejislatívo, si no le estaba expresamente dele- 
gada, ó en otras palabras, que era " materia constitucional ■ 
como dice Cushing. 

Los Estados Unidos marcan una era en la historia del de- 
sarrollo y ejercicio de la soberanía popular. Ellos han ense- 
ñado al mundo como la soberanía popular se delega y no se 
abdica, reteniendo aquella parte quo no ha sido expresamente 



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s'f 



344 



AREN-QAS 



delegada. Eu otras partes, y muchas veces entre nosotros 
hasta hoy mismo, se ha inoumdo en el grave error de sos- 
tener que los representantes son o! pueblo, porque represen- 
taban al pueblo. La noción contraria es la base del propio 
gobierno y la más eficaz garantía contra la exageración de 
los poderes ilimitados. Así, en los pueblos libres, únicamen- 
te se dice Nos el pueblo, cuando se reúne una convención 
constituyente cuyos actos deben ser revisados por otra con- 
vención do delegados del pueblo. Do este principio lumi- 
noso fluye la dootríoa de que todo aquello que no es derecho 
natural ó llamémosle de origen divino, por cuanto pertene- 
ce al hombre creado por Dios y en su calidad de hombre, 
es indispensable que esté expresamente escrito en la ('ons- 
tituoión para que tenga valor y fuerza de ley. Por esto se 
ha dicho que una Constitución escrita es un gran progre- 
so, porque se limitan y definen las facultades de los poderes 
púbhcos y se consagran los derechos inalienables de los 
pueblos. 

Entre nosotros la facultad de hacer efectiva la responsa- 
bilidad de los gobernadores por medio del juicio político, faé 
en un tiempo atribuida ni Senado de la Confederación. Cuan- 
do se reformó la Constitución se borró esto, diciendo que no 
correspondía á la nación juzgar gobernadores por actos del 
orden provincial, habiendo además la experieneia señalado ios 
peligros que para las soberanías provinciales podía acarrear 
tal facultad. 

Si esta reforma á que mo refiero hubiese versado sobre uno 
de aquellos derechos inherentes á los poderes, quiere decir 
que eliminado de la Constitución Kacional habría sido de- 
vuelto al poder que tenía tácita ó expresamente la facultad 
de ejercerlo en el circulo provincial, ó al poder que según 
él derecho local lo ejercía antes de la Constitución. Pero 
si era como lo es, un derecho que reside originariamente en el 
pueblo y que él debe expresamente delegar para que pueda 
ser ejercitado, es claro que volvió á quedar inmanente en 
el pueblo, no para autorizar de su parte resistencias ni 
i'evoluciones, sino habihtándolo á llenar ese vacío que que- 
daba en las constituciones locales en el modo y forma que 
lo hallase mejor, y mientras tanto regirse por sus antece- 
dentes. 

La ausencia de una disposición sobre la materia tiene el 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 345 

inconveniente de no hacer práctica la responsabilidad reco- 
nocida en principio, pero es menor que librar al acaso una 
facultad que debe ser claramente defínida. 

Por otra parte, señores, esta atribución que es muy útil, 
no es tan absolutamente esencial al buen gobierno de los 
pueblos libres, porque precisamente, cuanto más libres, menos 
necesitan hacer efectiva la responsabilidad de sus manda- 
tarios. Es más bien una arma de combate que de defen- 
sa usual. 

Esta institución tuvo su origen en Inglaterra cuando el 
pueblo luchaba cuerpo á cuerpo con la corona, cuando los 
parlamentos se defendían contra los poderosos, cuando ne- 
cesitabau de una arma terrible para atacar y defenderse á 
la vez. Fué entonces que el parlamento inglés, armándose 
de esta alta facultad, constituyó e) juicio politice, para poder 
llamar ante su barra á los criminales políticos^ hacerlos res- 
ponsables de los abusos de poder cometidos en daño del 
pueblo, y hacer rodar sus cabezas si quena. Pero hace 
más de setenta año.s que en Inglaterra no se ejercita el 
juicio político, porque carece de objeto práctico por el en- 
sanche de la misma libertad. Como lo observa Cushing en 
el libro que cité antes, la vijilancia eficaz de los parlamentos, 
su control inmediato sobre los funcionarios públicos, la acti- 
vidad de la opinión, la acción morijeradora de ia prensa, 
la influencia de ios tribunales de justicia, y los mil modos 
más ó menos directos que hay para hacer efectiva la res- 
ponsabilidad día por día, hace que los delitos propiamente 
punibles por el juicio político sean prevenidos en vez de 
castigados, y que no sea tan necesario al complemento del 
organismo político. (V. Lex Parlamentaria, páj. 981.) 

Además, señor Presidente, no tratándose de un principio 
incontrovertible que basta enunciai' para saber á quien per- 
tenece y quien lo ha de ejecutar, si ese principio no está 
escrito en la Constitución, no es inherente á ningún poder 
público, y no le es permitido ejercitarlo sin delegación 
espresa del pueblo. Tal es el caso de San Juan j y tal es 
el punto en discusión. 

El juicio político que es el cumpUmiento de la ley de la 
responsabilidad, tiene variadas aplicaciones y diversas for- 
mas como se ha visto; y si bien la responsabilidad es la 
esencia do las instituciones libres, la competencia para ha- 



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346 ARENGAS 

cerla efectiva no es, ui puede ser inherente al poder lejÍB- 
lativo con arreglo & la naturaleza de estas mismas insti- 
tuciones. 

Uno de los principios fundamentules, inconcusos, del ré- 
gimen representativo, es la rigurosa división de los poderes, 
de tal manera, que si uno de ellos por excepción ejerce 
facultad que no con'esponda á su naturaleza, sea sólo en 
virtud de delegación espresa. La facultad de juzgar en 
juicio político, no es función legislativa, sino judicial, como 
lo reconocen unánimemente todos los publicistas, y por lo 
tanto es desconocer los elementos del sistema representativo, 
sostener que tal atribución es de la esencia del poder le- 
jislativo, y que es un atñbuto necesario de las lejislatiiras. Lo 
contrario se desprende lójicamente de la noción de la di- 
visión de los poderes. Así, pues, la facultad de juzgar se 
deriva para los parlamentos de la autorización, y no im- 
plícitamente del principio de la responsabilidad. Esto es 
evidente. La lejislntura de San Juan no la tenía, luego no 
estaba autorizada para constituirse en juez. 

Por último, en San Juan existe como en todas las do- 
más provincias, la responsabilidad por medio da la residencia, 
que suple hasta cierto punto al juicio político, y allí por 
su Constitución de 1825 que está aún vigente en la parte 
relativa al poder judicial, se comete á la Corte de Justicia 
el conocimiento y juzgamiento de las causas de residencia 
y responsabilidad, y además de los delitos que se cometan 
contra la Constitución y el orden público, de manera que 
si por los antecedentes constitucionales, si á algún poder le 
correspondiese tal jurisdicción, seria á aquél que lo habia 
ejercido anteriormente, según lo observé antes. [T. Carla 
ife Mayo, cap. V, arts. 1" y 2".) 

Más podria decir sobre esta cuestión, que considero como 
la más importante de las qne se debaten, pero tendria que 
estenderme demasiado, y necesito descender á las apUca- 
cíones prácticas para pasar eu seguida á ocuparme de otro 
punto conexo con ella y que no es menos importante. 

j Cuál era el rol de la intervención nacional en San Juan 
con respecto al juicio político de que se trata? Absoluta- 
mente ninguno. El Ejecutivo Nacional como poder inter- 
ventor no tenía nada que hacer para apoyar la ley de en- 
juiciamiento de la lejislatura de Han üuau, ni menos en lo 



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DE BAKTOLOMB MITKE 34 ( 

relativo á la acusación del gobernador Zavalla; porqne no 
era de su incumbencia, y la Constitución se lo prohibe. Así, 
cuando se dice que ha apoyado á la lejislatura para cum- 
plir estas sanciones, no se habla correctamento. . Lo que se 
ha apoyado es lo que por ahora llamaré decreto, como ella 
lo llama, por el cual se mandaba suspender al gobernador 
Zavalla. Las fuerzas nacionales ejecutando este decreto, 
convirtieron la suspensión en deposición, ocupando con fuer- 
za armada la casa del gobierno provincial y arrojando vio- 
lentamente de ella al gobernador. 

Pero tomo la ley de enjuiciamiento dictada por la lejis- 
latura tal como es; hasta concedo que estuvo en su derecho 
al darla no obstante que lo hizo ex post fiíclo con violación 
del art. 18 de la Constitución, y me pongo en el caso de 
que esto es lo que el Ejecutivo ha querido y entendido apo- 
yar en su calidad de interventor. 

jQué dirían los seúores ministros si yo les probase que esa 
misma ley es la que se ha violado, y que es la violación 
y no la ley la que ha sido apoyada y ejecutada por las 
fuerzas nacionalest jQué me dirán í Pues voy á probarlo. 

La ley de enjuiciamiento que nos ocupa lleva la fecha 
de 15 de febrero y fué recien promulgada el 2 de abril 
según consta del Boletín de San Juan. 

Por el artículo 25 de esa ley se dispone lo que va é, oirse : 
fLecJ 1 Cuando el acusado sea el gobernador de la Pro- 
vincia, si la Cámara pronunciara su destitución, nombrará 
el gobernador interino que deba i-eemplazarlo ". ( Núm. 3 
del Boletín Oficial) 

Esto vale tanto como decir que del hecho de la acusa- 
ción no dedúcela lejislatura sino el derecho de juzgar; que 
el interinato empezará cuando se pronuncie la destitución 
del gobernador ; que sólo en ese caso se nombrará quién 
lo reemplace interinamente y que no será depuesto ni sus- 
pendido sin previo juicio y sentencia legal. 

Mientras tanto, el 27 de marzo por la noche se declara 
el interinato y se decreta la suspensión del gobernador acu- 
sado, y el 28 por la mañana es ejecutado este decreto por 
las fuerzas nacionales, deponiendo de hecho al sefior Zava- 
lla. Debo hacer notar que uno de los considerandos del 
decreto ( el 2" ) dice que Zavalla <■ se halla en rebelión con- 
tra el Poder Lejislativo provincial y contra la autoridad na- 



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ciona!", cosa que nadie sostiene lioy, y que por el contrario 
el Ejecutivo Nacional ha refutado en document-os posterio- 
res. De manera que lo que se lia apoyado es una violencia 
de la ley misma que se dice apoyar ; una falsedad á la vez 
que una violación, y lo que es peor que todo, una trans- 
gresión manifiesta de tas reglas del juicio político, como 
voy h demostrarlo. 

Es una regla universalmente reconocida, que puede lla- 
marse un principio, y creo que nadie se atreverá á contra- 
decirlo, que no puede suspenderse á un alto funcionario de 
la categoría de los gobernadores de provincia, mientras no 
se pronuncia la sentencia condenatoria y sea en couseoaen- 
cia destituido. 

Dice Pomeroy ( en un libro que debe tener el señor mi- 
nistro sobre su mesa ], en su Introducción al Derecho Cons- 
titucional de los Estados Unidos, obra publicada reciente- 
mente y que tiene autoridad, lo que voy ¿ leer : fLceJ n¿Pnede 
un funcionario acusado ser suspendido en el ejercicio de 
sus funciones oficiales dnrante los procedimientos del juicio 
final y antes de ser absuelto ó condenado? £1 Presidente, 
el Vi ce -Presidente, y los Jueces evidentemente no pueden 
ser suspendidos ni por por una sanción de la Cámara de 
Diputados, ni por una ley del Congreso. De seguro, la 
Constitución no da el poder expreso para suspender; y si 
tal autoridad existiese debería derivarse por implicancia de 
otras fuentes. Un hecho es de todo punto concluyente sobre 
esta cuestión, sin que quede la más mínima duda respecto 
del texto de la Constitución. El Presidente, Vice Presi- 
dente y Jueces, mientras desempeñan sus funciones, están 
colocados por la Constitución en una posición enteramente 
independiente de la legislatura : ios periodos para el desem- 
peño y duración de sus funciones son fijos y determinados : 
ellos así como el Congreso, derivan su autoridad de la ley 
fundamental : el único modo de removerlos es la acusación, 
el proceso y la condenación. Este proccíler no es iejislativo 
sino un acto judicial. El Congreso como corporación no re- 
mueve, sino que la Cámara de Diputados acusa, y el Se- 
nado procesa y condena», (Pomeroy, Const Late, etc., páj. 494.) 

Agrega el mismo autor: (LeeJ "Con respecto á funcio- 
narios subalternos en el orden ministerial, pienso que la 
facultad existe. Estos funcionarios son creados por la ley; 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 349 

Ifi Constitución no les lia prescnpto término para su dura- 
ción, hallándose por consecuencia en esto punto á disposi- 
ción completa del Congreso. Parece por lo tanto que la 
lejislatura puede, por una ley de carácter general fbi/ ge- 
neral stafufcj, proveer respecto de 5a suspensión do todos 
los funcionarios subalternos en el orden ministeñal, durante 
el transcarso de una acusación entablada contra ellos. No 
pienso que las medidas de arresto, caución 6 confinación 
en los procedimientos criminales ordinarios tengan ninguna 
analojia con esto, y los precedentes de la Inglaterra, sin 
embargo de ser tan numerosos, no dan ningún auxilio á la 
interpretación de la Constitución al respecto^. (Ponteroy, 
etc., id. id.) 

Tenemos aquí por una autoridad competente, corroborada 
por la práctica universal, que aún cuando la lejislatura hubie- 
se estado en su derecho al acusar, no ha tenido la facultad 
para suspender. 

Como lejislatura dictó bien ó mal la ley de enjuiciamiento, 
como tal lejislatura acusó. Pero cuando mandó suspender al 
gobernador Zavalla, ya no procedía en su carácter de lejis- 
lador, sino atribuyéndose la calidad de jurado, dictando lo 
que se llama judicialmente auto de juez. Es decir, que es- 
tando acusado el señor Zavalla en virtud de una ley que dis- 
ponía que sólo en el caso de destitución se procedería á nom- 
brar gobernador interino, suspende al propietario en contra- 
vención de su misma ley, con violación de los principios á que 
el caso se subordina. 

Por consecuencia, no es un acto lejislativo en el desempeño 
de las funciones ordinarias de la lejislatura, lo que eí Ejecutivo 
Nacional ha apoyado y hecho ejecutar en ta! ocasión, sino un 
auto del que so llamaba juez sin serlo, y quebrantaba la misma 
ley que debía ser su norma. 

Me parece que esto es concluycnte para demostrar la propo- 
sición que había avanzado. 

Diré ahora algo más para ilustrar esta matetia, que podría 
ser largamente explanada; pero que mo falta tiempo para 
hacerlo. 

Después de la reforma de la Constitución, que abolió la res- 
ponsabilidad de los gobernadores para ante el Senado Nacio- 
nal, varias provincias quisieron proveer á este vacio haciendo 
efectiva la responsabilidad de los gobernantes, comprendiendo, 



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350 ARENGAS 

como no podian dejar de comprenderlo, que esto sólo podría 
efectuarse por una delegación expresa del pueblo, es decir, por 
una reforma de su Constitución local sancionada por una con- 
vención ad koc. 

En consecuencia de esto establecieron medios y modos cons- 
titucionales de arreglar el juicio político. 

La provincia do Corrientes me parece que fué la primera que 
reformó su Constitución, atribuyendo esa facultad á la Corte 
de Justicia' unida con la lejislatura. 

La provincia de Santa-Fé hizo otro tanto en 1863 creando 
una especie de gi-an Jurado sacado del seno del colegio elec- 
toral. 

La provincia de Jujuy creó un tribunal extraordinario para 
entender en este caso. 

En la Rioja se atribuyó también esa facultad á un tribunal 
independiente de la lejislatura. 

Lo mismo se hizo en Santiago del Estero. 

En Buenos Aires existía ya en su Constitución, siendo la úni- 
ca provincia en que, existiendo el sistema bicamarista se halla 
más regularmente establecido. 

En sois provincias se faa entendido que sólo por delegación 
expresa podía ejercerse esta facultad: que no podía presumir- 
se, que debía expresarse. 

Otras, como la de Córdoba, por ejemplo, se han abstenido de 
usar de tal facultad, entendiendo que no podian ejercerlas por 
mera deducción. 

En San Juan ya hemos visto que por la Carta de Mayo el 
juicio político y el de residencia est-aba atribuido á la Corte 
de Justicia. 

Eu todas partes se obedece á la misma lógica, se determi- 
na de antemano el tribunal, y se distinguen el acusador del 
juez. 

Es que esta es una de las nociones más claras del derecho 
constitucional, por cuanto nace del principio fundamental de 
la división de los poderes, y de la limitación de las facultades 
que no estén expresamente conferidas por la Constiíucióu en 
nombre del pueblo. 

Hamilton al hablar de esta materia bu e\ Fcderíúisla, exa- 
mina en qué casos y de qué modo puede ejercitarse esta 
facultad, una vez dada la delegación, que era su punto do 
partida. La conclusión é. que llega es que, sin el sistema 



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DE Bartolomé mitre .151 

bicamarista, no puede atribuirse tal facultad al cuerpo le- 
jislativo, y que la existeucia de las dos cámaras es íudis- 
pensable para que produzca sus efectos. ( V. The Federálisf, 
cap. XVI.) 

Eu Inglaterra doude tuvo su origen la institución, hubo siem- 
pre una Cámara popular para acusar, y una Cámara superior 
considerada como alta Corte de Justicia de la Nación que juz- 
gaba en último grado. 

Los Estados Unidos adoptando el sistema bicamarista fue- 
ron bastante felices para establecer el juicio político sobre las 
mismas bases, aunque con distintas formas y diverso alcance j 
pero siempre dividiendo oí acusador del juez, y procediendo no 
en virtud de facultades presuntivas, sino por delegación expre- 
sa del pueblo. 

Que no es facultad inberento al poder legislativo el juzgar en 
juicio político, ni que le sea atribuida implícitamente en virtud 
de la forma republicana, es punto sobre el cual no bay para 
qué volver. Los que han sostenido lo contrario han confun- 
dido la excepción con la regla. 

Pero lo qne no se le ba ocurrido á ningún publicista sostener 
es que tal atribución pudiera ser facultad inherente á una Cá- 
mara única, que hiciese de juez y parte, acusando y condenan- 
do á la voz, quo calificase el delito, determinase el reo, aplicase 
la pena y la ejecutase por si misma, como lo ha hecho la le- 
jislatura de San Juan, cuyos actos han merecido el bonor de 
ser teorizados. 

Señor Presidente : no soy de los más ardientes abogados 
do los gobernadores do provincia, de quienes be dicho con 
frecuencia que no llenan cumplidamente las funciones para 
que el pueblo los ha elegido, que malgastan las fuerzas del 
gobierno en objetos ajenos y contrarios á sa institución ¡ 
y, que buscando en las lejialaturas cómplices 6 instrumen- 
tos para el falseamiento del sufragio popular, comprometen 
el crédito de las instituciones, privándose del apoyo de 
las fuerzas viriles de la opinión. Por consecuencia no soy 
aquí el abogado del gobernador Zavalla, sino el defensor 
de la dignidad y de la soberanía do la provincia de San 
Juan. 

Quiero que se respete la base fundamental de nuestro 
sistema, que son los derechos de las provincias con todas sus 
imperfecciones, concillándola con las exigencias del orden y 



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352 ARENOAS 

do la libertad : quiero la paz entre los poderes púljlicos, para 
que su acción se arregle á la ley de las democracias, que es 
la mayoría : quiero por fia, que no compliquemos el difícil 
problema de consolidar el orden h la par de la libertad, 
propalando doctrinas que no pueden dar otro result-ado sino 
el descrédito de las instituciones mismas establecidas sobre 
bases falsas. 

Es do deplorarse que altas y privilegiadas inteligencias acre- 
diten erradas doctrinas. 

Señor Presidente: loque ha sucedido en San Juan y en 
varias otras provincias nos da la medida de lo que suce- 
dería si la facultad del juicio político se considerase fun- 
ción inherente á la lejislatura, es decir, función ordinaria 
con Cámaras únicas, sin regla anterior en la Constitución. 
Faltando el contrapeso y correctivo, toda la mayoría par- 
lamentaria en ellas se convertiría ó en instrumento del Ejecu- 
tivo ó en mayoría revolucionaria. Como en Han Juan crearía 
el delito en cada cuestión con el gobernador, daría la ley 
penal para el caso ocurrido, suspendería por el sólo hecho 
de acusar, se constituiría en acusador y juez á un mistno 
tiempo, y anularía la independencia de los poderes como la 
ha anulado la lejislatura de San Juan, al disponer por el ar- 
tículo 28 de su ley de enjuiciamiento, que la simple acu- 
sación de un ministro obliga al gobernador á separarlo de sus 
consejos, lo que es todavía más monstruoso que la suspensión 
del gobernador. 

Tales serían los resultados prácticos de tales doctrinas 
una voz acreditadas, con nuestras asambleas únicas y nues- 
tro estado político y moral. Y felices si en medio de tales- 
excesos las fuerzas de la opinión no abandonasen k los pode- 
res públicos, y los dejase agitarse en el vacio dando el triunfo 
á la violencia. 

El mismo gobierno que teorizando sobre la legitimidad de la 
ley de enjuiciamiento de San Juan la ha sostenido, ha detei'mi- 
nado reglas fundamentales que han sido violadas en ella, como 
por ejemplo las acusaciones aceptadas por simple mayoría, 
cuando el voto de las dos terceras partes es tan esencial para 
la acusación como la condenación! 

El mismo Gobierno Nacional invocando precedentes erra- 
dos y una jurisprudencia que la ciencia y la experiencia con- 
tradicen, ha autorizado la deposición de un gobernador de . 



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DE BAHTOLOMÉ MITRE Í1.J3 

provincia por medio de sus tropas, poniéndose al servicio 
de una simple mayoría, que ni como legislador, ni como juez 
procedía ! 

Cuaudo esto sucede en las altas reglones de la intoligencia, 
¡ qué sucedería si tales teorías se acreditasen allí donde no tie- 
nen correctivo 1 

Por lo que á mí hace y no obstante lo dicto, no improbaría 
á la lejislaturá de San Juan si so hubiese limitado á dar una 
ley general de responsabilidad para lo futuro, por más quo 
sostenga que esta facultad sólo puede ejercorso por dele- 
gación expresa. Lo que deploro es que no haya tenido me- 
sura al dictar esa ley, y que cuando vuelva el gobernador á 
su puesto, si es quo el Congreso así lo dispone, no se encuen- 
tre delante de una ley justa, de un juicio imparcial y severo y 
de una jurisprudencia equitativa, para que pudiese ser Icgal- 
mento condenado si lo merecía, y se defendiese si le era posi-' 
ble. Habría deseado esto para dar uu buen ejemplo, para 
robustecer el poder de los pueblos, para dar más ensanche á 
las libertades, para cimentar más las instituciones, mejorando 
asi la condición de los gobernadores cuyos procederes he cri- 
ticado tantas veces. 

Pero si esto no es posible por el momento, si la responsa- 
bilidad del señor Zavalla no puede hacerse efectiva en esta 
forma, debo declarar que después de haber sido imparcial y 
conciliador dando á cada cual la parte de reprobación ó de 
justicia que le corresponde, tal como lo he entendido, consi- 
dero que, los errores del señor Zavalla de quo no somos 
jueces, y do que en todo tiempo será responsable con arre- 
glo á la ley, no lo inhabilitan para ser gobernador mientras 
no sea legalmente condenado ; y que por consecuencia so 
halla bajo los auspicios de la soberanía provincial, porque 
ha sido igualmente suspendido, y porque en todo caso no era 
al Gobierno Nacional á quien tocaba deponerlo por medio de 
la fuerza. 

¡ Que la bandera de la soberanía provincial lo cubra ! 

i Que pase la mercancía cubierta por la bandera ! 

Voy á terminar, señores. 

Creo quo la solución que propone la ('omisión es, no sólo 
constitucional, sino también práctica y tranquilizadora. Si 
ella fuese adoptadu, habría siempre que buscar una solución 
que respondiese í. las necesidades de la provincia de San Juan, 



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354 ARENGAS 

restituyéndole su paz alterada, y eucamiuándola por el sen- 
doro de sus instituciones propias. Porque si en vez de esto 
llegásemos á la adopción de una fórmula uegativa como la de 
la comisión en disidencia quo propone que no se haga nada, 
no habríamos hecho otra cosa qne ejecutar aquél movimiento 
estéril que la mecánica realiza en los molinos, y que un pn- 
blicista célebre ha aplicado á los gobiernos incapaces de pro- 
ducir resultados. 

Hay momentos en quo cuando no se quiere ó no se pue- 
de moler el trigo en los molinos, se trasporta la correa sin 
fin que imprime el movimiento, á una rueda aislada que 
se llama la polea loca. Todo el sistema se paraliza enton- 
ces; el trigo no se muele, la harina no cae. Sin embar- 
go, si el molino es de vapor, signo el fuego ardiendo, si 
es de agua sigue ésta corriendo, mientras las grandes rue- 
das disipan sus fuerzas en el vacío sin producir ningún 
trabajo útil. 

Esta es una cuestión nacional que ha llamado la atención 
de la Kepública, y en la que están comprometidos tos más 
importantes principios de gobierno : si después do tan larga 
espeotativa en que el pueblo ha estado pendiente de las re- 
soluciones del Congreso, le diésemos fielmente un voto ne- 
gativo que nada resuelve, nada remedia y nada salva, nos 
habríamos declarado por el hecho tan incapaces como impoten- 
tes. Y más adelante, si es que estos debates llegasen á 
ocupar algún día la atención de nuestros descendientes, ellos 
podrían decir, y con razón, que los congresos y los eje- 
cutivos de esta época eran como las poleas locas de la 
máquina constítucionn!, que bastaba trasportar á ellas la 
cuerda quo imprime el movimiento para que las fuerzas 
se perdiesen en el espacio, sin dar más resultado queuu 
torrente de palabras y de papeles sin aplicación útil ! — He 
dicho. 



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A VALENTÍN ALSINA 

EM NOMBRE DEL SENADO ARGENTINO 



Señores: 

El Senado Argentino se asocia á esta manifestación de 
dolor y do gratitud pública, honrando en el doctor don Valen- 
tía Alsina al más ilustre y venerable de sus miembros. 

La alta corporación á que pertenecía en vida me ha en- 
comendado pronunciar algunas palabras sobre su tumba, tri- 
butando un justo homenaje á sus servicios y sus virtudes. 

Los largos y distingiddos servicios que el doctor don Valen- 
tín Alsina prest-ó á la patria común, así como sus virtu- 
des cívicas y privadas, no necesitan de elogio en presencia 
de la generación que le ha amado y le ha admirado, si- 
guiendo con anhelosa simpatía el curso do su laboriosa 
carrera; y mientras el fuego sagrado del patriotismo no se 
extinga en el corazón de los argentinos, las generaciones 
venideras han de participar de los mismos sentimientos de 
que en esto momento estamos animados todos. 

Ellos dirán lo que nosotros decimos ahora: vivió consagra- 
do á la noble y austera religión del deber, cumpliéndola con 
varonil abnegación, y murió tributándole un culto tan puro 
como desinteresado. 

Sus amigos que le lloran, el pueblo que le honra, ol Go- 
bierno de la República y la Provincia que asiste á sus fu- 
nerales, el Senado que viene á darle el último adiós á las 
puertas de la morada de su eterno descanso, no son sino 
el merecido tributo que so debe á las altas calidades del 



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356 ARENGAS 

hombre y del oíudatlatio y la recompensa postuma á que 
sus servicios le haeeo acreedor. 

Paz á su tumba y honor á su memoria pido á Dios y 
al pueblo en nombre del Senado del Pueblo Ai^entíno! 

El hombre público que habiendo tomado parte por el es- 
pacio de más de cuarenta años en las luchas contempo- 
ráneas, dando y recibiendo golpes en defensa de sus creen- 
cías, el combatiente de la palabra en la prensa y la tii- 
buna, el gobernante recto, el jaez íntregro, oí legislador 



político, que ha cruzado 
idiendo al sepulcro 
rosas y llevando las bendi 



odios este mundo de odios, 
7 tras sí pasiones ronco- 
dieiones do un pueblo que depo- 
sita sobre »u cabeza inanimada la triple corona de la virtud 
civica, de la inteligencia y del patriotismo acrisolado, bien 
puede reposar tranquilo en el seno de la divinidad. 

Dios reciba su alma en el Cielo, mientras los hombres hon- 
ran su memoria en la tierra ! 



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CUESTIÓN PUERTO DE BUENOS AIRES 



CmCO DISCUBBOS PRONUNCIADOS EN EL SENADO NACIONAL 
EN LAS SESIONES DEL 11, 14 Y 16 DE SETIEMBRE DE 1S6B 



DISCURSO PRIMERO 

SESIÚK SEL U DE SGTIElilBBE DE 1669 

8UHABI0— Faz esterna de la cvestiÓM— Reglas de derecha odmi- 
nístrmtivo— Antecedentes de la materia — Lnjes une ñ&en el caso — 
Requisitos eseuciales — Carácter del contrat i — Paralelo con el del 
íen-o-carril central — Necesidad de estiidioa — Corolario histórico — 
Detalles íacult*tivo8— Ei¿nien del informe del Alinirant* Davis — 
líOi ingenieros del coneeaioDario — Procederé* del parlamento in- 

S\ée — 1^ tarifas de los diques de Londres — Compamción general 
e las dos propaestas ¡ireseutadas-'CueBtioiies que con el asunto 
se lican — Aplicación del principio del derecho constitucional en 
cuanto & conflictos, concurrencia y mejoras — Conclusiones. 



El señor Mitre. — Pido 1» palabra para replicar al miembro 
informante de la Comisión de Hacienda. 

El señor Presidente. — Tiene la palabra el señor Senador 
Mitre. 

El señor Mitre. — Voy por ahora á contraerme á tratarla 
faz externa de la cuestión. Despnés que la haya exami- 
nado bajo sus principales aspectos en tal sentido, me haré 
cai^ de las últimas ideas emitidas por el miembro infor- 
mante de la comisión, tomándolas por punto de partida, 
y eu tal ocasión estableceré mis puntos de apoyo, en la 
discusión, antes de pasar á consideraciones de un orden más 
elevado y trascendental. 



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Parecía natural tratándose de uq asunto de la mognitad y 
gravedad del que nos ocupa que, desde que se ha introducido 
una nueva idea que cambia totalmente la faz del negocio, él 
volviese nuevamente á la Comisión, para ser allí estudiado 
como corresponde, á ñu de ilustrar mejor al Senado j dar 
al voto mayor garantía de acierto. Pero, según parece, á 
la Comisión le ha bastado la simple lectura que de la nueva 
propuesta se ha hecho, para improvisar sobre tablas un 
juicio comparativo entre los dos proyectos relativos ala cons- 
trucolón ó mejora del puerto de Buenos Aires. 

Tal es el proceder de regla en los cuerpos deliberantes, 
y como miembro del Senado podría pedir que el reglamento 
se cumpliera en esta parte ; pero viendo que este asunto 
se posterga, que mientras tanto el tiempo se pierde lasti- 
mosamente, y que conviene al interés público hacer cesar 
toda incertidumbre, creo que mejor es encararlo francamente 
desde luego. 

Por otra parte, ninguna luz espero ya por parte de la Comi- 
sión, de^de que el miembro informante do ella nos ha 
manifestado todo cuanto sabía y cuanto ha aprendido sobre 
el particular. 

Empezaré, pues, por examinar el método de estudios de la 
(!lomÍ8Íón. La cuestión teórica y facultativa la examinaremos 
á su tiempo, 

Los representantes de un pueblo libre tienen ante todo 
el deber de cuidar de los intereses del pueblo, porque para 
eso son elegidos. La Comisión de Hacienda al considerar 
este asunto ha debido también encararlo ante todo del 
punto de vista de los intereses públicos. Vamos á ver si 
lo ha hecho. 

Están sometidas á nuestra consideración dos propuestas 
sobre una misma obra. El proyecto de un particular que 
se propone hacer un puerto seguro en la rada de Buenos 
Aires, y la oferta de la Provincia de Buenos Aires de eje- 
cutar con sus propios recursos esa misma obra. De estos 
dos proyectos uno de ellos es con gravamen para el erario 
y dificultades para el gobienio, mientras que la otra ofrece 
á primera vista mayores ventajas y sin gravamen alguno 
por parte de la Kación ^cuál es mejorl 

La Comisión de Hacienda, que como su nombre lo indica, 
tiene la obligación de pesar maduramente y ante todo la 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 3d9 

parte económica de trido asunto, es precisamonto el único 
punto que ha descuidado en sus eshidios. Nos ha hablado 
do todos los poderes, do todos los derechos y de todas las 
conveniencias, menos del poder do hacer las mayores eco- 
nomías, del derecho que tiene el comercio 4 que sus intereses 
sean bien consultados, y de la conveniencia de que la renta 
pública sea tomada en consideración cuando se trata de gran- 
des gastos. 

Por ahora me limito á acusar esta deficiencia del informe. 
En el curso de la discusión espero dejar establecido que los 
intereses comunes del presente y del futuro han sido igual- 
mente olvidados, y que siendo sumamente onerosa la pro- 
puesta hecha por una empresa particular, ha sido sin em- 
bargo preferida á la oferta hecha por la Proviucia de Buenos 
Aires qne mejora considerablemente las condiciones bajo 
cualquier punto da vista que se mire, y muy especialmente 
en lo que se relaciona con la hacienda pública, cuya custodia 
se ha confiado á la Comisión. 

Paso ahora á examinar el contrato, siempre por su faz ex- 
terna, bajo el punto de vista del derecho administrativo, to- 
cando de paso lo que se relaciono con la cuestión facul- 
tativa. 

El Poder Ejecutivo ha celebrado un contrato, invocando en 
el preámbulo una autorización lejislativa que dice tener para 
el efecto, y ha declarado posteriormente que ese contrato le 
obligaba por el sólo hecho de proyectarlo. 

Tal contrato, que cuando mas podía calificarse do un con- 
trato ad tvfercndam, de ninguna manera obligaba al Poder 
Ejecutivo, ni él ha podido declararlo así sin desconocer por 
el hecho la potestad soberana del Congreso Nacional so- 
bre la materia ; porque el Congreso es el único poder que 
puede estatuir en materia de esta naturaleza, lejislando coa 
arreglo á la Constitución, y por lo tanto el Poder Ejecutivo 
no ha podido considerarse facultado para obWgar al país por 
medio de un instrumento al cual el derecho administrativo 
no reconoce ningún valor legal. 

Las leyes de 7 de setiembre de 1863 y de 14 de octubre 
de 1868 en que se funda el contrato, son precisamente las 
dos únicas leyes que no han podido ni debido ser invoca- 
das en este caso, porque el contrato importa, sino la vio- 
lación de esas leyes, por lo menos lo contrario de lo que 



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esas leyes dispouen. Por la primera de esas leyes se auto- 
riza al P. E, á gastar 500,000 fuertes del Tesoro Nacional 
en la oonstruccióo de una aduana para el exclusivo servi- 
cio y provecho de la Naoióii, Por la segunda se le faculta 
para disponer do una renta dada para invertirla od un puerto 
en U rada de Buenos Aires, poniendo por condición que 
no empreuderia tal obra hasta después que tal renta es- 
tuviese desempeñada de sus compromisos, y se hubiese 
realizado con su producto el ramal del ferro-carril del 
Río 4" que se declaraba preferente respecto de la obra del 
puerto. 

En ambos casos el espíritu de la ley y la votuntAd ma- 
nifiesta del Congreso, fué, que la Nación por sí y con sus 
propios recursos ejecutase estas dos obras. Por consecuen- 
cia, el contrato que acaba de leerse fundado en bases dis- 
tinlas y opuestas, á esas leyes, no sólo no obliga al Poder 
Ejecutivo antes de tener sanción lejislativa, sino que, ni 
aún ha podido ser celebrado en virtud de tales leyes como 
se declara en su preámbulo. 

Esto todavía podría subsanarse con un voto implícito de in- 
demnidad aprobando el contrato por más conveniente. Pero 
es que además esto contrato se presenta á la sanoióu lejisla- 
tiva desnudo de todos los requisitos esenciales, que adminis- 
trativamente son de regla constante en la secuela de estos 
asuntos, y cuya utilidad é importancia son evidentes. El pri- 
mero de ellos, y sobre el cual no insistiré mucho, es la falta de 
licitación. No insistiré sobre este punto, porque ni aún para 
abrir la licitación estaba autorizado el Poder Ejecutivo, desde 
que el Congreso había tomado la iniciativa que le correspon- 
día, y había dispuesto por una ley que la obra so hiciera por 
cuenta de la Nación y no por cuenta y á beneficio de un par- 
ticular, haciendo erogaciones del tesoro en su obsequio, como 
se ha estipulado en el contrato. 

Cuando hace cuatro años, siendo yo Presidente de la Re- 
pública, se presentó por este mismo contratista un proyecto 
sobre puerto, desprovisto de estudios y sin presupuestos, 
el P. E. no estaba facultado para contratar por sí, como no 
lo ha estado ahora, y por lo tanto, no se consideró habi- 
litado para llamar á licitación á los efectos de obligarse ni 
do obligar al país; y las propuestas que al mismo tiempo 
se hicieron no tuvieron á sus ojos más valor que el de sim- 



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DE BARTOLOMÉ UITBE 361 

pies proyectos que podrían servirle de base para formular 
un proyecto de ley sobre la materia. 

Entonces como ahora el P. E. no estaba autorizado para 
obligar al país sobre materias que son de la exclusiva com- 
petencia del Congreso, y si hubiese contratado habría sido 
con la condición de referirse á lo que el Congreso resol- 
viese. Así, este contrato, que según lo ha declarado el 
P. E. es un compromiso que lo obliga, y que por lo tanto 
obliga al país, y que ha mandado indebidamente reducir á 
escritura publica, no es sino tin simple proyecto de ley 
como uno de tantos, que no obliga absolutamente á nadie 
mientras el Congreso no le preste su soberana sanción y sea 
promulgado como ley de la nación. 

Debo decir, sin embargo, en honor del concesionario con 
quien el P. B. ha celebrado este contrato, que no obstante 
que el proyecto suyo á que me refiero fuese muy distinto 
de esto, era sin embargo el más serio de todos cuantos se 
presentaron. Teniéndolo presente, así como otro análogo so- 
bre el cual recayó en 23 de junio de 1865 un Acuerdo de 
Gobierno, el P. E. se limitó á decir á ese respecto que fijaba 
el término de un año para que se presentaran los estudios, 
planos y presupuestos para la construcción de un puerto de 
abrigo en la rada de Buenos Aires, acompañando las pro- 
puestas correspondientes 6 fin de que el Gobierno pudiese 
tomarlos en seria consideración. . fV. Eer/. O/, de 1865, ^ij. 
148 del J» Seta.) 

La seria consideración á que el acuerdo se referia, no im- 
portaba, ni podía importar que el Poder Ejecutivo iba á con- 
tratar por sí y ante sí obligando por el hecho á la Nación, 
como hoy se ha sostenido, sino que iba á reunir los elementos 
necesarios, para formular nn proyecto de ley á fin de presen- 
tarlo al Congreso recabando su aprobación, sin la cual no 
hay contrato que envuelva materia legislativa, que pueda 
obligar á nadie, y menos que á nadie al P. E. 

De este modo se ha procedido siempre en todos los graves 
negocios en que el Ejecutivo ha tomado la iniciativa de loa 
proyectos de contrato, quo envolvían materias que son del 
resorte del lejislador, las cuales difieren tanto de los contratos 
perfectos, como una ley difiere de un simple proyecto de ley 
que no es sino una idea apuntada en e! papel. 

Recordaré con esto motivo, como el ejemplo más conocido 



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302 ARENGAS 

y más análogo á. este Caso, el contrato del ferro-oarril Central 
Argentino, para que se vea que tal es el método que se ha 
seguido siempre ; á la vez que U seriedad, la legalidad y la 
circunspección con qne se ha procedido antes de ahora. 

Hallándome encargado provisionalmente del Poder Ejecu- 
tivo Nacional antes de ser elegido Presidente de la República, 
fijé desde luego mi atención apenas pacificado el país, en la 
realización del ferro-carril del Rosario á Córdoba, obra popu- 
lar y de vital necesidad para el progreso de la Nación. Loa 
datos que tenía me habían hecho, concebir la esperanza de 
que tan grande obra podía convertirse on una realidad. En- 
tonces el P. E. en vez de^ dar seguridad, ni aún esperanzas 
que por sí sólo no podía dar antes de tener bases fijas, se pre- 
sentó al Congreso Nacional para contratar la construcción del 
ferro-carril. El Oong^so dicté en consecuencia una ley au- 
torizando al P. E. para contratar, y al mismo tiempo determi- 
nó las bases sobre las cuales debía contratarlo. Con sujeción 
estricta á estas bases se inició la negociación del ferro-carril 
Central Argentino, y una vez celebrado el contrato con arre- 
glo á ellas, se presentó al Congreso, y éste se sirvió darle sn 
aprobación. 

Posteriormente, habiendo sui^do dificultades que hacían 
unposible la realización de la obra bajo las bases sanciona- 
das por el Congreso, el P. E. para salvar estas dificultades, 
así como las que podían presentarse por parte de las provin- 
cias acerca de los terrenos que estas debían ceder á la em- 
presa, se presentó nuevamente al Congreso solicitando la 
modificación de las primitivas bases, en cuanto á la conce- 
sión y el Congreso se sirvió igualmente prestar su aprobación 
& las modiíio aciones propuestas porel P. E. como paso previo 
indispensable para contratar definitivamente. 

Véase, pues, como el contrato qne se presenta hoy, no sólo 
es un simple proyecto de ley que se halla en contradicción con 
leyes anteriores, sino que ha necesitado de una ley anterior 
que le fijase bases debermiuadas para contratar de una ma- 
nera que obligase al P. E. Por lo tanto estamos en plena 
libertad para considerar este contrato como un proyecto que 
no obliga á nadie, ni moralmente siquiera, pues ya se ha visto 
que es hasta contrario á las leyes vigentes que rigen el caso. 

Por otra parte, este proyecta so presenta desnudo de otro 
requisito más esencial aún qne el que señalé antes ; requisito 



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DE BARTOLOMÉ MITEEl 3C3 

indispensable qne acompaña y no puede dejar de acompañar 
í obras públicas de la importancia de estas, que comprometen 
el presente y el porvenir, y cuyos errores podemos sufrir nos- 
otros y pagar las generaciones venideras. Me refiero á los 
estadios facultativos, observaciones científicas y operaciones 
previas que debcn necesariamente preceder á una obra de esta 
magnitud. 

En todas partes del mundo cuando una obra de este género 
se ba emprendido, aún en condiciones más favorables que las 
nuestras por lo qne respecta á la incógnita que era necesario 
despejar previamente, jamás se ba omitido un requisito tan 
esencial, como indispensable, faltando el cual bay que proce- 
der á ciegas ó por instinto. Aún allí donde han estado más 
estudiadas las condiciones locales como en los Estados Uni- 
dos, aún allí donde ha habido más acopio de ciencia y mayor 
masa de datos de todo género para proceder con un acierto 
aproximativo, no se han considerado los gobiernos dispensa- 
dos de la necesidad de estudios previos para ejecutar obras 
menos complicadas por lo que respecta al difícil problema de 
la concurrencia de las fuerzas naturales. 

Los diques de Londres, ejecutados cien años después que 
los de Liverpool, y cuyos estudios el señor Almirante Davia 
hace datar de 1799 atribuyendo su realización k la iniciativa 
omnipotente de Pitt, fueron estudiados directamente por el 
Parlamento de 1796, con presencia de ocho proyectos que le 
fueron presentados, elaborándose por la Comisión respectiva 
un luminoso informe basado en las declaraciones de todos los 
hombres de ciencia y de práctica que al efecto fueron consul- 
tados, todo lo que fué publicado on el mismo año. Por una 
casualidad este precioso documento se encuentra en la biblio- 
teca pública de Buenos Aires, donde he tenido ocasión do 
consultarlo. CSeporí /rom tite Gommike, ele, N. 5 de la Bib.J 

Los Estados Unidos recien en 1827 iniciaron sus estudios 
preparatorios para la construcción de un dique seco en el ar- 
senal de Nueva York, recien en 1835 los autorizó el Congreso, 
recien en 1841 fueron definitivamente aprobados por el mismo, 
y recien en 1852 se terminó esta obra, es decir, veinticinco 
años después de iniciarse los estudios previos, en los cuales 
únicamente, se emplearon catorce años. 

Los diques secos de Boston, Filadelfía, Portsmouth, Norfolk, 
Pensacola, ejecutadas todos á espensas del tesoro de los Esta- 



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3G4 arenoas 

dos Unidoü que gastó en ellos 8¡ete millones dedollars, fueron 
precedidos de estadios no menos serios ni detenidos, aún des- 
pués de realizado el primer dique, (y. Stuart, Nmal, Sry, Docla 
o/UicU.Sj 

El P. £. en el asunto que nos ocupa, antes de ocuparse de 
estos estudios previos, antes de consultar la ciencia ó la expe- 
riencia que tenía á su servicio, llevado {yo lo ci-eo) por la no- 
ble impaciencia del progreso, queriendo sin duda ganar tiempo 
en la realización de obra tan benéfica, se apresuro á contra- 
tarla, después de baberla examinado científicamente «tocu^nío 
de ministros, según nos lo dice en su Mensaje especial de 31 de 
mayo. (V. Mensaje cit., páj. 2). Sin embargo, conociendo 
sin duda más tarde la deficiencia de los estudios particulares, 
y pensando tal vez que por mucho que fuese la competencia 
de los señores ministros para decidir sin ninguna otra luz en 
materias de ingeniería hidráulica, tal opinión no era decisiva, 
el gobierno aprovechó la permanencia del señor Almirante de 
los Estados Unidos Mr. Davis en nuestro puerto, poniendo á 
contribución su buena voluntad y su ciencia, á fin de que le 
suministrase informes facultativos sobra la obra que ya había 
contratado, declarándola por si y ante sí buena por el hecho. 

Este informe era de todo punto indispensable porque sin él 
no podía presentarse el P. E. ante el Congreso. El Congreso, 
como los gobiernos en general, no está compuesto de astróno- 
mos hidrógrafos é ingenieros hidráulicos, y es esta la razón 
porque necesitan del auxilio del saber y de la experiencia 
agena para formar su ciencia y su conciencia rospecto de la 
bondad de una obra científica. 

Era, pues, necesario además una palabra científica que vi- 
niese á ilustrar la cuestión, y que tuviese más autoridad que 
la opinión de los ingenieros del interesado, únioa que había 
sido consultada en el acuerdo de ministros. Así, el contrato 
aprobado el 9 de abril de este año, fué sometido al examen 
del señor Almirante Davis el 10 de mayo siguiente, ó sea un 
mes después de la época en que el gobierno se consideraba 
obligado por tal contrato. 

El P. E. al enumerarlos títulos de competencia en la ma- 
teria que roune el señor Almirante americano, menciona los 
obras de importancia de este género practicadas en los Es- 
tados Unidos en que á él le h» tocado concurrir. Pero si 
no mo equívoco el señor Almirante Davis no ha sído el 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 365 

ejecutor de tales obras, porqae no es no iiigeníero hidráu- 
lico, aino uu iogeniero hidrógrafo lo que es más, pero no es 
lo mismo para el caso. Por consecuencia su informe facul- 
tativo no podía ser sino parcial; era la opinión del sabio, 
pero no la del hombre especial eu la especialidad de que se 
trataba. El mismo lo declara en el informe remitido por el 
Gobierno cuando dice : « Daré mi opinión- relativamente á 
« ciertos trabajos hidrográficos proyectados en las cercanías 
" de Buenos Aires en cuanto pudiese contribuir con mi ex- 
• pertencia coma-hidróffrnfo. » (Mctisoje cit, páj. 4.) T no sólo 
declara con franqueza que va á informar simplemente con 
su experiencia de hidrógrafo, sino que agrega con recomenda- 
ble modestia ■> que le es sensible no tener ni tiempo ni opor- 
" tunidad para hacer observaciones independientes y origina- 
" leSjteniendoquelimitarseácumplir simplemente el pedido." 
(Menaiyc, id.) 

En efecto, el señor Almirante en la primera parte de sa 
informe, que más bien que científico es histórico y adminis- 
trativo, se limita átranscribir lo que dice MacCulloch en su 
Diccionario do Comercio, que todos conocemos, para demos- 
trar la utilidad y conveniencia de los docks, que nadie puede 
poner en duda. En la segunda parte de su informe recién 
pisa el terreno facultativo; pero con la buena fe de un leal 
marino, al mismo tiempo se encarga de decimos que su tra- 
bajo se ha limitado á oir las explicaciones que sobre ñXplan 
general le ha hecho el señor Madero, interesado en la obra; — 
al simple examen de la sonda en los mapas qne encontró en 
el Departamento Topográfico de Bao nos Aires, — y al mero 
examen de los papeles escritos, sin presencia de la cartera de 
los ingenieros, ni de los planos de estudios ; papeles que mal 
pndo comprender desde qne él mismo dice que no reproduce 
" palabras del informe (de Bell y Miller) porque solo lo tiene 
« en español. » 

Sin embargo, do tan pobres datos, y no obstante no ser una 
especialidad en la materia, el señor Almirante como hombre 
de ciencia no podía dejar de abrazar el problema á resolver 
tanto en su conjunto como en sus detalles, ni podía dejar de 
tomar en cuenta las fuerzas naturales á que los trabajos de la 
ciencia se subordinan en obras do oste género. Así, tratán- 
dose de un río como el de la Plata, en que las fuerzas natura- 
les intervienen de una manera tan poderosa, y en que los fe- 



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366 ARENGAS 

nómenos do los vientos, las corrientes, las mareas y ol traba- 
jo de las olas no han dicho su última palabra, no ha podido 
menos de dar uu informe contrario á la idea de lanzarse ú 
construcciones teóricamente proyectadas, antes de ejecutar 
detenidos y formales estudios p repara toiños. 

Como el informe dol Almirante no ha aÍdo leído entre los 
documentos anexos al contrato en discusión, voy á permitir- 
me leer tres ó cuatro párrafos de él, para que so vea onan 
exacto es lo que digo. 

Dice el señor Almirante: " Con el objeto de proceder con 
perfecta seguridad en la ejecución do su proyecto, ellos í'A/í- 
b}a (klos ingenieros del ¡nteresaihj sin duda se forfcileccrán en 
un conocimiento eompkio de /oclas las fuerzas naturales que aho- 
ra se emplean para conservar abierto uii canal. — No es sufi- 
ciente para ello saber el hecho de la existencia de est-e canal 
fstts observar iones anteriores se refieren oí Canal de las Catalinas) 
sino que ea conveniente conocer las camas de su existencia. 
Este conocimiento sólo se adquiere por un completo rceonoci- 
niienlo físico de esta parte del estuario; y esto sólo servirá de 
suficiente guía para la conservación y adelanto de cualquiera 
de sus canales > CMenstye eit., páj. 6.) 

T como si no fuera bastante una vez, lo repite el Almirante 
por segunda vez en otra forma, y así agrega en su infonne : 
« No necesitaría decir que este estudio de las mareas y del 
influjo de las mareas sobre las conñentes, debe liacerse eon la 
mayor paciencia, bajo todos ¡os cambios de tientos y presiones haro- 
mélrieas; como también de las corrientes del rio y de las fuer- 
zas puestas en juego por la acción de los vientos solamente. 
El resultado de estas fuerzas se aprecia por medio de tablas y 
se demuestra por ilustraciones gráficas. Estos estudios pue- 
den completarse satisfactoriamente por un examen microscó- 
pico del suelo de la parte alta del estuario y de las bocas de 
los ríos.» {Mensaje !rf.,.páj. 7.) 

Pero por si acaso no bastaba decirlo dos veces, el Almiran- 
te repite lo mismo por tercera vez recalcando sobre la idea 
fundamental. Continuó leyendo su informe : ' El principio 
fundamentad que tiene la primacia en todos los planos de mearas, 
como el que aJtora tomamos en consideración, consiste en darle d 
mejor giro posible al estado actual de las cosas; luiciendo qite él ayude 
á la naturaleza, y empleando esas leyes de la naturaleza derivadas 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 367 

dsl estudio y observaciones, sea para restringir ó para desarrollar 
sus propias operacioDGS. « f Mensaje id., páj. 7.) 

El señor Almirante recalca por cuarta vez sobre el mismo 
tópico y aprovecha esta ocasiÓH para decir que no ha visto los 
planos do estudios, ní tiene idea de ellos, ni de lo que hayan 
hecho los ingenieros. Merece oirse con atención la parte 
del informe en que se dice así: «El principio fundamental que 
he citado es completamente reconocido por los ingenieros bri- 
tánicos en todo su informe, y particularmente bajo el título de 
CONSIDERACIONES GENERALES. Pero no Jic tenido elguslo de ver 
el libro de notas de ellas, ó del resuitado de las inspecciones, y no sé 
hasta donde hallan ido. » 

Por quinta vez insiste el Almirante sobre lo mismo, ce- 
rrando la parte facultativa de su informe con estas termi- 
nantes palabras: » Cualquiera discusión sobre este punto 
aunque ligera, sería imperfecta, sin reconocer el principio: 
que la base, y la sola base verdadera de obras de ingeniería en 
ríos y puertos de marea, es el conocimiento minuciiso y com- 
prensivo de todas las fuerzas naiurales, y sus resultados, cuales- 
quiera que ellos sean. (Mensaje id., páj. 7.) 

Por sexta vez ha insistido todavía el Almirante sobre esta 
idea en un segundo informe de fecha 17 de junio escrito des- 
de Montevideo cnaudo ya el contrato habia sido sometido al 
Congreso, temiendo sin duda no haber sido bien comprendi- 
do en 8u primer informe, visto el giro singular que se daba al 
asunto. 

Por consecuencia, si hay aquí un testimonio autorizado que 
deponga contra la falta de previos estudios facultativos y de- 
clare que esos estudios son absolutamente indispensables, ese 
testimonio es el informe del Almirante Davis. Liéjos de apo- 
yar la realización del proyecto como el Ejecutivo parece 
creerlo, es un documento contraproducente, no siendo ni si- 
quiera un estudio parcial de las obras que se trata realizar : ni 
siquiera una opinión acei-ca de los planos. Y téngase presen- 
te que el Almirante so expresaba así, k pesar de haber sida 
tardiamente consultado, cuando ya el gobierno había declara- 
do ex-catliedra buenos los planos y había hecho del contrato 
una cuestión de Estado, no teniendo por consecuencia el in- 
formante la suficiente libertad para improbar abiertamente el 
proceder irregular y poco meditado de un gobierno amigo, que 
buscaba su coop?ración para subsanar el error. Sin embar- 



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go Je esto, su modo de ver y de sentir como hombre de cien- 
cia y como hombre do conciencia, no ha podido ser más es- 
pHcito. 

Espero que no volverá á invocarse j'a el informe del Almi- 
rante como una pieza justificativa del contrato, porque en rea- 
lidad es una sentencia condenatoria, ea los términos mesura- 
dos é indirectos en que leerá permitido hacerlo. 

Veamos ahora si los ingenieros del Ínt-eresado, ó el ingenie- 
ro ( porque el P. E. en su Mensaje sólo habla de un ingenie- 
ro con quieu se haya entendido ), veamos si han llenado una 
parte del programa de observaciones previas indicadas por el 
Almirante como indispensables, y veamos también hast-a don- 
de alcanzaba la ciencia y hasta donde han podido alcanzar los 
trabajos de esos ingenieros. 

Yo sostengo que los conocimientos de ese ingeniero, 6 de 
esos ingenieros, sobre los arduos problemas que hay que resol- 
ver para proceder con acierto, no van mas allá de los adqui- 
ridos por ol teniente Hidney, que levantó su excelente carta 
hidrográfica del Río de la Plata en 1S55 y 1856, y cuya car- 
tera de estudios me comunicó él mismo en aquella época. So- 
bre el plano del puerto de Buenos Aires levantado por Sid- 
noy y corregido por el Almirantazgo Inglés en 1860, traza- 
ron los ingenieros Bell y Miller el proyecto de obras hidráuli- 
cas de que nos estamos ocupando. Sin que pretenda poner 
en duda su saber y su competencia, puedo decir que este es 
todo el caudal de ciencia teórica y práctica, que sobre la ma- 
teria trajeron de Inglatei-ra. Ese caudal no han podido au- 
mentarlo aquí en tres meses escasos que han permanecido 
rectificando medidas, levantando planos, redactando informes 
y haciendo una que otra observación parcial sobre el fondo 
del río que debía servir de base á las construcciones y sobre 
la fuerza de percusión de las aguas para graduar la resisten- 
cia de los materiales : y lo mismo diria si en lugar de tres, 
hubiesen permanecido aquí seis meses. Los datos más im- 
portantes respecto de la ley que gobierna las fuerzas natura- 
les, la acción alternada de las corrientes con las mareas, la 
influencia predominante de los vientos bajo diversas condi- 
ciones, el movimiento do las arenas, las causas que forman 
los canales y mantienen la profundidad do las aguas hondas 
en nuestro puerto, y otra porción de conocimientos de este gé- 
nero; no han podido adquirirlos en tan corto espacio de tiempo, 



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DE BARTOLOMÉ MITKE 360 

y el mismo informe de los ingeniero» quo ha sido publicado, 
así lo indica, pues en ninguna pajina de él se refieren á traba- 
jos ori^nales, que hayan ejecutado. Puede por lo tanto ase- 
gurarse que el cuaderno de notas ó sea la cartera de los inge- 
ntoroe, que el Almirante echaba de menos, y que dice no ha- 
ber visto, no comprende ninguno de los estudios previos que 
él consideraba indispensables, y que realmente lo son. Aún 
los mismos cortes y perfiles do la parte sólida del lecho del rio 
á que se refiere el Mensaje del P. E., tengo para mi que no 
son sino la representación gráfica de la sonda marcada en las 
cartas de navegación, desde la que levantó el geógrafo espa- 
ñol Oyarvide en el siglo pasado, hasta la que últimamente ha 
formado el Almirantazgo Inglés, y por lo tanto, no es un tra- 
bajo original producto de observaciones directas. 

Además, estos conocimientos que no son precisamente del 
resorte de los ingenieros hidránhcos, y corresponden más bien 
al hidrógrafo, al marino, requieren á más do mucho tiempo y 
contracción incesante, elementos de que esos ingenieros no 
han podido disponer. El Almirante en su segundo informe, 
para el sólo efecto de observar la fuerza de las corrientes y 
las olas, propone ceintc y seis estaciones por lo menos dentro de 
un semi-circulo dediczmiUas de radio. Un marino como Sidney 
ó como Mouchez necesitaría un año para ejecutar estas ob- 
servaciones y pasa estudiar las variaciones periódicas, que 
modifican las fuerzas naturales y obran de una manera más 
6 menos permanepte. 

Por consiguiente, carecemos hasta de los datos mas estric- 
tamente necesarios, para formar un juicio aproximativo sobre 
la bondad de las obras proyectadas: sin estos datos no puede 
un cuerpo lejislativo formar su ciencia y conciencia, ni está 
habilitado para dar su voto con alguna probabilidad de acier- 
to. No hablo aquí de la ciencia trascendental, ni de la inte- 
ligencia perfecta de todos tos detalles científicos que tales 
obras comprenden ; me refiero á aquél grado de certidumbre 
racional que so forma en vista de demostraciones claras que 
se llama la ciencia y la conciencia de cada hombre, y que en 
este caso nos daria la seguridad, de que al votar este proyec- 
to votamos real y positivamente un puerto, exento de los gra- 
ves inconvenientes que tales obras mal estudiadas pueden 
producir, 

No se si la Comisión de Hacienda al encarar la cuestión ba- 



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i 



jo este punto, hu tenido á su vista los planos de la obra á que 
me he referido. Si no lo ha hecho, ha debido hacerlo. 
El señor Frias. — Sí, los ha tenido á la vista. 

El señor Mitre. — No basta haberlos visto si no los ha estu- 
diado para podemos ilustrar convenientemente acerca de 
ellos. 8i la comisión no poseía la ciencia sufíciente para 
hacerlo por sí, ha debido proceder como las comisiones del 
Parlamento Inglés en Ijis arduas cuestiones cuyo estudio se 
les encomienda, llamando en su auxilio la ciencia y la expe- 
neneia de lo3 hombres mas competentes en la materia. Así 
hubiera formado ella su ciencia y su conciencia compulsando 
los datos que recogiese, habilitándose para trasmitirnos á su 
vez, la certidumbre moral al menos, de que íbamos á votar sa- 
biendo lo que hacíamos. Pero en el di.scurso del señor miembro 
informante de la Comisión de Hacienda, que he escuchado con 
mucha atención, y en el cual ha tenido ocasión de mostrar sus 
conocimientos en materia de derecho federal, no he oído una 
sola palabra que á punto tan capital se refiera. A este respec- 
to la comisión nos ha dejado áoscuras, y si cada uno no tie- 
ne en si mismo la luz que ha de guiarle en estas tinieblas, co- 
ire riesgo de e.straviarse. Cada uno votará, pues, según me- 
jor lo entienda ; pero de cierto que al hacerlo afirmativamente, 
nadie con la mano puesta sobre la conciencia, podrá aseverar 
que estas obras hidráulicas tal como se proyectan, nos van á 
dar el puerto que anhelamos. 

Pero se dice : la garantía del acierto está en el interés mis- 
mo del empresario y de los ingenieros empleados por él, por 
cuanto no pueden tener ningún inter(;s en engañar á los de- 
más ; pero no es, ni debe ser este el punto de vista del gober- 
nante y del lejislador. Debemos ponernos en el caso d« que 
ellos puedan engañarse inocentemente á si mismos ; debemos 
preveer que su error no sólo será pagado en parte por ellos, 
sino que pueden pagarlo también las generaciones presentes 
y futuras, á cuyo interés damos por única garantía el crite- 
rio económico y científico de una empresa particular ; y no 
podemos admitir por un momento echar sobre la cabeza de 
la comunidad los errores de uno sólo. 

En naciones miís adelantadas que la nuestra, donde el te- 
rreno estaba mejor preparado, y el interés individual era una 
garantía mayor de acierto; en los diques de Londres, por 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 



371 



ejemplo, se han cometido grandes errores, no precisamente en 
la parte faoultattva que fué mejor estudiada que entre nos- 
otros, sino errores de cálculo. Estos errores qne han limitado 
las ganancias de Ihs compañías los ha pagado directamente la 
Nación, y los habría pagado más caro aúu sino hubiese sabido 
defenderse valerosamente coutra el interés particular que pre- 
tendía hacer i-esponsable al pueblo de su improvisión. 

Las tres ó cuatro compañías primitivas tuvieron épocas en 
que se encontraron en verdadera crisis á consecuencia del 
alto precio á que habían pagado los terrenos, y en que la ta- 
sa de las tarifas no bastaba á cubrir el interés y los dividendos 
de los capitales empleados. Las compañías solicitaron el alza 
de sus tarifas, que eran de las más elevadas. 

El Parlamento parecía dispuesto á . coder bajo la presión 
del interés de las compañías, que como todas las grandes em- 
presas en Inglaterra gravitan en la Cámara con todo el peso 
del capital. Entonces fué que el pueblo inglés reaccionando 
vigorosamente contra !a tendencia egoísta de las compañías, 
empreudieron en defensa propia una verdadera campaña de 
la opinión, semejante á la memorable campaña que más tarde 
emprendió la liga de la hbertad comercial con Cobden á la 
cabeza. Merced á esta actitud decidida y á la enei^ía inven- 
cible de la opinión publica, el parlamento no cedió á la pre- 
sión, las tarifas no fueron alteradas, y han continuado hasta 
la fecha, dando lugar ¿ que se creasen nuevas compañías que 
manteniendo el nivel de 1799 conservasen al puerto de Lon- 
dres las ventajas comerciales que había conquistado. 

^Qué sucedería, señores, entre nosotros, donde los intereses 
generales no tienen todavía de sn lado aquella robusta opinión 
pública que salvó á Londres del egoísmo de las compañíasT 
i Qué sucedería, si más tarde la futura compañía anónima que 
86 forme, se presentase cobrándonos el precio de los errores 
del concesionario actual y de sus ingenieros, haciéndonos res- 
ponsables del error por cuanto no habíamos sabido preveerlo, 
puesto que nos habíamos librado ciegamente al interés indi- 
vidualí En presencia de la compañía expuesta á perecer por 
un error, es más quo probable que el pueblo sería quién lo pa- 
gase, desde que el a.íiunto se hubiese votado sin consultar la 
verdadera garantía de los intereses comunes. 

Pero, como dije al empezar, me había propuesto por ahora 
contraerme á tratar la faz extema de la cuestión, consideran- 



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372 ABENaAS 

<lo]a unieiiinente trn sus pelacioiiea con los puntos aJminiatra- 
tivos, económicos y facultativos que con este plan do mi ré- 
plica tienen íntima conexión. 

Voy, pues, á ocuparme de la. líltima parte de! discurso del 
seiior miembro informante de la Comisión de Hacienda, & que 
me referí antes, y sobre la cual vuelvo á insistir (aunqoe do 
paso), por sor el punto más visible y tangible en la cuestión 
que se debato. 

Me refiero al hecho de que la Comisión de Hacienda hallán- 
dose en presencia de dos propuestas para realizar una misma 
obra, una de his cuales es más cara y la otra más barata, nada 
tiene que decirnos acerca de su mérito comparativo con rela- 
ción á la hacienda publica y á los intereses del pueblo que es- 
tá encargado de vigilar, y se contenta con escapar por latan- 
gente enunciando una generalidad qne aún siendo incuestio- 
nable no prueba la excelencia del proyecto que ha tomado 
bajo sus auspicios. 

La Provincia de Buenos Aires se presenta ofreciendo hacer 
por menor precio y con mayores ventajas para el público, lo 
que un particular promete hacer por un precio mayor y con 
menos ventajas y garantías para la Nación. Con esta sim- 
ple enunciación del hecho, está planteada la cuestión finan- 
ciera, la cuestión legal y la cuestión de conveniencia, i Qné 
nos dice mientras tanto la Comisión de Hacienda! Objeta la 
forma de la propuesta más ventajosa para no tomarla en con- 
sideración. Desciende á escudriñar las intenciones del propo- 
nent« para desautorizarla, diciendo que sólo pretende estor- 
bar la obra de la empresa particular. Le arma un pleito de 
detalle para no pronunciarse sobre el asunto principal. El 
resultado es que la empresa particular queda triunfante, con 
sólo esquivar el combate, y de aquí se deduce su mejor dere- 
cho á ser preferida en la ejecución de las obras del puerto. 

Más adelante demostraré bástala evidencia, con documen- 
tos históricos iiTecusables, que es la empi-esa particidar y no 
la Provincia de Buenos Aires la que se ha propuesto hacer - 
competencia á una empresa que hace más de medio siglo que 
ella inició y en la que no ba dejado de perseverar, y á la que 
tiene un derecho de prioridad y do propiedad adquirido de 
que no puedo ser desjtojada sin injusticia. Por el momento 
continúo haciendo la enumeración de las omisiones más nota- 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 373 

blee del informe de Ift Comisión de Hflcieiidn, quo no son 
pocas. 

Desdo luego, la masa de cuestiones cipitales á que este 
asunto se liga y que por su naturaleza son del dominio espe- 
cial de la Comisión de Hacienda, no sólo no han sido exami- 
nadas por ella, sino que parecía ignorar su existencia. 

^o ha sido examinada en primer higav la cuestión de ha- 
cienda con relación á la renta pública : ni un cálculo, ni un 
número siquiera nos ha suministrado el señor miembro infor- 
mante sobre el particular. 

No ha sido examinada la cuestión do la propiedad de los 
terrenos sobre los cuales se van á fundar las obras proj-ecta- 
das, lo cuales lo mismo que edificar sin cimientos. De esto 
hablaremos á su tiempo, y provoco desde ahora á que me con- 
tradigan respecto del derecho do la Provincia de Buenos Ai- 
res á sus terrenos. 

Tampoco ha sido examinada la cuestión do preferencia en- 
tre un individuo particular que ni como empresario se presen- 
ta, sino como simple concesionario, y un poder público como 
es la Provincia de Buenos Aires que se presenta á ejecutar 
la obra con sus propios recursos sin enagenar su derecho en 
favor de un tercero desconocido. 

Ko se ha examinado la cuestión de expropiación, y apenas 
ha sido ligeramente enunciada por incidente, y esto sin tomar 
en caenta la cuestión judicial á que el asunto naturalmente 
se liga. 

No ha sido examinada la cuestión déla propiedad déla 
coDcesiÓQ que en la forma en que es hecha por el contrato, 
constituyo un monopolio oneroso. 

Por último, no ha sido examinada la cuestión relativa á la 
facultad constitucional de la Provincia para emprender den- 
tro de los límites do su territorio y de su derecho obras de la 
naturaleza de la que se trata, desde que las emprenda con sus 
propios recursos, sin perjuicio del derecho de tercero y sin 
menoscabo de las prerogativas del poder supremo de la 
Nación, 

Me detengo on poco sobre este tópico, sin salir del circulo 
que por ahora me he trazado : voy siempre considerando las 
cuestiones por la superficie, reservándome penetrar más tarde 
al fondo de ellas. 



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374 ARENGAS 

Si la Provincia tiene la facultad de realizar por sí esas 

obras en ias eoocliciones indicadas, no puede negársele. 
Si no la tiene, debe negársele exponiendo los fundamentos 

de la negativa desde que viene buscando el consentimiento 

del Congreso. 
Si hay envuelta en este asunto una cuestión de supremacía 

ó de conveniencia común, como parece indicarse, resuélvase 

á la luz de los principios. 
¿Quién puede poner en duda que la Nación es realmente 

soberana dentro de la Constitución cuando estatuye sobre 

las materias de comercio que son de su competencia! 
Nada de nuevo nos dice con esto la Comisión de Hacienda, 

y después de sentar la proposición y ser aceptada por todos, 

la cuestión queda en el mismo estado sin adelantar un sólo 

paso. Vayamos pues un poco más adelante. 

Cuando el Congreso lejisla en materias de comercio, dicta 
lo que se llama la ley suprema del caso, en cuanto se limita á 
arreglar el comercio de la nación con las naciones extrange- 
ras y de las Provincias entre sí. Estos son los límites de sn 
competencia. 

Pero i qué se entiende por reglar el comercio, constitucio- 
nalmonte hablandoí Es simplemente, como lo han de6nido 
todos los tratadistas, dictar la ley que ba de gobernar al co- 
mercio en general, ó en otras palabras, determinar la regla 
por la cual se ban de regir las transacciones comerciales de 
la comunidad política. Aquí viene la cuestión del caso. 
Un Estado ó Provincia que en su capacidad de tal y en la es- 
fera de su derecho y dentro de sus límites dicta una disposi- 
ción que no viola la ley general del comercio ¿puede ó no 
puede ejecutarla? ¿debe negársele ó concedérsele el permiso 
para llevarla á cabo si en la duda lo aohcitaf Si laley parti- 
cular no desconoce la ley suprema, ni se pone en conflicto con 
ella ¿en nombre deque ley suprema se le prohibe ejecutar 
esa acción que no daña, y que no se ha inhibido de ejercitar) 
Pero si pudiese caber alguna duda respecto del ejercicio de 
atribuciones que más ó menos directamente afectan la regla 
general del comercio, no la hay ni puede haberla respecto de 
las mejoras internas, ejecutadas dentro del propio territorio y 
en los límites de su jurisdicción saberana. {Y al usar de la 
palabra jurisdicción, que me parece no ba sido correctamente 
empleada por el miembro informante, me re&ero á otra faz de 



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DE BARTOLOMÉ MITHE 



375 



la cuestión que hemos de tratar en el curso de esto 
debate). 

Decia, pues, que obras de este género, realizadas bajo tales 
condiciones, que no violen la regla general, ni perjudiquen 
siquiera á las conveniencias del comercio de la comunidad, es 
una facultad exclusiva de las provincias en unos casos y con- 
currente en otros, según puedan ó no ponerse en conflicto con 
la ley suprema. 

Si, pues, la Nación y la Provincia son poderes concuir;ntes 
para realizar obras de la naturaleza de que se trata sobre todo 
desde que el Congreso no ha lejislado sobre ellas ; si la Cons- 
titución las autoriza en las facultades que expresamente reco- 
noce á laíi Provincias; si la ley provincial no viola ninguna 
ley nacional, ni se ve la posibilidad ds que se ponga en con- 
flicto con una ley futura, entonces el derecho de la Provincia 
para realizar tales obras es incuestionable, y no puede negár- 
sele el permiso que solicita, ni mucho menos su ofrecimiento 
puede ser pospuesto dando la preferencia á una empresa par- 
ticular. 

Si se tratase de preferir á la Nación, aún cuando la Pro- 
vincia hubiese de declinar de su derecho, esto tendría expli- 
cación patriótica ; pero en la forma en que so hace la preferen- 
cia y se pretende hacer el rechazo, no le encuentro ninguna 
explicación racional. 

Me detengo dejando sentadas estas conclusiones. He dicho 
por ahora lo que tenia que exponer considerando la cuestión 
por su faz externa, y al relacionarla con la administración y 
la parte facultativa he penetrado al terreno del derecho cons- 
titucional. E)n este terreno me establezco y espero oí ata- 
que, f Aplausos. J 

]il señor Ministro ikl Interior. ■^'Eso no es sino buscar causa 
á la causa, quizá por no tener otra cosa que decir contra el 
proyecto. 

El scüor Mitre. — Ya lo veremos cuando la discusión se 
traslade al terreno del derecho y de la ciencia económica. 
(Á^^avsos.J 



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DISCURSO SEGUNDO 



SESIÚlf DEL 11 DE BETIBUBRE D 



6ÜMAHIO— Paz elemental DB la (.■i.'Ehtióíj— Antecedentes nacionaliB- 
tm — Unidad del oomernio — Ija guerra comercial — Derecho aub«ii1iaiia 
federal— ],oB ríos considerHiton como caminos públicos— Lea Hobeni- 
nius provinciales con relauíón & la propiedad del suelo — El dciminie 
eiuínente — Límites ten'itoriales de los Estados — Idean de la iinidid 



el derecho en concuiTente — Ejemplos y decieioneR judiciales sobre el 
particular— Antecedentes acerca del espíritu de las interpretaciones 
constitucionales sobre lo mismo — Derecho y facultades respectivas en 
los limites de ¡a Constitución. 



EJ señor Mitre. — Tendría algo que contestar al discurso 
que ucaba de proaunoiar el se&or Ministro ; pero siendo prohi- 
bido hablar más de una vez en la discusión eu general, pido 
á la Cámara me permita hacerlo. 

El señor Ormo. — Puede declararse libre la discusión. 

El señor Presidente. — La moción es tendent-e á que se ha- 
ga libre la discusión. 

Varios Scna<¡ores. — No hay oposición. 

El señor Presidente. — Se declara libre la discusión. 

El señor Mitre. — Señor Presidente : entre el espfrítu del 
discurso que acaba de pronunciar el señor Ministro y el que 
á mí me anima, hay varios puntos de contacto quo me es 
grato señalar. Uno y otro hemos profesado siempre la reli- 
gión de la patria común, y la hemos confesado en los días de 
i n certidumbre y de prueba, fíuiados por las luces internas 
de nuestra conciencia, no nos ha ofuscado ni el torbellino de 
las pasiones, ni el polvo dol combate que impedía á los her- 
manos reconocerse entre sí. Y cuanto más ardiente ha sido 
la lucha, más alto hemos levantado la bandera nacional, como 
un punto de reunión para lo futuro. Á su sombra me ha to- 
cado la fortuna de hacer prevalecer los grandes principios de 
unión y de libertad bajo cuyos auspicios se ha asentado dofi- 



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DE BAaTOW)MÉ MITRE 377 

sitivameDte ta nacionalidad argentina. Por lo demás mis 
ideas nacionalistas son conocidas hace más de veinte años en 
la prensa, en la tribuna, en los combates y en el gobierno. 

Becordaré únicamente, como un hecho que establece la 
filiación de esas ideas, la protesta que hice en el seno de la 
Constituyente de Buenos Aires cuando la Provineia se adju- 
dicaba límiteB exajerados, que jo consideraba como un obs- 
táculo para la unión futura en la cual tenía completa fe. 
El ilustre General Paz poco antes do morir so levantó del 
lecho en que estaba postrado para venir á hacer acto de ad- 
hesión púbUca á los principios nacionalistas sostenidos por 
mí como argentino en aquella ocasión. 

Posteriormente, sea como gobernador de Buenos Aires, 
sea como general de los ejércitos vencedores, 6 como Pre- 
sidente de la República, creo haber dado pruebas de mi 
inviolable fidelidad á esa bandera ¿ que el señor ministro 
ha aludido, y que ha enarbolado para cubrirse con sus plie- 
gues. Argentino antes de todo, be arrostrado más bien al- 
gunas veces la oposición de mis propios con-provincianos 
antoB de dejarme arrebatar por el soplo de la popularidad 
pasagera, y nunca menos que en esta ocasión haría el aban- 
dono de ideas que haa sido la pasión de toda mi vida. 

Tócame hoy como Senador de Buenos Aires la felicidad de 
sostener á la vez que mis ideas nacionalistas, los derechos y 
las prerogativas de la Provincia de mi nacimiento, armonizan- 
do sus intereses presentes y futuros con los intereses perpe- 
tuos de la Nación en el terreno de la Constitución, siendo 
siempre fiel i. mis comitentes y á mi bandera. 

Esta rápida enumeración de mis antecedentes nacionalis- 
tas, quo me ha sido sugerida por las alusiones del señor Mi- 
nistro, tendría su oportunidad en este caso, aún sin haber 
sido provocada, por cuanto la parte de la cuestión que va- 
mos á tratar ahora, es eminentemente nacional, y exijomucha 
claridad de vistas y mucha firmeza de principios para no 
comprometer las altas prerogativas de la Nación, ni sacrificar 
los derechos de las Provincias. Me refiero á la reglamenta- 
ción y á la unidad del comercio nacional. 

En la República Ai^entina, señores, ha sucedido algo peor 
y más triste quo lo sucedido en Norte América durante la 
Confederación, en la época en que los Estados retuWeron la 
facultad de reglar el comercio con independencia unos de 



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378 - ABEN'GAS 

otros. Ellos ae mostraron incapaces de ejercitar con acierto 
tan alta prerogativa, y comprometieron con sus errores la 
prosperidad de la República. Nosotros mientras laa Provin- 
cias retuvieron de hecho esn facultad, nos mostramos ind^ 
nos de ejercerla, y nos deshonramos y empobrecimos, crean- 
do el antagonismo más espantoso y cegando las fuentes de 
la riqueza común. 

Nosotros teníamos la guerra económica á la vez que la 
guerra civil. Gn vez de cultivar la tierra, la sembribamos 
de cadáveres y la regábamos con sangre de hermanos. De 
este vasto territorio destinado por la Providencia á albergar 
un pueblo rico y feliz, habíamos hecho un campo de batalla, 
en que nos empobrecíamos al mismo tiempo que nos matába- 
mos. Teníamos las Aduanas interiores, en cada Provincia, 
en cada camino, en cada rio, barreras del libre cambio qne 
ni siquiera eran gobernadas por la ley mala ó buena de una 
localidad, y que no tenían más tarifa que la voluntad capri- 
chosa de los mandones irresponsables. Teníamos derechos 
de tránsito que recargaban los productos con impuestos cua- 
tro veces superiores a! valor de ellos. Y para que nada falta- 
se á tan monstruoso estado de cosas que parecía calculado 
para agotar el principio fecundante del comerció, teníamos 
hasta los derechos que se pagaban por uso del territorio, bajo 
la denominación ¿e (la-txko de piso : los bueyes de las carpetas, 
las muías de carga, los troperos y los arrieros, eran materia 
imponible por el sólo hecho de asentar su planta en el suelo 
de la patria común ! 

Así, cuando la Constitución vino á poner un término y un re- 
medio atan horrible situación, estableciendo la unidad del co- 
mercio nacional, que es la fraternidad de los intereses y la co- 
munidad de tos dones gratuitos del Creador, fué una bendición 
para nuestro pueblo, y nos salvamos de la miseria, y ¡ ay! de 
nosotros el día en que esa unidad se i-ompa! 

Así, pues, profesando estas ideas que hace veinte años que 
vengo sosteniendo, puedo decir que al defender los derechos 
y prerogativae constitucionales de la provincia que represen- 
to, soy consecuente con ellas, porque partiendo de . una base 
dada, ligo la doctrina á )a tradición democrática y busco la 
armonía perfecta de los intereses económicos de la Provin- 
cia y de la Nación. Más adelante he de formular mis ideas 
sobre este punto, y veremos si el señor Ministro acepta en be- 



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DE BABTOU>MÉ UITBE 379 

nefioio de la Kaeión lo que por este proyecto se hace eu 
obsequio de un particular. 

Mientras tanto, tratándose de una alta prerogativa nacional, 
i cuál es la regla que ha de gobernar al comercio í i á qué 
fuente del derecho federal acudiremos para ilustrarnoat Si 
acudimos á nuestros antecedentes históricos { puesto que ni 
legislativos, ni judiciales los tenemos todavía de modo que 
hagan jurisprudencia), no encontramos sino aqnél cáoB co- 
mercial de que hablé antes, y de que nos sacó la Constitución. 
Si acudiésemos al Zolvereiu alemán nos encontraríamos con 
una simple liga aduanera de entidades independientes, uni- 
das por un simple vinculo económico. Tenemos, pues, que 
buscar una verdadera nación, federal que nos suministre 
antecedentes sobre el particular. Tenemos que acudir é> 
los Estados Unidos, tenemos que compulsar sus estatutos, 
citar las decisiones de sus ti'ibunales que han formado ju- 
risprudencia y apoyamos en ellas : esto es lo que el se- 
ñor Ministro ha llamado la chicana de las sentencias de la 
Corte Suprema de los Estados Unidos. No quiero llamar 
chicana á las reminiscencias del derecho romano que él nos 
ha traído 

Señor Ministro del Interior. — Las sentencias no son chi- 
can as. 

Señor Mitre. — Las chicanaa son loe malos pleitos. Aquí no 
estamos pleiteando, sino sosteniendo principios y buscando 
la fuente de que fluye la-doctrina del derecho. Continúo. 

Siendo idéntica la forma de gobierno, idéntica casi la Cons- 
titación, teniendo más tiempo de práctica en los Estados 
Unidos, habiéndose creado allí una jurisprudencia constitu- 
cional, y que es abundantísima respecto de la materia que nos 
ocupa, siendo por otra parte una materia nueva y difícil 
entre nosotros que no ha habido ocasión de ilustrar, te- 
nemos necesariamente que acudir á aquella fuente. La ju- 
risprudencia constitucional de los Estados Unidos sin ser un 
derecho obligatorio, como no lo es para nosotros la antigua 
lejislación española, como no lo es el Código de las Parti- 
das que nunca estuvo en vigencia, forma lo que llaman 
los jurisconsultos una especie de derecho subsidiario, que 
tiene la fuerza de la doctrina, y sirve para ilustrar la ones- 
tión como la verdadera razón del derecho escrito. Nuestro 



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<1B0 ARENOAS 

derecho escrito es la Constitución, y nuestro derecho sub- 
sidiario, donde tenemos que ir á buscar la verdadera doc- 
trina, es la jurisprudencia de la Constitución que toma- 
mos por modelo, y esto no es ir r buscar chicanas cono 
se dice. 

Cuando el señor Ministro nos cita á Ulpiauo, delante del 
cual los íurisoonsultos modernos se inclinan todavía, no hac9 
una cita de derecho, sino una mera cita literaria. 

El señor Ministro con su vasta instrucción sobre la materia, 
pudo tomar esa cita como un epígrafe, como un texto para 
desenvolver sobre esa base los principios del derecho que 
con tal premisa se relacionan ; pero decir que el derecho ro- 
mano reaccionó contra el principio que hoy reconocen los Els- 
tados Unidos, decir que los nos son caminos de Dios, que 
según Ulpiano no es como se cree la tierra lo principal y 
el agua lo accesorio, es sentar una generalidad que prueba 
tanto que no prueba absolutamente nada por sí misma. Es 
necesario para que tenga algún valor que desoeodamos á la 
aplicación de este principio, tomándolo como punto de par- 
tida, como programa de una serie do aplicaciones, i Qué nos 
ha querido decir el señor Ministro con tan vaga generalidad T 

Señor Ministro del Interior. — Que no se puede separar el sue- 
lo del agua. 

Señor Mitre. — Esa es la fórmula material de la idea. Ven- 
gamos á sue aplicaciones en cuanto al derecho. Está bieo: 
no se puede separar el suelo del agua, los rios son caminos 
públicos, y si el rio abandona una parte del terreno que ocu- 
pa, la tierra se gana para el público. 

Señor Ministro del Interior. — No digo eso : digo que si el rio 
ocupa un lugar privado viene á ser de uso público, porque 
dice la ley romana que el lecho de un rio será público. 

Señor Mitre. — Me escusará el señor Ministro ; pero es lamis- 
ma cuestióu puesta al revés. 

La ley de partida que es una emergencia del derecho ro- 
mano, ha establecido también lo que en derecho se llama la 
accesión y la reversión de la propiedad, es decir, que todo 
aquello que el agua abandona es del propietario de la tierra, 
así como todo aquello que el agua invada es perdido para el 
propietario de ella; y si el propietario lo es á la vez del agua 



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DE BARTOLOMÉ MimC 



381 



7 de la tierra, nadio pierdo ni gana, teniendo siempre el pii- 
blico un derecho preferente. Esta es la aplicación práctica 
del principio general establecido por el jurisconsulto romano. 

Cuando se trata de nna nación federa!, en que hay más de 
un público y la soberanía está dividida y subdividida, caso no 
previsto por la ley romana, la cuestión es más compleja. Pero 
para simplificarla más, tomo por punto de partida, no una fe- 
deración, sino una nación consolidada en unidad de régimen, 
como decía la constitución semi-unitaria del año 26. ¡ Quién 
representa 4 la nación en el sistema unitario ? El poder sobe- 
rano. Pem en el sistema federal cada provincia es una uni- 
dad, que 86 rige por un sistema unitario en cierto modo. Así 
cuando se habla de la propiedad del público, ó sea de la pro- 
piedad del soberano adyacente con relación al agua, ei^ nece- 
sario averiguar primero quien es el propietario del snelo de 
que se trata. Si el propietario del suelo inmediato es la Na- 
ción, será de la Nación, y será cierto el principio de Ulpiano ; 
pero si el propietario de U ribera es la Provincia, pertenecerá 
á la Provincia, y será también cierto el principio de Ulpiano 
aplicado según el caso. 

Siguiendo el desarrollo de la idea elemental enunciada por el 
señor Ministro, voy ahora á entrar en el terreno verdadero del 
derecho público, haciendo intervenir en la cuestión la teoría 
del dominio eminente. 

En los Estados Unidos el dominio eminente, correspondo 
por excepcióná la Nación, y por regla general á los Estados, 
ó sea á las Provincias entre nosotros. El señor Ministro ha 
citado á Ulpiano que no pudo proveer esto. Yo voy á citar- 
le un autor que aunque más moderno ha escrito en presen- 
cia del caso ocurrente. Á propósito del ejercicio del domi- 
nio eminente, Cooley, en su reciente " Tratado sobre limita- 
ciones constitucionales, " dice lo que voy á leer : (I/v) " Do- 
minio eminente. Como según el sistema americano, la protec- 
ción y reglamentación de los derechos, inmunidades y privi- 
legios jJrii'íKfos en general, corresponde propiamente al gobier- 
no de los Estados, y tales gobiernos deben proveer á las con- 
veniencias y necesidades usuales do sus ciudadanos dentro de 
los límites del derecho del dominio eminente, parece debe per- 
tenecer también á dichos gobiernos, más bien que al gobierno 
de la Nación ; y tal ha sido la decisión de las Cortes. " ,' Coo- 
ley, efe, páj. 525. ) Agrega más : «En los territorios, sin era- 



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bai^, cuando el gobierno de los Estados Unidos posee la 
completa soberanía de ellos, posee también por incidente el 
derecbo del dominio eminente ; pero este derecho, pasa al nue- 
vo Estado que se forma una vez qne este es admitido en la 
Unión." (Id. id.) 

Señor Ministro del Interior. — Léame todo basta la vuelta. 

Semr Mitre. — Queda á su cai^o completar la cita, si en ella 
fíe omitido algo que pueda favorecer su causa, que no lo hay. 
Mi cita es completa. 

Señor Ministro del Interior. — Permítame que le interrumpa. 
La cuestión es esta -■ — i !í quién cori'esponde la expropiación 
de propiedades individuales ! Es al gobierno Nacional, dice 
Cooley, á quien pertenece el dominio eminente cuando nece- 
sita de esas propiedades para hacer puertos ( no dice puer- 
tos, sino muelles ú otras obras semejantes ), y entonces el do- 
minio eminente sobre todas esas propiedades se ejercita por 
la Nación, que reasume esa facultad. Esto es lo que dice el 
autor que ba citado oí señor Senador. 

Seihr Mitre. — Yo voy estableciendo las condiciones del do- 
minio eminente, para deducir de ellas la aplicación del prin- 
cipio de Ulpiano. No niego que en su caso corresponda á la 
Nación ó á la provincia : lo que estoy averiguando es en cua- 
les corresponde ala Nación y en cuales á la provincia. 

Desde que he demostrado ijue ol dominio lo retienen los 
Estados, y que las Cortes de los Estados Unidos así lo han 
declarado, creo haber hecho la aplicación directa de la doc- 
trina. Es probable que en el curso de este debate trat« este 
mismo punto bajo distinto aspecto ; pero en el orden de mi 
argumentación puedo usar de mis autoridades, así como del 
orden de mis palabras, haciéndolas concurrir á demostrar lo 
que me he propuesto, con tal que no faUe á la verdad. 

Voy á leer ahora lo que sigue en et orden lógico de mi dis- 
curso, y es lo que dice el mismo autor haciendo la aplicación 
del principio enunciado. Dice asi: fLeeJ ' Bomirtio eminenie. 
En Nueva York ha sido establecido que como la tierra cubier- 
ta por las aguas dentro de los límites de la alta y de la baja 
marea pertenece al público, el Estado puede legalmente auto- 
rizar á una compañía de ferro-carril á construir un camino á 
lo largo del frente del agua bajo la linea de la alta marea, sin 



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■ El juez Taney es una gran 



DE BARTOLOMÉ MITRE 383 

que el propietrarío adyacente tenga derecho á compensación. • 
(Cooley, etc., páj, 554. ) 

Esta cita nos trae al punto de partida do la cuestión. Hablo 
do los limites territoriales de los Estados ó proíiucias, á los 
cuales deben apliearse los principios que venimos dilucidando. 

El señor Ministro ha dicho que habiendo estado estas pro- 
vincias sugetas al dominio de la corona de España, formando 
para los efectos del gobierno una entidad unitaria, las provin- 
cias no tienen ningún derecho territorial sobro las tierras cu- 
biertas por el agua, por cuanto estas correspondían á la coro- 
na ; y ha dicho también inexactamente que los Estados Uni- 
dos por el contrario no formaron una nación antes de consti- 

El señor Ministiv del Interior. — El juez Taney lo ha dicho. 

Señor Mitre. — Otros que valen más que Taney han dicho lo 
contrario, si es que Taney lo ha dicho. 

El señor Ministro del Interior. - 
antoñdad. 

Señor Mitre. — Más autoridad es Hamilt^n, es Madissón, es 
Jeffersón que siempre consideraron á los Estados Unidos 
como un cuerpo de Nación, y Webster que lo ha demostrado 
con razones elocuentes. T sobre todo, más autoridad es la 
opinión unánime del pueblo de los Estados Unidos que ha 
profesado siempre la creencia de que la Constitución no era 
nn pacto ó contrato bilateral, sino la consecuencia de un he- 
cho preexistente, por cuanto los Estados Unidos hicieron su 
revolución y declararon su independencia, mancomunando 
sus esfuerzos y participando de los sacrificios, formando un 
verdadero cuerpo de Nación, anterior y superior al derecho 
escrito que lo dio forma definitiva. Por consecuencia, aquél 
derecho no deriva del hecho incidental de la dependencia di- 
recta de cada nna de las colonias respecto de la corona de 
Inglaterra, y si acaso en uno que otro de los Estados el domi- 
nio territorial se deriva de las concesiones de la corona es 
cuando esta ha fijado á las primitivas colonias, límites preci- 
sos que constan de sus antiguas Cartas. Por lo demás era 
lo mismo allí que aquí, y más allí que aquí, pues como lo ha 
dicho un grande jurisconsulto de aquella nación : » Es princi- 
pio fundamental de la ley inglesa, derivado de las máximas 



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3S4 AREKGAS 

del enfifcéusis (tenures) feudal, que el Rey es el propietario 
oiigiual, ó señor supremo (hrd ¡mramount) de toda la tierm 
del reino, y la verdadera y luiíca fuente del título á la propie- 
dad. En nuestro país, (los Estados Unidos) se ba adoptado y 
aplicado el mismo principio," (V. Kent, tomo 3", Núms. 377 
y 378.) í Cómo se aplicó allí este principio T No fué negan- 
do á los Estados sus derechos respectivos como partes que 
formaba el conjunto que se llamaba Nación, sino pidiéndoles 
que bicieran cesión de sus derechos á fin de reservar para lo 
venidero vastos territorios despoblados 6n que se formasen 
nuevos Estados, constituyendo para ejemplo y bonra de la 
humanidad la ^an república democrática que ha inscripto en 
sus banderas la leyenda de «muchos en uno.» De aquí y no 
de la autigua dependencia de la corona, ba nacido el derecho 
de los límites territoriales de loa Estados, y ha nacido muy 
principalmente del principio fundamental del derecho federal. 
Puede decirse que tan federales eran los Estados Unidos 
cuando se dieron su primera y segunda Constitución, como lo 
éramos nosotros después de salir de la guerra civil durante la 
cual vivieron las Provincias en aislamiento, gobernándose á 
sí mismas, aunque síu romper el vínculo originario de la na- 
cionalidad consagrada por el acta inmortal de nuestra inde- 
pendenoia. Nosotros, pues, tenemos que ajustamos á los 
principios elementales del derecho federal, so pena de caer ea 
el absurdo. Uno de esos principios elementales es que cada 
Estado tiene la capacidad de soberanía propia en la órbita de 
su derecho, pues como lo ha dicho el Pi-esidente Monroe en 
su Mensaje célebre : " el gobierno de la Nación empieza allí 
donde acaba el gobierno de los Estados, " ó vice-versa, porque 
las condiciones son recíprocas. Esta es la razón porque los 
gobiernos de los Estados retienen lo que correspondo á las 
atribuciones quo propiamente son del dominio .del gobierno 
territorial, y nuestra constitución lo mismo quo la de loa Es- 
tados Unidos asi lo establece, y los hechos lejislatlvos, admi- 
nistrativos y judiciales asi lo comprueban. 

Es esta también la razón por la cual la facultad de regla- 
mentar el comercio, á pesar de ser la más absoluta, exclusiva 
y soberana por parte de la Nación, es la que tiene límites más 
determinados en cuanto se toca con los territorios y con las 
personas sugetas al gobierno territorial. ¡, Cuáles sou estos 
limites! La misma naturaleza del poder los señala : es el lí- 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 385 



luite en que la Nación se comunica con las naeiones extrange- 
ras, 63 el ii'mít« en que los Estados ó las Provincias se comu- 
nican entre sí. El mismo Cooley los ha trazado al determi- 
nar las prerogativas de la Nación en este punto. Él nos di- 
ce: {Lee} ' Limites territoriales de ¡a autoridad lejrslalím del Es- 
tado. La autoridad lejislativa de cada Estado debe emplear 
sus fuerzas dentro de los limites territoriales del Estado. La 
lejislatiira de uii Estado no puede dictar leyes que rijan las 
acciones de tas personas que se hallen fuera de él, excepto 
cuando le corresponde Citare occasion) concurrir á los remedios 
á que proveen los Estados, ó respecto de propiedades situadas 
dentro del Estado. No tiene autoridad sobre las altas aguas 
fh'igh seas) más allá de las líneas de los Estados, por cuanto es- 
te es et punto de contacto con las demás naciones, r/ todas las cuestio- 
nes internacionales pertenecen al gobierno nacional. » (Cooley, etc., 
páj. 128). Es decir que el límite de un Estado ó Provincia 
acaba allí donde empieza á ejercitarse la acción internacional 
ó iuterprovincial. 

Respecto de limites territoriales y propiedad de las tierras 
comprendidas dentro de ellos, hay varias disposiciones muy 
terminantes y ejemplos que son concluyentes, que establecen 
una serie de hechos y de principios de que más adelante ten- 
dré ocasión de ocuparme. Me contento por ahora con sontar 
dos proposiciones : primero, que las tierras cubiertas por las 
aguas dentro de la linea de alta y baja marea, y por conse- 
cuencia las playas de los ríos navegables, son propiedad del 
pueblo de los astados en un gobiemno federal : y segundo 
que los Estados ejercen plena jurisdicción sobre ellas, no obs- 
tante ciíalquiera otra jurisdicción que pueda ejercer inciden- 
talmente el gobierno general por el hecho de ser navegables 
las aguas. Espero que las be de demostrar hasta la última 
evidencia. 

Paso ahora k demostrar que no obstante que la facultad de 
reglamentar el comercio por parte de !a Nación es una de las 
más exclusivas, absolutas y soberanas, como lo be dicho, y 
que, no obstante ejercitarse lo mismo en !a tierra que en las 
aguas, asi sobre las cosas como sobre las personas, es una fa- 
cultad concurrente en algunos casos y aún exclusiva de los 
Estados en otros. 

Hay un' caso muy notable, ó más bien dicho, hay tres casos 
análogos, los más notables quizá que uos suministre la histo- 



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:ít*(i ARENGAS 

ría judicial áe los Establos, que son los conocidos coa la deno- 
minación de caso? de los aguardientes, que han trazado la 
linea de demarcación entre el gobierno general y los gobier- 
nos particulares respecto de las personas y de las cosas que 
son materia de comercio, as! como de las respeotivas juris- 
dicciones. 

Cuando en 1847 los Estados de Massachusetts, de Rhode 
Island y de New Hampshire, prohibieron la venta de bebidas 
espií-ituosas en cantidades déte ratina das, de veinte y ocho 
galones unos y de diez otros, establecieron todos olios pena- 
lidades severas respecto de los que infringieran el estatuto 
local. Violaron la ley algunos ciudadanos y entre ellos uno 
que había comprado la mercancía directamente del importa- 
dor, otro que la había traído personalmente del puerto de mar 
en que se había introducido bajo el imperio de las leyes co- 
merciales de la unión, con la circunstancia de venderlas en 
su envase original ; y otro que tenia licencia expresa de la 
oficina de patentes de la Nación para expedir su mercancía. 
. Los infractores fueron condenados á las penas establecidas 
por ia ley del Estado, y apelaron á la Corte Suprema de la 
Nación, alegando que ella era contraria á la Constitución y 
tas leyes dictadas por el Congreso en materia de comercio. 
Como se ve estos casos no pueden ser más definidos y no se 
prestaban á tergiversaciones : la competencia estaba neta- 
mente planteada y tenia que resolverse judicJalment-e por el 
encargado de interpretar la Constitución. 

Parece á primera vista que no podía haber un ataque más 
directo á la potestad del Congreso para reglamentar el co- 
mercio, pues que la ley local recaía sobre los mismos objetos 
cuya introducción había sido autorizada por las leyes sobe; 
ranas del Congreso, puesto que se había efectuado el traspa- 
so en sus envases originales, y por liltimo, que el expeudio se 
había efectuado con expresa licencia de la Nación con arreglo 
á las leyes del gobierno general. Sin embargo, la Corte Su- 
prema de los Estados Unidos, después de la más laboriosa 
discusión en que tomaron parte Taney, Woodbury, Dauiel, 
Nelson y otros eminentes jurisconsultos, declararon que las 
tres leyes délos Estados eran válidas, dictadas dentro délos 
límites de sus facultades constitucionales, y que por conse- 
cuencia no había violado la prescripción constitucional, ni los 
reglamentos del comercio, al estatuir respecto de las personas 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 387 

con relación al consumo de determinados artículos de co- 
mercio. 

Citaré las palabras textuales de Pomeroy que ea el exposi- 
tor más correcto y más adelantado de la constitución ameri- 
cana, porqne deseo proceder con toda franqueza y buena fe. 
Dice Pomeroy ; « Decisión de la Corle. En estos casos se tizo 
una enéi^ca tentativa para traer á la Corte á la teoría do 
que la jurisdicción sobre el comercio es, en todos los casos, 
concurrente de la Nación y de los Estados. Es absolutamen- 
te imposible, siu embargo, decir que la Corte decidió sobre es- 
te punto. Xo obstante esto, todos los jueces vinieron á la 
misma conclusión, que las leyes de los Estados eran válidas, y 
difícilmente en dos de los casos con mucba menos mayoría 
concordaron en las razones del fallo, en las reglas legales apli- 
cables á dichos casos, f (Pomeroy, Constitucional Law, páj. 228.) 
He aqoí como se estableció prácticamente la vei-dadera doc- 
trina en un punto que parecía atacar por su base la alta pro- 
rogativa del Congreso de reglamentar el comercio. 

Además de esto, los Estados han retenido sus facultades 
policiales aún en las mismas aguas navegables dentro de su 
territorio, sugetas á. la jurisdicción nacional, facultades que ia 
costumbre ha dejado do ejercitar al gobierno general entre 
nosotros y que no hay inconveniente en que las retenga ; pero 
qtte pueden ser reputadas el día en que se abusase de ellas. 
En Estados Unidos todas las facultades relativas á la poli- 
cía de los puertos y ríos navegables, ó las leyes sobre sa- 
nidad y cuarentenas, han sido consideradas como corres- 
pondiendo exclusivamente á los Estados, y el poder competente 
así lo ha declarado. 

Esto hecho significativo marca una reacción contra la exa- 
geración de la primitiva jurisprudencia respecto de las fa- 
cultades retenidas por los Estados en materia de comercio. 
Esta exageración tonia por causa inmediata la tristísima si- 
tuación á que había llegado el comercio de los Estados Unidos 
durante la época de la Confederación, como había sucedido en- 
tre nosotros durante laépocadel aislamiento de las Provincias. 
El mal uso que los Estados habían hecho de la facultad 
retenida los había desacreditado ante la opinión y el de- 
recho. 

Así fué que los jurisconsultos de los tribunales naciona- 
les trataron de^ embarazar en lo posible laj;acción^de^ las 



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í 



DSS AREXGA8 

localidades sobre esl« punto, y declararon por decisiones 
solemnes que la reglamentación del comercio por el congreso 
era una facultad exclusiva y absoluta con inhibición délos 
Estados en todos los casos. Otra escuela igualmente exa- 
gerada sostenía que era una facultad limitada como las de- 
más, en que los Estados y la Xación podían dictar la ley 
suprema simultanea ó alternativamente. 

La jurisprudoMcia reaccionaria de la Corte Suprema na- 
cional prevaleció por algún tiempo, porque tenía su razón 
en las severas lecciones del pasado, hasta que vino ana 
tercera teoría conciliatoria entre los que exageraban los 
derechos de la Nación y los que exageraban los derechos 
de los Estados. Véase como lo explica Pomeroy : (Lee) 
"Poikr de reglar el comercio. — La teoría que admite qne cuan- 
do el congreso ha legislado, y mientras su ley está vigente, 
los Estados no pueden tomar medidas con relación á los 
objetos abrazados por la legislatura nacional ; pero que 
concedo que, cuando el congreso no ba lejislado sobre una 
materia, comprendida en la facultad ( de reglar el comercio ) 
el campo queda abierto á la legislatura del Estado (páj. 

207) es el sistema de interpretación á quo la Corte 

(Suprema) ha dado últimamento sn adhesión abandonando 
la teoría (páj. 208) que en los primeros tiempos sos- 
tuvieron algunos de sus miembros equivocadamente de que, 
el poder de reglar el comercio era absolutamente exclusivo 
y que los Estados en ningún caso podían ejercerlo." (Cons- 
iHuiional Law, páj. 207.) 

Agrega el mismo autor y sobro el mismo tópico: (LceJ 
"De las decisiones finales del tribunal en materia do inter- 
pretación eonstitucioual á este respecto, resnltan estableci- 
das las siguieutes proposiciones : Los diversos Estados tienen 
poder para dieiar leyes reglando la polieía interna de sus pro- 
pios territorios, incluyendo en tales (crritarios los rios navega- 
bles !/ puertos, así como las corrientes de aguas no navegables, 
y la tierra misma. Estas medidas polidales no son la ver- 
dadera acepción de la palabra reglamentaciones sobre el 
comercio, aunque algunas veces tengan conexión directa 
con ios buques respecto de la condición de los puertos ú otros 
instrumcnlüs que sirven para fomentar el coincreh, y á los mis- 
mos géneros que son c^ijeto del intercambio i/ trafico». (Const. 
Zaic, páj. 213. ) 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 

Señor Ministro del Inferior. — Sí, señor, se Tt 
artículos, como la pólvora dentro de las ciudí 
la veata del arséDÍeo. 

Semr Mitre. — Y como al expendio del .ig 
es de lo que venimos tratando, y otros artít 
han dado origen á numerosas decisiones. I 
fatigar más al Senado citando los diversos 
esta facultüd ha sido ejercida por parte d< 
unas veces con derecho y otras sin él, dandt 
la cuestión se resolviese por una sentencia. 
mny conocido do Nueva York, llamado el nc 
sageros " en que el Estado había establecido u 
loa capitanes que no cumpliesen con la ley 
en un término dado una. lista do pasageros, i 
Estado fué declarado válido, no obstante I 
del Juez Story, que insiste sobre ello en su 
mentarlos; pero que se ha demostrado esta) 
por haber confundido un accidente de la sei 
punto capital en cuestión. 

Esto es por lo que hace á la facultad conc 
Estados, así en el ejercicio del dominio omÍt 
lo que se relaciona con puntos conexos con la r 
del comercio, en algunos de los cuales son excli 
ha visto. 

En cuanto al dominio eminente ya he demí 
no sólo ha sido retenido por lo.s Estados en 
ro de casos, sino que ha quedado radicado 
rrespondiéndole su ejercicio usual y constantí 
mos principios que el señor Ministro ba iu 
apoyo, citando al gran jurisconsulto romano 
los Emperadores. 

Con esto creo haber terminado la parte del 
me había impuesto tratando la faz elementa] 
tión bajo el punto de vista del derecho .en i 
debo agregar algo más para satisfacción de i 
explicando do paso la manera como estas co 
han formado en mi. 

La doctrina prevalente en los tribunales de 
poeto de la jurisdicción exclusiva de loa Estat 
gos, ríos y puertos de mar, no concediendo 



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890 ARENGAS 

BÍno la jurisdiooiíSn de los mares, era profesada de una ma- 
Dern absoluta hasta hace algunos años, que una ley del 
Congreso extendió la jurisdicción de las causas de Almi- 
rantazgo á aquellas aguas, y una sentencia famosa de la 
í'otte Suprema vino á reaccionar contra la anterior jurispru- 
dencia. Cuando encontré este caso en la obra de Curtís so- 
bro la jurisdicción do las Cortes, crei que todas mis inves- 
tigacionea habían sido inútiles ; pero estudiándolo con aten- 
ción, me convencí que ello no importaba sino el ensanche 
pareiai y restringido de la jurisdicción nacional en las cau- 
sas especiales de almirantazgo, en que también los Estados 
son concurrentes en algunos casos, y quo no despojaba .4 las 
soberanías locales de los derechos de quo estaban en posesión 
on los límites de su territorio, incluso sus puertos, ríos, lagos 
y terrenos cubiertas por el agua. Citaré textualmente las pa- 
labras de Curtis y la parte del fallo de la Corte, que hace & 
mi objeto, porque es interesante y el libro en que se encuen- 
tra no es muy general. » una reciente ley ( decía Curtís en 
1854 ) ha dado á ciertas causas de almirantazgo en los Esta- 
dos Unidos cierta jurisdicción en los lagos y ríos del oeste. Por 
ella se establece que la jurisdicción del almirantazgo no está 
limitada á la baja marea, sino que 36 extiende k todos los rios 
y lagos públicos en que el comercio se ejercita, ya sea entre 
diferentes Estados, ya sea conlas naciones extrangeras. El 
caso en cuestión surgió k consecuencia do una colisión en las 
aguas del lago Ontario. La Suprema Corte dijo con tal moti- 
vo : " Cuando pasó la ley del Congreso según la cual estos 
procedimientos han tenido lugar, serias dudas se abrigaron 

respecto de su constitución al idad La ley sin embargo no 

contiene ninguna reglamentación de comercio, ni nada que se 
relacione con los buques y navegación de los lagos. Se redu- 
ce tiieramenie á conferir una ntteva jurisdicción á las cortes de 
distrito y as cí w«iVo o6/eío que se propone." ( Commentarios on 
tJte jurisdiction, etc., Courts oftJic U. S., Tom, L", pájs. 35 y 36.) 
Como se ve, esto, lejos de desvirtuar mi argumentación, la 
confirma en otro sentido, puesto que establece terminante- 
mente que antes de la época indicada, la jurisdicción de los 
Estado» en las aguas territoriales era exclusiva, y que aún 
después de extenderse á ellos la jurisdicción nacional en las 
causas especial! si mas de almirantazgo, la jurisdicción de que 
estaban en posesión los Estados no fué abrogada ni esplicíta, 



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DB BAKTOLOME MITKE 



391 



ni implícitamente, scgúti sedeáoco claramente do la misma sen- 
tencia de la Corte que acabo de citar. Y voy acabando con estas 
citas que ya me van fastidiando á mí mismo, pues deseo en- 
contrarme cnanto antes con el señor Ministro en el terreno 
del derecho constitucional aplicado y de la ciencia económica. 

Señor Ministro del Interior. — Abí lo espero. 

Señor Mitre. — Allí nos batiremos cuerpo á cuerpo con laa 
nobles armas de la razón. Mientras tanto, creo haberme hfy 
cbo cargo de las ideas fundamentales del discurso del señor 
Ministro, oponiendo á ellas un sistema de verdadera doctrina. 
Si en el curso del debate enunciase otras ideas, tendré gusto 
en seguirle en el curso de su elocuente palabra. (Áiilausos.j 



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DISCURSO TERCERO 

6E8IÓS BEL 14 DE SETIEMBRE DE Í86S 

SUMARIO — Examsii general do 1» CTiestión — Estado de la dÍMueión— 
Aplicación del principio del dominio eminente — Noción sobre el uso 
de las ftcuaíi navegables — Teorías de Grocio — Propiedad délas tie- 
rras ciibiertaH por el agua — Caso de las ostras — Formaciiin de Cali- 
fornia — Lógica de derecho — Filiación histórica del derecho federal 
ai^ntino — Ija propieitad y la jurisdicción de las playas del litoral 
argentino — Las provincias anfibias — Territorio en que la Nación le- 
gisla excluHivnmente — Comentario sobre la sesión y compra de te- 
rreno» por la Nación — La jurisdicción es una propiedad — Idea so- 
bre el derecho de exprojiiaidón — La soberanía no se expropia — Ij 
eseuela de Jeíferson — Política del Concreso en materia deobriw para 
el comercio — Cáloulo de recursos — El puerto debe hacerlo la Na- 
ción ó un poder pllblico -~ Prioridad de la idea do puerto en Buenoa 
Airea — Los gobiernos empresarios — Ideal económico ~- Ejemplo de 
Nueva York — Las obras de puerto en InelateiTa y otros palies — 
Crítica del contrato sobre puerto — Derecho preferente de las pro- 
vincias sobre un particular — Estudio facultativo sobre plaoos y fe- 
nómenos naturales — Historia de los planos. 



El aeSor Presidente. — Continúa la discusión pendiente. 

El señor Mitre. — La discusión alanza poco : se halla como 
una barca en medio del río neutralizada por corrientes opues- 
tas. Me persuado que esto proviene de que la verdad ae 
guarda en el fondo de las conciencias limitándose á aducir 
razones convencionales, al parecer para dar forma ostensible 
& lo que no se dice ó no es la verdad lo que se proclama en 
presencia de un proyecto tan importante como est*, cuando 
es tratado por personas tan competentes, ó realmente hay un 
niisteiio entrañado en esta actitud negativa que oculta algo 
grave de labios adentro. Voy á ver si doy impulso á la dis- 
cusión lanzándola en medio de la gran corriente y para ello 
abandono mi actitud defensiva-ofensiva, tomando resuelta- 
mente la ofensiva. 

La tüctica empleada hasta aquí no ha dejado sin embargo 
de hacer adelantar la discusión, dando algunas ventajas par- 
cíales á los que combatimos el contrato- puerto en sus deta- 
" lies y por sus fundamentos, 

Al considerar este contrato por su faz externa en lo que 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 393 

se relaciona con lo administrativo y facultativo, creo haber ya 
demostrado que os uo simple proyecto de ley mal estudiado, 
mal elaborado y contrario á las mismas leyes que para cele- 
brailo se han invocado. El mismo señor Ministro ha tenido 
que confesar que no tenía ley en que autorizarse, y que ha- 
biendo convenido una cosa contraria á lo dispuesto por el 
Congreso, ha venido á recabar su beneplácito, explicación que 
aunque contrariada por el texto mismo del preámbulo del do- 
cumento, debemos aceptar como un bomenage de respeto al 
cuerpo lejislativo. 

Habiendo considerado la cuestión eu sus relaciones con la 
parte elemental del derecho constitucional, no ha podido ne- 
garse la jurisdiocióu concurrente, ni el derecho de la provincia 
para ejecutar obras de la naturaleza de la que se trata ; y en 
cuanto á la reglamentación del comercio, la competencia na- 
cional ha sido claramente determinada por los deslindes te- 
rritoñales y la acción simultanea de las dos soberanías sobre 
las cosas y las personas. 

Cuando hemos pisado con mas firmeza el terreno del dere- 
cho público, cuando hemos examinado á quienes correspondía 
el ejercicio del derecho eminente en el caso en cuestión, yo 
que esperaba en esta posición la resistencia más enérgica de 
parte del señor Ministro, he quedado sorprendido de lo fácil 
de mi triunfo al encontrarme casi sin combatir dentro de la 
cindadela enemiga, en el bocho de concederme sin trepidación 
alguna, que el dominio eminente estaba radicado en los Esta- 
dos ó provincias 

Señor Frías. — Para objetos municipales: eso os lo que ha 
sostenido la comisión. 

Señm" Slitre, — No puede sostenerse eso con propiedad, por- 
que el poder municipal no es soberano y el dominio eminente ea 
un atributo inherente ala soberanía ante la cual se inclina el 
municipio. Para sostener eso es necesario negar que la sobera- 
nía provincial es una soberanía completa dentro de su esfera 
do acción. 

Señor Frias. — Para objetos municipales. 

Señor Mitre. — Y para objetos politices, inter-provineialeg y 
conexos con el gobierno general, que no son ciertamente mu- 
nicipales cuando el ejercicio del dominio eminente incorpora 
la soberanía del Estado á la propiedad pública. 



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394 AltEKti^iS 

Señor Ministro del Interior. — El señor senador olvida la ley 
dictnda por el Congreso según la cual están sugetos á expro- 
piación todos ios bienes del dominio de las provincias. 

Scñm- Mitre. — No me olvido de nada. Conozco también la 
ley sobre expropiación dictada por el Congreso en 1866, cuyo 
articulo 1° no ha eliminado la soberanía que no se expropia. 

No se aflija el señor ministro, que ya hemos de Hogar k ese 
punto. Puede ser que antes do Hogar alli él consiga, inte- 
rrumpiendo el enlace de mi argumentación, hacerme aparecer 
por un momento olvidando ó equivocando algún detalle ¡ pero 
al fin de la jomada veremos si me equivoco en el sistema ge- 
neral de las ideas que voy desarrollando. Continúo. 

Iba diciendo que había demostrado que el dominio eminen- 
te estaba radicado en los Estados ó provincias, y que según 
las prescripciones del sistema federal era usualment« ejerci- 
do por el gobierno local ; y que respecto de los ríos conside- 
rados como caminos públicos, el público dueño de la tierra 
adyacente que perdía ó ganaba, era el público de la provin- 
cia que tenia aquél dominio, lo que ha sido reconocido casi 
sin resistencia. 

Con esto hemos planteado la cuestión en su verdadero te- 
rreno. 

Del principio del dominio eminente, reconocido ya por todos 
en su aplicación, va á fluir la verdad como el agua clara bro- 
ta de una fuente viva. Entro en materia. 

En el orden distributivo del gobierno federal, señor Presi- 
dente, todo el territorio de la nación se divide y subdivide 
en distintas soberanías equilibrada», cada una de las cuales 
gira armoniosamente dentro de su órbita. El poder nacional 
que preside al movimiento no se ha reservado sino aquella 
parte de alta soberanía necesaria para dominar el conjunto, y 
en cuanto al territorio, no se ha dado más que el indispensa- 
ble para residir, subordinándose por lo demás á la condición 
del propietario civil dentro de los límites de las soberanías 
territoriales do los Estados ó provincias. Como poder púbh- 
co, representante de la propiedad común, hay un campo vas- 
to en que ejerce una jurisdicción 6 un imperio exclusivo y ab- 
soluto, y es sobre la superficie de las aguas navegables. Esto 
no quiere decir que el poder nacional soa el dueño de esas 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 395 

agnas : es simplemente regulador. La prueba es que donde 
©1 agua se retira es oí territorio adyacente el que gaua, y don- 
de poF un accidento uu rio navegable se convirtiese en tierra 
firme, ganaría la nueva soberanía federal que sobre ella se for- 
mase más adelante. El gobierno general no posee á titulo de 
soberanía en el orden federal sino el terreno suficiente para 
pisar y moverse, y accidental y condicíonalmente los territo- 
rios que guarda en dopósito para emanciparlos más tarde. 

El señor ministro me parece que ha confundido tos precep- 
tos unitarios de la lejislación romana del tiempo de los em- 
peradores, con los principios del derecíio federativo de la re- 
pública moderna, pretendiendo conciliar hechos que ui analo- 
gía tienen. Espero que he de podor demostrárselo, en cuanto 
mis cortos conocimientos en derecho me lo permitan, siguien- 
do el curso de las grandes aguas. 

La razón de haber cometido al Congreso Nacional la facul- 
tad de lejislar soberanamente sobre el uso de las aguas, es la 
misma que dá el jurisconsulto romano que ha citado : Ji saber, 
que es un gran camino publico hecho por la mano de Dios 
para comunicarse : una propiedad común indivisible en cuanto 
al USD comercial. Por eso es el representante de la comunidad 
el que lejisla sobre ellas cuando lanza el comercio por esas 
vias, no porque sea suya, sino porque es de todos, i Qué dice 
Ulpiano contra esto ! 

Pero dejemos á Utpiano y veamos lo que dicen autores 
más modernos en presencia de los hechos á quo estos prin- 
cipios son aplicables. 

Ya he citado á Cooley y voy á permitirme valermo de su 
texto para robustecer mi exposición. Dice lo que va á verse : 
fLeeJ 1 Las aguas públicas son una especie de camino pú- 
blico, y como tales se hallan bajo el control de los Estados 
(páj. 89). El derecho general de controlar y reglar el uso 
público de las aguas navegables es incuestionablemente de los 
Estados, aunque con las restricciones que nacen del derecho 
del Congreso para reglamentar el comercio Pero la cir- 
cunstancia de que una corriente de agua sea navegable y 
susceptible de ser\-ir al comercio exterior ó de los Estados 
entre sí, no excluye la reglamentación que parte de los Esta- 
dos si el Congreso rwi ha lej/nlath antes sobre el participar, ó si ha- 
biendo lejislado, la ley del Estado no produce conflicto con la del Con- 
greso, (páj. 591). El Estado (póngase provincia) tiene el mis- 



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396 AKEKGAS 

rao poder para hacer mejoras en las aguas navegables qno 
poseasobre otros caminos ; y cuando en tales mejoras expen- 
de dineros, tiene el Estado competencia para cobrar derechos 
al comercio que use de ellas, y aplicar esos derechos á bene- 
ficio de las mejoras, aún sobre aquellas aguas hasta donde se 
extienden las disposiciones generales sobre el comercio {paji- 
na 592 ). Los Estados pueden establecer derechos de barca- 
ges sobre aguas navegables » {páj. 593). V. Consi. limitations, 
etc. 

Pero que no valga Cooley, que, aunque miembro de la Cor- 
te Suprema de Michigan y profesor de derecho de su famo- 
sa Universidad que ha producido tantos doctores, no tiene 
todavía bastante autoridad por mucha que sea la ciencia que 
su libro encien-e. Busquemos algún otro jurisconsulto aute 
cuyo nombre hay que quitarse el sombrero y que nos vence y 
nos convence con su simple aserción. Veamos lo que dice 
Kent, el Blackstone americano, más clásico que Story y más 
profundo que Pomeroy. He aquí e! texto de Kent, literal' 
mente traducido por mi : ' El público tiene un derecho con- 
suetudinario para navegar en cualquier punto de un ño na 
vegable para la comunidad, así como sobre los grandes lagos 
y en Inglaterra ni aún ia misma corona tiene facultad para in 
terveoir en los canales de los rios públicos navegables. Por 
la ley común son caminos púbhcos. £1 soberano es verdade- 
ramente el púbhco, y el uso de las aguas navegables es inalie- 
nable. Pero las costas de las aguas navegaUes, y el terreno que se 
Italia cubierto por ellas pertenece al Estado en que se hallen situa- 
das, como soberano de dios. < (Kent. Co»>ent. sobre las leyes ameri- 
canas, tom. 3", páj. 537.) 

Advertiré aquí que cuando Kent se sirve de la palabra Es- 
tado, no la usa en el sentido que le dan los tratadistas do de- 
recho de gentes con relación á naciones extrañas ; Kent habla 
de un Estado Federal de la Unión Americana, y para que no 
quede duda do ello, puede leerse la nota correlativa en que cita 
siete casos fallados por la Corte Suprema en este sentido, 
desde el caso de " Smíth versus Levinos » hasta el « Commen- 
wealth versus Boxbury. » 

Dice algo más Kent sobre la masa de poderos retenidos 
por los Estados en materias conexas con la navegación y el 
comercio : pero bastará que me refiera á la lAxiura 19 de la 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 



as- 



parte 2* de sus Coméntanos para continuar con más desem- 
barazo el desarrollo de mi proposición. 

Tal es, señores, la verdadera teoría de un pueblo regido 
por instituciones libros en el orden federativo, y la razón es 
muy clara. Las aguas son los puntos do contacto de las 
provincias entre sí y con las naciones extrangeras. Si la fa- 
cultad de lejislar sobre ellas fuese retenida aisladamente por 
cada una de las provincias, el uso de ellas no sería común, no 
podría darse al comercio la regla uniforme é igual para todos, 
y se producirían naturalmente conflictos que de este modo se 
evitan en beneficio para la comunidad. Tales la razón por- 
que el congreso lejista y debe legislar, simplemente porque es 
el único que puede hacerlo. Tal es también la razón, porque 
tiene la facultad de reglamentar el comercio exterior con ex- 
clusión absoluta por parte de las provincias. 

En cuanto á la relación de la jurisdicción sobre las aguas y 
de la soberanía territorial, la cuestión es diversa. Orocio ha 
tratado este punto en su grande obra que todavía tiene auto- 
ridad entre los tratadistas modernos de derecho público. Él 
ha hecho la aplicación de aquél principio general, de que el 
señor Ministro (permítame que so lo diga) ha sacado una de- 
dnccióu verdaderamente absurda, diciendo que el dueño del 
agua era el dueño de la tierra, calificando de teología errada, 
bija de la ignorancia, la doctrina opuesta, profesada por los 
norte-a m.eri canos. 

Grocio, que podía decir como Montesquieu, que siempre es- 
taba bien porque estaba cou los jurisconsultos romanos, trae 
un ejemplo luminoso que ha sido adoptado también por Bello. 
fV. JkrccJio InternacuimU, cap. 3"). Hablando de dos naciones 
ó Estados, que tienen por límite un río 6 un lago, sea que es- 
té dividida la jurisdicción por la mitad de su corriente, sea 
que posean en connún la navegación de sus aguas, ó que per- 
tenezca á uno sólo de los riberanos, dice que « si por un acci- 
dente natural (adviértase que dice natural) el agua que sepa- 
raba los Estados se entrase repentinamente en las tierras de 
ano de ellos, pertenecería desde entonces al Estado cuyo sue- 
lo ocupase, y el lecho ó cauce abandonado no variaría de 
dueño. " 

Señor Ministro del Interior. — En los lagos. 

Señor Mitre. — En los ríos y en los lagos. Puede ver á 



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Grocio, y á todos los tratadistas de la materia; todos ellos le 
dirán que la condición del terreno no se altera, aunque se al- 
tere el estado de las aguas, porque el terreno ea inmutable y 
el agua es movible. 

De aquí han deducido los norte-americanos la doctrina que 
profesan y practican, y que el señor Ministro lia caliñcado de 
errónea, y contraria á lo que él quiere que diga Ulpiano. No 
es con una cita aislada, ni con una interpretación arbitraria de 
ella con lo que ha de despojar á las Provincias de la propie- 
dad de laa tierras cubiertas por las aguas, y mucho menos 
de sus costas de rios navegables bañados accidentalmente por 
las crecientes, que es el caso de que al presente ae tat& res- 
pecto de la Prorincia de Buenos Aires. He abandonado las 
playas que era mi verdadero terreno, y he seguido á mis com- 
petidores á riesgo de ahogarme, hasta las lineas de la alta y 
baja marea, para mostrar hasta donde llega el derecho que 



Ko citaré para comprobar esta doctrina y fortalecer este 
derecho los estatutos revisados de Nueva York, ni su tratado 
de límites con New York, ni su tratado de limites con New 
Jersey, porque son ya muy conocidos. Todos han podido con- 
vencerse por esos documentos que la propiedad debajo del 
agua pertenece incuestionablemente al Estado y no ¿ la Nación, 
y se habrán fijado en el hecho (que no es singular en Norte 
América) que en el tratado de limites que he mencionado, la 
corrriente del río Hudson se divide por mitad entre los dos Es- 
tados con la jurisdicción exclusiva sobre sus puertos, islas, 
muelles, diques, mejoras de sus puertos, 6 que se hagan sobre 
las costas, pesquerías, etc., >/ el derecho exclusivo de propiedad á la 
tierra que se halle ddxyo del agua, con la circunstancia de que 
este tratado celebrado en 1833 fué aprobado por el Congreso 
Nacional. (Rev. St. o/. New York, artículo 5, titulo 5, libro 9 
y el volumen I", páj. 89.) 

Por consiguiente, esta es la doctrina, no sólo lamas consis- 
tente con los principios fundamentales del derecho, sino muy 
principalmente la que se desprende del texto de las institu- 
ciones de los Estados Unidos, consagrada por la interpreta- 
ción de sus tribunales que ha hecho jurisprudencia y por las 
sanciones de sus Congresos, lo que debe hacemos más fuerza 
que los latines de Ulpiano. 

Para ilustrar este punto con un ejemplo, citaré un ca,so nue- 



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DE BARTOLOMÉ MirnE ¡ÍOÍt 

vo j- muy original qne he encontrado en Pomeroy. Para no 
desvirtuar su valor voy á leerlo textualmente. El caso se ti- 
tula : Smith — versus Margland, y yo le llamo de las ostras. 
fLeeJ « Los limites territoriales de Maryland (dice Pomeroy) 
incluyen parte de la bahía de Chesapeake hasta debq/o de la 
Uaea de la marea vacíente. Estas aguas son un criadero de 
ostras, y la pesca de ellas es un importante ramo de industria. 
Una ley del Estado prohibía la pesca con garfios y cucharas 
fscoopsj bajo ciertas penalidades. Smith, propietario de un 
buque de cabotaje malriculado bajo las leyes de los Eslaths Uni- 
dos, violó el Estatuto del Estado, incurriendo eu la penalidad. 
Pretendió defenderse alegando quo la Icjislación del Estado 
era nula. La Corte sin embargo la declai-ó válida, por cuanto 
no era sino un mero ejercicio de la jurisdicción territorial, 6 en 
otros términos, de jurisdicción sobre el suelo de que el Estado 
ora el Supremo (paranionut) propietario. ° fCons. Law, pa- 
jina 237. ) Esto no es municipal como decia el señor Miembro 
Informante de la Comisión. 

Señor Frias. — ó municipal ó provincial ; pero no para lo que 
es Nacional. 

Señor Ministro del Interior. — En los Estados Unidos es así, 
pero trasládese el señor Senador á Buenos Aires que es donde 
lo queremos ver. 

Señor Mitre. — Ahora iremos á Buenos Aires, y recorrere- 
mos también toda la República Argentina; pero será siguien- 
do mi itinerario. Todavía no he acabado mi escursión por los 
Estados Unidos. 

Ya preveo que tanto el señor miembro informante, como el 
señor ministro me han de objetar respecto de Maryland que 
es uno de los primitivos Estados que tenía límites precisos de- 
terminados por su carta colonial anterior á la independencia 
. y á la ('onstitución. Voy, pues, á buscarles otro Estado y á 
citarles varios casos en que no tendrán este débil asidero. 

El caso que voy á citar es el de un Estado nuevo, formado 
en territorio conquistado por las armas de la Unión, comprado 
con sus tesoros, y al cual sin embargo no le impusieron nin- 
guna de esas limitaciones territoriales, por cuanto eran de 
todo punto contrarias á la verdadera inteligencia que se dan 
en los Estados Unidos á los derechos de los Estados. Hablo 
del Estado de California. 



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400 ARENGAS 

El primer acto del gobierno establecido eii California en 
nombre de la conqtiista, fué reconocer su soberanía temtoriaL 
El general Kearny, gefe do las tropas de la Unión, por una 
proclama declaró que sus limites territoriales serían los que 
le daban las leyes de Méjico. A consecuencia de esto, antes 
que California fneso Estado, antes que se diese sa constitu- 
ción como tal, el primer acto que siguió á la proclama del ge- 
neral Kearny fué qne su Ayuntamiento puso á venta 134 lotes 
de terreno bajo el agua dentro de la bahía de San Francisco, 
avanzando la ciudad sobre el agua honda para comodidad de 
los buques, lo que produjo 635,000 pesos fuertes (Ánnals <f 
S. Francia, páj. 264). Así el primer acto de posesión t-erri- 
torínl de California, autorizado por la Nación, fué el uso de 
sus terrenos cubiertos por el agua con el objeto de mejorar su 
puerto, lo cual resuelve á, la vez las dos principales cuestiones 
que envuelve el proyecto que discutimos, que son el derecho 
de la Provincia de Buenos Aires para mejorar su puerto, y la 
propiedad de los terrenos en que se han de ejecutar lae obras. 
No se dirá aquí, como lo he previsto antes, que California 
tenía carta especial de limites, ni privilegio alguno en virtud 
del cual se hiciese una excepción. 

liimediatamente después el general Riley, gobeiiiador ej- 
cficio del territorio en virtud de sus poderes militares, convocó 
una Convención coustituyente que se reunió en 1849. Su 
primer acto fué declarar los limites territoriales. (V. RH. de 
los BéMtes de ía Contxmción de Cali/ornia.J 

Voy á leer el artículo de la Constitución que California se 
dio entonces, y después diré lo que ésta Constitución tiene de 
especial con relación á nuestro caso. Dice así : (Ltx) ' Lími- 
tes (Boundari)). Los límites del Estado de California seráu 
los siguientes: Comenzando en el punto de intersección del 
grado 42 latitud Norte con el grado 120 de longitud Oeste 
Greenwich ; correrán al Sur sobre la línea de los expresados . 
120 grados de longitud Oeste hasta encontrar los 39 grados de 
latitud Norte. De aquí pasarán en linea recta con dirección 
Sudoeste al Río Colorado al punto de intersección de los 35 
grados latitud Norte : de aquí bajarán por en medio de la corrien- 
te de dicho río á la linea Umitrqfe de los Estados Unidos y Méjico, 
según lo convenido en el Tratado de 30 de Mayo de 1848; 
siguiendo de este punto hacia el Oeste, y á lo largo de dicha 
línea limítrofe, llegarán (U Océano Pacifico y se extenderán en él 



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DE BABTOLOHÉ MITBl: 401 

por el espacio de tres millas ingltsas: desde este punto y en 
dirección al Nordeste seguirán la costa del Pacífico y do los 
42 grados de latitud Norte hasta el punto de partida com- 
prenderán también iodos las islas, ensenadas y bahías ó lo largo de 
la costa del Pacifico'. (Constitución de Califonia de 1849). 

Señor Ministro dd Interior. — Cuatro pongo yo en mi pro- 
yecto. 

Señor Mitre. — Sí, y ya sabemos para quien frisas J. Este 
no es un acto municipal, para efectos puramente munici- 
pales como lo insinuaba el señor miembro informante de 
la Comisión de Hacienda. Este es un acto de soberanía 
política de un Estado federal, creado no en virtud de una 
carta privilegiada, no en virtud de un hecho que no tenía 
razón de ser, sino que nació de la esencia misma del sis- 
tema federal, del espíritu y de la letra do las instituciones 
federales. Esta Constitución fué sometida á la aprobación 
del Congreso con un mensage del Presidente, y el Con- 
greso la aprobó {como aprueba la Constitución de los Es- 
tados de nueva creación), incluso el artículo 12 que daba 
por límite á California tres millas dentro del Océano Pací- 
ñco, que le daba el dominio de sus bahías, islas y ensena- 
das; que le daba el Bio Colorado, límite de la Nación 
con Méjico, como línea divisoiia del Estado tomando el río 
por la mitad de su corriente. 

Y no se comprende como podrá ser de otro modo. La 
línea limítrofe de un Estado federal limitado por una parte 
por el mar que es común á las naciones, y por otra por 
un río que lo separa del extrangero y cuyo uso os común 
á la Nación, no puede ser osa línea imaginaria y capri- 
chosa quo tira el señor Ministro diciendo á las provincias 
de aquí no pasarás, dejando un terrono neutro cuya pro- 
piedad él adjudica á la Nación, siendo así que el Congre- 
so lejisla sobre las aguas en el nombre y en el interés 
común, no á título de propietario, sino á título de regu- 
lador supremo en el punto de intersección del comercio con 
las naciones estrangeras y con los demás Estados ó Pro- 
vincias. 

Voy á acabar con estos papeles para ir á otro terreno 
en que empeñaré la batalla decisiva, 
S^or Ministro del Interior. — Vaya primero á la Corte Su- 



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403 ARENGAS 

prem.t á ver á quien le da el derecho de las aguas en los 
puertos, 

Ssñor Mure. — El señor Ministro calificaba no ha macho 
de chicana las decisiones de la Corte Suprema, siendo lo 
qne menos se presta á la cliicana, porque sus fundamen- 
tos son sólidos y sus dañnicioneg son precisas. Ahora apela 
á la Corte Suprema. Es cierto que algunas veces la Corte 
de Estados Unidos ha incurrido en contradicciones ¡ pero 
ellas tenían su origen en la Constitución misma, pues qne 
á. la par de los principios más adelantados sobre la liber- 
tad consagraba la esclavitud como institución por no tener 
el coraje do aboliría como lo hicimos nosotros, y ellos lo 
hicieron después; de aquí nace la diversa jurisprudencia 
sobre un mismo punto. Pero donde la lójica de la libertad 
no ha sido trabada, las consecuencias de los principios han 
sido deducidas con una exactitud casí matemática. 

Volvamos á California. 

En el Estado de la CaUfornia durante su vida constitu- 
cional se han dado por su Corte Suprema multitud de de- 
cisiones que han establecido la jurisprudencia con respecto 
al gobierno del Estado en sus relaciones múltiples con la 
Nación. Ellas se encuentran metódicamente recopiladas en. 
el libro que se titulat "Digeato de California". Voy á leer 
extractos de algunos de esos documentos de la Suprema 
Corte de California, y será lo último que me permiti- 
ré leer. 

Dice con relación á Almiranfaigo y Jurisdicción de las cos- 
tas : íl^cej ' El Estado tiene un derecho absoluto al control, 
reglamentación y mejora de las i^uas navegables dentro de 
su jurisdicción, como un atributo de su soberanía. ( Caso 
Geay, v. Gunter, pajina G6). Y esto á fe que no es mu- 
nicipal. Dice además : fLceJ • El poder judicial de las Cor- 
tes Nacionales en materia de Almirantazgo no es exclusivo •. 
(Casos de tres vapores, páj. 66.) 

Señor Frias. — Eso es contrario á lo que dice nuestra Cons- 
titución, que todas las aguas interiores están sugetas á la 
reglamentación del Congreso, cosa que no está en la cons- 
titución de los Estados Unidos, y que olvida el señor Se- 
nador por Buenos Aires. 

Señor Mitre. — No es contrario, porque on ambas Constitu- 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 403 

oiones la jurisdicción aobre las aguas se deriva de la fa- 
cultad para reglar el comercio, salvo en lo que se refiere 
la nuestra á la Ubre navegación de los ríos, que no con- 
tradice el principio, y mi'is bien lo aSrma. El señor &e- 
nador, miembro informante, no ha de contener coa un so- 
fisma el curso natural de las aguas : ellas han de marchar 
por los caminos que les ha trazado Dios, y nos hemos de 
servir de ellas con arreglo á la ley. Veremos al fin de esta 
discusión como las buenas ideas á semejanza de las aguas 
han de encontrar al fin el nivel de la verdad obedeciendo 
á las leyes irresistibles de la ló^ca. (Aplausos.) 

Sigo con mi exposición. Cada uno de estos artículos, que 
es la regla aplicada á ese caso, tiene al pie la cita del asunto 
que motivó las decisiones de la Corte Suprema del Estado 
7 todos ellos han pasado en autoridad de cosa juzgada, sin 
que hayan dado lugar á reclamaciones, porque cuando esto 
ha sucedido í> el caso está pendiente, él no forma juris- 
prudencia, y forma parte del Digesto. Por consecuencia, 
son declaraciones aceptadas implícitamente por el poder 
general. 

Respecto de derechos de puerto, he encontrado esta de- 
cisión, que tampoco ha sido revocada por la Nación: /'iee^ 
■Los buques que naveguen entre San Francisco y Sacra- 
mento, y San Francisco y Stockton están sujetos al pago 
de derechos de puerto á la ciudad y condado de San Fran- 
cisco. (City y San Franciscn, V. lat. Steam. Nov, páj. 69). 
Esto le sorprenderá tal vez algo al señor Ministro. 

Señor Ministro del Interior. — No señor. jCómo me ha de 
sorprender esoí 

Señor Mitre. — Pues entonces ahora se sorprenderá con lo 
que voy á leerle con relación al dominio eminente y á la 
baja marea. 

(Lee) «Dominio eminente. Los Estados Unidos como pro- 
pietarios de tierras dentro del Estado únicamente ocupan 
la posición de un propietario privado, con la escepción de 
DO pagar impuestos al Estado'. (HJck, Y. Bell, páj. 144). 
Esto lo había declarado cuarenta años antes el Presiden- 
t-6 Monroe, como se verá después. 

(LeeJ 'Puerto. Toda la parte del puerto debajo de la ba- 
ja marea es un camino público, común á todos los ciu- 



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404 ABEKGAS 

dadanos, y nadie puede apropiárselo exclusivamente para 

sí, porque esto w en detrimanto dt)l público ". (Dig. páj, 568). 
Todo esto uo es sino para venir á la ocuprtoióu hecba 
por el Estado de los terrenos cubiertos por el agua; pero 
antes debo hacei- una ligera esplicacióii. 

El incremento de la ciiidiwi de Snn Franuisco de California, 
á cuyo nacimiento puedo decir que he asistido por hallarme 
entonces en el PacíRco, se debió como es sabido al aliciente 
del oro. Su puerto era uno de los más hennosoa del mundo ; 
la bahía podía contener millares de buques : pero las condi- 
ciones del embarcadero eran malas como entre nosotros. En- 
tonces fué que, por la proclama del General Kearny á que me 
he referido ya, se vendieron por cuenta de la Municipalidad 
los primeros terrenos cubiertos por el agua, que llamaron lo- 
tes do agua, vendiéndose posteriormente muchos otros lotes 
que se consolidaron entrando como 600 varas en la bahía. 
(Ya veráel señor Ministrocon que objeto y con que derecho.) 
Echando la vista sobre un mapa topográSco de San Francisco 
se nota desde luego que un tercio de la ciudad está edificado 
sobre el fango del puerto. Así, los almacenes, los muellea, los 
andenes y los diques se extienden por todo el frente de la ciu- 
dad hasta tocar con el sgua honda. Todo esto lo hizo la Mu- 
nicipalidad ¿ BU costa y en la carta que la Lejislatura del Es- 
tado dio al municipio de la ciudad tal fué el límite que le asig- 
nó, reservándose el Estado más allá de esa línea el dominio de 
soberanía territorial determinado por su Constitución y reco- 
nocido por el Congreso. Aquí verá el señor miembro infor- 
mante la diferencia que existe entre lo municipal y lo provin- 
cial. 

Leeré ahora lo que se refiere á htes de agua .■ (Lee) <• En el 
plan de la ciudad, el deslinde en manzanas, lotes y calles que 
llegasen hasta las bq/as marcas en el frente de la ciudad, el ob- 
jeto fué alcanzar una suficiente profnndidad de agua sobre la 
línea de tierra para la conveniencia de los buques, calculando 
que los lotes serian terraplenados á un nivel adecuado para 
edificios y acarreo por tierra ». (Dig. páj. 687} — T en otro caso 
hizo la declaración siguiente : — 'Al formarse el gobierno del 
Estado, el título á la propiedad del agua pasó á este Estado ». 
(id. páj. 687) Y posteriormonte en un caso de competencia 
que debe tenerse presente, respecto de Ia.s calles que corren 
dentro del agua declaró : ' Streets. SÍ las estacadas en una 



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DE BARTOLOMÉ MITHE 405 

calle qne se extiende dentro de la ciudad de San Francisco, 
BOU ó nó una obstrucción al libre uso de ellas para el público, 
es ana cnestíÓD de hecho que compete al jurado ». (páj. 593) 
El señor Ministro que es jurisconsulto apreciará bien todo el 
valor que tiene el declarar que un caso corresponde al jurado 
como cuestión de hecho, porque ello importa determinar la 
jurisdicción del soberano territorial, especialmente allí donde 
el pueblo de los Estados está regido por la ley común (common 
law) de la Inglaterra, cuya aplicación no es del resorte del go- 
bierno general. 

Leeré lo último que be extractado del Digesto de California. 
Sobre apropiación del agua dice: > Kl derecho al agua debe 
considerarse en este Estado como un derecho que se deriva de 
la fierra», (id. páj. 1056.) 

Sobre mueUea y diques dice esto : " El mero derecho de cobrar 
impuesto de muelles y diques por cierto número de años no es 
ni nnbien raiz, ni será propiedad privada ». (páj. 1066.) 

Sobre lo mismo y con relución á las municipalidades dice : 
■ Donde una municipalidad tenga derecho á erigir, reparar y 
reglamentar muelles, y establecer tarifas de muellage, y la 
margen del rio al frente de la ciudad se halle destinada al pú- 
blico, es consiguiente que el derecho de colectar el muellage 
recae en la corporación ". (City Sncrammto, V. Stcamer, Neui 
World, páj. 1066.) Aquí verá más claro el señor miembro in- 
formante k diferencia entre lo municipal y la soberanía pro- 
vincial distribuyendo el dominio eminente. 

Por último, y gracias á Dios que voy á acabar con mi lectu- 
ra. Sobre las facultades de las municipalidades para empren- 
der mejoras de puerto dice lo siguiente: " Con arreglo á la ley 
(üe 1842 incorporando el pueblo Oakiand, los poderes municipti- 
Iis fueron confiados á un tribunal de síndicos, con Ih facultad 
de trazar, hacer abrir, ensanchar, reglar y reparar todas las ca- 
lles, puentes, barcages, (ferriesj, plazas y sitios públicos, mue- 
lles, diqttes, andenes, etc., con autorización para construirlas ». 
( City of Oakiand, V. Carpentier.) Así, y esta es la moral que 
saco, allí se permite auna Municipalidad lo que aquí se pre- 
tende negar á una provincia en competencia con un parti- 
cular. 

Tal es la lejislación que importa en las ciudades marítimas 
6 fluviales de los Estados Unidos, y basta echar una ojeada 
sobre los planos topográficos do ellas que trae Colton en su 



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406 ARENGAS 

Atlas para que el coavenoimiento entre por los ojos. Allí se 
ve á Bostón, verdadera Venecia del Norte, circundada de 
agua y comunicada por puentes tendidos sobre los estrechos, 
con au cintura de muelles, diques, dársenas y todo género de 
obras de puerto adheridas á la propiedad privada. Nueva 
York situada en una ínsula prolongada y entre dos brazos de 
rio, es toda ella ¿ lo largo de sus márgenes, un muelle, un 
dique, una dársena, una jigantesea obra de puerto que forma 
parte integrante de la ciudad misma. Baltimore, Filadelfia, 
Nueva Orleans, y muchas otras ciudades comerciales se hallan 
en lag mismas condiciones. ; Quién podría persuadirse vien- 
do esto, que allí se considere una usurpación de la facultad 
soberana de reglamentar el comercio el hecho de construir un 
muelle adyacente á la propiedad í Sin embargo entre nos- 
otros se cree que la solicitud de una provincia para hacerle 
dentro de los límites do su territorio es en desconocimiento 
de esa facultad ! 

Es, señores, que allí hay un principio superior que rige las 
acciones de los hombres, una ley suprema que gobierna las 
reUiciones de los Estados y los poderes respectivos entre sí, y 
ese principio y esa ley son los que nacen de la lógica de las 
instituciones libres. 

Cada uno puede hacer valer razones más ó menos especio- 
sas, ofuscar con sistemas metafísicos, y formar con sus recuer- 
dos cuadros históricos que deslumhren, aunque vayan contra 
la lógica de los principios. Pero los lejisladores de un pue- 
blo libre buscan y averiguan ante todo la regla práctica que 
debe deducirse de los principios. 

En Estados Unidos, inspirándose en este sentimiento recto 
y elevado, no han ¡do é, buscar solismas en la historia del pa- 
sado, no han ido á buscar las tablas de sus derechos en las 
citas aisladas de Ulpiano, ni miden los derechos que corres- 
ponden ú cada Estado por el hecho de no haber estado en 
perpetua posesión de ellos. Un Estado por el hecho de ser 
Estado y formar parte de aquél grupo de pueblos libres, es re- 
gido por las leyes que se deducen de sus principios fundamen- 
tales, y no con sujeción á antecedentes muertos como se han 
invocado aquí, y que no tienen ninguna razón de ser. Confor- 
me á esa ciencia y conciencia del derecho, confonne á esta 
noción de la justicia distributiva, es que se constituyóla Na- 



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DE BARTOLOMÉ MITBE 

CÍ¿n <le los Estados Unidos, y sigue agrandándose por < 
ceder empleado en California. 

Pero aquí se nos vione con nna filiación histórica de 
tecedentes argentinos, argnyéndonoa con el hecho desr 
razones. Señor Presidente: debo decir que esa fili£ 
falsa, ó qne los hechos son incompletos ó mal aprc 
Respeto mucho la alta inteligencia y la vasta instrucc 
señor Ministro, así como su conocimiento de los hei 
nuestros anales, pero me ha do ser permitido aseverar 
filosofía histórica es completamente errada, como esp 
mostrarlo. 

Se han traído al debate reminiscencias históricas pj 
minarlo ; pero en vez del significado de los hechos se h. 
do los hechos mismos tomadoD por su faz externa, di 
Se habla de la colonia, de larevolución, de las asamblcí 
borantes, do las banderas, de la guerra social, tomándc 
por la superficie, sin espHcar las causas de las revolu 
el por qué y el para qué de los sucesos, parasubordin 
un sistema de ideas que sea aplicable á la cuestión. 
no es la filosofía de la historia que ilustra los orígenes 
eos de un pueblo, no es ni la pobre crónica de los heelí 
teriales descoloridos, mudos y sordos. Yo voy á ded 
ellos un sentido filosófico, un antecedente político pai 
probar la verdad que vengo sosteniendo. 

Lo que se ha dicho con relación á antecedentes colon 
facultades ejercidas por la corona de España, en nom 
absolutismo y del centralismo, no probará nada por sí 
si ello está en oposición con la lógica de nuestro sistem; 
reglas que ñuyen de la Constitución. Esos no son prop 
te antecedentes, porque no tienen razón de ser en el I 
del derecho. 

Lo que se ha dicho respecto de los trabajos de !a iu 
dencia, rememorando con palabras patrióticas aquella 
en quo levantamos la frente como hombres libres, par 
titüir un pueblo libre, según nuestra voluntad y nuest 
cesidades, no es sino el punto de partida de la nación 
bajo la base de la República ; pero no es todavía la fu( 
la organización política, aún cuando algunos anteceden! 
hayan legado. Tras de aquella serie de gloriosos comba 
viriles esfuerzos, de patrióticas tareas y de ensayos de 
titnción malogrados, sin conseguir consolidar ni U unit 



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408 ABEKGAS 

otal, ni las institaoiones nacionales, TÍnieron los tristes días 
de U guerra civil. Este es mi punto de partida : la lucha 
colonial, la anarquía, la disolución política y socia] á qnc lle- 
gamos después de haber conquistado la independencia, sin po- 
der hacer fructificar las semillas de la libertad derramadas 
por la mano generosa de nuestros padres. Pero de ese eáos 
brota la \az, de aquél desorden sui^e un nuevo elemento de 
vida, y á pesar de tantas desgracias, nos sentimos consolados 
al ver prevalecer el principio vital de la nacionalidad sobre la 
base de la igualdad, resistiendo á las fuerzas disolventes que 
lo combaten sin aniquilarlo. Desde 1820 en adelante el sufra- 
gio toma nueva forma, y de municipal se hace popular : los 
Congresos invisten nueva representación sobre distinta base : 
las provincias empiezan á manifestar su personalidad política, 
ya de hecbo, ya dando fórmula deñnitiva al hecho del aisla- 
miento de los pueblos. Entonces hizo su verdadera aparición 
en la escena la noción del sistema federal, y el movimiento im- 
preso por esas tendencias á la sociedad se continúa y se com- 
plementa en nuestros días. 

Durante aquella noche del aislamiento, la Provincia de Bue- 
nos Aires que se encontró sola, qne buscaba el amparo de sus 
hermanas y no lo encontró, qne buscó la estrella que debía 
guiarle en aquellas tinieblas y no la vió asomaren el horizonte 
de la patria, concibió la aspiración de obtener para si y para 
sus hermanas las instituciones federales, que eran las únicas 
que podían salvarnos dando base á la futura organización. 

Don Bernardino Rivadavia que es considerado vtdgarmente 
entre nosotros como el apóstol de la unidad de régimen por 
sus ideas teóricas de centralismo político, ha sido el ver- 
dadero fundador de nuestras instituciones federales. Tal vez 
no tuvo él la intuición de su obra, ni previo su alcance en el 
sentido de la distribución de las soberanías parciales; pero 
sin él, sin su inteligente iniciativa, no habría habido provin- 
cias federales vaciadas en un molde constitucional, no habria 
habido soberanías provinciales definidas, no habria habido en 
una palabra, régimen republicano federal representativo. 
Fué recien en 1R21 cuando Rivadavia con la inspiración del ge- 
nio, planteó las instituciones representativas que han dado la 
vuelta á la América del Sud, como la habían dado nuestras 
armas; y echó los fundamentos del derecho representativo 



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DE BARTOLOMÉ HTTRB 409 

proviDoíal, base del sistema federal, que debía dar la vuelta de 
la República. 

Ouando en este modesto espacio del mundo se invocaban y 
se bacían prácticos tales principios ; ouando por la primera 
vez dábamos estas lecciones de propio gobierno y á las pro- 
TÍnoias hermanas un ejemplo que debía ser imitado, esos 
pñnoipios y esas ideas no estaban generalizadas en las repú- 
blicas americanas, ni habiau tomado forma legal en las Provin- 
cias ArgentÍDas. Desde entonces es que tenemos Provincias 
regidas por sus propias instituciones, con su representación 
propia, que es lo que constituye el reamen federativo. Por 
consecuencia, si hay alguna raíz genealógica que pueda dar- 
se al orden de cosas presentes, es aquél momento supremo en 
que la nacionalidad próxima á sucumbir, y en que las provin- 
cias anarquizadas, trataron de salvarse y se salvaron en su 
capacidad de tales ensayando con más ó menos verdad la re- 
producción, el tipo de Buenos Aires, dándose soberanías loca- 
les, Lejislaturas Provinciales, derechos Provinciales, que la 
misma constitución unitaria de 1826 tuvo que respetar idean- 
do una federación de municipalidades, germen de la federa- 
ción de las soberanías provinciales que la Constitución que 
nos rige ha consagrado. 

En los atributos inherentes á esas soberanías están com- 
prendidos como es natural, la propiedad del territorio y el do- 
minio eminente á su respecto. Está determinado por lo tanto 
el límite dentro del cual eso dominio se posee y se ejercita, y 
este no es, ni puede ser otro que el de los limites territo- 
riales. 

Establecidos con solidez los verdaderos fundamentos de la 
tradición histórica, y pisando con firmeza el terreno seguro 
de la constitución, yo pregunto (puesto que de Buenos Aires 
se trata); { con qué derecho se despojarin á Buenos Aires de 
los límites territoriales con que se constituyó en provincia y 
formó en su capacidad de tal, parte integrante de la nación 
argentina f Ko pido para Buenos Aires ningún privilegio : no 
lo quiero ni lo necesito. Podria buscar pactos especiales 
garantidos por la Constitución, pero si de ellos hubiese de de- 
ducirse un derecho, debía ser común á las demás provincias 
dentro de sus limites ; y si así no fuese valdria mas hacer reuun- 
oiapatriótioa de tal preferencia. Considero, pues, á la provin- 
. eia de Buenos Aires, como una de tantas, pidiendo para ella 



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410 AEENGAS 

lo que á todas las demás corresponde, con arreglo á la Cousti- 
tnción y á la procedenle doctrina y ejemplos del régimen fe- 
deral que he desenvuelto en esta discusión. 

Si las doctiinas del señor Ministro, que no son sino meras 
generalidades, hubiesen de aplicarse, habría que borrar el tra- 
zo luminoso de Eivadavia en nuestra historia constitucional: 
habría que borrar el diseño de las soberanías rudimentarias 
de las provincias que precedieron á la Constitución y pree- 
xistieron con su vitalismo propio; habría que borrar el arti- 
culo de la Constitución misma, bajo cuya salvaguardia se ha- 
llan, renegando la enseñanza de la jurisprudencia constitucio- 
nal de los Estados Unidos que el señor Ministro encuenta co- 
rrecta ; pero no conveniente, ni aplicable, según él, sin embar- 
go de que las instituciones y los casos son los mismos. 

Así, pues, para no incurrir en tan groseras contradicciones, 
tenemos que adoptar otra filiación histórica que no es U del 
señor Ministro, y otro criterio que el suyo respecto de la ju- 
risprudencia de los Estados Uuidos. 

Si por desgracia fuese cierto lo que el señor Ministro 
ha sostenido ; si lo fuese que las provincias en su capaci- 
dad soberana no son dueñas de los límites territoriales con 
que se incorporaron definitivamente á la Nación federal, y 
que el Gobierno Nacional ea el heredero legítimo del rey de 
España en cuanto á las costas y aguas dentro de la alta 
y baja marea, y ríos navegables, resultaría la situación 
más estravagante y curiosa que pudiese imaginarse en esto 
mundo. Dueño el Gobierno Nacional como heredero del 
rey de España de esos terrenos cubiertos por el agua ó 
bañados accidentalmente por eila, las provincias litorales de 
Buenos Aires, Santa-Fé, Entre Ríos y Corrientes, dejarían 
■ de ser provincias riberanas, pues entre ellas y el agua se 
interpondría una nueva soberanía, un nuevo propietario, 
una nueva jurisdicción no definida por la Constitución. 
Quedaría entonces una lonja de territorio neutro ó anfibio, 
que se llamaría el territorio de la Provincia de las pla- 
yas que sería poblado por anfibios, que no serían de la 
soberanía Provincial, ni cabrían en la soberania nacional. 
Esto es absurdo. 

Srtñor, Ministro ífcí Interior. — Es que el señor Senador no 
sabe lo que se ha lejislado sobre las playas de los mares, 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 511 

pftra difinir la jurisdicción marítioia respecto de la ter- 
restre. 

Señor Mitre. — Puede ser ; pero sigo adelante en mi cami- 
no de Ifis playas. 

Yo sostengo que esta propiedad anfibia situada entre el 
agua y la tierra que unas veces tiene agua de uso eomün, 
y otra vez tiene tierra que no es de nadie, ni para nadie, 
no encontrará el señor Ministro ni una prescripción cons- 
títncional en que fundaría, ni un principio de derecho fe- 
deral que la apoye, porque ese territorio es necesariamente ó 
Provincial ó Nacional. 

Señor Ministro del Inferior. — Es Río de la Plata. 

SeSor Mitre. — Eso es lo mismo que decir que el Río de la 
Plata es Río de la Plata, lo que es una adivinanza de Pedro 
Ürullo, con la cual el señor Ministro no adelanta mucho la 
cuestión. Estamos hablando de las márgenes de los ríos y 
de playas accesorias. 

Señor Ministro del Inferior. — Acabo el señor Senador y le 
contestaré. 

Señor Mitre. — Ya voy k acabar sobre este punto : no quie- 
ro insistir más á su respecto. No es mi ánimo hacer la ca- 
ñcatura de las ideas de nadie, por erradas que sean; pero de- 
bo hacer resaltar el absurdo para rechazarlo en sombre do la 
razón y de la ley como voy á hacerlo. 

Decía que el señor Ministro no encontraría un precepto 
constitucional, ni un príncipio de derecho federal, en que 
fundar tan anómala propiedad, porque la Nación sólo pnede 
poseer á dos títulos y con determinados . objetos ; y sólo 
puede legislar sobre las aguas cu calidad de depositarlo y no 
de propietario, ó simultáneamente ó concurrentemente según 
los casos qne esplicaré más adelante. 

Ha manifestado el señor Ministro en el curso de esta dis- 
cusión la profunda sorpresa que le había causado que un 
señor Diputado, que él dice ser muy ilustrado, le hubiese di- 
cho qne para hacer el Gohiei'no Nacional ciertas obras en la 
ribera, como por ejemplo faros, necesitaba el permiso previo 
de la Provincia para ocupar un pedacíto de terreno. Si al se- 
ñor Ministro le ha cansado tanta lástima la ignorancia de un 
señor Diputado, cual habría sido su sorpresa si hubiese leí- 



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do un artículo de la Constitución que dice eso mismo : «□• 
tónces hubiera podido caerse muerto de estupor. (ltiaas.j 
Señor Ministro (fe/ J«fetw.— Que es lo que el señor Senador 
desearia. 

Señor Mitre. — Deseo largos años de vida y prosperidad al 
señor Ministro, para honor y bien de nuestro pats, del cnal 
es una gloria, y )o deseo también para que tenga tiempo de 
convertirse k las ideas que sostengo, que son las verdade- 
ras y pueda poner á su servicio su ciencia y su experiencia 
convirtiendo los incrédulos, como el apóstol que negó la 
buena doctrina, con la autoridad de su palabra. (Aplausos.) 

Decía, cuando el señor Ministro me interrumpió, que nn 
articulo de la Constitución dice lo mismo que á el le ha cau- 
sado tanta sorpresa. 

Señor Ministro del Interior. — Yo me voy á morir. 

Señor Mitre.— 'üo, señor; ahora vamos á vivir todos. Eu esta 
atmósfera pura de los principios en que los corazones se ele- 
van y las ideas se dilatan, natüe muere, porque hay ámbito 
para todos, hasta para el error. (Aphusos.J 

Veamos lo que nos dice la Constitución ; en su articulo 67, 
inciso 27, se encuentra lo que voy á leer: fLeeJ «Corres- 
ponde al Congreso : Ejercer una U^islaciún exclusiva en todo 
el territorio de la capital de la Nación y sobre los lugares 
adquiridos por compra ó cesión en cualquiera de las provincias 
para establecer fortalezas, arsenales, almacenes ü otros as- 
blecimientos de utilidad nacional ». 

Esto vale tanto como decir que la Nación no puede poseer 
territorio en tanto que las provincias no se lo vendan ó se 
lo cedan, ni lejíslar, ni ejercer jurisdicción exclusiva sobre 
lugares que no le hayan sido vendidos ó cedidos por las 
provincias, renunciando estas á todo dominio sobre ellos, 
que son los dos títulos á que hice alusión antes. Por con- 
secuencia, el diputado que tanto asombro causó al señor 
Ministro con su aserción, no decía ni más ni menos qne 
lo que dice la Constitución, y en términos tan claros y ter- 
minantes que no hay como negarse á la evidencia. Según 
la Constitución no hay jurisdicción ni legislación exclusiva 
por parte de la Nación, sí no hay cesión por parte de la 
Provincia. Me parece que nadie se sublevará contra esta 
autoridad. 



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DE BABTOLOUé MITRB 

Tal es también la jurísprudeticia constii 
hecho prevalecer la Corte de EsUdos Unit 
tes decisiones, y que ha respetado en todi 
biemo de la Unión, Como comprobante 
hasta que punto es observado en aquél p 
estrañeza le ha causado al señor Ministre 
tado, voy á citar el caso más ilustrativo, 
tamente tan singular que no me habría dec 
no haberlo encontrado en un antor tan gi 
enya exposición de doctrina leeré tambiéi 

«Sifjnese como una consecuencia de la 
blecidas por las cortes federales, que las ( 
tados no pueden, tomar conocimientos de 
se cometan dentro de los distritos cedidoí 
los habitantes de tales distritos no puedci 
derecho fpriviUge) civil, ni político re^do 
Estado, por cuanto no están obligados po 
sido decidido por las cortes. Pero en el < 
Estados Unidos no hayan realmente {aclu 
él Estado no haga terminantentente y de fací 
rio á los Estados Unidos ¡a jurisdicción qu 
aún cuando el sitio en cuestióu haya sido 
de la entrega de él por la Oran Bretaña 
los Estados Unidos sirviendo de guamici 
militar. La suprema corte de Nueva Yorl 
á esto decidió en el caso de ThepeopU t 
que tenía jurisdicción sobro un asesinato 
del fuerte del Niágara por un soldado & 
do. Ni la compra de la tierra por los 
es por si sólo un su&ciente título para i 
jurisdicción, ni á despojar de ella á los E 
acompañada ó seguida con el consentimie 
tura del Estado. Asi ha sido decidido en 
sUvania verstts Young.i (Com. tom. 1", páj 

Señor Ministro del Interior. — ; Quién no ss 

Señor Mitre. — Los que lo ignoran 6 lo han 
vamos aprendiendo ó recordando algo. E! 
que ahora pocos años no podía ni conoeb 
del gobierno federal, ha aprendido leyendc 
diaudo & Curtís y meditándolas pajinas de 



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Señor Ministro del Interior. — Y el señor Senador ha apren- 
dido más, porque él quería constifcución do federación y le 
enseñamos como era la verdadera Constitución federaL 

Señor Mitre. — No recuerdo la lección. Yo me refiero á 
la constitución que nos rige ; de que lie sido el comenta- 
dor siendo el señor Ministro colega mió on la Convención 
de Buenos Aires, en cuya época podemos decir que ca- 
si todos estábamos deletreando la cartilla constitucional. 

Señor Ministro del Interior. — No quiere acordarse el señor 
Senador. 

Señor Mitre. — Tendría muoho guato en seguir al señor Minis- 
tro en sus interrupciones, si ellas no nos alejasen tanto del 
asunto eu cuestión. 

Decía, pues, que si lo que dice la constitución y lo que 
dice Kent es tan explícito y luminoso, lo que el señor Mi- 
nistro, 6 más bien, lo que el doctor Velez Sarafield ha dicho 
antes de ahora sobre el particular es lo más concluyente. 
Esta es la saludable sorpresa que le tenía preparada para 
el caso en que desgraciadamente se hubiese muerto de 
asombro, porque al oir sus palabras se habría reconocido, 
habría resucitado. 

Señor Ministro del Interior. — Pero cante ! f Risas. J 
Señor Mitre. — No soy yo el que va á cantar. Va á cantar 
el señor Velez con voz más entonada que la mía. Es una 
canción antigua con música moderna. (Bisas. J 

Tratábase en 1862 del ferro-carril del Rosario á Córdoba 
propuesto por mí como encargado del Poder Ejecutivo Nacio- 
nal. Al principio el señor doctor Velez, entonces Senador por 
Córdoba, se oponía á esa obra, exagerando un tanto las teorías 
de Galhoun, y aconsejando á las provincias desde la tribuna 
que no cediesen nn palmo de tierra para esa obra. Pero como 
dije antes: eran errores siu consecuencia en las planas de pa- 
lotes de una escuela de muchachos. Cuando llegó el caso de 
diotarse la ley, ya todos sabían leer en la Constitución. En 
tal ocasión el Senador Velez Sarsfield dio una opinión diame- 
tralmente opuesta á la que sostiene hoy el Ministro Velez 
Sarsfield. 

No digo esto para argüir la inconsecuencia al señor Minis- 
tro, porque sería esta pobre satisfacción si no me propusiese 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 415 



un objeto más serio, cual ea hacer eoacurrxr al triunfo de la 
verdad su misma palabra ouatido su espíritu estaba sereno, y 
miraba las cosas de su verdadero punto de vista. El caso sin 
embargo era idéntico al que tratamos hoy. La ííacióo con- 
trataba con un particular la construcción del ferro-carril, lo 
mismo que hoy ha contratado el gobierno respecto de la obra 
de puerto ; la obra debía llevarse á cabo por una sociedad anó- 
nima, como se proyecta hoy : y se cedía determinado terreno k 
la empresa lo mismo que boy, con la sola diferoncia que los 
propietarios de esos terrenos habían sido previamente consul- 
tados y hecho sesión de ellos. Con estos antecedentes se 
apraciarála importancia de la opinión omitida por el doctor Ve- 
loz, que puede consultarse en el Diario <h SesUmes de la Cáma- 
ra de Senadores, páj. 221, en que se encuentra inserta la se- 
sión del dia 15 de julio de 1862. Ya á cantar ahora el doctor 
Velez, que decía lo siguiente: (Lee) i^Sefior Vclez Sarsjkld. Se 
me ha preguntado como concilio yo la doctrina ó sea esta ley, 
con los principios aceptados por los Estados Unidos sobre ca- 
minos públicos, &s decir, que la jurisdicción de esos caminos 
que se llaman nacionales pertenecen al Congreso y no al te- 
rritorio de la Provincia. Debo decir que este camino que se 
va á hacer no es nacional; es un camino de particular, de una 
compañía llamada de tal modo, y á la que el gobierno garan- 
te y asegura tal renta. No es un camino nacional y por lo 
tanto la jurisdicción de este camino pertenecerá á la jurisdic- 
ción provincial. Así, si en eso camino sucede un asesinato, 
por ejemplo, el juez será no el del particular, sino el del te- 
rritoi io ", 

Prevengo, señores, que no soy yo el que habla, es el doctor 
V«lez. (Hilaridad.) 

Sigo leyendo: (Lee) ■ Pero otra cosa puede decirse de este 
artículo. En los terrenos que ahí se ceden oí Gotñerno Nacio- 
nal ^la jurisdicción á quién corresponde! En el derecho fe- 
deral corresponde al gobierno federal. En todos los territo- 
rios de la Nación el gobierno puede poner fuertes, y en ellos 
su jurisdicción es exclusiva : todos los heches que allí pasan 
corresponden á las autoridades nacionales. Pero como los 
terrenos que se conceden son con el objeto que se dice de mejo- 
rar los productos del camino, es decir, que ellos no van á ser 
completamente en favor de la Nación, esteprodacto defie quedar siem- 
2?re á beneficio de ¡a Provincia que ceda esos terrenos. Yo creo, 



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416 AHENGAS 

pues, que debe agregarse: correspon^ siempre lajuris^cción cb 
estos territorios á Ja juristUcción provincial •■ 

Sustituyase la palabra camino oon la palabra jiu^rfo, pre- 
gúese á terrenos Xa, de los terrenos de la ribera, compárense los dos 
casos 7 apliqúese la opinión leída al ooso en cuestión y se 
verá que liay entre ambas perfecta identidad y que el señor 
Ministro incurre en manifiesta contradicción consigo mismo. 

Pero no quiero recalcar más sobre este punto. Continuare 
ilustrando la cuestión en cuanto se relaciona con las cesiones 
de terrenos y su jurisdiceióu, y de lejislación exclusiva con- 
currente en ellos. Voy i citar los casos que he encontrado 
sobre el particular, todos los cuales son sumamente ilustra- 
tivos. 

Eq un libro que tiene autoridad, y que lleva por título 
".Código político de Nueva York » se encuentran perfectamen- 
te reglamentados todos los deberes y derechos del Estado en 
sus relaciones con el gobierno general y con los ciudadanos. 
Es un modelo digno de ser imitado por un pueblo libre, y co- 
mo tal fué enviado á los gobernadores de provincia por nues- 
tro Ministro en Estados Unidos, hoy Presidente de la Repú- 
blica. Espero que no se recusará el texto, porque está ga- 
rantido. Pero como ese código es un simple proyecto, siendo 
los estatutos revisados á que me referí antos los que tienen 
vigor y fuerza de ley, no voy á citar de él ningún artículo dis- 
positivo, sino simplemente las cesiones de territorios que en 
ese libro constan, y las condiciones en que han sido hechas. 

Según se lee en la sección 21 del Código, el Estado de 
Nueva York ha hecho noventa cesiones á los Estados Unidos. 
Defülas, ochenta con jurisdicción concurrente dentro desús lími- 
tes, comprendiendo en ellos tierras cubiertas por las aguas, puer- 
tos, islas, etc., con el objeto de establecer malecones, baterías, 
campos militares, aduanas, faros, balitas, correos, arsenales, fuertes; 
y sólo había cedido hasta 1860 con jurisdicción exclusiva para 
la Nación diez lotes de terreno. fV. Political, code of the Sfate 
N. York, páj. 69.) 

Entre nosotros no faltan tampoco precedentes del mismo 
género. Recuerdo en ente momento un muelle que se formó 
en el Rosario en 1856 y otro en Santa-Fé en 1857, en que el 
Gobierno Nacional solicitó la previa cesión de la lejislatura 
de la Provincia, la que fué acordada. 
Por último citaré en apoyo de lo quo vengo sosteniendo un 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 417 

precodente más, no porque él aumente el caudal de hecHos 
COD que he ilustrado esta cuestióu, sino por la especialidad 
del punto en que tuvo lugar la cesión de terreno, y por hallar- 
se precisamente en las condiciones que el señor Ministro en- 
contraba tan ridiculas cuando oyó con asombro decir que pa- 
ra establecer un faro sobre la. ribera se necesitaba que la 
Provincia le concediese el pedacito do terreno en que debía 
fundarse. 

En el Estado de Massaohusets cuyh costa está sembrada de 
islotes y peñascos tiene la embocadura del rio Merrimac á su 
derecha una punta de rocas estériles del continente du los Es- 
tados Unidos, y á la izquierda un islote desierto que no por 
hallarse desprendido del territorio del Estado la Nación ha 
pretendido quitárselo como se quiere hacer hoy con la playa 
adyacente y continua de las provincias riberanas. Para dar 
seguridad á la navegación en aquellos mares tempestuosos, 
los Estados Unidos necesitaban establecer balizas y fanales 
en la boca del río Merrimac, determinando sn canal de día y 
de noche. Antes de fijar las balizas, y antes de establecer las 
dos luces salv&doms que debían iluminar la entrada, el gobier- 
no general de los Estados Unidos fué k Massachusets, pidió 
permiso para ocupar con sus obras de mejora aquellos peque- 
ños puntos del espacio, aquellos pedacitos de terrenos de que 
se reía tanto el señor Ministro, aquellos islotes y rocas en que 
ostaba asentada la soberanía local del Estado, y recien enton- 
ces levantaron aquellas dos luces que í\, la vez que alumbran 
la ruta do los navegantes, atestiguan el respeto del gobier- 
no general por los derechos territoriales de los estados par- 
ticulares. (Apfansos.J 

He concluido de discutir !a parte de la cuestión que tanto 
asombro causó al señor , Ministro la primera vez que oyó 
decir quo para establecer faros se necesitaba la cesión del 
terreno por parte del propietario. Me parece que ahora no 
le inspirará tanta lástima la candidez del diputado á quien 
él se referia. (Risas.) 

Entro ahora á tratar del asunto en sus relaciones con la 
cuestión de expropiación. 

Siento decirlo, pero á pesar de la masa de luces que posee 
la Cámara de Diputados y de la reconocida competencia de 
muchos de sus miembros, me parece que el asunto en gene- 
ral, no ha sido seriamente tratado allí, tal vez por no prestarle 



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418 ARENGAS 

la debida utencíún dojáudoso alucinar por la bondad aparen- 
te de la idea, ó tal vez porque aún no se había presentado 
otra idea que la contrastase. 

El único punto que en aquella Cámara se ha tratado de paso, 
ha sido el de la propiedad de los terrenos de la ribera di- 
ciéndose que si eran de la provincia, el P. E. tendría siem- 
pre el derecho de expropiarlos, doble cuestión que merecía 
un estudio muy detenido. 

Para fundar el derecho á la expropiación se ha citado allí 
un articulo de la coustitución, que es el mismo que voy á 
tomar por texto de mi examen. 

El artículo 17 de la Constitución, que es al que mo refie- 
ro, dice que "la propiedad es inviolable, y que ningún ha- 
bitante de la Nación puedo ser privado do ella, sino en 
virtud de sentencia fundada en ley;- agregando que olací- 
pTOpiariún por causa de utilidad pública debe ser caUfifaila jwr 
ley, Y previamente indemnizada." 

Leyendo con poca atención este artículo podría creerse que 
el derecho do la Nación es perfecto y absoluto, poro estu- 
diándolo con detención se ve que él sólo se refiere á la 
propiedad privada, que su objeto es asegurar las garan- 
tías individuales, y nada absolutamente habla de las rela- 
ciones de la Nación con las provincias acerca do la mate- 
ria ; no habiendo tenido necesidad do decir quo es inviola- 
ble la propiedad de la entidad política llamada Estado, 
porque está regida por otros principios, por otras prescrip- 
ciones constitucionales y otras leyes. El artículo invocado 
para este caso se refiere, pues únicanit-nte á la propiedad 
privada, y el caso de expropiación á una provincia es una 
cuestión de otro orden que no está regida por él. 

El derecho de expropiación que nace del dominio eminente, 
es inherente á la soberanía, sea que la retenga la pi-ovincia, 
ó la ejercite en su caso la nación. Las dos soberanías, 
cada una de ellas hábil en su esfera, ejercen simultáneamente 
ó concurrentemente el dominio siendo algunas veces exclu- 
sivo del gobierno territorial, ó sea de la localidad, j Cuál 
de las dos soberanías sería la que en este caso debería 
ejercitar ol dominio eminente ! Esta es la cuestión cons- 
titucional que no se ha tratado entre nosotros y que todavía 
DO se ha resuelto ni aún en los Estados Unidos, ¿ saber, 
en que oasos un poseedor del dominio eminente puede ex- 



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DE BARTOLOMÉ MTRE 419 

propiar á otro poseedor del mismo dominio. Á esto res- 
pecto no bay ni siquiera una palabra escrita en virtud de 
la cual pueda entenderse que el soberano de la dación 
puede expropiar al soberano territorial de la Provincia. 

Tanto loa tratadistas que se ban ocupado de esta cues- 
tión del punto de vista de los derechos de los Estados, 
como los representantes más caracterizados de la autoridad 
soberana de la Nación en loa Estados Unidos han coincidido 
singularmente en ella, y ningún hecho ha modificado esta 
creencia, por cuanto en aquél país no se conoce un sólo 
hecho de expropiación hasta el que últimamente ha tenido 
lugar con motivo del Ferro-Carril interoceánico, y esto no 
sobre los Estados, sino sobre territorios nacionales sugetos 
á la legislación del Congreso. 

El Presidente Monroe, de quien la América entera y la Re- 
púbhca Argentina en particalar guarda un inmortal recuerdo, 
escribía en 1822, un mensage célebre, que ha hecho época. 
Al citároste documento, debo sin embargo hablar con inge- 
nuidad al Senado; el Presidente Mouroe reaccionando como 
Presidente de la Unión contra la tendencia do la preponde- 
rancia del Gobierno Federal, era el continuador de la escuela 
de Jefferson, un sectario apasionado del poder de los Estados. 
Pero cualquiera que fuese su grado de exageración al aplicar 
su doctrina, no puede negarse que ella es la que ha prevaleci- 
do, aún contrariando las vistas del partido Washington, y que 
es hoy mismo la más acreditada no obstante la reacción que 
en sentido opuesto se ha operado en aquél país después de 
la última lucha. 

Con esta prevención voy á leer algo de lo que decía Mon- 
roe : (Lee) « Todo lo que el Congreso puede hacer en caso de 
mejoras locales sería disponer del dinei-o necesario para efec- 
tuarlas. Pero en cada caso que necesitase de protección ó 
sanción lejislativa, le sería forzoso ocurrir á autoridad del 
Estado. " 

Esto es lo mismo que hemos hecho nosotros cuando se tra- 
tó de expropiar los terrenos para e! Central Argentino. 

Sigo leyendo lo que dice sobre derecho concurrente : (Lee) 
• La expropiación del terreno, si los propietarios rehusasen 
venderlo, tanto el establecimiento de peajes como la protec- 
ción de las obras cuando se acaben, deben ser hechas por el 



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I 



420 AIlEXTiAS 

Estado. Pava estos objetos los poderes del Gobiorjio General 
se reputan completamente insuficientes. ■ 

Habla ahora de la facultad de expropiar, y dice ; (Lvs) 
o Tiene el Congreso el derecho de expropiar con este objeto 
{para aduanas, almacenes, etc.,) la propiedad particularT- Co- 
mo so ve, aquí se refiere únicamente á la propiedad iiai'ticu- 
lar, y en ningún caso á la propiedad pública de los Estados, y 
sigue: ( LecJ » ¿Tiene (el Congreso) der.echo de jurisdicción 
sobro tules edificios! (Within tltosc huildhiffs.J Ninguna de es- 
tas prerogati^as se ha sostenido ni podrían, según se croe, 
* sostenerse. El gobierno general invariablemente, bien ha al- 
quilado casas, cuando ha podido encontrarlas, ó bien, cuando 
no, construido edificios y los ha tenido bajo las leyes del Esta- 
do. Bajo el poder de establecer oficinas de coitcos, también 
se necesitan casas para el recibo y despacho de la correspon- 
dencia. Estas casas siempre so han alquilado ó comprado, y 
se han tcuido bajo las leyes del Estado, de la misma manera 
que si perteneciesen á cualquier particular. Los Estados Uni- 
dos tienen el derecho de establecer tribunales inferiores á la 
Corte Suprema, y los han establecido en todos los Estados de 
la Unión. Se cree que estas casas de los tribunales inferio- 
res han sido siempre alquiladas. Ningúu derecho de jurisdic- 
ción se ha pretendido jamás en ella fuera del derecho de 
inmunidad, (pr'iviltge), y esto cuando el tribunal estaba en 
sesión." (V. Prcs/tkníc Mcssages, vol. 1", püj. GIO.) 

Esto es para mostrar hasta qué punto se ha llevado en los 
Estados Unidos el respeto & la soberanía territorial de los 
Estados, y demostrar que el derecho do e.tpropiación no se ha 
ejercitado por la Nación en ningún caso sobre esa soberanía, 
y únicamente se ha colocado en hipótesis fronte á frente del 
derecho individual que está regido por el dominio eminente on 
virtud del cual puedo efectuarse la expropiación. 

Entre nosotros tal ha sido la doctrina que invariablemente 
hemos profesado y practicado, y en consecuencia, tales son 
también nuestros antecedentes. 

En la ocasión en que el doctor Velez emitió la opinión que 
he manifestado antes, es decir, cuando en 1862 el (Congreso 
dio la autorización para contratar el ferro-carril Central, la ley 
no comprendió la cesión do las tierras que después se han do- 
nado á la empresa á fin de realizar el camino. Para que la 
doctrina tuneve efecto, el P. E. se dirijo préiíamonte á los 



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I 



DE BARTOLOMÉ MITRE 421 

Gobiernos de Provincia, entabló con ellos una negociación 
larga y laboriosa, y obtuvo al fin de las lejislaturas do Córdoba 
y Santa-Fé, por cuyo territorio dobía pasar el camino, una ley 
de cesión de tierras en favor del fen-o-carril. Cada lejislatara 
dictó entóneos una ley de expropiación, seg:ún la cual ella de- 
bía verificarse en caso de resistencia á la venta. Cuando éste 
estuvo hecho por la soberanía local, entonces recien ae presen- 
tó nuevamente el P, E. al Congreso anunciándole que habien- 
do dado las provincias respectivas la ley de expropiación (en 
virtud del dominio eminente radicado en ellas como se La re- 
conocido) todo estaba aiTeglado. 

Vino posteriormente la ley nacional de 7 de octubre de 
1866 á que se ha aludido antes, la cual declaró sugetos á 
expropiación tanto los bienes del dominio provincial como de 
los particulares cuya ocupación se necesitase para las obras 
de utilidad pública. (V. liej. O/, de 1866, pAj. 108}. No creo 
que aquella ley fuese bien meditada, y por otra parte todavía 
la ley no ha sido aplicada á ningún caso. Cn ando esto suce- 
da, el Congreso al tiempo de dictar la ley especial que califique 
la utilidad pública, ha do volver á tratar con más detención 
el punto; antes de ordenar la expropiación de una propiedad 
pública provincial, y de seguro en ningún caso lo hará en fa- 
vor de un particular como en el caso de que se trata en el 
contrato puerto. 

Aún cuando esto basta y sobra para mi objeto, y aún cuan- 
do los ejemplos y autoridades que he citado antes son conclu- 
yentes, no quiero aparecer exagerando las facultades de las 
provincias, de que se sabe no soy ardiente partidario ; ni limi- 
tando por demás el ejercicio del derecho eminente por parte 
de la Nación, que es útil tenga en muchos casos en toda su 
plenitud para poder vencer las resistencias que se opongan á 
la realización de una obra de verdadera utilidad pública. Qui- 
siera conciliar y no poner en pugna estas facultades. 

Pero aún suponiendo que la Nación tuviese sobre esto un 
poder exclusivo y absoluto, aún suponiendo que sólo ella fuese 
juez de la expropiación, sea que ella recayese sobre el domi- 
nio provincial ó privado, no basta que la causa de utilidad 
pública esté calificada, es indispensable que la necesidad de la 
expropiación sea inevitable, como lo dicen todos los tratadis- 
tas de la materia, Expropiar no es sino apropiarse por la 
fuerza lo que voluntariamente no se puedo obtener, (so en- 



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422 ARENGAS 

tiende, que previa iudemoización por su justo precio). Para 
esto son condiciones sitie qui non tres, faltando una de las cua- 
les no es licito ejercer oí derecho de expropiación, y son : 1") 
que el propietario del terreno se resistii á cederlo; 2", que la 
obra de utilidad pública no pueda realizarse siuo por ese me- 
dio; y 3", que el propiet^io del terreno no ejecutase á su costa 
la obra que se trata de ejecutar. Asi es que eu el caso prác- 
tico que nos ocupa para tener el derecho de expropiar á la 
Provincia de Buenos Aires los teixenos de la ribera de que es 
pi-opietaria, sería necesario que ella se resistíese á cederlos 
voluntariameate á la Nación, lo que no sucede : ó que la obra 
de pTierto no pudiese realizarse sino expropiando, lo que tam- 
poco es el caso, puesto que sin necesidad de ésta se hará ; 6 
por último, que la Provincia no estuviese dispuesta & tomar 
sobre sí la obra con mayor utilidad para el público que es 
precisamente lo contrario de lo que sucedo. 

X este respecto dice un autor americano moderno, Smith, 
que es el que con más detención ha tratado el punto en cues- 
tión, esto que voy á leer r " al tratar de estas materias debe 
obser\-arse de.sde luego que entendemos que el derecho de to- 
mar posesión de la propiedad particular para uso público es 
inherente á la soberanía de todo gobierno. Según la ley co- 
mún (common Jaw) el derecho del dominio eminente se ha con- 
siderado siempre como una alta prerogativa de soberanía para 
ser ejercitada solamente por causa de utilidad pública, y üni- 
eamente bqjo circunstancias tales que cidaijan ht consecución <le la 
indicada utilidad públicn, de otro modo que hiriendo uso de aquella 
jtrerogotiva. La Constitución, según lo entendemos, no ha al- 
terado esta regla de la ley común, ni lejislado sobre este inci- 
dente natiu-al, inherente á la soberanía." (Stnntl Const. Law, 
páj, 466.) 

Lejos de concurrir en la obra del puerto ninguna de las 
condiciones requeridas para que la expropiación sea un dere- 
cho, y cuando menos una necesidad, coucuiren por el contrario 
todas las que la hacen injusta é innecesaria, desde que el ob- 
jeto de utilidad pública que se busca so consigue con menos 
gravamen y mayor ventaja, encargándose el mismo propieta- 
rio do la tierra do llenar la necesidad. ; Cuál es, pues, la razón 
que hay para expropiar! No existo absolutamente ninguna. 

Pero ensanchemos los horizontes, no miremos la cuestión 
de utilidad pública del limitado punto de vista del derecho de 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 423 

expropiación, coiisideremoa la cuestión en sus relaciones con 
las conveniencias generales y preguntémonos i cuál debo ser 
la regla fundamental do la política del Congreso respecto de 
las Provincias tratándose de mejoras internas, en que los po- 
deres son concurrentes í 

Antes de absolver esta pregunta, señor Presidente, debo decir 
que mi oposición al proyecto que se discuto es hija de mis más 
profundas convicciones. Confieso que al tratarlo estoy ani- 
mado de cierta pasión; pero es la pasión noble y generosa del 
bien que aspira á lo mejor. Por lo tanto yo desearía que el 
proyecto que el Gobierno ha presentado fuera, sino perfecto, 
por lo menos aceptable, de tal modo que pudiera en concien- 
cia darle mi voto ; pero hay en él puntos capitales que me alo- 
jan totalmente, y me obligan á combatirlo en todas y cada una 
de sus partes, como lo bago y lo seguiré haciendo. Siento no 
tener bastante elocuencia para trasmitir la convicción profun- 
da de que estoy animado; sin embargo, yo proclamaré de todos 
modos mi creencia. 

Yo creo, señores, que la política patriótica y acertada del 
Congreso, debe ser radicar en los poderes públieo«, sean ellos 
nacionales ó provinciales, obras de naturaleza de la que esta- 
mos tratando, no para hacer competencia á los particulares, 
no para debilitar su enérgica iniciativa, sino por el contrario 
para emanciparla de la tiranía del egoísmo, templar el resorte 
del trabajo, y obtener asi las mayores ventajas posibles para 
la comunidad. 

Más adelante he de desenvolver estensamente esta idea fim- 
damental, cuando considere la cuestión bajo su faz eeoDÓmica. 
Por ahora voy á establecer el cimiento en que he de apoyar más 
tarde mi proposición, demostrando que así como es conve- 
niente que obras como las del puerto no salgan de manos de 
los poderes públicos, es posible que la Nación las realice i>or 
sí y con sus propios recursos. 

Me he preguntado algunas veces ¡ por qué el Gobierno no 
se ha presentado pidiéndonos que le autorizemos á realizar la 
obra del puerto ? Yo el primero que me hubiese levantado 
batiendo palmas, y habría pedido al Congreso que votásemos 
por aclamación la loy en honor de la idea del progreso. Pero 
cuando se nos presenta pidiéndonos autorización para eiiage- 
nar perpetuamente una gran propiedad del público, eu bene- 
ficio de un ]iarticular, y con deirimontodo los intureses comu- 



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424 ABEKQAS 

nos, no me esplico ni sa propósito, ni comprendo la onusa de 
8u preferencia y sobre todo de su insistencia después de la 
propuesta más ventajosa que ha liecho la provincia de Buenos 
Aires. 

El P. E. ha dado en su Mensaje de apertura, y ha repetido 
on el Mensaje especial con que ha acompañado el proyecto, 
la única ranón que parece haber tenido para no acometer la 
obra, y es no encontrar en sí mismo la posibilidad de hacerlo 
por alwm. Esta razón es prueba que el Gobierno reconocía 
la obligación y la conveniencia de ejercitar por si la obra, 
y que trat-aba de disculparse ante el país por entregarla 
á otras manos. Pero si se demostrase qne él puede llevarla á 
cabo i qué razón ni que disculpa daría para no hacei-laf 

El señor Ministro es no sólo un economista 

Señor Ministro del Interior. — Yo no soy economista. 

Señor Mitre. — Es también un financista, y no puede dejar 
de estar á su alcance el sistema de recursos y la sencilla com- 
binación por medio de la cual seria posible al Gobierno Na- 
cional realizar esta obra, ya fuese por si sólo, ya con la coope- 
ración de la Provincia de Buenos Aires, ya dejando que ésta 
la llevase á cabo con sus propios recursos. 

La Provincia de Buenos Aires en el carao de nuestra 
guerra con el Paraguay que lleva cuatro años, ha presta- 
do á la Nación, once milUmes de fuertes. Actualmente el 
Poder Ejecutivo solicita dos millones más que espero le 
serán dados por el noble objeto á qiie se destinan. Son 
trece millones. Según el monto de las sumas destinadas 
para el pago de la renta y amortización de estas deudas, 
los 13 millones quedarían cbancelados en 1873, habiendo ga- 
nado el Banco en la operación y usado el Gobierno Na- 
cional de su crédito á la par dentro del país. Si, pues, la 
Provincia de Buenos Aires ha tenido para prestar ala Na- 
ción un capital mayor que el que el mercado de Londres nos 
ha proporcionado, sin ningún quebranto para su crédito, y 
esto en la época más angustiosa para la hacienda pública; 
y la Nación ha tenido como pagar el servicio de la renta 
y de la rápida amortización que va efectuando, quedando 
desempeñada en muy corto tiempo, es evidente que con- 
tamos con una fuente de recursos y capacidad solvento 
que debe alentarnos á acometer la obra, si no hoy mismo, 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 425 

luego que la situación se normalice. ¿De qué modo I Con 
los datos que be apuntado, no se necesita ser un genio 
para comprender que quien ha podido servir la renta y 
amortización de once miltones en cuatro años, y chance- 
larla en siete años, ocho cuando más, le es posible usan- 
do del crédito, levantar un empréstito de seis millones de 
pesos á la par (que es lo que importaría la obra,) cubrien- 
do el capital al cabo de dioz á doce años coa los produc- 
tos de la obra misma, como lo probaré después. Desde 
luego ahorraría con esto el millón que se quiere entregar 
al concesionario por vía de prima, lo que reduciría en rea- 
lidad el monto del empréstito á sólo cinco millones. 

Además debe contarse aparte otro recurso que el Poder 
Ejecutivo estima en más de un millón de pesos anual, 
que es á lo que se cree asciende el desfalco de las rentas 
por el contrabando, que se evitaría con la construcción de 
un puerto seguro bajo la vigilancia del Gobierno. El señor 
Riestra cuando era Ministro de Hacienda calculó el con- 
trabando en un 10 por ciento. El Ministro González en 
una do sus memorias de Haciéndalo ha estimado en vein- 
to por ciento. Sea un 10, que es la cifra que se aproxima 
á la verdad, según mi creencia: tenemos en perspectiva 
un recurso de un millm doscientos mil j>csos fuertes, que por 
sí sólo bastan para atender al servicio de la deuda que 
se contraiga operando una rápida amortización. 

Otra combinación muy sencilla: i Qué dificultad habría, 
en que el Banco de Buenos Aires prestase á la Nación la 
cantidad de seis millones de pesos, á entregar por canti- 
dades de un millón, comprometiendo en la operación úni- 
camente sus ganancias que ascienden poco mha ó meaos á 
esa cantidad! Disminuyendo á la mitad el servicio de la 
renta y amortización de su deuda aetnal con la Nación, 
la operación estaría terminada desembarazadamente en 12 
años ó 15 cuando más, contribuyendo poderosamente al ob- 
jeto los mismos productos de las obras de puerto una vez 
terminadas, y que podrian servir de garantía en todo caso. 

Asi pues, es mi creencia, que el Gobierno Nacional no 
sólo debe, sino que puede realizar esta obra, y declaro que 
mis simpatías están porque lo hagan la Nación con prefe- 
rencia á la Provincia, porque lo considero más convenien- 
te á los intereses recíprocos. En defecto de esto estaría 



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420 ARENGAS 

porque las llevase á cabo en unión oon la Provincia áe 
Buenos Aires, que cuenta como se ha %-isto, con recursos su- 
ficientes para cooperar á su realización de diverso modo. Pero 
si esto uo puede ser, doy mi preEerencia ¡v ta Provincia, y 
digo y sostengo que á ella le corresponde hacerlo con prefe- 
rencia á un particular por tres razones capitales, y una más 
que debe tenerse en cuenta. La primera es que la Legisla- 
tura de la Provincia de Buenos Aires acaba de dictar una 
ley autorizando á su Gobierno para ejecutar la obra en con- 
diciones infinitamente más favorables L los intereses genera- 
les que las que el Poder Ejecutivo Nacional había contratado 
antes. La segunda porque es propietaria de sus terrenos de 
la ribera en que las obras deben ejecutarse, como lo he pro- 
bado ya. La tercera que al emprender tales obras sin per- 
judicar á la navegación, ni contrariar la ley suprema del 
comercio, usa del derecho que le da la Constitución por el 
art. 107 autorizándola expresamente á fomentar sus intere- 
ses económicos y trabajos de utilidad común en conocimiento 
« del Congreso," fomentando "Su industria, la construcción de 
o ferro- carriles y canales navegables, exploración de sus nos 
" con recursos propios," lo que implícitamente comprende la 
obra de que nos ocupamos una vez que ella está dentro de 
sus límites territoriales y la Nación renuncia al derecho de 
dictar la ley suprema para ejecutarlas por ai. 

Tengo otra razón más, y no es la menos importante. La 
provincia de Buenos Aires es no sólo propietaria de los 
terrenos en que se trata de construir los diques, sino que 
es propietaria de la idea de hacer el puerto, teniendo á la 
vez que la propiedad la prioridad de la invención. Esta 
propiedad dkta de la época en que Buenos Aires asumió 
la personalidad política de provincia federal, y se comprue- 
ba con su propia historia. Desde entonces, desde 1821, en 
que Rivadavia dio forma á los elementos del régimen pro- 
vincial, creando el tipo de las futuras provincias federales, 
desde entonces siempre fué su aspiración la mejora de 
su puerto. 

La Junta de Representantes de Buenos Aires en 1821 
puede considerarse como la nebulosa, el núcleo de la sobe- 
ranía lejíslativa de las provincias argentinas. Tino de sus 
primeros actos lejislativos en 22 de agosto de 1821 fué 
uua ley propuesta por el gobierno, por cuyo ar- 



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DE BARTOLOMÉ UITBE 427 

tículo 1" se nfacaltaba al ejecutivo para la construcción de 
un puerto en la ciudad de Buenos Aires, » (Y. Jieg. O/, de 
1821, páj. 30.) 

El 7 de diciembre de 1S22 en cumplimiento de la ley de 
la le^slatura el Ejecutivo Provincial expidió un decreto or- 
ganizando el departamento de ingenieros bidr.íuUcos, al cual 
se recomendó se encargase cou preferencia -de la cons- 
trucción del puerto, y provisión de agua á la ciudad. » f'ifeg. 
Of. de 1821, páj. 318.) 

En 1823 el ingeniero Bevans, uno de los más capaces que 
hayan venido anteriormente á uueatro país, presentó en cum- 
plimiento del decreto del gobierno tres proyectos sobre cons- 
trucción de puerto. Por el primero se proyectaba una dárse- 
na al pie de la barranca del Retiro, bajo la batería vieja, y 
¡singular coincidencia! precisamente en el mismo punto que 
proyecta sus diques el concesionario, sirviéndose para el efec- 
to, como sus ingenieros lo proponen, del canal inmediato de 
las Catalinas para alimentar la dársena, del mismo modo que 
ellos sus diques, lo que es otra coincidencia! Por el segundo 
proyecto proponíala constracci^n ife tíf^ucs en el Banco de la 
Residencia, comunicando con balizas interiores y ¡ nueva coin- 
cidencia! es la misma clase de obras que propone hoy; con la 
circunstancia casual de que Bevans daba á sus diques treinta 
acres de extensión, y los ingenieros del concesionario propo- 
nen también treinta acres de extensióu para los suyos! El 
tercer proyecto era el puerto de la Ensenada, muy populari- 
zado ya por Irv prensa, y que el señor Wheelwrigbt ha prohija- 
do posteriormente. El gobierno aceptó el segundo proyecto, 
es decir, los diques, y desde entonces la idea de esta obra es 
propiedad de la provincia de Buenos Aires. (V. Bevista del 
Plata de I'eileffrini, tom. 1", páj. 74.) 

Así, señores, hace cincuenta y siete años que la provincia 
de Buenos Aires, se ocupa de la mejora de su puerto, y que 
sus títulos de propiedad á la idea le fueron extendidos por la 
ley y por la ciencia bajo el mismo plan que hoy se presenta 
como una novedad. 

;Será que aquellos fundadores de las instituciones provin- 
ciales de Buenos Aires, germen de las instituciones federales 
de las demás provincias, estaban animados de las pasiones 
mezquinas que el señor Ministro ha atribuido á sus poderes 
públicos en la actualidad? ¿Será queRivadavia hacía com- 



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428 ABEKGA3 

petenoia anticipada al proyecto del señor Madero, que toma 
hoy la locolización, el oaual y la calidad de construcciones 
que entonces so estudiaron^ ;Ó será quo estaban antmadoa 
del noble anhelo del progreso, como lo están los que hoy como 
entonces perseveran eu la idea! De todos modos la priori- 
dad de la idea es suya. 

Recuerdo con este motivo que siendo el señor Sarmiento 
senador de la provincia de Buenos Aires, decía con mucha 
razón, trabándose del ferrocarril de San Femando, que el 
señor Hopkíns era el propietario de la idna del camino, por 
ser él quien primero había concebido la ¡dea y hecho los pri- 
meros estudios, y apoyado en este principio sostuvo sn dere- 
cho á la prioridad del proyecto y á la propiedad de la idea. 

Después do aquella inteligente iniciativa, pasaron laicos 
años de desgracias, en quo la provincia no pudo contraerse á 
la tarea que en días mejores se había impuesto. Pero apenas 
se disipa la oscuridad de la tiranía, y brilla un rayo de liber- 
tad en su horizonte, todas las aspiraciones, todos los esfuer- 
zos, todos los trabajos se concentran en la idea de la mejora 
del puerto. En tal sentido íicta sus primeras leyes económi- 
cas y en 1854 manda á buscar é. su costa á Europa un inge- 
niero hidráulico de primera ciase, y su representante allí, se- 
ñor Baloaree, envía contratado al señor Ooghtan. Este pre- 
senta en 1859 sus planos de mejoras proyectando un puerto 
de abrigo, diques futuros en el bajo de la Residencia, comu- 
nicándose con el Riachuelo, redacta su informe sobre la base 
de los estudios del señor Sidney, del mismo modo que los in- 
genieros del señor Madero hoy, y antes que todos, establece la 
regla fundamental de hacer concurrir las fuerzas naturales á 
las obras que se hayan de realizar. 

Posteriormente no ha cesado la provincia de Buenos Aires 
de perseverar en la misma idea, no sólo'como estado disiden- 
te en que obniba sin sujeción alguna, síno también como 
provincia que podía y debía concurrif en su capacidad de tal 
á las mejoras internas, dentro de loa limites de su territorio y 
de su derecho. 

;Cómo, pues, se le pretende despojar de este derecho, ase- 
gurado por la constitución, de la propiedad de sus tierras que 
es incuestionable, y de la propiedad de la idea en que ha in- 
vertido inteligencia, tiempo, trabajos y capitales, y todo ello 



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DE BARTOLOMÉ MITKE 429 

con menoscalK) de su soberanía y de sus intereses! Es un 
triple despojo ; una triple violación del pacto federal. 

Pero el señor miembro informante de la Comisión de Ha- 
cienda corta y no desata estas cuestiones, diciendo que el 
Congreso tiene la facultad de lejislar sobra la materia puerto. 
¡Quién lo duda! Pero i do dónde deduce que la pi-ovincia no 
puede ni debe hacerlo, cuando no es la Nación la que se en- 
carga de la obra síno un simple particular que ofrece condi- 
ciones más onerosas T Asi, el despojo que se pretende hacer 
no está justificado por ninguna razón de supremacía; ni si- 
quiera de utilidad y conveniencia, 

Abora, quiero encarar la cuestión bajo otro punto de vista 
menos popular en que las ideas vulgares son las únicas que 
tienen circulación, tal vez por no darse cuenta clara de ellas, 
ó por no tomarse el trabajo de profundizarlas y aplicarlas. 
Hablo de los gobiernos empresarios. 

Se ^ce que los gobiernos solí malos empresarios. Si los 
gobiernos se hacen comerciantes para luchar con el público, y 
usan de las rentas del pueblo para hacer competencia á la 
industria privada , si distraen las fuerzas y los recursos del 
gobierno en obras que perjudiquen al interés de la comuni- 
dad, no sólo los gobiernos son malos empresarios, sino que 
usurpan facultades que no tienen, violando abiertamente su 
mandato. Pero hay una porción de empresas que por necesi- 
dad y conveniencia pública deben estar radicadas en el go- 
bierno, principalmente aquellas que tienen conexión con los 
impuestos, las viasde comunicación y las mayores facilidades 
del comercio y la navegación, obras que los gobiernos deben 
hacer y que sólo ellos pueden hacer consultando el interés de 
todos más bien que la ganancia de unos pocos. Por eso dije 
antes que obras de la naturaleza de la que nos ocupan de- 
bían realizarse por los poderos públicos con preferencia é, una 
empresa particular, y voyá demostrarlo. 

La necesidad ha creado los impuestos obligatorios sobra 
las cosas y las personas, porque los Estados necesitan rentas 
para vivir. Do otro modo no se esplica la razón de ver coti- 
zar la producción, el capital, el consumo, el trabajo personal, 
y hasta las evoluciones de la riqueza particular. Es la ley 
suprema, bija de la necesidad suprema. 

jQué razón hay para levantar una casa que se llama aduana 



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430 AHENOAS 

y á todo el que pase por ella con cuatro pipas, quitarle una 
para el gobierno í 

i Qué razón hay para meter la mano en el plato del consu- 
midor y comerse el Estado la cuarta ó quinta parte de su 
alimento í 

i Qué razón hay para sacar del bolsillo á cada contribuyen- 
te uno Ó dos pesos de cada diez pesos que tenga en él í 

La necesidad y nada más que la necesidad. Cierto que es 
á título de la retribución, con la condición de volver ese im- 
porte en seguridad y bencücios para los contribuyentes. Cier- 
to es que el impuesto no es sino la asociación de los pequeños 
capitales, que aislados no tienen importancia : pero reunidos 
producen grandes resultados multiplicando su acción y su 
eficacia. Pero mejor seria que el impuesto tuviese razón de 
ser más lógica; que el Estado como los particulares vi\-iesen 
de lo que ganase, entendiendo por ganancias la retribución de 
los servicios reales que prestase á la sociedad. Tal debe ser 
el ideal económico do los pueblos y de los gobiernos libres. 

Poema económico, se dirá! Sí, poema económico, escrito 
con númeroü, y comentado por uno de los economistas más 
juiciosos de nuestro siglo. Poema económico, que sin embar- 
go hu realizado en parte un pueblo que tiene la inteligencia de 
la vida práctica, y el cual cada día agrega nuevos cantos en 
honor de la verdad de tal sistema. 

Cuando el economista Clievalier estuvo en Estados Unidos, 
tuvo ocasión de asistir al espectáculo prodigioso del desarrollo 
de Nueva York en materia de obras públicas, y de comprobar 
por si mismo sus portentosos resultados. Llamóle sobre todo 
la atención observar el espíritu nuevo que presidía al moH- 
miento económico del nuevo Estado, dando á su constitución 
una elasticidad que así para los pueblos como para los indi- 
viduos es la condición de una larga y próspera existencia. Él 
nos dice en suscélebres "Cartas sobre la América del Norte,» 
que, mientras los publicistas discutían en Europa si era con- 
veniente ó no que un gobierno emprendiese trabajos, sus re- 
yes que no habian dudado de su derecho de levantar mitlaras 
de millones de impuestos sobre los pueblos para ensangren- 
tarlos y devastarlos, prestaban atento oído al debate para 
convencerse si les era lícito enriquecer á los pueblos por me- 
dio de trabajos creadores, como lo hacía Nueva York. Mien- 
tras tanto, las modestas autoridades de este imperio en minia- 



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DE BAETOLOMÉ MITRE 431 

hirtt, como él lo Uama, « se bacía empresario de sus obras {son 
sns propias palabras) y le iba muy bien : después de haberlas 
ejecutado por sí, las explotaba por su cuenta, y le iba mejor, • 
(V. I^ltrcs sur P Ámériqm, etc., t. 3", páj. 212.) 

Cuando el gobernador de Wit Clinton concibió el plan de la 
estupenda obra del canal del Eñe que debía comunicar este 
lago con el Hudson, en el espacio de 146 leguas, los primeros . 
hombres de la Unión hicieron las más siniestras predicciones 
sobre los i-esultados de la empresa. Jefferson escribía á 
Cl t q necesitaría un siglo para acometer semejante 

p M disson le escribía al mismo tiempo que era in- 

t 1 Estado de Nueva York emprender con sus solos 

obra que todos los tesoros de la Unión no bas- 
t ^ 1 r. El gobernador Clinton impertérrito se lan- 

6 1 mp a, y haciendo participar á sus compatriotas de 
su noble confianza en el porvenir del país dio la primera pa- 
lada del canal de Erie el 4 do julio de 1H17. Ocho años des- 
pués, en 1825, el canal estaba terminado y 14G y media leguas 
de nuevas aguas navegables ligaban el lejano Oeste con el 
Atlántico, derramando nueva savia de vida en las entrañas 
de la sociedad. Al 6n de la jornada el Gobernador Clinton 
caía muerto en medio de su triunfo, y á esta circunstancia 
desgraciada so debió que no fuera elegido presidente de la 
Unión, poT los títulos que á la estimación pública le habían 
dado su constancia y suh trabajos. 

En virtud del resultado obtenido los demás Estados siguen 
el ejemplo. Pensilvania construye á su costa, y explota por 
8Í SU canal combinado de 158 leguas y cuarto que terminó en 
1826. Virginia por medio de uua compañía cuyos recui-sos se 
reducen á las suscriciones del Estado, abre un canal de este 
A oeste. El Estado de Oblo realiza también á su costa el 
canal de 122 leguas que lo atraviesa de un extremo á otro. 
Indiana y otros Estados que sería largo enumerar siguen la 
impulsión de Nueva York, y se hacen gobiernos empresarios 
de obras públicas, y gracias á esta iniciativa de los gobiernos 
se vigoriza la potencia de la iniciativa pavlicular, subordinán- 
dola al interés común. Estos ejemplos son lecciones. 

El mismo Washington, el padre do la democracia americana, 
prohijó también estas ideas, y por dos veces lanzó á sus com- 
patriotas en vía de los trabajos públicos de utilidad general 
por cuenta de los gobiernos. La primera vez fué desde su retiro 



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432 ARENGAS 

ea Mount Vernon durante la confederación, en que presentó á 
su Estado n;ital el vasto plan de comunicaciones interiores, que 
la Virginia aceptó decretándole una recompensa representada 
en acciones de la obra misma. La segunda fué cuando ha- 
biendo terminado su gloriosa carrera publica, aconsejaba á su 
sucesor el canal Chesapeake al Obio, en cuyo favor el Con- 
' greso votó un millón do pesos y al que los EÍstados de "Vii^- 
nia y Mariland concurrieron con 757,000 dollars, presidiendo el 
mismo gobierno general la suscrición de Washington que sa- 
bia á un millón, uo alcanzando á 600 mil las demás suscricio- 
nes particulares, que se subordinaron también al interés ge- 
neral. fV. de Wkít, Hist. (fe Waskingio», páj. 213, y Cheiáíier, 
t. 2", páj. 123.) 

Pero volvamos á Nueva York, porque bu lección va más 
allá. Elste Estado que en 1817 cuando empezó el primer ca- 
nal sólo contaba nn millón thscicntos mil habitantes, acreció la 
población de la capital en 80 mil habitantes en sólo diez años ; 
y quince años después era el tercero, sino el segundo puerto 
del universo. Hoy la ciudad cuenta más de un millón y todo 
el Estado más de cuatro millones de habitantes, con una ini- 
ciativa privada tan activa y poderosa como lo ha sido y lo es 
la de su gobierno. Pero no es esto todo. Con el producto 
del canal del Eríe cuyos peages con una tarifa moderada al- 
canzaron luego á cei-ca de dos millones de pesos, se pagó el 
servicio de la deuda, se completó su sistema de canalización 
en el espacio de sólo ocho años y se mejoraron á la vez sus 
puertos. 

Todavía hay más. Est-e Estado que en diez y ocho años 
había impendido como Có millones de francos en la cons- 
trucción de 247 leguas de canales, amortizó la primitiva 
deuda con el producto de ellos, convirtiéndolos en una ina- 
gotable f iient-e de renta del género de la que hablaba an- 
tes. Así en 18ü2 al principio do la guerra, Nueva York 
tenía 30 millones de deuda, de los cuales poco más de seis 
correspondían á la general, siendo los 24 millones restantes 
pertenecientes á la deuda de canales. En 1861 la renta de 
sólo los canales de propiedad del Estado era de más de 
tres millones cuatrocientos mil pesos, y en 1862, un año des- 
pués, subían á cuatro millones oeliocrenfos mil fuertes. {^Anual 
Eecord, for 1867, páj. 461.) En 1867 la deuda de canales 
había disminuido á 15 millones, poco más. ( American Anwil 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 433 

Cydopcedia, 1867, pág. MI.) En esta proporción la deoda es- 
tará amortizada en 1878, y la renta de los canales desem- 
peñada bastará para las primeras necesidades del Estado. 
Hoy la renta de los canales constituye un tercio del pro- 
ducto de la renta general. En 1861 las principales rentas 
del Estado ascendían á 10 millones y medio, incluyendo 
tres millones y trescientos treinta y un mil seiscientos cin- 
cuenta y cinco pesos (recuerdo basta el pico) correspon- 
dientes al importe de escuelas que eólo se emplean en la 
educación, de manera que ya tenemos dos tercios de la renta 
producto de servicios reales prestados por el Uobierno. iSe- 
ría imposible que el otro tercio de la renta sea sufragado 
por el mayor producto de los canales luego que la deuda 
esté extinguida y la renta pueda aplicarse á tal objeto t Se 
ve que no. 

Cuando esto suceda estará completamente concluido el 
poema económico de que veníamos ocupándonos, y existirá 
un pueblo en el mundo que habrá realizado el ideal de 
no cobrar irapnesto sino por servicios efectivos, viviendo 
honradamente de su trabajo retribuido, para retribuir las 
ganancias sociales. Tal resultado será debido á las gran- 
des obras de utilidad pública hechas por los Gobiernos, 
es decir á los gobiernos empresarios ! 

Pero sin fijar la atención en nada de esto, se dice que 
todas las naciones y todos los gobiernos han seguido el sis- 
tema opuesto, entregando las obras del género de las que 
se trata al interés particular, sin dar más razón que el he- 
cho. Otro error vulgar, en que hasta el hecho mismo que 
se invooa es falso ! 

Conviene para desvanecer este error adoptar puntos deter- 
minados de mira para llegar al fin que nos proponemos. 

Tomo por ejemplo los diques de Londres, construidos por 
la compañía de las Indias Occidentales. Este es el caballo 
de batalla de los que sostienen que los gobiernos no deben 
hacer ni un pobre muelle, y que deben dar toda clase de pri- 
vilegios á unos pocos particulares, aun cuando sea para ti- 
ranizar con ellos á la inmensa mayoría de los particulares. 
Yo le citaró al señor Ministro para refutarle una autoridad 
que él no podrá negar, porque es un libro que él respeta 
y en el que ha aprendido mucho de loque sabe: me refie- 
ro al Diccionario de Economía Política de Coquelín. 



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434 ARESÍOAS 

Allí puede verso que cuando so dio la autorización para 
construir esos diques, el privilegio que so le concedió no 
chocaba do ningún modo con los usos establecidos, porque 
entonces, bajo la denominación de muelles legales, una 
gran parte de las márgenes del Támesis gozaba ya de pre- 
rogativas análogas, y osos muelles eran explotados por la 
misma Aduana. fV. Dic. de Ecom. Fdit., tom. 1°, páj. 570.) 

En la última edición de 1859 de otro libro no menos auto- 
rizado que adelanta sobre los datos de Coquelin, publicado 
en 1854, en el Diccionario de Comercio y Navegación de 
1859, después do hablar de los cinco muelles legales que 
existían antes de 1796, y que eran verdaderos diques cuya 
dársena era el Támesis, existían en Londres ochenta y 
siete muelles de trabajo ; además de las bodegas qne tienen 
prerogativas idénticas á la de los diques por lo que res- 
pecta á las bebidas, y que están bajo la dependencia de 
la Aduana. Así todos los diques de Londres no represen- 
tan sino una parte del movimiento general del puerto de 
Londres, y por supuesto una muy limitada porción del frente 
de agua de la ciudad. Y como allí á pesar de haber una 
corona se respetan hasta las jurisdicciones municipales que 
aquí se miran en tan poco, el Lord Mayor de la ciudad de 
Londres, como si dijéramos el Presidente de la Municipali- 
dad de Buenos Aires, es director nato de esos diques como 
superintendente del Támesis con independencia del gobier- 
no general. 

Los diques de Liverpool, otro de los argumentos de los 
enemigos de los poderes públicos como constructores de 
obras públicas, han sido hechos por la Municipalidad, y á 
esto se debo que el público los goce en común después do 
obtener el beneficio de construir un puerto artificial sobre 
el Mersey. 

Es que Inglaterra, aún cuando allí no está proclamado el 
sistema federal, está regida por principios de descentraliza- 
ción administrativa, que agrandan la acción de los poderes 
públicos, á la vez que hacen más eficaz la acción de las 
localidades; y la tondeucia general es siempre, subdividir 
el gobierno, sin abdicar sus prerogativas y deberes para 
con la sociedad. 

Pero si además de la Inglaterra aún encontraran otros 
países dominados por el centralismo en que el mismo he- 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 435 

cho se repitiera, mi aserción quedaría doblemente corSrmoda. 
Veamos lo que sucede en Francia donde todo está centra- 
lizado. Cuando se trató de hacer diques en Marsella, el go- 
bierno entregó la obra á la Municipalidad, la que la contrató 
con una compañía por el término de noventa y nueve años, 
quedando los productos á beneficio de la ciudad, y este es 
el primer dique del MediterránGO. 

Cuando so trató de los diques en el Havre se procedió del 
mismo modo. 

El gran puerto de Genova que ha recordado el señor Minis- 
tro, es hecho á costa de la Provincia de Genova, y está á 
cargo de la Municipalidad Provincial, y del Gobierno Gene- 
ral. Lo mismo sucede con el puerto de Liorna. 

Los diques de Amberes son conjuntamente hechos por la 
Municipalidad y el Gobierno, que perciben sobre ellos de- 
rechos proporcionales. 

Y ya que hablo de Amberes diré que en la Bélgica ha 
sucedido lo mismo que en Nueva York: su gobierno se ha 
hecho empresario de obras públicas, y las ha explotado por 
su cuenta, y le ha ido bien y mejor tanto á él como al pú- 
blico, al punto de que gracias á los ferro-carriles del go- 
bierno se realiza allí este prodigio de economía que cuesta 
menos dar vuelta á la Bélgica en ferro-carril que lo que 
costarían la suela de los zapatos que se gastasen haciendo 
í pie el mismo camino, 

Pero si además de estas consideraciones generales hu- 
biese otras de un orden menos elevado aunque no espe- 
cial, si además de la conveniencia teórica y de los ejemplos 
que la abonan, se plantease la cuestión en sus términos 
m:'is rudimentales para resolverla á la pata y á la liana, 
según la verdad sabida y la buena fo guardada y se dije^ 
80 : Hay dos propuestas sobro /ma misma obra: una es 
más ventrosa que la otra : prescindiendo de si es un par- 
ticular ó un poder público el que propone. íCuál debe 
preferirse ¡ — Cualquiera diría sin trepidar que debe acep- 
tarse la mejor. Entonces i qué razón hay para poner de 
un lado la mejor, y preferir la más onerosa á los intere- 
ses públicos I Comprendería que en presencia de uu obs- 
tácolo constitucional invencible, de una prohibición expresa 
y terminante, esto pudiera hacerse si no sin inconveniente 
y sin herir la justicia, por lo menos con una razón legítima. 



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f' 



436 AREN'OAS 

Pero esta razón no se ha dado, no se da, y yo no la en- 
cuentro. iPor qué entonces se dejaría de considerar la pro- 
puesta más ventajosa bocha por el gobierno de Buenos Aires 
en contraposictóa con la de un particular? 

Aquí no se trata do poner en pugna á la Provincia con la 
Nación, sino de hacer una obra mejor y más barata. De- 
mosfr.ir que es mejor y barata la de Buenos Aires, no es 
tarea difícil. 

Desdo luego considerando una y otra propuesta, se ve que 
la do Bueiios Aires aborra un millón de fondos públicos al 
erario nficional, millón que con la renta y amortización que 
le está asignada costad i ala Nación mis de <¡>s m'iüones dos- 
denlos mil peses fiKrles, ó sea un tercio del costo total de la 
obra proyectada. 

Tiene además do oneroso para el público el contrato cele- 
brado por el P. E. la perpetuidad y el consiguiente monopo- 
lioj que so concede á una empresa particular, perpetuidad que 
no hay inconveniente esté en los poderes públicos, por cuan- 
to siendo estos una emanación del pueblo no puede emplearla 
sino en bien de la comunidad. Se diráá esto que el gobier- 
no se ha reservado el derecho de expropiarla; pero esto 
además de probar la conveniencia de lo que yo sostengo, 
es decir, que el gobierno debe ser al ñn el propietario, da 
ongen á otra cuestión que pone de manifiesto lo onerosísimo 
del contrato. jOnáles son las condiciones á que el gobierno 
se ha reservado el derecho de expropiar! pregunto yo. Las 
que harán ruinosa sino imposible la expropiación. 

En algunos Estados de Norte América, y sobre todo de 
Nueva York el gobierno se ha reservado el derecho de expro- 
piar á las compañías de los ferro- carriles con arreglo á estas 
bases ; tomarle las obras por su costo efectivo y abonar á los 
accionistas un 10 % de dividendo si no hubiesen alcanzado h 
esta taza. Esto es lo más liberal quo se conoce en el mundo 
en materia de expropiación. 

El contrato celebrado por el gobierno apartándose de la re- 
gla universal establece una condición que hará que la obra se 
radique perpetuamente en manos de una empresa particular, 
por cnanto la expropiación no puede efectuarse sino á costa 
de saeriñeios inmensos. El contrato dice que se expropiará la 
obra por sit valor, eníiéndaso bien, por su valor. Yo pregunto: 
después de uno ó dos años de explotación, ¿ cuál es el valor 



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DE BABTOLOMÉ MITBE 437 

que tendrá nna obra á la que al costo se le agrega el valor de 
un millón deprima, un veiuto porcicoto de utilidad y garan- 
tía sobre el mismo valor, y que además produjese cercado un 
millón más para atender á los gastos do esplotacióu f Espero 
que la comisión mo resuelva esta duda, mientras tanto yo 
afirmo que el valor de una obra semejante no bajará de 14 
millones, siendo seis millones su costo efectivo. 

Se dice en el contrato que mientras no se expropia la obra, 
la compañía podrá percibir hasta un 18 por ciento de dividen- 
do, y un 2 por ciento con fondo de reserva para mejora y 
conservación de las obras, ¿cómo entiende esto áos por ciento 
la comisión f jes anual ó mensual í porque el contrato no lo 
expresa. 

Señor Ministro dd Interior. — Es anual. 

Sefk»- Mitre. — Siempre es un veinte por ciento de dividendo 
ó de utilidad garantida en caso de expropiación. Repito, pues, 
que obra que diese tal producido, calculando moderadamente, 
valdría un 50 por ciento más de su costo, y calculando sobre 
siete millones de costo, su valor sería de 14 millones. Esto es 
lo que costaría la expropiación. 

Señor Ministro del Interior. — Ciiesta cinco millones dosctenlos 
müpesos; es un hecho aritmético. 

Señor Mitre. — Y un millón más que da el gobierno, son seis 
millones (foscícrt/iw «1(7 pesos; y si se rebaja este millón cayo 
desembolso se ahorra á la compañía, el costo será menor y el 
valor siempre será mayor, pagando el gobierno su misma pla- 
ta tres veces; porque es muy claro ; el servicio del millón im- 
porta dos millones y doscientos mil pesos á su amortización; y 
el cincuenta por ciento de aumento sobre el costo, más el 20 
por ciento de utilidad garantida, que son 70 por ciento, suman 
más de tres millones, que es lo que costaría rescatar el millón 
de subvención. De todos modos y cualquiera que sea la 
cantidad que sirva de base, siempre la expropiación por el 
valor será doble del costo. 

Señor Elias. — Pediría que se levanta.se la sesión, f Agitación. J 

Señor Mitre. — No voy por ahora á abusar mucho de los nú- 
meros ; pero necesito unos momentos más de atención para 
completar mis demostraciones. 



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438 ABEKGAS 

Varios Senadores. — Que continúe la sesión. fAplausos.) 
Señor Mitre. — Tanto el miembro infonnante de la Comiaón 
de Placicnda, como el señor Ministro, han prescindido de es- 
tas demostraciones, quo también son hechos aritméticos, insi- 
nuando que la propuesta del gobierno de Buenos Aires es una 
cantidad negativa que no tiene valor alguno. Ha dicho el se- 
ñor Ministro que la propuesta no crea ninguna obligación, ao 
establece ningún compromiso, que la provincia hará lo que le 
dé Ift gana, y ha dado á, entender quo ello importaría trasferir- 
le el derecho de reglamentar por sí el comercio, entregando á 
su dirección las tai-ifas y los comerciantes. Parece que el 
señor Ministro no estimase en mucho el buen sentido de los 
senadores, porque á nadie que sepa distinguir la diferencia de 
la luz y la oscuridad, so le puede ocultar que esta obra no 
puede ejecutarse, ni explotarse sin que el Congreso lejísle 
previamente sobre ello, y el hecho de haber venido el Gobier- 
no de la Provincia á solicitarla ante él os la refutación más 
categónoa detal suposición. Pero si del tenor de la ley de la 
provincia ó de la nota del Gobierno de Buenos Aires pudiese 
deducirse remotamente tal absurdo, allí está la nota que el 
Senado acaba de oir leer, y que el señor Ministro no ha escu- 
chado tal vez para dar más atención alas sospechas infunda- 
das que tenía en su mente. Por esa nota se dice, que la pro- 
vincia se compromete desde luego á que la Nación pueda 
expropiar la obra en cualquier tiempo por su costo, no por su 
valor. Entonces, ^á qué queda reducida toda la armazón del 
señor Ministro f 

Señor Ministro del Interior. — i A qué queda reducido lo que 
ha hablado el señor senador sobre la expropiación t j Para qué 
le ha servido? 

Señor Mitre. — Tal vez no sirva para ahora, sino para lo 
futuro, cuando la Corte Suprema, juzgando el caso, inter- 
prete la constitucionalidad de la ley. (Aplausos). No somos 
nosotros con nuestras opiniones individuales, no es el señor Mi- 
nistro con sus ideas, no es ni el Senado, ni el Congreso mismo 
con SU voto los que hemos de fijar la jurisprudencia constitu- 
cional. Pasará el tiempo y vendrá el único poder hábil para 
interpretar la Constitución aplicando las leyes y entonces 
sabremos cuál es el valor de la ley sobre expropiación, y 
para qué sir\'0 lo que he dicho sobre la materia. (Aplausos.) 



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DE BABTOLOUá MITRE 439 

Pero volvíentlo á ]a expropiación de que hablaba más 
antes además de lo que se ahorraría en ella por la diferen- 
cia entre el valor y el costo, se ganaría si la Nación la hi- 
ciese por su cuenta ó si dejase hacer la obra á la Provincia, 
en un caso el importe de los terrenos mismos que la Pro- 
vincia no se negaría á ceder gratuitamente, y en el segundo 
caso se ahorraría el desembolso que tendría que haoer en 
la expropiación de la tiorra, suponiendo que pudiese ejer- 
citar eonstitucionnlmente esa acción en favor del concesio- 
nario. Haciendo la obra en común la ganancia y e! ahoiTO 
sería mayor aún calculando sobre todo el aumento del valor 
de los lotes de tierra que se terraplenasen. 

Pero si aún quedase duda respecto de la posibilidad de 
la obra por cuenta del gobierno, además del cálculo de re- 
cursos que antes hice, he de presentar datos sobre lo que 
producirá una vez realizada, probando asi matemáticamen- 
te que en la misma obra están los recursos para llevarla 
adelante. 

Si laProvincía de Buenos Aires basando sus cálculos sobre el 
producido de las obras, contando los millones que tenga que 
gastar y los que podría recoger, y deduciendo de todo una 
ganancia probable, se hubiese encontrado suficiente para to- 
mar la empresa á su cargo, podría decirse cuando masque 
procedía prudentemente, y no como se ha dicho, que estaba 
animada de sentimientos mezquinos, y que sólo pensaba en 
los millones que iba á ganar. Por el contrario, en esta ocasión 
como en otras muchas ha acreditado tanta previsión como 
elevación de sentimientos. Ante el hecho público y solemne 
de declararse el Gobierno Nacional impotente para realizar 
la obra por si, ante los inconvenientes de enagenar el puerto en 
favor de una empresa particular, ante los sacrífícios que 
costaría á la Nación su rescate, ante los gravámenes, que 
desde luego se impone para contratarlo la Provincia de Bue- 
nos Aires, ha hecho acto de noble patriotismo, en el hecho 
de decir, que si la Nación no pueda hacer la obra ella la 
hará, para ahorrarle futuros sacrificios, para que quede radi- 
cada perpetuamente en manos de un poder público, para 
que la explote en todo tiempo con ventaja- del público y 
goce de sus beneficios, sea la Nación, sea la Provincia, que 
todo es pueblo argentino. 

Por otra parte este acto aconsejado por el patriotismo, era 



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440 ARENGAS 

impeñosameate impuesto hasta por el sentimiento de la pro- 
pia conservación, 

Parece que no se hubiese comprendido que es una cuestión 
vital para Buenos Aires, y que ganando ó perdiendo en 
el negocio, tiene que hacerse cargo de él antes que pase 
á manos que no le den las garantías que le daría la Nación, 
si esta fuera la que ejecutase las obras por si. Parece 
que no se ha fijado la atención que por este contrato se 
cierra la puerta del emporio comercial del Plata, y se en- 
tregan sus llaves al interés particular. (Aplausos.) Parece 
que no se ha advertido que por una de las cláusulas del 
contrato se enagena á perpetuidad todo el frente del agua 
de la ciudad de Buenos Aires, el frente del agua que es 
como el aire y la luz, que no puede ni debe enagenai«6 
porque debe ser perpetuamente del publico y estar para 
el efecto radicado su dominio en manos de los poderes 
públicos. Y si á est-o se agrega que la enagenación perpe- 
tua del frente del agua constituye un monopolio, entonces la 
cuestión puede ser de vida ó muerte. Va á verse. 

Se dice que no hay monopolio, Pero monopolio es en- 
tregar la mitad del fronte útil del río, autorizar en ella la 
construcción de obras que pueden calcularse de mauera 
que excluyan toda otra construcción, hacer imposible toda 
competencia en el hecho de dar la preferencia al concesio- 
nario respecto de cualquier otra empresa que no tendría 
base sobre que proponer; y sobre todo, monopolio es en- 
tregar el dominio y el uso del único canal de entrada, la 
posesión estratégica del puerto, diremos así. í Es ó no mono- 
polio esto, aunque no esté expresamente concedido t 

Los que hayan hecho algunos estudios sobre el puerto de 
Buenos Aires, la marcha de las corrientes que lo forman, la 
ley constante que parece presidir la formación y conservación 
de las aguas hondas frente á la ciudad, sabrán que la rada 
exterior se comunica con balizas interiores por el canal de las 
Catalinas formado por las corrientes de los grandes ríos sn- 
periores, y que por consecuencia ese canal es el que dá exis- 
tencia á lo que llamaremos puerto menor de Buenos Aires, ó 
sea la rada interior. 

La localidad determinada por el contrato es frente al ca- 
nal de las Catalinas, terminando los diques por el Sud en el 
muelle de pasageros. Esta posición da el dominio del único 



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DE BABTOLOHÉ MITBe; 441 

canal, que alimenta el agua honda de la rada inieñor. La 
profundidad máxima de este canal os de 13 á 14 piéa. El pro- 
yecto es dragarlo hasta darle 18 pies de hondura, de modo 
qae puedan entrar al dique buques de mayor calado. Por 
consecuencia ese canal prolongado hasta los diques, ea el 
que debe alimentarlos, como hoy alimenta el agua honda de 
la rada interior. Supongo que esto se consiga, y que una 
vez conseguido se pueda mantener, pareos que esto no pueda 
suceder sino aumentando la velocidad de la corriente que 
afluirá con mayor poder al dique que á la rada. Se me 
ocurre una duda, y no la enuncio sino como duda tes esto 
nna distracción 6 una distribución de fuerzas naturales? ^Cor- 
rerá el agua por el canal ahondado con más poder hacia 
los diques que hacia la rada? Si esto último sucede, {no 
seria posible que se derramase mayor cantidad de arenas en 
el puerto y que las corrientes no tuviesen bastante poder 
para expulsarlas T 

Pero si esto no pasa de una duda, el monopolio es un he- 
cho desde que se entrega el dominio del canal de entrada, 
para ahora y para siempre, ámenos de no pagar el doble de 
lo que las obras cuesten. 

El concesionario de la obra ha invocado en favor de la ex- 
celencia de sus planos la autoridad científica del único inge- 
niero hidráulico que ha emitido juicio acerca de ellos, que es 
el señor Nitt, que ha construido el dique seco de Río Ja- 
neiro, cavado en la roca viva, obra verdaderamente monu- 
mental, y que las enciclopedias señalan ya como notable en 
el mundo. El juicio del señor Nitt, fué verbal en presenoía 
de los planos, á la inversa del que dio por escrito el Al- 
mirante Davis, sin tener sus planos á la vista. El inge- 
niero Nitt dijo que la confección de sus planos estaba á la 
altura de los adelantos de la ciencia moderna, que lo qne se 
proyectaba en ellos era lo que la teoría aconsejaba hacer en 
determinados puertos ; pero que no podía pronunciarse acer- 
ca de su mérito con relación al río en que las obras debían 
ejecutarse. Añadió que para dar un juicio acertado era 
indispensable estudiar antes detenidamente las fuerzas na- 
turales que concurren á la formación del puerto, y que so- 
bre todo era necesario conocer el poder de las aguas sobre 
las arenas, pues si estas fueran más ó menos movedizas se 






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442 ABEKQAS 

podría determiaap si era posible ó no mantener un casal 
dragado dentro del puerto. 

Entonces ' nosotros podemos decir que ei la ciencia ha 
trepidado para abrir juicio respecto de los planos en los que 
se reconocía mérito teórico dudando si podrian ser aplica- 
bles icon cuánta más razón trepidaremos nosotros para for- 
mar nuestra ciencia y conciencia en vista del único testi- 
monio que hasta hoy los ha encontrado aplicables, que es 
el del Consejo de Ministros í Podemos decir que estos pla- 
nos no han sido estudiados por nadie propiament*, pues el 
Almirante Americano apenas ha visto una parte de ellos ; 
el ingeniero Nitt ha improvisado sobre ellos dudando de 
su aphcación, y los Ministros no tienen obligación de sa- 
berlo todo. 

Señor Ministro del Interior. — El señor Senador ha tenido seis 
años los planos en su poder mientras estuvo en el gobierno, 
y no ha hecho el puerto, i Por qué culpa entonces el go- 
bierno de que no lo haya hecho T (AgiUtción.) 

Señor Mitre. — Será porque los hombres no tienen el poder 
de Dios para hacerlo todo á la vez. Bastante es haber he- 
cho algo, lo que no puede decirse de todos los gobiernos. 
fAplausos.J 

Señor Ministro del Interior. — Yo no culpo al señor Senador 
de no haber hecho el puerto : pero le observo que no puede 
culpar al Gobierno desde que él ha tenido tanto tiempo los 
planos en su poder, 

Smor Mitre. — No es en efecto una inculpación seria decir 
que no lo liice todo, y que dejé de hacer algo. Lo malo sería 
que se dijese que no hice nada. 

Señor Ministro del Interior. — iT qué hizo con los planost 

Señor Mitre. — Voy á contestarle al señor Ministro probán- 
dole su carencia completa de datos sobre este asunto, á pro- 
barle que no conoce sus antecedentes, y que no sabe lo que ha 
firmado, y que ni conoce los planos de que se trata, pues no 
los he tenido en mi poder, no diré seis años , pero un día. 
f Sensación. J 

Varios Senadores. — Podría suspenderse la sesión. 

Señor Mitre. — No; después de la interpretación del señor 



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DE BARTOLOMÉ MITSE 443 

MiDÍatro, debo oontestarle ahora mismo, f Aplausos). Voy á 
hacerlo con toda tranquilidad, aunque tocando un punto que 
había pensado prescindir, cual es la histona de los planos del 
contratista. fAiención.J 

El primer plano sobre puerto en Buenos Aires que presentó 
el señor Madero pertenecía k los señores Bering y C," de Lon- 
dres, de quienes él era simple agente. El proyecto consistía 
en una dársena comunicada con la rada interior por un canal 
artificial, y había sido trazado teóricamente por un ingeniero 
de loa diques de Londres (creo que se llama Newman) que 
nunca ha estado en Buenos Aires. Este plano me fué pre- 
sentado siendo yo gobernador de Buenos Aires, y sin ser in- 
geniero hidráulico pude notar desde luego los vicios raiUeales 
del proyecto, así en la parte facultativa como en la parte eco- 
nómica. El señor Madero parece que se penetró de esto: 
sin embargo se dio curso á su propuesta. El Consejo de 
Obras Públicas informó sobre él; y lo encontró, sin embargo, 
bueno. El doctor don Valentín Alsina, que era entonces 
Asesor de Gobierno, lo encontró aceptable, quitándole la con- 
dición que ponía el interesado de dar intervención al Ministro 
Inglés en el contrato. Á esta altura el señor Bering retiró su 
procuración al señor Madero. 

Tal fué el plano primitivo que presentó el señor Madero, 
que hoy no se atrevería á exhibir, porque no era un trabajo 
serio : no estaba á la altura de la teoría, ni consultaba la prác- 
tica. 

Posteriormente parece que el señor Madero moiUfioó sus 
ideas científicas y económicas, y presentó un nuevo plano y 
una nueva propuesta, dirigiéndose ora al Gobierno N^acional, 
ora al Gobierno Provincial de Buenos Aires (según soplaba el 
viento del agua ó de la tierra), que pasó su propuesta á la 
Lejislatura Provincial. fV. Orden del dia de agosto 11 de 
1868.) 

El señor Green que oreo había sucedido al señor Madero en 
la procuración, se había presentado al Gobierno Nacional con 
el primitivo plano de Bering, modificado creo en sus detalles 
y condiciones. En 23 de junio de 1865 recayó en una solici- 
tud el acuerdo de Gobierno á que me he referido antes, por 
el cual se señalaba un término de doce meses para que los in- 
teresados presentaran estudios científicos completos, planos ¡/ 
jtresapiteslos formales que pudiesen ser tomados en seria con- 



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444 ARENCAS 

sideración. Estábamos entonces empeñados en la guerra del 
Paraguay y yo me hallaba ocupado de otros planos, qae sí no 
nos han dado puerto, nos han dado la posibilidad de hacerlo. 
(V. Reg. Nacional de lSf>5, páj, 148). 

Fué con postenoridad á mi salida del gobierno que recién 
el señor Madero hizo venir sus ingenieros de Inglaterra, for- 
mó los nuevos planos que estamos discutiendo, y se presen- 
tó con ellos por primera vez á la actual administración. Por 
consiguiente yo no he tenido estos planos en mi poder, ni seis 
años ni una hora. Si esto necesitase prueba fehaciente bas- 
taría decir, que el informe de los ingenieros del señor Ma- 
dero, que acompaña á los planos, es de 8 de febrero de 1869, 
y yo dejó la presidencia en octubre de 1868, Y si esto no 
bastease, léase el Mensaje especial del mismo gobierno firmado 
por el señor Ministro del Interior, en que dice terminantemente 
que recién en noviembre de 1869 se apersonó el señor Madero 
al Presidente anunciándole la llegada de los ingenieros qne 
han trazado este plano y que se dice he tenido seis años en mi 
poder. Se ve, pues, que el señor Ministro ni conoce los pla- 
nos ni sabe lo que ha firmado. (Risas.) 

Señor Ministro del Interior. — ¿Por qué entonces no mandó 
hacer otros planos más serios para ejecutar la obra T 

Señor Mitre. — Será como lo he dicho ya, porque no t«do lo 
había de ejecutar yo, y algo debía dejar de hacer á los que 
me sncodiesen en la tarea. fAplamos.J 

Señor Presidente. — Voy á proponer al Senado que se levante 
la sesión porque la hora es avanzada. 

Tartos Senadores. — Puede levantarse. 

Señor Mitre. — Quedo con la palabra, porque recién íbamos 
á entrar en cuentas. — fAplausosJ- (Se levanta la sesián.J 



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DISCURSO CUARTO 

SESIÓN DEL 16 DE SBTIEKBRE DE 1669 

SUJtAEIO— Faz económica de la cuestión— Diei y ocho úos da tra- 
bajos en fkTor del paerto— Significado ecoDÚmico de la propaeita de 
Buea&B AiteB— Datos estadietíeoE sobre la naTegaciin j el comercio 
— Demostraciones antrnét^ces do los productos del contrato — Necesi- 
dad f costo de BU expropiación— Preponderancia det interés particu- 
lar—Nueras ideas eoonómicas en Inglaterra- Polítíoa económica de 
pacotillft— Política comercial argentina— Leyes de Comercio— Previ- 
siones económicas— De reclios de puerto— Competencia de loa grandes 
mercados— Noble luclia de intereses — Comparación de loa puertos del 
Plata y del Paran/i- Concurrencia de Us tuerzas efteientes del progre- 
so — Mejoras internas — Consideraciones generales. 



£1 Señor Presidente. ^Si^ae la discastón de ta orden del día. 

El Seiior Mitre. — Voy á abrir nuevo capítulo, señor Presi- 
dente. No es mi ánimo abusar demasiado de la benevolencia 
con quo me han escuchado mis honorables colegas, porque, 
aunque cuando la cuestión so presta todavía k multiplicados 
desarrollos, creo que lo expuesto basta para dar por termina- 
da la cuestión de derecbo en sus variadas aplicaciones, y que 
podemos ya sobra esta base marchar con paso más firme en 
busca de demostraciones y resultados positivos. 

Ahora voy á tratar la cuestión bajo su aspecto económico, 
¡lastrándola con loe números elocuentes de la estadística, y 
considerándola principalmente del punto de vista de los inte- 
reses materiales. Pero ante todo necesito hacer una esplica- 
ción á que he sido provocado. 

Cuando iba á entrar en cuentas para penetrar en los domi- 
nios reates de la cieucia económica, fui interrumpido por el 
señor Ministro pidiéndome cuenta de mis trabajos como go- 
bernante, y hasta de la razón porque no mandó hacer deter- 
minados trabajos. 

Scíwr Ministro dd Inferior. — Mi ánimo no fué hacer una in- 
culpación al señor Senador, sino defender al Oobieruo á quien 
él reprochaba no hacer el puerto. 



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446 ABENQAS 

Señor Mitre. — Acepto la esplieación porque no consideré es- 
to como un reproche serio, ni tenía porque hacerlo por mi 
parte. Haber dejado de hacer una cosa será cuando más una 
falta negativa, si es qno estuvo en mi facultad hacerla ; y ni 
en esta creo haber incurrido. Pero comprendo que todo 
hombre público que ha estado al frente de los destinos de 
su país, es responsable ante él no sólo de lo que ha hecho, 
sino de lo que ha dejado de hacer por descuido ó por inca- 
pacidad, y quo le debe exacta cuenta del tiempo empleado en 
su servicio, hora por hora, minuto por minuto, y hasta de 
sus ideas respecto de la gestión de loa intereses comunes. 
Aceptando la responsabilidad voy á dar cuenta del empleo 
de mi tiempo respecto de la cuestión puerto. 

Puedo decir, seúores, que hace diez y ocho años que no ha 
pasado un sólo día sin que esta importante mejora haya 
ocupado mi actividad 6 mis meditaciones. Si no me ha to- 
cado la fortuna do realizarla en la época de mi administra- 
ción, me considero feliz en haber contribuido en algo á hacer- 
la posible, dejando á otros el honor de llevarla A buen fio, 
aplicando á ella su inteligencia y aprovechándose de los tra- 
bajos del pasado. 

Sería insensatez y necio oi^Ilo creer que en un sólo perío- 
do administrativo se pueden satisfacer todas las grandes as- 
piraciones y las necesidades premiosas de una época. Cada 
día tiene su tarea, y cada período gubernativo en los pueblos 
democráticos tiene su misión y su labor. Ella tiene que ligar- 
se forzosamente á la tradición del pasado y al trabajo de su 
predecesor. Cuando empieza su tarea, tiene que ligarla á la 
cadena del jornalero de la víspera, dejando abierto el último 
anillo que la ha de unir con los trabajos del porvenir. Obra 
seria y lenta es realizar aquello que se nocesitay so compren- 
de, y no puede ser la obra de un hombre, ni de «na adminis- 
tración, sino el resultado de la inteligencia y del esfuerzo d© 
todos en el transcurso del tiempo. (Sensación.) 

T ahora séame permitido, ya que nunca he ocupado á mis 
compatriotas hablándoles de mis acciones, que diga algo en 
mi justificación, dándoles cuenta del uso que he hecho de mi 
tiempo durante los últimos diez y ocho años respecto de la 
idea del puerto. 

Desde el dia en que regresé á mi patria, en 18úl, fui el 
primero que me aerrl de la prensa para promover los adelan- 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 447 

tos del comercio, desde la libre navegación de los tíos supe- 
riores hasta el establecimiento de muelles y faros. En 1853 
siendo miembro de la Comisión de Hacienda de la Lejistatu- 
ra üe Buenos Aires que elaboró todos los proyectos de la 
gran reforma económica del país, nos ocapamos con el señor 
Riestra de la idea del puerto y fuimos los autores del pensa- 
miento de que se trajese de Europa un ingeniero hidráulico de 
primera clase, costase lo que costase, como se Labia hecho en 
tiempo de Rivadavia. Fué á consecuencia de esto que vinoá 
Buenos Aires el ingeniero Coghlan, quien hizo tos estudioB 
del puerto y presentó on 1859 sus trabajos, cuyos resultados 
pueden verse en ta Lejislatura de Buenos Airee, no sólo como 
una prueba de lo que digo, sino también como un título de 
propiedad á la idea que está allí pendiente de un clavo que le 
cuesta á la Provincia millares de pesos impendidos, que es 
otro título comprado á peso de oro. En presencia de los 
trabajos del señor Coghlan, que por primera vez vinieron á 
ilustramos sobre tan ardua cuestión, enseñándonos lo que 
hoy nos repite el Almirante americano, es á saber, que debía- 
mos consultar las fuerzas naturales, confieso que trepidé y 
dudé si el señor Coghlan había acertado ádar dirección con- 
veniente á esas fuerzas ; j fué tal vez una fortuna, porque el 
señor Coghlan duda hoy mismo de lo que aconsejó entonces. 
En 1855 vino aquí el más hábil de los marinos ingleses que 
hayan explorado el Río de la Plata : simple teniente de mari- 
na había sido nombrado por el Almirantazgo como el más ca- 
pai para estudiar un rio cuyos fenómenos naturales eran en- 
tonces desconocidos. Era yo entonces Ministro do Guerra y 
Harina, y aprovechando de mi posición en favor de mi idea 
aconsejé darle toda la cooperación posible, á fin de que estu- 
diase las fuerzas naturales cuyo conocimiento nos facilitaría 
la adquisición de un puerto artificial, y pude en parte enca- 
minar sus trabajos en tal sentido. Semanalmente examiné su 
cartera, vi sus planos que muchas veces estudiamos acostados 
en el suelo de mi Ministerio, al fin tuve el placer de ver nacer 
uua obra nueva, un trabajo original y concienzudo, el único 
que se ha hecho después de las famosas cartas del Capitán 
SuUivan. Esto era antes de la venida del señor Coghlan que 
utilizó esos estudios, y hoy lo repito, después de la venida de 
los ingenieros del señor Madero. Si alguno se atreve á decir 
lo contrario, que muestre sus cuadernos de estudios, y los bo- 



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448 ARBKOAS 

rradores de sus mapas, qae señale siquiera uq nuevo punto 
de marcación determinado después de los trabajos del te- 
niente Sidney. 

En otro orden de trabajos, fui el primero que en 1854 pro- 
puse la idea de los lotes de agua, con el objeto do prolongar 
la ciudad fluvial avanzando gradualmente sobre la playa has- 
ta alcanzar las aguas hondas de la rada interior, estableciendo 
allí el desembarcadero como en San Francisco de California ; 
idea simple, pero qne tal vez es la más práctica de cuantas se 
habían presentado hasta entonces. 

Posteriormente este pensamiento fué convertido en ley en 
1858, en un proyecto que presenté con el doctor Elizalde, y 
que está inserto en la colección de leyes de tierras de la Pro- 
vincia de Buenos Aires. Más tarde este mismo pensamiento 
ha sido modificado, mandando vender los lotes, habiendo fir- 
mado y sancionado el proyecto do ley dos de los Ministros que 
actualmente forman parte del gabinete - nacional. £n ambas 
ocasiones la Provincia de Buenos Aires ha lejislado sobre la 
propiedad de que hoy pretende despojársele. 

En este trascurso de tiempo propuse varios proyectos á fía 
de hacer de Buenos Aires el primer puerto del mundo por 
sus franquicias, ya que no lo era por la naturaleza y por el 
arte, y á eso debe que con sus desventajas haya podido com- 
petir triunfante con localidades más privilegiadas. Me he de 
ocupar de esto cuando hable de nuestra política comercial. 

Mientras fui Gobernador de Buenos Aires no he dejado de 
ocuparme de esta idea, aún cuando me tocó una época 
agitada, que se abre con la jura de la Constitución Nacional y 
se cierra con la batalla de Pavón, 

No digo más sobre esta época ; mis conciudadanos dirán sí 
esas agitaciones fueron fecundas ó no para la paz, la unión y 
el progreso, y si ánohaber tenido ellas lugar estañamos discu- 
tiendo hoy proyectos como éste. 

En los primeros días de mi presidencia tenía antes que re- 
solver el problema que se creía insoluble, de organizar el te- 
soro nacional, inaugurando mi periodo constatacional con una 
onza de oro falsa por todo caudal, y sin ninguna renta estable- 
cida. Llamé para que me ayudase en tan ímproba tarea al 
primer economista y al primer financista del país, al doctor 
Velez Sarsfield. El fué mi Ministro de Hacienda durante mi 
primer año de Presidencia, y parte del segundo, y él puede 



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DE BARTOLOBIÉ MITRE 449 

decir con la mano en la conciencia si en,aquella época, en que 
teníamos qne buscar trabajosamente el pan de cada día para 
alimentar la Nación, pude hacer la obra del puerto, que hoy 
me reprocha no haber realizado! Y sin embargo, á pesar de 
tan angustiosas circunstancias no perdimos de vista la idea. 
El mismo doctor Velez llevó á su Ministerio todos los planos 
que había sobre puerto, y después de muchos estudios me 
trajo formulado un proyecto, que después ha sido convertido 
en ley, y era la construcción de una Aduana del valor do 
500,000 pesos, idea del doctor Velez Sarsfield, que ha invoca- 
do posteriormente en el contrato en discusión para quebran- 
tarle. Yo que siempre he acostumbrado gobernar con la 
inteligencia de mis Ministros, dejándoles libertad de acción y 
responsabilidad, limitándome á presidir el conjunto dentro de 
mis atribuciones y de mi responsabilidad constitucional, acep- 
té La idea del doctor Velez, tanto por esta razón, cuanto por- 
que no podía hacerse más. 

Después que el doctor Velez dejó el Ministerio, cuando ape- 
nas estaba bosquejada la obra de la reconstrucción del caos po- 
lítico y financiero que me tocó en suerte, cuando todavía el 
equilibrio de la balanza no se había establecido, vino la guerra 
del Paraguay, que hice todo lo que decorosamente era posi- 
ble por evitar, y no necesito decir que pasó tres años continuos 
en campaña combatiendo por el honor nacional, y que no era 
esta la ocasión de ocuparse de plpnos de puerto. 

En los últimos meses que me tocaron de Gobierno á conse- 
cuencia de un acccideute desgraciado, no era la ocasión de 
ocnpanne de proyectos de puerto, que no podían tener consis- 
tencia ni seriedad, cuando mi deber era presidir imparcial y 
tranquilamente á la crisis electoral como lo hice, á fin de entre- 
gar el país á mi sucesor en paz en el interior y triunfante en 
el e.tterior como lo realizó. Es cierto, como se ha dicho, que á 
última hora puede decirse recibí insinuaciones respecto de esa 
obra por parte de la Provincia de Buenos Aires, manifestando 
ella el noble anhelo de realizarla por si. Mis simpatías enton- 
ces como ahora estaban porque la obra fuese realizada por 
cuenta y en beneficio do la Nación, y contesté al Ministro de 
Hacienda que me trasmitió la idea, que me faltaba tiempo 
para resolver tan ardua cuestión, y que ya que desgraciada- 
mente no lo había tenido en oportunidad, dejaba á mi sucesor 
el resolverla, confiando en que él sabria dotar á la Nación de 



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450 ARENGAS 

tan grande obra, coucí liando los intereses presentes y futuros 
de la Nación, concluyendo por decir que me oponía á que se 
hiciese nada, para que quedasen las cosas como estaban y el 
futuro Presidente encontrase el campo libre de obstáculos. 
Este fué mi último servicio á la idea del puerto por cuenta de 
la Nación. 

Hoy como entonces piso el mismo terreno, hoy como en- 
tonces sostengo que la Nación debe hacerlo con preferencia 
á la Provincia, si es que so decide á ello; y por una coinci- 
dencia verdaderamente singular, encuentro deLinte de mí á 
mi antiguo Ministro de Hacienda quo al dirigirme un repro- 
che infundado, como se ha visto, hace oposioión á mi idea, 
sosteniendo que debe entregarse la obra del puerto con pre- 
ferencia á un particular, es decir, hace oposición á la Nación 

Para cohonestar esta manifiesta contradicción se nos dice 
que al combatir el proyecto, y sostener que la provincia de 
Buenos Aires debe realizarlo con preferencia á una empresa 
particular que ofrece condiciones mucho más onerosas, somos 
nosotros los que nos oponemos á que la Nación haga el puerto, 
por cuanto ella lo ha contratado con un particular que lo va & 
realizar. Prescindiendo de que la Nación no ha contratado 
mientras el Congreso no dicte la ley, veamos cual es el coutin- 
gente llevado por el gobierno para identificarse de tat modo con 
la empresa, y digamos la vendad ya que en este punto se nos 
arguye de contradicción. 

En cuanto á la idea del puerto tal como so ha contratado, 
el gobierno no ha tenido ni iniciativa, ni participación : ha 
recibido una impulsión agena á la que ha obedecido irreflexi- 
vamente llevado por la noble impaciencia de hacer algo útil 
y grande. Absorto ante la perspectiva del puerto, no se ha 
ocupado de los detalles, y sin estudios previos y con poca 
meditación del asunto, ha comprometido el logro de la idea 
misma, sacrificando por impremeditación intereses vitales de 
la pi-ovincia de Buenos Aires, á la par «que altas convenien- 
cias presentes y futuras de la Nación. Pi-esinticndo esto 
sin embargo, el P. E. que no podía dejar de tener la con- 
ciencia de que esta ora una obra uacional, dio por disculpa 
en su Mensaje de apertura del Congreso que tenía la certi- 
dumbre de que la Nación no la podría realizar en algunos 
años con sus recursos propios, lo que importa decir que 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 451 

comprendía el deber que ]e estaba señalado. Posteriormente, 
cuando se ba dirigido al Congreso remitiéndonos este con- 
trato, lo ba becho recomendándolo como la mejor propuesta 
que hasta entonces se le babía presentado, prohijáudola deci- 
didamente ya, como obra suya, declaráudose definitivamente 
obligado por el contrato y cerrando la piierta á propuestas más 
ventajosas que podían bacerse. Tales son los hechos : pueden 
rectificarse, 

Eutónces la Provincia de Buenos Aires viendo que no 
era oída, que los intereses comunes quedaban comprometidos 
por ese contrato, que con motivo del beneficio de la mejora 
dudosa del puerto se creaba en su dafio un monopolio perpe- 
tuo, cuyos inconvenientes eran visibles, protestó contra el 
monopolio: i cómo t Ofreciéndose á hacerlo mejor, más ba- 
rato y sin monopolio que pueda explotarse en daño del 
comercio. Ta he demostrado que el contrato es un mono- 
polio real por la ubicación y por las condiciones de las obras, 
que le dan la propiedad del frente del agua de la ciudad, 
el dominio absoluto del puerto y de su único canal do en- 
trada, y la seguridad de conservarlo indefinidamente en 
manos de la empresa; y para que no quedase duda de 
que era un monopolio hasta del uso de las obras de Dios, 
cuando la Provincia de Buenos Aires se presentó solici- 
tando construir un muelle de desembarco con capacidad para 
efectuar operaciones de cai^a y descarga hasta mil tone- 
ladas diarias, ó sea como un tercio del movimiento del 
puerto en el año, se le contesta que no puede llevar su mue- 
lle basta el único canal de entrada y salida, dicicudole que 
ese canal está comprometido, que es lo mismo que decir que 
está monopolizado. Y luego cuando so le concede condi- 
cionalmente el permiso, se le dice que puede hacerlo lejos 
del canal de entrada, después que la empresa particular ha- 
ya ejecutado sus obras y las haya combinado de tal modo, 
que bagan imposible la competencia de toda otra cons- 
trucción, y el monopolio sea un hecho asegurado con pie- 
dra, cal y fierro. 



Mientras tanto, la Previ 
de la declaración del Oobi 
veces impotente para reali 



incia de Buenos Aires, en presencia 
), que se había declarado dos 
la obra del puerto (impotencia 
que no reconozco,) ¿qué es lo que haceT Dicta una ley to- 
mando sobre sí ta obra, vota 120 millones de su moneda para 



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realizarla, »e ofrece & dar todas las ventajas posibles al co- 
mertíio, todas las garantías necesarias k la Nación, dispensa 
á su erario de los gastos y sacrificios que le imponía el con- 
trato, y ruega al Congreso acepte eSta oferta y le permita ha- 
cerse cargo do la tarea. Confieso que yo gobernante de la 
Provincia habría trepidado antes de echar sobre mis hombros 
tal responsabilidad, por que es un verdadero sacrificio que se 
impone á la Provincia. Lejos de haber en osto asomo de 
egoísmo ó mezquindad, como se insinúa, hay generosidad y 
patriotismo. 

Los poderes públicos de la Provincia Je Buenos Aires sa- 
ben bien que su verdadera ganancia consiste eu que el puerto 
se haga ; pero cuando han visto que se iba íi hacer bajo la 
base de un monopolio, que se iba á entregar á la explotación 
del egoismo privado, sacrificándole el interés permanente del 
comercio, han hecho bien en arrojar todo su oro en la balan- 
za. Noble y digno proceder que merecía aplausos en vez de 
los reproches que se le han dirigido, como si hubiese arroja- 
do la espada en vez de la riqueza en los platillos en que se 
pesan las condiciones de la obra del puerto. Y i cuál ha sido 
su delito para sor tratado así t Haber mejorado la propues- 
ta ! (Movimiento.) 

Pero para dar un colorido se dice que la Provincia hace su 
propuesta para impedir que la haga la Nación, como si la Na- 
ción fuese realmente á hacerla ; cuando ha dicho que es im- 
potente para ello ; cuando la entrega á un particular á quién 
se quiere dar la preferencia en condiciones más desven- 
tajosas. 

Yo digo entonces ; que sí la Nación puede hacerlo, que lo 
haga, y es mi opinióu que debe y puede hacerlo; pero sino, 
que lo haga la Provincia, no por que sea Buenos Aires, sino 
porque es un poder público que nos da garantías y en ca- 
yas manos estamos seguros que la obra ha de ser más fe- 
cunda para todos, con la probabilidad de que podrá realizarla 
mejor y más fácilmente que un particular, porque tiene más 
recursos, más crédito, más interés, y menos exigencias; por- 
que está eu sus conveniencias ser generosa hasta por cálcu- 
lo; leconvieio imponerse bástalos últimos sacrificios, como 
lo probarj luego, con tal que el puerto se realice en las 
condiciones debidas, aunque no gane en ello directamente 
ni un peso papel. 



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DB BABTOLOMÉ MITBE 433 

Así, no se diga que la Provincia pretende quitar nada 
á la Nación, cuando por el oontrario es en nombre de la 
Nación que se pretende impedirle hacer una obra que va á 
refluir en beneficio de ella y de toda la Bepública, presen- 
tándose un Ministro del Gobierno aqni ante el Senado para 
abogar, no po» la Nación, sino por las ganancias de un parti- 
ticular, que busca ante todo el lucro del negocio! 

(juando digo esto no me refiero personalmente al señor Ma- 
dero. Él persigue una ganancia legitima, hace bien, y aún 
diré que la merecería, porque es el único proponente parti- 
oular que se ha presentiido con estudios serios, que ha hecho 
gastos, ha costeado ingenieros hábiles, ha mostrado inteli- 
gencia y actividad. Aunque repito que la idea intelectual 
del puerto oo es propiedad suya, sino de la Provincia de Bue- 
nos Aires que la inventó, yo diré que en cualquier tiempo, 
si no por estricta justicia al menos por equidad, debe ser in- 
demnizado de sus trabajos, y sus planos generosamente com- 
prados por el tkibiemo que realice la idea. Los productos 
de la obra darán para todo. 

Vamos ahora á ver cuales serán esos productos brutos de la 
obra, y cuales las ganancias, que han sido estimadas de dis- 
tinto modo por el Ministro de Gobierno de la Provincia y 
por el señor Modero que ha negado la exactitud de los cál- 
culos que sobre esto se han hecho. 

Para derramar de lleoo la !uz sobre este punto oscuro de la 
cuestión voy á hacer uso de los datos estadísticos de ía mayor 
exactitud, empleando el método deductivo únicamente cuando 
el resultado pueda presentai-se de bulto. El señor Madero al 
refutar los cálculos que se han hecho en la tribuna provincial 
se refiere á la estadística de 1867. Yo me valgo de la estadís- 
tica comercial de 1868, que todavía no ha sido publicada ; y 
desafío desde ahora á que so rectifique uno sólo de mis nú- 

Los buques que entraron al puerto do Buenos Aires en el 
afío de 1868 fueron los siguientes : 

fLeeJ Buques entrados 

De Ultramar 1,196 

Paquetes á vapor 786 

Del cabotaje 3,927 

Total 5,909 



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454 ARENGAS 

Sean 6,000 buques que entrau y otros 6,000 buques que sa- 
len del puerto durante el año. 

i Qué tonelaje representan estos buques f tal es o! problema 
á resolver. Á este respecto los datos que tengo son incom- 
pletos, Si tratásemos de averiguarlo por el método del señor 
Madero que es por el número de toneladas de la carga y des- 
carga, éste dato representaría sólo el consumo de la Provincia 
de Buenos Aires ; pero no el tonelaje total de los buques que 
han venido cargados, y cuya mitad puede haber salido en 
tránsito para otra parte. Por consecuencia voy á servirme 
aquí de un método inductivo para despejar esta incógnita, 
pero tan seguro que será como si cada uno hubiese medido ó 
pesado por si mismo tonelada por tonelada. 

De los 5,909 buques entrados {6 sean 6,000 para más como- 
didad) excluyo 2,000 buques de cabotaje que supongo no en- 
trarían al dique, y que seguirían efectuando su movimiento 
por la Boca del Biacliuelo. Voy, pues, á bacer mis cálculos 
sobre la base de 4,000 buques que entrarían al dique, que bien 
podría calcular sobre el total. Como se ve, no oai^o la ro- 
mana. 

Cuando es frecuentado nuestro puerto por buques de ul- 
tramar de 1,000 á 1,1)00 toneladas y más: cuando tenemos va- 
pores de 500 & 1,000 toneladas, y buques de cabotaje de 300 á 
400 toneladas, me parece que nadie encontrará exagerado 
que estime el término medio del tonelaje de este modo: 

Buques de ultrarmar (uno con otro) 400 toneladas. 

Paquetes á vapor idem 100 idem. 

Buques de cabotaje idem 50 idem. 

Con este dato, que como se ve no puede ser más moderado, 
fácil nos será averiguar el tonelaje de los 4,000 buques que 
suponemos entrasen al dique y obtendremos este resultado : 

(LceJ Tonelaje de entrada de sófo 4,000 buques 

1,196 buques de ultramar de 400 toneladas 478,400 

786 vapores de 100 idem 78,600 

2,000 buques de cabotaje con 50 idem 100,000 

Descalcando en el dique, toneladas 657,000 

Con este conocimiento ya puedo proceder con seguridad, 
pisando el terreno sólido de los números conocidos. 



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DE BARTOLOUÉ MITRE 4Ú5 

Ca^culaüdo sobre la base moderada de 657,000 toneladas de 
enerada y otras tantas de salida que pagarían su corrospon- 
diento derecho al dique ; calculando el derecho con arreglo á 
las tarifas del contrato, á saber un peso f te. por tonelada y 4 
rls. por tonelada de salida, contando además el derecho de di- 
que para cada buque por una sola vez según la misma tarifa, 
que es de 20 centavos por tonelada de registro, y el producido 
del derecho de almacenaje y eslingaje que por el contrato 86 
cede á la empresa, el dique cobraría al año lo siguiente : 

(Lee) Pruducfos tlcl dique 
657,000 ton. de descarga á un peso fte. ton. según 

tarifa 657,000 

Id. id. descarga á 4 rls. id 328,500 

Derecho de dique sobre 600 mil ton. deduciendo 

57 mil en favor de los vapores 120,000 

Almacenaje y eslingaje cobrado en 1861^ 200,000 

Id. calculado por almacenes particulares que hoy 
no pagan almacenaje ni eslingaje y que se 
estima por lo menos en otro tanto de lo 

que guarda la Aduana 200,000 

Varias mercaderías qne hoy no van al depósito y 
que irían al dique, como el carbón, la sal, 
madera, etc., (cakutado) 200,000 

Suma 1.705,500 

Un firíUón scfecientos cinco mil quinientos pesos fuertes. Tal sería 
la entrada anual del dique segiin la tarifa en discusión, ó sea el 
tercio del capital presupuestado para su construcción, y esto 
calculándolo sobre el movimiento de la Aduana de Buenos 
Aires en el año pasado. 

Algunas esplicacioncs más son necesarias sobre este punto, 
y pido perdón al Senado si insisto sobre él, pues es de la ma- 
yor importancia aclararlo. 

El almacenaje y eslingaje que se computa en 200,000 
pesos es el que la Aduana ha cobrado en 1868, es un hecho 
aritmético. Además de lo que deposita la aduana se sabe 
que á consecuencia de lo que ba acrecido el movimiento en 
este puerto, sus depósitos no son suficientes, y que por con- 
secuencia una tercera parte por lo menos va á almacenes al- 
quilados por cuenta de los introductores, que no paga absolu- 



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430 ARENGAS 

tamonte ningún derecho de descarga, ni eslingaje, y que lo 
pagarían una vez establecido el dique ; y no es muolio esti- 
marlo en otro tanto, ó sean 200,000 pesos. Después de esto 
hay una serie de artículos que no se depositan hoy, ní en al- 
macenes de aduana, ni en almacenes particulares, como lo 
demuestra la estadística, artículos que por su volumen repre- 
sentan más do la mitad del movimiento de importación, aun- 
que sean de menos valor, tales son el carbón de piedra, el 
fierro, las maderas, las baldosas, la sal, que nos limitamos á 
estimar en un tercio y que depositándose en eí dique por con- 
veniencia propia, darian por lo menos otros 200 mil pesos que 
son 600 mil pesos de almacenaje y eslingaje que por el con- 
trato se cede á favor de la empresa. 

Estos artículos que no van hoy á depósito y que irían una 
vez establecido el dique, me parece no se han tomado antes 
en cuenta, y agregando lo que producirían por almacenaje, y 
descontando las ganancias por terrenos que el concesionario 
ha tachado, yo saco, un millón y setecientos cinco mil quinientús 
j)esos fuertes, en vez del millón setecientos cincuenta mil pesos que 
había sacado el Ministro de la Provincia, ó sean 64 mil 500 
pesos de diferencia. Si estas son cuentas alegres, como se 
dice, no puede, negarse que lo son para el concesionario, qne 
bien sabe á que atenerse á este respecto. 

Pero este no es sino el producto brnto, que nadie ha distin- 
guido todavía del producto neto en los cálculos que se han he- 
cho, siendo por consecuencia menores las ganancias de la com- 
pañía. Voy á ilustrar este punto. 

Supongo generosamente que los gastos de explotación del 
dique asciendan á un 75 por ciento, lo que es mucho gastar 
desde que hay un 2 por ciento anual sobre el capital para fon- 
do de reparación y reserva, y tendremos 700 mil pesos de gas- 
to de explotación. Entonces queda más de vn millón de ga- 
nancia liquida, según los cálculos exactos que he exhibido. 
Pero no debe olvidarse que estoy calculando para boy, para 
mañana, para el año en que estamos, para el año que viene si 
se quiere, puesto que mi base es el movimiento comercial de 
1868, y la obra de que se trata empezaría á dar sus productos 
dentro de cuatro ó cinco años en quo recien empezaría la 
explotación por completo. Entonces, por la ley ascendente 
del progreso de nuestro comercio, aún suponiendo que no au- 
mento en la misma proporción que hasta aquí; suponiendo 



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DE BARTOLOMÉ MITRE 457 

qne en vez de 100 por 100 en que acrece cada seis años sólo 
sea do nn 50 por ciento, eu el espacio de seis años (y me que- 
do corto), podremos decir casi á ciencia cierta que el producto 
bruto de los diques cuando se abran al comercio seri de dos 
millones quinientos sesenta mil pfsos, ó sea un millón ochocientos 
mil Ilesos de ganancia liquida, cien mil pesos más de lo calcu- 
lado en la tribuna provincial. Esto es matemático. 

Además, no hemos computado todavía otras entradas que 
afluirán en grande escala á nuestros diques, luego que tenga- 
mos diques. No basta enunciarlo con palabras, es preciso 
demostrarlo con números. Para ello voy á servirme délos mis- 
mos datos suministrados por el concesionario, pues siguiendo 
con atención este asunto, he leído y he recopilado cuanto la 
prensa ha publicado en pro ó en contra, y de todo hago uso 
para derramar luz en el debate. 

El señor Madero, queriendo deducir un argumento en su 
favor, ha dicho en uno de sus escritos, que salen mensual- 
mente de Buenos Airea de cinco á seis mÜ toneladas de carbón 
de piedra, mientras que de Montevideo salen de 30 á 35 míl. 
Este hecho no so esplica sino por las ventajas materialoa 
del puerto de Montevideo ¡ por la mayor comodidad y baratu- 
ra del embarque y desembarque, pues aquél mercado no tiene 
la importancia del nuestro, y no hay alli ninguna ley económi- 
ca á que pueda deber su origen. Además del carbón, afluye 
allí también la sal en la misma desproporción contra nosotros. 
£¡s allí por consecuencia donde las líneas de vapores converjen 
y se proveen de carbón y donde acuden los saladeros del lito- 
ral á tomar la sal con ahorro de tiempo y de dinero. Estable- 
cidos los diques, si no escedemos á Montevideo, lo igualare- 
mos ; en vez de puerto de escala